La OMS anuncia plan de transición de pandemia a “fase de control sostenido”

La Organización Mundial de la Salud (OMS) publicará a finales de febrero un nuevo plan de respuesta a la COVID-19 que planteará una transición hacia el fin de la actual gestión de la enfermedad como una pandemia, según ha anunciado este lunes el director de Emergencias Sanitarias del organismo, Mike Ryan.

El objetivo final será pasar a una fase en la que haya un “control sostenido” de la enfermedad, de manera similar a como se hace con otros problemas respiratorios como la gripe, ha indicado Ryan en una conferencia técnica sobre la pandemia durante el Comité Ejecutivo de la OMS, que se reúne esta semana.

“Para terminar la emergencia internacional por la COVID en 2022 hay aún muchas cosas que hacer, como reducir la infección descontrolada, especialmente en poblaciones vulnerables, y reducir el riesgo de que surjan nuevas variantes”, ha subrayado el experto irlandés.

También deben aún reducirse las tasas de mortalidad (del 1.6% actualmente, teniendo en cuenta las cifras oficiales de infectados y fallecidos en el mundo) y “minimizar las consecuencias a largo plazo de la infección”, ha asegurado Ryan.

Para ello deben “optimizarse las estrategias sanitarias nacionales”, ha añadido, y en este sentido puntualizó que debido a las diferentes situaciones que vive cada estado (por ejemplo la desigual tasa de vacunación) “cada país tiene que encontrar su propio camino para bajar la montaña”.

El experto también ha resaltado que debe investigarse qué nivel de medidas de salud pública tendrán aceptación social en las futuras etapas a seguir, y ha destacado que la actual estrategia ha de servir también como preparación para las pandemias del futuro.

En este sentido, el director de emergencias de la OMS destaca que “la próxima pandemia seguramente será causada por un agente respiratorio”, similar a los virus causante de la gripe o los coronavirus que están detrás de la COVID-19, el SARS y otras enfermedades.

24 enero 2022

(Con información de EFE)

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Wolff llama a deconstruir el plan tecnofascista de K. Schwab

Corren tiempos turbulentos y peligrosos. En el marco de una permanente campaña de manipulación e intoxicación (des)informativa mediática sobre poblaciones infantilizadas e incapaces de discernir la ficción de la realidad, y con la coartada del covid-19, el complejo financiero-digital está llevando a cabo la destrucción del sistema económico capitalista y busca "resetearlo" en beneficio de la élite plutocrática.

Pese a la guerra sicológica y su narrativa apocalíptica y de saturación para generar terror, parálisis social y sicosis de masas con base en un virus enemigo, ubicuo, invisible y genocida, cada vez surgen más evidencias de que, como sostiene Ernst Wolff −igual que otros pensadores citados en columnas anteriores: Agamben, Chossudovsky, S. Zuboff, Paul Schreyer, Norbert Häring, C. J. Hopkins, Mattias Desmet, Robert F. Kennedy Jr.−, estaríamos asistiendo al nacimiento de un sistema totalitario cuidadosamente ensayado, donde el Foro Económico Mundial y su fundador, el eugenista sin complejos Klaus Schwab, juegan un papel estratégico como operadores.

Tras analizar al detalle durante 18 meses la crisis que transformó al mundo en "sicótico corona", en agosto pasado el economista y periodista alemán Ernst Wolff se preguntó si todo fue "realmente planeado". Si bien no encontró pruebas concluyentes (documentos verificados), llegó a la conclusión de que hay un número aplastante de señales e indicaciones que apuntan exactamente en esa dirección. Lo que embona con la frase del presidente Franklin D. Roosevelt: "Nada sucede accidentalmente en la política. Y cuando algo sucede, puedes apostar que fue exactamente planeado de esa manera".

Describe la situación actual como sin precedente en la historia humana, con millones de personas sometidas a un régimen coercitivo que emite sucesivas medidas ininteligibles, absurdas y contradictorias para "prevenir" la enfermedad (ver "Descubriendo la narrativa alrededor del coronavirus: ¿Se planeó todo cuidadosamente?"), y afirma que éstas fracasaron y causaron un desastre tras otro: la logística global está en crisis y las cadenas de suministro rotas; se pierden cosechas y el abastecimiento de alimentos y semiconductores esenciales escasea, mientras se quitaron a las personas sus derechos de asociación y libertad de expresión y viajar. A raís de los bloqueos la producción mundial está en un caos, y en el campo de la salud los médicos pueden confirmar que la situación es hoy peor que antes de la "pandemia". De allí que pregunte: ¿quién tiene interés en esa agenda global y se beneficia de ello?

Responde que el mayor beneficiario y "tirador de los hilos" más importante detrás de la escena es el complejo financiero-digital, integrado por cinco corporaciones tecnológicas estadunidenses: Google −cuya empresa matriz es Alphabet−, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft (conocidas como Gafam) y cuatro grandes administradores de activos: BlackRock, Vanguard, State Street y Fidelity. La capitalización de mercado de esas cinco empresas de tecnología de la información, expone Wolff, asciende a 9.1 billones de dólares, superior al PIB bruto de Alemania, Francia e Italia, que es de 8.6 billones de dólares, mientras los cuatro administradores de activos gestionan 33 billones de dólares, cifra que duplica el PIB de las 28 naciones de la Unión Europea, que asciende a 15.7 billones. Concluye que el complejo financiero-digital es el centro del poder global y está listo para poner de rodillas a todos los gabinetes gubernamentales del mundo y hacerlos obedientes.

Con esos beneficios, ¿por qué la plutocracia financiera-digital socava al sistema con una agenda escrita previamente formulada? Porque no tiene más remedio, responde Wolff, pues no se puede mantener vivo con el modelo de negocios anterior. Dice que sus alternativas son el colapso final o la hiperinflación, lo que significa la pérdida total del valor del dinero. De allí que, en un "gigantesco acto de desesperación", haya optado por instalar un nuevo sistema, previo saqueo −lejos de la vista del público− del viejo sistema moribundo. Eso es lo que hace desde marzo de 2020, cuando la OMS decretó la "pandemia" del covid.

Según Wolff, la destrucción deliberada y premeditada de la economía mundial y su sustitución por un nuevo sistema, se impulsará a través de los bancos centrales con la colaboración de las Gafam, y su objetivo es la total eliminación del efectivo y la introducción del dinero digital. Todos tendremos una sola cuenta, y el dinero digital del banco central permitirá a los gobiernos vigilar toda transacción y asignar tasas impositivas, y con un solo clic del mouse, imponer multas individuales o cancelar nuestra capacidad de realizar pagos y operaciones financieras. Como prevén que ello generará malestar social y una gran resistencia, sumirán a la sociedad en el caos y presentarán el dinero digital como la solución a todos los problemas, en forma de renta básica universal.

Si se consulta el libro de Schwab The Great Reset (junio de 2020), dice Wolff, se verá que contiene las instrucciones exactas sobre cómo el Foro de Davos, cuyo estandarte es la Asociación Público Privada (APP), ha venido utilizando el covid-19 para destruir el mundo y construir un nuevo sistema, que sería la realización del sueño de Mussolini: el "corporativismo autoritario", encarnado ahora en la asociación entre los grandes consorcios y el Estado.

Sin embargo, afirma que el plan de la plutocrática está condenado al fracaso por varias razones. La principal: la narrativa sobre un virus mortal como amenaza existencial para la humanidad no puede sostenerse a largo plazo. El paquete de mentiras mediáticas atestigua, no su fuerza, sino sus debilidades; como "la pandemia de los no vacunados", que declara a las personas sanas como enemigo público número uno. Wolff dice que las élites no actúan conforme a las reglas de la razón sino por codicia y poder. Un poder que no se basa en el dinero, sus posesiones y armas, sino en la "ignorancia" de la mayoría de las personas. Por eso llama a impulsar una "campaña de esclarecimiento" para exponer todas las mentiras del complejo financiero-digital y mostrarle a la gente por qué y por quién están siendo engañadas.

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Las tensiones en Kazajistán y Libia aumentan los temores a una nueva crisis del petróleo

Los conflictos en Asia Central y el Magreb, una industria petrolera sin inversiones desde 2014 y una demanda creciente de petróleo auguran un próxima etapa de la crisis energética centrada en el petróleo.

 

El despegue de la economía tras los peores meses de la pandemia, los problemas globales de suministro, los conflictos geoestratégicos y un declive en las reservas y en la industria petrolera que viene de lejos aumentan los temores de que 2022 sea el año de una nueva crisis energética, con el petróleo en el centro. 

Durante 2021 el precio del petróleo creció un 46% espoleado por el aumento de la demanda de una economía que se despertaba del confinamiento. En diciembre, la rápida expansión de la variante ómicron rebajó las expectativas de crecimiento y, con ella, las previsiones de demanda de petróleo, acercándola a la capacidad de producción. Entonces el precio del barril Brent cayó desde los 83 dólares a valores cercanos a los 73. 

Sin embargo, cuando se comenzaban a conocer las características de la nueva variante, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) no tardó en afirmar que la nueva cepa tendría un “impacto leve y breve” y elevó sus previsiones sobre la demanda de barriles. Según su análisis, en la segunda mitad de 2022, el mundo habría recuperado y superado el consumo de petróleo anterior a la pandemia.

Un análisis semejante sobre el escaso impacto económico de la nueva variante de coronavirus hace Julian Lee, analista petrolero de Bloomberg. La menor tasa de hospitalizaciones, especialmente entre personas vacunadas, ha llevado a muchos gobiernos a revertir las restricciones levantadas en diciembre y a aumentar el número de vuelos, augurando un fuerte crecimiento de la demanda de petróleo en los próximos meses.

Podría parecer una buena noticia económica, pero no lo es necesariamente. La industria petrolera no está preparada para suministrar los barriles necesarios, sostiene Lee. Para este experto en temas energéticos, “a menos que la necesidad de petróleo disminuya drásticamente” la perspectiva para este año es de un “suministro inadecuado y precios de tres dígitos”, es decir, barriles de petróleo con precios superiores a los 100 euros o, dicho de otra manera, una nueva crisis energética.

Para Lee, la “potencial debilidad del mercado petrolero proviene de una demanda desenfrenada”, que la OPEP prevé que superará los 104 millones de barriles por día antes de llegar a finales de año, cuando actualmente ronda los 96,5 millones. Para cubrir esa demanda, la OPEP y sus socios pretenden añadir 400.000 barriles diarios en su producción de cada mes.

Unos objetivos que no son nada realistas, sostiene Lee, ya que los países productores están teniendo ya “problemas reales” para cubrir la actual demanda. Para este analista, el problema es que la mayoría de estos países, salvo Arabia Saudí, no están en condiciones de aumentar la oferta de crudo aunque quieran hacerlo. La prueba está en la brecha cada vez mayor entre los objetivos de producción y la cantidad de barriles que efectivamente salen al mercado. Este déficit es especialmente observable, continúa, en los países de la OPEP, responsables del 40% del suministro global, en los que el déficit entre objetivos y producción real no ha dejado de crecer desde enero de 2021. A finales de año, estos países producían 700.000 barriles diarios menos de lo que deberían según sus propias metas. Según Lee, esta brecha “no se cerrará pronto” y, previsiblemente, irá a peor. Un déficit que solo puede aumentar “a medida de que el objetivo continúe aumentando”. 

Y esta diferencia entre objetivos y producción real habría sido mucho mayor si la economía mundial no hubiera experimentado una desaceleración en el último trimestre de 2021 por el parón de China, la crisis de suministros y el aumento de los contagios. 

Estos temores sobre una nueva crisis centrada en el petróleo surgen pocos meses después de que Estados Unidos, en noviembre de 2021, anunciara junto con China, Japón, Corea del Sur y Reino Unido la puesta en circulación de parte de sus reservas estratégicas para intentar reducir los precios y solucionar ese desajuste entre la oferta y la demanda de petróleo. Solo EE UU puso en circulación 50 millones de barriles, algo menos del 10% de los 620 millones de barriles de los que dispone.

Hasta ahora, EE UU solo había recurrido a sus reservas estratégicas en momentos de guerra o de fenómenos meteorológicos extremos; nunca hasta ahora para “tratar de mover el mercado”, indicaba Mariano Marzo, profesor de Ciencias de la Tierra de la UAB, en El País.

Las consecuencias de un petróleo y un diésel caro, fundamental para el transporte por tierra, aire y mar, ya se están dejando notar desde finales del último verano. “Los consumidores estadounidenses están sintiendo el impacto de los elevados precios de la gasolina en el surtidor y en las facturas de calefacción de sus hogares, y las empresas también lo están notando porque el suministro de petróleo no se ha mantenido a la altura de la demanda a medida de que la economía mundial emerge de la pandemia”, sostuvo la Casa Blanca para justificar la liberación de parte de sus reservas. Esta operación coordinada contribuyó a una rápida reducción de un 10% en el precio del petróleo. Sin embargo, en pocas semanas el precio del petróleo ya había recuperado las cifras previas.

Kazajistán, Libia, Alberta

La recuperación del precio del petróleo no se debe solo a una revisión a la baja de la peligrosidad de la variante ómicron y a los problemas en la producción sino también a un calentamiento de los conflictos geoestratégicos en los países productores o de paso de los combustibles fósiles.

El principal desencadenante de que el petróleo volviera a superar los 80 dólares por barril ha sido la crisis en Kazajistan, en donde el aumento del precio del gas doméstico provocó una ola de protestas que ya ha causado más de 164 muertos y 8.000 detenidos. La crisis, que ya se ha llevado por delante al Gobierno, ha elevado la tensión entre bloques con la intervención de tropas rusas en el conflicto. 

Kazajistán es el primer productor de petróleo de Asia Central, con las doceavas mayores reservas probadas del mundo, según la agencia energética de EE UU. Esta exrepública de la URSS también es el segundo productor mundial de uranio, material cuyo precio ha experimentado un crecimiento del 31% en 2021. 

El suministro de estos dos combustibles fósiles no se ha visto afectado de forma significativa, más allá de cortes temporales en Tengiz, el mayor campo petrolero del país, después de que contratistas y trabajadores afines a las protestas interrumpieran las líneas ferroviarias. Sin embargo, los temores de las bolsas y de los inversores han llevado a que tanto el petróleo como el uranio hayan experimentado subidas importantes, aunque moderadas en los últimos días.

Los conflictos internos en Libia se han sumado a las incertidumbres generadas por los enfrentamientos y choques entre Argelia y Marruecos por la cuestión del Sahara o la decisión de Indonesia de paralizar la exportación de carbón para asegurar el suministro interno, que han contribuido a aumentar el precio de los combustibles. Días antes de las Navidades, el mayor campo petrolero libio, El-Sharara, cerraba para realizar tareas de mantenimiento y reparación después de sufrir un ataque de las milicias. Pese a que el campo se ha reabierto, la producción petrolera de Libia está un 25% por debajo de su nivel habitual. El frío extremo en el oeste de Canadá y noroeste de EE UU, con temperaturas inferiores a los -40 grados, también ha llevado a paralizar parte de la producción petrolera y gasista, en especial en el Estado canadiense de Alberta, rico en arenas bituminosas.

Frente a estas incertidumbres, los mercados ponen sus esperanzas en que los países de la OPEP y sus socios aumenten la producción, una posibilidad que Lee relativiza: “Si bien es probable que el aumento de la producción de la OPEP+ reduzca esa brecha [entre los objetivos y la producción real], simultáneamente erosionará la capacidad disponible en el mundo para hacer frente a interrupciones inesperadas del suministro. Y esas interrupciones ya están apareciendo”.

El ruido de fondo

Los factores coyunturales que han impulsado una nueva subida del petróleo en las últimas semanas tienen como telón de fondo un declive y un proceso de desinversión en la industria petrolera sostenido desde 2014, defiende el físico Antonio Turiel, autor de Petrocalipsis y miembro del CSIC.

Esta desinversión, sostiene en sus Predicciones para 2022que recoge en su blog, ha desembocado en una “caída acelerada en la producción de petróleo”, algo que llevará a que el precio del crudo “oscile con fuerza” este año con dos picos: uno a principios de año, antes de la primavera, y otro en el segundo semestre. Según su análisis, estas subidas acercarán el barril a los 100 dólares.

Según cuenta Turiel a El Salto, el problema de fondo es estructural y se resume en una cada vez menor disponibilidad de petróleo. El hecho de que el petróleo que queda sea cada vez de peor calidad, más caro de extraer y de menor rentabilidad energética ha hecho que las propias petroleras hayan ido abandonando la búsqueda de nuevos yacimientos. Este proceso de desinversión se ha visto acelerado con la pandemia al caer en picado la demanda de crudo en los tres meses de confinamiento duro. Según defiende este científico del CSIC, sin ningún combustible a la vista para sustituir la funcionalidades del petróleo, cada vez va a resultar más difícil cubrir la demanda y el mercado será más sensible a las crisis coyunturales, como las que estamos viviendo.

Para Turiel, 2014 fue el año de la inflexión. “Entonces concluyeron que era imposible seguir así. Era un callejón sin salida y como no tenía remedio, entonces empezaron a desinvertir. El negocio del petróleo se ha acabado”, dice.

Sin embargo, advierte Turiel, hay que huir de las explicaciones simplistas y lineales. Si esa escasez es real y cada vez hay menos petróleo, ¿cómo se explica que hace diez años el barril estuviera en los 150 dólares y hace un año cerca de los 15?

Turiel ofrece una respuesta sencilla: cuando la demanda de petróleo supera la oferta y se produce cierta escasez, el precio sube; y cuando el precio es tan alto que las empresas y los consumidores no pueden pagarlo, se produce una crisis económica que genera destrucción de empresas y, por lo tanto, la disminución de la demanda de petróleo, y el precio baja. “Cuando el precio cae son las propias petroleras las que no se pueden permitir el lujo de seguir explotando el petróleo y son ellas las que empiezan a reducir su producción, y esa producción sigue cayendo hasta que vuelve a encontrarse otra vez con la demanda, se vuelve a producir cierta escasez y vuelve a comenzar otro ciclo”, termina de explicar este científico.

El problema es que después de cada ciclo, concluye Turiel, hay menos petróleo disponible y las posibilidades de que surja una energía que consiga reemplazar las utilidades de este combustible fósil son menores. Mientras, las crisis coyunturales como las de Kazajistán, Libia o Alberta pueden desencadenar problemas cada vez más graves.

Por Martín Cúneo

@MartinCuneo78

11 ene 2022 06:00

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Lunes, 10 Enero 2022 07:14

El corona totalitarismo y las masas

El corona totalitarismo y las masas

La aceptación masiva de las reglas draconianas impuestas por varios gobiernos a raíz de la "pandemia" del covid-19, podría conducir a un nuevo sistema totalitario tecnocrático de ideología transhumanista, con la eventual deriva de atrocidades que serían justificadas bajo la bandera del bienestar colectivo.

Según esa hipótesis de Mattias Desmet, sicoanalista y sicoterapeuta especialista en mecanismos de formación de masas, millones de personas −atrapadas en las garras de la "hipnosis covid" y presas del miedo y de una "intoxicación mental" producida por la falsa narrativa impuesta de forma dominante a través de los medios de (des)información masiva desde hace casi dos años− estarían dispuestas a luchar contra un "enemigo común" (los "antivacunas", los "conspiracionistas") con total despreocupación por la pérdida de sus derechos y libertades fundamentales.

Profesor de sicología clínica en la Universidad de Gante, Bélgica, y autor del libro Sicología del totalitarismo (en imprenta), Desmet explica por qué unas sociedades en shock, hipnotizadas por la propaganda y el miedo, aceptaron la "narrativa corona" y una serie de estrategias gubernamentales de mano dura antes inimaginables, como el confinamiento obligatorio, el uso de mascarillas, el distanciamiento social, el pasaporte covid y sucesivas dosis de vacunas experimentales. Porque son parte de lo que en términos sicológicos denomina, inspirado en Gustave Le Bon, "formación en masas", una especie de hipnosis, histeria o sicosis colectiva, a gran escala, que elimina la capacidad de pensamiento crítico de las personas, componente típico de los regímenes totalitarios.

Expone que una masa es un grupo específico en el que todos los individuos se asemejan y creen firmemente en la misma narrativa. Sufren una falta radical de pensamiento crítico, y sus capacidades cognitivas se deterioran y disminuyen.

En varias entrevistas, Desmet dijo que al principio de la crisis del virus corona analizó la información desde una perspectiva estadística, y tras unas semanas observó que los números no cuadraban y el modelo inicial del Imperial College of London había sobrestimado el peli­gro del virus y su mortalidad. Luego se percató de que se trataba de un fenómeno clásico de "formación de masas" a gran escala. (Dan Astin-Gregory, "Why do so many still buy into the narrative?#MassFormation", 21/9/21 y Clémence Corré-Saint-Jours y Caroline Rouyer, "Corona totalitarismo: las claves para entender la crisis", 12/11/21).

Desmet argumenta que para que aparezca una formación de masas son necesarias cuatro precondiciones: 1) la falta de vínculos sociales, con un fuerte sentimiento de aislamiento (las personas deben sentirse socialmente "atomizadas" diría Hannah Arendt); 2) una falta de sentido en su vida; 3) ansiedad latente y flotante y descontento generalizado, y 4) una gran frustración y agresividad en la sociedad. Demuestra que esas condiciones estaban presentes antes de la crisis del covid-19, y cuando aparece la nueva narrativa que da un objeto (el virus) a la angustia y es martillada día tras día por gobernantes y los medios masivos, genera una enorme disposición en la población para conectar su ansiedad flotante con ese objeto específico y participar en las estrategias para combatirlo.

En el grupo que sigue esas estrategias se crea un (falso) nexo de solidaridad. Y se lleva a cabo de forma colectiva una "verdadera batalla heroica", dice Desmet. Explica que un ser humano es social y si se siente aislado y de repente pasa de ese estado sin conexión a otro en que se está fuertemente conectado a una multitud o masa, se crea una especie de "intoxicación mental". Aunque la historia sea absurda y falsa, la gente se "traga" la narrativa covid porque "le da sentido a sus vidas". Y canaliza su frustración y agresividad contra el "nuevo enemigo": los "conspiracionistas", los "antivacunas"; incluso puede llegar a matar en nombre del "bienestar colectivo".

Advierte que el análisis histórico muestra que la formación de masas puede ser el primer paso hacia el totalitarismo, y que los sistemas totalitarios tienen las mismas tendencias a aislar: “Para garantizar la salud de la población, las porciones ‘enfermas’ de la población” deben ser "aisladas y encerradas en campos", idea sugerida durante la crisis corona, pero descartada como "no factible" debido a la resistencia social. "¿Persistirá esa resistencia si el miedo sigue en aumento?" Abunda que “la ceguera que conlleva el condicionamiento social y la totalitarización, inculpará a quienes no estén de acuerdo con la narrativa y/o rehúsen ser vacunados. Servirán como chivos expiatorios. Intentarán acallarlos. Y si eso tiene éxito, el temido punto de inflexión en el proceso de totalitarización llegará: solamente después de haber eliminado completamente a la oposición, el Estado totalitario mostrará su forma más agresiva. Y se convertirá −usando las palabras de Hannah Arendt− en un monstruo devorando a sus propios hijos. Lo peor está por venir.” (Patrick Dewals, "The Emerging Totalitarian Dystopia: An Interview With Professor Mattias Desmet", The Daily Sceptic, 4/3/21.)

Afirma que el sistema totalitario que está surgiendo es tecnocrático y se basa en la ideología transhumanista, que tiene raíces en la creencia de que el hombre es semejante a una máquina; forma parte de una máquina más grande, el universo, y puede ser "optimizado" añadiéndosele todo tipo de componentes mecánicos.

Según Desmet, en una sociedad totalitaria cerca de 30 por ciento de las personas está bajo el hechizo hipnótico de la formación de masas; 40 por ciento permanece en silencio y se conforma sin estar convencida de la narrativa dominante, y 30 por ciento no cree ni cumple la narrativa y expresa su desacuerdo en voz alta. En la crisis del corona, el grupo que resiste no logra hablar al unísono, y su impacto sobre el grupo que permanece silencioso nunca es tan poderoso como el impacto de la masa que está hipnotizada por la campaña de intoxicación mediática. Si el grupo disidente encontrara una manera de unirse sin convertirse en una masa −la masa destruye la individualidad y singularidad del ser humano−, la crisis y su proceso quedarían suspendidos. Si no, iremos de un confinamiento a otro y de una crisis a otra, que culminará en un totalitarismo que, tras eliminar a la resistencia, devorará a sus propios hijos.

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MÁS LEÍDOS 2021: Una sociedad más higiénica pero más peligrosa

El sistema mundo en la pospandemia engendra riesgos para la sociedad y cada uno de sus miembros pero también para el establecimiento neoliberal.

 

Entrar por estos días, a mediados del otoño boreal y en pleno Oktoberfest, a una cervecería típica de Luxemburgo es una experiencia que permite tomar el pulso a la sociedad pospandémica. El restaurante bar Braurei está ubicado en la popular calle Rives de Clausen, en la capital de uno de los países más ricos del mundo gracias a sus laxas políticas fiscales que atraen grandes capitales, personales y corporativos. Opera en las instalaciones de una antigua cervecería que conserva, a la manera de un monumento posmoderno, alambiques, ductos, válvulas, poleas, instrumentos y maquinarias de la cervecería original fundada en el siglo 18. No es el sitio más elegante de esta sofisticada capital europea, pero sí un lugar favorito de la población internacional y multicultural que confluye en la ciudad. Luxemburgo está estratégicamente ubicada en el centro de Europa. Su área está a medio camino, comparativamente, entre los departamentos de Atlántico y Quindío. Desde su capital, las fronteras con Alemania, Francia y Bélgica están a no más de 50 kilómetros cada una.


Nos damos cuenta de que estamos en la sociedad de la pospandemia cuando nos recibe una amable pero igualmente firme mesera que, para atendernos y antes de hacernos seguir a la mesa, exige enseñarle el “pasaporte” europeo covid. El código QR que traemos de Colombia no es reconocido en Luxemburgo, un país que sigue prohibiendo la entrada de colombianos. Nos salva que provenimos de una estancia corta en España que ha permitido el ingreso a la Comunidad Europea. Ya dentro de la comunidad la movilidad es fácil. Enseñamos a la joven una prueba de antígenos realizada en Mallorca dos días antes de viajar. La joven mesera se relaja y nos permite seguir. 


Además de disfrutar de una cerveza Clausel de barril, no filtrada tipo «Gezwickelt» y disfrutar los platos típicos como los coditos de cerdo, el steak tartar y las salchichas vienesas con mostaza, me quedo con la inquietud. Pregunto a mi hijo, nuestro anfitrión y residente en el Gran Ducado, si el protocolo que acabamos de vivir es usual y nos confirma que sí, el gobierno lo exige y la mayoría de los restaurantes lo aplica a rajatabla. Sin embargo, en otras ciudades europeas visitadas, como Palma en España, Metz en Francia y Treveris en Alemania (la ciudad que vio nacer a Marx) la medida aún no se aplica.


A diferencia de nuestro país, la mascarilla ha dejado de usarse en Europa en sitios abiertos pero es exigida tan pronto se traspasa el umbral de un establecimiento cerrado. De resto, la pandemia, con sus restricciones y limitaciones, parece haber quedado en el pasado. Vivimos ahora la sociedad de la pospandemia; una sociedad radicalmente transformada en tres esferas: la de salubridad pública, la personal y económica y, por último, la geopolítica. Ignacio Ramonet en conferencia brindada el pasado 5 de octubre y disponible en YouTube (1) ha hecho una radiografía del sistema mundo en la pospandemia. Entre lo más grave –y que ha sido resaltado por muchos– una sociedad expuesta en la vulnerabilidad de los sistemas de salud pública debido al progresivo desmantelamiento y desinversión que sufrió este sector durante la ola de privatizaciones bajo las políticas neoliberales de volver rentables los servicios más esenciales.


El ser humano, en su angustia existencial, prefigurada en el siglo 19 por el movimiento romántico y exacerbada en el 20 con la verificación de lo absurdo de la existencia, descrita magistralmente por Kafka, Camus y Duras entre otros, vivió durante la pandemia el terror de verse aislado físicamente de sus seres queridos, incluso en casos in extremis. La casa de habitación pasó de ser un lugar usado esencialmente para dormir e iniciar o terminar el día, a un lugar de confinamiento total: trabajo, descanso, educación, alimentación, socialización, ejercicios y otras rutinas quedaron concentradas en los pocos metros cuadrados de la vivienda. La salud mental y emocional del individuo quedó impactada por la pandemia. Las crisis personales, de pareja y familiares ocasionada por los confinamientos parecen ser más devastadoras que el propio virus. El individuo, ya alienado por el asedio de las inteligencias artificiales de móviles, televisores, autos, cámaras y sistemas de seguimiento y vigilancia, ahora ha visto cercada aún más su autonomía para pensar, decidir y disponer de si mismo. La sociedad pospandémica emerge más desigual que antes; con una mayor concentración de riqueza en farmacéuticas, bancos, empresas de logística y tecnología; y del otro lado, países más pobres y vulnerables a la pandemia donde aún no llegan las primeras dosis, y que seguramente cerraran el año 2021, como Colombia, sin haber alcanzado la “inmunidad de rebaño”. Del otro lado, resaltan casos como el de Cuba que a la fecha ha logrado desarrollar al menos cinco vacunas propias contra el covid. Los pobres están cada vez más pobres, y además se ven obligados a efectuar los oficios más peligrosos como, por ejemplo, en hospitales donde enfermeros, auxiliares y paramédicos deben encargarse de disponer de residuos tóxicos y contaminantes y estar en contacto permanente con personas infectadas.


En la esfera geopolítica vivimos un mundo que se enfrenta a una nueva etapa de tensión política entre China y EE. UU. con una Europa fragmentada y desarticulada por el Brexit y el Aukus. En esta última alianza Francia ha quedado por fuera del círculo de poder en el Pacifico, un área de tradicional influencia francesa. Ramonet desglosa cómo el mundo de la pospandemia está marcado por una serie de fragilidades, vulnerabilidades, injusticias y desigualdades aun mayores que las de épocas prepandémicas. Su conclusión es categórica: vivimos hoy en una sociedad más peligrosa que la anterior.


Si algo positivo podemos rescatar de la pandemia es que vivimos en un mundo más aséptico. Los niveles de obsesión por lavarnos y desinfectarnos las manos y limpiar todas las superficies que tocamos alcanza visos a veces delirantes. Queda la tranquilidad que los servicios de aseo en restaurantes y lugares públicos, en general, hoy son más pulcros que antes de la pandemia. En el mismo sentido, la población vacunada es cada vez mayor, con lo cual parece controlarse la dispersión de las primeras cepas del virus. Al mismo tiempo el rebaño humano se deja conducir dócilmente para permitir nuevas dosis de vacunas. También es necesario admitir como positivo que hoy somos cada más conscientes del autocuidado y de la responsabilidad que tenemos con los demás para evitar su contagio.


Como contrapartida aparece una peligrosa fragilidad, cierta vulnerabilidad de la especie humana ante nuevas formas de ataque masivo. Ya no se trata de la amenaza atómica que aterrorizó a la humanidad desde 1945 hasta 1989, sino la de un ataque frontal pero invisible. Un virus que se cuela por entre las rendijas más imperceptibles de las fronteras, de los edificios, las casas y los cuerpos.


Al otro lado de este escenario, hay otras fuerzas “peligrosas” –al menos para el establecimiento– que también surgen con mucha actividad. Son las fuerzas emancipadoras de los de abajo. En realidad nunca han dejado de existir, están allí desde que se impuso la división de clases, la concentración y acumulación de capital, la desigualdad económica. Son las fuerzas que siempre han impulsado los grandes cambios sociales, pero que, según las circunstancias y condiciones, van cambiando de forma y modo de acción. En el siglo XXI, y durante la pandemia y ahora, en su aftermath surgen o se consolidan actores considerados como peligrosos para el neoliberalismo. Son los nuevos revolucionarios, los nuevos terroristas, los nuevos insurrectos, las nuevos inconformes que no renuncian a sus utopías de vivir, aquí y ahora, una sociedad mejor y más justa, o al menos distinta. Se trata de clases “peligrosas” que comienzan a construir un nuevo imaginario emancipador, al igual que lo hicieron en el pasado esclavos, artesanos, obreros, soldados, marinos, artistas. Estos revolucionarios trabajan sobre las nuevas realidades del siglo 21. A fines del siglo pasado Negri y Hardt los aglomeraban de manera gaseosa en lo que denominaron “la multitud” intentando alejarse del concepto de proletariado venido a menos después de la caída del muro de Berlín. 


Ahora esta multitud parece perfilarse de manera más precisa: juventudes que no ven futuro alguno y que no quieren repetir historias de vida de sus padres, jóvenes que tienen sueños opuestos a lo que movieron a generaciones anteriores con la quimera de “casa, carro y beca”, jóvenes sin nada que perder y mucho que experimentar. Hoy la experiencia sustituye, de lejos, el anhelo de tener; el desarraigo y la vida nómada comienza a ser una forma social cada vez más común; la anarquía comienza a encontrar nuevas formas de expresión cuando las generaciones rechazan el vértigo de la sociedad consumista que insiste en imponer sus formas de manera artificial, sintética, superflua. Jóvenes que se mueven por fuera de los sistemas bancarios, que navegan los blockchain y creen más en el bitcoin que en monedas tradicionales, jóvenes que rehúsan comprar ropa nueva y dejan de consumir alimentos ultraprocesados, jóvenes que rechazan plásticos de un solo uso, que reciclan de manera instintiva, que exigen saber de dónde provienen y de qué manera fueron cultivados y producidos los alimentos y bienes que consumen, y que están dispuestos a exigir a parlamentarios y gobernantes, bien sea en Colombia o ante el parlamento europeo, el respeto a los derechos de la naturaleza, de los animales y de los más vulnerables. Jóvenes que han encontrado nuevas formas de expresión y protesta, arriesgando su vida, integridad física y libertad como sucedió hace poco entre los miembros de las primeras líneas en las jornadas de protesta del paro nacional. Son “clases peligrosas” que encuentran nuevas formas asociativas para revitalizar los movimientos sociales y populares, que reinventan un nuevo lenguaje poético y metafórico para hacer frente a la prosa del discurso hegemónico del neoliberalismo. Se trata de combatir la “prosa de la circunstancia” como lo afirma Eiden-Offe en su reciente libro La poesía de la clase (2). Clases “peligrosas” que persiguen la poesía de la emancipación. Son actores de sus vidas en sus barrios, en las calles, en los muros, en sus cuerpos, en sus nuevas identidades de género, en sus expresiones de anticonsumo para descubrir su inconformidad con la sociedad que les ha tocado en suerte. Son nuevos actores que reivindican el derecho a la rabia y al odio –olvidada y rechazada por las fuerzas socialdemócratas, como decía Benjamin–; estas “clases peligrosas” no miran al pasado, solo hay un presente tan distópico como el de muchos mundos de la ciencia ficción. Es cuando la utopía y la distopía convergen a lo mismo.


El sistema mundo en tiempos poscovid, tanto en el primer nivel como en los menos desarrollados, se va enterando de cómo una pandemia ha cambiado, quizás para siempre, la forma de vivir en sociedad. Y en nuestro continente, duramente golpeado por la pandemia, los países tendrán que tomar decisiones urgentes, prudentes y valientes, que puedan dar la cara a los efectos de la pandemia, y a los cambios de la economía mundial. Según el FMI, los países de América Latina tuvieron una caída de producto del 7 por ciento frente a un 3.3 de la media mundial. Países como Brasil, México y Perú estuvieron entre los más altos en decesos por millón de habitantes, apenas por debajo de los Estados Unidos. El impacto en sectores como el turismo y el comercio ha sido mayúsculo, y en economías precarias, como la colombiana, el empleo informal ha sido del 60 por ciento. Latinoamérica es la región con mayor desigualdad del mundo y durante la pandemia se sumaron 22 millones más de nuevos pobres (3) .Todo ello, presenta una presión formidable para la recuperación de la región, en un mundo globalizado donde urgen las transformaciones energéticas, sociales y económicas; en donde el cambio climático no da espera y el impacto tecnológico erosiona cada día más la dignidad humana.

 

1 . “La sociedad y el sistema mundial postpandemia, con Ignacio Ramonet” en https://www.youtube.com/watch?v=ZrCmggN3Zyw
2. Eiden-Offe, Patrick, La poesía de la clase, anticapitalismo romántico e invención del proletariado, Katrakak, Iruñea, 2021.
3. Lucena Giraldo, Javier, “La década que lo cambiará todo: Iberoamérica tras la pandemia y más allá”, Revista de Occidente, octubre 2021, pp. 127-137.

*Escritor, integrante del consejo de redacción de Le Monde diplomatique, edición Colombia.

 

 

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Ana Unhold, sin título (Cortesía de la autor)

La particularidad de la pandemia del covid-19 consistió en que es la primera de su tipo en la hora de la total globalización, facilitada por medios de transporte rápidos, una enorme migración, turismo y viajes prácticamente sin límites. Desde luego que existen otras pandemias: las más importantes son la del ébola, de origen viral, y la de la malaria (o paludismo), de origen parasitario (por contagio de la mosca Anopheles). La diferencia es que el ébola está confinado (con éxito) –por ahora al África– y la malaria a las regiones tropicales. No constituyen un motivo serio de preocupación para el llamado primer mundo. Por su parte, por lo demás, la gripa española de comienzos del siglo XX –otra seria pandemia– tuvo lugar cuando los viajes por barco, avión y automóvil estaban bastante restringidos o eran inexistentes en escala masiva. Vale siempre distinguir una pandemia de una epidemia. El tema de base es demográfico.


En cualquier caso, la pandemia del covid-19 obligó a los ciudadanos del mundo a encerrarse. Y muchas veces fueron obligados a hacerlo. En muchos lugares durante cerca de dos años. En la mayoría de los países, dos, tres, cuatro, cinco olas de contagio. Y a la fecha el tema no se detiene. Hace rato ya se está hablando, con toda razón, acerca de la próxima pandemia.


En numerosas ocasiones, el encierro estuvo acompañado de medidas policivas y militares; se trató de toques de queda, correajes policiales, y otras medidas punitivas. Ciertamente que el distanciamiento social era necesario. Precisamente de eso se trata a propósito de contagios. Ciertamente que el encierro forzado permitió un aprendizaje inusitado: la incorporación cotidiana de las tecnologías de la información en las formas de teletrabajo, educación virtual, telemedicina y otras expresiones semejantes. La venta de computadores y tabletas, principalmente obedeció al uso de plataformas de conexión grupales. Si la tercera revolución industrial, formulada en el 2011, consistió en el reconocimiento público de internet, la red que ella significa e implica se convirtió en una realidad cotidiana para jóvenes, adultos y ancianos, lo que pasa, naturalmente, por un tema político y económico: la división o la brecha digital.


Una realidad sobre la que, valga decirlo, los gobiernos en general, y el colombiano en particular, han avanzado muy poco en dos frentes puntuales pero fundamentales. Uno, el incentivar a la industria para que los precios de los computadores y tabletas se reduzcan a la vez que aumentan su capacidad computacional. Sencillamente los gobiernos no han entrado para nada en el tema. Y el segundo frente es justamente el de los servicios de internet, que siguen siendo ampliamente privados. No existe a la vista ninguna política que promueva el uso del wimax sobre el wifi; esto es, el suministro de wifi libre, abierto y gratuito para la ciudadanía, financiado por los gobiernos, local, regional o nacional.


Lo que se ha avanzado en este plano es muy poco, asimismo, en dos planos importantes: de un lado, la promoción en gran escala de datos abiertos (open data) y de Open Access a material educativo, científico y académico para la ciudadanía. Sin ambages, el respeto a los derechos humanos pasa en el marco de la sociedad de la información por una política de Open Access y de open data. La pandemia no les ha permitido a los Estados y gobiernos aprender nada al respecto. Todo continúa en este plano igual que antes de la pandemia.


En contraste, la verdad es que numerosos gobiernos aprovecharon la inmovilidad social para corruptelas, crímenes de Estado, y desfalco a los dineros públicos. En Europa y en Estados Unidos, en América Latina y en África, por ejemplo.

La pandemia fue eso: un asunto de salud pública


Alrededor del mundo se planteó un falso problema: economía o salud. Y la respuesta fue evidente por parte de los gobiernos: la economía prima sobre la salud. Más allá de si se trata de países liberales, conservadores, son sistemas unicamerales, monarquistas, bicamerales, dictadoras o democracias y demás. Un hecho de suma gravedad.


Vale insistir en esto (1). Las crisis, se afirma en general, constituyen oportunidades; específicamente, oportunidades de aprendizaje. Justamente en este marco se habló –y aún se discute al respecto, aunque cada vez más– acerca de la “nueva normalidad”, que es el título genérico para designar justamente los aprendizajes posibles ganados durante y gracias a la pandemia.


Pues bien, antes, durante y después de la pandemia –hoy ya se empieza a hablar de la postpandemia, sin que absolutamente ningún país haya logrado superarla por completo– la economía fue lo más importante, y la vida y la salud fueron dejadas de lado.
Algo que no sorprende. Ni el capitalismo, ni el sistema de libre mercado, ni Occidente han sabido verdaderamente nunca acerca de vida y de salud; solo de ganancia y enfermedad, que es un gran negocio; la salud no lo es (2). En eso exactamente consisten las políticas públicas de salud, a saber: en políticas acerca de la enfermedad. El colofón y la expresión mejor acabada de este estado de cosas son los estudios acerca de la carga mundial de enfermedad (3).


Como expresión de ello, definieron e impusieron la falsa creencia, que la solución a la pandemia era el aislamiento, el encierro y la vacuna. Un sofisma total, pues ninguna de estas medidas atacó el problema verdadero que es el sistema de atención en salud: la seguridad social.


En el caso particular de América Latina, ampliamente, la atención en salud está privatizada. Es el abandono de la salud y la vida por parte de Estado y la privatización de la salud –para no mencionar la seguridad, la educación y en el contexto de la pandemia, de los servicios funerarios–, los que constituyen el verdadero problema. Ni el Estado, ni los gobiernos aprendieron, por las razones que sea, este asunto. Lo peor que le puede suceder a un sistema vivo es que no aprenda: entonces opera la selección natural, pues termina por extinguirse.


Pretender que la solución a la pandemia son las vacunas es lo mismo que atender, literalmente, a un paciente en urgencias con una aspirina, una curita (bandita) o un placebo. La crisis del covid-19 no la generó el virus, sino el hecho de que histórica y sistemáticamente los gobiernos desplazaron las políticas sociales a lugares secundarios en nombre, fundamentalmente, del gasto en seguridad y defensa; el negocio de la muerte, el negocio de la guerra.
Como se aprecia sin dificultad, el negocio de la enfermedad está perfectamente vinculado al negocio de la muerte y de la guerra. Eso exactamente es el capitalismo.


Un sistema que no aprende


Occidente ha conocido en tiempos recientes varias epidemias y pandemias. Sin ir muy lejos, la gripe española, la pandemia del ébola, la pandemia de la malaria (o paludismo), la pandemia misma del VIH, para mencionar los ejemplos más conspicuos. Sólo que la pandemia del covid-19 ha resultado importante por su carácter global.


Estas pandemias ponen de manifiesto que Occidente, el liberalismo, el capitalismo, el sistema de libre mercado o como se lo quiera denominar, tiene una capacidad muy baja o nula de aprendizaje, específicamente cuando se trata de atender a temas como salud, vivienda, educación, naturaleza (medio ambiente) y vida. Su prioridad es el crecimiento económico, las ganancias, la ampliación del mercado, la productividad, la competitividad, el consumo nunca la salud y la vida. Precisamente por ello, alrededor del mundo existe un profundo malestar –en Francia y en Estado Unidos, en Japón y en la India, en España y en Italia, en México y en Colombia, por ejemplo–; en cada país, los grandes medios de comunicación se encargan de ocultar esta situación de orden mundial, y a lo sumo presentan, editadas, las noticias acerca de la situación nacional.


En otras palabras, mientras que los gobiernos y los Estados no han aprendido nada durante la pandemia, las comunidades y las sociedades, las culturas y los pueblos no han desaprovechado la exigencia, transformada en oportunidad. Asistimos a un magnífico cambio civilizatorio que pretende ser ocultado por la gran prensa, pero que ciertamente apenas comienza a unificarse y a desplegarse de manera orgánica. Los ritmos de la historia no siempre son necesariamente vertiginosos. Tanto menos en el contexto de un sistema panóptico, manipulador y controlador a escala sistémica y sistemática.


Ser modernos, en general, significa ser miopes, con una mirada de corto alcance. Occidente, tradicionalmente sólo estuvo mirando su propia imagen o su propio ombligo.


La naturaleza nos habla en múltiples lenguajes. Hoy, literalmente, nos está hablando en la forma de volcanes (La Palma en España y Etna en Italia); en la forma de tifones y huracanes (Mar Caribe, Océano Índico); en la forma de temblores y terremotos (China, México, Haití o Japón); en la forma de incendios incontrolables (California, España, Brasil, Venezuela); en la forma de sequías terribles (Armenia, Timor Oriental, Madagascar); en fin, en la forma de virus (covid-19), por ejemplo. Occidente, una civilización distintivamente antropocéntrica, no puede leer ni entender los lenguajes con los que está hablando la naturaleza. Lo mejor que acaso alcanza a decir es que las crisis ambientales son de origen antropogénico, en general. Occidente no aprende, el capitalismo no aprende. Pero los movimientos sociales, políticos y ecologistas alternativos –entre muchos otros–, sí aprenden que Occidente no aprende. Un aprendizaje singular.


La biología en general, la teoría de la evolución en particular y la ecología sin la menor duda, han puesto ya suficientemente de manifiesto que lo peor que le puede suceder a cualquier sistema vivo es que no aprenda. Porque entonces el camino a la extinción es irreversible.


La verdad es que la crisis profunda ocasionada por el covid-19 permitió la constitución, emergencia y consolidación de numerosos movimientos autogestionarios (4) alrededor del mundo. Una breve lista de estos incluye la alimentación y nutrición, el trueque, los cuidados de salud, acciones de solidaridad sin límites, sistemas de educación, en fin, la ayuda mutua y la cooperación (5). Una nueva civilización está emergiendo. Este es un aprendizaje sin igual en la historia de la humanidad.

Los temas de salud mental: una enseñanza importante

El principal problema de salud pública en el mundo, hoy, es la salud mental. En promedio cada treinta segundos se suicida una persona en el mundo, por diferentes causas (6). La crisis del covid-19 vino a acentuar la tasa de problemas de salud mental y el aumento de suicidios. Con una advertencia puntual: los suicidios son contagiosos, ni más ni menos que cualquier otro contagio.


La muy alta tasa de suicidios alrededor del mundo significa, simple y sencillamente, que hay un modelo civilizatorio en crisis que no ha sido suficiente para generar esperanzas, producir alegría, optimismo, y razones para vivir. En las políticas públicas de salud usualmente se habla mucho de la salud mental en general, pero se omiten estas particularidades. Se termina por culpar a la sociedad, sin que los gobiernos y los Estados asuman su responsabilidad. También hemos aprendido esto.


Pues bien, al respecto, es importante rescatar, una vez más, la Declaración de Lyon, del año 2011. Dicho negativamente, la globalización enloquece a la gente (7), literalmente. Y dicho en forma positiva, una señal de salud mental consiste en la capacidad para decir no.
No a un sistema violador de derechos humanos, un sistema que es incapaz de aprender, generador de inequidades, injusticia e impunidad galopantes. La pandemia del covid-19 le ha permitido a los pueblos y sociedades reconocer que la capacidad de decir no a las autoridades y los poderes no es simplemente un rasgo de resistencia, de oposición, de alternatividad y demás. Se trata, simple y llanamente de una señal de salud mental.


Dicho en una palabra, la capacidad de decirle no al poder es la más evidente señal de salud mental. Y entonces, claro de vitalidad y resistencia.


Desde luego que la capacidad de decir no al maltratador, al explotador, al asesino, al torturador, al violento, al corrupto, al falaz y al hipócrita, por ejemplo, debe ir acompañado de acciones y formas de organización. El tema entonces es el de la acción colectiva. Decir no debe dar paso a acciones, movimientos, decisiones y formas de organización. A escala individual y colectiva. Esto es salud. Y de salud y de vida el capitalismo nada sabe. Por ello mismo sus planes y programas de control y manipulación.
De esta suerte, la ecuación economía o vida se revela, manifiestamente, como falsa. La pandemia permitió a todos reconocer que sin salud no existe nada más, y que perder la vida es el mayor dolor. No simplemente un dato estadístico, un costo colateral, una baja casual.


Los aprendizajes de la pandemia están en proceso de consolidación alrededor del mundo, y un tejido sólido lo están elaborando las comunidades y organizaciones sociales alternativas. Existen serios motivos para un optimismo fundamentado; esto es, con información. Pues bien, estos aprendizajes están siendo consolidados y compartidos.


Hemos aprendido también que la gran prensa no dirá jamás ni una palabra al respecto. No importa: otros medios de comunicación y de experiencia emergen, saben unos de otros, y se consolidan orgánicamente.

 

1. Véase (2021) “Fenomenología de la pandemia”, en: Le Monde diplomatique, Nº207, febrero, pp. 8-9; (2020) “Los engaños de la estadística. A propósito de la crisis del coviv-19”, en: Le Monde diplomatique, Nº 199, pp. 4-6; (2020) “¿Qué significa la crisis del coronavirus?”, en: Le Monde diplomatique, Nº 198, pp. 4-6; (2021) “Covid-19 y necropolítica: cuando los países ricos dejan morir a los pobres”, periódico desdeabajo, julio-agosto, Nº 210, pp. 10-11; (2021) “La pandemia reveló lo mejor y lo peor de cada quien”, periódico desdeabajo, Nº 276, pp. 24-25.
2. Cfr. Ruelas Barajas, E., Mansilla, R., Rosado J. (Coords.), (2006). Las ciencias de la complejidad y la innovación médica. Ensayos y modelos. México, D.F.: Unam
3. Cfr. http://www.healthdata.org/
4. En un próximo artículo nos ocuparemos de un panorama tan sugestivo, con casos y experiencias puntuales alrededor del mundo
5. Entre otras informaciones, véase: https://www.restosducoeur.org/;https://www.awesomefoundation.org/en/projects/66523-barter-market;https://asia.nikkei.com/Economy/The-truth-behind-India-s-new-barter-economy;https://en.wikipedia.org/wiki/List_of_alternative_universities;https://zad.nadir.org/?lang=es
5. Cfr. https://ourworldindata.org/suicide
6. file:///C:/Users/cemca/Downloads/chantal,+Journal+manager,+documento_interes-vol2_num2.pdf

* Filósofo, integrante del Consejo de redacción de Le Monde diplomatique, edición Colombia.

 

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MÁS LEÍDOS 2021: Ante la derrota de la humanidad (II)

Decíamos hace varios meses (http://ow.ly/pmzl50FSwSw) que la certeza de los actuales poderes globales con respecto a la vacuna, como solución mágica para enfrentar y superar la actual crisis pandémica, resumía su convicción de que la especie humana puede seguir como hasta ahora ha vivido, convencida de que la naturaleza, con todo lo que en ella habita, es su pertenencia y su objeto.

Desde este prisma la vacuna, con el paso de los meses, quedó transformada en la pócima milagrosa que todo lo cura, a pesar de los interrogantes que su aplicación sigue suscitando por doquier, todo ello porque aún no son vacunas en propiedad sino simples biológicos en proceso de elaboración (ver “El covid, muchos interrogantes”), proceso en el cual la especie humana, por cientos de millones, con su hombro descubierto, está constituida en el ratón de laboratorio para verificar cualidades y potencialidades de todas y cada una de las que están aplicando por aquí y por allá.

En el primero de los editoriales con igual título decíamos que no reparar en el contexto, en lo estructural de la crisis pandémica, es condición fundamental para: 1. Dejar el espacio abierto para que otras de estas crisis, con igual o peor potencia, impacten sobre la sociedad global; y, 2. Perder la oportunidad para que esa misma sociedad advierta con toda propiedad las características fundamentales de un sistema socioeconómico que lleva a su propia especie hacia el precipicio, así como a la naturaleza íntegra.

Pero lo que no alcanzábamos a captar en ese momento era que, en su afán por recuperar la economía global, el capitalismo estuviera dispuesto a todo, incluso a cercenar derechos fundamentales, criminalizar segmentos sociales que no responden a su llamado a vacunarse y ahondar desigualdades, llevando a la sociedad a una polarización entre vacuna sí, vacuna no. No se puede desconocer que la problemática en curso y los retos abiertos para la especie humana, a lo largo de estos meses, son mucho más profundos (ver: “Vacuna covid-19: ¿protección, negocio o violación de derechos?”, “El covid-19 es algo más que el pinchazo”).

La respuesta no se ha dejado esperar y en muchos países la creciente crítica a tales medidas copa calles. Las protestas son satanizadas por algunos medios de comunicación que los reportan como si fueran una estrategia de la derecha para ganar audiencia social, sin percatarse de la pluralidad del rechazo, motivado por convicciones políticas, en unos casos, y en otros por visiones alternas sobre salud, unos más por no compartir el autoritarismo como proceder para gobernar, sin estar por fuera visiones de derecha que atizan y aprovechan en río revuelto.

Es así como ahora ganan nitidez problemáticas ocultas tras la ofensiva propagandística en favor de la vacuna, de multiplicación del miedo –que tan buenos resultados dispensa para quienes gobiernan–, potenciando la unilateralidad del saber, con una ciencia occidental que desconoce otros saberes y prácticas, y que, al igual que los monocultivos, mata toda variedad que pretenda vivir en paralelo.

Un proceder impositivo que lleva a que sus ojos pierdan la capacidad de percibir la gama de tonalidades brindadas por la naturaleza para solo ver blanco o negro. Habría que ser más sensatos y mirar e investigar, por ejemplo, las prácticas que en el campo de la salud sobreviven en infinidad de territorios y con las cuales las gentes, sin esperar el dictamen médico amparado en diploma universitario, se automedican y se curan. En esa praxis acuden en ocasiones a plantas de diversas especies y de las cuales están llenas las plazas de mercado; además de otras que aún no han sido domesticadas y siguen intactas en los bosques y selvas, y solo son manejadas con propiedad por las sanadoras reconocidas por sus comunidades.

Algunas de aquellas prácticas siguen sirviendo para resolver la crisis en el encierro a que están sometidos miles de presos, por ejemplo. Y no solo ellos: también en los barrios populares y otros territorios donde sus pobladores comparten conocimientos y experiencias, e intercambian saberes, y así van resolviendo con agüitas el azote del virus. ¿Cuántos miles de infectados han dejado de acudir a consultorio y hospital alguno y se han curado? ¿Cómo lo han logrado? ¿Por qué no acuden al consultorio y mucho menos al hospital? Si el poder estuviera abierto a comprender la cultura popular, lo mismo que los usos y costumbres descritos, con seguridad aceptaría que la vacuna no tiene que ser obligatoria, y difundiría por todos los canales la posibilidad de inyectarse en otras formas y opciones para salir airosos de esta situación.

Entonces, es legítimo plantear que hay otras formas y procederes en que la solidaridad es fundamental, la memoria popular es persistente y no son necesarias las antesalas de varias horas para ser atendido. Pero igualmente hay prácticas indispensables para poder seguir en el rebusque porque, si se asiste al hospital y te dejan internado, ¿quién lleva el diario a casa?

De suerte que las formas alternativas están extendidas, además, por reacción, porque en sus barrios la gente ve morir a los suyos a pesar de estar vacunados, y por eso teme que le suceda igual, lo que invita a explicarles que los biológicos sirven en lo fundamental para evitar la UCI pero no mucho más. En esa expresión de sensatez, resulta posible construir procesos sociales de todo orden para enfrentar y superar la actual realidad, abordando como prioridad no desdeñable el cuidado común, a la par de la golpeada economía popular.

No es algo caprichoso. En realidad es un proceder indispensable que trasciende la estrategia mediática de cifras de muertos e internados en UCI, de cacarear en las bondades irreales de una vacuna que no evita la muerte, aunque sí pueda reducir las posibilidades de llegar a tal límite; estrategia que deja en manos de cada cual la resolución de sus urgencias económicas, proceder en el cual es indispensable implementar un viraje radical si de verdad se pretende ganar la confianza de amplios sectores y para lo cual los gobiernos deben priorizar la vida cotidiana de las mayorías, lo que implica garantizar vida digna, empezando por ingresos fijos y suficientes sin los cuales cada cual trata de resolver por vía propia, exponiéndose al contagio pero también atomizando mucho más el tejido social; un resolver por vía propia posible de constatar en la multiplicación de la informalidad callejera así como en la disparada de la delincuencia, con actuares cada vez más violentos –un síntoma de inseguridad, temor e inexperiencia de quien asalta– que copa calles por todas las ciudades del país.

Estamos, pues, ante una realidad sumamente compleja, que no se resuelve con más policía, como lo pretende el establecimiento, lo que va llevando hacia –o profundizando– la militarización y el autoritarismo armado como canal predilecto para gobernar e imponer. Ese proceder, ‘justificado’, por decirlo así, expresa la capacidad del sistema de reformularse y ahoga muchos derechos que le significaron a la humanidad intensas y prolongadas jornadas de lucha, tapizadas por miles de víctimas que se batieron por ellos.

Ese proceder del poder invita a pensar, no sin inquietud, si el terreno ganado por el ejercicio de un poder unilateral que ahora multiplica sus señales no se mantendrá y extenderá, incluso una vez superada esta coyuntura de salud pública, concretando así la tendencia de anulación de democracia efectiva que ya comporta el sistema, y que se manifiesta sin reparos –entre algunas de sus señales más evidentes– en la concentración de la riqueza, la multiplicación de las inequidades y las desigualdades que campean por todo el globo, la contención violenta de las voces de protesta que disienten y la imposición en todos los planos de un discurso único.

Esas manifestaciones antidemocráticas, con autoritarismo efectivo, expresado como tantas veces los estudiosos del tema han llamado la atención, a través de los cada vez más preocupantes mecanismos de control y disciplinamiento social, van haciendo de la democracia una simple palabra de cajón recubierta por mallas y muros que oprimen, imponen y aíslan, así como balas que contienen a opositores, inconformes y disidentes.

Estamos ante una tendencia o una realidad contundentes, con riesgo de polarización y disputa radical entre sectores del propio cuerpo social, utilizados por el poder real para potenciar sus controles y afilar sus mecanismos de efectivo dominio. Mientras así ocurre, del lado alternativo la pasividad y la ausencia de opciones efectivas en todos los planos, que le muestren superior y más efectivo que sus contrarios, lo arrinconan en un grado de confusión mayor y que saca a flote el hecho de que, en diversos campos del saber y del hacer, a pesar de lo que expresa, no alcanza a diferenciarse del discurso dominante.

La ciencia, ahora en el centro del debate, con la vacuna y la manera de afrontar una crisis como la actual, así como el carácter cada vez más autoritario del régimen político son parte de ello.

 

 

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Lunes, 27 Diciembre 2021 07:04

2022, ¿el mundo en postpandemia?

2022, ¿el mundo en postpandemia?

«No hay un fin de la historia: cada generación. debe afirmar su voluntad y su imaginación ante nuevas amenazas que nos obligan a juzgar de nuevo la misma causa en cada época sucesiva».

Shoshana Zuboff, La era del capitalismo de vigilancia.

 

El capitalismo global cierra el año 2021 con una de las mayores crisis que ha experimentado la humanidad en su historia moderna, tanto por el volumen de personas involucradas en la pandemia del coronavirus —con más de 5 millones de muertes, casi 25 millones activos y un total de cerca de 280 millones a lo largo de casi dos años de esa enfermedad— como por presentarse en las inmediaciones de una de las crisis más agudas y profundas que ha experimentado el sistema capitalista en su actual fase histórica de decadencia.

Los grandes ganadores y beneficiarios de la pandemia del coronavirus han sido los gigantescos monopolios occidentales que acaparan las vacunas, poseen en propiedad privada el complejo industrial tecnológico-farmacéutico-industrial-mediático y dominan el mundo subdesarrollado y dependiente bajo la férula de su propiedad intelectual e industrial que se han rehusado a socializar para permitir que pueblos, países pobres y comunidades de América Latina, Asia y África, accedan a los dispositivos vacunales para proteger a sus poblaciones como insistentemente ha demandado la Organización Mundial de la Salud (OMS). Por el contrario, la mayoría de esos monopolios lucran con los insumos médicos ligados a las vacunas con el fin de acumular capital y obtener beneficios bajo la lógica imperante de la venta de mercancías a precios de mercado para ser usufructuadas y consumidas por quienes tengan capacidad monetaria para pagar (sean individuos o gobiernos),

Hay que insistir reiteradamente que la crisis capitalista no es producto de la pandemia del coronavirus, como han pregonado los principales medios hegemónicos de comunicación lidereados por los poderes occidentales, sino que, por el contrario, dicha enfermedad no hizo sino profundizar la ya de por sí crisis capitalista que venía del periodo anterior, por lo menos, desde la crisis estructural y financiera de 2008-2009, la cual tuvo algunas recuperaciones breves, pero dentro de una aguda tendencia a la caída que se pronunció, de manera exponencial, durante los años 2020 y 2021, provocando fuertes caídas del empleo productivo, incrementando y extendiendo el trabajo precario, la superexplotación, la informalidad, los despidos masivos por las empresas como una forma de resarcirse de la crisis y mermando los ingresos y salarios de los trabajadores.

El panorama internacional para 2022 no puede ser más complejo, abigarrado y contradictorio como es el hecho de que la mayoría de los expertos y proyecciones, plantean que, en ese año, se estará desarrollando una cuarta ola de la enfermedad del coronavirus comandada por la nueva cepa llamada Ómicron (también denominada: B.1.1.529 del SARS-CoV-2), que ya se ha instalado en más de 140 naciones del planeta afectando drásticamente a las poblaciones, a los países, a las comunidades, a las personas y a las economías. Ya se están produciendo cierres o restricciones de diversa naturaleza (por ejemplo: cancelación de cientos de vuelos) en algunos países europeos como Holanda, Francia, España o Alemania ante la expansión del patógeno y países que ya habían obtenido cierta mejoría y control de la pandemia como Argentina cuyo gobierno anunció la ampliación de la emergencia sanitaria hasta finales de 2022. Solo gobiernos de países como México o Colombia se empeñan en disminuir —e ignorar— el riesgo y el peligro que representa Ómicron y se reúsan a adoptar medidas drásticas para contenerlo.

Las corrientes negacionistas insisten en que no es necesario tomar vacunas, ni medidas como el uso del cubrebocas o la sana distancia, esgrimiendo todo tipo de argumentos falaces lo que no ha hecho otra cosa sino exacerbar los efectos perniciosos de la enfermedad. Países como México, Brasil, Colombia o, incluso, los propios Estados Unidos —con un promedio diario de 100 mil nuevas infecciones —73% de las cuales corresponden a Ómicron— y más de mil muertos a causa de la Covid-19— permanecen sin las medidas adecuadas dejando que sea la pseudo tesis de la criminal «inmunidad de rebaño» y, por supuesto, el mercado capitalista, quienes «resuelvan» el problema de la expansión del coronavirus.

En el contexto de la crisis capitalista signada por la fuerte caída de las tasas de crecimiento económico promedio, causada por la baja de la tasa media de ganancia — fenómeno responsable del dislocamiento de las inversiones a la esfera del capital ficticio sin lastre en la producción y en la riqueza —; el enfrentamiento entre las grandes potencias (Estados Unidos, Chima, Rusia, Irán, Corea del Norte) en los puntos calientes del planeta (Ucrania, Siria, Yemen, Palestina, Venezuela o Nicaragua) que tiende a intensificarse en las inmediaciones de una cada vez más evidente crisis de supremacía-hegemonía del imperialismo norteamericano que no admite que el siglo XXI está constituido por un mundo basado en relaciones internacionales multilaterales y policéntricas; que ha dejado atrás del carcomido y obsoleto «unilateralismo» norteamericano de finales del siglo XIX y del XX, junto con su «excepcionalismo» de que hicieron gala y mofa durante décadas sus intelectuales orgánicos, la burguesía norteamericana, sus empresas transnacionales y su burocracia política acorazada en los partidos dominantes, demócrata y republicano, fieles representantes del capitalismo norteamericano en decadencia que en la actualidad experimenta una de las más graves crisis económicas y sociales, expresada en la escasez de mano de obra, en el menor inventario de productos, la interrupción de las cadenas de suministro y el desabasto que padece la nación y, por consecuencia, en el inusitado aumento de la inflación interanual de 6.8% en 2021, no vista desde noviembre de 1990, con cargo especialmente en los productos que conforman la canasta básica (alimentos, vivienda, energía, salud, educación, transporte, entre otros) y que demanda la mayor parte de la población.

Según informes oficiales del gobierno norteamericano, la crisis ha alcanzado a los Bancos de Alimentos que resultan insuficientes para satisfacer la creciente demanda alimentaria de la población en el contexto en que sus precios se han duplicado en el último año, en parte, debido a la insuficiencia de oferta derivada de la hipertrofia de las cadenas de valor en puertos, carreteras y fábricas, así como por la falta de mano de obra y de transportes que distribuyan en tiempo y forma las mercancías. De tal manera que, en 2020, alrededor de 60 millones de personas tuvieron que recurrir al sistema de beneficencia alimentaria ante la carestía que ha duplicado o triplicado sus precios sin ninguna regulación por parte de un Estado capitalista estructurado para atender y defender, en primerísima instancia, los intereses de la burguesía y de los grandes capitalistas que operan dentro y fuera del país. El resultado es desastroso para las mayorías populares: han aumentado las deudas familiares en 2021, el costo de los préstamos hipotecarios para la adquisición de vivienda, la compra de automóviles y para préstamos a los estudiantes, así como las deudas de las tarjetas de crédito por impagos y/o por aumentos de las tasas de interés.

Difícilmente los palangristas a sueldo del sistema logran ocultar la existencia de anaqueles vacíos en los supermercados estadounidenses, las colas cada vez más largas para conseguir los productos de primera necesidad y la escasez que amenaza el sustento de las familias. Por supuesto, prefieren trasladar esas imágenes negativas como si no ocurrieran en «the best of all possible worlds» (USA), sino en otras latitudes, por ejemplo, en Venezuela, Nicaragua, Cuba, o en cualquier otro país que no sea del agrado de los personeros que comandan el poder político y mediático de Washington y no se encuadren en su llamada «Doctrina Monroe». Como se sabe, la respuesta han sido las agresiones bajo la forma de «sanciones», golpes de Estado, bloqueos y amenazas constantes de intervención militar con el objetivo de doblegar a esas naciones y apoderarse de sus recursos naturales para ponerlos al servicio de la acumulación de capital y de su enfrentamiento geoestratégico con las potencias emergentes en el espacio internacional.

La pandemia del coronavirus, dada a conocer por vez primera, por el gobierno chino en diciembre de 2019, ha servido de aliciente —y de pretexto— al gran capital internacional para reestructurar la mermada economía mundial prepandemia y darle un nuevo giro al capitalismo del desastre (Klein) y de la vigilancia (Zuboff) sustentado en lo que se ha denominado revolución 4.0 o revolución digital, que tiene en la inteligencia artificial su hilo conductor. Es el boom y expansión de las plataformas virtuales, de la red de internet con sus algoritmos, y sus cajas infinitesimales de información (Big Data), las redes sociales y los teléfonos inteligentes, el aprendizaje automático de las máquinas, las fábricas digitales conectadas a través de ordenadores dirigidas por las gerencias empresariales, el diseño en triple dimensión, la conexión «inteligentes de las cosas» (Internet de las cosas) y la difusión, en tiempo real, de hechos y acontecimientos que ocurren en el mundo.

Todo ello está diseñando una nueva división internacional del trabajo y del capital que pretende superar la crisis del «modelo toyotista» de origen japonés que se extendió luego del agotamiento y entrada en crisis, a mediados de la década de los setenta del siglo XX, del anterior fordismo-taylorismo de producción en masa. El nuevo paradigma, presumiblemente sustentado en la inteligencia artificial, tiene por objetivo incrementar la explotación de la fuerza de trabajo, tanto psíquica como física, elevar la productividad social del trabajo con cargo en la superexplotación de la fuerza de trabajo, combinando preferentemente intensificación con bajos salarios, tanto en el capitalismo dependiente como en el avanzado e intentar resarcir la caída de la tasa media de rentabilidad en un nivel que posibilite la acumulación de capital, sea en la esfera productiva o en la del capital ficticio que sigue siendo hegemónico en sociedad contemporánea.

Esta es la base estratégica y geopolítica de la actual rivalidad y ofensiva (de principio diplomática y comercial) del imperialismo estadunidense, que comanda las tropas de la OTAN, contra el gigante asiático y Rusia, las dos potencias capaces de responder, incluso en un eventual escenario nuclear, a dicha ofensiva en caso de que la cada vez mermada potencia estadunidense, comandada por un presidente imperial que confunde a Putin con Donald Trump o a este con Obama, decida dar el primer paso de la agresión militar.

Pero, al parecer todo esto tendrá desenlace en 2022, tanto a nivel de las luchas de clases en el plano internacional, global y nacional, como en la trayectoria que adopten las grandes encrucijadas y tendencias contradictorias — como la hecatombe migratoria que experimentan las naciones expulsoras de fuerza de trabajo — marcadas por la prevalencia y profundización de la crisis global del capitalismo mundial, de la irrupción de la cuarta ola de la pandemia del coronavirus bajo la cepa del Ómicron, o de cualquier otra modalidad que surja en el trascurso de las próximas semanas o meses, y de la cada vez más intensa confrontación entre las grandes potencias.

Adrián Sotelo Valencia. Investigador del Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA) de la FCPyS de la UNAM, México.

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calvox&periche, “Converses a peu de calçada - 2ª Revolta Veïnal: Tallem autovies urbanes”, https://www.flickr.com/photos/calvox_periche/51010117907/in/photostream/

Un año en términos de vida humana es mucho tiempo. Míreselo por donde se lo vea. Pero también, un año es un tiempo suficiente de aprendizaje. Es lo que sucede en los colegios y, guardadas proporciones, en la universidad. Esto es cierto, con tanta mayor razón, en el plano de la existencia.

Mil veces se ha dicho que en política no existen amistades, sólo aliados. Los aliados son relaciones de conveniencia, para provecho propio, y mientras las condiciones sean propicias. Luego, si es necesario o posible, cambian los aliados y las cosas continúan. Esto que es cierto en el plano personal lo es también en el plano de las relaciones internacionales. Desde luego que siempre existe la foto; pero las fotos, como el papel, todo lo aguanta. La verdad es que aquello que funda a la política es el egoísmo y el interés propio. Desde la Grecia antigua hasta hoy; y a fortiori en el marco de relaciones basadas en propiedad, patentes, dinero y poder.

Ya en el marco de la ciencia política, tanto como de las relaciones internacionales, es suficientemente reconocida la inutilidad –o, por decirlo de manera cauta, el valor meramente simbólico– de las Naciones Unidas y todos sus órganos y estamentos. Cantos a la bandera, sencillamente. Pues lo que impera es el poder del más fuerte, los mecanismos de presión y lobby, y los acuerdos, pactos y alianzas entre bloques internacionales.

La política, decía Aristóteles, es una de las soluciones a los problemas del mundo, pero la menos probable de todas. Las más verosímiles son las efectivas que remiten inmediatamente a intereses, poderes y dominios; punto.

En otro plano, como señala un proverbio antiguo, que recoge también Maquiavelo, si quieres conocer a un amigo dale un cargo o dale poder. Y entonces conoceremos a plenitud quién es quién. El poder saca lo más oculto de cada uno, con o sin la presencia del psicoanálisis.

En pocas palabras, en otros términos, es en las crisis como se conoce a cada quien: sus fortalezas, sus afectos, sus debilidades, en fin, sus realidades.

Pues bien, la pandemia del covid-19 puso al descubierto el mundo verdadero después de la Segunda Guerra Mundial, después de la Guerra Fría, en la crisis del capitalismo y del Estado de bienestar, en fin, en el marco del colapso de la Unión Soviética y el Muro de Berlín, y en la emergencia de China como gran potencia mundial. El año que ha transcurrido de crisis y vicisitudes permite aprender lecciones importantes.

 

Si la enfermedad es una guerra, la guerra la perdió E.U., y Europa

 

La pandemia originada por el Sars-Cov-2 fue, de un extremo a otro abordada en términos militares. Cordones sanitarios y medidas militares, belicistas y guerreristas se impusieron aquí y allá: confinamiento, toque de queda, ley seca, militarización, multas, prisión, manejo estratégico de la información como asuntos de seguridad nacional, verticalización de las decisiones y la información y otras medidas y acciones semejantes.

En unos países se castigó con severidad a quienes denunciaban contagios. En otros países se desinformó estratégicamente. Casi siempre se manipularon las cifras de contagio, recuperación y muerte. Las farmacéuticas hicieron su negocio, y numerosos manejos de vacunas y patentes se manejaron discrecionalmente. Cuando lo que estaba en entredicho era un asunto público y común: la vida, la salud y la información, que no pertenecen a nadie en particular y no son, en absoluto, un asunto privado, en ninguna acepción de la palabra.

La opinión mundial pudo ver cómo China construyó hospitales de alto nivel en cuestión de días, y algo semejante sucedió en Rusia, una empresa que jamás habría podido suceder ni aconteció en ningún país del “occidente democrático”. China se recuperó rápidamente y para los efectos fiscales y contables internacionales, fue el único país que creció en el 2020 y las previsiones para el 2021 no admiten ninguna duda. La guerra la ganó China; gústele a quien le guste.

Y los grandes derrotados fueron, en ese orden, E.U., Europa y Japón. Basta con ver las cifras de fallecimientos; militarmente hablando, las cifras de “bajas”. Los sistemas de salud –esto es, sin ambages–, los sistemas de vida de los países epígonos de la democracia, el bienestar y la libertad se revelaron como los más frágiles. Lo que la pandemia sacó a flote es que el gasto militar y de seguridad fue y sigue siendo el más importante, muy por encima del gasto social. La conclusión no admite dilaciones: el capitalismo no sabe de vida, sólo de economía. Por ello la falsa ecuación, y muy mal planteamiento acerca de la “renormalización” y la “nueva normalidad”.

En numerosos países, y Colombia es el mejor ejemplo al respecto, durante la pandemia se fortaleció más aún el gasto militar, de defensa y seguridad. Los gobiernos y los Estados temen a sus ciudadanos, y a la capacidad de organización de la acción colectiva y la protesta social. Ya antes de la crisis del covid-19 las crisis, sistémicas y sistemáticas, afloraban por doquier. La crisis silenció esa realidad e impuso, a través de la gran prensa, un manto de silencio. El panorama es ciertamente complicado y requeriría de análisis más minuciosos, que permitan enlazar a Chile con Cataluña, a París con Washington, a los campos colombianos con Europa oriental. Pues bien, todo parece indicar que los grandes “tomadores de decisión” (sic) le temen a los análisis detallados y con relaciones directas e indirectas.

Llagan las vacunas, pero el panorama es evidente. La guerra la perdió el así llamado “mundo libre”.

Y mientras tanto, en América Latina, Cuba emerge, una vez más, como la gran reserva de vida, salud y conocimiento para América Latina. A pesar del silencio impuesto y las triquiñuelas de algunos gobiernos, como el colombiano.


Las mil caras de las vacunas y la vacunación

 

La crisis profunda tomó a todos por sorpresa. Ni siquiera los grandes tanques y centros de pensamiento –el Foro de Davos, la corporación Rand, los muchos centros en Europa, los tanques de pensamiento estratégicamente elaborados, situados y relacionados entre sí– vieron llegar la crisis ni supieron a tiempo cómo salir de ella. Se impuso la improvisación, y con ella el desarrollo de las vacunas, como “la” panacea contra la pandemia.

Ciertamente que las condiciones de la sociedad de la información, la sociedad del conocimiento y la sociedad de redes permitió una colaboración y aprendizaje rápido en el proceso de desarrollo de las vacunas. Para enero de 2021 existían 246 de ellas desarrollas en el mundo, y once proyectos que no aparecen aun en lista.

No puede olvidarse, en absoluto, que el desarrollo de las vacunas y su implementación a través de voluntarios fue siempre una medida de emergencia. Ninguna de ellas ha cumplido la tercera fase que es la aplicación en poblaciones diferentes y la espera de diez años para estudiar las reacciones. Las crisis imponen medidas de emergencia y los costos, reales u ocasionales, son “efectos colaterales”. (¡Hermoso todo ese lenguaje!).

La pandemia de 1918 –la llamada “gripe española”– produjo 50 millones de muertes. La pandemia del covid-19 no llega a 3 millones, pero la verdaderamente gran afectada es la economía. Vale recordar que con la pandemia del covid-19 los ricos se hicieron más ricos, las clases medias se vieron ampliamente perjudicadas en el mundo entero y los pobres aumentaron. Basta con leer la prensa de diversos países (por ejemplo, The Guardian en Inglaterra, Het Nieuwsblad en Bélgica, Die Zeit, en Alemania o el Mercurio en Chile; los ejemplos pueden multiplicarse a voluntad en cada país, y con más de un medio).

Digámoslo sin ambages. Necesaria como puede ser, la vacuna no es la solución a la crisis de salud del mundo actual. En primer lugar, porque todo parece indicar que la verdadera razón de la crisis es el cambio climático y la crisis climática, no un pobre murciélago, ni las costumbres alimenticias en Wuhan o el descuido de un pasajero internacional, por ejemplo. La crisis ambiental de origen antropogénico es la verdadera causante de la pandemia de covid-19, algo que no se ha puesto suficientemente de manifiesto debido a que la crisis ambiental cuestiona, finalmente, el más sensible de todos los temas: la revisión crítica de la función de producción. Un tema que para nada aparece en el Foro Mundial de Davos o en escenarios semejantes.

Las vacunas habrían podido producirse más rápido si no existiera el sistema, perverso de patentes. ¿No es curioso que ningún país de América Latina, verosímilmente la gran reserva de la humanidad en varios sentidos, tenga la capacidad de desarrollar vacunas? Con la excepción de Cuba, como está dicho, todos los demás países de la región debieron comprar las vacunas: las rusas, o las chinas o las gringas o alemanas y las que se pudieran. Todo, mientras se implementa, por otra parte, el plan Covax: el Fondo de Acceso Global para las Vacunas covid-19; un fondo creado por los países ricos para beneficio de las economías más necesitadas alrededor del mundo.

Los planes de producción de vacuna, y las políticas de compra y distribución ponen de manifestó, sin la menor duda, el egoísmo como el rasgo dominante: a) de las relaciones entre los países y los gobiernos; b) de las relaciones entre los países ricos y los de desarrollo medio y bajo.

De esta suerte, el derecho internacional, la ética, los discursos sobre políticas de ayuda, todos los organismos de ayuda humanitaria, quedan al descubierto como inútiles y burocráticos. Frente a las transnacionales farmacéuticas y frente a las políticas de los gobiernos, organizaciones como Usaid, la Gtz, la Ace, y tantas otras quedan como lo que son: acciones de buena voluntad, pero inútiles e ineficientes. No existen los amigos en política: sólo intereses nacionales o personales, egoísmo y narcicismo. Un cuadro realista y dramático.


Aprendizajes para el futuro

 

Esta no será la última crisis a escala global. Ya se anuncian la resistencia bacteriana, la crisis y la catástrofe climática y, vaya uno a saber, la eventualidad de una serie de terremotos sucesivos de amplio impacto en el mundo, sin despreciar, incluso, la eventualidad de un meteorito que produzca una catástrofe global.

Pues bien, ante estos escenarios posibles ya sabemos lo que sucederá: es el “sálvese el que pueda” que significa literalmente: los que tengan los medios cuiden lo suyo, y los demás: adiós.

Pues bien, los pueblos, las naciones y los grupos sociales pueden anticipar que esta será la reacción, ante futuras crisis de gran calado de las élites nacionales (“los poderosos”) y los países ricos frente a los más pobres. Y entonces es posible anticipar desde ya acciones colaborativas de vida. Por ejemplo, solidaridad desde abajo, puesto que desde arriba nada vendrá. Preparación de planes de contingencia locales. Mucha solidaridad, amistad, camaradería, ayuda mutua y compasión desde abajo, en los niveles inmediatos, cubriendo las necesidades mientras, eventualmente, llegan ayudas exteriores. Así las cosas, la fuerza de la vida estriba en su sabiduría local, incluso con o apesar de la ignorancia global. Al fin y al cabo, la evolución siempre actúa a nivel local, no a nivel universal.

Exactamente en este espectro, un segundo aprendizaje es determinante: en situaciones de crisis quienes menos necesitan son los más fuertes. Pues bien, el sistema de libre mercado crea necesidades artificiales y todas se resumen en una palabra: consumo. Así, quienes menos necesiten consumir serán en condiciones de crisis los más fuertes. Este aprendizaje no es difícil y sí perjudica a los más ricos y favorece a los más débiles. De esta suerte, paradójicamente, los más fuertes son los más débiles cuando estos necesitan menos cosas superficiales, y saben más de amor solidaridad, ayuda mutua, cultivo de la tierra, cuidado de la salud, y mucho afecto y empatía.

En síntesis: la pandemia del covid-19 permitió poner a plena luz quiénes son nuestros amigos, y quiénes no. Algo que es posible enriquecer con mucha fenomenología. Las crisis sacan lo perverso de cada quien, pero también nos permiten reconocer nuestra propias fortalezas y capacidades y las bondades de quienes son verdaderamente los nuestros. Digámoslo sin ambages: los sistemas militares y de policía, los banqueros y financistas y muchos de los políticos no saben de vida, salud y solidaridad. Basta con una mirada al mundo. Las consecuencias se desprenden entonces sin dificultad.

 

Bibliografía

“Fenomenología de la pandemia”, en: Le Monde Diplomatique, edición Colombia Nº 207, febrero, pp. 8-9. https://www.vfa.de/de/englische-inhalte/vaccines-to-protect-against-covid-19

 

 

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Publicado enColombia
Lunes, 27 Diciembre 2021 06:27

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En un mundo en pandemia, la conectividad se nos presenta como una aliada, pero ¿qué sucede cuando ésta contribuye al ensimismamiento y desarticulación de las personas y de los movimientos sociales?

 

La aproximación de las hermanas Wachowski en su obra Matrix (1999) resultaba como una interesante analogía a conceptos como hegemonía y alienación, no obstante, se encontraba enmarcada en un futuro distópico y oscuro, el cual por más que desde lo conceptual resultase pertinente, no obedecía completamente a la realidad de aquel entonces. Hoy día, habiendo asistido a las más estrictas etapas del confinamiento y sus flexibilizaciones, todo parece reencausar su rumbo en la medida que más gente sea vacunada. Así parece, pero la sociedad del encierro aún no acaba, pues algunos sectores sociales encontraron en el confinamiento soluciones inesperadas que difícilmente abandonarán, aproximándose así a la sociedad propuesta en el filme ya mencionado: cada quien en su cápsula.

La crisis por coronavirus llegó al mundo en un momento de múltiples transformaciones y eventos coyunturales; el estallido de movimientos sociales a nivel mundial se erigió como una tendencia generalizada para finales de 2019 con colectivos estudiantiles y feministas copando las calles para exigirle respuestas a gobiernos que sistemáticamente desconocen derechos y obvian sus obligaciones. Chile, Francia, Hong Kong, Argentina y Colombia eran algunos de los lugares donde el activismo social no daba espera, en ciudades como Bogotá confluían varios sectores de la resistencia social los cuales parecían fortalecerse entre protestas.

En el caso colombiano el denominado Paro Nacional tuvo una merma en su movilización debido a las fiestas de fin de año, pero todo parecía indicar que las protestas retornarían en marzo de 2020, cosa que no pudo ser pues el covid-19 llegó para ser más tajante que cualquier guardia antimotines, más poderoso que carabineros o el Esmad; en cuestión de semanas las calles pasaron de estar atiborradas de protestantes enardecidos a quedar desiertas.

Junto con la cuarentena llegaron múltiples implicaciones, además de las medidas de autocuidado, el teletrabajo se instituyó como esquema dominante en el sector formal del empleo pues en su momento 98 por ciento de las empresas en Colombia optó por estas medidas, de las cuales el 76 por ciento le aseguraron a Acrip (Federación Colombiana de Gestión Humana) que seguirán empleando esta modalidad al menos dos días de la semana cuando las medidas de aislamiento sean levantadas, incluso entidades como el Banco de Bogotá aún no recurren siquiera a la alternancia en algunos de sus sectores de trabajo.

Es así como se empieza a construir un panorama donde es posible evidenciar que muchas empresas encontraron en el teletrabajo un método con menos responsabilidades para con sus empleados y con mayor rendimiento en la productividad por parte de los mismos. Según la firma NordVPN (proveedor de servicios de red privada virtual personal) la jornada laboral se incrementó en un 40 por ciento pues muchas barreras que antes establecía la presencialidad se ven diluidas en tiempos de teletrabajo, donde el espacio personal es invadido por tensiones que antes no existían en tal espacio. La metáfora del cable de la Matrix se hace latente en esta nueva realidad.


Ocio en casa

–Hay quien no tiene para pagar los juegos de vídeo, pero esa necesidad la puede llenar viendo a otro jugar en línea, expone Cristian Medina, joven bogotano que a raíz de la cuarentena optó por emprender como streamer de videojuegos, luego de no obtener respuesta buscando trabajo por medios convencionales. Su jornada es de casi ocho horas, cual horario laboral, pues debe preparar los equipos, gestionar sus redes y hacer auto pauta para posteriormente jugar hasta la saciedad mientras lee comentarios de usuarios en línea y recibe aportes voluntarios de aquellos que deseen apoyarlo.

Plataformas como Twitch, únicamente enfocada al stream de videojuegos en vivo, creció exponencialmente durante 2020 pues el numero de sus usuarios se incrementó en un 83 por ciento, además de que tuvo 17.000 millones de horas de contenido que fueron vistas por sus usuarios.

Entretenimiento ampliado. En el transcurso del 2020 Netflix alcanzó cifras históricas pues superó la barrera de los 200 millones de suscriptores. No hace falta decir que la pandemia le dio un “leve” empujón pues con la mayoría de las clases medias encerradas encontraron en el consumo de cine y de series una forma de descansar de sus sobrecogedoras rutinas en casa. Es la cotidianidad del encierro: en las mismas pantallas en las que se trabaja también se pasa tiempo de ocio, y sin necesidad de salir de casa o relacionarse con otras personas.

Se evidencia así como teletrabajo como entretenimiento vía streaming cumplen la misma función de mantener aisladas a un gran segmento social, bien sea teniéndolos ocupados con trabajo o entretenidos con series y videojuegos en línea. En su mayoría de clase media, esta gente tenderá a comprender su realidad sin ir más allá de las cuatro paredes que representan su hogar, interiorizando así discursos como el “quédate en casa”, que refuerzan conductas negativas hacía el otro y el vivir en comunidad. Un guiño más a una realidad hiper individualizada donde muchos cables interconectados son los que programan nuestra realidad.


Cuestión colectiva

¿Romperán el cable quienes quedaron a él sujetos? Difícil, por el lado del trabajo, posible con el entretenimiento, pero deberán pasar varios meses de “normalidad” para comprobar el resultado final: permanecer en el aislamiento y la individualización, protestando vía e-mail, o recuperar el ser gregario que nos caracteriza como humanidad.

Los gobiernos y los factores de poder en el mundo abogarán por un consumo cultural cada vez más intenso, ¿podrán estimular un actuar colectivo repontenciado los sectores alternos, uno que llene las expectativas acumuladas por millones en estos meses de encierro y que atraiga hacia la calle y la protesta postergada por la pandemia?

El pasado 8 de marzo los movimientos feministas mostraron que sí es posible el reencuentro y la acción colectiva, ¿qué sucederá con el resto? Docentes y estudiantes tendrán en algún momento que volver a las calles, ¿podran resistir una protesta prolongada, como la que parecía asomarse en noviembre de 2019? ¿Qué será de una dirigencia sindical que no ha regresado por sus puestos de labor?

Y en cuanto a la víbora que en forma de cable adopta la etiqueta de ‘teletrabajo’ o ‘entretenimiento en casa’, ¿qué papel jugarán las clases medias en la resistencia social cuando el plan de vacunación continúe avanzando? ¿Volverán a las calles abanderadas y jugando un rol protagónico como en noviembre del 2019? ¿O permanecerán esteriles y atrofiadas por las abolladuras de la pandemia? Solo el tiempo lo dirá, pero lo cierto es que el sofá de la sala se hizo cada vez más acogedor entre cuarentenas.

Afronta el activismo social retos mayúsculos, ligados a la comprensión de las nuevas tecnologías, a las novísimas formas de control social, a las renovadas formas el poder. No es solo deseo de oponerse y soñar con otra sociedad, hay que saber por dónde navegar para que el esfuerzo sea efectivo, no solo semántico. Hay que salir de Matrix.

Enlaces:
https://blog.acsendo.com/cifras-teletrabajo-en-colombia/#:~:text=Las%20cifras%20m%C3%A1s%20importantes%20del%20teletrabajo%20en%20Colombia,-Laura%20Albarrac%C3%ADn&text=Desde%20el%202012%20hasta%20el,del%20Teletrabajo%20en%20Empresas%20Colombianas’
https://www.xataka.com.mx/streaming/netflix-alcanza-cifras-historicas-2020-supero-barrera-200-mil-usuarios-razones-pandemia-the-crown
https://forbes.co/2020/12/10/red-forbes/que-dice-la-gente-del-teletrabajo-para-el-2021/

 

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