Foto: Cuartoscuro

En 2021 se han registrado 630 casos de homicidios cuyas víctimas han sido mujeres, de los que 64 pueden ser catalogados como feminicidios

Su género le sigue costando su integridad, y hasta la misma vida, a decenas de mujeres en Colombia que son víctimas de feminicidios y otros tipos de violencia. La Procuraduría General de la Nación aseguró que solo entre enero y agosto de este año ha registrado 630 casos de homicidios en los que las víctimas han sido mujeres. Según la entidad, estas cifras son graves y duelen, aún cuando no haya casos que puedan catalogarse como feminicidios directamente.

“Las cifras de violencia contra las mujeres no solo asustan sino que duelen. ¿Cuántos más datos no tenemos visibilizados y cuántos no alcanzamos a conocer?”, dijo Margarita Cabello, procuradora General de la Nación.

Simultáneamente, la Defensoría del Pueblo presentó su más reciente Boletín de Violencias Basadas en Género con datos que ha recolectado en el año e indicó, que de esos homicidios reportados ya ha confirmado que 64 casos corresponden a feminicidios. Además, tiene conocimiento de 76 casos por tentativa de ese mismo delito.

La Defensoría detalló que la mayoría de feminicidios ocurrieron en Córdoba, donde se han registrado 12 casos; Santander y Caquetá, reportan seis casos en cada departamento; y Cauca, donde se cuentan cuatro casos. Así mismo, hay un reporte importante de tentativa de feminicidio en Norte de Santander (24), Chocó (8), Cundinamarca (6), Cauca (5) y Santander (4).

Las autoridades indicaron que, infortunadamente durante la pandemia la violencia contra la mujer aumentó considerablemente. De 2018 a 2021 la Defensoría del Pueblo reportó 351 casos de presuntos feminicidios y la mayoría de ellos ocurrieron de 2020 hasta ahora.

“La Defensoría advirtió que las medidas adoptadas durante la pandemia, especialmente el confinamiento, significaron la imposibilidad de denunciar agresiones cometidas en el hogar y que se obligara a la convivencia con los victimarios. Durante 2020 se conocieron 136 feminicidios y 193 tentativas de feminicidio. Y en 2019 habían sido cometidos 68 feminicidios y 125 tentativas de feminicidio. El 2020 fue el año en el que la entidad atendió más casos por esta conducta violatoria”, dijo Carlos Camargo, defensor del Pueblo.

Por otra parte, los ministerios públicos revelaron que más de 12.281 mujeres han sido afectadas por violencia interpersonal y 24.492 víctimas de violencia intrafamiliar. Durante la pandemia, por ejemplo, aumentaron los casos y los diferentes tipos de violencia: económica en 95 %; patrimonial en 70 %; física en 61 %; psicológica en 43 % y sexual en 31 %.

“Los principales agresores son parejas, exparejas y personas conocidas, por lo que se infiere que la exposición a la violencia se agudiza en el entorno familiar y de confianza de las mujeres. La pandemia visibilizó y profundizó las barreras que enfrentan las mujeres para acceder a sus derechos y a una vida libre de violencias y se reiteró que para algunas mujeres el lugar más inseguro es su propio hogar”, explicó la Defensoría.

Además de los allegados, los siguientes agresores son los grupos armados ilegales, por los impactos que el conflicto continúa representando para las mujeres. Y por último, los agentes del Estado representados en la fuerza pública y funcionarios públicos de entidades gubernamentales. La Defensoría mostró preocupación por esta variable ya que estos últimos son quienes, en teoría, deberían proteger los derechos humanos de las mujeres.

Para poder erradicar cualquier tipo de violencia contra la mujer, la Procuraduría pidió que se creen programas especiales para atender las distintas necesidades de las mujeres. Además, llamó a buscar soluciones de fondo que incluyan el desarrollo de políticas para garantizar una atención oportuna, digna y suficiente en materia de salud.

En esta petición solicitaron tener en cuenta la generación de oportunidades laborales e incentivos para las iniciativas económicas de las mujeres, su inserción en diferentes programas educativos, y el apoyo a los procesos de formación y participación política de las mujeres.

24 de Noviembre de 2021

Publicado enColombia
Sábado, 18 Septiembre 2021 05:42

Batallas feministas en Corea del Sur

An San

Un poderoso movimiento feminista conmueve a Corea del Sur, donde las estructuras patriarcales conviven con la modernización. Discutiendo desde las condiciones socioeconómicas hasta los ideales de belleza, las mujeres surcoreanas están promoviendo una transformación. La resistencia de los tradicionalistas no tardó en llegar.

 

Cuando la arquera surcoreana An San ganó en solo dos días dos medallas doradas en las Olimpíadas de Tokio, la respuesta que recibió la joven de 20 años en su patria fue dispar. Algunos hombres se mostraron molestos y dijeron que se le deberían retirar las medallas. ¿Por qué? Porque su cabello corto era una señal de que era una feminista que «odia a los hombres».

Por más extraño y surrealista que pueda sonar, el ataque contra An es un triste recordatorio del hondo arraigo de los estereotipos de género en Corea del Sur, un país con una economía de avanzada, aunque todavía profundamente sexista, y de la enorme presión que se ejerce sobre las mujeres y las niñas para que se vean y actúen de manera «femenina». Es también un episodio más en una guerra cultural que escala entre el número creciente de personas abiertamente feministas y sectores antifeministas que buscan silenciar sus voces.

En lo más bajo de los rankings

Corea del Sur es la décima economía más grande del mundo, un gigante tecnológico que es sede de Samsung, el mayor fabricante mundial de teléfonos inteligentes, y una usina cultural cuyas estrellas del K-pop, como BTS, tienen seguidores en todo el mundo. Sin embargo, pese a todos los avances tecnológicos y económicos, el arraigo del patriarcado y la discriminación de género se han mantenido casi sin cambios.

De acuerdo con el Foro Económico Mundial, Corea del Sur ocupa el puesto 102 en términos de paridad de género. La brecha salarial de género es la más amplia entre las economías avanzadas de los países integrantes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Se ubica sistemáticamente como el peor país para las mujeres que trabajan en el índice del techo de cristal de la revista The Economist. Las mujeres ocupan 19% de las bancas parlamentarias, casi la misma proporción que en Corea del Norte.

Las mujeres están sometidas a una enorme presión para verse perfectas en todo momento y a toda costa, como lo demuestra la reputación del país como capital mundial de la cirugía plástica. En las concurridas calles de Seúl no es difícil encontrar publicidades de cirugías plásticas que claman: «¡Ser bonita lo es todo!», mientras esqueléticas estrellas en ascenso del K-pop son presentadas como modelos a seguir para las adolescentes y las jóvenes. Las dietas extremas que siguen las estrellas tienen amplia difusión en las redes sociales y son seguidas con avidez por muchas personas.

Los ideales de belleza tradicionales para las mujeres incluyen en Corea del Sur una piel pálida pero luminosa, rostro aniñado, cabello largo y brillante, ojos grandes, una nariz fina y un cuerpo extremadamente delgado (casi 17% de las surcoreanas veinteañeras están por debajo de su peso, en comparación con menos de 5% de sus pares masculinos, de acuerdo con un estudio de 2019). La presión comienza temprano: más de 40% de las estudiantes de nivel primario usan maquillaje en la escuela, y el número trepa a más de 70% entre las de secundaria.  

Liberarse del corsé

Pero las mujeres comenzaron a contraatacar. En los últimos años, un poderoso movimiento feminista conquistó el país, lo que les permitió a muchas mujeres expresarse como nunca antes en contra de la discriminación sexual, el abuso y la cosificación. Desde 2018, las mujeres se han organizado para hacer caer a muchos predadores sexuales, entre ellos un popular candidato a la Presidencia, en uno de los casos más exitosos del #MeToo en Asia. Decenas de miles tomaron las calles durante meses en 2018 para exigir medidas más severas contra lo que se conoce como «pornografía con cámaras espía»: la filmación de las mujeres con cámaras ocultas en sitios diversos, desde baños públicos hasta lugares de trabajo, y la difusión de las imágenes en internet. Llevaron adelante una campaña exitosa para acabar con la prohibición del aborto. El movimiento «Escapemos del corsé» fue parte de ese despertar, nacido para desafiar la presión de seguir rígidos ideales de belleza. Las mujeres y las niñas que se unieron a esa campaña se cortaron el cabello, destruyeron su maquillaje, se rehusaron a vestir ropa ajustada, incómoda o que deja mucha piel al descubierto, y en cambio optan por algo más cómodo o práctico. Desde entonces, el cabello corto se ha convertido en una especie de declaración política entre muchas jóvenes feministas.

No obstante, la ola de concientización también despertó una fuerte oposición entre los hombres que pensaban –como muchos en el mundo– que las mujeres habían llegado demasiado lejos; muchos incluso acusaron a las feministas de «odiar a los hombres» y exigieron castigarlas.

La reacción llegó a un punto culminante en mayo, cuando integrantes de muchos foros online populares entre los varones comenzaron a escribir «misandria» sobre publicidades con la imagen de los dedos pulgar e índice juntos, un gesto que universalmente indica que algo es pequeño.

Cruzada online

En una campaña que muchos comparan con una caza de brujas macartista, proclamaron que esa imagen debía haber sido creada por feministas con la intención de ridiculizar el tamaño de sus genitales. A pesar de que cualquier complot era una ridiculez, muchas de las empresas e instituciones gubernamentales acusadas –entre ellas, la institución policial nacional y el Ministerio de Defensa – se doblegaron rápidamente, se disculparon por herir los sentimientos de los hombres y retiraron las imágenes de sus carteles. Estas mafias virtuales disfrutaron incluso de algún grado de apoyo político; Lee Jun-Seok, un joven integrante del Partido del Poder del Pueblo, una agrupación de derecha, ganó protagonismo difundiendo la teoría conspirativa del gesto misándrico del dedo y finalmente se convirtió en líder del partido en julio.

Sintiéndose apoyadas por un político poderoso y envalentonados por las disculpas rastreras de las empresas y el gobierno, las mafias virtuales avanzaron hasta su próximo objetivo: la estrella olímpica cuya apariencia no encajaba con su ideal de femineidad tradicional.

«¿Por qué te cortaste el cabello?», le preguntaron a An en sus redes sociales, a lo ella que respondió: «Porque es práctico». La respuesta no fue suficiente. Comenzó una campaña para obligar a An a pedir disculpas por ser feminista, mientras algunos incluso le reclamaban a la Asociación de Arquería que le quitara las medallas doradas a «la que odia a los hombres».

Pero las mujeres siguieron la pelea. Legisladoras, activistas, artistas y miles de mujeres comunes se encolumnaron detrás de An, muchas compartiendo fotos de su cabello corto en las redes sociales como muestra de apoyo. Y mientras el ciberacoso a An proseguía, muchas mujeres en todo el país la vieron obtener una tercera medalla y convertirse así en la primera arquera en la historia de las Olimpíadas en ganar tres medallas doradas en un mismo juego.

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Marcha feminista, septiembre de 2019, CDMX. Foto: La Jornada / Luis Castillo

Las palabras rara vez o ninguna son inocentes o gratuitas o neutras, mucho menos si se trata de un término como el que, con conciencia de la historia y lucidez crítica, se analiza en este artículo, y que pone en evidencia lo mucho que aún es necesario hacer para cambiar el pensamiento arraigado en la palabra ‘feminazi’.

El 5 de febrero de 2020, durante su discurso del Estado de la Unión, el entonces presidente de Estados Unidos Donald Trump otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad al conductor de radio Rush Limbaugh, a quien se refirió como “un luchador y un ganador” que ha dedicado “décadas de incansable devoción a Estados Unidos”. Lo único decepcionante fue que, con todo y lo lenguaraz que es, el magnate no mencionó que a principios de la década de 1990 Limbaugh tildó de feminazis a las mujeres que abogaban por la legalización del aborto, porque, según él, las hordas nazis y las feministas asesinaban niños. Tan elocuente muestra de misoginia habría dejado fuera de duda los méritos del locutor para recibir la insigne medalla.

De aquella década de 1990 a esta parte, el término feminazi se ha expandido no sólo entre derechistas fanatizados, religiosos ultramontanos o machistas recalcitrantes, sino también entre personajes que, por su filiación progresista, liberal o socialista, al menos en teoría creeríamos que comprenden la bajeza y la contradicción del vocablo.

Bajeza, porque equipara la lucha de las mujeres por sus derechos con la ideología nazi, que, con base en la denigración de los orígenes étnicos, las convicciones políticas, las preferencias sexuales o la simple existencia, anuló la condición humana de millones de personas y las condenó al exterminio. Denigración, anulación y exterminio a tal punto premeditados y sistematizados, que convirtieron la masacre de millones de seres humanos en una actividad burocrática. Contradicción, porque enlaza dos visiones opuestas de la convivencia humana: la feminista, que busca relaciones basadas en el principio de igualdad y comprensión entre hombres y mujeres; la nazi, que nunca se interesó por los derechos femeninos, toda vez que redujo a las mujeres a meras paridoras de soldados para su máquina belicista.

Los nazis mantuvieron el concepto de la triple k, que limitaba la vida de las mujeres y que asomó durante la relativa democracia de la República de Weimar, pero que el nazismo exacerbó. Triple k: Kinder, Kirche, Küche (niños, iglesia, cocina); mujeres prisioneras del esposo, la autoridad religiosa, el entorno vecinal y los hijos.

La ideología nazi se ubica así en las antípodas del feminismo, que no promueve ni aspira a la aniquilación del ser masculino, porque de entrada tal idea seguiría los postulados de la cultura patriarcal, que por milenios ha sustentado su poder en la inequidad y la exclusión, lo que determinó y aún determina la relación entre hombres y mujeres, como devela el uso del término feminazi, una más de la larga lista de palabras que rebajan y violentan a las mujeres en el afán patriarcal de cosificarlas, situación de tal calado que, en buena medida, la búsqueda del feminismo estriba en recuperar la condición humana de la cual se les despojó.

El feminismo implica la creación y cimentación de una convivencia humana real, por lo que es indispensable superar el patriarcado, lo que traería aparejada la liberación de mujeres y de hombres, porque los hombres también estamos atrapados en el patriarcado, que nos empuja a vivir a partir de valores que nos deforman en seres insensibles, esclavistas, solitarios incapaces de comunicarnos; es decir, se trata de tener comunión con la otredad.

El neoliberalismo y sus neonazis

El término feminazi no califica al feminismo, sino a la hipocresía machista, que le atribuye la necrofilia nazi porque los machos saben que, al equipararlo con el nazismo, se le vincula con una ideología que provocó la más sangrienta guerra en la historia, en donde la apropiación y denigración de las mujeres alcanzó niveles patológicos. E hipocresía doble, además, pues el nazismo es un monstruo creado por machos.

Las feminazis no existen; en cambio, sí existen machos que rinden culto al nazismo, quienes desde distintas posiciones exaltan el sometimiento de las mujeres a un patriarcado siempre crispado. Machos nazis que son producto de evidencias incontrastables: los locutores de radio, televisión y plataformas de internet que basan su humor en degradar a las mujeres; los feminicidas y sus protectores en las instancias de justicia; los profesores que desprecian la inteligencia de las alumnas y consideran a las escuelas cotos de acoso sexual; los lenones dedicados a la explotación sexual de niñas y adolescentes, y un larguísimo etcétera con su discurso totalitarista que, sin embargo, no esconde detrás de la violencia y la intransigencia que el sistema patriarcal, sustento del machismo y la misoginia, no es más que una aberración bioética. Esta es una realidad que los hombres debemos comprender, so pena de acabar en patéticos remedos de seres humanos; porque mujeres y hombres somos, antes que nada y después de todo, humanos, y el feminismo también ha dado la pauta para que los hombres recuperemos la condición humana que el patriarcado nos ha negado.

 Por Moisés Elías Fuentes, 22 Aug 2021 07:43

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Domingo, 15 Agosto 2021 05:22

Las Juegas Olímpicas

Corredoras preparadas para tomar la salida en una pista de atletismo. PIXABAY

El barón tenía un plan y un bigote larguísimo y necesitaba contar su plan a otros señores de bigotes larguísimos. Acuciados por la inminente llegada del siglo XX, los hombres se escuchaban unos a otros con reverencia, pues les gustaba aparentar que todas sus ideas eran geniales. Por eso, cuando Pierre de Coubertin les habló de la posibilidad de estrenar una competición que aunase los valores del deporte, la paz y la comprensión entre los pueblos, algunos se entusiasmaron y otros no las tenían todas pero no se atrevieron a negarse. Así fue, a grandes rasgos, como decidieron dar inicio a los Juegos Olímpicos modernos.

Esos hombres de ideales nobles y mirada limpia no querían pasarse de modernos, por lo que resolvieron que las damas quedaran al margen de las Olimpiadas. Por favor, no crean que actuaron así movidos por el machismo ya que, como suele suceder con los misterios a priori inescrutables, había una explicación: alguien tenía que aplaudir a los atletas y otorgarles un trofeo al terminar sus gestas, y quién mejor que las mujeres.

Contra todo pronóstico, no se resignaron a ese papel simbólico. Las muy obtusas quisieron correr, saltar, nadar y trotar como los hombres y por eso cuatro años después se les permitió tomar parte, de forma no oficial, en un par de deportes aptos para señoritas con la esperanza de que se callasen de una vez. Cualquier persona con sentido común se habría conformado pero las mujeres, ya se sabe. Tanto dieron la tabarra que en 1928 concurrieron oficialmente a los Juegos y se les abrieron las puertas a seis disciplinas, además de cinco modalidades de atletismo. ¿Tuvieron suficiente? No. Siguieron erre que erre hasta que les permitieron participar en todas las disciplinas, capricho que se les otorgó en poco más de un siglo. Cien años de nada.

"Por fin se habrán quedado a gusto", pensarán ustedes. Qué va. En los Juegos que acabaron hace unos días se mostraron más subiditas que nunca y algunas llegaron incluso a olvidar que su principal misión como atletas es alegrar la vista del espectador. Es el caso de las jugadoras de balonmano playa noruegas, que se enfurruñaron porque no querían competir en bragas. Su Federación, lógicamente, les impuso una multa que las habrá dejado bien domaditas, de todos es sabido que no hay nada como la represión irracional para que la gente se conforme con lo que sea.

Otras atletas insisten en recordarnos que de vez en cuando llevan a cabo acciones de dudoso gusto como menstruar, quedarse embarazadas, abortar, parir o amamantar. Tremendo descaro el de Ona Carbonell, que solicitó presentarse en Tokio con su hijo de pocos meses para no verse obligada a interrumpir su lactancia. Los miembros del COI, comprensivos, concedieron el permiso para que el bebé viajase a Japón con la condición de que permaneciese tres semanas encerrado con su padre en la habitación de un hotel, a lo que la nadadora se negó porque las mujeres, y sobre todo las madres, son unas tiquismiquis.

Algunas han intentado pasarse de la raya. El lema olímpico más alto, más fuerte, más rápido está bien para los hombres pero cuando se trata de las chicas conviene marcar unos límites, ya que la naturaleza, otra insensata, a veces se equivoca. Por eso, si una se excede con el Citius, Altius, Fortius, se la somete a un test para certificar que es, efectivamente, una mujer. Uno de los casos más sonados es el de Caster Semenya, y los de las namibias Christine Mboma y Beatrice Masilingi, a las que se ha impedido competir en Tokio, son dos de los recientes. Hay unas cuantas perjudicadas y casi todas (siéntense, no les vaya a dar un soponcio con la sorpresa) son mujeres no blancas.

Entre todo el batiburrillo de ingratas, atrevidas, gruñonas y lloricas, sale Simone Biles y, boom, pone sobre la mesa el tema de los cuidados y la salud mental. La audacia. ¿Desde cuándo competir por un deporte tiene que ver con la salud? ¿Cómo que hay que cuidarse?

Con la finalidad de recordar a las chicas cuál es su sitio, algunos diarios patrios nos han ido regalando titulares para que nos quede claro que el éxito deportivo de una mujer nunca es completamente suyo: siempre tienen a mano un hombre al que admiran, un entrenador, un novio y hasta un exnovio al que deben sus logros. Menos mal que alguien les echa el freno. Imagínense unos Juegos en los que los bebés pudiesen permanecer al lado de sus madres, las mujeres demostrasen ser atletas extraordinarias sin dejar por ello de ser mujeres, las curvas de las participantes no formasen parte del negocio, y la salud y el bienestar de las y los participantes estuviese por encima de los récords mundiales. Si presenciamos ese sindiós en un futuro, capaces son de renombrar los juegos del pobre barón de Coubertin, que podrían pasar a denominarse Juegas Olímpicas.

 

Por Otis Corona

15/08/2021  

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30 años de Thelma & Louise, dos heroínas contra el patriarcado

El film de Ridley Scott significó un cambio de época

El guión de Callie Khouri se llevó el Oscar 1991, pero sobre todo tuvo un peso específico en los años que siguieron. Aunque todavía queda mucho por cambiar en Hollywood.

"Idea para un guión de cine: dos mujeres se lanzan a un raid criminal". En 1987, cuando escribió ese memo para sí misma, Callie Khouri estaba trabajando como asistente de producción para una compañía de Los Angeles que se dedicaba a avisos publicitarios y videoclips pop. Era el germen de una idea, pero un germen potente: darle a dos mujeres el tipo de papeles protágonicos que rompen reglas, personajes de acción que Hollywood entregaba regularmente a los hombres. "Ellas están dejando atrás su pueblo, las dos abandonando sus trabajos y sus familias", continuó. "Matan a un tipo, roban una tienda, se enganchan con un pibe más joven." A medida que Khouri iba delineando su idea, escribió el guión a mano en su casa, y lo fue tipeando en el trabajo. Cuatro años después era filmado por Ridley Scott con un presupuesto multimillonario, y con Susan Sarandon y Geena Davis en los roles principales.

Desde su estreno en mayo de 1991, Thelma & Louise se convirtió en uno de los temas de conversación más extendidos del año, y Khouri salió del asunto con un Oscar, un Bafta y un Globo de Oro bajo el brazo. En ese momento, mucha gente pensó que Hollywood cambiaría para siempre, que se estaba ingresando en una nueva era de igualdad de género en pantalla; otros sintieron que la película representaba al "feminismo tóxico" con "una temática explícitamente fascista". En los años que siguieron se volvió aún más amada, e incluso se advierte su legado en los grandes éxitos del Oscar de este año: la mujer de espíritu libre de Nomadland, la vengativa outsider de Hermosa venganza. Pero aún así, en la ola del #MeToo y con la grieta de inequidad de género en la industria, el verdadero momento Thelma & Louise de Hollywood aún está por venir.

Esa frase, "un momento Thelma & Louise", ha ingresado en el lenguaje como un despertar feminista ligado a un punto de no retorno, una película como ejemplo perfecto. La trama de Thelma & Louise empieza con un par de sacudidas que terminan conduciendo a uno de los finales más famosos de la historia del cine. Es la historia de dos mujeres de clase trabajadora en Arkansas que se disponen a hacer un viaje a las montañas, un fin de semana de libertad. Cuando paran en un bar carretero, Thelma (Davis) es asaltada sexualmente y Louise (Sarandon) le dispara en el pecho al violador. Desde ese punto las mujeres son fugitivas, conscientes de que la policía no admitirá su historia de defensa propia, que no pueden volver a casa, que solo pueden seguir adelante. A México, o adonde la ruta las lleve. 

A lo largo del camino, Thelma tiene una transformadora historia de una noche con un joven interpretado con abierto erotismo por Brad Pitt, y las dos mujeres tienen sus estocadas de venganza contra la cultura machista que las rodea: encierran a un policía estatal en el baúl de su auto, hacen volar el camión de combustible de un sórdido as del volante. "No recuerdo haberme sentido nunca tan despierta", dice Thelma, antes de que las mujeres decidan tomar su propio destino en sus manos.

"Thelma & Louise es un punto de cambio en términos de la representación de las mujeres", dice la doctora Shelley Cobb, profesora de artes visuales en la Universidad de Southampton. "Hay un cambio particular a comienzos de los '90 en el que Thelma & Louise impacta directamente. Estábamos moviéndonos fuera de las reacciones al feminismo en los ochenta, entrando a la tercera ola del movimiento, un post feminismo. Estábamos moviéndonos hacia ese período en el que tenés el regreso de una nueva clase de personaje fuerte femenino, tanto en Thelma & Louise como en Terminator 2". 

En el comienzo de la película, Thelma es una ama de casa infeliz, con un marido inmaduro y tosco que claramente la está engañando. Louise trabaja como camarera, atrapada en una relación que lentamente está yendo hacia ninguna parte. Pero en dos horas, estas mujeres se convierten en Butch y Sundance, incluso más. El guión de Khouri las transforma en las estrellas de una road movie, un western, un thriller al estilo Bonnie & Clyde, incluso una comedia de enredos. Ningún hombre viene en su rescate. En lugar de eso, Louise toma un arma y tira su lápiz de labios. Y encima de todo eso, la delicada Thelma crece en coraje, tomando el lugar de protección de Louise cuando es realmente necesario.

La deliberada mezcla de géneros en Thelma & Louise ofrece un satisfactorio cóctel de acción y humor; el trailer original sobrecargó el tono hacia lo segundo, presentando a película como algo sexy y alocado, con escenas de baile, Pitt con el torso desnudo y frases como "¡Estaremos tomando margaritas junto al mar, mamacita!". Para la historiadora fílmica del feminismo Maggie Hennefeld, de la Universidad de Minnesota, el humor del film es una de sus fortalezas clave: "Thelma & Louise se alimenta a la vez de las tendencias más conservadoras del género de comedia romántica y el incisivo absurdo del humor negro", dice. "Incluso sus raptos de violencia feminista retributiva provocan risas: son abruptas, sorprendentes, y revelan el absurdo de un mundo que sigue poniendo a los personajes femeninos en las situaciones más imposibles y desagradables." Para el caso, la chisporroteante rabia del camionero cuando su tanque explota, o la seca explicación de Louise al policía estatal que acaba de incapacitar: "Mi marido no fue dulce conmigo, mire en lo que me convertí."

El director Ridley Scott tuvo un rol clave en cómo se habla sobre la representación de las mujeres en pantalla. En una célebre tira cómica de 1985 de Alison Bechdel, Alien es la única película que su protagonista ha sido capaz de ver en años, la única que pasa su estricto test: el film debe tener al menos dos mujeres, y que hablen entre ellas de "algo además de un hombre". Thelma & Louise cimentó la reputación de Scott como un peso pesado de Hollywood que podía asumir temas feministas. Puede verse su toque en el esplendor visual de la película, incluyendo esos interminables paisajes desérticos y la "armada" que rodea a nuestras heroínas en el final. El aspecto general es juguetón, basta mirar el modo en que Pitt aparece jugando con una manguera. Pero hay que tener mucho cuidado en no deslucir el crédito de la guionista Khouri. "La veo como una película de Callie Khouri, especialmente cuando se la pone junto a otras cosas que ha escrito y hecho", dice Cobb. "Todo, desde la manera en que vuela el camión a la idea de Brad Pitt como una figurita para ver e imitar, a la idea de que una aventura de una noche es aceptable en una mujer. El guión es muy, muy importante."

Khouri pasó a dirigir películas protagonizadas por mujeres como Divinos secretos y, más recientemente, creó la exitosa serie televisiva Nashville. Davis definió a Khouri como "una revolucionaria", porque "crea personajes que están a cargo de su propio destino, hasta el final. Mujeres dueñas de sí mismas." Y en Thelma & Louise hay algo más que acción y risas. Es una película también profundamente desafiante sobre la cultura de la violación, algo que muchas de las personas entrevistadas por Jennifer Townsend en su perspicaz documental de 2017 Catching Sight of Thelma & Louise analizan a fondo. Townsend revisita a hombres y mujeres que llenaron un cuestionario de investigación sobre la película en su estreno original. Una mujer recuerda su propio matrimonio, y declara: "Hay muchas más Thelmas ahí fuera de lo que la gente imagina". Otra entrevistada llamada Christi llora mientras señala que la cultura de la violación no ha cambiado desde 1991.

En la brutal escena del intento de violación, Louise interrumpe el ataque a Thelma. Pero ella no le dispara al atacante en el acto, le dispara cuando éste no muestra ningún remordimiento por el crimen. El incidente que criminaliza a Louise no es presumiblemente el ataque en el estacionamiento, sino algo que no se nombra y que le pasó a ella en Texas algunos años antes del comienzo de los hechos del film. Nunca es explicado del todo, aunque Thelma trata de adivinarlo; pero sea lo que sea es algo tan terrible que las fugitivas desvían su viaje a México para evitar al estado más grande del país, porque ella no puede ni siquiera retornar allí.

Para Cobb, escribir sobre la experencia de Louise en Texas es lo que lleva la película a otro nivel. "Crea el género de carretera para ellas, porque esa es la razón por la que terminan tanto tiempo en la ruta, no pueden atravesar Texas. Eso es lo que las convierte en fuera de la ley." Y ella elogia el guión por no detallarlo, dándole al público espacio para imaginar qué puede haber sido tan traumático para hacer que un estado quede fuera de los límites. Sarandon ha dicho que el ángulo de Texas pareció ser pasado por alto por mucha gente en el estreno. "Cuando apareció, en realidad la gente pareció no darse cuenta de la violación", dijo el año pasado. "Ahora la ves y si estás un poco al tanto sabés de qué está hablando ella, y que tuvo este flashback del ataque que sufrió. Pero recuerdo haber tenido que clarificarlo en su momento."

Khouri fue la única persona que ganó el Oscar por Thelma & Louise, aunque ambos papeles protagónicos y Scott también estuvieron nominados. La película que arrasó con todo en los premios de ese año fue El silencio de los inocentes, otro film en el que una protagonista femenina confronta a la violencia masculina. La estrella del film de Jonathan Demme, Jodie Foster, fue una de las primeras actrices seleccionadas para el elenco de Thelma & Louise, junto a Michelle Pfeiffer. Goldie Hawn y Meryl Streep también estuvieron a punto de subirse juntas al Thunderbird: en lugar de eso hicieron La muerte le sienta bien.

Puede ponerse de esta manera: parece que el comienzo delos años '90 estaba dándole forma a un momento de explosión para las creativas mujeres de Hollywood. Pero nunca debe subestimarse el poder de la reacción. Hubo mucho de eso, incluyendo al periodista John Leo, quien sostuvo lo del "feminismo tóxico" en la revista Time; también quienes la vieron como gratuitamente violenta (a pesar del hecho de que en la película solo hay un muerto), y a sus personajes masculinos como caricaturas poco realistas. No vale la pena apuntar la avalancha de películas de acción de Hollywood en las que los hombres son excesivamente violentos, y los personajes femeninos de reparto están apenas bosquejados. El guión de Khouri no trata de jugar con armas, sino de resistir la opresión. "Me quedo cualquier día con el 'feminismo tóxico' del robo a una tienda, la venganza contra una violación, el camión que explota, antes que con el neoliberalismo, la justificación y el feminismo falso", dice Hennefeld. "Pelear contra el patriarcado significa pegar algunos codazos."

Cuando Thelma y Louise toman la decisión de saltar es una condena al Estados Unidos contemporáneo, y especialmente a las fuerzas de la ley y el orden del establishment que no les ofrecen ninguna protección: un tema de la película que resuena de manera aún más poderosa en 2021. "Ellas ya fueron defraudadas y dejadas fuera del sueño americano", dice Cobb. "Salen a la ruta para tener una vacación de sus vidas habituales, pero el patriarcado aparece donde vayan, y su falta de femineidad de clase media solo empeora la confrontación con la policía, el símbolo definitivo de la autoridad institucional. No tienen salida."

Davis tuvo algo que decir sobre los detractores: "Si te sentís amenazado por esta película es que te estás identificando con la persona equivocada." Lo que conforma un potente argumento sobre la representación en pantalla: algunos públicos están tan acostumbrados a los hombres en papeles protagónicos que se identifican con ellos, aunque no sean orotagonistas. O, para ponerlo de manera más brutal: los sexistas no pueden poner su cabeza en esta película. Desde que interpretó a Thelma, Davis ha estado luchando por mejores papeles para mujeres en el cine mainstream. Recientemente dijo que Thelma & Louise "cambió para siempre la manera en que considero qué papeles tomar. Pienso en qué dirán las mujeres del público cuando vean la película." En 2004 fundó el Geena Davis Institute on Gender in Media, una organización cuyo objetivo es mejorar la representación de las mujeres en cine y televisión. Y ha sido muy expresiva en demandar cambios en la industria, un cambio que aún no ha ocurrido. "Por las reacciones de la prensa sobre Thelma & Louise,pensé que todo iba a cambiar, y que tendríamos muchas más protagonistas femeninas en películas, y estaba encantada", ha dicho. "Hubo varias oportunidades en las que salieron películas por las que la gente aseguró que las cosas iban a cambiar, pero no fue así."

Thelma & Louise no es una película que aliente a mirar atrás, pero el 30° aniversario es una buena razón para celebrar una película que contrabandea una crítica feminista dentro de una colección de género de Hollywood. Una película sobre un despertar feminista, que le dio a las mujeres un lugar protagónico con poder de fuego, deseo y complejas vidas interiores. Thelma & Louise no es un film radicalmente feminista, pero  sí genera un espacio para una nueva especie de película comercial que empuja las fronteras un poco más allá. Películas en las que las mujeres no tienen que morir segundos después de darse un beso, películas en las que las sobrevivientes pueden liberarse del trauma, películas en las que las mujeres están a cargo de su destino hasta el final.

"Lo que amo, sobre todo, es lo que llegó a significar para el público femenino a través de los años", dice Hennefeld. "Dispara la imaginación hacia la demanda de un mundo diferente". Y a veces hay que seguir el camino, te lleve a donde te lleve. Aun cuando te lleve a lo desconocido.

Por Pamela Hutchinson

26 de mayo de 2021

"Idea para un guión

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

Publicado enCultura
Alison Meléndez. Un suicidio provocado por una violación

Con furia e inculpando al establecimiento reaccionaron cientos de jóvenes payaneses ante la noticia del suicidio de la menor de 17 años Alison Meléndez y quien había sido violenta e ilegalmente capturada por 4 efectivos del Esmad mientras registraba con su celular las protestas cerca de su sitio de habitación.

Según su testimonio, expresado a través de las redes sociales, esos policías “Me bajaron el pantalón y me manosearon hasta el alma".


De acuerdo a su abuela, cuando su nieta regresó de la Unidad de Reacción Inmediata (URI), a donde había sido llevada por sus captores, volvió con moretones en el cuerpo y le dijo que la habían manoseado. Al día siguiente sus familiares encontraron a la menor inconsciente en su habitación, tras aparente suicidio. Aunque fue llevaba de urgencia al hospital los galenos no lograron reanimarla.

Por su parte Luis Salazar, padre de la menor, y quien hace parte a su vez de la fuerza pública, fue tajante en sus declaraciones al exigir justicia y esclarecimiento de los hechos.

Como ha ocurrido en otros 16 casos de denuncia por violación sufrida por jóvenes detenidas por efectivos policiales en el marco de las protestas que conmocionan al país desde el pasado 28 de abril, voceros oficiales, en este caso el jefe de la Policía de la región, Ricardo Alarcón, acudió al reiterado negacionismo que ya es típico a la hora de responder ante denuncias de toda gravedad como esta. Una reacción de “solidaridad de cuerpo” que los marca y que en este caso una vez más evidencia el nivel de impunidad que campea en el país y con el cual se protegen los cuerpos represivos para actuar sin acatar ninguna norma ética ni respetuosa con la carta de Derechos Humanos. Un comportamiento que, en el caso de violencia contra mujeres, evidencia la manera como poder y patriarcado están íntimamente ligados.

Como prueba inicial para desmoronar el reiterado negacionismo oficial está el video donde puede apreciarse el momento cuando la menor de edad es capturada de manera ilegal por los efectivos de la mal llamada “fuerza pública”.

No más impunidad

Una vez la muerte de la joven fue noticia, sus pares no se contuvieron. Su expresión de afecto y de solidaridad propició que denunciaran los reiterados abusos, violaciones y desmanes de la policía, la cual tienen que padecer en parques, calles o en cualquier otro lugar donde sus efectivos llegan en actitud autoritaria a imponer un orden que ya no responde ni corresponde a la sociedad de justicia a que las mayorías sociales aspiran a vivir.


Es así como, con energía exultante, se dirigieron al complejo de policía Intendente Jefe Diego María Guerrero donde estaba erigido el monumento “Edificadores de paz” hecho por la policía con casquillos de balas para “recordar a las víctimas”, el cual fue lanzado al río Molino. Unas horas después hicieron lo propio con el monumento que recordaba a Francisco de Paula Santander (instalado en la glorieta de la terminal de transportes), asociado desde hace dos siglos con la defensa de los poderosos y de sus privilegios.


Para allí no paró su demostración de rechazo a la violación de que fue objeto la joven Alison Meléndez. Con igual entusiasmo se dirigieron a la URI a donde fue llevada por sus captores y le prendieron fuego, rechazo abierto y directo al estamento policial, síntesis del autoritarismo vigente en Colombia. Cuerpo armado defensor de privilegios y expresión de vetustas formas que asume el poder en Colombia, como son el machismo y patriarcado.


Mientras esto sucedía en medio del día 16 de paro nacional que registra Colombia, se conocido que como respuesta por parte de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) a una solicitud de diversas organización de Derechos Humanos para que envíe una delegación para una visita de trabajo al país, la secretaria ejecutiva de esa organización, María Claudia Pulido, le dirigió una carta al presidente Duque solicitando autorización para proceder con la visita correspondiente.


Al mismo tiempo, se hacía publica una carta firmada por 55 congresistas de Estados Unidos donde denuncian que la Policía colombiana “está desatada” y piden al secretario de Estado Antony John Blinken para que se pronuncie sobre lo que vive Colombia.


¿Podrá contenerse el proceder policial y de las Fuerzas Armadas en general? ¿Podrá en algún momento que los cuerpos armados dejen de defender el poder de minorías y se alineen con las mayorías? La respuesta la brinda la historia, la cual también indica que “solo el pueblo salva al pueblo”.

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La mitad de las mujeres de 57 países en vías de desarrollo no puede decidir sobre su cuerpo, según la ONU

Las cifras varían entre regiones, pues mientras que en Latinoamérica un 75% de mujeres ven respetado su derecho a la autonomía corporal, en África Central y Occidental son menos del 40%.

 

Tomar decisiones sobre su propio cuerpo (desde con quien tienen relaciones sexuales a si usan anticonceptivos o si quieren ver a un médico) sigue siendo una quimera para cientos de millones de mujeres en todo el mundo, según denunció este miércoles el Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA).

En su informe anual, la agencia de la ONU encargada de la salud sexual y reproductiva analiza por primera vez en profundidad la situación del derecho a la autonomía corporal y concluye que, en buena parte del planeta, casi la mitad de las mujeres siguen sin poder ejercerlo. "En todo el mundo hay mujeres y niñas a las que no se permite asumir el control de sus cuerpos y de sus vidas", señaló en una conferencia de prensa la directora ejecutiva del Fondo, Natalia Kanem.

El derecho a la autonomía corporal se ve violado cuando se practica a una niña la mutilación genital, cuando se fuerza a una mujer a abortar, cuando un hombre la deja embarazada en contra de su voluntad, cuando es violada o cuando se le hace una llamada prueba de virginidad, enumeró Kanem como parte de una larga lista de abusos que son habituales.

57 países con su población femenina sometida sexualmente

El estudio del UNFPA  analiza principalmente tres cuestiones: si la mujer puede decir que no a relaciones sexuales, si puede decidir sobre anticonceptivos y si puede decidir sobre atención médica.

Según el informe, que se basa en datos de 57 países en vías de desarrollo (que representan una cuarta parte de la población mundial), únicamente el 55 % de las mujeres están plenamente empoderadas para tomar sus propias decisiones en esos tres ámbitos.

Esos porcentajes, sin embargo, varían de forma importante entre regiones, pues mientras que en Latinoamérica y el Caribe y en el Este y Sudeste de Asia alrededor de un 75% de mujeres ven respetado su derecho a la autonomía corporal, en África Central y Occidental son menos de un 40%.

En tres países del África Subsahariana (Mali, Níger y Senegal) menos de un 10% de las mujeres pueden tomar todo tipo de decisiones autónomas sobre su cuerpo, según el estudio.

En algunos países, como Mali, el informe muestra que una clara mayoría de mujeres decide sobre anticonceptivos, pero apenas un 22% puede hacerlo a la hora de buscar cuidados médicos y solo una de cada tres puede rechazar relaciones sexuales, lo que hace que quienes ven respetados sus derechos en las tres áreas sean muy pocas.

El UNFPA, en todo caso, reconoce que los datos recopilados son muy básicos y tienen carencias, por lo que pueden no reflejar con total exactitud la realidad, aunque sí ofrecen una aproximación.

Para la doctora sudanesa Nahid Toubia, activista contra la mutilación genital femenina, se trata, en todo caso, de un informe "histórico" y "revolucionario" que pone una nueva mirada sobre problemas que la mujer sufre desde siempre. "La pregunta es, al comienzo de la tercera década del siglo XXI, año 2021, ¿cómo podemos aceptar que un ser humano pueda ser propiedad de otro ser humano? Creíamos que esa idea se había quedado en el siglo XIX (...), sin embargo cuando se trata de mujeres (...) pueden ser de otros", denunció Toubia.

La situación, según el UNFPA, ha empeorado además durante la pandemia de la covid-19 debido a los confinamientos y a las dificultades para acceder a servicios de salud y de planificación familiar.

La ley ampara el machismo

El informe analiza además las políticas en vigor en estos países y destaca que un 25% de ellos no asegura legalmente acceso igualitario a anticonceptivos o que un 20% no tiene normas para apoyar la salud sexual.

Además, pone sobre la mesa legislaciones que siguen infringiendo los derechos de la mujer, entre ellas las llamadas leyes conocidas como "casarse con su violador", en vigor en veinte países o territorios y que establecen que un hombre puede evitar ser perseguido por una violación si se casa con la víctima.

También recuerda que hay 43 países que no tienen legislación contra las violaciones dentro del matrimonio y que hay más de treinta Estados que restringen la libertad de las mujeres de moverse fuera del hogar.

"Todas las sociedades tienen que hacer más para lograr la igualdad de género. Ningún país está ahí todavía. Los gobiernos tienen que tener un papel de liderazgo cumpliendo con sus obligaciones bajo los tratados de derechos humanos. Los gobiernos pueden alterar las estructuras sociales, políticas, institucionales y económicas que refuerzan normas desiguales por género", defendió Kanem en ese sentido.

madrid

16/04/2021 11:11 Actualizado: 16/04/2021 11:13

EFE

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América Latina: Lo antipatriarcal y su importancia en la construcción de un proyecto revolucionario

Patriarcado & Pacto de la masculinidad hegemónica

Cuando la filósofa feminista valenciana, Celia Amorós, definió el pacto patriarcal, en su libro Feminismo: Igualdad y Diferencia (1994), como el pacto interclasista entre varones para apropiarse el cuerpo de las mujeres como propiedad privada, probablemente no imaginó que su concepto se convertiría en un hashtag que inundaría las redes sociales.

 

El concepto “pacto patriarcal” se volvió parte integral de un grito de lucha de mujeres de todo el país, que demandan al presidente Andrés Manuel López Obrador que rompa el pacto de complicidad patriarcal que ha permitido que Félix Salgado Macedonio sea candidato a la gubernatura de Guerrero. La indignación se ha hecho viral ante la posibilidad de que un hombre acusado de violación y acoso sexual sea gobernador de uno de los estados con mayores índices de violencia hacia las mujeres. La popularización de la demanda feminista nos habla de la fuerza que ha tomado un movimiento amplio de mujeres, que desde distintos espacios públicos han denunciado la continuidad de la violencia patriarcal confrontando las prácticas y discursos del poder que la posibilitan.

Lamentablemente, el uso en el debate público del concepto feminista por parte actores sociales de todo el espectro político, ha tenido también como consecuencia la trivialización de la crítica feminista, centrando toda la atención en la figura presidencial. El llamado a romper este pacto, debe de interpelar a todos aquellos hombres y mujeres, que con sus discursos y sus silencios posibilitan la reproducción de las violencias patriarcales: cotidianas, extremas, estructurales. Estamos ante las paradojas de un clima cultural que populariza el discurso feminista, llegando a sectores que nunca antes se hubieran identificado como feministas, pero a la vez silencia la radicalidad política de nuestras demandas. Como bien señala nuestra compañera Guiomar Rovira: “La popularización del feminismo genera entonces un doble filo, por un lado jamás ha habido tantas mujeres exigiendo derechos y denunciando las violencias. Por otro, las mujeres son llamadas a construir sus aspiraciones dentro del sistema de méritos capitalista y patriarcal, reforzando el privilegio de raza, de clase y heteronormado, prestándose incluso a agendas neoconservadoras y xenófobas.”[1]

Es por eso importante recordar que el llamado a romper el pacto patriarcal se viene haciendo en México desde hace décadas en diferentes espacios de lucha, con otras palabras, otras metáforas, pero señalando la importancia de desmantelar una estructura patriarcal que se ha imbricado con una estructura colonial y racista, que despoja, viola, y ocupa cuerpos y territorios. En este sentido, las mujeres de la Red Mexicana de [email protected] por la Minería (REMA) han señalado: “El pacto patriarcal que las mujeres de México y del mundo exigimos que el Estado, las instituciones, nuestros compañeros y comunidades rompan, es el pacto que promueve la violencia directa e indirecta contra la mujer, aquel que silencia a sus víctimas y que permite que se cuestione más a las denunciantes que a los denunciados. El pacto patriarcal que exigimos romper es también el que alimenta al modelo extractivista, por lo que romper con él significa romper con la minería y otros proyectos de muerte que nos exterminan.”[2]

La lucha por desmantelar estas estructuras patriarcales, es una lucha mexicana, latinoamericana, global, no se trata de una “ideología importada”, como lo ha denunciado el presidente. Los argumentos del presidente López Obrador no son nuevos en el pensamiento de las izquierdas latinoamericanas, sino que han marcado históricamente la tensa relación entre las feministas y las organizaciones de izquierda. Hemos sido acusadas de “extranjerizantes”, de “dividir al movimiento”, “de traicionar a nuestra cultura” y ahora de “manipuladas y conservadoras”.

Paradójicamente, en México, como en muchos otros países de América Latina, las organizaciones feministas surgieron en el seno de los movimientos de izquierda, por lo que la lucha contra la desigualdad económica ha sido central en los feminismos mexicanos. Las jóvenes que tomaron las calles el 8 de marzo, las que el año pasado paralizaron la universidad nacional denunciando la violencia y el hostigamiento sexual, y las que al interior de Morena exigieron la renuncia de Salgado Macedonio, con sus diversidades y contradicciones, abrevan de un feminismo que surgió de las izquierdas. Acusarlas a ellas de conservadoras es tan absurdo como sostener que los valores familiares nos salvarán de las violencias patriarcales.

La radicalización de una nueva generación de jóvenes feministas -que están dispuestas a romperlo todo para hacerse escuchar y que no demandan un “cuarto propio”, sino que lo ocupan, lo hacen suyo, lo rediseñan y quieren transformarlo todo- es resultado del hartazgo de tratar de construir conjuntamente con una izquierda misógina, machista y patriarcal, que no está dispuesta a cuestionar sus privilegios, ni a dar paso a las visiones y propuestas de las mujeres. Son esas izquierdas, tanto la institucional, como la antisistémica y revolucionaria, con las que algunas de nosotras tenemos toda una vida negociando.

En una de sus conferencias matutinas, López Obrador se refirió a las demandas de los grupos feministas y medioambientalistas como “demanda justas, pero no centrales”; lo importante para él es la “lucha contra la pobreza” y, por supuesto, avanzar con la agenda de su gobierno, a cualquier costo. Escucharlo me hizo recordar los viejos discursos de las organizaciones de izquierda revolucionaria en las que milité en mi juventud, cuando nos decían que lo importante era “el triunfo revolucionario” y que los otros cambios vendrían como consecuencia. Se argumentaba que la contradicción principal era entre capital y trabajo (perspectiva que por cierto no comparte AMLO) y que la prioridad era derrocar a los Estados burgueses, por lo que las demandas feministas eran vistas como distracciones de la lucha central, y en el peor de los casos, como divisorias de las luchas del pueblo. Desde la década de los cincuentas (con el triunfo de la Revolución Cubana), hasta los noventa (cuando el Ejército Zapatista de Liberación Nacional dio a conocer su Ley Revolucionaria de Mujeres), ningún movimiento revolucionario incluyó en su agenda política las demandas específicas de las mujeres. Sin embargo, las mujeres pusimos nuestros cuerpos y muchas dejaron sus vidas en las luchas de liberación nacional de Centroamérica, y antidictatoriales del Cono Sur, solo para darnos cuenta de que ese “después” en el que nuestras demandas específicas serían prioritarias, no llegaría nunca. Libros como el de Lucía Rayas Velasco, Armadas. Un Análisis de Género desde el Cuerpo de las Mujeres Combatientes, y Mujeres en la Alborada de Yolanda Colom, dan cuenta de las resistencias y desencantos de esta época.

La llegada de las “izquierdas institucionales” al poder en distintas regiones de América Latina, fue posible gracias al apoyo de amplios sectores de las organizaciones feministas y de mujeres, que siguieron apostándole a los gobiernos “progresistas” como aliados para avanzar sus agendas. Pero la historia se sigue repitiendo. Por lo menos los gobiernos de Rafael Correa, en Ecuador (2007-2017); de Evo Morales (2006-2019), en Bolivia; y en menor medida, de Hugo Chávez, en Venezuela (1999-2013), no solo no incorporaron las demandas específicas de las mujeres a sus planes de gobierno, sino que se convirtieron en enemigos abiertos de las organizaciones feministas, alineándose con los valores más conservadores de la iglesia católica o usando el discurso “culturalista indígena” para perpetuar las exclusiones patriarcales.

El discurso antineoliberal de estos políticos despertó muchas expectativas en los feminismos de izquierda, que tenían claro que la lucha feminista es anticapitalista. En el caso de Ecuador, la llegada al poder de Rafael Correa en el 2006 movilizó las esperanzas de algunas feministas en torno a las posibilidades de ampliar los derechos de las mujeres en el marco del proceso constituyente. Se produjeron articulaciones feministas, con mujeres de sectores populares, para empujar una agenda antipatriarcal y antiracista. Sin embargo, la reforma institucional del Estado y la modernización capitalista que promovió el régimen correísta desmanteló la institucionalidad de género y apostó por un desarrollismo neoextractivista que afectó de manera profunda a las mujeres indígenas y campesinas. Las demandas de las organizaciones feministas por la despenalización del aborto, por un sistema integral de prevención y erradicación de las violencias machistas contra las mujeres, las luchas territoriales contra el extractivismo, la defensa de la soberanía alimentaria y del agua, no solo no fueron incluidas en la agenda de gobierno, sino que en algunos casos fueron frontalmente atacadas por la “Revolución ciudadana”. Al igual que en México, las feministas se convirtieron en enemigas públicas del régimen.

En Bolivia, Evo Morales llegó al poder en el 2006 con un amplio respaldo de las mujeres de la Confederación Nacional de Mujeres Campesinas Indígenas Originarias de Bolivia – Bartolina Sisa, cuyas lideresas participaron en la Asamblea Constituyente, llevando las demandas de las mujeres indígenas a la nueva Constitución plurinacional de Bolivia. Muchas feministas, como Julieta Paredes, le apostaron al gobierno de Morales, llevando la retórica de la despatriarcalización a las políticas públicas. Bolivia se convirtió en el primer país del continente en tener un Ministerio de Cultura, Descolonización y Despatriarcalización. Pero de nuevo las promesas quedaron en palabras y las alianzas se rompieron, en algunos casos de manera violenta y dolorosa. La retórica machista del presidente Evo Morales contó con la complicidad del pacto patriarcal de los hombres de su partido, cuando señaló por ejemplo que al terminar su mandato sus planes eran retirarse con “mi cato de coca, mi quinceañera y mi charango”, o cuando compartió ante la Federación del Trópico que para celebrar “le llevaran una mujer de cada sindicato”. Al igual que Correa, justificó el despojo territorial de hombres y mujeres indígenas a nombre del “progreso”, cuando construyó la autopista del TIPNIS partiendo en dos la selva, afectando la reserva ecológica y encarcelando a indígenas que se opusieron al proyecto. Con respecto a la oposición de la mujeres amazónicas a su proyecto, se explayó en su retórica machista en uno de sus discursos argumentando: “Si yo tuviera tiempo, iría a enamorar a las compañeras yuracarés y convencerlas de que no se opongan a la ruta sobre el TIPNIS, así que jóvenes, tienen instrucciones del Presidente de conquistar a las compañeras yuracarés trinitarias para que no se opongan a la construcción del camino”. [3] Estos discursos fueron el pan de cada día para las feministas bolivianas, quienes eventualmente se alejaron de su gobierno, convirtiéndose algunas en sus más acérrimas enemigas.

En Venezuela, Hugo Chávez contó con un amplio apoyo de las mujeres de sectores populares, que se vieron beneficiadas por sus políticas de redistribución económica y programas focalizados contra la pobreza. De nuevo, los primeros años de su gobierno se caracterizaron por contar con el apoyo de las organizaciones feministas que lograron en 1999 la primera Constitución de América Latina que tiene un lenguaje incluyente no sexista y la inclusión del artículo 88 que considera el trabajo doméstico como actividad económica que crea valor agregado y produce riqueza y bienestar social, reivindicando el derecho de las amas de casa a la seguridad social. Sin embargo, la despenalización del aborto o el establecimiento del matrimonio homosexual fueron abiertamente rechazados por el discurso católico de Hugo Chávez, quien en diversas ocasiones uso expresiones homofóbicas en sus discursos. Las denuncias de hostigamiento sexual y violencia de género, inclusive por parte de su exesposa, Marisabel Rodríguez, contaron con el silencio del pacto patriarcal de los hombres de su partido.

Podríamos continuar el recorrido por América Latina, con casos extremos de violadores de “seudoizquierda” como Daniel Ortega en Nicaragua, o los feminicidios cometidos por comandantes guerrilleros guatemaltecos contra mujeres combatientes de sus propias organizaciones acusándolas de “traición”. Evidentemente, la violencia patriarcal no es solo una característica de los “hombres de izquierda”; el machismo, la misoginia y la violencia en sus múltiples manifestaciones, es especialmente evidente entre los políticos de derecha, pero ellos nunca han pretendido ser aliados de las feministas.

El EZLN es el primer movimiento político militar que ha integrado a su agenda de lucha las demandas de las mujeres con la Ley Revolucionaria de Mujeres. Las mujeres zapatistas han trabajado arduamente por que las regiones autónomas sean espacios libres de violencia patriarcal. No es una tarea fácil, esto ha implicado reconstruir los espacios de justicia para incluir en ellos las demandas de las mujeres, confrontando muchas veces perspectivas y valores tradicionales heredados de quinientos años de colonización. Se trata de una lucha que se da diariamente, frente al fogón, en las escuelitas zapatistas o en los encuentros intergalácticos contra el neoliberalismo. Pero la izquierda antisistémica que se ha acuerpado alrededor del zapatismo, no está exenta de estos pactos patriarcales. Personalmente, me ha tocado enfrentar estos micromachismos y rechazar los pactos de silencio a los que se nos ha convocado en casos de denuncias de hostigamiento sexual por parte de “compañeros de lucha”.

En la coyuntura actual, muchos hombres que hasta ahora no se habían manifestado abiertamente en apoyo al feminismo, se empiezan a pronunciar contra el “pacto patriarcal”. Preparando este artículo, no pude dejar de sorprenderme ante la cantidad de hombres que han escrito sobre el tema: Mario Patrón, el padre Miguel Concha, Juan Gómez, Herman Bellinghausen, Omar Paramo, Carlos Martínez, Víctor M. Quintana, Edgar Cortez, Jorge Zepeda Patterson, Michael Chamberlain, por nombrar a aquellos que reconozco. Entre las perspectivas más creativas y lúcidas sobre el tema está el rap de Danger AK “Rompa el Pacto” ( De Buena Fe – T7P9-1 – Danger AK – Rompa el Pacto | Facebook). Me surgen muchas dudas cuando leo estos textos antipatriarcales, ¿hay realmente una crítica profunda a sus culturas patriarcales? ¿O es solo una forma más de pelearse entre hombres apropiándose de los discursos de las mujeres? Serán las prácticas concretas de estos compañeros en la vida cotidiana las que nos digan más que sus textos.

Las nuevas generaciones, que ahora gritan en las calles “el patriarcado no va a caer, lo vamos a tirar”, no están dispuestas a hacer las concesiones y negociaciones que algunas de nosotras, desde un feminismo antirracista y anticapitalista, hemos hecho con nuestros aliados hombres. No tienen la paciencia de esperar a que cuestionen sus masculinidades, deconstruyan sus introyectos patriarcales y rompan el pacto de complicidad. Yo personalmente no comparto muchas de sus tácticas, pero no puedo dejar de reconocer que fueron ellas las que nos han obligado a todos y todas a discutir de manera urgente ¿qué es eso que llamamos violencia patriarcal y por qué urge pararla?.

Por Rosalva Aída Hernández Castillo | 30/03/2021

 

Fuente: https://sergiomedinaviveros.blogspot.com/2021/03/america-latina-lo-antipatriarcal-y-su.html

** NOTAS **

[1] https://www.elsaltodiario.com/atenea_cyborg/internet-redes-sociales-cuarta-ola-feminismos-en-red-contra-poder-mundos-vida

[2] https://desinformemonos.org/romper-el-pacto-patriarcal-es-romper-el-extractismo-mujeres-de-la-red-mexicana-de-afectados-por-la-mineria/

[3] https://cedib.org/post_type_titulares/exigen-a-evo-disculpa-publica-por-falta-de-respeto-a-mujeres-indigenas-el-deber-05082011/

Fuente: https://www.rompeviento.tv/las-izquierdas-y-los-pactos-patriarcales/

*Sobre la autora: Rosalva Aída Hernández Castillo , nació en Ensenada, Baja California, México. Antropóloga mexicana, distinguida con el premio LASA/Oxfam Martin Diskin Memorial Award y reconocida por su trabajo por la defensa de los derechos de las mujeres y los pueblos indígenas en América Latina.

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Un alegato en favor de la política identitaria feminista

Desde un principio, el movimiento feminista se enfrentó al desafío de definir el sujeto político mujer y proclamar características en común a través de las cuales pudiera definirse a sí mismo. O para decirlo de otra manera: ¿por quién lucha realmente el feminismo? Y viceversa: ¿quiénes están (o se sienten) excluidos?

 

 «Nadie soporta a las feministas», se dice en la serie Mrs. America, que muestra la lucha política por la Enmienda para la Igualdad de Derechos (Equal Rights Amendment) en la década de 1970, una enmienda constitucional que supuestamente garantizaría la igualdad de derechos para las mujeres en Estados Unidos. La frase lo sintetiza bastante bien, ya que no solo hay tradicionalmente resistencia a las demandas feministas en los reaccionarios de derecha: mucha gente de izquierda también insta una y otra vez a recordar que la demanda central es de igualdad social y justicia social, y a no dejarse dividir por los supuestos «intereses particulares» de movimientos individuales como el feminismo o Black Lives Matter. En especial desde la derrota de Hillary Clinton en las elecciones por la Presidencia en 2016, se ha generalizado el argumento de que últimamente los liberales de izquierda solo se han centrado en reclamos de minorías. Se dice que en la lucha contra la discriminación se han dejado de lado la desigualdad social y la lucha contra ella. Finalmente, se aduce también que este proceso ha promovido asimismo el triunfo global de la derecha populista y la ultraderecha, si no es que ha sido el culpable de tal triunfo.

«Política identitaria» es el tan trillado eslogan que supuestamente explica la atomización y la falta de alianzas dentro de los movimientos de izquierda. Este término parecería reemplazar como nuevo eslogan la reaccionaria expresión de batalla «corrección política», muy popular desde hace varias décadas. Pero en ambos casos se trata de un intento –y esta es la tesis central del presente texto– de desacreditar y deslegitimar políticas emancipatorias que difícilmente podrían ser mayoritarias en la puja democrática.

Por cierto, la crítica a la política identitaria no es nueva. El feminismo ha trabajado incansablemente durante casi 150 años en la famosa «contradicción fundamental», es decir, la explotación capitalista, con cuya eliminación todas las demás formas de opresión desaparecerían naturalmente. Incluso los primeros socialistas exigían que las compañeras hicieran el favor de cesar sus quejas feministas y cerraran filas. Una vez establecido el socialismo –se decía–, la opresión de las mujeres también se resolvería por sí sola porque era tan solo una «contradicción secundaria». Un pronóstico que, como es sabido, no se ha cumplido.

Más bien, fueron precisamente esos movimientos que habían sido despreciados por ser «política identitaria» los que se opusieron a esa opresión. Porque sin política identitaria habría una alta probabilidad, por ejemplo, de que siguieran vigentes las leyes Jim Crow, que rigieron en el sur de Estados Unidos durante el periodo comprendido entre la abolición de la esclavitud en 1865 y el final (oficial) de la segregación racial a mediados de la década de 1960: entre otras cosas, las mujeres seguirían sin poder votar y la homosexualidad sería aún una conducta punible.

Y estas luchas elementales contra la discriminación y por la igualdad de derechos tampoco deben, contrariamente a las críticas, separarse de las luchas por la igualdad social y la justicia social. A diferencia de la política identitaria de derecha, que trata de asegurar privilegios y la exclusión de minorías, la política identitaria de izquierda lucha por la participación y la inclusión. Tampoco es una forma de protesta que una haya elegido, sino esencialmente una reacción ante la discriminación. Reacciona al hecho de que determinadas características (no todas necesariamente negativas) son asociadas a un supuesto colectivo. Esto significa, por ejemplo, que las mujeres son consideradas irracionales, pero al mismo tiempo son asociadas a una mayor emocionalidad y empatía. Estas atribuciones colectivas son históricamente contingentes, pueden cambiar y, a veces, incluso directamente contradecirse. Las personas son reunidas así, en un grupo que supuestamente forma una «unidad» propia: «identidad» proviene del latín idem, que significa «lo mismo». Esta unidad es algo que fija la sociedad. Las personas que se encuentran en ella no son realmente «las mismas». Así, fue el racismo el que creó el constructo race y no al revés, tal como escribe Ta-Nehisi Coates en el prefacio de El origen de los otros, de Toni Morrison. Por lo tanto, se trata a las personas como colectivos sin que estas hayan decidido pertenecer a tal colectivo.

Esta atribución colectiva tiene consecuencias enormes que el individuo debe soportar pero que solo surgen por la pertenencia atribuida: una determinada mujer experimenta el «techo de cristal» no porque haya hecho algo mal al planificar su carrera individual, sino porque, como parte del colectivo «mujeres», está expuesta a la discriminación estructural; si bien los fascistas dan golpizas a personas concretas individuales, estas experimentan esa violencia porque con anterioridad fueron colectivizadas racialmente. Entonces, si la discriminación y la opresión funcionan siempre y exclusivamente de manera colectiva, es lógico defenderse también contra ellas de manera colectiva.

El Combahee River Collective acuñó la expresión «política identitaria» en 1977. En una declaración programática, esta asociación de lesbianas negras anunció: «Creemos que la postura política más profunda y tal vez la más radical surge directamente de nuestra propia identidad». Esto significaba que la opresión específica que experimentaban en concreto como lesbianas negras se podía combatir mejor a partir de su situación específica como lesbianas negras, y que la podían combatir conjuntamente. Estas mujeres no se reconocían en una política de izquierda que tenía principalmente al trabajador industrial masculino como figura modélica del proletariado. Porque la realidad de la vida de este trabajador no se correspondía con la situación vital de ellas ni con sus vivencias de explotación.

La palabra «colectivo», que probablemente no por casualidad forma parte del nombre del Combahee River Collective, es central. Pero reaccionar como un colectivo a la opresión experimentada por un conjunto requiere, en primer lugar, la aceptación de esta atribución y esta pertenencia determinadas desde afuera. Esta obligada aceptación va acompañada de una autodefinición y una redefinición de la identidad colectiva asignada. La subordinación experimentada, junto con los atributos despectivos, debería convertirse ahora en una entidad colectiva con connotaciones positivas, autoelegida y autoempoderante: las mujeres ya no son el «sexo débil», sino fuertes y autodeterminadas, negro ya no es peor que blanco, sino que «Black is beautiful», el «orgullo gay» hace que «homosexual» deje de ser un improperio, etc.

Sin embargo, el dilema central de cualquier política identitaria de izquierda sigue siendo tener que referirse positivamente a categorías que en realidad son la causa de la discriminación. Por lo tanto, la política identitaria se caracteriza por una ambivalencia fundamental entre el rechazo y la afirmación de la identidad. La afirmación conlleva un gran peligro de la política identitaria: el de la esencialización. Pues las asociaciones sexistas y racistas, por ejemplo, a menudo son ambivalentes y peyorativas: las mujeres son vistas como empáticas y cariñosas, los varones negros como fuertes y potentes. Por lo tanto, es grande la tentación de incluir estas atribuciones contingentes que se hacen desde afuera en el propio diseño de la identidad y de esencializarlas, es decir, declararlas como características esenciales. Lo afro asumido con seguridad en una misma es tan indisolublemente parte de la negritud como el elogiado útero es parte de ser mujer. A la inversa, esto significa que quedan excluidas aquellas que no tienen la estructura capilar necesaria o, como las mujeres trans, carecen del órgano requerido. La identidad colectiva asumida deja de ser entonces un constructo auxiliar que finalmente surge de la legítima defensa. Más bien postula y vuelve a manifestar diferencias esenciales donde en realidad no las hay.

El ejemplo de los movimientos feministas, que fueron y son movimientos centrales en las políticas identitarias, muestra de manera particularmente vívida lo arduo que es buscar una esencia identitaria. «¡¿No soy una mujer?!», preguntaba la ex-esclava Sojourner Truth en 1851. Con su famoso discurso «And ain’t I a woman?!", denunció, durante una convención sobre los derechos de la mujer en Ohio, que el movimiento feminista estadounidense, que acababa de nacer, no incluía en su demanda de emancipación a las negras ni a las mujeres esclavizadas, incluso pese a que el movimiento feminista estadounidense se había inspirado, sobre todo, en la lucha de los hombres y las mujeres abolicionistas por la supresión de la esclavitud.

La crítica de Sojourner Truth marcó así el comienzo de un argumento que recorre como un hilo rojo la historia del feminismo: ¿por quién lucha realmente el feminismo? ¿Quiénes eran exactamente «las mujeres» cuyos derechos defendía? O formulando la pregunta al revés: ¿quién era excluida? Desde un principio, el movimiento feminista se enfrentó al desafío fundamental de definir el sujeto político mujer y proclamar características en común a través de las cuales ese colectivo pudiera definirse a sí mismo. Al igual que con Sojourner Truth, esta identificación fracasó (y sigue fracasando) no solo por el color de la piel: el fracaso reconoce las más diversas razones a lo largo de la historia del feminismo. Las trabajadoras se sentían excluidas del feminismo burgués y las feministas del Sur global se sentían excluidas del feminismo occidental, las lesbianas rechazan el feminismo de las feministas heterosexuales por ser excluyente, etc.

Un conflicto básico central del Primer Movimiento Feminista, que surgió en la segunda mitad del siglo XIX, fue inicialmente el antagonismo entre trabajadoras y feministas burguesas. Desde entonces se ha intentado combinar la cuestión social con la «cuestión de la mujer», es decir, la política de clases con la política identitaria. Porque a pesar de todos los antagonismos y conflictos de intereses, hay innumerables ejemplos que muestran que las políticas identitarias, tanto en la teoría como en la práctica política, no se oponían en modo alguno a la política de clases.

Los movimientos feministas siempre han denunciado la pobreza femenina y han formulado una elaborada crítica a la economía con la que, entre otras cosas, exigieron el reconocimiento del trabajo reproductivo y una redistribución radical del trabajo remunerado y no remunerado. En una entrevista con el periódico ak - analyse & kritik en 2017, la feminista marxista Silvia Federici criticó lo anticuada que es la idea de esta contradicción (política identitaria versus lucha de clases): «La idea de que hay cultura por un lado y lo real por el otro es parte de una concepción muy paleomarxista, paleolítica, de lo que es explotación y acumulación. Básicamente, esta concepción todavía ve la acumulación principalmente en la fábrica y todo lo demás es 'cultural'».

El deseo de formar alianzas en vista de una izquierda dividida y fragmentada es comprensible y generalizado. El malestar por la multiplicación indiferenciada de categorías de discriminación inquieta a muchos críticos y críticas de izquierda de las políticas identitarias. Pero los llamamientos a la unidad y a dejar estratégicamente atrás las diferencias son desacertados, pues estas diferencias existen y son enormes. Por lo tanto, la solución para una política identitaria de izquierda implica no negar estas diferencias ni evaluarlas necesariamente como divisivas y disolventes. Como toda política identitaria, también debe reconocer que la propia homogeneidad es solo una ficción auxiliar y debe afirmar la diferencia como característica constitutiva e incluso constructiva.

Este reconocimiento trae consigo una gran oportunidad: a fin de cuentas, la crítica de la política identitaria de las minorías es precisamente la fuerza y no la debilidad de los movimientos de izquierda. La política identitaria de izquierda quiere superar las marginaciones para trabajar en forma mancomunada por una mayor justicia para cada vez más personas. Y en vista de las actuales invectivas, es extremadamente importante tener en cuenta este logro histórico. Así, el objetivo de la política identitaria de izquierda no es la división, sino más bien lo que supuestamente se impide: la solidaridad.

Fuente: Neue Gesellschaft-Frankfurter Hefte

Traducción: Carlos Díaz Rocca

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En un mundo machista los hombres no son los enemigos.

Hombres que cuidan, protegen, quieren, expresan sus emociones, desprecian sus privilegios, profanan los roles que se les otorga socialmente, apoyan y resisten ante una sociedad patriarcal y machista son hombres aliados de la feminidad. Esta tesis es un llamamiento a no perder de foco que el machismo más que una cuestión de géneros es una patología estructural que carcome las entrañas mismas de las instituciones sociales, políticas y económicas que por acción u omisión sostiene la exclusión y la invisibilización de lxs cuerpxs feminizadxs como el principal foco del trabajo enajenante y explotador, fundamento del Estado, a saber: el trabajo reproductivo (maquila de cuerpxs) y sus derivados es decir, trabajos de cuidado, trabajos domésticos, trabajos donde exigen “el instinto maternal”, el “carisma”, “la ternura” y “la docilidad” sean características propias de las trabajadoras.

Toda profesión de cuidado o trato con la otredad exige del devenir mujer un carácter materno de manera implícita, ejemplo de ello son el trabajo de las profesoras, de las enfermeras, de las vendedoras, de las empleadas domésticas. También se pide de otras labores la fuerza, el liderazgo y el autoritarismo que suelen asignarles a los hombres.Así, estructuralmente el patriarcado se traslapa tras roles y modelos de conducta esperados en las mujeres y los hombres que asumen determinados trabajos y, en personas que se espera los exijan. En consecuencia, a todxs nos afecta esta estructura machista toda vez que demanda actitudes de nosotrxs que oprimen nuestro ser auténtico en el mundo. Por tanto, el machismo no es cuestión de géneros y poco o nada ayuda a la erradicación del mismo una encarnada “guerra de géneros”.

Cada persona tiene maneras propias y únicas de asumir su vida que son invisibilizadas cuando somos reducidos a ser “una cuestión de género” y a sentir rechazo por otrxs a partir de esta categoría. Sin embargo, más acá del género hay que fortalecer la tesis de que el problema del machismo no son los hombres cis*sinosu estructura ampliamente represora de toda persona que no asuma la dicotomía machista de su estela de “géneros binarios” y su consiguiente caracterización.

He visto mujeres llorar por “hombres” golpeadores,misóginos y defenderlos. He visto como mujeres se sienten incompletas sino tienen el cariño de un “hombre”. Esas mismas mujeres cuyos deseos corresponden a una sobre codificación de la máquina capitalista (Deleuze y Guattarri, 1998), patriarcal y misógina son las que señalan que una mujer soltera no es una mujer plena como tampoco lo podrían ser aquellas que no quieren ser madres o no son cisgénero.

Esas mujeres, las mismas que dicen que hay que soportar todo tipo de maltratos por razones sexo-afectivas son víctimas-aliadas del machismo al llevarlo en sus ovarios y posesionarse desde allí como mujer cisdeterminadas en su ser por la estela patriarcal.Es cierto que hay grados de alienación en las víctimas que reproducen el machismo de manera inconsciente que no les permite ver que ningún maltrato es soportable en una relación. No obstante, también hay mujeres deliberadamente conscientes de ser aliadas del machismo. Mujeres con cargos políticos pueden ser verdugas absolutas de políticas del cuidado, de la reivindicación del derecho a una maternidad libre, de otras formas de ser mujer no cis, por ejemplo, y que, a lo sumo, lo que exigen es la conservación de la familia heteropatriarcal como la primera y más retrógrada institución base de la sociedad machista.

A las mujeres aliadas del machismohay que hablarles desde el cuidado y sobre la deconstrucción de la mujer patriarcal y la fuerza del devenir mujer para que ellas mismas comprendan desde su ser/cuerpx que toda fuerza reactiva que aplica el sufrimiento, la humillación, el maltrato y la opresión sobre las propias carnes violenta el propio ser y lejos está del amor que potencia, amplía y fortalece la libertad.

El feminismo como resistencia práctica contra la opresión femenina no puede ser un soso discurso de clase. Tampoco una pueril exigencia sobre derechos ante el Estado.Cabe decir aquí que el feminismo de Estado es insuficiente porque olvida que la emancipación de la mujer tiene que ser económica, cultural, educativa y no solo política.

Se reconoce el feminismo de Estado como toda tendencia que aboga por la eliminación de las desigualdades entre hombres y mujeres fundando instituciones cuyo principal objetivo es mejorar las condiciones de las mujeres como colectivo político. Dice Celia Valiente, a propósito de El Feminismo de Estado en España (2006), que este también es conocido como “feminismo institucional”, “feminismo oficial” y a las mujeres que están en estas instituciones se les reconoce como “feministas de Estado”.

Asumo que esta categoría puede desconocer los diferentes matices existentes en el feminismo. Sin embargo, también logra mostrar el quid por el cuál muchas mujeres pueden sentir cierto rechazo, apatía o indiferencia por el feminismo al privilegiar el mejoramiento de las condiciones sociales para un colectivo y no para toda la comunidad (pueblo, oprimidxs, explotadxs, locxs, lxs nadie, etc.) que, también sufren la crueldad de las desigualdades sociales.

De hecho, según Dora Barrancos, anarquista y feminista argentina, las mujeres anarquistas, por ejemplo, en la Argentina de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, no abrazaron tan precozmente el feminismo como las mujeres de la alta sociedad. Las anarquistas, la mayoría de ellas obreras o cercanas a la causa obrera, exigieron su independencia, su emancipación, su libertad al amar más acá de los convencionalismos sociales; de aquí su grito de “Ni Dios, ni patrón, ni marido” proclamado por la icónica y valerosa Virginia Bolten.

Dora Barrancos menciona que la relación entre feminismo yanarquismo ha estado presente desde el origen de éste último y sus anales teóricos en el siglo XIX al pugnar por relaciones basadas en la libertad –como autodeterminación– de cada persona que se expande solo en una comunidad que cesa de instaurarse a partir de la explotación y la dominación[1].

En este sentido, para algunas mujeres desde el Estado no se puede establecer relaciones de igualdad entre hombres, mujeres, niñxs, sexualidades disidentes y agentes sociales en general, toda vez que él es el fundamento y garantía del sostenimiento de las desigualdades entre las personas. En consecuencia, el Estado no puede sino reducir, a lo sumo, las relaciones de desigualdad a partir de la aceptación de unos derechos (libertades otorgadas por el establecimiento), pero no establecer relaciones completamente libres (libertad como facultad individual) e iguales (fortaleciendo unas condiciones económicas generosas para todxs).

El feminismo como práctica que reivindica la emancipación y la liberación de lxs cuerpxs feminizadxs (de aquí que el feminismo abiertamente cis es un discurso excluyente que desconoce las diferentes maneras de ser mujer) tiene que ser la realización del devenir mujer libre de toda violencia coercitiva en todos los escenarios sociales y, en cuyo origen la materialización de una comunidad libre de opresión es necesaria.

Sin que se trate de coherencia, pero sí de cohesión, el feminismo en su práctica tendría que tender a la negación de toda institución social. La realización de la corporalidad asumida como mujer exige el aniquilamiento de las relaciones de opresión y dominación que gesta el Estado bajo la concepción del derecho y su abstracción de base y fundamentalista: la propiedad privada como factor determinante de la pobreza y la mercantilización de la reproducción.

Cuando las mismas instituciones crean “espacios” para la mujer se circunscriben en un plano amplio de una democracia pluralista. Sin embargo, ni la democracia ni un contexto ético pueden potenciar el rol de la mujer dentro del Estado sino es a costa de la supervivencia del propio patriarcado. El origen del argumento radica en una contradicción entre lo que se “debe” hacer y lo que “se puede” realizar.

Por supuesto es un “deber” la inclusión de todos los agentes sociales en una sociedad idealmente democrática. En cualquier caso, el deber con toda y su retórica de la obligación no es vinculante porque las condiciones de posibilidad que le preceden tanto económicas como jurídicas son mendigantes ¿es viable la inclusión de lxs cuerpxs feminizados en el Estado coautor de la pobreza,principal factor determinante de los embarazos adolescentes?, ¿es posible la inclusión de las mujeres en el Estado que niega el derecho a una maternidad escogida?, ¿es permisible la inclusión en el Estado que precariza la vida de las mujeres en diferentes esferas social es al reducirlas a un rol y objeto puramente sexual-reproductivo?

Hay que decir que no se asiste en este texto aopiniones comunes como que son los victimarios y no las víctimas los responsables directos de las relaciones de abuso, no. Tampoco es una mera crítica al machismo en ciertos feminismos y una salvaguarda a los hombres traidores del patriarcado, ni una invitación a que los hombres “defiendan”la feminidad porque no necesita de defensores sino de agentes críticos contra el patriarcado.Este escrito es un intento por llevar la discusión a un nivel estructural donde la violencia machista no es solo cuestión de géneros sino, ante todo, un problema afincado en el mismo origen de las instituciones de la sociedad que estableció el trabajo doméstico y reproductivo como fenómeno normalmente violento, enajenante y explotador de todx cuerpx feminizadx.

No se trata de ser o no feminista. Lo que se trata es de no seguir siendo o dejar de ser machista, cómplice de la institucionalidad patriarcal. No se puede exigir desde un discurso del privilegio que se hagan instituciones de cuidado solo para las mujeres cuando tantos otrxs cuerpxs ni siquiera se lo pueden pensar. También cabe hacer autocrítica a ciertos feminismos que reivindican el autoritarismo al subordinar y disminuir la importancia de corporalidades disidentes y/o animales ciñendo su discurso al biopoder y sus ya famosas formas de exclusión-excepción desde la nuda vida[2].

El acabamiento del machismo pasa por el acabamiento de toda institución autoritaria (disculpen el pleonasmo), de todo Estado, de todo modelo político-económico-social que requiera la explotación de lxs cuerpxs para su beneficio porque ninguna institucionalidad ha mostrado que puede acabar con el trabajo reproductivo (sea para la producción de obrerxs o de carne para su consumo) como el principal foco del capitalismo, partiendo así del desconocimiento de que la construcción de una comunidad femenina surca espacios que van más allá del género.

Pero no solo esto.Las corrientes feministas contemporáneas tendrían que fortalecer la articulación de sus propuestas con movimientos antiespecifistas, ácratas, ecologistas, ambientalistas, en definitiva, con todxs aquellxs que sientan el problema de lxs cuerpxs que sufren como origen de su resistencia vital.

Me llama la atención la reflexión que realiza Silvia Rivera Cusicanqui sobre “la mujer tejedora”, en la cual menciona que nosotras como mujeres tendríamos que experimentar en nuestro ser la respuesta a la pregunta ¿qué significa ser mujer?, específicamente ¿qué significa ser mujer en el mundo andino? Estos cuestionamientos tocan el punto más sensible de esta reflexión porque el ser mujer no tiene que reducirse a asumir un rol políticamente asignado, biopolíticamente administrado y socialmente exigido, todo lo contrario. Ser mujer es una experiencia que comulga con nuestro estar en el territorio, con nuestro ser para el mundo en un experenciar el cuerpx en las originarias relaciones con las otredades. Tampoco el ser hombre comulga necesariamente con el machismo sino en cuanto se asume en su ser social, político y económico como sujeto del privilegio. De aquí que algunas masculinidades no pueden ser tenidas como machistas por su mero devenir hombre.

La invitación es a cuestionar la significación del género como un papel subsiguiente a los propios modos de expresión en los cuales asumir la lucha de un mundo sin dominación es un llamado que nos convoca a todes y ante el cual somos aliades, cómplices creadorxs de relaciones vitales,cuidadoras, solidarias, amorosas, en un mundo donde el machismo funge como herramienta de opresión de lxs cuerpxs que en su vulnerabilidad, unicidad y devenir animal/corporalidades-disidentes/mujer/hombre/ individuo/singularidad/ han de ser cuidadxs de la mano dura del patriarcado.

*Es un neologismo que intenta presentar a lxs individuxs cuya identidad de género coincide con su sexo biopolíticamente dado.

 

 

Referencias bibliográficas:

-Barrancos, Dora, “Mujeres de “Nuestra Tribuna”: el difícil oficio de la diferencia”, Mora, nº 2/noviembre, 1996, 125-143.

------------(1990) Anarquismo, educación y costumbres en la Argentina de principios de siglo. Buenos Aires: Contrapunto.

-------------(2005) entrevista. Recuperado 02-2021 de https://www.lai.fu-berlin.de/es/e-learning/projekte/frauen_konzepte/projektseiten/frauenbereich/barrancos/transcrip/transcrip2/index.html

-Deleuze, G., & Guattari, F. (1998). El antiedipo. Barcelona: Paidós

-Quintana Porras, Laura (2006)De la Nuda Vida a la 'Forma–de–vida'. Pensar la política con Agamben desde y más allá del paradigma del biopoder. En: Dossier: Lógicas del poder. Miradas críticas. (Méx.) vol.19 no.52 México sep./dic. Recuperado: 02-2020 de: http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0187-57952006000300003

-Rivera Cusicanqui, Silvia (2018) Un mundo ch'ixi es posible: ensayos desde un presente en crisis. Buenos Aires: Tinta limón.

---------------------------------(2019) entrevista. Recuperado el 02-2021 de: https://www.elsaltodiario.com/feminismo-poscolonial/silvia-rivera-cusicanqui-producir-pensamiento-cotidiano-pensamiento-indigena

-Rouco Buela, Juana(1924) Mis proclamas, Santiago de Chile: editorial Lux. Recuperado el 02-2021 dehttp://ideasfem.wordpress.com/textos/e/e09/.

-Valiente, Celia (2006) El feminismo de Estado en España:el Instituto de la Mujer (1983-2003)España: Universitat de València.

 

[1] La exigencia de la libre asociación política y la eliminación de todas las relaciones de explotación y dominación fueron las consignas de las mujeres anarquistas del siglo XIX, incluso, dentro de los mismos movimientos sindicales o libertarios, sin sujetarse a una postura feminista, pero sí como anarquistas, como mujeres anarquistas. A este hecho lo llama Dora Barrancos: contra-feminismo del feminismo anarquista.

[2]La nuda vida es un concepto utilizado por Agamben para mencionar que hay vidas que las formas de poder totalitario reducen a su condición orgánica siendo despojadas de todo reconocimiento político. Es la vida limitada a ser pura vida separada de todo contexto y no atendida como forma de vida, así se puede disponer de la misma para excluirla. Para ampliar este concepto recomiendo el artículo de Laura Quintana De la Nuda Vida a la 'Forma–de–vida'. Pensar la política con Agamben desde y más allá del paradigma del biopoder (2006).

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