Sábado, 06 Enero 2018 07:55

Basta de mujeres muertas y maquilladas

Basta de mujeres muertas y maquilladas

 

“Stop FemaleDeath in Advertisement” (“Basta de mujeres muertas en la publicidad”) se llama la página web creada por la estudiante de Diseño Visual del Beckmars College of Design de Estocolmo, Lisa Hageby, para concentrar allí imágenes de marcas de productos de lujo, cuyas campañas se basan en la estetización del femicidio y la banalización de las vejaciones que diariamente ocurren contra miles de mujeres reales. En esa cúspide simbólica que siempre ha sido para la cultura de masas occidental el mundo de la alta moda, el de la exclusividad por excelencia, un mundo al que acceden pocos miles de mujeres en el mundo, pero que expande sus ondas luminosas en formas de tendencias hacia abajo –en revistas, productos de tocador y perfumería–, ahí mismo, muchas grandes marcas tallan su “transgresión”, que desde hace unos años es mostrar mujeres muertas pero con un buen par de zapatos puestos.

Las imágenes de esa página la dejan a una boquiabierta. Porque cada pieza es un texto de comunicación de un impacto feroz, revulsivo, de realización impecable y una estética que a una le repugna pero sin embargo le permite percibir, oler la fascinación que causan esas mujeres hermosas y muertas, definitivamente derrotadas, en otras mujeres y hombres que no verán un femicidio ni una tortura ni una violación en el aviso, sino audacia y carácter de época.

En su blog, a fines de diciembre, la activista feminista y escritora dominicana Rosario Sánchez reprodujo un artículo escrito un año antes, en el que pasaba revista a algunas de las imágenes de la página creada por Hageby. Su nota comenzaba describiendo una fotografía grandiosa, tomada en las escalinatas de la Opera Garnier de París. Hay una mujer caída. No se sabe si está muerta o desvanecida. Como sea, es una mujer de voluntad ausente, que es la mujer que emerge de esta ola simbólica. El aviso vende un vestido. Un vestido que cubre un cuerpo inerte.

“Otra imagen nos muestra una mujer cuyas piernas cuelgan del baúl de un carro –escribe Sánchez–. Tal como en la otra fotografía, no sabemos si está muerta o inconsciente pero deducimos que, si no la han asesinado todavía, pues la van a asesinar en un instante ya que apoyado en el baúl del carro se encuentra un hombre con una pala excavando un hoyo en el desierto. Nos están vendiendo zapatos Jimmy Choo”.

La siguiente que describe es la de Chloé, y en una primera mirada remite a la Ofelia de Hamlet ahogada. “La actriz esta pálida como la cera. Sus labios con labial rojo pero sus ojos están cerrados y su entrecejo fruncido; tiene cara de dolor y está sumergida en el agua”. De la pasividad inenarrable de la cara blanca y jovencísima de la modelo de Chloé, Sánchez pasa en su blog a otra foto, ya mucho más sumergida en esta tendencia patriarcal estetizante, en la que lo primero que se ve es “sangre en las paredes y en el piso. En el suelo yace tendida una mujer en posición indefensa. También ella tiene sangre por todo el cuerpo, pero ojo, quien estilizó la sesión de fotos y la comisionó, se preocupó en que la actriz fuera fotografiada muerta, sí, pero en braga y en sostén, con medias hasta los muslos y tacones altos”.

Hay mujeres fuera de foco porque lo que está en foco es el arma que les apunta a la cabeza. Hay mujeres inequívocamente muertas que ostentan el agujero del disparo en la frente. Pero el efecto es como estar frente a una cosa, a una muñeca de cera, porque el aviso logra que el rojo de las sábanas de seda se incorpore, con la belleza de sus reflejos, al marco rojo sangre literal. Porque también la muerte está estetizada (y en este punto se diría que esta tendencia no se dirige sólo a naturalizar los femicidios, sino a través de ellos a la muerte en general). Aun después de recibir el disparo en la frente, la modelo yace semidesnuda, perfectamente peinada y maquillada. El aviso, uno de los primeros que se desprendió de la alta moda y lleva la carga simbólica hacia otros sectores sociales, vende un video juego. El título es “Preciosamente ejecutada”.

Quizá no sea casualidad que uno de los clímax de esta estética aberrante provenga de lo más concentrado, del elixir del mundo de la exclusividad, que son las grandes joyerías. Una de las más importantes eligió a una mujer literalmente descuartizada, y en cada trozo de su cuerpo hizo lucir distintas joyas fabulosas. Esto nos dice el centro estético del poder a las mujeres, aunque no nos habla a nosotras. Se podría decir que se trata de una estética de barrio cerrado global, de elite que convive con otros mensajes pero que a través del engranaje complejo de los consentimientos, que en Occidente siempre han hecho su avanzada a través de lo que fue considerado bello, va habilitando, asimilando, absorbiendo una naturalización neopatriarcal. Como sabemos, el patriarcado es un sistema dinámico que va compensando sus fisuras con nuevos contragolpes.

Si bien la página creada por Hageby hoy es un archivo visual del ítem de la violencia de género en la publicidad, no es el único enfoque. Las académicas australianas de la RMIT University, Lauren Gurrieri, Helene Cherrier y Jan-Brace-Govan, han investigado ya hace un par de años el fenómeno de utilizar la violencia contra la mujer como una treta publicitaria más, y concluyen que “representar a las mujeres de manera sexualizada y como seres subyugados fomenta una cultura de la violación en la que tratar a las mujeres de maneras degradantes a través del uso de la violencia es considerado aceptable”.

La dominicana Rosario Sanchéz, en su nota, reflexiona: “No hay herida que el patriarcado nos produzca a las mujeres, que el capitalismo no quiera comercializar y vendérnoslo como ‘art’ o ‘libertad de expresión’ o ‘empoderamiento’”. Así es, en éste y en otros órdenes de avasallamiento simbólico del patriarcado o el corpocapitalismo, que hoy funcionan copulando. Las heridas que provoca el patriarcado son masticadas y escupidas en forma de producto por el mercado. Son heridas jerárquicas. Las produce un tipo de seres humanos sobre otros tipos de seres reducidos a estorbos. Son heridas invisibles, camufladas por la presunta superioridad de unos sobre otros. Heridas maquilladas, como esas modelos que posan haciéndose las muertas; son heridas que el corazón envenenado de un sistema controlado por el dinero busca multiplicar a través del goce. Esa es su sombra moral y es a la vez lo único en lo que puede sostenerse. En sujetos capaces de cosificar al resto, para poder abusar, pisotear, y eliminar a los otros sin la molestia humana del remordimiento.

 

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Viernes, 05 Enero 2018 06:13

Patriarcado, Madre Tierra y feminismos

Credit: Getty Images

 

Cuidar el medio ambiente o la Madre Tierra es cosa de mujeres, según un reciente estudio de la revista de divulgación Scientific American publicado a fines de diciembre, donde se destaca que las mujeres han superado a los hombres en el campo de la acción ambiental; en todos los grupos de edad y países (goo.gl/yW6U3v).

El artículo titulado Los hombres resisten el comportamiento verde como poco masculino, llega a esa conclusión luego de haber realizado una amplia encuesta entre 2 mil hombres y mujeres estadunidenses y chinos. El estudio afirma que para los varones actitudes tan elementales como utilizar bolsas de lona para hacer las compras en vez de las de plástico es considerado poco masculino.

El trabajo está enfocado en el marketing, con el objetivo de conseguir que los varones se sientan masculinos aún comprando artículos verdes, con lo que llega a conclusiones penosas como que los hombres que se sienten seguros en su hombría se sienten más cómodos comprando verde.

Sin embargo, consigue rastrear algunos comportamientos que permiten ir algo más allá, en el sentido de comprender cómo el patriarcado es una de las principales causas del deterioro ambiental del planeta. Donald Trump no es una excepción, al negar el cambio climático y alentar actitudes destructivas, desde las guerras hasta el consumismo.

Propongo tres miradas que pueden ser complementarias y que afectan al mundo de los varones, no para que adoptemos actitudes políticamente correctas (con sus dosis de cinismo y doble discurso), sino para aportar al proceso de emancipación colectiva de los pueblos.

La primera se relaciona con el capitalismo de guerra o acumulación por despojo/cuarta guerra mundial que sufrimos actualmente. Este viraje del sistema, que se ha acelerado en la última década, no sólo provoca más guerras y violencias sino un profundo cambio cultural: la proliferación de los machos alfa, desde los mandamases de los grandes y poderosos estados, hasta los machos altaneros de las barriadas que pretenden marcar sus territorios y, por supuesto, a sus dominados y, sobre todo, dominadas.

Sacar músculo geopolítico permite posicionarse en este periodo de decadencia del imperio hegemónico. Que se complementa con la aparición de infinidad de machitos alfa en los territorios de los sectores populares, donde narcos y paramilitares pretenden sustituir al cura, al comisario y al padre de familia en el control de la vida cotidiana de los de abajo.

La segunda mirada viene insinuada en el estudio citado, cuando concluye que las mujeres tienden a vivir un estilo de vida más ecológico, ya que desperdician menos, reciclan más y dejan una huella de carbono más pequeña (goo.gl/yW6U3v).

Esto se relaciona directamente con la reproducción, que es el punto ciego de las revoluciones, empeñadas en un productivismo a ultranza para, supuestamente, sobrepasar a los países capitalistas. La producción fabril y el obrero industrial han sido piezas centrales en la construcción del mundo nuevo, desde Marx en adelante. En paralelo, la reproducción y el papel de las mujeres han sido siempre desconsiderados.

No podemos combatir el capitalismo ni el patriarcado, ni cuidar del medio ambiente ni de nuestros hijos e hijas, sin instalarnos en la reproducción que es, precisamente, el cuidado de la vida. Entiendo que la reproducción puede ser también cuestión de varones, pero eso requiere una política explícita en esa dirección, como señalan las comandantas que convocan el encuentro de mujeres en el caracol Morelia.

Como dice el comunicado de convocatoria del Primer Encuentro Internacional, Político, Artístico, Deportivo y Cultural de las Mujeres que Luchan, los varones zapatistas se encargarán de la cocina y de limpiar y de lo que se necesite (goo.gl/MeFoUU).

¿Acaso esas tareas son menos revolucionarias que estar parado en un templete bajando línea (como decimos en el sur)? Nos dan menos visibilidad, pero son las tareas oscuras que hacen posible las grandes acciones. Para involucrarnos en la reproducción, los varones necesitamos un fuerte ejercicio para limitar nuestro ego, más aún si se trata de un ego revolucionario.

La tercera es quizá la más importante: ¿qué podemos aprender los varones heterosexuales y de izquierda de los movimientos feministas y de mujeres?

Lo primero sería reconocer que las mujeres avanzaron mucho más que nosotros en las últimas décadas. O sea, ser un poco más humildes, escuchar, preguntar, aprender a hacernos a un lado, a guardar silencio para que se escuchen otras voces. Una de las cuestiones que podemos aprender es cómo ellas se han puesto de pie sin vanguardias ni aparatos jerárquicos, sin comités centrales y sin necesidad de ocupar el gobierno estatal.

¿Cómo lo hicieron? Pues organizándose entre ellas, entre iguales. Trabajando al patriarca interior: al padre, al dirigente bien hablado, al caudillo. Esto es bien interesante, porque las mujeres que luchan no están reproduciendo los mismos roles que combaten, ya que no se trata de sustituir un opresor por una opresora, ni un opresor de derecha por un opresor de izquierda. Por eso digo que avanzaron mucho.

La segunda cuestión que podemos aprender es que la política, en grande, en escenarios bien iluminados y mediáticos, con programas, estrategias y discursos grandilocuentes, no es más que la reproducción del sistema dominante. Ellas han politizado la vida cotidiana, el cocinar, la cocina, el cuidar a los hijos e hijas, las artes de tejer y de sanar, entre tantas otras. Creer que todo esto es poco importante, que existen jerarquías entre unas y otras dimensiones, es similar a seguir buscando machos alfa que nos emancipen.

Seguramente hay muchas otras cuestiones que podemos aprender de los movimientos de mujeres, que ignoro o que aún debemos descubrir. Lo que importa no es tener la respuesta ya preparada, sino tallarnos en sencillez y humildad para aprender de este maravilloso movimiento de mujeres que está cambiando el mundo.

 

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Viernes, 29 Diciembre 2017 10:37

“Sueño con despatriarcalizar la Iglesia”

“Sueño con despatriarcalizar la Iglesia”

El teólogo brasileño ostenta una enorme ventaja sobre los demás intelectuales que se reivindican de izquierda: vive de forma sencilla, rechaza los oropeles del poder y se ha mantenido alejado de toda institución, incluso de la eclesiástica desde que renunció a la institucionalidad de la Iglesia Católica. Aún discutibles, sus ideas son tan auténticas como el personaje que las enarbola, desapegado de toda pretensión de verdad y superioridad.


Es uno de los más destacados referentes de la izquierda en el mundo. Fundador de la teología de la liberación, teólogo, filósofo y ex sacerdote franciscano, Leonardo Boff estuvo en Montevideo para recibir una distinción de la Fundación Benedetti. En 1985 fue condenado a un año de “silencio” (suspensión a divinis) y apartado de todas sus funciones en el campo religioso por las ideas expuestas en el libro Iglesia: carisma y poder. Ironías de la vida, tres décadas después fue uno de los principales redactores de la encíclica papal Laudato Si (“alabado seas”, en español) con la cual el papa Francisco realiza una crítica frontal al capitalismo y al consumismo como responsables de la destrucción del planeta.


Con Brecha repasó algunas de sus principales propuestas para rejuvenecer la Iglesia Católica, que se pueden resumir en su polémica frase “despatriarcalizar la Iglesia”, que suena casi tan quimérica como la que pronuncia el gobierno boliviano en el sentido de “descolonizar el Estado”. No ahorró críticas a las izquierdas que se corrompieron durante su paso por los gobiernos, pero se mostró esperanzado en un triunfo electoral de Lula en octubre de 2018.


—En los últimos 30 años una porción de nuestros pueblos ha abrazado las religiones pentecostales. ¿Por qué razón se ha producido esta migración?

—Yo creo que la Iglesia Católica ha dejado un vacío, porque tiene una estructura muy piramidal, muy doctrinaria, por lo que no tiene una inserción directa en el pueblo, se ha hecho muy burocrática. Ese vacío ha sido aprovechado por los pentecostales, en particular entre los pobres que tienen necesidades urgentes. Las iglesias tienen una doble función: una religiosa y otra vinculada a los problemas de las familias, el alcoholismo, la violencia, y los evangélicos han dado respuestas a las familias y cohesión social a las comunidades, ya que han creado un sistema de ayuda mutua entre los pobres.
En Brasil hubo hasta 100 mil comunidades de base y hoy tenemos apenas 17 mil sacerdotes, cuando debíamos tener cinco veces más, por eso digo que los católicos hemos fracasado institucionalmente.


—¿Qué sucedió con las comunidades eclesiales de base en este período?
—Eran muy fuertes durante la dictadura militar porque la Iglesia servía como protección social y política. Pero en democracia aparecieron los partidos y los sindicatos, de modo que las comunidades se han hecho más invisibles, siguen existiendo pero no aparecen de un modo tan directo. Las comunidades habían creado una liturgia popular, una iglesia popular, una teología de la liberación vinculada a los más pobres que ahora aparece dispersa.


—Hoy se observa una presencia fuerte de la teología de la liberación sólo en el Movimiento Sin Tierra (Mst), mientras en el Partido de los Trabajadores (PT) y la Central Única de Trabajadores (Cut) esa presencia es más débil.
—Gran parte de los dirigentes del Mst vienen de las comunidades de base, y conservan una dimensión mística, a través de canciones, celebraciones y representaciones en cada reunión, lo que les da mucha fuerza en su lucha. Muchos de ellos vienen de nuestros seminarios y al ser un movimiento nacional les da mucha visibilidad; son los únicos que realizan grandes encuentros que otros movimientos de base no están en condiciones de realizar.


—El coordinador del Mst, João Pedro Stédile, dice que el impacto de la teología de la liberación pertenece a un período en el cual predominaban las familias nucleares y el empleo fijo en la industria, pero ahora predominan las familias donde sólo está la madre y el empleo precario. En las nuevas condiciones sociales los pentecostales parecen responder mejor a las demandas de la población de las favelas.
—Es así. Los evangélicos se focalizan en un evangelio de la prosperidad basado en el Antiguo Testamento e ignoran la opción por los pobres, hacen énfasis en resolver los problemas de forma inmediata con gran destaque en el éxito material. Cuando la población está dispersa, en el sentido de que hay poca organización social colectiva, este tipo de religiones los reúne de nuevo, les da un sentido de vida. Pero es también un reto para la izquierda, para poder trabajar con los excluidos, con los marginados, con los que es necesaria una nueva pedagogía.


—Usted está muy cerca del papa Francisco, incluso ha redactado partes de la encíclica Laudato Si. ¿Cree que Francisco podrá producir un viraje en la Iglesia, sobre todo entre los cristianos de los sectores populares? ¿Conseguirá revertir la influencia conservadora de los papados de Wojtila y Ratzinger?
—Del total de católicos en el mundo, sólo el 24 por ciento está en Europa. El 62 por ciento está en América Latina y los demás en países de Asia y África. El cristianismo es hoy una religión del Tercer Mundo. Creo que Francisco ha fundado una nueva genealogía de papas que vendrán de las nuevas iglesias que se han encarnado en las distintas culturas. Europa hace una oposición enorme porque está acostumbrada a papas faraones, con ritos y ceremonias fastuosas. Francisco es un pastor, no es un doctor. No habla como alguien que enseña y da lecciones, sino que busca abrazarse a la gente para darle esperanzas.
Francisco es muy crítico del capitalismo, como nunca lo ha sido ningún otro papa. Juan XXIII hizo una crítica teórica al capitalismo, pero Francisco hace una crítica concreta, se apoya en los movimientos sociales y denuncia los efectos dañinos del capitalismo. Ha introducido una primavera en la Iglesia con base en la teología de la liberación y la opción por los pobres. Rechaza el asistencialismo de las políticas sociales y defiende cambios estructurales. Creo que este será el camino de la Iglesia en el futuro.


—¿Hay que descolonizar la Iglesia?
—Creo que hay que despatriarcalizarla, desoccidentalizarla, quitarle la arrogancia de tener la exclusividad de la herencia de Jesús. Lo importante es que las iglesias se reconozcan mutuamente y entre todas sirvan al mundo. Hoy el problema fundamental, según Francisco, no es optar por tal o cual iglesia, sino por el planeta, la casa común de la humanidad. Lo más importante es salvar el planeta, porque si no lo hacemos, no hay futuro para ningún proyecto, sea eclesial o social.


—Pero Francisco es heredero de los sacerdotes del Tercer Mundo en Argentina, la corriente a la que perteneció el padre Carlos Mugica, asesinado por la Triple A, que se continúa ahora a través de los curas villeros, con los que tiene gran afinidad y sintonía. ¿En Brasil sobrevive algún sector de la Iglesia en esa misma orientación?
—Tenemos más o menos un millón de grupos que leen la Biblia y la discuten. Un millón de grupos que se reúnen todos los viernes, debaten y sacan conclusiones sobre la realidad del país, con mucha presencia en los colectivos de derechos humanos. Ahí está la vitalidad de la Iglesia y la verdadera teología de la liberación que no está en las cátedras. En mi generación éramos todos profesores y ahora somos los jurásicos del movimiento. El mes pasado nos reunimos en México y comprobamos la vitalidad de los jóvenes, y fue una sorpresa porque ellos trabajan focalizados en los indígenas, las mujeres, los Lgtb, son chicos que van más allá de la opción por los pobres.
Ese es el futuro del cristianismo, no ya el sindicato, sino nuevas organizaciones de base que pueden referenciarse en el PT pero no forman parte del partido.


—¿Qué medidas habría que tomar para despatriarcalizar la Iglesia Católica?
—La primera es abolir el celibato y hacerlo opcional. Tenemos una petición oficial de la Conferencia de Obispos de Brasil en ese sentido, por lo menos en la región amazónica, donde se propone que los casados puedan ser ordenados. La segunda es superar la arrogancia de tener la razón y la tercera es superar el doctrinarismo, la ortodoxia. El diálogo con otras religiones existe, pero siempre en una situación de superioridad con muy poca humildad. Creo que hay que apostar por pequeñas iglesias locales que se organicen en comunidades que se encarnen en las más diversas culturas. La Iglesia debería ser una red de esas iglesias locales y el papa sólo una referencia que va circulando por el mundo para animar a las comunidades.


— ¿Las mujeres tendrían algún papel?
—Los judíos abrieron la posibilidad de que las mujeres sean sacerdotisas y eso es muy bueno. No se trata de que ellas actúen como los hombres, sino que ejerzan como mujeres, con sus modos. El 70 por ciento de las comunidades de base son dirigidas por mujeres y lo hacen mucho mejor que los hombres porque tienen más sensibilidad y espiritualidad. No sólo hay un dios padre, sino una diosa madre. El papel de María nunca fue valorado en la Iglesia Católica.


—Los pentecostales están en una guerra contra las religiones afro, atacan los terreiros porque los consideran diabólicos. ¿Es posible asumir la cultura negra, no para integrarla sino para “negrizar” la Iglesia?
—Una de las cosas buenas de los últimos años es el reconocimiento de que los cultos afro no son ritos sino verdaderas religiones, que tienen sus propias teologías, con liturgias diferentes a las tradicionales de la Iglesia Católica. Son caminos diversos para llegar a Dios.


—En Brasil es evidente que la derecha está a la ofensiva, que están haciendo reformas muy regresivas, con movimientos como Escuela Sin Partido, que pretende incluso borrar la historia de Paulo Freire, con manifestaciones contra la presencia de (la filósofa posestructuralista) Judith Butler y atacando la idea de diversidad sexual. Sin embargo, desde la izquierda no se reconocen errores, no hay la menor autocrítica, toda la culpa de la derrota es de los otros.
—Cuando Lula aceptó hacer un gobierno de coalición con los demás partidos, entró en un proceso de corrupción al asumir la cultura política hegemónica, a través de negociaciones en las que se compran cargos y se ofrece dinero para proyectos. Lo peor es que dejó de lado una articulación orgánica con los movimientos sociales que lo llevaron al gobierno. Hubo un corte entre el Planalto y la planicie (se ríe). Fue el gran error del PT y de todas las izquierdas, se dejó de lado la formación política, los debates y llevaron a muchos dirigentes populares a cargos en el Estado, con lo que se terminaron de vaciar las organizaciones de base.
No realizaron una autocrítica pública, con el argumento de no darle armas al enemigo, pero es un error porque la verdad tiene mucha fuerza y la gente comprende. Hay que ser verdadero, la verdad tiene que triunfar y deben reconocer la corrupción. Esta falta de autocrítica provoca una gran desconfianza y desarticulación en las izquierdas.


—Cuando las izquierdas llegan al gobierno tienden a asumir la cultura de las clases dominantes, como sucedió en Rusia y en China, donde los dirigentes del partido se hicieron millonarios, pero también en Nicaragua. ¿La ética es suficiente para que no te pique la mosca azul de la corrupción, como dice Frei Betto?
—Yo creo que más importante que la ética es la espiritualidad, pero no en sentido religioso, sino como valores no tangibles que implican un nuevo paradigma de habitar la tierra, una sinergia con la tierra para crear una nueva civilización que no esté basada en la competencia sino en la solidaridad.


—Pero esa relación con la vida y la tierra no se encuentra en Occidente, sino que apenas sobrevive entre algunos pueblos indígenas y algunas comunidades negras. ¿No cree que estamos ante una crisis de la civilización moderna, occidental, capitalista?
—Nuestra civilización llegó a su fin. Consiguió todos sus objetivos, que giraban en torno a la dominación de la naturaleza y la vida, y todo eso lo convirtió en negocio, en mercancías, no para mejorar la vida sino para acumular. Por otro lado, nuestra civilización ya no tiene mecanismos para resolver los problemas que ella misma está creando.


—Es un estado de metástasis...
—Por eso la alternativa es cambiar o morir. Creo que quien va a derrotar al capitalismo no seremos nosotros, sino la tierra que empieza a negar las bases sobre las que se produce la acumulación capitalista.


—Podemos considerar a los movimientos sociales como especies de arcas de Noé, donde la parte de la población que los integra se prepara para el colapso civilizatorio y crea las bases para la reconstrucción de la humanidad sobre nuevas bases.
—Las arcas de Noé pueden ser islas y puertos desde donde crear un nuevo tipo de civilización, porque hay que tener claro que vendrá un calentamiento global abrupto que destruirá gran parte de la humanidad, y gran parte de la naturaleza también va a desaparecer. Los que han cambiado de mentalidad no deben reproducir lo viejo, sino crear lo nuevo, superando el antropocentrismo. La crisis actual no es una tragedia, sino un escenario de purificación y de creación.



Señas


Su verdadero nombre es Genésio Darci Boff. Nació en Concórdia (Brasil), en 1938. En 1970 se doctoró en teología y filosofía en la Universidad de Múnich. Ingresó en la Orden de los Frailes Menores, franciscanos, en 1959. Es doctor honoris causa en política por la Universidad de Turín (Italia) y en teología por la Universidad de Lund (Suecia). Es uno de los fundadores de la teología de la liberación, junto con Gustavo Gutiérrez Merino, y ha escrito más de sesenta libros (entre ellos Evangelio del Cristo Cósmico, El despertar del águila, La dignidad de la Tierra y el referido Iglesia: carisma y poder).

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Martes, 03 Octubre 2017 06:28

Lo que podemos aprender de Avon

Lo que podemos aprender de Avon

Avon y su instrumentalización de la mujer, una muestra más de cómo opera hoy el patriarcado capitalista.

 

Ver televisión se ha convertido para mí, con el paso del tiempo, en una experiencia extraña, de extrañamiento. No solo porque sucede ocasionalmente, ya que vivo (o he aprendido a vivir) sin televisor, sino porque, justamente estando rara vez sometido a su influencia, siempre que me topo con una pantalla ocurre una suerte de cortocircuito. Hay que esforzarse por rehacer el propio nicho ecológico en las urbes contemporáneas para percatarse, afectivamente hablando, de hasta qué punto es modificada nuestra percepción en la dinámica de existir-con las máquinas. Uno de los choques que con mayor fuerza me impacta tiene que ver con las temáticas fitness que atraviesan innumerables comerciales. “Aclara tus axilas”, “elimina barros y espinillas”, “luce un cabello sedoso”, “enriquecido con vitaminas”, “recomendado por expertos” o “dos de cada tres médicos lo recomiendan”, “estrena sonrisa”, “toma X y mantente activo”, “toma Y para sentirte bien/mejor”, “edúcate, no te quedes atrás”, son algunas de las consignas más recurrentes. Y si son consignas es en razón de que ordenan, dan órdenes, así el efecto para el “consumidor” sea el de la libertad de elección.

 

El patriarcado

 

Quizá estemos acostumbrados a asociar lo fitness con aquello que, contribuyendo a la buena salud, nos hace “lucir bien” o “conservar la línea, la figura”. No obstante, lo fitness puede devenir en modelo o paradigma para comprender un vasto conjunto de dinámicas ligadas al trabajo sobre el cuerpo, y al “mejoramiento” mental-corporal en general. Este tema, por supuesto, no es nuevo: en los escenarios filosóficos, sociológicos y antropológicos, pero también en los de las artes y las ciencias naturales, muchas teóricas feministas, hace décadas, han puesto en circulación el concepto “patriarcado” para hacer referencia a la manera en que, en Occidente, y por ende en el mundo entero, pues vivimos en un mundo caracterizado por la hegemonía occidental, ha primado una tendencia al control y la explotación de los cuerpos, en especial del de las mujeres, pero también del gran cuerpo de la naturaleza y de todos los seres fuertemente naturalizados: niños, “locos”, indígenas, personas racializadas como negras, animales, plantas, ríos, etcétera.

 

Control y explotación de la naturaleza que ha requerido establecer la primacía de la mente sobre el cuerpo (tan apreciada por Platón y Aristóteles), de lo divino frente a lo terrenal (tan apreciada en el medioevo cristiano) y del “racional” hombre blanco (“moderno”, “civilizado”, etc.) sobre su propio cuerpo, sobre los cuerpos de las mujeres y sobre las formas de vida no occidentales y no humanas en general (incluyendo esa hermosa dimensión inorgánica de la Vida que poco se suele mencionar). Así, actualmente el patriarcado llegó a convertirse, específicamente, en uno de corte capitalista y colonial, en el que se recrudece la explotación y se refinan las técnicas de gobierno sobre la Vida. Ahora bien, ¿en qué consiste la última reconfiguración del patriarcado capitalista occidental (es decir, colonial o imperial)? Aquí entra a jugar aquello que podemos aprender de Avon, pero también de los comerciales fitness que últimamente resultan increíblemente chocantes.

 

Los ataques con ácido como técnica política patriarcal

 

Esta historia comienza con Natalia Ponce de León, reconocida activista colombiana que, tras sufrir un ataque con ácido propinado por un hombre, creó una fundación que lleva su propio nombre, cuyo objetivo es “defender, promover y proteger los derechos humanos de las personas víctimas de ataques con químicos”, según se puede leer en su página de Internet. Los ataques con ácido, en los que Colombia desafortunadamente ocupa el tercer puesto a nivel mundial, son una famosa técnica política patriarcal de control sobre los cuerpos de las mujeres. El ácido destroza los cuerpos de aquellas que se niegan a ocupar los lugares esperados por el patriarcado, o, en otras palabras, es cuando los hombres perciben su dominio menguado que ponen en funcionamiento esta técnica de control, deseando demostrar con ello, espantosa y radicalmente, que las mujeres no son “dueñas de sus vidas”. Por supuesto, es recurrente, parte del funcionamiento de tal técnica política, que cada vez que ocurre un ataque con ácido éste se reduzca a una cuestión “psicológica” o “individual”, sea a causa de los “celos”, la “locura del amor”, la “obsesión”, etcétera.

 

Natalia Ponce, a pesar de saber que la violencia del ácido está asociada a formas de violencia patriarcales mucho más imperceptibles, es decir, a otras técnicas de control, recientemente inició una campaña con la Fundación Avon para la Mujer.

 

Como parte de la campaña vemos que a lo largo y ancho de la ciudad de Bogotá se han desplegado afiches donde aparece la propia Natalia Ponce, maquillada y sonriente, junto con mensajes como: “¿Te hace sentir culpable? Es violencia” o “¿Te maltrata verbalmente? Es violencia”. Como es de esperarse, para muchas personas resulta inmediatamente chocante, aunque “conmovedor” e “inspirador”, el contraste entre el “desfigurado” rostro y el maquillaje. Y es que la historia de Natalia no puede sino despertarnos pasiones encontradas en un mundo donde la imagen y su circulación juegan un rol central. Sea como fuere, en esto coincido con parte del “sentido común”, creo que Natalia verdaderamente nos enseña cosas valiosas, pues, al contrario de lo que se espera con el despliegue de las técnicas de control patriarcales (sea el ataque con ácido, la culpa, el interrumpir al hablar o no escuchar, la violación, etc.), ella ha emprendido una ardua lucha por “reapropiarse” de su cuerpo, de su imagen, de su vida, e incentivar a otras mujeres para que lo hagan, lo cual no es nada fácil. De ella admiramos su increíble fuerza vital. Sin embargo, para nuestro pesar, parece que Avon, a su vez y de manera tremendamente refinada, ha logrado capturar parte de esa fuerza vital con la finalidad de ponerla al servicio del (reconfigurado) patriarcado capitalista occidental una vez más.

 

La biorregulación, o Avon y el patriarcado capitalista fitness

 

La Fundación Avon para la Mujer pertenece a Avon Products Inc., una empresa multinacional, con presencia en más de 120 países, dedicada al negocio de los cosméticos y otros productos como perfumes y joyas. Su mercado se instala en la zona fronteriza de la “salud” y la “belleza”. Aunque parezca baladí recordarlo, Avon es una empresa, una de tamaños colosales, cuya principal preocupación, como sucede con toda empresa colosal, es la obtención y acumulación indefinida de capital, lo cual implica, necesariamente, la explotación y el control de las energías de las trabajadoras y trabajadores, y de la naturaleza, que es de donde proceden sus productos. Avon es, igualmente, un caso paradigmático de lo que líneas atrás llamé fitness, a saber, ese vasto conjunto de dinámicas ligadas al trabajo sobre el cuerpo y al “mejoramiento” mental-corporal en general. De ahí que “salud” y “belleza” se crucen con el discurso del “empoderamiento” de las mujeres, del ser cada vez “más bellas”, “más fuertes”, “más independientes” y “más sanas”. Que la publicidad emplee los cuerpos de las mujeres, con el objetivo de incrementar las ganancias de las empresas, no es una novedad, esto sucede tanto con empresas que venden productos para las mujeres mismas como con empresas que no, lo cual, en efecto, es una de las múltiples maneras en que el patriarcado capitalista usa, vende, intercambia, expone, explota y consume los cuerpos femeninos, pero el caso de Avon va más allá.

 

Avon no solo pone en circulación los cuerpos de las mujeres de la manera ya mencionada, sino que, al tiempo, regula y modela los cuerpos de sus propias trabajadoras y consumidoras. Michel Foucault, el conocido intelectual francés, propuso en su curso Defender la sociedad dos conceptos que nos ayudan a comprender mejor este fenómeno. Según él, en determinados momentos del desarrollo capitalista, aparecieron un par de tecnologías políticas que permiten regular, gobernar y explotar los cuerpos y las energías, las fuerzas, de los sujetos: la biorregulación (o biopolítica) y la organodisciplina (o anatomopolítica). Mientras la organodisciplina se pone en marcha en espacios cerrados y sobre sujetos precisos (por ejemplo en la escuela, el hospital (mental), etc.), la biorregulación se ejerce sobre poblaciones enteras a través, por ejemplo, de programas de salud pública, y está relacionada con el gobierno de los grandes fenómenos vitales de cualquier viviente: nacimiento, vejez, enfermedad, muerte, etcétera. Por cierto, tanto la biorregulación como la organodisciplina son necesarias en un contexto donde se requieren trabajadores con unos mínimos vitales, o incluso con una vida cualificada, para desempeñar ciertas labores y además consumir ciertos productos. El Estado-mercado capitalista patriarcal, evidentemente, no se ocupa de la vida de la población y de la naturaleza por motivos “altruistas”. Adicionalmente, estas tecnologías presuponen una adaptación conveniente de la jerga de la biología evolutiva, en donde los problemas son los de la “adaptación del más sano y fuerte”, el “mejoramiento”, la “lucha por la supervivencia”, etcétera. Toda una competencia por la vida entre individuos y grupos que, como sabemos desde la escuela, el capitalismo no cesa de incentivar.

 

Pues bien, la novedad acá radica en que el patriarcado capitalista fitness, en el marco de un ambiente tamizado jurídica y militarmente por el Estado, promueve formas de biorregulación donde la cuestión “salud” y el “mejoramiento” mental-corporal en general las delega a las empresas privadas. Avon es una gran prueba de ello, su interés en las mujeres no es un interés feminista por echar abajo al patriarcado capitalista occidental, simplemente necesita invertir un mínimo para que existan ciertas mujeres que consuman sus propios productos y a su vez los vendan. Recordemos que Avon “emplea” a innumerables mujeres en todo el mundo.

 

En síntesis, Avon necesita con vida, e incluso con unos mínimos de vida “saludable”, a las mujeres de las que extrae todas sus energías y ganancias. Eso explica en gran medida su Fundación y sus campañas en pro del “empoderamiento”, contra el cáncer de seno y contra la “violencia doméstica”, como la campaña realizada en alianza con la Fundación Natalia Ponce de León.

 

No obstante, como es bien sabido, en la lucha capitalista por la vida no todas las mujeres pueden comprar y usar los productos de Avon, ni todas pueden si quiera tener unos mínimos vitales. ¡Pero claro! Si de ingresos se trata, Avon “empodera” a las mujeres con trabajos precarios que consisten en vender productos voz a voz y, de paso, fagocitar las capacidades relacionales y afectivas que pueden darse entre ellas. Y se atreve a llamarlas “empresarias” y “emprendedoras”. En sentido estricto, ni si quiera las reconoce como obreras. Y, ¡vaya sorpresa!, las más afectadas son siempre las mujeres que se alejan del ideal occidental: las pobres, las indígenas, las ancianas, las de los países “periféricos”, las que no cumplen con determinadas “capacidades” y estándares corporales, etcétera. Esto, aunado al uso de las imágenes de sus cuerpos para el incremento de ganancias (así se trate de “diferentes formas de ser mujer”) y al estimulado hiperconsumo que está devastando nuestro planeta, hace de Avon una muestra más de cómo opera hoy el patriarcado capitalista. Por ello, el presente texto es escrito, al tiempo, en complicidad con mujeres como Natalia y contra empresas como Avon.

Publicado enColombia
Martes, 26 Septiembre 2017 15:03

Lo que podemos aprender de Avon

Lo que podemos aprender de Avon

Avon y su instrumentalización de la mujer, una muestra más de cómo opera hoy el patriarcado capitalista.

 

Ver televisión se ha convertido para mí, con el paso del tiempo, en una experiencia extraña, de extrañamiento. No solo porque sucede ocasionalmente, ya que vivo (o he aprendido a vivir) sin televisor, sino porque, justamente estando rara vez sometido a su influencia, siempre que me topo con una pantalla ocurre una suerte de cortocircuito. Hay que esforzarse por rehacer el propio nicho ecológico en las urbes contemporáneas para percatarse, afectivamente hablando, de hasta qué punto es modificada nuestra percepción en la dinámica de existir-con las máquinas. Uno de los choques que con mayor fuerza me impacta tiene que ver con las temáticas fitness que atraviesan innumerables comerciales. “Aclara tus axilas”, “elimina barros y espinillas”, “luce un cabello sedoso”, “enriquecido con vitaminas”, “recomendado por expertos” o “dos de cada tres médicos lo recomiendan”, “estrena sonrisa”, “toma X y mantente activo”, “toma Y para sentirte bien/mejor”, “edúcate, no te quedes atrás”, son algunas de las consignas más recurrentes. Y si son consignas es en razón de que ordenan, dan órdenes, así el efecto para el “consumidor” sea el de la libertad de elección.

 

El patriarcado

 

Quizá estemos acostumbrados a asociar lo fitness con aquello que, contribuyendo a la buena salud, nos hace “lucir bien” o “conservar la línea, la figura”. No obstante, lo fitness puede devenir en modelo o paradigma para comprender un vasto conjunto de dinámicas ligadas al trabajo sobre el cuerpo, y al “mejoramiento” mental-corporal en general. Este tema, por supuesto, no es nuevo: en los escenarios filosóficos, sociológicos y antropológicos, pero también en los de las artes y las ciencias naturales, muchas teóricas feministas, hace décadas, han puesto en circulación el concepto “patriarcado” para hacer referencia a la manera en que, en Occidente, y por ende en el mundo entero, pues vivimos en un mundo caracterizado por la hegemonía occidental, ha primado una tendencia al control y la explotación de los cuerpos, en especial del de las mujeres, pero también del gran cuerpo de la naturaleza y de todos los seres fuertemente naturalizados: niños, “locos”, indígenas, personas racializadas como negras, animales, plantas, ríos, etcétera.

 

Control y explotación de la naturaleza que ha requerido establecer la primacía de la mente sobre el cuerpo (tan apreciada por Platón y Aristóteles), de lo divino frente a lo terrenal (tan apreciada en el medioevo cristiano) y del “racional” hombre blanco (“moderno”, “civilizado”, etc.) sobre su propio cuerpo, sobre los cuerpos de las mujeres y sobre las formas de vida no occidentales y no humanas en general (incluyendo esa hermosa dimensión inorgánica de la Vida que poco se suele mencionar). Así, actualmente el patriarcado llegó a convertirse, específicamente, en uno de corte capitalista y colonial, en el que se recrudece la explotación y se refinan las técnicas de gobierno sobre la Vida. Ahora bien, ¿en qué consiste la última reconfiguración del patriarcado capitalista occidental (es decir, colonial o imperial)? Aquí entra a jugar aquello que podemos aprender de Avon, pero también de los comerciales fitness que últimamente resultan increíblemente chocantes.

 

Los ataques con ácido como técnica política patriarcal

 

Esta historia comienza con Natalia Ponce de León, reconocida activista colombiana que, tras sufrir un ataque con ácido propinado por un hombre, creó una fundación que lleva su propio nombre, cuyo objetivo es “defender, promover y proteger los derechos humanos de las personas víctimas de ataques con químicos”, según se puede leer en su página de Internet. Los ataques con ácido, en los que Colombia desafortunadamente ocupa el tercer puesto a nivel mundial, son una famosa técnica política patriarcal de control sobre los cuerpos de las mujeres. El ácido destroza los cuerpos de aquellas que se niegan a ocupar los lugares esperados por el patriarcado, o, en otras palabras, es cuando los hombres perciben su dominio menguado que ponen en funcionamiento esta técnica de control, deseando demostrar con ello, espantosa y radicalmente, que las mujeres no son “dueñas de sus vidas”. Por supuesto, es recurrente, parte del funcionamiento de tal técnica política, que cada vez que ocurre un ataque con ácido éste se reduzca a una cuestión “psicológica” o “individual”, sea a causa de los “celos”, la “locura del amor”, la “obsesión”, etcétera.

 

Natalia Ponce, a pesar de saber que la violencia del ácido está asociada a formas de violencia patriarcales mucho más imperceptibles, es decir, a otras técnicas de control, recientemente inició una campaña con la Fundación Avon para la Mujer.

 

Como parte de la campaña vemos que a lo largo y ancho de la ciudad de Bogotá se han desplegado afiches donde aparece la propia Natalia Ponce, maquillada y sonriente, junto con mensajes como: “¿Te hace sentir culpable? Es violencia” o “¿Te maltrata verbalmente? Es violencia”. Como es de esperarse, para muchas personas resulta inmediatamente chocante, aunque “conmovedor” e “inspirador”, el contraste entre el “desfigurado” rostro y el maquillaje. Y es que la historia de Natalia no puede sino despertarnos pasiones encontradas en un mundo donde la imagen y su circulación juegan un rol central. Sea como fuere, en esto coincido con parte del “sentido común”, creo que Natalia verdaderamente nos enseña cosas valiosas, pues, al contrario de lo que se espera con el despliegue de las técnicas de control patriarcales (sea el ataque con ácido, la culpa, el interrumpir al hablar o no escuchar, la violación, etc.), ella ha emprendido una ardua lucha por “reapropiarse” de su cuerpo, de su imagen, de su vida, e incentivar a otras mujeres para que lo hagan, lo cual no es nada fácil. De ella admiramos su increíble fuerza vital. Sin embargo, para nuestro pesar, parece que Avon, a su vez y de manera tremendamente refinada, ha logrado capturar parte de esa fuerza vital con la finalidad de ponerla al servicio del (reconfigurado) patriarcado capitalista occidental una vez más.

 

La biorregulación, o Avon y el patriarcado capitalista fitness

 

La Fundación Avon para la Mujer pertenece a Avon Products Inc., una empresa multinacional, con presencia en más de 120 países, dedicada al negocio de los cosméticos y otros productos como perfumes y joyas. Su mercado se instala en la zona fronteriza de la “salud” y la “belleza”. Aunque parezca baladí recordarlo, Avon es una empresa, una de tamaños colosales, cuya principal preocupación, como sucede con toda empresa colosal, es la obtención y acumulación indefinida de capital, lo cual implica, necesariamente, la explotación y el control de las energías de las trabajadoras y trabajadores, y de la naturaleza, que es de donde proceden sus productos. Avon es, igualmente, un caso paradigmático de lo que líneas atrás llamé fitness, a saber, ese vasto conjunto de dinámicas ligadas al trabajo sobre el cuerpo y al “mejoramiento” mental-corporal en general. De ahí que “salud” y “belleza” se crucen con el discurso del “empoderamiento” de las mujeres, del ser cada vez “más bellas”, “más fuertes”, “más independientes” y “más sanas”. Que la publicidad emplee los cuerpos de las mujeres, con el objetivo de incrementar las ganancias de las empresas, no es una novedad, esto sucede tanto con empresas que venden productos para las mujeres mismas como con empresas que no, lo cual, en efecto, es una de las múltiples maneras en que el patriarcado capitalista usa, vende, intercambia, expone, explota y consume los cuerpos femeninos, pero el caso de Avon va más allá.

 

Avon no solo pone en circulación los cuerpos de las mujeres de la manera ya mencionada, sino que, al tiempo, regula y modela los cuerpos de sus propias trabajadoras y consumidoras. Michel Foucault, el conocido intelectual francés, propuso en su curso Defender la sociedad dos conceptos que nos ayudan a comprender mejor este fenómeno. Según él, en determinados momentos del desarrollo capitalista, aparecieron un par de tecnologías políticas que permiten regular, gobernar y explotar los cuerpos y las energías, las fuerzas, de los sujetos: la biorregulación (o biopolítica) y la organodisciplina (o anatomopolítica). Mientras la organodisciplina se pone en marcha en espacios cerrados y sobre sujetos precisos (por ejemplo en la escuela, el hospital (mental), etc.), la biorregulación se ejerce sobre poblaciones enteras a través, por ejemplo, de programas de salud pública, y está relacionada con el gobierno de los grandes fenómenos vitales de cualquier viviente: nacimiento, vejez, enfermedad, muerte, etcétera. Por cierto, tanto la biorregulación como la organodisciplina son necesarias en un contexto donde se requieren trabajadores con unos mínimos vitales, o incluso con una vida cualificada, para desempeñar ciertas labores y además consumir ciertos productos. El Estado-mercado capitalista patriarcal, evidentemente, no se ocupa de la vida de la población y de la naturaleza por motivos “altruistas”. Adicionalmente, estas tecnologías presuponen una adaptación conveniente de la jerga de la biología evolutiva, en donde los problemas son los de la “adaptación del más sano y fuerte”, el “mejoramiento”, la “lucha por la supervivencia”, etcétera. Toda una competencia por la vida entre individuos y grupos que, como sabemos desde la escuela, el capitalismo no cesa de incentivar.

 

Pues bien, la novedad acá radica en que el patriarcado capitalista fitness, en el marco de un ambiente tamizado jurídica y militarmente por el Estado, promueve formas de biorregulación donde la cuestión “salud” y el “mejoramiento” mental-corporal en general las delega a las empresas privadas. Avon es una gran prueba de ello, su interés en las mujeres no es un interés feminista por echar abajo al patriarcado capitalista occidental, simplemente necesita invertir un mínimo para que existan ciertas mujeres que consuman sus propios productos y a su vez los vendan. Recordemos que Avon “emplea” a innumerables mujeres en todo el mundo.

 

En síntesis, Avon necesita con vida, e incluso con unos mínimos de vida “saludable”, a las mujeres de las que extrae todas sus energías y ganancias. Eso explica en gran medida su Fundación y sus campañas en pro del “empoderamiento”, contra el cáncer de seno y contra la “violencia doméstica”, como la campaña realizada en alianza con la Fundación Natalia Ponce de León.

 

No obstante, como es bien sabido, en la lucha capitalista por la vida no todas las mujeres pueden comprar y usar los productos de Avon, ni todas pueden si quiera tener unos mínimos vitales. ¡Pero claro! Si de ingresos se trata, Avon “empodera” a las mujeres con trabajos precarios que consisten en vender productos voz a voz y, de paso, fagocitar las capacidades relacionales y afectivas que pueden darse entre ellas. Y se atreve a llamarlas “empresarias” y “emprendedoras”. En sentido estricto, ni si quiera las reconoce como obreras. Y, ¡vaya sorpresa!, las más afectadas son siempre las mujeres que se alejan del ideal occidental: las pobres, las indígenas, las ancianas, las de los países “periféricos”, las que no cumplen con determinadas “capacidades” y estándares corporales, etcétera. Esto, aunado al uso de las imágenes de sus cuerpos para el incremento de ganancias (así se trate de “diferentes formas de ser mujer”) y al estimulado hiperconsumo que está devastando nuestro planeta, hace de Avon una muestra más de cómo opera hoy el patriarcado capitalista. Por ello, el presente texto es escrito, al tiempo, en complicidad con mujeres como Natalia y contra empresas como Avon.

Publicado enEdición Nº239
Rita Segato

 

Rita Segato es doctora en Antropología e investigadora. Es, probablemente, una de las pensadoras feministas más lúcidas de esta época. Y tal vez de todas las épocas.

 

Ha escrito innumerables trabajos a partir de su investigación con violadores en la penitenciaría de Brasilia, como perito antropológico y de género en el histórico juicio de Guatemala en el que se juzgó y condenó por primera vez a miembros del Ejército por los delitos de esclavitud sexual y doméstica contra mujeres mayas de la etnia q’eqchi, y fue convocada a Ciudad Juárez a exponer su interpretación en torno a los cientos de femicidios perpetrados en esa ciudad. Su currículum es largo e impresionante.

Más allá de todo prejuicio escandalizador, Segato ha propuesto una mirada profunda sobre la violencia letal sobre las mujeres, entendiendo a los femicidios como una problemática que trasciende a los géneros para convertirse en un síntoma, o mejor dicho, en una expresión de una sociedad que necesita de una “pedagogía de la crueldad” para destruir y anular la compasión, la empatía, los vínculos y el arraigo local y comunitario. Es decir todos esos elementos que se convierten en obstáculo en un capitalismo “de rapiña”, que depende de esa pedagogía de la crueldad para aleccionar. Es, en ese sentido, que el ejercicio de la crueldad sobre el cuerpo de las mujeres, pero que también se extiende a crímenes homofóbicos o trans, todas esas violencias “no son otra cosa que el disciplinamiento que las fuerzas patriarcales imponen a todos los que habitamos ese margen de la política, de crímenes del patriarcado colonial moderno de alta intensidad, contra todo lo que lo desestabiliza” (*). En esos cuerpos se escribe el mensaje aleccionador que ese capitalismo patriarcal de alta intensidad necesita imponer a toda la sociedad.

No es tarea sencilla entrevistar a Rita, que es una especie de torbellino, capaz de enlazar con extrema claridad y sutileza los argumentos más complejos. Se toma su tiempo para responder, analiza cada pregunta, la desgrana, profundiza y vuelve a empezar con una vuelta de tuerca sobre cada concepto. Tiene su propio ritmo y seguirlo puede ser un desafío.

 

- En el marco del alarmante crecimiento de los casos de violencia de género, ¿podría profundizar en el concepto que desarrolló de que la violencia letal sobre la mujer es un síntoma de la sociedad?

 

-Desigualdad de género, control sobre el cuerpo de la mujer, desde mi perspectiva, hay otras feministas que no coinciden, acompañan la historia de la humanidad. Sólo que, contrariamente a lo que pensamos y a eso que yo llamo prejuicio positivo con relación a la modernidad, imaginamos que la humanidad camina en la dirección contraria. Pero los datos no confirman eso, al contrario, van en aumento. Entonces tenemos que entender cuáles son las circunstancias contextuales e históricas. Una de las dificultades, de las fallas del pensamiento feminista es creer que el problema de la violencia de género es un problema de los hombres y las mujeres. Y en algunos casos, hasta de un hombre y una mujer. Y yo creo que es un síntoma de la historia, de las vicisitudes por la que pasa la sociedad. Y ahí pongo el tema de la precariedad de la vida. La vida se ha vuelto inmensamente precaria, y el hombre, que por su mandato de masculinidad, tiene la obligación de ser fuerte, de ser el potente, no puede más y tiene muchas dificultades para poder serlo. Y esas dificultades no tienen que ver como dicen por ahí, porque está afectado por el empoderamiento de las mujeres, que es un argumento que se viene utilizando mucho, que las mujeres se han empoderado y que los hombres se han debilitado por ello y por lo tanto reaccionan así... No. Lo que debilita a los hombres, lo que los precariza y los transforma en sujetos impotentes es la falta de empleo, la inseguridad en el empleo cuando lo tienen, la precariedad de todos los vínculos, el desarraigo de varias formas, el desarraigo de un medio comunitario, familiar, local... en fin, el mundo se mueve de una manera que no pueden controlar y los deja en una situación de precariedad, pero no como consecuencia del empoderamiento de las mujeres, sino como una consecuencia de la precarización de la vida, de la economía, de no poder educarse más, leer más, tener acceso a diversas formas de bienestar. Y eso también va en dirección de otra cosa que vengo afirmando: que hay formas de agresión entre varones que son también violencia de género. Yo afirmo que los varones son las primeras víctimas del mandato de masculinidad. Con esto no estoy queriendo decir que son víctimas de las mujeres, y quiero dejarlo bien en claro porque se me ha entendido de una manera equivocada muchas veces. Estoy diciendo que son víctimas de un mandato de masculinidad y una estructura jerárquica como es la estructura de la masculinidad. Son víctimas de otros hombres, no de las mujeres. Y esto también quiero dejarlo en claro, no es que el hombre se volvió impotente porque las mujeres se potencian, sino que se volvió impotente porque la vida se volvió precaria y los deja impotentes.

 

- Muchas mujeres reciben esta violencia como algo normal. ¿Por qué?

 

- Por eso, sobre todo en España, al principio, cuando en las primeras campañas por los derechos de la mujer empezaron a aparecer estas mujeres golpeadas en la televisión, fue muy fuerte y causó mucho impacto. Plantear que la violencia doméstica es un crimen creo que fue el mayor avance de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (Cedaw), es decir, que algo que es una costumbre puede ser un crimen. Es dificilísimo sobre todo en el campo del derecho dar ese paso, porque el derecho es como la santificación de todo lo que es la costumbre como ley. Pero la Cedaw dice: esta costumbre es un crimen, no puede ser transformada en ley. En ese caso de la violencia doméstica, de las violaciones domésticas se ha marchado en el camino de comprender que es un crimen. Ahora, lo que nos da a nosotros una pauta, una luz para entender mejor todo ese tema, es que cuando hay un óbito, cuando aparece un cuerpo, un asesinato de mujer nunca fue natural, ni antes ni ahora ni nunca. Y ahí vemos que hay una dificultad del derecho y del Estado en ganar terreno en este campo. Porque, sin ninguna duda, están en aumentando cada vez los feminicidios, ese verdadero genocidio de mujeres que estamos viviendo, de varias formas. Y eso lo sabemos porque ya hay más de 10 años de estadísticas en la mayor parte de los países. Y además el avance en lo legal y lo forense respalda esta afirmación.

 

- Usted plantea que la violación es un acto disciplinador, un crimen de poder. ¿Qué se juega el agresor sexual en esos casos?

 

-Bueno, ese concepto es de altísima complejidad. Le cuesta mucho a la sociedad comprender a qué apunto. Mucha gente de bien, muy moral, saltó contra esto e intenta rápidamente diferenciarse de ese sujeto que considera anómalo, criminal, inmoral, en fin todo lo malo que se deposita en ese sujeto, en ese chivo expiatorio que es el agresor... y los otros hombres se salvan y dicen yo no soy eso. Yo eso lo pongo bajo un signo de interrogación. Yo creo que aquel último gesto que es un crimen, es producto de una cantidad de gestos menores que están en la vida cotidiana y que no son crímenes, pero son agresiones también. Y que hacen un caldo de cultivo para causar este último grado de agresión que sí está tipificado como crimen... pero que jamás se sucedería si la sociedad no fuera como es. Se sucedería en un psicópata, pero la mayor cantidad de violaciones y de agresiones sexuales a mujeres no son hechas por psicópatas, sino por personas que están en una sociedad que practica la agresión de género de mil formas pero que no podrán nunca ser tipificadas como crímenes. Por eso mi argumento no es un argumento antipunitivista de la forma clásica, en el sentido de que no se debe punir o sentenciar. Sí tiene que haber leyes y sentencias que sólo algunas veces llegan a materializarse. Pero en nuestros países sobre todo, en el mundo entero, pero especialmente en América Latina, de todos los ataques contra la vida, no solamente los de género sino de todos en general, los que llegan a una sentencia son una proporción mínima. La eficacia material del derecho es ficcional, es un sistema de creencias, creemos que el derecho lleva a una condena. Pero claro que tiene que existir, el derecho, todo el sistema legal, el justo proceso y la punición. Lo que yo digo es que la punición, la sentencia no va a resolver el problema, porque el problema se resuelve allá abajo, donde está la gran cantidad de agresiones que no son crímenes, pero que van formando la normalidad de la agresión. Ninguno tomaría ese camino si no existiera ese caldo de cultivo.

 

- ¿Y por qué algunos hombres toman ese camino y otros no? Porque si es un problema social ¿no afectaría a todos por igual?

 

- Y bueno, porque somos todos diferentes... yo no te puedo responder eso. Lo que sí te puedo asegurar es que los índices serían muchos menores si atacáramos la base, o sea, el hábito, las prácticas habituales. Tampoco hablo de una cultura de la violación, porque se habla mucho de eso, sobre todo en Brasil. Se habla mucho de una cultura violadora. Está bien, pero cuidado con la culturalización, porque el culturalismo, en el abordaje de estos temas, le da un marco de “normalidad”, de costumbre. Como se hace con el racismo por ejemplo... es una costumbre. Yo tengo mucho miedo a esas palabras que terminan normalizando estas cuestiones.

 

- En relación a este tema, sobre que la violación es un crimen de poder, disciplinador, eso ¿se juega de la misma manera en el caso de los abusos de menores? Ya que generalmente los niños son abusados en su mayoría en las relaciones intrafamiliares o por integrantes de sus círculos cercanos, ¿se puede hacer una misma lectura o es distinto el análisis?

 

-Yo creo que es un análisis distinto, porque ahí si entra la libido de una forma en que yo no creo que entra en las violaciones de mujeres. Yo no he investigado mucho ese tema, lo que sí puedo decir al respecto es que el agresor, el violador, el asediador en la casa lo hace porque puede. Porque también existe una idea de la paternidad que proviene de una genealogía muy antigua, que es el pater familias, como es en el Derecho Romano, que no era como lo concebimos hoy, como un padre, una relación parental. Sino que el padre era el propietario de la mujer, de los hijos y de los esclavos, todos en el mismo nivel. Entonces eso que ya no es más así, pero que en la genealogía de la familia, como la entendemos, persiste... la familia occidental, no la familia indígena. Pero sí la familia occidental, que tiene por debajo en sus orígenes la idea de la dueñidad del padre. Entonces, eso aun está muy patente. Tengo estudiantes que han trabajado este tema. Por ejemplo, el caso de un pastor evangélico que violaba a todas sus hijas, y lo que sale de ese estudio es que el hombre, en su interpretación, era dueño de esos cuerpos. Eso es algo que no está más en la ley, pero sí en la costumbre. Y el violador también es alguien que tiene que mostrarse dueño, en control de los cuerpos. Entonces el violador doméstico es alguien que accede a esos cuerpos porque considera que le pertenecen. Y el violador de calle es alguien que tiene que demostrar a sus pares, a los otros, a sus compinches, que es capaz. Son variantes de lo mismo, que es la posesión masculina como dueña, como necesariamente potente, como dueño de la vida.

 

- En su experiencia, ¿el violador se puede recuperar de alguna forma, con la cárcel o con algún tratamiento?

 

- Nunca vi un trabajo de reflexión, no lo podemos saber porque el trabajo que debemos hacer en la sociedad que es primero entender y luego reflexionar nunca fue hecho. Sólo después de hacer el trabajo que está pendiente todavía de hacer en el sistema penitenciario, podemos llegar a ese punto. No hay elementos suficientes. No estoy hablando de psicópatas. Porque, a diferencia de lo que dicen los diarios, la mayor parte de las agresiones sexuales no son perpetradas por psicópatas. Los mayores perpetradores son sujetos ansiosos por demostrar que son hombres. Si no se comprende qué papel tiene la violación y la masacre de mujeres en el mundo actual, no vamos a encontrar soluciones.

 

Quedan pendientes tantos temas... hablar, por ejemplo, sobre el papel de los medios que, según sus propias palabras, colaboran con exhibir públicamente la agresión a las mujeres hasta el hartazgo, haciendo de la victimización de las mujeres un espectáculo de fin de tarde o después de misa, reproduciendo hasta el hartazgo los detalles más morbosos y funcionando así como el “brazo ideológico de la estrategia de la crueldad”.... Esos y tantos otros. Será en otra oportunidad. La estaremos esperando.

 

*Extracto del libro “La guerra contra las mujeres”, de Rita Segato.

 

Por Florencia Vizzi y Alejandra Ojeda Garnero para el portal agenciadenoticias.org

 

 

 

Publicado enSociedad
Feminismo comunitario-Bolivia. Un feminismo útil para la lucha de los pueblos

 

El feminismo comunitario no es una teoría, es una acción política que se nombra, pero por supuesto hemos aprendido que además de luchar por el territorio, además de luchar en las calles, hay que luchar en el territorio de las palabras, hay que disputar la hegemonía de los sentidos y significados del pensamiento eurocéntrico.

 

El feminismo comunitario fue parido en Bolivia dentro del proceso de cambio llevado adelante por un pueblo que quiere vivir con dignidad, un pueblo que está cuestionando al sistema patriarcal, capitalista, neoliberal, colonial, transnacional, un pueblo comprometido con la despatriarcalización, la descolonización y la autonomía. El feminismo comunitario no es una teoría, es una acción política que se nombra pero, por supuesto, hemos aprendido que además de luchar por el territorio, además de luchar en las calles, hay que luchar en el territorio de las palabras, hay que disputar la hegemonía de los sentidos y significados del pensamiento eurocéntrico. Consecuentes con esa lucha, nos llamamos feministas y construimos nuestros propios conceptos como un acto de autonomía epistemológica.

El feminismo comunitario hoy es un movimiento en Abya Yala que articula a hermanas de Argentina, Chile, Bolivia y México; es entonces una herramienta de articulación y lucha. Desde este feminismo que construimos cada día, creemos que sería injusto hablar de un movimiento feminista en América Latina y el Caribe, sí podemos hablar de colectivos y organizaciones, también de académicas y “estudiosas” que, en conjunto, no han logrado articularse pues siguen construyendo desde un feminismo colonizado y colonizante, sobre categorías insuficientes y fragmentadas, haciendo luchas temáticas, por los derechos, por la diversidad, por la inclusión, alejándose de la lucha contra el sistema. Hablamos de un feminismo que, al dejar de nombrar y de ver al patriarcado, o al reducirlo a la relación de los hombres hacia las mujeres, ha perdido la perspectiva revolucionaria y se ha vuelto funcional a éste.

Establecemos que, en la actualidad, no hay un movimiento feminista, hecho que hemos constatado en el XIII Encuentro Feminista de América Latina y el Caribe EFLAC, realizado en Perú en noviembre de 2014 desde la institucionalidad de las ONGs. Encuentro al cual asistimos evidenciando la carencia no sólo de propuestas sino de rebeldía y capacidad de soñar. Creemos que es posible identificar algunos de los desafíos que hoy convocan a las feministas que decidan asumir la responsabilidad política de luchar contra el sistema patriarcal. Descolonizar el feminismo Para el feminismo comunitario el feminismo es la lucha de cualquier mujer, en cualquier parte del mundo, en cualquier tiempo de la historia, que lucha, se rebela y propone ante un patriarcado que la oprime o que pretende oprimirla.

Entonces, descolonizar el feminismo es dejar de pensar, únicamente, desde los parámetros y categorías del feminismo eurocéntrico o de fechas como la revolución Francesa, porque han demostrado ser insuficientes y se han encerrado en un sistema de derechos que, en realidad, encubre los privilegios de unas y unos pocos frente a las opresiones de las mayorías. Descolonizar el feminismo es dejar de pensar desde la dicotomía del colonizador y el colonizado, es dejar de asumir el tiempo como lineal y el pensamiento como superador de las luchas, la clase como explicación suficiente y la posmodernidad como proyecto político.

Descolonizar el feminismo es volver a mirar al patriarcado en su complejidad. Para el feminismo comunitario el patriarcado es el sistema de todas las opresiones, no es un sistema más, es el sistema que oprime a la humanidad (mujeres, hombres y personas intersexuales) y a la naturaleza, construido históricamente y todos los días sobre el cuerpo de las mujeres. Descolonizar el feminismo ha sido, para nosotras, pensarnos frente al patriarcado recuperando la memoria larga de nuestros pueblos aymaras, huicholes, quechuas, mapuches, tzotziles, tzeltales, para construir un proyecto político de sociedad y de mundo, la comunidad y la comunidad de comunidades. Un desafío para el feminismo es dejar de dar solamente cuenta de las opresiones.

No basta un feminismo de las explicaciones, hay que proponer y construir un proyecto político, esto implica reconocer que ser negra, ser lesbiana, ser joven, ser indígena, es una posición política pero no un proyecto político de mundo, que es lo que los pueblos en lucha demandamos hoy. Superar sus categorías y las formas sectarias de sus luchas No podemos seguir asumiendo que el feminismo se reduce a la equidad de género, a la igualdad, a la diferencia o a la lucha por los derechos, cuando los pueblos en América Latina y el Caribe luchan por otra forma de vida, en Bolivia por el Vivir bien.

Superar las categorías del feminismo que ven la realidad segmentada y nos asumen a las mujeres como un tema entre tantos temas, un sector entre tantos sectores, que quiere incluirse en el sistema, es otro desafío. Esto implica, entonces, superar la visión de gueto, de superioridad, de lucha feminista desarticulada de la lucha de los pueblos. Sólo en la lucha con nuestros pueblos podemos aportar a visibilizar al patriarcado como el sistema de opresiones, hay que poner el cuerpo y no conformarnos con el colectivo, el performance o la academia.

 
Un feminismo útil para la lucha de los pueblos

 

Todo esto tiene que ver con el desafío mayor, construir un feminismo útil para la lucha de pueblos de los que somos parte, que reposiciona la discusión sobre el aborto en el campo de la autonomía y la descolonización del cuerpo y la sexualidad; que desmonta la maternidad en esclavitud y soledad con la crianza comunitaria como responsabilidad con la vida; un feminismo que, reconociendo en el trabajo impagado de las mujeres en el hogar la constitución misma del capitalismo, construya un modelo económico que no redite la explotación de nadie ni de la naturaleza. Un feminismo que construya modelos de recuperación de los recursos, circulación de los productos y convivencia con la naturaleza para Vivir bien.

El feminismo comunitario ha encarado estos desafíos, hablamos desde un feminismo descolonizado, hemos construido conceptos, categorías y acciones útiles para desmontar el patriarcado y tenemos como propuesta la comunidad como forma de vida que se construye cada día y que es, a la vez, la forma de garantizar que el patriarcado no se recicle. Desde este camino, y sabiendo que es necesario hacer un movimiento feminista regional y mundial, convocamos al Primer Encuentro de Feminismo desde los Pueblos que se realizará en Bolivia el 2016, porque no hemos dejado de soñar y porque sabemos que los sueños se construyen cada día en comunidad.

 

Fuente: http://conlaa.com/feminismo-comunitario-bolivia-feminismo-util-para-la-lucha-de-los-pueblos/

 

Sobre la autora:

Adriana Guzmán Arroyo. Transgresora, rebelde, intensamente luchadora contra el patriarcado y la heterónoma. Es sin duda creadora de vida y sueños utopías. No calla las hipocresías del sistema ni tampoco sus ideas contundentes y revolucionarias. Desde las organizaciones sociales es reconocida por sus estudios y su experiencia política en Educación Popular, Ciencias de la Educación y Feminismo, herramientas que fortalecen la energía del Feminismo Comunitario. Nació en La Paz, Bolivia, hija de Amparo, nieta de Teresa y Elena, y creadora de Diana y Julia. Estudió Ciencias de la Educación en la Universidad Mayor de San Andrés, Bolivia. Fue parte de los movimientos sociales que enfrentaron la masacre del gas el 2003.

 

 

Publicado enSociedad
Feminicidio: el castigo a las insumisas

Reexaminar la crisis de las masculinidades patriarcales, en el contexto de una sociedad neoliberal, para entender cómo se pasó en seis décadas, de abusar, manosear y violar a las niñas y jóvenes en el ámbito privado a torturarlas y asesinarlas como una forma de escarmiento.

 

Cuando yo era todavía una niña, entre 1960 y 1970, se nos inculcaba el miedo a los hombres: se nos advertía que tuviéramos cuidado porque podían hacernos daño y que dependía de nosotras, por pequeñitas que estuviésemos, que no nos ocurriera nada malo: el peligro, por supuesto se relacionaba con el sexo y nuestra responsabilidad era ser virtuosas, recatadas, no vestirnos, ni hablar, ni actuar en una forma que desatara ese demonio irrefrenable que ellos tienen entre sus piernas.

 

Compartí, por aquel entonces, juegos con muchas niñas que no hicieron caso de esas advertencias, las más pobres de mi vecindario. Como consecuencia, ellas iniciaron una larga serie de gestaciones a partir de su primera menstruación: se marchitaron antes de haber florecido, ninguna terminó sus estudios primarios, ni el bachillerato y quedaron sometidas a un hombre que las golpeaba y las fue hundiendo en la miseria material y espiritual. Casi en todos los casos, sus hijas y aún sus nietas repitieron esa historia.

 

A pesar de todo, con algunas de ellas seguíamos jugando y correteando durante un buen tiempo de esa niñez trunca. Pero, como una pompa de jabón, su retorno a la irresponsable felicidad de la infancia se desvanecía a las 5 de la tarde cuando se acordaban de sus deberes y corrían a sus miserables viviendas a freír unos patacones, carne o huevo, cocinar de carrera un arroz, porque llegaba “él”, ese ser todopoderoso, dueño de sus corporalidades y sus vidas, a quien ni siquiera se atrevían a llamar por su nombre.

 

A estas chicas, cuando andaban en los retozos amorosos y se metían en los rastrojos con sus compañeros, se las trataba de vagamundas y putas. Pero tan pronto como el resultado de sus “vagamunderías” empezaba a abultar los casi infantiles vientres, en el barrio adquirían una nueva respetabilidad y consideración. Inclusive recolectábamos dinero para ayudarles con ropa y dotación para su hija o hijo por nacer. Estos extraños virajes del sentir colectivo me generaron siempre muchas dudas y cavilaciones.

 

Salí ilesa de esas primeras pruebas. En primer lugar lo atribuyo a mis lecturas: devoraba biografías de Madame Curie, de Juana de Arco y, debió tener mucho peso la más “perniciosa”: la vida de la famosa Catalina la Grande de Rusia con su séquito de amantes, un modelo de feminidad que, por lo prohibido, era sumamente sugestivo, hay que reconocerlo. Una segunda protección era por supuesto, el capital cultural y el apoyo familiar, gracias a los cuales me fui procurando un proyecto de vida en el cual nunca estuvo como prioridad llenarme de hijos e hijas y reproducir el ciclo de la miseria. Un tercer aspecto: gracias a mi mala costumbre de estar metida donde no debía –y recuerden que las niñas y niños pequeños no son tontas ni tontos–, me fui enterando de las muchas desgracias y abusos que padecían aún las señoras “buenas” decentes, trabajadoras, madres abnegadas, casadas por la Iglesia.

 

Y finalmente, la intensa participación comunitaria que empecé a desarrollar con la Junta de Acción Comunal, me introdujo en compromisos y tareas relacionadas con las injusticias sociales y el abandono de nuestra comunidad por parte del Estado. Destaco estos cuatro elementos, porque, quienes nos ocupamos de apoyar las ciudadanías de las niñas pertenecientes a comunidades con menos recursos, hemos concluido que aquellas que incursionan en el liderazgo y ejercicio ciudadano, acceden a un mínimo de capital cultural, tienen como heroínas a mujeres científicas, artistas, pensadoras, leen buena literatura y reconocen las historias de sus ancestras, están más protegidas frente al embarazo adolescente, al matrimonio o unión marital temprana, culminan con éxito sus proyectos educativos y tienen mayor posibilidad de elegir su proyecto de vida con más libertad.

 

Este recuento me permite identificar dos elementos que perviven en la actual cultura cotidiana y se relacionan con los asesinatos brutales de niñas y mujeres: el primero, es que la sociedad descarga sobre las niñas, desde la primera infancia, la responsabilidad de controlar la sexualidad masculina, convirtiéndolos a ellos, que están en las mismas edades (y aún si son mayores que ellas) en potenciales predadores y abusadores sexuales consentidos, tolerados y permitidos por su entorno familiar, el grupo de amistades, el ámbito educativo y el ámbito laboral: el más visible y reciente ejemplo de esta forma de educar a los varones, es el feminicida de Yuliana Samboni, el arquitecto Francisco Noguera Uribe, quien la violó, torturó y asesinó. Luego vendrían Sarita y una lista que por desgracia crece cada día y que incluye también a un varoncito de corta edad. Esas son las muertes visibles. Sin embargo, como denunciaba el periódico El Tiempo el 8 de marzo de 2017, para el año anterior, 6.265 niñas entre 10 y 14 años (el 41,53% de los casos de mujeres víctimas de violencia sexual) y 3.178 niñas entre 5 y 9 años (el 21,07% del total de mujeres víctimas de violencia sexual ) fueron sometidas a este flagelo en el año 2016.

 

El segundo elemento, es la hipervaloración de la maternidad y su imposición como un mecanismo de control y explotación de las mujeres. En la Colombia del siglo XX, como en la del siglo XXI a las niñas, desde su primera infancia, mediante juegos infantiles, se las confina a la función materna y doméstica. La ropa, las palabras, su entorno de crecimiento y desarrollo no las conducen al amor por el deporte, al arte, la política y la ciencia. Al fin de cuentas, para esta sociedad una mujer que no es madre, es una mujer incompleta. De tal manera que las van formando como personas sumisas, subordinadas, pacientes, abnegadas y, sobre todo, dispuestas a despertar el deseo sexual, Se las prepara para ser victimizables.

 

Así, que aunque parezca raro y no precisamente porque a las niñas y jóvenes les haya gustado, desde tiempos inmemoriales muchos tíos, primos, papás y aún hermanos y hermanastros y otros allegados, han manoseado y violado a las niñas y las jóvenes, al abrigo supuestamente protector de la familia patriarcal –enfrente de mamás distraídas o cómplices–. Este siempre fue un secreto entre mujeres, de eso no se hablaba, a algunas les decían que tuvieran paciencia y que no dañaran a su familia. Esta es una realidad. Las que se atrevían a romper el mandato del silencio, sufrían el grave castigo del repudio de sus familias.

 

A pesar de estos maltratos y abusos sexuales, a las niñas y las jóvenes no las asesinaban con la crueldad y sevicia, ni desde tan pequeñas, como ocurre en esta segunda década del siglo en curso.

 

Ante la crisis de las masculinidades patriarcales, se acude al feminicidio

 

Encontrar el factor desencadenante de esta violencia resulta de gran complejidad y de vital importancia. Rita Laura Segato, antropóloga argentina y estudiosa del tema, plantea que las violaciones y agresiones sexuales pretenden castigar a las mujeres por los avances que han conseguido ya que estos ponen en entredicho el control de los varones.

 

En efecto, desde los sesenta, el feminismo, en distintas vertientes y modalidades, ha realizado una lucha contrahegemónica frente a la imposición de una única manera de ser mujer. Las conquistas de los feminismos han obligado al Estado colombiano a comprometerse con la prevención, sanción y eliminación de las violencias contra las mujeres.

 

De tal forma, que en 1981, durante el gobierno de Turbay Ayala, se formuló Ley 051 de 1981, como la primera norma interna mediante la cual el país suscribió la “Convención para la eliminación de todas las formas de violencia contra la mujer” (Cedaw por sus siglas en inglés). En 1991, luego de una gran movilización de las organizaciones de mujeres y de los feminismos, se consiguió la inclusión de cuatro artículos en la nueva Constitución Política con base en los cuales se crearon las primeras políticas públicas nacionales e integrales a favor de las mujeres. En ese proceso, se han producido un conjunto de normativas e instituciones, algunas de ellas dedicadas específicamente a prevenir, sancionar y erradicar las violencias contra las mujeres, como la Ley 1257 de 2008 y más recientemente, una política específica para las mujeres víctimas de violencia sexual en el conflicto armado. Hay que advertir que la mayoría de estas normas han quedado convertidas en pura fantasía, como afirmó recientemente una abogada de la Secretaria Distrital de la Mujer: no se cumplen.

 

Además, a pesar del surgimiento de programas y entidades consagradas a promover los derechos de las niñas liderados por las organizaciones y plataformas de mujeres y por la ONU Mujer (el organismo de Naciones Unidas responsable del tema), y aunque se han conquistado derechos, se ha avanzado en el control de la fecundidad y en nuevas formas de ser mujer, el modelo sociosexual propio del patriarcalismo sigue controlando la sexualidad, la capacidad de sentir placer y de dar vida de las mujeres. Todavía sus ciudadanías están constreñidas por el poco control de su corporalidad como primer territorio de decisión, de disfrute y de libertad, y porque viven amenazadas tanto en la vida de familia y pareja, como en los barrios y veredas, en los campos y en las ciudades.

 

Los violadores, como muestran estudios, en ningún caso buscan obtener placer sexual: desean ejercer poder y someter a la víctima, demostrar que pueden hacer lo que quieran con otra persona –mujer casi siempre–, colocada en estado de indefensión. Esto queda muy claro en el caso de seis violadores que recientemente, en las fiestas de San Fermín en España, sometieron a toda clase de vejaciones sexuales a una joven viajera y luego mostraron la “prueba de su virilidad” a través de las redes sociales. Guarda también mucha similitud con los casos de víctimas de violaciones cometidas por grupos de varones que actúan como “manadas” en la India, en México o en Argentina, porque esta forma de violencia no se limita a las fronteras de un país ni de un continente, se ha convertido en una pandemia machista. En Colombia, sin llegar a la violación y al asesinato, estudiantes de la Universidad de los Andes sometieron a una profesora a matoneo por sus opiniones rebeldes y por ser feminista. Ahora, en algunos medios estudiantiles, como en la Universidad Nacional, se tilda de feminazi a las jóvenes o adultas que expresen opinión propia, o exigen ser respetadas.

 

¿Cómo colocarle un dique definitivo a esta realidad prolongada en el tiempo? ¿Cómo lograrlo si sabemos que el violador no es un enfermo mental, ni un desviado sexual y por lo tanto, elevar las penas no resuelve el problema? Para lograrlo, uno de los primeros retos es el de reconceptualizar la violación y el feminicidio, lograr que la sociedad y el Estado reconozcan que este tipo de comportamiento macho hace parte de los mecanismos de control y disciplinamiento de las mujeres que atenten o se salen de las imposiciones de la masculinidad patriarcal y de la heterosexualidad.

 

Este es un reto inmenso que se enfrenta a una carga cultural de siglos, sostenida y legitimada por un sistema social donde el hombre providente, jefe de hogar, quien tenía asegurado el derecho al mejor plato de comida y a su placer sexual, cuando quisiera, como quisiera y por donde quisiera, está en vía de extinción. Al mismo tiempo y como parte de ese modelo social, la crisis del orden sociosexual global, que es patriarcal, capitalista heterocentrado y racializado, solo reconoce como sujetos válidos a quienes tienen determinados niveles de consumo: usan zapatos de marcas costosas, perfumes y ropa cara, carros de alta gama, casas lujosas y por supuesto, tienen hermosas modelos como esposas o compañeras: es el modelo Trump. El patriarca moderno debe pertenecer o buscar parecerse a la etnia hegemónica, despreciar a la gente pobre, a los desplazados e inmigrantes y sobre todo, debe curar el dolor de identidad /subjetividad lastimada, hiriendo a las más vulnerables: las mujeres, las jóvenes y las niñas.

 

Si no lo logra lo llamarán “perdedor”, necesitado de confirmarse ante los otros patriarcas, no le anima el deseo sexual o la búsqueda de placer, sino la decisión de comprarse unos minutos, unas pocas horas de poder, agrediendo, amenazando, chantajeando, violando y matando a las mujeres. Como señala Segato, buscan castigar a las insumisas, a aquellas que se creen libres, para que todas recuerden que deben obedecer el mandato impuesto a las mujeres por el orden global y por cada varón que siente amenazada su masculinidad patriarcal.

 

* Investigadora, cofundadora de la Colectiva Feministas Emancipatorias.

Publicado enEdición Nº235
Jueves, 02 Marzo 2017 23:24

¡Paren de matar!

¡Paren de matar!


El presente artículo es una versión reducida de la entrevista realizada a su autor por la radio pública alemana, a propósito de la disputa abierta en Colombia entre defensores y detractores del toreo. Una polémica que va mucho más allá y que implica la protección de los animales y de la misma naturaleza.


P. ¿Por qué las corridas de toros son un legado colonial y patriarcal?
R. Primero, porque refuerzan la estructura sexual y la concepción de la naturaleza occidentales. La estructura sexual occidental se ve claramente reflejada en el estereotipo del torero (hombre) viril, valiente/violento enfrentándose a la bestia/animal/naturaleza (toro) y, por ahí derecho, seduciendo (sometiendo, conquistando) a las damas (mujeres). Hay toreras, mujeres toreras, es cierto, pero eso no cambia el sentido patriarcal estructural del espectáculo. Recordemos además que la palabra “matador”, ampliamente usada en la tauromaquia, tiene una doble acepción en muchos contextos hispanoparlantes. El matador es el asesino, quien mata, pero también el seductor de mujeres. Lo mismo sucede con la palabra “conquistador”, el conquistador también es un asesino, es quien se impone violentamente sobre territorios y comunidades, y a su vez es igualmente un seductor, el que “conquista el corazón de... y lo doblega”.

 

Tampoco podemos olvidar que la socialización mediante la violencia es una cuestión típicamente masculina. En las corridas de toros se exhibe toda esta performance de la dominación, de la dominación de las mujeres, los animales y la naturaleza. De hecho algunos taurinos reconocen abiertamente que las corridas son una performance de la dominación y de las dinámicas de vida y muerte, pero lo que no especifican muy bien es de qué tipo de dominación y dinámicas de vida y muerte están hablando. Esto difiere, por otro lado, de los juegos indígenas, de ciertos indígenas, de cacería y co-habitación o co-modificación entre especies. No los traigo a colación como un modelo a seguir, no necesariamente, simplemente quisiera marcar el contraste entre tradiciones. En conclusión, en las corridas hay toda una política sexual en juego, que es una política colonial. Las corridas no son una actividad bárbara, sino parte de un proyecto civilizatorio occidental.

 

Respecto a la concepción occidental de la naturaleza, simplemente resta agregar que, en esta performance, inicialmente el hombre somete a una bestia, a un “animal bravo”, pero esa bestia representa la naturaleza en general. Ahora bien, el sometimiento de la naturaleza resulta clave en los proyectos civilizatorios, pero también en los desarrollistas y neodesarrollistas, modernizantes. Solo que ahora la dominación de los animales y la naturaleza se lleva a cabo por la vía, por ejemplo, de la ciencia: aparecen dispositivos como los zoológicos, bioterios, granjas industriales, monocultivos, etc. Reitero: las corridas son un espectáculo antropocéntrico occidental, una performance de la dominación de la naturaleza por el Hombre, y si bien a la naturaleza se la admira y teme, si bien se alude por ejemplo a la “bravura del toro” y su belleza, esto no ocurre porque se la ame, sino debido a que se la desea doblegar, poseer y superar, trascender.

 

En segundo lugar, las corridas de toros son un legado colonial porque constituyen una tradición defendida por sectores de hombres blancos, blanco-mestizos, adinerados y ligados a la posesión de tierra y ganado. Sectores herederos de privilegios coloniales. Sectores ligados a dinámicas de violencia y despojo, a lo que muchas y muchos autores en Latinoamérica llaman el “colonialismo interno”. Es más, la guerra en Colombia tiene todo que ver con esto, pues dichos sectores son los que han avalado la destrucción de comunidades y ecosistemas enteros para la ganadería extensiva, y en últimas para la reafirmación de privilegios de clase, raza, sexo y especie. La guerra es una guerra entre formas de vida, por eso el elemento estructurante de la guerra es la tierra: ¡la tierra es la vida misma! ¡Por eso también es que las y los animalistas no se han equivocado al articular el discurso de la paz con el de la abolición de las corridas de toros, la liberación animal y, como las compañeras indígenas dirían, la liberación de la tierra!

P. ¿Es la crítica a la tauromaquia un resabio de la defensa de la propia especie, ahora extendida a ciertos mamíferos y especialmente a los animales domésticos?
R. La necesidad de abolición de la tauromaquia está basada en un aprecio por la diferencia, por cierta afinidad con quien no es mi prójimo, próximo, vecino o semejante... Por eso los movimientos ecosóficos, de liberación animal y de la tierra son tan estimulantes, porque nos obligan a pensar en la dignidad tanto del toro como del agua y de la planta o de la máquina, en las mejores de sus versiones, y por esa vía a descentrarnos radicalmente como seres humanos. La crítica de la tauromaquia puede estar dando cuenta, más bien, de verdaderas transformaciones del tejido sensible y de la configuración de nuevas formas de vida, y eso es lo que más les molesta justamente a los defensores de la especie a ultranza; ellos sienten que a medida de que nosotras avanzamos, el antropo-poder, su poder de especie, se diluye, se desdibuja y acaba.

P. ¿Son violentos y autoritarios los anti-taurinos y el movimiento animalista?, ¿quieren aplastar a las minorías, a la diversidad?
R. Las recientes manifestaciones a favor de la vida y por la abolición de las corridas de toros no son otra cosa que un despliegue heterogéneo, libertario e igualitarista de vitalidad. Es la vida misma la que se expresa en las calles. ¿Cuáles son las características de la vida? Básicamente su capacidad de movimiento, de transmutación y diferenciación en un marco relacional, de co-modificación e inter-dependencia. Las diversas singularidades vivientes estamos a merced unas de otras, pero esto también significa que nos potenciamos unas con otras. El lenguaje de la vida no reconoce, por ende, jerarquías trascendentes. Pues bien, las manifestaciones han sido una clara muestra de vitalidad en el sentido de que las calles fueron ocupadas por cirqueros, músicos, nuevas religiosidades, experimentos gastronómicos, disidentes sexuales, personas con “extrañas” modificaciones corporales, recicladores, habitantes de calle, ecologistas, defensores de la despenalización de la marihuana, indigenistas, animales no humanos, feministas, etcétera.

En otros términos, las calles fueron ocupadas por la heterogeneidad de la vida que no meramente solicita el derecho a la vida del toro, sino que realiza, performa o reconfigura, en el acto, todo un tejido sensible que, justamente, da lugar a nuevos territorios existenciales donde los toros ya no pueden ocupar el lugar de subordinación al que las corridas los somete. Cuando las/os manifestantes gritaban: “Toro, amigo, el pueblo está contigo” lo que ocurría era una transmutación del concepto clásico de pueblo. El pueblo empieza a ser ese compuesto escurridizo de humanos y no humanos en toda su multiplicidad, el pueblo se convierte en algo monstruoso para los defensores de la ciudadanía clásica, para quienes el verdadero ciudadano es aquel que pertenece a una comunidad humana con pretensiones de homogeneidad y que se diferencia de la vida natural y animal, vida que desean poner violentamente a su servicio. Esto último lo impugnaba y comprendía perfectamente una manifestante que sostenía un cartel donde se podía leer: “Humanos, paren de matar, conquistemos la alegría de vivir”.

P. ¿Es contradictorio defender la despenalización del aborto y, al tiempo, la abolición de las corridas de toros?
R. El control zoobiopolítico que se aplica sobre los cuerpos de las mujeres está relacionado con el de los animales domésticos, incluyendo los llamados “toros de lidia” (aunque, por supuesto, hay muchas diferencias). El punto central allí es que, en ambos casos, se aplica un biopoder que está también marcado sexualmente, que nos separa de lo que podemos hacer con nuestros cuerpos y vidas y de la posibilidad de, caso por caso, resolver el problema de con-vivir materialmente con otros seres, sean humanos o no. Lo que se suele disputar no es que las mujeres puedan decidir soberanamente sobre otras vidas, que es lo que ocurre en la ganadería comercial y la tauromaquia, sino la posibilidad de reapropiarse de la vida, del propio cuerpo, y de redefinir contextualmente los límites entre vida y muerte; de ahí que la despenalización del aborto no quiera decir que necesariamente las mujeres aborten o salgan todas a promover el aborto sin tener en cuenta las situaciones específicas. La lucha por la despenalización del aborto y por la abolición de las corridas de toros son ambas, pues, luchas en pro de la vida y contra los dispositivos que la controlan y obstruyen.

Publicado enEdición Nº232
"Siembran la mentalidad del patriarcado"

La ex vicepresidenta sudafricana advirtió sobre la amenaza que representa para las mujeres africanas la organización extremista Boko Haram. Y abogó porque los países apliquen las leyes sobre violencia de género.

Pese a los esfuerzos de las organizaciones humanitarias por acabar con la desigualdad entre hombres y mujeres y la violencia de género, hay sociedades que menosprecian y atacan a las mujeres de forma sistemática. "Existe una gran cantidad de legislación que contempla la violencia doméstica, violaciones y acoso sexual, pero no es implementada correctamente. Me parece importante abogar por la aplicación de dichas leyes, entrenar a los jueces, a los policías y a la población masculina en general", dijo la flamante directora ejecutiva de ONU Mujeres, la sudafricana Phumzile Mlambo-Ngcucka, quien visitó Buenos Aires con motivo de la Conferencia Internacional "Las mujeres y la inclusión social: de Beijing a Post-2015". En diálogo con Página/12, Mlambo-Ngcucka advirtió sobre la urgente necesidad de que la mujer gane terreno en el espectro social y político, los peligros que representan para las africanas las actividades de la organización terrorista Boko Haram y el legado del ex presidente sudafricano Nelson Mandela en la forma de hacer política en su país.

La ex vicepresidenta sudafricana opinó que antes de elaborar nuevas políticas de género, es necesario respetar e implementar aquellas que los miembros de la ONU Mujeres ya aprobaron. "Si las mujeres pudieran trabajar y obtener sus propios ingresos, es decir, sin depender únicamente de los hombres, podrían tomar mejores decisiones. En muchos países las mujeres todavía trabajan desprotegidas y, además, desde muy jóvenes se hacen cargo de sus familias y al final no reciben ninguna protección o pensión por ello", expresó. "De este modo, las mujeres sólo 'dan, dan y dan', mientras que los hombres están amparados por la legislación. Por eso nos parece necesario equilibrar la situación", dijo. La directora ejecutiva de ONU Mujeres consideró "positiva" la celebración de conferencias internacionales, ya que en ellas se "comparten las mejores experiencias". Entre éstas destacó la moratoria previsional de Argentina, que amplió la inclusión a quienes no han realizado aportes. "Una gran cantidad de personas son beneficiarias de pensiones por las que no han contribuido. Es muy importante que los países sigan esta clase de ejemplos porque pueden cambiar la vida de mucha gente", afirmó la licenciada en Ciencias Sociales y de la Educación de la Universidad de Lesoto.

Mlambo-Ngcucka explicó que hace veinte años sólo el 11 por ciento del total de los Parlamentos alrededor del mundo estaba compuesto por mujeres, mientras que en la actualidad ese porcentaje ascendió tan sólo al 22 por ciento. "A este ritmo, tomaría más de 50 años alcanzar la igualdad de género en ese terreno", lamentó la sudafricana, por lo que destacó los esfuerzos de ONU Mujeres en incentivar a los gobiernos a tomar medidas especiales para que las mujeres incrementen su representación. "Esta tarea también les cabe a los partidos políticos, ya que si ellos apoyan la integración, será más sencillo que lleguen al poder", destacó.

Sin embargo, Mlambo-Ngcucka expresó que la violencia de género es "la principal barrera para la independencia de la mujer y su avance en la cuestión de derechos y participación política", y ocurre tanto en los países pobres como en los ricos.

La ex vicepresidenta señaló que la violencia contra las mujeres, como la que ejerce la organización jihadista Boko Haram, va de la mano de fallas a nivel político y social en todo el mundo. "Hay algo que está mal y lo tenemos que corregir. Por supuesto que eso no le da el derecho a nadie a matar gente, pero tanto los gobiernos como las sociedades tienen que preguntarse qué está pasando", afirmó Mlambo-Ngcucka, quien repudió el trato y lugar que Boko Haram concede a las mujeres. "Siembran la 'mentalidad del patriarcado' en sus integrantes desde que son pequeños. Se socializan viendo cómo los adultos le faltan el respeto a la mujer, cómo se la agrede y viola sin que nadie reaccione al respecto", expresó. No obstante, señaló que la violencia no se limita a los secuestros y violaciones. "Que las mujeres sean consideradas como un botín de guerra es algo espantoso y repudiable. Pero la 'mentalidad del patriarcado' puede situarse en distintos niveles. Por supuesto que nada se compara con la brutalidad de un golpe o una violación, pero hay similitudes entre lo que hacen los terroristas con las mujeres y aquel empresario que dirige una compañía en Londres y explota a sus trabajadoras", dijo Mlambo-Ngcucka, quien expresó que cada estereotipo y hábito que va contra los derechos de la mujer debe ser erradicado "porque aquello que se aprende en los hogares se reproduce a diario".

Asimismo, la licenciada opinó que para combatir a Boko Haram, Nigeria necesita del compromiso de los países vecinos. "Es por eso que la ONU apoya y alienta a los gobiernos del oeste africano para que colaboren con Abuya en la implementación de una fuerza multinacional. Estamos empezando a ver los primeros resultados, como las 200 niñas rescatadas en los últimos días, pese a que aún quedan más de 2000 personas desaparecidas", dijo.

Por otro lado, la jefa de ONU Mujeres consideró que aún falta mucho por hacer para afirmar que en su país se vive estrictamente a la par del legado de Mandela. "Algunas cosas que se hacen en mi país definitivamente harían que Nelson sacudiera su cabeza en señal de disconformidad, pero también creo que hay muchas otras que se han hecho de las cuales estaría muy orgulloso", reflexionó. Mlambo-Ngcucka recordó que el ex presidente sudafricano "era un apasionado por la educación" y que durante el período en que ella fue vicepresidenta se realizados grandes esfuerzos por "apoyar a los niños que transitan por las escuelas". La directora ejecutiva de ONU Mujeres también evocó que Mandela fue un mandatario muy comprometido con el avance de la mujer en la política y contra la violencia de género. "De hecho, él solía decir que cuando los hombres no cedían la voz a las mujeres, estaban conspirando contra ellas. Por eso nos interesa movilizar a los hombres para que amplíen la participación a las mujeres, pero de todos modos no es suficiente. Me parece que al día de hoy no se continúa al pie de la letra el legado de Nelson, pero trabajar en aquellas cosas que le importaban me parece una buen manera de rendirle tributo", reflexionó.

Informe: Gustavo Gerrtner.

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