Miércoles, 08 Septiembre 2021 06:37

Si todo es facismo, ¿qué es el fascismo?

Si todo es facismo, ¿qué es el fascismo?

Hay quienes le dicen fascista a Donald Trump y quienes definen como fascistas a grupos musulmanes radicales. ¿Qué define hoy la palabra fascismo? ¿Es útil para la izquierda utilizarla como un comodín analítico?

A comienzos de la década de 1930, Antonio Gramsci se lamentaba en sus escritos redactados en prisión de que Europa hubiese caído en lo que denominó «cesarismo». La agitación social en todo el continente había fortalecido a autócratas ambiciosos que, como Julio César, se jactaban de representar la voluntad popular de su nación mientras destruían sus instituciones democráticas. Si bien el concepto se acuñó en el siglo XIX para describir a figuras como Napoleón III, muchos pensaron que caracterizaba acertadamente las nacientes dictaduras del periodo de entreguerras. Gramsci lo invocaba para analizar el Estado fascista de Benito Mussolini y el periodista Jay Franklin lo amplió para caracterizar los regímenes de Hitler y Stalin. El término «cesarismo», sin embargo, también despertó controversias, y otros pensadores lo descartaron por considerarlo inadecuado. El filósofo político Karl Loewenstein, por ejemplo, creía que las analogías con la época romana ocultaban la ambición sin precedentes de los nuevos regímenes de rehacer la naturaleza humana. Solo un término novedoso, como «totalitarismo», podría realmente caracterizar su terrorismo extremo, la utilización de nuevas tecnologías y el deseo de colonizar las mentes de los ciudadanos. Esta última posición finalmente salió victoriosa y la etiqueta totalitaria proliferó en discursos y publicaciones. Aunque el término «cesarismo» siguió circulando en ámbitos académicos durante las décadas de 1940 y 1950, «totalitarismo» se convirtió en el término básico para describir los peligros de la política moderna.

En retrospectiva, el aspecto más notable del debate no fue si los males de la época eran mejor descriptos con los términos «cesarismo» o «totalitarismo». Tanto Gramsci como Loewenstein tenían razón en algo: si bien los dictadores de entreguerras construyeron sobre modelos históricos anteriores, rompieron con ellos. Pero el desacuerdo en la terminología es digno de atención porque echa luz sobre las ansiedades, las esperanzas y las autoconcepciones de la época. Nos ayuda a comprender cómo los pensadores del pasado entendieron su lugar en la historia, cómo buscaron articular lo que era familiar y lo que era extraño, y cómo se esforzaron en desarrollar una respuesta a las aterradoras realidades de la época. Sus innumerables libros y ensayos no fueron un ejercicio pedante de precisión histórica, sino un esfuerzo por definir las características de las dictaduras modernas con la esperanza de frenar su propagación.

En los últimos años, la polémica sobre la analogía fascista ha sido también acalorada. En una avalancha de libros y ensayos, los académicos han debatido sin cesar si nos enfrentamos al renacimiento de la violenta ideología de Mussolini y Hitler o somos testigos de una bestia profundamente diferente para la que se necesita una nueva terminología. Y a pesar de que la derecha radical ha florecido en continentes y países, esta disputa teórica se ha mantenido con mayor intensidad en Estados Unidos. Desde su imposición de restricciones xenófobas a los viajes en 2017 hasta su incitación a la violencia contra el Congreso en 2021, el gobierno de Donald Trump convirtió este asunto en un tema de interés permanente.

Una vez superados los años de Trump, el debate sobre el fascismo está perdiendo algo de su urgencia. Quizás esto signifique que ahora pueda ofrecer nuevas ideas sobre el pensamiento político contemporáneo. En lugar de polemizar sobre el uso contemporáneo del término «fascismo», podemos preguntarnos por qué fue tan importante hacerlo. ¿Qué estaba en juego en la búsqueda de la definición correcta?

Después de todo, no había grandes diferencias políticas entre muchos de quienes participaban en este debate. Todos condenaban el racismo, el sexismo y la plutocracia de la derecha al tiempo que deseaban políticas igualitarias audaces. Incluso se hacían eco unos de otros en sus razonamientos para establecer comparaciones históricas con el fascismo: para exponer los males que han plagado durante mucho tiempo a la democracia liberal, especialmente en Estados Unidos. La mayor diferencia entre las dos posturas no era tanto su mirada de los temas de la época, sino el modo en que encaraban la polémica y su valor tanto para la exploración intelectual como para la movilización política. El choque de definiciones también era un desacuerdo sobre el papel del lenguaje y la historia en la configuración de las agendas políticas.

Condenar a los adversarios tildándolos de fascistas ha sido durante mucho tiempo parte de nuestro discurso político, pero la última década fue testigo de un aumento en la popularidad del término. Los críticos invocaban cada vez más el fascismo para fustigar la xenofobia, la aceptación de la violencia y el sexismo de la derecha radical en todo el mundo. Tal fue el caso de Francia, por ejemplo, donde el ultraderechista Frente Nacional (rebautizado como Agrupación Nacional en 2018) aprovechó el descontento de los votantes para convertirse en la segunda fuerza política más grande del país. Incluso después de que su líder, Marine Le Pen, buscara romper los vínculos históricos del partido con simpatizantes nazis (incluso expulsó a su propio padre, Jean-Marie, por su notorio negacionismo del Holocausto), el racismo y las excentricidades de sus seguidores contra las «elites cosmopolitas» llevaron a académicos como Ugo Palheta a calificarlo de «fascismo con otro nombre». El triunfo de Narendra Modi en la India y el de Jair Bolsonaro en Brasil generaron la misma retórica ansiosa. La etiqueta «fascista» parecía capturar la desviación de una agenda conservadora estándar por parte de estas figuras: su ataque total a la igualdad legal, los medios independientes y el pluralismo político.

Quizás menos esperada fue la creciente popularidad del término en Estados Unidos. En la era Trump se convirtió no solo en parte del discurso político popular (figuras que van desde Madeleine Albright hasta Alexandria Ocasio-Cortez lo usaron), sino en una categoría de análisis académico. El racismo y el sexismo de Trump claramente tenían sus raíces en la política estadounidense reciente, pero muchos también vieron una desviación alarmante en su estilo grosero, en sus amenazas abiertas de castigar a los opositores políticos («¡enciérrenla!») y en sus mentiras incesantes. ¿Podría el fascismo estar avanzando en el país que alguna vez lo derrotó?

El «sí» más rotundo a esta pregunta provino del historiador Timothy Snyder, quien en una serie de publicaciones comparó la administración de Trump con la máquina de propaganda nazi. Ambos regímenes, escribió en Sobre la tiranía: veinte lecciones que aprender del siglo XX (2017), buscaron aislar psicológicamente a los opositores y convertirlos en ovejas sumisas, un primer paso hacia la destrucción total de las instituciones democráticas. Una comparación menos cruda, aunque no menos urgente, apareció en Cómo funciona el fascismo (2020), del filósofo Jason Stanley, que utilizó la etiqueta fascista para describir un amplio conjunto de movimientos políticos, desde el terrorismo contra la población negra posterior a la Reconstrucción en el sur de Estados Unidos, siguiendo por la Alemania nazi, hasta el partido Bharatiya Janata en la India actual. En esta narración, los republicanos de la era Trump fueron sencillamente el último partido en combinar la nostalgia por un pasado mítico, ataques a intelectuales y universidades, insistencia en jerarquías de etnia y género, y una fijación con el «orden». Para Stanley, las diferentes encarnaciones del fascismo a lo largo del tiempo y el espacio demostraron su capacidad para expandirse incluso en sociedades con fuertes instituciones liberales. En lugar de destruirlas directamente, como sucedió en Alemania, los movimientos fascistas pueden inyectar su veneno en la vida pública existente, debilitando las culturas democráticas desde adentro.

Si bien Stanley insistía en que el fascismo es un fenómeno mundial, la mayoría de quienes vieron en él una útil herramienta de análisis se centraron en los ejemplos de Italia y Alemania. Esto no se debió en general a que encontraran en Trump una versión actualizada de Mussolini o Hitler, sino a que las comparaciones con los años de entreguerras sacaron a la luz vulnerabilidades claves en la sociedad estadounidense contemporánea. La economista Raphaële Chappe y el sociólogo Ajay Singh Chaudhary vincularon la economía estadounidense con el sistema monopólico y oligárquico del Tercer Reich. Argumentaron que el éxito de Trump, como antes el de Hitler, fue posible gracias a la desintegración de los mecanismos regulatorios y al reemplazo de las instituciones estatales en funcionamiento por una alianza corrupta entre líderes empresariales y burócratas estatales. En Strongmen: Mussolini to the Present [traducido como Hombres fuertes: de Mussolini a Trump] (2020), la historiadora Ruth Ben-Ghiat comparó el repertorio de manifestaciones multitudinarias, masculinidad inflada y ataques a la prensa del líder fascista italiano con los de Trump, revelando cuán desgastados están en nuestros tiempos los lazos cívicos y la confianza en la autoridad. Quizás el esfuerzo más original en la utilización de la década de 1930 para explicar la presencia hipnótica de Trump lo haya hecho el historiador Peter Gordon, quien afirmó que Trump cumplía una función que Theodor Adorno atribuía a Mussolini y Hitler: proporcionar a las masas una fantasía de transgresión (mediante una retórica violenta y un espectáculo sin pausa), al tiempo que mantiene las jerarquías opresivas de la sociedad capitalista-burguesa.

Vincular la derecha radical estadounidense de la actualidad con el momento histórico más oscuro de Europa resultó controvertido. Trump y sus compinches compartían algunas similitudes con los fascistas, afirmaban varios analistas, pero no eran más profundas que su superposición ideológica con los monárquicos; finalmente, las diferencias eran mucho más importantes. Victoria de Grazia, entre los principales historiadores del fascismo italiano, señaló una profunda divergencia: mientras que el fascismo de entreguerras nació en las trincheras de la Primera Guerra Mundial y siempre se definió como un proyecto de movilización imperial, la derecha estadounidense estaba liderada por un desertor del servicio militar que pedía reducir los interminables conflictos militares del país. El historiador Helmut Walser Smith insistió de manera similar en TheWashington Post en que la violencia tiene una función totalmente diferente para los nacionalistas en el pasado y en el presente. Los nazis utilizaron la violencia de la turba y la policía secreta para aplastar rápidamente todo el sistema político y legal de Alemania, mientras que el gobierno de Trump, a pesar de las exageradas amenazas del presidente, dejó en pie las instituciones del país. Y su crueldad hacia los inmigrantes, las minorías sexuales y otros grupos no fue radicalmente diferente de la de sus predecesores. Otros agregaron que las analogías ocultan a los grupos sociales característicos de los que se nutrían los fascistas y el Partido Republicano. Los agentes más entusiastas del fascismo fueron los jóvenes empobrecidos, las principales víctimas de la economía moderna, mientras que la columna vertebral de la derecha contemporánea son los propietarios de cierta edad, que están tratando de proteger sus privilegios. Como señaló la politóloga Sheri Berman al referirse a Vox, las turbulencias sociales no son todas iguales, y lo que debilitó a las democracias en los años de entreguerras no fue lo que las erosionó en estos años.

A pesar de su intensidad, la característica más llamativa del debate era la superposición conceptual y retórica entre las dos partes. El filósofo Alberto Toscano, por ejemplo, insistió en el valor del término al señalar que los pensadores afroestadounidenses etiquetan históricamente de fascista el racista sistema carcelario de su país. Cuando Angela Davis acusó a Estados Unidos de ser fascista, explicó Toscano, esclareció correctamente lo superficial que era la noción del genio democrático de Estados Unidos. Peter Gordon, en una vehemente defensa de la analogía fascista, insistió de manera similar en que quienes se oponían a ella «solo han invertido la idea del excepcionalismo estadounidense». Su rechazo a ver similitudes entre el país y los regímenes contra los que alguna vez luchó fue «un truco útil» que absolvió a Estados Unidos de sus constantes injusticias. Sin embargo, aquellos que eran escépticos con respecto al valor de la etiqueta actúan con la misma lógica. Advertían que etiquetar a Trump como fascista era similar a culpar de su victoria a los robots de internet rusos: lo pintaba como una imposición o aberración extranjera, desviando la atención de sus profundas raíces estadounidenses. Este fue el principal reclamo presentado por el historiador Samuel Moyn, quien lamentaba que «anormalizar a Trump oculta que es estadounidense por antonomasia, la expresión de síndromes perdurables y autóctonos». Esto distrajo a los estadounidenses de explorar «cómo construimos a Trump a lo largo de décadas» y cómo su ascenso estuvo condicionado por la «larga historia de asesinatos, sometimiento y terror» del país, más recientemente en forma de encarcelamiento masivo e interminables guerras en el extranjero.

Lo mismo ocurrió con las advertencias contra la autocomplacencia. Stanley atribuyó a la etiqueta «fascista» un poder movilizador único. Como lo expresó en un artículo en coautoría con otros dos historiadores en The New Republic, si los partidarios de la democracia reconocen la «posibilidad de que estemos en presencia de un régimen fascista en ciernes», es más probable que abandonen su inacción e indaguen en las causas de la debilidad de la democracia. Gordon adoptó un tono más agudo y fustigó la negativa a llamar fascista a Trump al considerar que evidenciaba un desinterés elitista por el destino de la democracia. Fue «un juego de privilegio», se burló, «los que quemarían toda la casa no son los que sentirán las llamas». Los escépticos respondieron que era la propia etiqueta fascista la que favorecía el letargo acrítico. Era políticamente inútil, como sugirió el historiador David Bell, ya que, para la mayoría de los votantes, sonaba como una hipérbole histérica que socavaba el mensaje de quienes la usaban. También hizo que pareciera que derrotar a Trump era suficiente, en lugar de reconocer las políticas que hicieron a Trump y de las que fueron responsables tanto los conservadores como los liberales. Moyn remarcó que las comparaciones con Hitler implicaban que la crueldad y la violencia de Estados Unidos antes del ascenso de Trump eran «de alguna manera menos dignas de alarma y oprobio».

Las posturas de los comentaristas en este debate no se correspondían con una división política entre centro e izquierda; en ambos bandos se encontraban escritores de diferentes tendencias políticas. A pesar de la advertencia de Moyn de que la función principal de la etiqueta fascista era reafirmar el centrismo y reprimir alternativas más progresistas (culpando a sus partidarios de sabotear la tarea inmediata de derrotar a Trump), la realidad era mucho más complicada. Algunos de los defensores más vehementes de la analogía fascista, como Stanley, incluían súplicas a favor de reformas progresistas audaces, desde el fortalecimiento de los sindicatos y el fin del encarcelamiento masivo hasta la lucha contra el militarismo, mientras que comentaristas más centristas, como Jan-Werner Müller, rechazaban el epíteto. Y casi todos estaban de acuerdo en que superar el desagradable desafío de la derecha requeriría reformas ambiciosas para abordar las crecientes desigualdades que atraviesan las divisiones de género, económicas, raciales y religiosas.

Si quienes se oponían a Trump tenían tanto en común, ¿por qué una discusión tan persistente?

Los defensores de la analogía «cesarista» en las décadas de entreguerras argumentaron que daba claridad al análisis. Pero también insistieron en su valor polémico. Al invocar el fantasma del tirano romano (en ese momento, un punto de referencia fundacional en la imaginación política del Atlántico Norte), esperaban fomentar el malestar y desatar la ira. Como la mayoría de las obras del género polémico, su propósito no era abrir los ojos de los partidarios de la autocracia a su supuesta locura, sino enfurecer a los ya persuadidos y profundizar las líneas de falla existentes. Irónicamente, esta fue también una de las causas del declive final del término «cesarismo»: después de las atrocidades masivas del siglo XX, las polémicas evocaciones a Stalin y Hitler tenían un atractivo más visceral que las referencias a Julio César.

Los escritores polémicos de los últimos dos siglos a menudo lanzaron ataques contra nuevos movimientos, ideologías o regímenes utilizando precedentes históricos familiares. Los católicos del siglo XIX, por ejemplo, fustigaron la difusión de nuevas ideas e instituciones liberales, a menudo caracterizadas como el renacimiento de la Reforma Protestante. En El protestantismo comparado con el catolicismo en sus relaciones con la civilización europea (1887), uno de los ensayos polémicos más populares y traducidos de la época, Jaime Balmes sostiene que el ataque de Lutero al papel mediador de la Iglesia demolió el respeto de los europeos por la autoridad, lo que llevó directamente a la Revolución Francesa y a todos los trastornos políticos posteriores. Un siglo más tarde, cuando los escritores liberales comenzaron su campaña contra el comunismo, a menudo lo comparaban con el catolicismo, que durante mucho tiempo había sido su enemigo: decían que no era únicamente un sistema económico alternativo, sino un sistema de valores que lo abarcaba todo y que requería una sumisión total, no solo del cuerpo sino también de la mente. Como dijo Arthur M. Schlesinger en El centro vital en 1949, ambos sistemas hacen que sus seguidores sean «tan dependientes emocionalmente de la disciplina» que carecen de capacidad para pensar de manera independiente.

El fascismo también formó parte de la polémica movilizadora. Y aunque este hecho se mencionó pocas veces en los debates posteriores a 2016, uno de sus usos más importantes como analogía histórica no fue la campaña contra la extrema derecha, sino contra los musulmanes. En la primera década del siglo XXI, periodistas y pensadores advirtieron sobre el renacimiento del fascismo entre los grupos musulmanes radicales, un fenómeno que denominaron «islamofascismo». Christopher Hitchens, Norman Podhoretz y otros reflexionaron que los seguidores de Osama bin Laden encarnaban el fanatismo ciego de los nazis, la glorificación de la violencia, el odio al feminismo y la oposición a las «libertades occidentales». Estas afirmaciones hicieron florecer no solo consignas triviales sino también una producción académica considerable. Jeffrey Herf, un destacado historiador del pensamiento y la propaganda nazi, advirtió en The American Interest en 2009 que el antisemitismo y el odio a la Ilustración del «islam radical» lo convertían en una «variante de la política ideológica totalitaria». Para Herf, como para la mayoría de los que utilizaron el epíteto, la analogía histórica dejó en claro por qué Al Qaeda y organizaciones similares no deben ser entendidas como grupos marginales cuyo terrorismo era una expresión de debilidad. Más bien, eran una amenaza existencial para la democracia y, como tales, tuvieron que ser bombardeadas preventivamente hasta ser olvidadas.

Los defensores de la analogía fascista en los últimos años, se han basado así en una larga tradición. Esto no se debe a que compartan ninguna de las agendas políticas o intelectuales de sus predecesores (no lo hacen), sino a su fe común en el uso de la historia como herramienta de movilización. Y el fascismo, creían, capturaba nuestro presente con mucha más fuerza que el autoritarismo o el etnonacionalismo debido a su lugar único en la memoria histórica de nuestra sociedad. La mejor articulación de esta lógica apareció en Cómo funciona el fascismo, de Stanley, que finaliza con una declaración sobre el potencial del término para desbaratar la normalización del mal. Ya sea a través de sus acciones o de su apatía letárgica, los líderes nacionalistas han hecho de los tiroteos en masa, el encarcelamiento masivo o la persecución contra los inmigrantes un hecho recurrente de la vida y han tenido como objetivo adormecer a su oposición para que se someta. Reconocer estas políticas como parte del repertorio fascista podría recordarnos su naturaleza verdaderamente horrible. «La acusación de fascismo siempre parecerá extrema», señaló Stanley, pero esto se debe solo a que «cambian continuamente las reglas de juego para el uso legítimo de la terminología ‘extrema’».

A pesar de su popularidad, esta tradición retórica siempre ha encontrado a algunos escépticos. Incluso a quienes simpatizaban con la agenda de los polemistas a veces les preocupaba que el precio de una movilización exitosa pudiera alienar a los aliados políticos y distraer la atención del necesario autoexamen. En el siglo XIX, por ejemplo, el teólogo católico Ignaz von Döllinger amonestó a quienes, como Balmes, culpaban de los males del mundo al protestantismo acechante. Si los adversarios de la Iglesia vieran la luz y volvieran a su redil, proclamó en un importante discurso de 1871, «el limitado espíritu polémico debe dar paso a uno de compromiso y reconciliación», en el que los católicos destacaran sus similitudes con otros grupos. La misma lógica sustentaba el escepticismo del pensador suizo Emil Brunner sobre la retórica de algunos anticomunistas durante la Guerra Fría. Si bien no sentía mucha simpatía por el comunismo, advirtió que las denuncias combativas impedían un compromiso potencial, que era el único camino para salir de las persecuciones anticristianas. Y después de 2001, incluso algunos belicistas como el historiador conservador Niall Ferguson se quejaban de que la etiqueta de «islamofascista» era profundamente engañosa. La analogía con la Segunda Guerra Mundial, se mofaba, «se está utilizando de manera mendaz» para desestimar objeciones legítimas a la guerra contra el terrorismo como «conciliadoras» y tuvo un efecto infantilizador en el discurso público.

La actual vacilación de los escépticos, entonces, no es un sustituto de otros desacuerdos, sino una expresión de su juicio sobre la utilidad del término: dudan de que realmente fomente la movilización y la autorreflexión que prometen sus defensores. Un ejemplo revelador es la objeción de Moyn a la analogía. «Si dices que está cerca el fin del mundo», escribió, «o bien el mundo confirmará tristemente tus profecías o bien dirás que tu advertencia lo salvó». Pero más importante ha sido la impotencia política de la analogía. Puede haber logrado aportes financieros de donantes liberales, pero difícilmente consiguió el apoyo de la derecha o ayudó a construir nuevas coaliciones. «Lo que hemos aprendido», concluyó Moyn, «es que nuestras analogías políticas no funcionan como esperábamos». El teólogo Adam Kotsko adoptó una postura similar en la Bias Magazine (un órgano de la izquierda cristiana) cuando advirtió que hablar de fascismo era lo contrario a un examen de conciencia. Los demócratas, escribió, lo usaron para no asumir su propia responsabilidad por el desastre económico que hizo posible el ascenso de Trump.

Las elecciones son una herramienta imperfecta para medir el valor de la retórica política, y las de noviembre de 2020 no fueron la excepción. A años de advertencias constantes sobre una inminente tiranía les siguió la rara derrota de un presidente en funciones. Nadie sabe si ambos hechos estuvieron relacionados ni cómo: las encuestas a boca de urna no ofrecen el «miedo al fascismo» como opción para marcar las principales preocupaciones de los votantes. Además, los resultados fueron tan ambiguos que no se prestan a conclusiones claras. Los demócratas ganaron tanto la Casa Blanca como el Congreso con márgenes penosamente estrechos y no pudieron sosegar la sostenida radicalización del Partido Republicano. De este modo, los acontecimientos han hecho poco para resolver el debate sobre el fascismo. Algunos, como el periodista del New York Magazine Eric Levitz, afirmaron que el triunfo de Joe Biden reivindicaba a quienes usaban el epíteto. No solo ayudaron a convencer a CNN y otros medios de comunicación de que adoptaran una postura severa contra Trump (Stanley aparece frecuentemente opinando en los medios), sino que lo hicieron mientras presionaban a la izquierda del Partido Demócrata en cuestiones económicas. De manera análoga, los escépticos tampoco cambiaron de opinión. El politólogo Corey Robin dijo después de las elecciones que el magro resultado de Trump en comparación con otros republicanos lo exponía como débil e ineficaz, «casi todo lo contrario del fascismo».

Pero si hay una lección por aprender de las últimas elecciones, posiblemente sea que nombrar correctamente a nuestros oponentes más radicales no es la clave del triunfo político. Tanto durante como después de su campaña, Biden evitó persistentemente hablar de su adversario. Las raras ocasiones en que lo hizo, como cuando comentó que Trump era «una aberración» o «uno de los presidentes más racistas que hemos tenido», fueron las excepciones que confirmaron la regla; siguió enfocado en políticas específicas. De manera similar, la retórica de Biden no abundó en analogías históricas. A diferencia de su predecesor, cuyos lemas «Make America Great Again» y «America First» eran claras referencias a movimientos históricos nativistas y racistas, Biden apenas invocó el pasado. Su discurso inaugural es un ejemplo revelador: recorrió la Guerra Civil, la Gran Depresión, las dos guerras mundiales y el 11 de septiembre en media oración, mencionándolos como testimonios de la capacidad de recuperación de la nación antes de centrarse en los temas de la unidad y la reconciliación. Los comentaristas progresistas dedican poco tiempo a reflexionar sobre una retórica tan insulsa e insípida como parece ser. Quizás nombrar correctamente al enemigo no sea tan importante para la movilización de la izquierda como sugería el debate sobre el fascismo.

 

Publicamos este artículo como parte de un esfuerzo común entre Nueva Sociedad y Dissent para difundir el pensamiento progresista en América. Puede leerse la versión original en inglés aquí.Traducción: Carlos Díaz Rocca

Publicado enPolítica
El portavoz de los talibanes, Zabhiullah Mujahid, anuncia el nuevo Gobierno afgano en Kabul. — EFE

Sirajuddin Haqqani lidera la red Haqqani, fundada por su padre para luchar contra la invasión soviética y considerada como una organización terrorista por Estados Unidos. El jefe del nuevo Ejecutivo será el mulá Hassan Akhund.

 

Sirajuddin Haqqani ha sido nombrado ministro de Interior del Gobierno provisional de Afganistán, en el que no hay ninguna mujer y todos los miembros son talibanes. El ministro de Interior, que lidera el ala radical del movimiento islamista, es el responsable de la red Haqqani, considerada como una organización terrorista por Estados Unidos, y es buscado por el FBI.

Además del responsable de algunos de los atentados más cruentos en Afganistán, el Ejecutivo interino será presidido por relativamente desconocido mulá Hassan Akhund, que figura en la lista negra de Naciones Unidas. Contará con el mulá Abdul Ghani Baradar como su mano derecha y jefe del Gabinete de ministros, ha anunciado el portavoz de los talibanes, Zabihullah Mujahid, en una rueda de prensa en Kabul. El líder supremo de los talibán, el mulá Hibatulá Ajundzada, no figura en el Gobierno.

El FBI busca a Haqqani para interrogarlo por un atentado

Sirajuddin Haqqani está en busca y captura por la policía federal estadounidense (FBI) "para ser interrogado por el atentado de enero de 2008 contra un hotel en Kabul, Afganistán, en el que fueron asesinadas seis personas, incluido un ciudadano estadounidense". 

Haqqani es el líder de la Red Haqqani, principal aliado militar de los talibán en la contraofensiva que les ha llevado al poder. Además de su supuesta participación en el atentado contra el hotel, habría participado en la planificación de un intento de atentado contra Hamid Karzai en 2008. Por todo ello, el FBI ofrece hasta cinco millones de dólares por información que lleve a la captura de Haqqani.

Ley islámica

Por ahora, en el Gobierno no hay mujeres y todos sus miembros pertenecen a la formación islamista, aunque hoy prometieron que "este Gabinete será más inclusivo" con futuros nombramientos.

El mulá Hibatullah Akhundzada, considerado como el nuevo jefe supremo espiritual de Afganistán, afirmó tras el anuncio que el Gobierno del Emirato Islámico, como se autodenominan los talibanes, trabajará por mantener la ley islámica aunque protegerá los derechos humanos en el marco del islam.

Hassan Akhund

Hassan Akhund , menos conocido públicamente que otros líderes talibanes que han sido nombrados al frente de importantes ministerios, es uno de los miembros fundadores y forma parte del consejo de dirección de la formación fundamentalista desde hace dos décadas, dijo a Efe una fuente de la comisión de cultura insurgente, que pidió el anonimato.

Es originario de la provincia sureña de Kandahar, que dirigió en un primer momento como gobernador durante el régimen talibán entre 1996 y 2001, explicó la fuente.

El mulá sirvió más tarde como director adjunto del Consejo de Ministros y después como ministro adjunto de Exteriores y, al igual que otros líderes talibanes, sigue en la lista negra de Naciones Unidas. "Se trata de un líder inteligente y experimentado", zanjó la fuente.

Gobierno interino

El principal portavoz de los talibanes avanzó este martes una veintena de nombres que formarán parte del Gobierno interino, después de que los insurgentes capturasen Kabul el pasado 15 de agosto al término de una rápida ofensiva durante la retirada final de las tropas estadounidenses y de la OTAN.

El Ejecutivo provisional contará con dos jefes adjuntos del Gabinete de ministros, el primero de ellos el mulá Abdul Ghani Baradar. Este líder talibán, de 53 años, es el cofundador de la milicia talibán y se le consideró durante años como la mano derecha del mulá Omar, el líder fundador del movimiento insurgente.

Baradar jugó un importante papel en las negociaciones con Estados Unidos en Catar, que culminaron con el histórico acuerdo en febrero de 2020 que puso fecha a la retirada final de las tropas extranjeras.

Haqqani y la lucha contra la invasión soviética

Sirajuddin Haqqani, nueve ministro de Interior, tiene 48 años y es el jefe de una de las agrupaciones insurgentes más temidas en Afganistán: la red Haqqani, fundada por su padre, Jalaluddin Haqqani, para luchar contra la invasión soviética en la década de 1980. 

Mujahid anunció igualmente que Mullah Yaqoob, hijo del fundador del movimiento insurgente y actualmente jefe militar del grupo, se convierte en el ministro de Defensa interino.

El portavoz aclaró que se trata de un "Gobierno interino", aunque los talibanes han dado pocas pistas sobre el futuro proceso político en Afganistán.

Emirato Islámico

El mulá Hibatullah Akhundzada, quien es considerado, aunque aún no de manera oficial, el nuevo jefe supremo espiritual de Afganistán, afirmó en un comunicado que la misión del Gobierno interino será "trabajar duro para defender las reglas islámicas y la sharía (ley islámica) en el país".

Akhundzada también prometió que el Gobierno "tomará pasos decididos y efectivos para proteger los derechos humanos y los derechos de las minorías" en el marco del islam.

Igualmente en el marco de la sharía, bajo cuya estricta interpretación los talibanes prohibieron a las mujeres trabajar o ir a la escuela, el Gobierno proveerá un "ambiente sano y seguro para las ciencias religiosas y modernas a todos los compatriotas".

Protestas a favor de la resistencia

El anuncio de los talibanes llega el mismo día en que cientos de afganos, muchos de ellos mujeres, se manifestaron en varias localidades de Afganistán para mostrar su apoyo a la resistencia contra los insurgentes y para criticar la supuesta ayuda militar de Pakistán a la formación islamista.

En Kabul, cientos de mujeres y hombres salieron a la calle con banderas y pancartas para reclamar "libertad" y mostrar su apoyo al Frente Nacional de Resistencia (NRF) en la provincia norteña de Panjshir, un día después de que los talibanes anunciaran la conquista de este último bastión opositor en el país.

Las protestas se saldaron con detenciones de manifestantes y periodistas y denuncias de agresiones por parte de los insurgentes. El portavoz de los talibanes, tras anunciar los miembros del Gobierno, afirmó que "ahora no es el momento para manifestarse".

"Las protestas que se están celebrando actualmente son ilegales (...) y pedimos a los medios que no cubran las manifestaciones ilegales. Los manifestantes de hoy son alborotadores", concluyó.

 

Kabul

07/09/2021 17:11 Actualizado: 07/09/2021 21:33

Público / Agencias

Publicado enInternacional
Así es cómo China planea convertirse en la economía líder del mundo

Recientemente, Bloomberg consideró que la economía china podría superar a la de Estados Unidos en una década. Un experto explica cuáles son los planes del país asiático para convertirse en líder del mundo en el sector económico.

China ha demostrado que se esfuerza no solo para superar a Estados Unidos en términos de PIB, sino también para reemplazar a la nación norteamericana en la cadena de valor global, apuntó el medio estadounidense.

Sin embargo, si antes China tenía al mercado inmobiliario y a la esfera de la construcción de infraestructura como los principales motores de crecimiento, ahora, se centrará en lograr el liderazgo mundial en el sector manufacturero.

Pese a que a China se le llama la "fábrica mundial", en los últimos años se ha observado una disminución de la participación del sector manufacturero en la economía del país. A medida que aumentó el nivel de vida general en la nación asiática, disminuyó su competitividad como fábrica global con mano de obra barata.

En las últimas dos décadas, el PIB per cápita de China se ha multiplicado por diez, hasta alcanzar los 10.000 dólares. Para 2035, el país se ha dado la tarea de alcanzar el nivel de los países desarrollados que, según los estándares del Banco Mundial, corresponde a los 30.000 dólares. La tarea es ambiciosa, pero China ha logrado más de una vez implementar lo que parecía difícil en términos económicos en su historia reciente. En algunas pocas décadas, 800 millones de personas salieron de la pobreza en el país, por ejemplo.

A partir de la segunda mitad de la década de 2000, China empezó a lidiar con el problema del crecimiento a través de la inversión en el mercado inmobiliario y en la construcción de infraestructuras. En ese momento, esta era probablemente la mejor solución, ya que las reformas agrarias que luego se llevaron a cabo en el país hicieron que la tierra se convirtiera en la fuente de ingresos más importante para los gobiernos locales. Además, el rápido ritmo de urbanización observado en el país en la época también impulsaba la demanda para el desarrollo del mercado inmobiliario, explica Jia Jinjing, subdirector del Instituto de Investigación Financiera de Chongyang en la Universidad Popular de China, en una entrevista con Sputnik.

"Desde el inicio de la implementación de la política de reforma y apertura en China, el proceso de urbanización ha avanzado rápidamente. Su ritmo fue uno de los más altos del mundo. Si en 2000 la proporción de la población urbana era del 38%, en 2020 esta cifra superó el 60%. Y un ritmo de urbanización tan rápido, por supuesto, requería la construcción de viviendas a gran escala", explicó el experto.

Según agregó Jia Jinjing, en el proceso de desarrollo del mercado de la vivienda, el papel de la asignación de terrenos para la construcción también ha cambiado. La tierra se ha convertido en un factor importante y participante de la cadena industrial, apunta el experto, antes de aclarar que esto se refleja no solo en la demanda de vivienda, sino también en el desarrollo de inmuebles comerciales.

La construcción de infraestructura se dio también para suplir las demandas objetivas generadas por la urbanización. Además, la crisis financiera mundial de 2008 exacerbó todavía más estas tendencias. En aquella ocasión, para apoyar la economía del país, las autoridades chinas asignaron una cantidad sin precedentes de fondos. Más del 12% del PIB del país se gastó en proyectos de infraestructura, así como en el desarrollo del mercado inmobiliario.

Los proyectos de infraestructura ayudaron a crear puestos de trabajo y generar un fuerte crecimiento del PIB. Sin embargo, no se podía contar con estos incentivos a largo plazo. Existía una amenaza de sobrecalentamiento en el mercado inmobiliario. La construcción masiva de infraestructura también creó ciertos desequilibrios, haciendo que el nivel de deuda creciera en la economía.

La necesidad de un nuevo modelo de crecimiento hizo que, en los últimos años, las autoridades chinas pasaran a hablar con frecuencia sobre la necesidad de estimular el consumo interno como el principal motor futuro que hará crecer la economía. El raciocinio detrás de ello es lógico: a medida que crece el PIB per cápita y, en consecuencia, el bienestar de la sociedad, aumenta su poder adquisitivo.

Además, el enfrentamiento con algunos países occidentales, en particular con Estados Unidos, mostró que China no debe depender excesivamente de los mercados externos, sino que debe desarrollar su potencial nacional. El nuevo plan económico quinquenal del país asiático apunta en gran medida a lograr su independencia tecnológica e industrial y a llenar los vacíos en las cadenas de producción, dice Jia Jinjing.

"Actualmente se trata principalmente del campo de macrodatos y las industrias que están asociadas con la automatización industrial. Por ejemplo, la industria inteligente. Podemos decir que China tiene una excelente base de macrodatos. Otra área importante es la superación de los llamados 'cuellos de botella', es decir, el rezago en áreas como la creación de chips y otros componentes básicos", sostuvo el especialista.

En los próximos años, la nación asiática pondrá énfasis en el desarrollo de sus propias cadenas productivas y en la formación de personal calificado, no solo en la industria, sino también en otras áreas, incluida la ciencia fundamental. En particular, se dará destaque a las tecnologías como la producción de chips, las computadoras cuánticas, la ingeniería genética y la biotecnología, entre otras

Algunos expertos temen que al centrarse en el desarrollo doméstico, China ralentice el ritmo de su política de reforma y apertura. Al mismo tiempo, la confrontación con Estados Unidos en la industria de alta tecnología solo se intensificaría. Para Jia Jinjing, estos son temores infundados, ya que China y Estados Unidos actúan en campos distintos y, en lugar de enfrentarse, se complementan.

"Estados Unidos y China siguen diferentes caminos de desarrollo industrial. En Estados Unidos, el principal objetivo es la tecnología de la información. Muchas industrias sirven a este complejo, están lejos de la industria tradicional. Además, la producción tradicional estadounidense fue sacada del país hace unos 20 o 30 años. Por lo tanto, ya no existe una base de producción correspondiente en los EEUU. China, por otro lado, está desarrollando su industria en una dirección completamente diferente. Por lo tanto, es más probable que los dos países se complementen", subrayó el académico.

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BMW, Mercedes y Volkswagen podrían ir al banquillo por alimentar la crisis climática

Greenpeace Germany y Deutsche Umwelthilfe protagonizarán acciones legales contra el corazón del sector automovilístico alemán. Quieren obligar a la industria a que acelere sus planes para dejar de fabricar motores de combustión interna.

 

Nuevo proyectil legal lanzado al corazón de la industria contaminante, esta vez en Alemania. Las organizaciones ecologistas Greenpeace Germany y Deutsche Umwelthilfe (DUH), junto a activistas de Fridays for Future, han anunciado acciones legales contra el corazón del sector automovilístico del país. El objetivo es conseguir que los fabricantes aceleren sus planes para dejar de fabricar motores de combustión interna y paren de fabricarlos antes de 2030 para descarbonizar las empresas en un 65% en dicho año.

Las organizaciones ecologistas han puesto la mira fija en el segundo mayor constructor de automóviles del planeta, Volkswagen, así como en los otros dos grandes gigantes del sector en el país: BMW y Mercedes-Benz. “Cualquiera que retrase la protección del clima daña a otros y, por lo tanto, actúa ilegalmente”, señalaba la abogada de los demandantes, Roda Verheten.

Los colectivos defensores del clima hacen uso así de una vía que ya les ha dado frutos: en abril el Tribunal Constitucional alemán obligó al Ejecutivo de Angela Merkel ha mejorar su ley climática, declarándola parcialmente inconstitucional, un hecho que se produjo tras la demanda de nueve jóvenes por la que afirmaban que la insuficiente protección del clima viola directamente las libertades y los derechos fundamentales de la ciudadanía. “El derecho civil puede y debe ayudarnos a evitar que las corporaciones destruyan nuestros medios de subsistencia y priven a nuestros hijos y nietos del derecho a un futuro seguro”, continuaba la letrada.

Sin darse por aludidos

Los demandantes denuncian que, a pesar de los compromisos internacionales, el consenso científico y el evidente aumento de fenómenos climáticos extremos, la industria automovilística alemana continúa vendiendo millones de vehículos diésel y gasolina. Los datos que maneja la Unión Europea responsabilizan al sector del transporte de más del 30% de las emisiones de CO2 en la UE. De ellas, un 72% proviene del tráfico rodado.

 “Con nuestras demandas, queremos lograr la salida del motor de combustión interna”, apuntaba  Barbara Metz, de DUH. Son medidas que los ecologistas consideran clave para que Alemania se mantenga dentro de sus compromisos internacionales y cumplir así su parte para que la temperatura global del planeta no supere los 1,5ºC de aumento respecto a los niveles preindustriales.

 “Si bien la gente sufre inundaciones y sequías provocadas por la crisis climática, la industria automotriz, a pesar de su enorme contribución al calentamiento global, parece no verse afectada“, denunciaba Martin Kaiser, director ejecutivo de Greenpeace Alemania. Para el responsable, el fallo del Constitucional alemán “representa un mandato para hacer cumplir de manera rápida y efectiva la protección legal de nuestros medios de vida comunes”.

Frenar los yacimientos

Los gigantes automovilísticos no son los únicos los únicos señalados. Las organizaciones ecologistas alemanas Greenpeace y DUH también emprenderán acciones judiciales contra la petrolera Wintershall Dea, a la que pretenden forzar a que deje de abrir nuevas explotaciones de petróleo y gas para el año 2026. Las organizaciones ecologistas acusan a la multinacional fósil de ser responsable de 80 millones de toneladas de emisiones de gases de efecto invernadero cada año y de tener como objetivo aumentar su producción de combustibles fósiles en un 30 por ciento más durante los próximos dos años.

Precisamente, este lunes la petrolera alemana ha anunciado el hallazgo de una nueva acumulación de gas en el campo de Bergknapp (mar de Noruega) con entre 13 y 56 millones de barriles de petróleo equivalente.

Las cuatro corporaciones que se enfrentan a las acciones legales “contradicen los objetivos climáticos de París”, denuncian los activistas, remarcando que, según la sentencia del Constitucional, esos objetivos serían ilegales”.

Las compañías podrían sufrir el mismo varapalo que Royal Dutch Shell tuvo en mayo en los Países Bajos, cuando un tribunal de La Haya declaró culpable a la petrolera holandesa de la crisis climática, considerándola culpable del 2% de las emisiones históricas de gases de efecto invernadero a nivel global y obligándola a reducir sus emisiones un 45% en diez años.

6 sep 2021 12:59

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Los "virus fabricados" de los que hablaba Gadafi

Muamar el Gadafi estuvo al frente de Libia durante 42 años, desde que derrocó al al rey Idris I el 1 de septiembre de 1969 hasta que murió ejecutado el 20 de octubre de 2011. Había estudiado Derecho antes de autoproclamarse Líder y Guía de la Revolución. Se amparó en la defensa de un Estado socialista y se convirtió en uno de los líderes más activos entre los países de su entorno. Gadafi se alineó con la Unión Soviética y se enfrentó a los Estados Unidos, que acabarían apoyando, al frente de la OTAN, la rebelión a gran escala que le costó la vida hace diez años y que deparó una inútil guerra con multitud de actores.

El líder libio disponía a su antojo a la cabeza de un país cuya economía está basada casi exclusivamente en el petróleo, el 95% de sus exportaciones. Y obtenía resultados. Hasta el año de su muerte, 2011, Libia contaba con la esperanza de vida más alta de África, con 77,65 años, solo superada por las plazas españolas de Ceuta, Melilla​ y Canarias y la isla bajo control británico de Santa Elena.​ También tenía el PIB nominal per cápita más alto del continente africano y estaba en el podio en cuanto al Índice de Desarrollo Humano. El enorme país norteafricano trata ahora de salir adelante tras dos intensos conflictos bélicos, en 2011 y 2014, con un Gobierno que sigue siendo provisional y cuyo primer ministro es Abdul Hamid Dbeibah desde el pasado 15 de marzo.

Gadafi era un hombre inteligente. Se le ha tachado de visionario por predecir la Guerra de Libia de 2011, aunque para eso tampoco hacía falta ser un gran analista. Lanzo al mundo cosas que ahora no desentonan. Habló de "virus fabricados" para hacer negocio con las vacunas. Pero no "predijo la Covid-19 hace 20 años", como se llega a afirmar en las redes sociales. Lo de las profecías suele ser más cosa de Los Simpson.

Para tratar de probarlo, se recurre a imágenes de la intervención de Muamar el Gadafi ante la ONU el 23 de septiembre de 2009, un vídeo de hasta una hora de duración del que existen multitud de cortes y versiones, algunas dobladas al gusto, y que para algunos es "el discurso ante ONU que le costó su vida" dos años después.

En su intervención en Nueva York, Gadafi denunció los "virus fabricados" y fue rotundo: "Se crea un virus y se propaga por todo el mundo para que las empresas capitalistas puedan obtener ganancias gracias a la venta de medicamentos, esto es inaceptable". También llamó la atención sobre que "las vacunas y medicamentos no pueden venderse" y encontró la 'solución' contra la propagación de los virus:

"Las compañías capitalistas producen virus y vacunas en su deseo de obtener ganancias. ¿Por qué no son gratuitas las vacunas? (...) Anuncien medicamentos y medicinas gratis y los virus no se propagaran más".

No parecían tan descabelladas las conclusiones acusatorias de Gadafi, cuando la industria farmacéutica ya llevaba décadas bajo sospecha por acusaciones similares, algunas de ellas confirmadas. Es cierto que en 2009 Gadafi se refirió a "las epidemias naturales y las causadas por el hombre" y a esos "virus fabricados", lo que no es cierto es que predijera la Covid-19 "hace 20 años", como se afirma. Entre otras cosas porque desde su discurso en 2009 han pasado doce años, no veinte.

"Tal vez la gripe H1N1 fue un virus creado en un laboratorio que quedó fuera de control, y que originalmente se había concebido como un arma militar", señaló sobre la pandemía que asaltó ese año México. Gadafi albergaba muchas sospechas, pero le faltó decir que "están tomando tiempo para encontrar la solución que tienen antes", como se ve en Internet. Aunque tampoco hubiera desentonado.

Las propuestas de Gadafi difícilmente podían ser tomadas en cuenta, era como una norma a no ser que hablara de petróleo. Su discurso ante la ONU se tomó como otro más del 'excéntrico disidente habitual' y cayó en saco roto. Merece la pena escucharlo.

Es verdad que uno de los dirigentes más impopulares del planeta -aunque no para todos-, habló de "virus fabricados" hace doce años, no veinte. El coronavirus ha servido para devolver a Gadafi a la actualidad y para que se tomen en cuenta sus palabras, que antes a muchos les sonaban a ciencia ficcion solo porque eran suyas.

El discurso del mandatario libio era bastante elocuente hace doce años y ahora también. Si en las redes sociales se adereza es solo porque si no añadieran algo propio, no serían las redes sociales.

Por Luis M. García

7 septiembre, 2021

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Lunes, 06 Septiembre 2021 06:24

¿Cómo se hace un violento?

. Imagen: Guadalupe Lombardo

Matías de Stéfano Barbero indaga en la construcción de la masculinidad. Con mirada antropológica, el investigador estudia por qué los varones ejercen violencia contra las mujeres y cómo la estructura social avala y alimenta esa violencia.

 ¿Cómo se hace un femicida? Esta pregunta elevada en el aire en una pancarta en la movilización del primer #Niunamenos, el 3 de junio de 2015 disparó en Matías de Stéfano Barbero la necesidad de investigar la construcción de las masculinidades de los varones que ejercieron violencia contra las mujeres en la pareja. Ese trabajo se convirtió en el libro Masculinidades (im)posibles. Violencia y género, entre el poder y la vulnerabilidad, editado por Galerna, que promete ser indispensable para entender no solo por qué los varones ejercen violencia contra las mujeres sino cómo la estructura social avala y alimenta esa violencia a través de la construcción de masculinidades ancladas en el ejercicio de la violencia, la heterosexualidad obligatoria y el rechazo/negación de la homosexualidad, entre otras cuestiones.

Matías de Stéfano Barbero es doctor en Antropología (UBA), investigador, docente y becario posdoctoral del Conicet. Es miembro del Instituto de Masculinidades y Cambio Social, y de la Asociación Pablo Besson, donde forma parte del equipo de coordinación de espacios para varones que ejercieron violencia. El libro sobre el que se explaya en esta entrevista presenta diferentes historias de vida de los varones que ejercieron violencia y analiza el papel que tienen la violencia y el género en la construcción de la masculinidad a lo largo de sus infancias, adolescencias y vidas adultas.

--Hace bastante que los estudios de género se preguntan qué es una mujer. ¿Qué es un hombre? ¿El eje ahora está puesto ahí?

--Sí, qué es el hombre. Me parece que ya de hecho la propia pregunta muestra que hay una transformación en eso, en la misma forma que hay una transformación entre lo que pensamos qué es una mujer y cómo se produce una mujer a nivel social. Y las respuestas son a veces sorprendentes, en el sentido en que escapan un poco del sentido común que podemos construir, tanto de lo que es un varón o de los sentidos de la masculinidad, como del lugar que ocupa la violencia en la vida de la gente y el género en la vida de la gente. Cuando yo empecé a ir a los grupos (de varones que ejercen vioencia) tenía la mirada un poco caricaturizada de lo que me iba a encontrar, y la verdad es que fui con un poco de miedo, tenía cierta aprensión. Y es curioso cómo también, quienes nos dedicamos a estas cuestiones tenemos nuestros prejuicios sobre cómo es el poder, cómo es la violencia, cómo es el sufrir, el hacer sufrir, y la verdad que cuando me encontré entre ellos, trabajando con ellos y escuchándolos, aparecen un montón de otras cosas que trascienden un poco ese sentido común, esa caricaturización de los violentos.

--¿Cómo es esa caricatura?

--Yo creo que la caricaturización viene un poco por poner siempre la violencia afuera. No quiero parafrasear mal a Nietzsche, pero esto de que siempre el malo es el otro y nosotros somos los buenos es casi me atrevería a decir un universal; la bondad siempre está de mi lado y la maldad del otro. Entonces, y no es algo que se limite solamente a la cuestión de la violencia de género y a los varones que ejercen violencia, esta idea de caricaturizar, de hacer exótico al otro que tiene ese estigma.

Caetano Veloso decía que visto de cerca nadie es normal. Me encanta esa frase. Lo mismo pasa un poco con esto, cuando uno se acerca y deja de construir esa otredad como una otredad tan exótica, y se acerca a conocer esas historias y ellos también se permiten, en un largo proceso de trabajo, poder mostrar lo que hay detrás de todas esas capas de resistencia, aparecen seres humanos más o menos comunes, con miserias, con su lugar de poder, con su miedo a la vulnerabilidad, personas que... esto a veces es polémico porque parece que uno está justificando, pero personas que también sufrieron mucho en ese proceso de construirse como varones.

No se trata de justificar sino de tratar de comprender cómo aparece la violencia a lo largo de la vida. La violencia en la vida de alguien no aparece cuando se ejerce sino mucho antes.

--En el prólogo del libro se plantea que si bien reconocemos la violencia de género como un problema estructural, las soluciones que se están dando como políticas públicas en general son individuales. Usted tiene una crítica sobre eso.

--Sí, eso lo recoge superbien Moira Pérez en el prólogo. Pasa un poco con esta idea de deconstrucción, que parece que es una idea que apela al individuo, como “deconstruite vos y tus cosas”. A mí me parece que lo potente que puede llegar a tener esta idea de politizar lo personal es hacerlo político en el sentido de la transformación colectiva. Que yo renuncie a mis privilegios, por ejemplo, no tiene un gran impacto social, puede tenerlo en mi vida cotidiana y en la vida de quienes me rodean, pero no supone una crítica estructural y no supone una transformación estructural. Y pensar las cosas siempre desde el individuo, lo bueno y lo malo, me parece que por un lado es el paradigma hegemónico ¿no? El sujeto, el individuo, y en ese sentido me parece reproducir el sistema que estamos intentando cambiar. Y por otro lado, las perspectivas que lo piensan exclusivamente individualmente, generalmente se terminan topando o reduciendo las posibilidades de actuación al orden de lo punitivo, al orden de decir “se encierra a esta persona y se acabó el problema”, cuando esa persona si bien tiene que tomar responsabilidad por lo que hizo, por supuesto, está expresando algo a nivel social y a nivel estructural, ciertas condiciones que hicieron que esa violencia en este caso pueda aparecer. Pienso en la importancia de reforzar la ESI (educación sexual integral) desde la primera infancia y que se toquen temas como la violencia, la masculinidad, el poder, la vulnerabilidad, y eso implica intentar prevenir antes de que la situación suceda, porque cuando ese niño que sufrió en la infancia, termine cometiendo un crimen y haciendo sufrir, ahí la sociedad va a llegar con todo el peso de la ley en su juicio a dar una solución punitiva. Creo que es mucho antes que tenemos que empezar a preocuparnos de esto en la vida de las personas, y no tanto precisamente como individuos sino en políticas públicas, desde el Estado, desde las organizaciones de la sociedad civil, que puedan considerar el problema a lo largo de la vida, un problema estructural que afecta a toda la sociedad y no solamente a quien termina siendo el síntoma.

--Me gustó la metáfora que usó al comienzo: hay que “volver a Juan”, volver a poner el eje en el varón que ejerce la violencia y no tanto en la víctima ¿no?

--La metáfora de volver a Juan viene de un ejercicio que hizo una lingüista feminista, que muestra en las cuatro operaciones lingüísticas, cómo de un acto que es “Juan golpea a María”, se va desplazando la atención hacia lo que termina sucediendo después, que queda María como víctima de violencia y Juan desaparece de esa ecuación lingüística. Por eso la idea de volver a Juan es ir volviendo en el sentido de volver a la escena, a esa primera formulación de Juan golpea a María o Juan ejerce violencia contra María, para ver qué es lo que pasa en esa escena y después seguir volviendo para ver quién es Juan. Porque entiendo que tiene que ver con una urgencia y me parece completamente legítimo asistir a las personas que sufren, pero si no nos concentramos también en las personas que hacen sufrir, las causas del problema van a seguir intactas y van a seguir reproduciéndose, y va a llegar un momento que no vamos a dar abasto para atender personas que sufren.

--En el libro repasa las distintas ideas en torno a por qué los hombres son violentos: las teorías que plantean que son violentos por naturaleza, o que el violento es el otro... ¿Qué problemas plantean estas nociones tan arraigadas en nuestra sociedad?

--A mí me sorprendió encontrar referencias a la violencia natural o asociada a los celos como algo natural o la violación como esa búsqueda de reproducción. Uno lo piensa medio demodé, pero la verdad uno se encuentra lamentablemente muchas de estas cuestiones. Para mí el problema es que muchas de estas teorías, más que para interrogar terminan sirviendo para justificar, para naturalizar determinadas cuestiones. Y esta idea de que la violencia está en los otros también es una mirada patologizante, es el otro siempre el patológico, el enfermo, el psicópata, y con esto no quiero decir que la biología, la psiquiatría o la psicología no tengan nada para decir, pero sí me parece que tenemos que analizar las consecuencias políticas que tiene pensar de una manera o de otra, y eso es lo que intento un poco con el libro.

El marco que yo utilizo es el de masculinidades, del estudio de varones y masculinidades desde una óptica feminista y de las ciencias sociales. Me parece que es el marco que más nos sirve para tratar de entender y de transformar.

--¿Puede dar algunas pautas de cómo se explica la violencia masculina?

--Podemos pensar el lugar que ocupa la violencia en la construcción de un sujeto varón en la sociedad, el vínculo que tiene la masculinidad y la posición masculina en la sociedad con la violencia es muy particular. Por un lado, es un privilegio en el sentido de que se fomenta esa agresividad potencial en los varones y en las mujeres no, por eso los varones muchas veces podemos responder con agresividad a determinadas situaciones y las mujeres no tanto, porque tiene que ver con una educación y con una forma de hacer un sujeto masculino en el mundo. Pero lo curioso, y esto no lo digo yo sino Rita Segato, Bell Hooks, desde un feminismo particular, es la idea de que la primera forma de violencia que los varones aprenden en su vida no es contra las mujeres sino contra sí mismos, que es una violencia que viene de esa manera masculina de ver el mundo, que limita, que cercena. Audre Lorde dice eso cuando analiza su posición de madre con su hijo varón: hay toda una parte de la humanidad que a los varones se les niega y se les quita, no es que nacen machos, para hacer un macho hay que ejercerles violencia. Entonces, los varones tenemos una relación con la violencia particular, que se va gestando en esta idea de construcción de la masculinidad. Que después aparece también en la construcción de la heterosexualidad muy vinculada a la homofobia también, casi que construirse como heterosexual es construirse homofóbicamente, porque yo tengo que ser varón cis heterosexual y tengo que actuar como tal, y actuar como tal implica rechazar una parte de mí que es una parte humana, esconderla y atacar también toda esa forma de expresión de género, lo que está feminizado en la sociedad y en los demás, en el grupo de pares también, para que me interpelen no desde la homofobia sino desde la heterosexualidad como un par. Y en ese sentido me parece que la violencia tiene mucho que ver con el poder entre varones y de los varones sobre las mujeres pero también con la vulnerabilidad, en el sentido en que muchas veces para no exponer nuestra vulnerabilidad, algo que aprendemos de chiquitos con estas ideas un poco maniqueas ya del “no llores”, no te muestres vulnerable, la violencia es esa huida hacia adelante de la propia vulnerabilidad. Voy a actuar con violencia en este momento porque mi lugar de poder se ve amenazado y no quiero dejar expuesta mi vulnerabilidad, porque aprendemos los varones a lo largo de nuestra vida que si nos mostramos vulnerables, nos exponemos a la violencia del otro, a la humillación y subordinación del otro, a la vergüenza...

--Martín, uno de los casos que analiza en el libro, logra sobreponerse al bullying a través de ejercer violencia.

--Sí, y lo que me parece interesante de ese caso en particular, por ejemplo, es que desencializa un poco esta idea de “si vos ejercés violencia, naciste violento”, como si no fuera compatible en una misma trayectoria vital ser víctima y ser victimario. Por eso esa relación entre sufrir y hacer sufrir me parece interesante, muchas veces quienes hacen sufrir están evitando sufrir, y esa es la construcción que fueron aprendiendo y reforzando a lo largo de la vida. Cuando uno habla con estos varones se encuentra curiosamente con esas historias de vida, como que de repente fueron víctimas en un momento también en algo vinculado al género, a la jerarquía de género y de la masculinidad porque ocupaban un lugar subordinado en esa jerarquía, y fueron viendo que así funciona el mundo, en una estructura jerárquica entonces “si voy ascendiendo puedo pisar al otro y con eso se reafirma mi lugar”. Y la mujer en esos casos siempre ocupa una posición como de moneda de cambio para el prestigio y el lugar de poder en el grupo de pares y en esa idea de masculinidad, entonces se va construyendo y solidificando esa percepción de la vida como una jerarquía. No hay que perder posiciones porque saben lo que es estar abajo de todo en la jerarquía porque lo sufrieron, entonces el precio es hacer sufrir.

--En un capítulo habla de la violencia femenina como tabú ¿puede explicarlo?

--Ese capítulo empieza con un epígrafe grande de Amelia Balcarce que reivindica el derecho de las mujeres a ser malas. Me parece que también, si solamente pensamos la violencia como un atributo de los varones, como vinculado a una identidad de género particular, parece que es un problema político. Primero porque deja a las mujeres en la posición de víctimas y las cristaliza ahí, y deja a los varones en la posición de victimarios y los cristaliza ahí, y después también deja sin cubrir otras identidades y expresiones de género y su relación con la violencia. Obtura otras preguntas, y me parece que es también una decisión política en el sentido en que muchas veces, en este momento en particular en donde hay tanto trabajo con varones, hay mucha resistencia, muchos cuestionamientos un poco desde el lugar del sentido común: “bueno pero las mujeres también son violentas”, uno lo escucha mucho en los grupos eso, pero también lo escuchamos en las redes sociales. Me parece que no inhabilitar esa discusión es una opción política para no darle lugar a las críticas que están en la sociedad a los enfoques que tenemos, me parece una responsabilidad que es difícil porque es caminar una fina línea entre mirar el afuera y decir “bueno las mujeres también, entonces se acabó el problema”... no, vamos a estudiar, yo estudio la violencia masculina pero sí reconozco que la violencia no es propiedad de los varones, y que aparece de muchas maneras en muchos vínculos, y que es posible que las mujeres la ejerzan.

--También aparece, además, la confusión por el uso del término ‘violencia de género’ ¿no?

--Sí.

--Se plantea la idea de que las mujeres ejercen violencia de género, y ahí hay una confusión.

--Sí, para mí tiene que ver con lo que me preguntabas al principio cuando hablábamos de qué significa la masculinidad, pero con el género pasa un poco lo mismo, son palabras polisémicas que se usan a veces de una manera y a veces de otra. Yo hago un análisis en el libro de cómo fue cambiando la violencia, al principio era la violencia doméstica, después violencia familiar, violencia conyugal, y hay muchas maneras de pensar el problema, violencia contra las mujeres es una manera pero violencia de género es otra.

--Propone hablar de ‘violencia masculina hacia las mujeres´, no ‘violencia de género’ o ‘violencia machista’...

--Sí, igual es un concepto que después de toda un discusión, este es el último, ‘violencia masculina contra las mujeres’. Y me parece que está bueno por esto, porque habla precisamente de quién ejerce esa violencia y contra quién la ejerce, porque hay críticas al concepto de ‘violencia de género’ que dicen que invisibiliza que las personas que la sufren son mujeres, y que las personas que la ejercen son varones cis, en la mayoría de los casos. Me parece interesante también entonces digo, ‘violencia masculina contra las mujeres’ puede comprender varias cosas. Después al final cuando tengo que referirme a la cuestión, hablo generalmente de la relación entre violencia y género como paraguas más grande.

--¿Sirven los dispositivos para varones que ejercieron o ejercen violencia?

--La percepción de las personas que trabajan en grupos... y también estuve participando en investigaciones con profesionales de otros equipos, de la provincia de Buenos Aires, no es una sensación mía, es que la transformación o el cambio sucede, lo que pasa es que son cambios, y esa es una de las luchas que tenemos quienes trabajamos.

La transformación sí es posible, pero es un trabajo profundo en el sentido de que es extenso, y una de las reivindicaciones que hay desde los espacios es que cuando se derivan varones desde la justicia, no se deriven por tres meses. Nosotros decimos que el trabajo es de mínimo un año de espacio grupal, una vez por semana, porque es un trabajo que va al fondo de la cuestión, que revisa profundamente la subjetividad, la historia de vida, entonces es un trabajo que tiene un gran impacto pero que necesita un tiempo para germinar y florecer.

Muchas veces ya dentro y estando en el grupo, muchos de los varones dejan de ejercer violencia física y están mucho más permeables a, en vez de ejercer violencia, a poder construir un conflicto con la pareja, muchas veces me cuentan que tuvieron una discusión pero que no pasó a mayores, que “yo pude decir lo que pensaba y ella también me dijo y lo vamos charlando. A medida que van pasando los encuentros y los varones llevan más tiempo en los grupos, aparece otra manera de enfrentarse a los conflictos en el sentido de que se construyen los conflictos, y no se usa la violencia para que ese conflicto desaparezca. 

05/09/2021

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Los residentes locales celebran el levantamiento del grupo de fuerzas especiales, Conakri (Guinea), el 5 de septiembre de 2021.Souleymane Camara / Reuters

Las fuerzas especiales de Guinea anunciaron este domingo en un mensaje a la nación la disolución del Gobierno, la suspensión de la Constitución y el cierre de las fronteras terrestres y aéreas tras derrocar al presidente del país, Alpha Condé, informa Reuters.

"Hemos disuelto el Gobierno y las instituciones", anunció Mamady Doumbouya, jefe de unidad del ejército de élite, en la televisión estatal. "Vamos a reescribir la Constitución juntos", aseveró.

Los militares ordenaron a los ministros del Gobierno que asistan a una reunión, convocada para este lunes. Los oficiales advirtieron que cualquier persona que no comparezca será considerada rebelde, recoge BBC.

Asimismo, se informa que el presidente del país se encuentra sano y salvo. Horas antes, en las redes sociales se ha difundido un video que muestra al mandatario guineano rodeado por militares, presuntamente en el momento de su arresto.

Anteriormente, aproximadamente a las 8:00 (hora local) del domingo, se reportó un tiroteo que involucró a las fuerzas especiales del país en los alrededores del palacio presidencial de la capital de Guinea, Conakri.

Posibles causas de la crisis 

Alpha Condé ganó las elecciones presidenciales de Guinea en el 2010 y cinco años después fue reelegido para un segundo mandato. Con el objetivo de poder postular su candidatura por tercera vez consecutiva, en marzo del 2020 el mandatario organizó un referéndum, que lo habilitó a realizar cambios correspondientes a la Constitución. Sin embargo, la oposición acusó al Gobierno de falsificar los resultados de la consulta y protagonizó multitudinarias protestas en el país.

Cabe resaltar también que en las últimas semanas el gobierno de Condé aumentó drásticamente los impuestos para reponer las arcas del Estado y elevó el precio del combustible en un 20%, lo que provocó malestar generalizado entre los ciudadanos.

Publicado: 5 sep 2021 20:20 GMT

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Bukele saluda el 6 de junio después de una conferencia de prensa en San Salvador.JOSE CABEZAS / Reuters

A través de un fallo judicial de un órgano nombrado por él, el presidente de El Salvador apunta a reelegirse en 2024 y reaviva los temores de sus críticos

 

Unos meses después que el presidente Nayib Bukele comprometió la independencia de la justicia en El Salvador a golpe de giros autoritarios, la Sala de lo Constitucional que él instaló autorizó la noche de este viernes su reelección presidencial inmediata, cruzando una línea que los críticos del proyecto de Nuevas Ideas —el partido del mandatario— habían advertido con preocupación. El Tribunal Supremo Electoral (TSE) salvadoreño anunció este sábado que acatará la orden de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia de que se permita la inscripción para competir por una reelección presidencial con la única condición de que el presidente en funciones renuncie seis meses antes del mandato.

Así, Bukele apunta a reelegirse en 2024 usando un fallo judicial para consolidar su proyecto político, como hizo Daniel Ortega en Nicaragua en 2011. La diferencia es que el mandatario sandinista alegó que la prohibición constitucional de la reelección “violaba sus derechos humanos” y la justicia de Bukele invocó al pueblo para “que decidan sin presiones o coacciones indebidas”.

Hasta ahora, y según la Constitución del país, los presidentes de El Salvador, que tienen un mandato de cinco años, no podían renovarlo para un periodo inmediato. Sin embargo, la Sala de lo Constitucional instalada en mayo pasado por Bukele arrolló el artículo 152 de la Carta Magna que señala que no puede ser candidato a presidente “el que haya desempeñado la Presidencia de la República por más de seis meses, consecutivos o no, durante el periodo inmediato anterior, o dentro de los últimos seis meses anteriores del periodo presidencial”.

Aunque la reelección presidencial era algo que se barajaba en El Salvador, tomando en cuenta los zarpazos de Bukele a la justicia destituyendo a través de la Asamblea Nacional a magistrados y recientemente a un tercio de los jueces y fiscales, lo sorpresivo es la celeridad con que el mandatario afianza su proyecto político tildado como autoritario por sus detractores.

“La Sala de lo Constitucional de El Salvador —que Bukele cooptó en mayo de este año—acaba de permitir que Bukele se presente a una reelección. El mismo libreto que usaron Daniel Ortega y Juan Orlando Hernández, el presidente de Honduras. La democracia en El Salvador está al borde del abismo”, expresó José Miguel Vivanco, director de Human Rights Watch.

04 sept 2021 - 19:36 CEST

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Los talibanes necesitan dinero, a China le interesan los recursos naturales

Lo que las élites políticas de «Occidente» aparentemente ya no son capaces de hacer, los dirigentes políticos chinos sí pueden hacerlo: pensar estratégicamente a largo plazo y a escala global. La geopolítica no es una palabra extraña para el Partido Comunista Chino (PCC), sino una categoría conocida. Como le corresponde a una potencia mundial.

El Asia Central forma parte de su área de interés y de influencia directa. Con Pakistán, existe una estrecha cooperación, fruto de la rivalidad con la India. El interés principal de China es el de mantener la seguridad de sus rutas comerciales con Occidente. Una de las nuevas rutas de la seda más importantes (One Belt, One Road) pasa cerca de la frontera entre Pakistán y Afganistán. Otras rutas paralelas son posibles, pero la seguridad de las rutas existentes es una prioridad.

La política exterior China está motivada, además, por la naturaleza de su economía en rápido crecimiento y ávida de recursos. Afganistán posee muchos recursos naturales: hierro, cobre, oro, litio, tierras raras, carbón y petróleo, cuyo valor total está estimado en más de 3 billones de dólares. Sin embargo, la mayoría de las zonas mineras interesantes se encuentran en áreas de difícil acceso. En el futuro inmediato, los talibanes va a ejercer el control de la minería en Afganistán. Pero para extraer los recursos minerales o incluso para encontrarlos -el 70% del país está aún poco explorado-, los talibanes carecen de tecnología, de conocimientos y de dinero. Los chinos tienen todo eso. Tienen una concesión para una mina de cobre desde 2007 y para un yacimiento de petróleo desde 2011. Sin embargo, para explotar con éxito los recursos minerales, tendrán que construir carreteras y vías férreas, muchas de ellas en la alta montaña, lo que requiere una cuidadosa planificación a largo plazo y una experiencia probada en grandes proyectos de infraestructura. China también las tiene.

Opio, cobre y petróleo

Un análisis de la situación económica de los talibanes demuestra a qué punto necesitan esta cooperación. Hasta ahora, su principal recurso financiero era la exportación de amapolas y opio en bruto, además de los chantajes y de los derechos de aduana, cobrados de forma arbitraria. En total, las milicias recaudaron unos 1.600 millones de dólares de diversas fuentes oscuras en 2020; por su parte, el gobierno afgano pudo registrar unos 5.600 millones de dólares en ingresos durante el mismo periodo. Aunque los portavoces  de los talibanes digan ahora lo contrario, el comercio altamente rentable del opio les interesa, y mucho. Sobre todo porque se encuentran en una situación financiera desesperada desde que llegaron al poder.

Pero, para dirigir el país, los talibanes necesitan mucho más aún. No pueden acceder a las reservas de divisas del Banco central afgano -actualmente 9.400 millones de dólares [según el FMI]- que se encuentran en el extranjero, en su mayoría en el Banco central estadounidense. El Fondo Monetario Internacional bloqueó el acceso del régimen a la parte del país correspondiente a los derechos especiales de giro, 340 millones de dólares, y suspendió el último tramo (105,6 millones de dólares) de un programa de ayuda a la crisis sanitaria, de un total de 370 millones de dólares [decisión de noviembre de 2020]. Hasta ahora, la ayuda occidental representaba el 43% del producto interior bruto (PIB) afgano. Más del 60% del presupuesto estatal era financiado por Occidente. Este dinero desparece ahora casi por completo, aunque los británicos, por ejemplo, no quieren suspender sus pagos por el momento. Los talibanes siguen recibiendo millones de dólares en donaciones de algunos Estados del Golfo, pero al mismo tiempo están en conflicto con otros Estados árabes.

Al nuevo régimen le agradaría venderle los recursos naturales a la China. Las concesiones mineras aportan mucho dinero. Los chinos también serían bien recibidos para construir carreteras. China cuenta con socios en Pakistán y en otros países islámicos, lo que le facilita la entrada en el mercado afgano. Así, los chinos estarían en condiciones de ganar la carrera por los recursos minerales afganos.

Sigue existiendo el problema del terrorismo

Por su parte, los chinos no se hacen ilusiones con los nuevos líderes del Hindu Kush. Desconfían, con razón, de sus declaraciones, en las que dicen que no quieren dar cobijo al terrorismo. Aunque la frontera entre Afganistán y China sea de solamente 76 kilómetros, la amenaza del terrorismo es real. Los yihadistas uigures que regresan de Siria o de Afganistán fueron responsables de atentados terroristas en China. El gobierno chino reaccionó con mano de hierro y la región autónoma de Xinjiang está bajo un estricto control.

Hasta ahora, las experiencias chinas con proyectos mineros en Afganistán no han sido buenas. Por ejemplo, un consorcio dirigido por la China Metallurgical Group Corporation propuso invertir más de 3.000 millones de dólares en el mayor yacimiento de cobre del mundo en una región minera de la provincia oriental de Logar, con una mina, un ferrocarril y una central eléctrica. Hasta la fecha, las obras no han comenzado porque en la provincia tenían lugar conflictos entre los talibanes y el gobierno. La compañía petrolera estatal abandonó la producción en la zona del río Amu Darya [que sirve de frontera entre Afganistán y Tayikistán] ya que no le fue posible abrir rutas de transporte seguras hacia China para el petróleo extraído.

Para que pueda existir una cooperación a largo plazo entre China y el régimen talibán, este último tendrá que cumplir su promesa de mantener a raya el terrorismo islamista. Porque China no depende de los talibanes, puede prescindir de Afganistán e incluso cerrar la frontera común. Este era también el plan para las nuevas rutas de la seda. La República Popular tiene otras alternativas.

Por Michael Krätke, economista, fue profesor en la Universidad Libre de Berlín, luego en Bielefeld y más tarde, en la Universidad de Ámsterdam. Escribe en varias revistas de izquierda en alemán.

30/8/2021

Der Freitag

Traducción (del francés) de Ruben Navarro para Correspondencia de Prensa

Publicado enInternacional
Viernes, 03 Septiembre 2021 08:18

Orwell, Kafka, Afganistán

Orwell, Kafka, Afganistán

El otro día –tras un buen rato de no seguir la prensa ni medios de allá– estaba mirando cómo los valientes soldados polacos instalaban en la frontera con Bielorrusia “en tiempo récord” 6 kilómetros de valla de alambre de cuchillas. Tres capas. Dos metros y medio de altura. El previamente instalado muro de 150 kilómetros de puro alambre de púas resultó supuestamente “demasiado débil”. ¿El propósito? Según el gobierno, “proteger a Polonia de la migración” y “de los terroristas de Irak y de Afganistán” (bit.ly/38A7ljn). O sea, refugiados civiles, buena parte mujeres y niños que huyen de sus países, reventados por las guerras neoimperiales.

El ministro de Defensa se congratulaba –y ensalzaba a sus tropas– como si hubiéramos (ahora sí) parado una blitzkrieg nazi o mandado de vuelta a la casa, con la cola entre las piernas, al ejército de Stalin.

¿Cuántos materiales televisivos recordaban que éramos los primeros en sumarse a la invasión de Irak (2003) –incluso a cargo de una de las zonas de ocupación allí– librada con base en mentiras orwellianas: armas de destrucción masiva (WMD), complicidad con Saddam en el 9/11, etcétera, unas, que le causarían envidia al propio Goebbels y harían parecer a Molotov un nene de pecho?

¿Cuántos reportajes, sin importar si era la tele estatal, llena de propaganda y medias verdades como en tiempos comunistas, o la privada de los “luchadores por la libertad (y el libre mercado)”, mencionaban, en conexión con la reciente debacle (bit.ly/3yyiiwv), que éramos igualmente los primeros a mandar las tropas a Afganistán (2001) a pedido de nuestro “compadre”, Bush Jr?

Pues... ninguno (de los que alcancé a ver).

Ningún link entre nuestra complicidad en reventar aquellos países y la “amenaza ante portas”, como si la imagen de los mismos soldados, ahora en la frontera con Bielorrusia, pero antes en las calles de Bagdad y Kabul, no fuese capaz de agitarle la memoria a nadie.

Tampoco ninguna reflexión acerca de las lecciones de la crisis de los refugiados (2015) desencadenada por otra guerra, en Siria –a esta, milagrosamente, ya nos negamos a ir–, pero en la cual Polonia, aún bajo otro gobierno (neo)liberal, estaba en la primera fila de crueldad y xenofobia que caracterizaron la respuesta de la Unión Europea (UE).

Ahora que un grupo de 32 refugiados está atrapado en una “tierra de nadie”entre Polonia y Bielorrusia –con otros muchos en la zona– “en una bizarra confrontación kafkiana entre ambos países” (bit.ly/3DqslHE), como reportó The Guardian: yo ya tuve que apagar la tele polaca..., en la cual Varsovia y Bruselas acusan a Lukashenko de “librarles una guerra híbrida” y “vengarse por las sanciones” queriendo “desestabilizar a la UE”, tampoco a nadie se le despertó la conciencia.

La noción de lo kafkiano fue acuñada en los 30 por Malcolm Lowry para denotar –tal como la entendemos generalmente– una “pesadilla burocrática” o situación que oscila desde lo absurdo al ridículo (véase: Michael Löwy, Franz Kafka, soñador insumiso, Taurus, México 2007, pp. 131-135). La palabra empezó a vivir su propia vida, hasta el punto que su (sobre)uso, hizo que se “erosionara” y empezara a perder el sentido (bit.ly/3DxOiVu); lo mismo pasó de hecho con el adjetivo “orwelliano” vaciado hasta cierto punto del sentido (bit.ly/3kDF699), que apunta tanto a la destrucción del pensamiento independiente, decepción, como a la propia “erosión del lenguaje” y que –dadas las tendencias autoritarias y/o posfascistas del actual gobierno polaco de extrema derecha–, quizás sería igualmente apropiado.

En fin.

Yo digo que si un grupo de 32 personas, independientemente de dónde venga y a dónde va, es capaz de –juzgando por la reacción de Varsovia y Bruselas–, “desestabilizar a la UE”, pues bueno, ya... El último apaga la luz.

Además, si hay alguien que ha estado desestabilizando por años y trabajando duro para reventar (desde dentro) la UE son los reaccionarios polacos en el poder – with a little help of Orbán– ignorando resoluciones de la Comisión Europea, atacando cortes, medios, buleando a mujeres, minorías y arrasando –muy en el espíritu de 1984– con la disidencia y todo lo que se oponía a su “sincronización”( gleichschaltung) católica y nacionalista (perdón por andar fifí, pero la inserción de bloques religiosos hasta en un canal de radio pública de música clásica fue la gota por la cual ya dije “basta” con los medios de allá...).

Son ellos más bien que por el bien de Europa –por si hay algo digno de salvar de ella... ¡sí, me acuerdo de usted, Zygmunt Bauman!– deberían ser acorralados por un alambre de cuchillas. Arrestados y expulsados.

Lo que pasa en la frontera polaco-bielorrusa no es kafkiano. Es vergonzoso e inhumano. O bueno, que sea kafkiano: al final el gran George Steiner también apuntaba a esta faceta de “inhumanidad” en su lectura de El proceso (Löwy, p. 131).

El mismo chantaje, “de abrir la llave con los refugiados”, Erdogan le está haciendo desde hace años a la UE. Pero como Turquía es miembro de la OTAN, pues bueno... Todo en familia. Lukashenko, verdaderamente despreciable, como enemigo, es perfecto. Y como los europeos, no sólo los gringos, acabaron de salir volando de Afganistán con la cola entre las piernas –junto con las últimas tropas polacas recibidas en estas semanas como “héroes” por aquel mismísimo ministro de Defensa (bit.ly/3jxrfC0)–, siempre se ocupan nuevos.

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