La iniciativa, que crea formas de gobierno comunitarias, es una pieza fundamental para el "socialismo del siglo XXI" que impulsa el presidente Hugo Chávez. El texto privilegia el modelo de democracia "participativa, protagónica y corresponsable", y establece "la constitución de formas de autogobierno comunitarias y comunales, para el ejercicio directo del poder".

Esas instancias, como la "comuna" y el "consejo comunal", podrán asumir funciones de administración bajo una economía de "propiedad social comunal" y "desarrollo endógeno", según la normativa.
El proyecto de ley establece que "la comuna es una entidad local socialista, constituida por iniciativa soberana del pueblo organizado, donde y a partir de la cual se edifica la sociedad socialista". Cada comuna recibirá recursos del Estado, contará con un Parlamento Comunal y una Carta que garantizará "la primacía del interés colectivo sobre el interés particular".

La organización comunal es una larga ambición de Chávez, que en 2007 la incluyó dentro de una propuesta de reforma constitucional que fue rechazada en referendo. "El pueblo es el depositario de la soberanía y la ejerce a través del poder popular (...) que se expresa en comunidades, comunas y autogobierno de las ciudades", definió por entonces Chávez.

En tanto, la ley del Sistema Económico Comunal, que secunda a la ley de Poder Popular, busca establecer un sistema basado en la "propiedad social". Las empresas comunales, que se crearán al amparo de estas leyes, coexistirán junto al "modelo capitalista", señala el diputado oficialista Afredo Murga, de la comisión de Participación Ciudadana, "hasta que la madurez de la sociedad vaya extinguiendo esas formas capitalistas". "El esquema de producción capitalista no se eliminará de un plumazo", afirmó. "Queremos refundar la República sobre las bases de una sociedad socialista", remató Murga.

La ley fue aprobada a menos de un mes de la entrada en funciones de la nueva Asamblea Nacional, el Parlamento, en la que por primera vez en cinco años el oficialismo no tendrá la mayoría calificada de la que disfrutó durante este período ya que en 2005 la oposición se retiró de los comicios. A partir de enero, la oposición tendrá 67 de los 165 escaños.
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Lunes, 06 Diciembre 2010 06:33

Hackers vengadores y espías en diligencia

El caso WikiLeaks tiene un doble valor. Por un lado, no es más que un escándalo aparente, un escándalo que sólo parece tal por la hipocresía que gobierna las relaciones entre los Estados, los ciudadanos y la prensa. Por otro lado, anuncia cambios profundos a nivel internacional y prefigura un futuro dominado por la regresión.

Pero vayamos por orden. El primer aspecto de WikiLeaks es la confirmación del hecho de que cada dossier abierto por un servicio secreto (de cualquier país) está compuesto exclusivamente de recortes de prensa. Las “extraordinarias” revelaciones americanas sobre los hábitos sexuales de Berlusconi no hacen más que informar de lo que desde hace meses se puede leer en cualquier periódico (salvo aquellos cuyo propietario es Berlusconi), y el perfil siniestramente caricaturesco de Gadafi era desde hace tiempo un tema corriente entre los artistas de cabaret.

La regla según la cual los dossiers secretos no deben contener más que noticias ya conocidas es esencial para la dinámica de los servicios secretos, y no únicamente los de este siglo. Si va usted a una librería consagrada a publicaciones esotéricas, verá que cada obra repite (sobre el Grial, el misterio de Rennes-le-Château, los Templarios o los Rosacruces) exactamente lo mismo que dicen las obras anteriores. No se trata únicamente de que el autor de textos ocultos sea reacio a embarcarse en nuevas investigaciones (o que no sepa dónde buscar información sobre lo inexistente), sino de que quienes se consagran al ocultismo sólo creen aquello que ya saben, aquello que les confirma lo que ya les habían dicho.

Mucho ruido y pocas nueces
Es el mismo mecanismo que explica el éxito de Dan Brown. Y lo mismo pasa con los dossiers secretos. El informador es perezoso, y también es perezoso (o estrecho de miras) el jefe de los servicios secretos (si no lo fuera, podría ser, pongamos, redactor de Libération) que sólo da por cierto lo que reconoce como tal. Las informaciones top secret sobre Berlusconi que la embajada americana enviaba de Roma al Departamento de Estado eran las mismas que Newsweek había publicado la semana anterior.

Pero entonces, ¿por qué han hecho tanto ruido las revelaciones sobre estos dossiers? Por un lado, sólo dicen lo que cualquier persona cultivada ya sabe, esto es, que las embajadas, por lo menos desde el final de la Segunda Guerra Mundial y desde que los jefes de Estado pueden llamarse por teléfono o tomar un avión para almorzar juntos, han perdido su función diplomática y que a excepción de algunas funciones representativas menores se han convertido en centros de espionaje. Cualquier aficionado a las películas policiales lo sabe perfectamente, y sólo por hipocresía se hace ver que no se sabe.

Sin embargo, el hecho de repetirlo públicamente viola el deber de la hipocresía y pone en mal lugar a la diplomacia americana. En segundo lugar, la idea de que un hacker cualquiera pueda captar los secretos más secretos del país más poderoso del mundo supone un golpe nada menor para el prestigio del Departamento de Estado. En este sentido, el escándalo no pone tanto en crisis a las víctimas como a los “verdugos”.

El Gran Hermano es parte del pasado
Pero pasemos a la naturaleza profunda de lo que ha ocurrido. Antes, en tiempos de Orwell, cualquier poder podía ser visto como un Gran Hermano que controlaba cada gesto de sus súbditos. La profecía orwelliana se vio totalmente confirmada desde el momento en que el ciudadano pasó a ser la víctima total del ojo del poder, que ahora podía controlar gracias al teléfono cada uno de sus movimientos, cada una de sus transacciones, los hoteles que visitaba, la autopista que había tomado y así sucesivamente.

Pero ahora que se ha demostrado que ni siquiera las criptas de los secretos del poder pueden escapar al control de un hacker, la relación de control deja de ser unidireccional y se convierte en circular. El poder controla a cada ciudadano, pero cada ciudadano, o al menos el hacker -elegido como vengador del ciudadano- puede conocer todos los secretos del poder.

¿Cómo puede sostenerse un poder que ya no es capaz de conservar sus propios secretos? Es verdad que Georg Simmel ya decía que un auténtico secreto es un secreto vacío (el secreto vacío nunca podrá ser desvelado); es verdad, también, que todo saber sobre la personalidad de Berlusconi o de Merkel es efectivamente un secreto vacío de todo secreto, pues es de dominio público; pero revelar, como ha hecho WikiLeaks, que los secretos de Hillary Clinton eran secretos vacíos es robarle todo su poder.

Volver al espionaje a la antigua
WikiLeaks no ha perjudicado en absoluto a Sarkozy o a Merkel, y sí en cambio a Clinton y a Obama. ¿Cuáles serán las consecuencias de esta herida infligida a una potencia tan importante? Es evidente que en el futuro, los Estados no podrán poner online ninguna información reservada, pues eso sería como publicarla en un cartel pegado en la calle. Pero también es evidente que con las tecnologías actuales, es vano esperar que se puedan mantener conversaciones confidenciales por teléfono. Nada más fácil que descubrir si y cuándo un jefe de Estado se ha desplazado en avión y ha contactado con alguno de sus colegas.

¿Cómo podrán mantenerse contactos privados y reservados en el futuro? Sé bien que por el momento mi previsión no parece más que ciencia-ficción y resulta por lo tanto novelesca, pero no me queda otra opción que imaginar a los agentes del gobierno desplazándose en diligencia por itinerarios incontrolables, llevando únicamente mensajes aprendidos de memoria o, a lo sumo, escondiendo en el talón del zapato las raras informaciones escritas. Las informaciones se guardarán en copia única en cajones cerrados con llave: en el fondo, la tentativa de espionaje de Watergate tuvo menos éxito que WikiLeaks.

¿Quién informa a quién?
Ya había tenido ocasión de escribir antes que la tecnología avanza como un cangrejo, es decir, hacia atrás. Un siglo después de que el telégrafo sin hilos revolucionara las comunicaciones, Internet ha restablecido un telégrafo con hilos (telefónicos). Los vídeos (analógicos) habían permitido a los estudiosos del cine investigar una película paso a paso, haciendo avanzar y retroceder la película y descubriendo todos los secretos del montaje, mientras que ahora los CDs (digitales) sólo permiten saltar de capítulo en capítulo, es decir, por grandes secciones.

Con los trenes de alta velocidad se puede ir de Roma a Milán en tres horas, mientras que en avión, incluidos los desplazamientos que requiere, son tres horas y media. No tiene pues nada de sorprendente que la política y las técnicas de comunicación vuelvan a los carruajes.

Una última observación. Antes, la prensa se esforzaba por descubrir lo que se tramaba en el secreto de las embajadas. Hoy, son las embajadas las que piden informaciones confidenciales a la prensa.

Umberto Eco
5 Diciembre 2010

(Tomado de Libération)
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Jueves, 11 Noviembre 2010 18:44

Poder, autoridad y desobediencia (II)*

En 1599, un intelectual de la corte y del clero español, Juan de Mariana,
advertía a Felipe III sobre los inconvenientes de la tiranía en desmedro de
la monarquía, que era la mejor forma de gobierno posible. Antes no había
leyes, pensaba Mariana, y se confiaba en los reyes. Pero por desconfianza a
los príncipes, “se creyó que para obviar tan grande inconveniente podían
promulgarse leyes que fuesen y tuviesen para todos igual autoridad e igual
sentido”. No obstante, la autoridad política debía ser ejercida por un
noble, porque “la nobleza como la luz deslumbra, no sólo a la muchedumbre,
sino hasta los magnates, y sobre todo enfrenta la temeridad de los que
tengan un corazón rebelde”.

Más adelante el consejero le recuerda al príncipe que Enrique III de
Castilla decía temer más al pueblo que a los enemigos. Juan de Mariana era a
un mismo tiempo religioso católico y humanista —casi una norma en los
intelectuales de su época—, y esta ambigüedad se manifiesta a lo largo de
sus páginas. Por ejemplo, la idea tradicional del poder descendiendo de Dios
sobre el rey y de éste al pueblo, es invertida con estas palabras: “Los
pueblos le han trasmitido su poder [al rey], pero se han reservado otro
mayor para imponer tributo; para dictar leyes fundamentales es indispensable
siempre su consentimiento […] el poder real, si es legítimo, ha sido creado
por el poder de los ciudadanos”. Y otra vez una objeción de facto que no
sugiere una posible progresión histórica sino lo contrario: pero “el pueblo
no se guía desgraciadamente por la prudencia sino por los ímpetus de su
alma”.

La Era moderna terminó de sustituir esta idea de autoridad personal,
hereditaria, por los preceptos humanistas de igualdad y libertad. Pero esta
dinámica también se construye por una aparente contradicción: por un lado,
el Estado moderno representa todas aquellas promesas de superar las
jerarquías religiosas y la confianza en la equidad y las libertades
individuales, pero por otra parte también revela cierta incertidumbre sobre
la naturaleza de estas virtudes, lo que deriva en la manipulación y control
del Estado. Según la tradición hobbesiana, las acciones humanas no están
motivadas por el bien sino por el deseo. La guerra es una expresión de este
impulso, fuente del poder humano. La diferencia relativa de poder entre dos
seres humanos significa un poder absoluto cuando decide un conflicto a favor
de una de las partes; el reconocimiento de esta diferencia se convierte en
honor y prestigio. Es decir, el poder se consolida y legitima culturalmente.
Por esta razón, si se puede entender esta diferencia de poder como inherente
a la condición humana, también se puede entender como una creación
artificial, al menos en su expresión social, y por lo tanto mutable.

Pronto la legitimidad del poder social establecido deja de ser expresión
indiscutible de Dios (a través de la clase clerical, noble o aristocrática)
y comienza a ser radicalmente cuestionado. A mediados del siglo XIX Pi i
Margall adelantaba lo que un siglo después reconoceremos en Michel Foucault:
“el derecho de penar, simple atributo del poder, es tan místico y tan
inconsistente como el poder mismo. La ciencia no lo explica, el principio de
soberanía individual lo niega” (*Reacción*). Si para el psicoanálisis la
civilización es la expresión de la violencia primitiva, la sublimación de
los instintos salvajes o la materialización de tabúes como el incesto, para
los humanistas este estado actual se trata de una corrupción temporal de la
concepción contraria: la “naturaleza” original de los seres humanos radica
en la igualdad, la libertad se sostiene por su racionalidad, pero aún no ha
sido expresada plenamente: el objetivo de la civilización no es oprimir sino
liberar, ir del estado de necesidad al de libertad. Para Pi, “un ser que lo
reúne todo en sí es indudablemente soberano. El hombre, pues, todos los
hombres son ingobernables. Todo poder es un absurdo. Todo hombre que
extiende la mano sobre otro hombre es un tirano. Es más: es un sacrílego”.
Trazando un típico paralelismo entre el individuo y las naciones o pueblos,
antes había recordado: “entre dos soberanos no caben más que pactos.
Autoridad y soberanía son contradictorias. A la base social
*autoridad* debe, por lo tanto, sustituirse la base social
*contrato*. Lo manda así la lógica”.

Para que la verdadera libertad del individuo social sea alcanzada, Pi dice:
“*dividiré y subdividiré el poder, lo movilizaré, y lo iré de seguro
destruyendo*”. La concepción inversa dominó los siglos anteriores y fue
formulada en 1599 por Juan de Mariana. Aunque advirtiendo que las monarquías
suelen degenerar en tiranías, el religioso argumentó a favor de la
monarquía, ya que en el pueblo los malos son más que los buenos y no
conviene dividir el poder en un orden democrático. “No se pesan los votos,
se cuentan, y no puede suceder de otra manera”, se quejaba Mariana.

En el caso del humanismo radical, la revolución es una forma de progresión
por saltos y el objetivo principal es el individuo, pero siempre a través de
la asociación con los otros: “el pueblo no debe agradecer anda a nadie. El
pueblo se lo merece todo a sí mismo” (Pi).

En el siglo XX ya no quedan dudas sobre la naturaleza política del poder.
Para Edward Said, la autoridad no es un fenómeno misterioso o natural;
simplemente se forma y se irradia, es un instrumento de persuasión, posee un
determinado estatus, establece cánones estéticos y valores morales. La
autoridad se confunde con las ideas que eleva a categoría de verdad (*
Orientalism*).

(continua)

Jorge Majfud
Jacksonville University
majfud.org
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Sábado, 06 Noviembre 2010 14:54

Poder, autoridad y desobediencia (I)

En el siglo de las independencias (XIX), siglo de predominio romántico en Iberoamérica, de rebeliones y exaltación a la individualidad nacional, la obediencia social —de clase, de sexo y de raza— continuaba siendo un paradigma fundamental. El libertador Simón Bolívar, como muchos otros, en sus momentos de mayor producción intelectual dudó sobre la conveniencia de un sistema democrático para América Latina, no porque no tuviese fe en la teoría que se había practicado en Estados Unidos sino porque dudaba de las condiciones culturales de los pueblos acostumbrados a obedecer. En su famosa “Carta de Jamaica” (1815) a Henry Cullen, confiesa: “En tanto que nuestros compatriotas no adquieran los talentos y virtudes políticas que distinguen a nuestros hermanos del Norte, los sistemas enteramente populares, lejos de sernos favorables, temo mucho que vengan a ser nuestra ruina” (*Doctrina*).

Luego, citando a Montesquieu: “Es más difícil sacar a un pueblo de la servidumbre que subyugar a uno libre […] El Perú, por el contrario [a la rebeldía del Río de la Plata], encierra dos elementos enemigos de todo régimen justo y liberal: oro y esclavos […]; el alma de un siervo rara vez alcanza a apreciar la sana libertad: se enfurece en los tumultos o se humilla en las cadenas”.

La misma idea repetirá el ensayista ecuatoriano Juan Montalvo medio siglo después. Para Bolívar las divisiones son propias de las guerras civiles entre conservadores y reformadores. “Los primeros son, por lo común, más numerosos, porque el imperio de la costumbre produce el efecto de la *obediencia* a las potestades establecidas; los últimos son siempre menos numerosos aunque más vehementes e *ilustrados*” (*Doctrina*).

Entre estos últimos, estaban intelectuales liberales como Estaban Echeverría, exiliado en Montevideo y autor de *El dogma socialista* (1846): “Nosotros no exigimos obediencia ciega, dice San Pablo, nosotros enseñamos, probamos, persuadimos: *Fides* *suadenda non imperanda*, repite San Bernardo”. Más adelante: “la España nos recomendaba respeto y deferencia a las opiniones de las canas, y las canas podrán ser indicio de vejez pero no de inteligencia y razón. […] La España nos enseñaba a ser obedientes y supersticiosos y la
Democracia nos quiere sumisos a la ley, religiosos y ciudadanos”.

Uno de los mejores intelectuales argentinos de su época, Juan Bautista Alberdi, todavía entendía el progreso como el aumento de los mercados y la obediencia laboriosa de sus individuos. “La industria es el calmante por excelencia” (*Bases*). El mismo pensador que en 1842 afirmaba ante un público de universitarios en Montevideo que “la tolerancia es la ley de
nuestro tiempo” (*Ideas*), en 1852, en sus *Bases* para las constituciones, insistía en la sumisión de la mujer que recuerda al celebrado clásico del Siglo de Oro español (y del misoginismo) *La perfecta casada* (1583) de Fray Luis de León: “su instrucción no ha de ser brillante. No debe consistir en talentos e ornato y lujo exterior […] no ha venido al mundo para ornar el salón, sino para hermosear la soledad fecunda del hogar. Darle apego a su
casa es salvarla” (*Bases*). La misma idea es reformulada en el siglo XXI por nuevos teóricos del noepatriarcado en Estados Unidos: el patriarcado favorece el aumento de la tasa de natalidad y, por ende, la producción y predominio de un país a largo plazo (Longman).

Cuatro años antes Andrés Bello había advertido, desde una perspectiva humanista, que “las constituciones políticas *escritas* no son *a menudo*verdaderas emanaciones del corazón de una sociedad, porque suele dictarlas una parcialidad dominante”. Las diferencias de clases impregnan todo el pensamiento de los intelectuales de la época, mientras que las diferencias raciales aparecen de forma explícita. Para Domingo F. Sarmiento, reconocido
pedagogo de la época además de intelectual y presidente de la nación Argentina, la educación se reducía a la imposición de la disciplina, de la autoridad. “El sólo hecho de ir siempre á la escuela, de obedecer á un maestro, de no poder en ciertas horas abandonarse a sus instintos, y repetir los mismos actos, bastan para docilizar y educar á un niño, aunque aprenda poco” (Berdiales). Su idea de la infancia (“un niño no es más que un animal
que se educa y dociliza”) será también su idea del gaucho, del campesino y de todas las clases marginales o subalternas de su época. El mismo Alberdi, respondiendo al Sarmiento de *Facundo*, en 1865 demuestra el progresivo cambio de paradigma. El poder —entendido como el ejercicio político de una minoría en la cúspide de la pirámide social—, y luego la obediencia que lo realiza, ya no es percibido como manifestación de Dios o como fuerza
organizadora de la sociedad sino como un mal necesario destinado a decaer.
Según Alberdi, “el poder ilimitado de los recursos y medios de gobierno de toda la nación absorbidos en Buenos Aires, corrompió a Rosas como hubiera corrompido al mejor hombre, armado de este poder sin límites” (*Barbarie*).

Una característica que nace con el humanismo seis siglos antes es su rechazo a la autoridad; primero a la autoridad intelectual, luego a la autoridad política. Este rechazo —basado en los principios de *razón* e *historia*contra *autoridad* y *naturaleza*— provocará profundas reacciones, especialmente cuando este paradigma se había consolidado en su expresión teórica y en su retórica política, como en la España del siglo XIX. Además de intelectuales
anarquistas como Pi i Margall, la poesía es en algún momento concebida en un rol opuesto al tradicional. De la antigua elegía o alabanza al vencedor, a los poemas por encargo en adulación del rey, se pasa a la idea de que el poeta “jamás usa sus conceptos en adular el poder” (Zorrilla).

Este rechazo se transforma en un tópico del pensamiento del siglo XX: el poder y las posibles formas de liberación de su imposición arbitraria. El pensamiento posmoderno, con sus diversas y contradictorias manifestaciones —el poscolonialismo, el feminismo, las reivindicaciones de minorías sexuales y raciales, la concepción de la historia como un devenir sin objetivo, la multiplicidad de puntos de vista, la micropolítica y las teorías de la
narración, el estructuralismo y el antiestructuralmismo— ha reincidido en una fuerte crítica al poder como principal elemento creador de la realidad.

De ser una particularidad desde el primer humanismo del Renacimiento, se convierte en un principio “natural” del intelectual (prometeico) moderno y posmoderno: según Edward Said, una de las principales actividades intelectuales del siglo XX ha sido el cuestionamiento y sobre todo la tarea de “undermining of authority” (*Representations*). Así, no sólo ha
desaparecido el consenso sobre lo que constituye la realidad objetiva, según Said, sino además toda una serie de autoridades tradicionales, incluida Dios o la supuesta voluntad de Dios.

Para que esto sea posible, el individuo antes debe ser representado como libre y racional (dos dimensiones centrales del sujeto moderno). Como observó Cascardi, este punto de vista conduce a la idea de un individuo como un “espectador ideal”, independiente del fenómeno que observa. El individuo es visto como alguien que se ha liberado de las condiciones de un mundo encantado o del encantamiento de la naturaleza, tanto como de la necesidad
de obediencia a una autoridad exterior. Al mismo tiempo, este individuo aparece como agente de cambio de ese mundo exterior que, como consecuencia, debe derivar a un estado conformado por individuos libremente asociados. Razón por la cual el surgimiento de este nuevo sujeto tiende a reemplazar la autoridad religiosa por una práctica social basada en normas.

(*Continúa*)

Jacksonville University
majfud.org
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Domingo, 10 Octubre 2010 07:45

El poder de los militares

Si se sigue con un poco de atención el debate político-intelectual surgido en Ecuador tras los episodios de la semana pasada, es fácil descubrir que oscila entre quienes lo definen como un simple motín salarial que, más por imperio de la furia desorganizada que como resultado de una estrategia deliberada, derivó en el secuestro del presidente, y quienes lo consideran, sí, un intento de golpe de Estado, aunque –salvo los conspiracionistas que creen ver detrás la mano invisible de la CIA– hay acuerdo en que, incluso si fue un golpe, fue un golpe fracasado, desde sus inicios, en toda su improvisación estratégica y operativa.

Contra lo que indica el manual del buen golpista, los policías no llegaron, ni siquiera intentaron, tomar todos los centros neurálgicos del poder, ni se aseguraron el control territorial más allá del bloqueo desordenado del aeropuerto (no hubo retenes en los accesos a Quito ni bloqueos en las rutas que aislaran la ciudad); no detuvieron a otros líderes políticos (incluyendo al vicepresidente) y no aislaron a Correa (que se comunicaba vía telefónica con sus funcionarios y los medios). La sensación es que, una vez que lo secuestraron, no sabían bien qué hacer con él: evidentemente no se animaron a asesinarlo y, al encontrarse con la rotunda negativa del presidente a negociar bajo coacción, no supieron cómo reaccionar.

Aunque obviamente había vínculos de Lucio Gutiérrez, los policías sublevados no estaban lo suficientemente articulados con los dos actores políticos y sociales capaces de asumir el poder, los únicos núcleos alternativos al mismo Correa que existen en Ecuador: la oligarquía de Guayas liderada por al alcalde Jaime Nebot y el partido Sociedad Patriótica, de considerable penetración popular, capitaneado por Gutiérrez. Quizá por eso, los análisis posteriores tienden a pasar por alto el hecho de que –a diferencia de lo que sucedió en Venezuela en 2002 o en Bolivia en 2008– las movilizaciones populares en rechazo al golpe fueron tibias, lo que demuestra que el gobierno de Correa puede gozar de un altísimo nivel de aprobación, pero que se trata de una aprobación difusa, poco organizada, sin liderazgos fuertes más allá del mismo presidente.

En todo caso, y más allá de un debate que puede volverse semántico, Ecuador se suma a la lista de intentonas fracasadas, que incluye a Venezuela (donde –ahí sí– una parte del ejército acompañó al liderazgo civil golpista) y Bolivia (donde tanto los militares como la policía se mantuvieron leales al presidente). En este marco, Honduras aparece como una clara excepción, con una serie de características propias: el origen fue un conflicto institucional de poderes (que luego desembocó en un golpe); había actores sociales y corporativos (empresarios, medios, un sector de los sindicatos) dispuestos a hacerse cargo del poder; dos de los tres poderes del Estado (el Congreso y la Corte) se mostraron dispuestos a pintar de un barniz institucional al golpe y, sobre todo, había un liderazgo claro (el del senador Roberto Micheletti) y un proyecto definido (estirar el gobierno de facto hasta las elecciones).

Pero nada de esto debería interpretarse como una minimización de los episodios ocurridos en Ecuador. Si se revisa la secuencia, salta a la vista que, aunque no todos los policías se sublevaron, y aunque probablemente quienes efectivamente se levantaron en armas no pasaron de unos cientos, la huelga de brazos caídos fue total en todas las ciudades salvo en Cuenca: la sensación de anomia que por unas horas se instaló en el país y los saqueos de Guayaquil dan cuenta de esta realidad. Por otra parte, como señaló correctamente Eduardo Gudynas, hay que recordar que en la conferencia de prensa de las fuerzas armadas los jefes militares reconocieron explícitamente la autoridad presidencial y ratificaron su alineamiento con los poderes democráticos... pero reclamaron la anulación de la ley del servicio civil y hasta pidieron una mejora de los salarios. Como sostiene Gudynas, casi un chantaje: respaldamos al presidente si nos aumenta los sueldos.

Pero lo central, más allá del debate posterior, es que los acontecimientos ecuatorianos reavivan el debate acerca de la importancia de asegurar el control civil sobre las fuerzas de seguridad (incluyendo tanto a las fuerzas armadas como a las policías y sus auxiliares) y definir claramente las competencias de cada una, en particular en aquellas democracias que atraviesan fuertes procesos de cambio: el punto más frágil, y del que se habla menos, es hoy Paraguay.

El problema es general. En momentos en que Brasil es visto como un ejemplo para toda la región, con innegables aciertos que son señalados como la senda que debería seguir la Argentina, vale la pena recordar que la confusión entre las tareas de seguridad interior y defensa exterior y la autonomía operativa, y por momentos incluso política, de los militares y policías, constituye un problema que Brasil aún no ha logrado resolver. En Brasil los militares cumplen una larga serie de funciones que tienen poco que ver con su tarea original: manejan la Policía Militar de cada estado (equivalente a las policías provinciales), controlan el tránsito, ayudan a combatir el dengue, se ocupan de la seguridad en el Carnaval de Río, de proteger al Papa..., hasta los bomberos, institución civil por excelencia, dependen de los militares.

Jorge Zaverucha, especialista brasileño en cuestiones militares, lo explica de esta forma: “En los países democráticos, las competencias de la policía y las del Ejército están claramente separadas. La policía se ocupa de los adversarios y el Ejército, de los enemigos. Por ello, las doctrinas, el armamento y la instrucción son diferentes. Sin embargo, en Brasil estas competencias están entremezcladas. El proceso de politización de las fuerzas armadas se da simultáneamente con la militarización de la policía”. El general Leônidas Pires Gonçalves, primer ministro del Ejército de la democracia, lo había expresado claramente años atrás: “No estamos entrenados para esposar a la gente. Si visita los cuarteles, no verá esposas en ningún lado, pero sí encontrará un polígono de tiro”.

La intervención militar en Brasil no es una excepción sino una regla en América latina. En casi todos los países de Centroamérica, los militares llevan adelante tareas de seguridad interna, y lo mismo en México, donde Felipe Calderón ha reforzado sus atribuciones para combatir el narcotráfico. En Ecuador constituyen un verdadero poder económico que controla puertos, empresas aéreas, astilleros, siderurgias y hasta un banco. En Chile, recién en el 2005 el presidente recuperó la facultad de decidir el ascenso de los oficiales, que hasta el momento eran promovidos por un Consejo de Seguridad integrado por ellos mismos.

En Argentina, en cambio, Raúl Alfonsín impulsó el Juicio a las Juntas, Carlos Menem anuló el servicio militar obligatorio e inició las primeras misiones de paz y Néstor Kirchner les dio amparo político a las investigaciones por violaciones a los derechos humanos y consiguió la anulación de las leyes de obediencia debida y punto final. En 25 años de democracia hubo, por supuesto, concesiones de todo tipo, desde las leyes de impunidad y los indultos hasta escandalosos favores personales, pero incluso Menem y De la Rúa, los dos presidentes más cercanos a los planteos verde oliva, se aseguraron de garantizar el control civil sobre los militares y resistieron las presiones para autorizar la intervención militar en cuestiones de seguridad.

Rut Diamint, especialista en temas de defensa de la Universidad Di Tella, lo sintetiza de esta forma (revista Nueva Sociedad 213): “De todos los países de América latina, Argentina es sin dudas el que hizo las revisiones más profundas y los cambios más notables para avanzar en el control civil democrático de las fuerzas armadas. Es, también, el país que dio más pasos en la tarea de hacer de la política de defensa una política pública decidida por el Poder Ejecutivo, con aportes tanto del Congreso como de la comunidad académica. Y es, finalmente, el país latinoamericano en el que los militares intervienen menos en la toma de decisiones”.

En este punto, la democracia argentina ha producido avances inéditos en el contexto latinoamericano, que suelen pasarse por alto a la hora de valorar las políticas de Estado de cada país. Brasil, por caso, carece de una estrategia alrededor del tema. Por si hacía falta, los episodios registrados en Ecuador alertan sobre la importancia de mantener a raya a policías y militares.

Podría ser una máxima de Philip Marlowe: nunca conviene relajarse del todo frente a alguien que lleva una pistola.

Por José Natanson

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De caminar sosegado y apacible palabra, Humberto Maturana (Santiago, 1928) parece siempre estar rumiando una idea. O varias. Delgado, cabello y barba ligeramente desaliñados, mirada densa, es uno de los pensadores más consultados en América Latina en temas como los de comunicación, educación o, desde luego, biología, que es la disciplina en la que se formó y la matriz desde la cual ha establecido, fundamentalmente, su teorización epistemológica

Médico de la Universidad de Chile, Doctor en Biología por la de Harvard -con estudios de anatomía en el University College of London-, candidato al Premio Nobel en Medicina y Doctor Honoris Causa de la Universidad de Bruselas, es autor de numerosos libros sobre los procesos del conocimiento humano, en los que plantea, desde distintos y complejos abordajes (una complejidad -la de su palabra escrita- que difiere de la sencillez de su conversación), cómo se relaciona el sujeto con la realidad. E inclusive va más allá: pone en duda -y ha recurrido a experimentos muy estrictos para probarlo- que esa realidad, en tanto consenso compartido, verdad fija e independiente de la percepción, sea posible. 

Maturana visitó Ecuador, a inicios de esta semana, para ofrecer una charla -junto con su estrecha colaboradora Xiména Dávila- sobre el arte de gobernar en tiempos de crisis, en el marco de la celebración de los once años de creación de la Universidad Casa Grande de Guayaquil. Estuvo también en Quito, donde ofreció conferencias privadas... Siempre con esa palabra sosegada, que genera una vibra óptima para la buena plática...

 ... En su teoría biológica del conocimiento usted plantea -a grandes rasgos- que no podemos realmente hablar de una realidad independiente del hombre. Octavio Paz nos recuerda, por citar apenas un ejemplo, que es prácticamente a partir de la imposición del paradigma cristiano que se comienza a concebir al hombre como un ente separado de la naturaleza, y a veces enfrentado a ella, ¿cómo cree que podría articularse, hoy, esa noción de conocimiento en que hombre y supuesta realidad externa son de nuevo una misma esencia, hablando específicamente de los procesos de generación de conocimiento político, estético, social, en fin, de los procesos propios de la vida contemporánea? 
   
Interesante abordaje, pero vamos por partes. El tema de la realidad, desde los orígenes de mi reflexión, se construye a partir de la experiencia del error... Si las cosas están allí, y son ajenas, ¿cómo es que nos equivocamos?... eso surge como una duda en relación con las cosas que uno ve o que uno dice que ve. En cuanto a lo que usted expresa, respecto del asunto cultural e histórico con la alusión al cristianismo, puedo decir que si nos fijamos en Oriente y Occidente podemos darnos cuenta de que el pensamiento se ha, efectivamente, separado: Oriente se basa en aceptar que uno no ve, que todo es ilusión; mientras que Occidente, con el desarrollo de la ciencia, está centrado en reconocer que el no ver es una falla nuestra; y la ciencia, en ese sentido, tiene como propósito, pues, poder mostrar las cosas en sí. Si uno quiere plantear el problema desde esa perspectiva filosófica, acepta una cosa o  la otra, porque no tiene cómo dilucidarlo. Lo que pasa en mi historia es que, por allá por los sesenta, empiezo a preguntarme por el asunto de la percepción; y comienzo con experimentos elementales con los colores. Prestando atención al fenómeno de los colores, que es un fenómeno de la luz... Es cuando me doy cuenta de que si el color fuera, indefectiblemente, el azul, el café o el marrón, uno debería poder mostrar cómo eso pasa por la retina; cómo se registra en el sistema nervioso el hecho de que uno vea el color... Luego de un tiempo descubrí que ese era un tema que no podía resolverse desde ese supuesto... El órgano perceptor -o, si se quiere, sensorial, que es el ojo- hace algo que le permite captar el registro cromático que tiene al frente, pero no es posible correlacionar la actividad de la retina con el color que “está al frente”, hablando de dicho color en términos de energías espectrales...

... Se dio cuenta de que había que cambiar la pregunta...
Claro, frente a esa dificultad, me di  cuenta de que la pregunta estaba mal planteada: en vez de seguir inquiriendo sobre cómo se relaciona la actividad de la retina con el color especificado en términos de longitud de onda y energías espectrales, me dije que tal vez la actividad de la retina se relaciona con el lenguaje, con el nombre del color... Porque le ponemos el mismo nombre a cosas distintas... Justamente hay todo un fenómeno experencial con sombras de colores en que, por ejemplo, si usted ve un anillo rojo con el centro blanco, lo percibe verde... Lo que refleja el centro es luz blanca, pero usted mira y ve verde. Llama verde a algo que desde el estricto punto de vista del análisis físico no es verde, de la misma manera que llamamos verde a las hojas del árbol, que sí tienen una composición espectral que uno diría verde... Tomando eso en serio hice experimentos y pude llegar a afirmar  que, en efecto, cada vez que digo verde, en la retina pasa exactamente lo mismo, aunque allá al frente ocurra una cosa totalmente distinta en cada ocasión.

Eso, a su vez, y de manera  concluyente, me llevó a decir que el fenómeno de la percepción no es como suele creerse, y que, ya hablando en serio, no podemos decir nada, a ciencia cierta, sobre la realidad externa a nosotros. 

Entonces, en relación con su pregunta sobre la generación de conocimientos en las distintas instancias de la vida contemporánea, planteo otra: si no podemos decir nada ajeno a nosotros mismos, ¿qué es, pues, el conocer?... Cuando el profesor evalúa al alumno lo que le está pidiendo es que se conduzca de una cierta manera, en un cierto ámbito, para poder decir que sabe, que conoce... El conocimiento es lo que el profesor dice que el otro tiene cuando ese otro hace lo esperado por el primero. Es una relación estrecha, específica, singular e interpersonal. El conocimiento no tiene, pues, que ver con una realidad independiente, un bloque fijo de sentido, sino con cómo armonizamos y calibramos nuestra convivencia, y bajo ese modelo entran -o deben entrar- todos los procesos de construcción del conocimiento que estructuran la contemporaneidad. Se trata de un tipo de conocimiento/convivencia que va surgiendo, en efecto, en la convivencia misma.

Por eso digo que la democracia debe ser ese espacio en que las personas dejan de ser competidores o súbditos, que dejan de estar subordinadas a saberes fijos, independientes, y armonizan sus haceres.

En alguna ocasión afirmó: “El lenguaje me interesaba (durante su infancia primera). Me fascinaba la idea de que uno pudiera usarlo para maldecir o bendecir...”. Conozco, además, el antecedente de que, ya en la adolescencia, durante una extensa convalecencia hospitalaria, al ver el cuerpo sin vida de un compañero de sala, escribió un poema, al que luego se sumarían algunos más... Se dice que la poesía es el hecho subversivo del lenguaje por excelencia, porque plantea otras formas de existencia para la palabra... Es suyo el concepto de autopoiesis (la capacidad de un organismo de autogenerarse), aplicable a la biología tanto como a la institucionalidad social... Desde su teoría de la biología del conocimiento, ¿cómo funcionaría entonces ese proceso de generar vida, biológica y social, a partir de la palabra?...

... Es que existe, me atrevería a decir, y para ser alegórico, una esencia poética en los organismos... Partamos de lo simple, y del principio: Lo que me imantó al lenguaje fueron los cuentos. La tradición oral de la que me nutría cuando niño. Porque allí están las bendiciones y las maldiciones... Y yo, con genuina curiosidad de quien comienza a relacionarse con el mundo, me preguntaba cómo  ocurrían las consecuencias de las maldiciones o las bendiciones. Me preguntaba: ¿Qué tienen las palabras que hacen eso?... Y claro que podía ver en la vida cotidiana esas mismas bendiciones o maldiciones transmutadas en cariño o enojo, y los efectos que el lenguaje tenía sobre la gente... Luego supe, de acuerdo con mi teorización, que el poder de la palabra consiste, precisamente, en la circunstancia puntual que vive nuestra subjetividad frente a ella (cualquier palabra que esta sea).

En cuanto al poeta -y todos tenemos de él, como de científico-, lo que hace es tomar algo de un dominio y ubicarlo en otro, desde donde se ve un objeto que en primera instancia no se veía. En eso consiste el acto poético; ya sea en la plástica, la dramaturgia o en el sentido tradicional de la poesía verbal. Y desde esa perspectiva, el poeta es, sin duda,  una figura siempre peligrosa... Porque saca algo que no se ve, y lo pone donde se ve. Y claro, la gente empieza, como consecuencia natural, a ver cosas, rasgos, que estaban extraviados. Pensemos esto en una situación de opresión. Pensemos en el Chile durante el gobierno militar... No es cierto que uno podía ver todo lo que pasaba, como no es cierto que todas las personas podían ver lo que pasaba durante el régimen de Stalin o Hitler... Muchas no querían ver; otras no lo hacían porque simplemente no estaban en las circunstancias de ver... En situaciones como esa, de repente, el poeta toma esa configuración del vivir y la muestra en otro espacio... y ese es su carácter subversivo.

Cuando volvió de sus estudios de Biología en Harvard, sus clases en la Universidad de Chile se hicieron famosas porque parecían más obras de teatro surrealista que enseñanzas de la cátedra convencional. Para entonces se había adentrado en la lectura de textos filosóficos (Nietzsche) y literarios. Hoy está aquí hablando sobre política... Siendo, entonces, un hombre proveniente de una matriz múltiple del conocimiento, y habiendo hecho esas “locuras” en el seno mismo de las instancias académico-científicas chilenas, ¿cuál cree que es el rol de la academia en el mundo de hoy, frente a asuntos como la tiranía del mercado o  las permanentes tensiones entre ciencias y humanidades, o sabiduría empírica y formación “racional” sistemática?

No quisiera ponerlo en términos exclusivos de la academia, de la universidad... El rol del científico, del filósofo es, sin duda, la reflexión... Esto, que suena obvio, merece un anclaje: me refiero a la reflexión como una muy especial forma de preguntarse por el hacer. Porque si uno se pregunta por el hacer, revela el mundo que está generando con su vivir. De acuerdo  con mi teorización, como puede verse, el mundo que uno vive lo genera uno. Desde luego, si hablamos de una universidad cada vez más captada por el mercado estamos refiriéndonos a una condición que impide el flujo reflexivo, y este es un problema que se advierte a gran escala en las distintas instancias de la investigación intelectual o científica (baste apenas fijarse en la relación que tienen los investigadores médicos con toda una industria farmacéutica multinacional), pero precisamente frente a un panorama de ese tipo es que resulta necesario hacer énfasis en lo  imprescindible que resulta un acto creativo audaz: el de la reflexión... Porque el  preguntarse dónde está uno es un acto muy audaz, que, me atrevería a decir, no viene substancialmente de la razón, sino de la emoción, en la medida en que al decir “¿cómo estoy viviendo las formas en que está pasando esto?”, me obligo a soltar mis certidumbres, y me ubico en un espacio de construcción y generación poética vital.

¿De qué manera su noción de Taller renacentista (que aplica en su laboratorio ) podría aplicarse también al trabajo de un grupo de personas -un gabinete, por ejemplo- que tenga, vamos a decir, como objetivo, una gran reforma política?... Lo pregunto en la medida en que usted ha asegurado que “si el quehacer es discursivo, se aprende en el discurso, si es manipulativo, se aprende manipulando”... Si el quehacer es político, ¿cómo se crea un auténtico laboratorio de la política sin las mezquindades del poder? ¿Es eso posible?
 ... Supongamos que yo soy el presidente y conformo mi gabinete; les diría a los ministros, en primer lugar, y aunque parezca una locura, “a ver colegas, antes de que discutamos este problema campesino, váyanse a vivirlo al campo por un tiempo dilatado. Luego nos juntamos”... Como digo, parece una locura, porque esas mezquindades del poder político provienen precisamente de una noción del saber y el conocer como una realidad externa, fija, aprehensible en esos términos ... pero creo que sería tremendamente beneficioso tener esa predisposición de cambiar la noción de conocimiento. Depende de nosotros; y por allí va el otro asunto:  Creo que existe la posibilidad, aunque sea mínima, de que esa noción de conocimiento se afiance, mientras  la política la realicen las personas... No hay que olvidarse de eso: la política la realizan personas, y aunque esa sería la misma razón para que los pesimistas desconfíen, yo no puedo dejar de albergar esperanza. Si no confías en el género humano, ¿qué te queda?...

Por Fabián Darío Mosquera 
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La palabra democracia es muy popular en estos días. Hoy, virtualmente no hay país en el mundo cuyo gobierno no reivindique ser el gobierno de una democracia. Pero al mismo tiempo, virtualmente no hay país del mundo hoy del que otros –dentro del país y en otros países– no denuncien al gobierno por ser antidemocrático.
 

Parece haber muy poco acuerdo acerca de lo que queremos decir cuando decimos que un país es democrático. El problema es muy claro en la misma etimología del término. Democracia viene de dos raíces griegas –demos, o pueblo, y kratia, dominio, la autoridad para decidir. Pero ¿qué queremos decir con dominio? ¿Y qué queremos decir con pueblo?
 

Lucien Febvre nos mostró que siempre es importante mirar la historia de una palabra. La palabra democracia no fue siempre tan popular universalmente. La palabra arribó a su uso común político moderno durante la primera mitad del siglo 19, sobre todo en Europa occidental. En ese entonces, tenía las tonalidades que hoy tiene el terrorismo.
 

La idea de que el “pueblo” pudiera de hecho “mandar” era considerada por las personas respetables como una pesadilla política, soñada por radicales irresponsables. De hecho, el objetivo principal de las personas respetables era asegurarse de que no sería la mayoría de la gente quien tuviera la autoridad de decidir. La autoridad tenía que dejarse en manos de personas que tenían intereses en conservar el mundo como era, o como debería ser. Éstas eran personas con propiedades y sabiduría, que eran consideradas competentes para hacer decisiones.
 

Tras las revoluciones de 1848, en la cual el “pueblo” se levantó en revoluciones sociales y nacionales, los hombres con propiedades y competencia se fueron atemorizando. Respondieron primero con la represión, y luego con concesiones calculadas. Las concesiones eran admitir a gente, lentamente y paso a paso, a que votaran. Pensaron que el voto podría satisfacer las demandas del “pueblo” y en efecto lo cooptaría a que mantuviera el sistema existente.

Durante los siguientes 150 años, esta concesión (y otras) funcionaron hasta cierto punto. El radicalismo fue acallado. Y después de 1945, la propia palabra, democracia, fue cooptada. Ahora todos alegan estar a favor de la democracia, que es adónde estamos hoy.
 

El problema, sin embargo, es que no todo el mundo está convencido de que todos vivimos en países verdaderamente democráticos, en los cuales la gente –todo el pueblo– sean quienes en verdad mandan, es decir, hacen las decisiones.
 

Una vez que se escoge a los representantes, con mucha frecuencia no cumplen las demandas de la mayoría, u oprimen a importantes minorías. La gente reacciona con frecuencia, protestando, con huelgas, con levantamientos violentos. ¿Es democrático que se ignoren las manifestaciones? ¿O lo democrático es que el gobierno se pliegue y se someta a la voluntad del “pueblo”?
 

¿Y quiénes son el pueblo? ¿Son la mayoría numérica? ¿O hay grupos principales cuyos derechos deben garantizarse? ¿Deben grupos importantes contar con una autonomía relativa? ¿Y qué clase de compromisos entre la “mayoría” y las “minorías” importantes constituyen resultados “democráticos”?
 

Finalmente, no debemos olvidar los modos en que la retórica en torno a la democracia se utiliza como instrumento geopolítico. Regularmente, denunciar a otro país de antidemocráticos se usa como justificación para entrometerse en países políticamente más débiles. Tales intromisiones no necesariamente tienen por resultado que lleguen al poder gobiernos más democráticos; son sólo diferentes o tal vez con política exteriores diferentes.
 

Quizá debamos pensar que la democracia es una reivindicación y una aspiración que no se ha concretado aún. Algunos países parecen ser más antidemocráticos que otros. Pero, ¿acaso hay países que puedan demostrar ser más democráticos que otros?
 

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

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Miércoles, 22 Septiembre 2010 07:36

Política a través de los medios

Contrariando a los mismos maestros del materialismo dialéctico, la ley de medios ha puesto en el tapete que la realidad social se construye primero en la mente de las personas, es decir a través de la visión o representación mental que las personas tienen de la realidad objetiva... “Todo es según el cristal con que se mira”, decía un viejo refrán. Pues bien, de esa batalla se trata.

Ya no quedan dudas de que los medios de comunicación, por un lado, que nos muestran la realidad según su propia visión, y la educación y la cultura, por el otro, construyen la realidad primero en la mente de las personas... y que las batallas informativas, culturales o políticas, como las guerras, se pierden o se ganan primero en la opinión pública. La deformación de la realidad presente y cotidiana que producen los medios es el correlato de esa otra deformación o falsificación del pasado que monopolizó todos los medios de difusión y de la cultura en nuestro país, influyendo ambas sobre las representaciones mentales de sus destinatarios.

En efecto, la historia oficial que conocimos en la escuela, en el colegio y aun en la universidad, como demostraron Arturo Jauretche y otros revisionistas nacionales, fue el fruto de una política de la historia. Del mismo modo, la práctica monopólica de los medios que estuvo vigente hasta ahora tiene su fundamento en aquella política de la historia y constituye a su vez una política de construcción de la realidad cotidiana, que es lo que debemos cambiar de aquí en adelante con la nueva ley de medios.

La historia falsificada, decía Jauretche, “es hoy un simple hecho de poder” y “subsiste en la medida en que la oligarquía y el extranjero sostienen los instrumentos de difusión, privados o del Estado, pero completamente al margen de la ciencia y de la opinión”... Por eso es que duele tanto esta ley: porque estamos quitándoles poder político, económico e ideológico a la oligarquía bicentenaria y a los poderes antipopulares y antinacionales, que son socios tanto en los negocios como en su visión del país y del mundo. Es ésa también la razón de tanta ferocidad con la que se han disparado hasta hoy informaciones o desinformaciones de “grueso calibre” para vencer al que antes se lo neutralizaba o se lo acallaba con el fusil en la garganta.

Sin esa política de falsificación de la historia, por un lado, y de esa otra de construcción ficcional de la realidad cotidiana en la mente de las personas no se podría explicar que durante estos doscientos años de historia el pueblo argentino avanzara retrocediendo, de derrota en derrota, a pesar de estar dadas todas las condiciones objetivas para triunfar. No podríamos explicarnos si no que ese proyecto agroexportador exclusivo y excluyente de todo lo que no fuera exportación de materias primas de la zona pampeana y litoral, fuera exitoso en un país tan vasto, productor de tantas otras materias primas y necesitado de una industria propia y del trabajo y dignidad para todos, que da la industria nacional. Ese país inclusivo y para todos no entró nunca y sigue sin entrar en los planes de esa oligarquía que derrocó a tantos gobiernos populares y que monopolizó hasta ahora los medios de difusión, de la educación y de la cultura durante casi toda nuestra historia.

Si no, no se explicaría que gobiernos de inmenso avance y poder popular como el del Dr. Yrigoyen (1916/22; 1928/30), o el del Gral. Perón (1946-55), y también el del Gral. Perón e Isabel Perón (1973-76), terminaran en semejantes derrotas por sendos golpes de Estado, con los mismos argumentos que utilizan hoy los medios monopólicos y sus socios económicos y políticos para tratar de voltear al actual gobierno. Es que, antes de derrotarlos por las armas, esos gobiernos populares fueron debilitados en la opinión pública por los medios de difusión y de la cultura. Claro, ahora esos intereses contrarios a nuestro país y a nuestro pueblo no cuentan ya con el auxilio de un brazo armado, que hoy está al servicio de la Patria como en tiempos de San Martín y de Belgrano.

No obstante, aunque los golpes de Estado en nuestro país ya no tengan vigencia como “continuación de la política por otros medios”, la manía de voltear gobiernos populares sigue vigente, y ello tiene una sencilla explicación de carácter político: siguen vigentes los mismos intereses, los mismos modelos en pugna y los mismos proyectos de nación antagónicos y excluyentes. Por eso afirmamos que la política por otros medios continúa, y la madre de las batallas no ha concluido.

Por Elio Noé Salcedo
, docente investigador de la UNSJ y del Ciicap (adscrito al ISER).
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Miércoles, 01 Septiembre 2010 06:21

La soberanía comunitaria

Definitivamente, “tomar” el poder del Estado es más fácil que refundarlo. De ello da testimonio inequívoco el destino de las revoluciones rusa y china, dos de los más grandes acontecimientos históricos del pasado siglo veinte.
Desde su estadocentrismo, con su llamada “democracia popular” timoneada por elites burocráticas, ambas ignoraron que la revolución es permanente o no es revolución, es decir, que de lo que se trata en última instancia es de la refundación del tiempo histórico. Y la refundación no anida, en última instancia, en el cálculo económico del capital, sino que en la constitución de un nuevo orden civilizatorio arraigado en lo común y, como tal, portador de unos nuevos fines éticos como palanca del desarrollo y el bienestar, como bien advirtió el Che Guevara.

La constitución de una nueva hegemonía sólo es posible a partir de la construcción de una nueva sociedad. He ahí el eje de cualquier proceso revolucionario, la transformación de las relaciones de orden vital, y no la mera apropiación del aparato estatal.

La historia contemporánea nos ha demostrado fehacientemente que el Estado actual, de talante principalmente liberal-capitalista, es una telaraña de relaciones sociales y de poder en función del apuntalamiento permanente de los intereses del mercado. Como tal se estructura como un dispositivo de mando desde arriba, burocrático y profundamente desconfiado de la autodeterminación concreta de los pueblos. De ahí que no se trata, en última instancia, de “tomar” el poder del Estado, recomponerlo con caras y políticas diferentes, sino de refundarlo, desde abajo, encarnándolo en toda la sociedad: el soberano popular.

La reflexión anterior viene a propósito de las genuinas inquietudes suscitadas por diversas contradicciones que han irrumpido en el seno de los procesos de cambio revolucionario que se viven en Bolivia y Ecuador. Se trata, por ejemplo, de los conflictos recientes en el Potosí boliviano y la Amazonia ecuatoriana, lo que reflejan serias diferencias en torno a lo que algunos señalan como la pervivencia en sus respectivos gobiernos de cierto ilusionismo desarrollista y extractivista, propio del modelo colonial de acumulación impuesto por el capitalismo.

Al enfrentarse también a lo que entienden es la continuidad de un modelo estadocéntrico de gobernabilidad, las comunidades indígenas exigen ser consultadas, ser parte indispensable de la decisión en torno a las extracción de recursos naturales que yacen en el subsuelo de sus territorios, como lo requiere, por ejemplo, las nuevas constituciones en sus respectivos países.

Según explica Immanuel Wallerstein en un reciente artículo suyo titulado “Contradicciones en la izquierda latinoamericana” (www.rebelión.org, 21 de agosto de 2010): “ Los movimientos indigenistas han tratado de conseguir un mayor control sobre sus propios recursos y una mejora de las relaciones no sólo con los actores no nacionales, sino también con sus propios gobiernos nacionales. En general, afirman que su objetivo no es el crecimiento económico, sino llegar a un acuerdo con la Pachamama, o madre tierra. Aseguran que no buscan una mayor utilización de los recursos, sino un uso mucho más sensato que respete el equilibrio ecológico: persiguen el denominado buen vivir ” .

Asimismo, el reconocido periodista uruguayo Raúl Zibechi advierte en otro artículo reciente, sugestivamente titulado “El Estado contra los pueblos indios”, que están surgiendo “las primeras grietas” en dichos procesos de cambio a partir de “una potente disputa de poder, ya que los pueblos originarios no tienen por qué aceptar el marco del Estado-nación” como pivote de la aspirada refundación. En el fondo, puntualiza, se trata de una cuestión de soberanía.

En una conferencia magistral ofrecida en abril pasado, en Mayagüez, en la Facultad de Derecho Eugenio María de Hostos, el filósofo político boliviano, Luis Tapia Mealla advirtió que se estaba viviendo en su país un proceso de “desbordamiento de la política en relación al Estado”. La rebelión plurinacional y popular que culminó en el ascenso a la presidencia de Evo Morales no es esencialmente estatalista, sino que propende más bien hacia formas más comunitarias de mando político. Incluso, señaló que existen culturas y naciones dentro de Bolivia que no tienen una noción del Estado como parte de su modo de pensar o de vivir. El rasgo central de su modo particular de gobernanza es la asamblea comunitaria. Concluyó Tapia que, además, el Artículo 2 de la actual Constitución del Estado Plurinacional, Multicultural y Comunitario prácticamente “anula al Estado”, pues reconoce la libre determinación de las naciones, pueblos y comunidades.

Por otra parte, en una muy pertinente obra recién publicada titulada “Refundación del Estado en América Latina: Perspectivas desde una epistemología del Sur” (IIDS, Lima, 2010), nos explica el reputado sociólogo jurídico portugués Boaventura de Sousa Santos, que en el caso del presidente Rafael Correa en Ecuador, “hay una sola manera de pertenecer a la nación: ser ciudadano; por eso hay un solo concepto de nación: el concepto liberal, republicano. Para los indígenas hay dos conceptos de nación, el liberal y el etnocultural; por ello mismo hay maneras distintas de pertenecer a la nación, como ciudadanos y como pueblos”.

El reconocido pensador altermundista, quien también es uno de los fundadores del Foro Social Mundial, entiende que entre los dos conceptos “hay tensiones pero no hay incompatibilidad”. Son parte ineludible del actual “diálogo intercultural”.

Así ocurre con la diferencia en torno al ámbito de las decisiones políticas. En el caso de los indígenas, asegura: “La decisión comunitaria es lo que cuenta y demanda tiempo para poder ser construida”.

El mandatario ecuatoriano, por su parte, no acepta que su gobierno “tenga que pedirle permiso a tal o cual gremio para gobernar”. Tanto Correa como Morales han pretendido demonizar dichas movilizaciones indígenas y descalificar sus reclamos, lo que les ha valido sendas críticas aún al interior de sus propios movimientos gobernantes.

Abunda Santos que hay que entender que: “Para los indígenas… el buen vivir es la producción de la vida, sobre todo de la vida colectiva y, además, la producción de la vida en el sentido más amplio que incluye también a la madre tierra y sus ciclos vitales. El orden económico es también social, político y cultural, y tiene como unidad básica no el individuo, sino la familia y la comunidad”.

“El sentido político de la refundación del Estado –nos dice Santos– deriva del proyecto de país consagrado en la Constitución. Cuando, por ejemplo, las Constituciones de Ecuador y Bolivia consagran el principio del buen vivir (Sumak Kawsay o Suma Qamaña) como paradigma normativo de la ordenación social o económica, o cuando la Constitución de Ecuador consagra los derechos de la naturaleza entendida según la cosmovisión andina de la Pachamama, definen que el proyecto de país debe orientarse por caminos muy distintos de los que conducirán a las economías capitalistas, dependientes, extractivistas y agroexportadores del presente.”

De ahí que existan a su entender tres imperativos que deben encarar los gobiernos de Bolivia y Ecuador ante la contradicción trabada entre ese paradigma normativo del buen vivir y los requerimientos perentorios del desarrollo para atender las necesidades materiales básicas de sus pueblos respectivos:

(1) la desmercantilización de su política económica hacia formas de producción social más comunitarias y populares, con una gobernanza común sobre los recursos estratégicos;

(2) la democratización sin fin y sin límites de todos los procesos de deliberación, desde los gubernamentales hasta los productivos; y

(3) la descolonización que incluye el pleno reconocimiento de las múltiples modos de pensar, producir y vivir que existen en el espacio plurinacional.

Al respecto, Santos cita a la intelectual y activista aimara María Eugenia Choque Quispe, quien resume magistralmente el desafío: “La necesidad de construir el pluralismo parte de la conciencia de que el conflicto es inevitable, por cuanto el problema del pluralismo es en cierto sentido el problema de unos, pero también de los otros. ¿Cómo podemos tolerar al otro si la forma del pensamiento es construida y razonada bajo una sola lógica? Entonces el reto es: ¿qué hacer frente a dos sistemas incompatibles? Por ello la necesidad de puntualizar el debate en la dimensión política dentro de lo que significa la representación y la interculturalidad”.

Bien hace el actual vice ministro de Planificación Estratégica de Bolivia, Raúl Prada Alcoreza, en proponer en un reciente artículo titulado “La alternativa al desarrollo” (www.bolpress.com, 22 de julio de 2010) que en contraposición a las formas pasadas del Estado, está planteada hoy “una transición donde se busca que la maquina estatal sirva como un instrumento de transformación de las multitudes, un instrumento deconstructor de su propio aparataje, de la propia maquinaria liberal y colonial”.

Abunda el ex constituyente boliviano: “Se propone un Estado que cree las condiciones de posibilidad para el desarrollo de una sociedad libre y comunitaria, autodeterminante y autogestionaria, sustentable y en armonía con la naturaleza. Se trata de un Estado en tránsito y en transición en un proceso que lo lleva a su propia desaparición”.

Ahora bien, lo que está en juego en la actual coyuntura, como bien advierte Oscar Vega Camacho -quien al igual que Tapia Mealla y Prada Alcoreza es integrante destacado del influyente grupo boliviano Comuna- es si el Estado actual, en particular su Ejecutivo, “tendrá la suficiencia y capacidad por sí mismo” para articular esta democracia de lo común, o si, más allá de éste, “lo que estamos asistiendo en las calles y las movilizaciones” es un momento crítico de la transición hacia el Estado Plurinacional que será también potenciado decisivamente por la fuerza social de la acción colectiva.

Refundar el poder significa transformar radicalmente la política. Es la práctica consecuente del principio “mandar obedeciendo”, así como del “vivir bien entre nosotros” como marco de las posibilidades de convivencia social sin las acostumbradas asimetrías de poder propias del capitalismo y el colonialismo. Se trata, en fin, del tránsito histórico de la razón de Estado a la razón de la comunidad, de la soberanía estatal a la soberanía comunitaria.

Por Carlos Rivera Lugo. Catedrático de Filosofía y Teoría del Derecho y del Estado en la Facultad de Derecho Eugenio María de Hostos, en Mayagüez, Puerto Rico. Es, además, miembro de la Junta de Directores y colaborador permanente del semanario puertorriqueño Claridad.
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Martes, 03 Agosto 2010 07:05

Grandes invenciones de la humanidad

La puerta giratoria

La puerta que gira fue inventada en Berlín, en 1881, para evitar el frío, el viento, la nieve, el polvo y el ruido.

Más de dos siglos después, sirve también para circular, gira que te gira, entre los negocios, la política y la guerra.

Algunos casos más o menos recientes, en los Estados Unidos:

Robert McNamara encabezó la empresa Ford, donde hizo lo que pudo contra la naturaleza y contra los peatones distraídos, hasta que un giro de puerta lo lanzó a dirigir la matanza de Vietnam, durante unos cuantos años, y culminó su carrera exterminando países desde el Banco Mundial;

Donald Rumsfeld fue jefe de gabinete del gobierno de los Estados Unidos, desde allí la puerta giratoria lo arrojó a una fábrica de Monsanto, la serial killer multinacional, donde legalizó venenos que habían sido prohibidos, hasta que la puerta giró nuevamente y apareció conduciendo la guerra de conquista del petróleo de Irak;

Dick Cheney encabezó el Pentágono en el gobierno de Bush Padre y regaló jugosos contratos militares a su empresa Halliburton, y de ahí pasó al gobierno de Bush Hijo, donde se ocupó de la demolición y la reconstrucción de Irak en beneficio de Halliburton, siempre en el centro de su generoso corazón.

Y el vaivén de la puerta no paró.

A mediados del año 2009, el presidente Obama colocó a Michael Taylor a la cabeza del organismo público que controla los alimentos y los medicamentos que se venden en el país. Taylor ya había trabajado allí. Había sido él quien dio el visto bueno a las hormonas transgénicas para vacas lecheras, que pueden producir cáncer, y había autorizado que esa leche se vendiera sin ninguna advertencia en el envase. Monsanto expresó su gratitud otorgando a Taylor el cargo de vicepresidente de la empresa.

El paraguas

Hace unos dos mil cuatrocientos años, los chinos usaban paraguas de varillas plegables.

El modelo no ha cambiado mucho, pero hay ciertos instrumentos, de uso más exclusivo, que se usan para atravesar las grandes tormentas históricas.

Esos paraguas extraordinarios salvaron a los altos ejecutivos que perdieron sus empleos, durante la crisis que está castigando al mundo.

En cifras redondas:

Robert Eaton, directivo de Chrysler, recibió un consuelo de ciento treinta millones de dólares;

Lee Raymond, de la petrolera Exxon, trescientos cincuenta millones de dólares;

Robert Nardelli, de la constructora Home Depot, doscientos diez millones;

Hank McKinnell, de la farmacéutica Pfizer, doscientos millones.

Lloyd Blankfein, de la financiera Goldman Sachs, no perdió su empleo, pero tuvo que reducir su salario anual, que era de unos cincuenta millones de dólares: lo que le quedó alcanzó para evitar que la crisis lo ahogara.

El semáforo

El primer semáforo funcionó, desde fines de 1868, frente al Parlamento británico.

En nuestro tiempo, otros semáforos, mucho más poderosos, dirigen el tráfico mundial.

En casi todos los países del norte, la luz roja impide la circulación de herbicidas, pesticidas y abonos químicos que contengan abamectina, acefato, carbofurano, cihexatina, endosulfato, forato, fosmet, lactofem, metamidofós, paraquate, parationa metílica, tiram y tricloform.

En casi todos los países del sur, la luz verde da la bienvenida a esos mismos agrotóxicos, venenosos para la salud humana, que los países del norte les venden.

¿Quién maneja los semáforos?

¿Quién gobierna a los gobiernos?

El ascensor

Según dicen, el primer ascensor fue un sillón con roldanas, que el gordísimo rey inglés Enrique VIII inventó, hace siglos, para evitar las escaleras del palacio.

Más modernos ascensores utilizó Silvio Berlusconi para subir hacia el poder absoluto en Italia.

En el año 1984, Bettino Craxi, socialista, presidente del Consejo de Ministros, firmó un decreto-ley que bendecía el monopolio de Berlusconi sobre la televisión privada.

Craxi lo había conocido en un crucero, donde Silvio animaba a los pasajeros con sus chistes y sus canciones. Atraído por su insuperable vulgaridad y su extraordinario mal gusto, Craxi le juró amistad eterna y eterna televisión.

La tele fue el principal ascensor de Berlusconi hacia el poder político. El fútbol también ayudó, desde que compró el club Milan y ganó varias torneos. Electo y reelecto varias veces por el voto popular, ejerció el gobierno de Italia y del Milan, se convirtió en uno de los hombres más ricos del mundo y en el campeón mundial de la impunidad, atravesó invicto una infinidad de procesos judiciales y no estuvo ni un solo día preso, mientras convertía sus vicios en admirables virtudes y sus estafas en hazañas dignas de aplauso.

El chivo expiatorio

Según antiguas tradiciones religiosas, un macho cabrío cargaba los pecados de todos y era castigado con la expulsión al desierto.

Esa invención ha servido y sigue sirviendo para descargar sobre espaldas ajenas la responsabilidad de nuestras desgracias y nuestras culpas.

Algunos pueblos, como por ejemplo los judíos y los gitanos, vienen trabajando de chivos expiatorios desde hace mucho tiempo.

A mediados del año 2008, la revista italiana Panorama, que pertenece a Berlusconi, tituló, en portada: Nacidos para robar.

Se refería a los gitanos; y según las encuestas, la opinión pública coincidía con este veredicto genético.

Poco antes, Alfredo Mantovano, viceministro del gobierno de Berlusconi, había desarrollado la idea, en la televisión de Berlusconi:

–Los gitanos son una etnia inclinada al robo y al secuestro de niños.

O sea: ladrones y, para peor, ladrones de niños.

La Justicia italiana no había comprobado la veracidad de ninguna denuncia de secuestro de niños por gitanos; pero ese detalle carecía de importancia.
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