Miércoles, 22 Septiembre 2021 06:08

La ONU ciega ante su irrelevancia

Guterres interviene en la apertura del debate general del 76º período de sesiones de la Asamblea General de la ONU. - UN Photo/Cia Pak

El secretario general de la ONU, António Guterres, intervino ayer en el 76 periodo de sesiones de la Asamblea General queriendo encender todas las luces de alarma… menos la instalada en las propias Naciones Unidas. "Estoy aquí para hacer sonar la alarma (…) Nuestro mundo nunca ha estado más amenazado. O más dividido. Nos enfrentamos a la mayor cascada de crisis de nuestra vida", aseguró mientras el organismo internacional se hunde cada vez más en la irrelevancia internacional.

El discurso de Guterres buscaba remover conciencias, alertando sobre la crisis climática, advirtiendo del peligro de la desinformación y los ataques a la ciencia, sentenciando que "los derechos humanos (DDHH) están bajo fuego" y que "la solidaridad está ausente, justo cuando más la necesitamos".

Todo ello en mitad de un escenario de pandemia global que no ha sido tratada como tal, con países sin haber recibido siquiera las primeras dosis de vacunas COVID mientras en otros como España terminan en la basura viales caducados sin usar. "Hemos aprobado el examen de Ciencias, pero estamos suspendiendo en Ética", resumió.

Desde su punto de vista, las seis grandes brechas a las que se enfrenta el mundo son las divisiones de la paz, del clima, entre ricos y pobres, de género, digital y generacional.

El problema de la intervención de Guterres es que ésta pierde fuerza cuando no viene respaldada por hechos, cuando el fracaso de la ONU se constata año a año sin que mueva ficha para resolverlo. Hablando en plata, no se puede salir a barrer la calle cuando el desorden reina en la casa. No parece coherente hablar de "la agitación desde Afganistán hasta Etiopía, pasando por Yemen" cuando esos conflictos llevan años sin mediación alguna, cuando la guerra ha vuelto al Sáhara Occidental tras más de tres décadas de incumplimientos de las resoluciones de la ONU. Si el papel de las Naciones Unidas es ausente en conflictos de antigüedad, ¿alguien de veras espera que en los de nuevo cuño, como el golpe de Estado de Myanmar, tenga algún efecto?

Las limitaciones políticas y operativas de la ONU cada vez son más evidentes, a pesar de que las voces que reclaman una profunda reforma del organismo llevan años resonando en todo el mundo. Asistimos a cómo sus programas mundiales únicamente tienen éxito allá dónde no tienen implicación política alguna o en regiones olvidadas por las superpotencias por carecer de interés geoestratégico. El caso de Palestina y la constante violación de los DDHH por parte de Israel representa un perfecto ejemplo de ello, con EEUU posicionado del lado israelí, independientemente de que republicanos o demócratas habiten la Casa Blanca, aunque sí lo hagan con diferentes modos y grados.

El Consejo de Seguridad bloquea más que actúa; su imagen dividida, con EEUU por un lado y China y Rusia por otro con Reino Unido y Francia sumidos en la impotencia, cada vez resta más confianza en la ONU, vista como un pelele en el contexto internacional. No es capaz de mediar en los conflictos, ni tan siquiera de mantener la paz en los que en el pasado medió, como evidencia el clamoroso fracaso en el Sáhara Occidental donde, tras 30 años de alto el fuego, Marruecos ha vuelto a la guerra con total impunidad, sin la menor crítica internacional, más bien lo contrario, su bendición silenciosa. Las ocasiones en las que el Consejo de Seguridad termina centrando el debate en la ayuda humanitaria se multiplican y ese no es el cometido para el que fue creado, pues para esos menesteres existen otros mecanismos.

La inoperancia del Consejo de Seguridad es la gran carga de profundidad que mina el correcto funcionamiento de la ONU, con un secretario general al que, pese al discurso de ayer, continúa faltándole coraje, enfundándose el traje diplomático que desactiva cualquier acción que entrañe el más mínimo riesgo, quedándose en el mejor de los casos en pronunciamientos aislados. Poco ruido y menos nueces, especialmente cuando sobre esas nueces está posada la mirada de alguno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad.

Tanto piensa la ONU en el largo plazo que el corto se la merienda, imposibilitando ese horizonte que deviene en una mera ensoñación. Abordar cuestiones como el cambio climático o la revolución digital, aun siendo relevantes, es mucho más sencillo que meterle mano a los conflictos bélicos, a los abusos neocoloniales, a la sistemática violación de DDHH. La consecuencia directa de ello es, por ejemplo, el incontestable fracaso en Afganistán, donde el organismo estaba presente desde 2001 a través de su Misión de Asistencia de la ONU en Afganistán (UNAMA).

Se escucharán muchos buenos propósitos durante la Asamblea General, pero o la ONU adopta un papel más audaz o todo quedará en agua de borrajas. Para poder hacer eso, el organismo ha de autodiagnosticarse; antes de encender las luces de alarma mundial, Guterres debería poner negro sobre blanco los males endémicos de la ONU que, aun ayudando a asegurar el actual escenario de inestabilidad mundial, sus apuntalamientos pueden terminar cediendo a la creciente presión.

22/09/2021

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La amenaza científica de la Cumbre sobre los Sistemas Alimentarios

KUALA LUMPUR – Las oportunas intervenciones de la sociedad civil, incluidos los científicos preocupados, han evitado muchos posibles abusos de la Cumbre sobre los Sistemas Alimentarios de las Naciones Unidas, el 23 de este mes. El secretario general de la ONU debe evitar ahora que el organismo mundial secunde la agenda corporativa de los líderes políticos.

La amenaza de la Cumbre

La narrativa sobre los desafíos alimentarios ha cambiado en los últimos años. En lugar del derecho a la alimentación, la seguridad alimentaria, la eliminación del hambre y la malnutrición, la agricultura sostenible y etcétera, se están promoviendo soluciones sistémicas que suenan neutrales. Estas fomentarán la influencia, los intereses y los beneficios de las empresas transnacionales.

La convocatoria de la Cumbre, que finalmente sesionará mayormente en forma virtual, provino supuestamente de la oficina del secretario general de la ONU (Organización de las Naciones Unidas), António Guterres. La consulta previa con los responsables de las agencias alimentarias de la ONU, con sede en Roma, fue escasa o nula.

Sin embargo, este aparente descuido fue rápidamente abordado por Guterres y dio lugar a la reunión preparatoria de la Cumbre, realizada en Roma entre el 26 y el 28 de julio.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) fue creada por el sistema multilateral dirigido por la ONU tras la Segunda Guerra Mundial para hacer frente a los problemas alimentarios. Posteriormente, el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (Fida) también se establecieron en Roma bajo los auspicios de la ONU.

El unilateralismo soberanista impuesto en Estados Unidos por el presidente Donald Trump (2017-enero 2021) aceleró las tendencias anteriores que socavaban el multilateralismo liderado por la ONU, especialmente tras la invasión de Iraq dirigida por Washington.

La proliferación de iniciativas supuestamente multisectoriales, financiadas normalmente por empresas agrícolas transnacionales y fundaciones filantrópicas, también ha marginado el multilateralismo dirigido por la ONU y las agencias alimentarias de Roma.

Hasta ahora, el proceso de la Cumbre se ha resistido a las acciones multilaterales de seguimiento dirigidas por la ONU. Sin duda, la marginación del sistema de las Naciones Unidas ha sido sutil y tampoco ha sido un obstáculo.

Además del trío de Roma, el Comité de Seguridad Alimentaria Mundial (CSA) de la ONU y su Grupo de Alto Nivel de Expertos en Seguridad Alimentaria y Nutrición (Ganesan) han sido otras víctimas de esa marginación.

El CSA ha evolucionado en los últimos años para implicar a un amplio abanico de actores del sistema alimentario, incluidos los intereses empresariales privados y la sociedad civil. Esta última incluye a los movimientos sociales de los agricultores, otros productores de alimentos y partes interesadas de la sociedad civil que en gran medida han sido dejadas de lado por los procesos de la Cumbre.

A través de la Cumbre, el Foro Económico Mundial (FEM) y otras iniciativas similares se han presentado como de la ONU. De hecho, estas han involucrado mínimamente a los líderes del sistema de la ONU, y menos aún a los Estados miembros. Muchos se refieren a la Cumbre sin el prefijo de la ONU para rechazar su legitimidad, ya que cada vez más personas la llaman cínicamente el FEM-FSS (sigla en inglés de Cumbre sobre los Sistemas Alimentarios).

Toma de posesión del nexo ciencia-política

La propuesta de un nuevo nexo entre ciencia y política, ya sea “ampliando el mandato del Grupo Científico de la Cumbre o estableciendo un nuevo panel permanente o un mecanismo de coordinación a su molde”, es especialmente preocupante.

El Grupo Científico de la Cumbre está compuesto en su mayoría por científicos y economistas elegidos por los principales impulsores de la Cumbre, integrantes del FEM. Además de marginar a muchas otras partes interesadas en el sistema alimentario, sus prejuicios son contrarios a los valores de la ONU y a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

Sus evaluaciones apenas tienen en cuenta las consecuencias de las innovaciones para los más vulnerables. Al dar prioridad a las innovaciones técnicas sobre las sociales, no han sido transparentes, y mucho menos han rendido cuentas públicamente.

Su enfoque pretenciosamente científico es condescendiente y, por lo tanto, es poco probable que aborde eficazmente los complejos retos del sistema alimentario contemporáneo que implican a múltiples partes interesadas.

Extender el mandato de su Grupo Científico más allá de la Cumbre, o hacerlo permanente, traicionaría el compromiso de que la SFS apoyaría y fortalecería, no socavaría, al CSA. El CSA debe ser el lugar donde se discutan y evalúen en última instancia los resultados de la Cumbre, utilizando sus mecanismos de participación inclusiva.

Un nuevo organismo de este tipo socavaría directamente la función establecida del Ganesan y su cometido de proporcionar orientación científica a los Estados miembros a través del CSA. En julio, cientos de científicos advirtieron que un nuevo panel científico socavaría tanto la gobernanza del sistema alimentario como al propio CSA.

Salvar el multilateralismo liderado por la ONU

Al igual que los preparativos de la Cumbre han desplazado al CSA, la propuesta de interfaz científico-normativa marginaría al HLPE – la sigla en inglés por la que también se conoce al Ganesan-, socavando la reforma del sistema de la ONU que más éxito ha tenido hasta la fecha en el avance significativo y productivo del multilateralismo inclusivo.

Tras la crisis de los precios de los alimentos en el bienio 2007-2008, el CSA se reformó en 2009 para proporcionar una plataforma inclusiva que garantizara la legitimidad de un amplio abanico de grupos de interés y mejorara la coherencia de diversas políticas relacionadas con la alimentación.

Al igual que el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), el Grupo de Alto Nivel consulta amplia y abiertamente a las partes interesadas sobre sus evaluaciones de investigación y sus prioridades de trabajo.

Sus informes se someten a extensas revisiones por pares para garantizar que responden a las necesidades de los constituyentes del CSA, siguen siendo relevantes para las políticas y abordan diversas perspectivas.

Este mismo mes, varios líderes cruciales de la sociedad civil, que trabajan estrechamente con el sistema de la ONU, advirtieron que los resultados de la Cumbre podrían erosionar aún más el apoyo público y la legitimidad de la ONU, así como la capacidad de las agencias de Roma para guiar la necesaria reforma del sistema alimentario.

En el llamamiento también participaron el relator especial de la ONU sobre el Derecho a la Alimentación, Michael Fakhri, a su predecesor Olivier De Schutter, actual relator especial de la ONU sobre la Extrema Pobreza y los Derechos Humanos, al presidente del CSA, Thanawat Tiensin, y al presidente del Ganesan, Martin Cole.

Sus preocupaciones reiteran las de cientos de científicos, expertos en gobernanza global, grupos de la sociedad civil y el Panel Internacional de Expertos en Sistemas Alimentarios Sostenibles (IPES-Food), entre otros.

La principal preocupación es “la amenaza que supone para el papel de la ciencia y el conocimiento en la toma de decisiones del sistema alimentario”, plantean.

Conscientes de la controversia que rodea a la Cumbre desde el principio, los cuatro instan a Guterres a que una vez que se realice, “será imperativo restablecer la fe en el sistema de la ONU… Por lo tanto, sería inestimable un compromiso claro de apoyar y reforzar el HLPE y el CSA”.

Subrayan también que hay mucho que hacer para garantizar que el Ganesan del CSA esté equipado para seguir desempeñando su papel crucial en la interfaz de la ciencia y la política del sistema alimentario.

Tras estos reveses previos a la Cumbre, el secretario general de la ONU debe defender el progreso que el CSA y el HLPE representan para un multilateralismo significativo dirigido por la ONU y que valorice el compromiso con la sociedad civil.

22/09/2021

Por Jomo Kwame Sundaram, profesor de economía y antiguo secretario general adjunto de la ONU para el Desarrollo Económico.

T: MF / ED: EG

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La voladura controlada de Evergrande, el gigante inmobiliario chino

El movimiento del gobierno chino dejando que Evergrande caiga, debe leerse entonces, como un doble aviso, tanto a sus clases capitalistas internas como

 

La gigantesca empresa inmobiliaria china Evergrande llevaba meses anunciando sus problemas de liquidez para hacer frente a una montaña de deuda cercana a los 300.000 millones de dólares. Los repetidos anuncios de falta de liquidez han terminado por provocar una serie de bruscas caídas bursátiles de los bonos privados chinos denominados en dólares que se negocian en uno de los tres sistemas financieros paralelos que mantiene el gobierno Chino: el llamado mercado chino offshore en dólares. De ahí la crisis, en un patrón más o menos típico, ha saltado a los valores inmobiliarios chinos y de Hong Kong y a los mercados globales, en tanto muchos grandes fondos de inversión transnacionales tienen fuertes posiciones precisamente en ese mercado. 

Gigantes financieros que nos son familiares como BlackRock o HSBC son propietarios de distintos fondos de alto rendimiento que han estado comprando grandes cantidades de bonos basura de Evergrande, y del sector inmobiliario chino, con primas de riesgo los suficientemente altas como para llegar a sus objetivos de rentabilidad, en un entorno en que las enormes cantidades de liquidez puestas por los bancos centrales occidentales en manos de los agentes financieros no encuentran rentabilidades suficientes. Semanas antes, otro viejo conocido, el mega fondo de gestión de activos inmobiliarios Blackstone, se desprendió apresuradamente de una buena parte de sus bonos inmobiliarios chinos. Acrecentando, sin embargo, la que es su principal apuesta en China, la compra masiva de instalaciones logísticas para el comercio online.

Las comparaciones con el crash de octubre de 2008 y las reminiscencias de la quiebra de Lehmann Brothers se han repetido en los últimos días al calor de la mayor bajada de las bolsas desde la aprobación del mega rescate al mercado de bonos privados americanos por parte de la Reserva Federal en marzo de 2020. En su editorial de ayer martes, el Financial Times, en una de sus frecuentes arrancadas de pundonor neoliberal, zanjaba el asunto diciendo que Evergrande no es Lehmann Brothers porque la casa de finanzas neoyorkina operaba en un mercado libre mientras que Evergrande no lo hace. Solo pensar en la cola interminable de rescates al sector financiero americano y europeo, y en las aún más largas consecuencias políticas de estos rescates, hace que el comentario del FT sea más patético que irritante, y da la medida de la indigencia política en que se encuentran actualmente los partidarios de la globalización neoliberal.

Pero más allá de mantener viva la llama doctrinal del libre mercado, esta declaración, y en la misma línea otras del Wall Street Journal en su editorial, marca las dos grandes posiciones contradictorias que las finanzas occidentales mantienen sobre China: por un lado, se elimina de un plumazo el riesgo de una verdadera quiebra tolerada por el gobierno chino de sus múltiples gigantes inmobiliarios que sería absolutamente devastadora para los grandes fondos occidentales, asumiendo que el rescate de Evergrande y el resto de valores inmobiliarios chinos está hecho. Es decir, se salvan las posiciones de alto beneficio en China de los grandes actores financieros de Wall Street. 

Pero, a la vez, se redobla el ataque ideológico a una China que ha salido ganadora indiscutible de la pandemia, y que hoy simplemente, concentra la inmensa mayoría del capital productivo global. De alguna manera, las casas de finanzas globales tienen clara la visión de la magnitud del pastel chino pero les puede la frustración de estar sometidos a las formas y ritmos de acceso al beneficio que marca el PCCh. En ese terreno ideológico-político antes que financiero es donde la caída bursátil de Evergrande ha sido más impactante. Frente a la creciente evidencia del dominio chino de la producción global, se lanza la sombra de la duda acerca del futuro de la economía china.

La verdadera “crisis”

Esto no quiere decir que la economía china no tenga problemas, que los tiene, sino más bien que hay poca comparación posible entre las gigantescas burbujas inmobiliarias estadounidense y española que pincharon estrepitosamente en 2008 dejando a la vista que buena parte del modelo económico dependía de los precios de la vivienda, y la burbuja inmobiliaria en un país que acaba de coronar su ascenso a la categoría de primera potencia económica mundial. En el que para colmo, aunque la cifra crece rápido, no más de un 3% de sus bonos privados están en manos de fondos extranjeros.

China sigue teniendo un problema gigantesco con sus niveles de endeudamiento en la moneda nacional: el renminbi (RNB) y, en concreto, en su principal mercado de bonos privados, el mercado onshore en renmimbis. Hasta hace poco más de un año, la infinidad de empresas estatales y locales chinas se financiaban en este mercado interno sin riesgo de quiebra; una reminiscencia del comunismo chino. En los años anteriores a la crisis del coronavirus, el Gobierno chino se ha visto enfrentado progresivamente a un dilema aún no resuelto: el crecimiento indefinido de la deuda en RNB provoca salidas de capital hacia el dólar en masa y, en la medida en que el renminbi se devalúa, provoca también un crecimiento inmediato del servicio de las deudas en dólares. Se daña aquí uno de los principios centrales que han guiado el camino de China a la hegemonía productiva global: la acumulación de reservas en dólares durante más de treinta años. Pero una revalorización del renminbi tampoco es una posición satisfactoria para los dirigentes económicos chinos en la medida en que daña sus exportaciones, y en este caso, desvaloriza las inmensas reservas chinas en dólares que le dan el poder último sobre las finanzas estadounidenses.

La solución que desde hace un año ha puesto en marcha Xi Jinping consiste precisamente en abrir parcialmente, los mercados de bonos onshore en Renminbis, el sancta sanctorum de los mercados financieros chinos, a los flujos financieros transnacionales. En concreto, la entrada de los fondos de ahorro mutuo chinos en la órbita financiera global, ha hecho que, en un mundo en crisis abierta, todos los grandes nombres de bancos y casas de finanzas internacionales consideren este mercado como su gran apuesta. Un movimiento en absoluto exento de riesgos para China. El movimiento del gobierno chino dejando que Evergrande caiga relativamente, debe leerse entonces, como un doble aviso, tanto a sus clases capitalistas internas como a los grandes agentes financieros, a los que se ha mostrado el poder de intervención en los mercados financieros del nuevo país con mayor poder poder económico de la tierra.

a los grandes agentes financieros.

Isidro López

Es miembro de la Fundación de los Comunes. 

22 sep 2021 10:16

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“La Cumbre de la ONU sobre alimentación no beneficiará a los millones de personas con hambre”

Entrevista a Michael Fakhri, relator especial sobre el Derecho a la Alimentación de las Naciones Unidas

 

El Relator sobre el Derecho a la Alimentación de la ONU, Michael Fakhri, denunció que la Cumbre responde a los intereses de multinacionales que son, en gran parte, responsables de la crisis alimentaria. En una entrevista con Tierra Viva, advirtió sobre los posibles impactos en los territorios y propuso alternativas. La agroecología como herramienta de cambio.

Promovida por el Foro Económico Mundial, empieza este 23 de septiembre la Cumbre sobre los Sistemas Alimentarios de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Desde su anuncio, en octubre pasado, llueven las críticas desde diferentes sectores, entre ellos, integrantes de la propia ONU. Relatores especiales y ex funcionarios del organismo internacional advierten sobre la influencia cada vez más preocupante del sector privado concentrado -empresas como Unilever, Bayer, Nestlé, Coca Cola, Pepsico, Google, Amazon, Microsoft- en este tipo de cumbres, donde se acuerdan líneas generales que luego inciden en las políticas públicas de los países.

Una de esas voces críticas es la de Michael Fakhri, relator especial sobre el Derecho a la Alimentación de las Naciones Unidas. Para Fakhri esta Cumbre será una pérdida de tiempo y dinero para los Estados miembros de la ONU, y no beneficiará en absoluto a los pueblos del mundo, menos aún a las millones de personas que padecen hambre. En cambio, sí sacarán provecho un puñado de multinacionales que buscan garantizar sus negocios en el futuro, algunas ONG y los grupos de consultores que trabajan como asesores y en la organización de este tipo de eventos internacionales.

Lo que sí sentirán las personas comunes, tanto en las ciudades como en el campo, son los impactos de esta cumbre en los próximos años. Para Fakhri, lo que se acuerde en la Cumbre influirá en los futuros planes alimentarios que pongan en práctica gobiernos nacionales. Planes que, de acuerdo a cómo se vienen dando los acontecimientos, “es muy probable que violen los derechos humanos”, advirtió el relator.

Le preocupa que la ONU ceda a las multinacionales el poder de influencia y decisión sobre cómo enfrentar la crisis alimentaria en un mundo donde el hambre aumenta desde 2015, según datos de la FAO. Y en un momento en que la pandemia por Covid empeoró todo: se calcula que en 2020, entre 700 y 800 millones de personas pasaron hambre.

Junto a dos relatores anteriores, Fakhri denunció que los organizadores de la Cumbre pasaron por alto órganos ya establecidos y más transparentes para debatir los sistemas alimentarios, como el Comité de Seguridad Alimentaria Mundial. “De manera flagrante -y quizás deliberada-, la Cumbre desvía la atención de los gobiernos hacia fuera del Comité”, sostuvieron. Y señalaron que las reglas y la agenda de la Cumbre fueron establecidas por un pequeño sector que responde a los intereses de las multinacionales. Por lo tanto, las propuestas que salgan de allí serán “sistemas agrícolas controlados por Inteligencia Artificial, edición génica y otras soluciones de alta tecnología orientadas a la agroindustria a gran escala”, advirtieron.

Desde el anuncio de la Cumbre, por parte del secretario general de la ONU, Antonio Guterres, en octubre pasado, Fakhri produjo varios documentos en los que insistió en la falta de una perspectiva de derechos humanos para abordar los sistemas alimentarios. Uno de ellos fue un informe presentado al Consejo de Derechos Humanos de la ONU, otro destinado en especial a los organizadores de la Cumbre, y un reciente reporte para la Asamblea General de Naciones Unidas.

Agencia Tierra Viva conversó desde Buenos Aires, Argentina, con Fakhri, quien vive en los Estados Unidos, donde es profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de Oregon.

-¿Tuvo alguna respuesta por parte de las autoridades de la Cumbre a sus críticas y propuestas?

No. Lo último que intenté fue comunicarme con las autoridades y sugerir cómo incluir a organizaciones y movimientos sociales que hasta ahora vienen oponiéndose a la Cumbre. Porque hasta el momento, si bien la Secretaría (autoridad) de la Cumbre se reunió con ellos, en realidad no escuchó sus demandas ni modificó en nada lo que venían haciendo. Pensé que esta era la última oportunidad y les entregué una propuesta, pero la rechazaron. Luego de de esa conversación, mi mensaje es: No es una cumbre de la gente, del pueblo (como había anunciado el Secretario General de la ONU). Esto es una pérdida de tiempo. La Cumbre lleva dos años de organización, aproximadamente 24 millones de dólares gastados y miles de personas que trabajaron de manera voluntaria. Y al final el resultado no va a servir a las personas en los territorios, en el campo, en las fábricas y las ciudades. Las personas que más lo necesitan no se van a beneficiar de esa cumbre.

-¿Y quién se va a beneficiar con la Cumbre?

-Desde el comienzo estuvo claro que las principales personas que idearon la Cumbre estaban todas conectadas con el Foro Económico Mundial. No son necesariamente las multinacionales de manera directa, ninguna empresa figura entre los líderes de la Cumbre. Sino que son organizaciones que trabajan en estrecha colaboración con ellas, que sirven a esas corporaciones y dicen que éstas son parte de la solución. Les pregunté a los organizadores de la Cumbre cómo pueden decir que las multinacionales son parte de la solución cuando en realidad son parte del problema. Y su respuesta fue: ‘Los gobiernos también son parte del problema’. Y esto te dice mucho. Porque los gobiernos no son lo mismo que las corporaciones. Los gobiernos, si bien son parte del problema, al menos en la teoría tienen que rendir cuentas, son responsables. Las multinacionales, no. Por el contrario, tratan de limitar la responsabilidad y generar ganancias. Sabemos lo difícil que es responsabilizar a una multinacional por violaciones a los derechos humanos. Por lo tanto, los sectores que se van a beneficiar son algunos productores agrícolas y de alimentos que quieren dar más poder a las multinacionales y se sienten bien trabajando con ellas. Y las mismas empresas. Lo que no me queda claro es por qué los gobiernos están dispuestos a otorgar poder, a través de las Naciones Unidas, a los asesores, científicos y expertos que trabajan junto a las multinacionales. Quienes también se van a beneficiar son los organizadores de la Cumbre, ese grupo de gente que va a continuar con sus trabajos de consultoría y seguirán siendo tratados como expertos.

-¿Puede dar ejemplos de esas ONGs y empresas, y las soluciones que proponen?

-El presidente de la Vía de Acción 2 (las vías de acción son una especie de comisión dentro de la Cumbre) es Lawrence Haddad, director Ejecutivo de la ONG GAIN (Global Alliance for Improved Nutrition). Lo que él quiere es crear una iniciativa para que las empresas hagan promesas. Esa es la solución. Que las corporaciones digan: ‘Prometemos arreglar el sistema alimentario y hacer un mundo mejor’. Otro ejemplo: los organizadores de la Cumbre crearon algo llamado palancas (o mecanismos) de cambio transversales… quién sabe lo que significa. Pero en fin, son cuatro: Finanzas, Innovación, Género y trataron de crear una sobre Derechos Humanos pero no funcionó. Finanzas está liderada por el Banco Mundial e Innovación por el Foro Económico Mundial. Por lo tanto, ellos pueden destinar todos sus recursos y ser la palanca transversal que pueda influir sobre toda la Cumbre. Y van a escribir el reporte final que va a influir sobre lo que gente piense acerca de esos temas. Lo otro que hizo el Foro Económico Mundial es organizar una reunión justo antes de que se abra la Cumbre. Esa reunión fue casi un espejo de toda la Cumbre. Los que asistieron fueron todas las multinacionales: Coca Cola, Unilever, Monsanto -o como sea que se llamen ahora-, Bayer y todos los líderes de la Cumbre, y sentaron las pautas antes de que el proceso comience oficialmente. Más allá de esto, es difícil dar ejemplos concretos de las soluciones que proponen porque, a tres semanas de empezar la cumbre, nadie sabe bien cuáles son los resultados que se esperan.

“Compromiso Hambre Cero”. Así se llama la iniciativa de la ONG GAIN a la que hace referencia Fakhri, y que es una de las soluciones que promueve la Cumbre. “El compromiso es una declaración no vinculante de las operaciones y planes de inversión propuestos por las compañías. No tiene la intención de crear ningún derecho u obligación legalmente exigible para las empresas”, explica GAIN en su sitio web. Entre los principales financiadores de la ONG figuran las multinacionales BASF, Unilever y Arla Foods así como la Fundación Bill y Melinda Gates y la Fundación Rockefeller.

 

Impacto en los territorios

-¿Cuál será el impacto de la Cumbre en la gente común, en trabajadores, familias campesinas, pueblos indígenas?

-Los impactos no se van a ver de inmediato y eso ya es un problema. El hecho de que no haya impactos positivos inmediatos en una pandemia es un problema. De hecho, la cumbre no se ocupa del Covid de ninguna manera, sino que asume el mundo después del Covid, por lo tanto es una fantasía. Lo que hace la Cumbre es influir sobre los gobiernos nacionales. La mayor parte de las actividades están dedicadas a que los gobiernos anuncien planeas generales de cómo van a cambiar sus sistemas alimentarios. La Cumbre va a conectar a esos gobiernos con inversores y consultores interesados en trabajar con las multinacionales. Y van a asesorar a los gobiernos sobre cómo cambiar sus sistemas alimentarios. Por lo tanto, lo que va a empezar a pasar es que cada vez más países van a desarrollar planes alimentarios.

La mayoría de los países tienen planes agropecuarios, pero no alimentarios. Entonces, habrá cada vez más planes alimentarios diseñados e implementados de una manera que, teniendo en cuenta cómo se han dado las cosas, muy probablemente violarán los derechos humanos. Por lo tanto, vamos a comenzar a ver los efectos en los territorios en un par de años.

Mientras tanto, la pregunta es cómo las personas que están comprometidas con los derechos humanos van a continuar con la lucha a nivel internacional mientras, al mismo tiempo, animan a las personas a manifestarse a nivel local. Porque hay una esperanza y una oportunidad: si hay suficiente presión a nivel nacional sobre los gobiernos para crear planes alimentarios basados en los derechos humanos, eso puede neutralizar a la Cumbre. Al final, el poder local es siempre el más efectivo.

-En varias oportunidades sostuvo que la Cumbre no se ocupa seriamente de la pandemia. ¿Por qué cree que eso sucede?

-No lo sé. Esa es la pregunta que le hice todo el tiempo a la Secretaría de la Cumbre. Les planteé este punto hace un año y medio, pero evitaron responder. Puedo suponer una razón. El hecho de que no hayan incluido al Covid en la agenda ni hayan explicado públicamente el motivo habla de lo desconectados que están de la realidad, de lo lejos que están de las necesidades inmediatas de las personas. Esto habla de que son una elite que puede darse el lujo de no poner el Covid en la agenda. Porque al resto del mundo, si les preguntás cómo lidian con los problemas alimentarios, tienen que enfrentar el Covid, no tienen elección. Por lo tanto, el hecho de que hayan sentido que podían elegir no ocuparse del tema me da a entender que no tienen idea de las luchas reales de la gente.

Responsables del hambre

-Usted afirma, en declaraciones e informes, que el problema del hambre es más complejo de abordar que la pandemia. Y que no es un problema de escasez de comida sino de fracasos políticos. ¿Puede dar algún ejemplo de esos fracasos?

-El hambre siempre es un fracaso político. Y no es sólo del gobierno del país en donde está ocurriendo. Nuestros sistemas alimentarios, incluso los más locales, son parte del mundo, por lo tanto la economía mundial los afecta. Por ende, el fracaso político puede ser de ese gobierno nacional, pero también de otros países que ejercen influencia. En ese sentido, el hambre siempre es un problema global. Y tiene múltiples responsables. A nivel global, el sistema entero de ONU es responsable en este sentido: la gente está tratando de que los gobiernos se junten y coordinen sus respuestas ante la crisis alimentaria, agudizada por la pandemia. Pero un pequeño número de países poderosos se niega a utilizar los foros multilaterales para hacerlo. El foro más grande, el Comité de Seguridad Alimentaria Mundial de Naciones Unidas, es el lugar ideal para que gobiernos, sociedad civil y otros actores puedan sentarse y coordinar respuestas a la crisis, es muy inclusivo. Pero hay un continuo bloqueo político de los países poderosos que no quieren trabajar con otros. Quieren mantener el poder para ellos mismos. Esto es un ejemplo de un fracaso político.

¿En qué medida las multinacionales del agronegocio son responsables por el hambre?

-Desde 1960 hasta ahora hemos aumentado la producción de alimentos en un 300 por ciento y, sin embargo, el hambre aumenta. El agronegocio se ha enfocado en producir más, más y más comida sin hacerse ninguna otra pregunta: ¿cómo están produciendo la comida? ¿qué daños están causando? Lo que han hecho, con una influencia creciente sobre los sistemas alimentarios, es promover prácticas con pesticidas, semillas transgénicas y monocultivos. Y condujeron a la reducción de la biodiversidad, que es uno de los principales problemas del cambio climático, no sólo del sistema alimentario. Porque se centran principalmente en las ganancias y en concentrar poder. Ahora están tratando de adaptarse, de ser más “sustentables”, según sus palabras. Pero no hay razón para confiar en que van a solucionar el problema.

Al final el problema no es lo que están haciendo sino el poder, quién tiene el poder. Si le das poder a un pequeño grupo de personas, en cualquier situación, nada va a salir bien. Si se mantiene el poder en manos de la gente, la gente sabe lo que necesita, lo saben mejor que nadie, son capaces de adaptarse a su contexto particular y sus ecosistemas.

La dificultad está en lograr que las personas trabajen juntas, en colaboración. Pero eso siempre es un problema en democracia, y es un buen problema. Un mal problema es tener que enfrentar al poder concentrado. Porque, de nuevo, quienes lo concentran están desconectados de la realidad. Ese es el mayor problema. Por lo tanto, la Cumbre refleja muchos de los problemas de los sistemas alimentarios.

Resistencia y caminos posibles

-¿Cuál es su opinión sobre la contra-cumbre Sistemas Alimentarios para los Pueblos, organizada por activistas y movimientos sociales que denuncian que la Cumbre responde a la agenda de las multinacionales?

-Es una inspiración. Porque estos grupos que se unieron, y que representan a millones de personas, no piensan igual e, incluso, tienen posiciones contrarias. Pero han logrado negociar y superar sus diferencias, y encontrar los puntos en común en solidaridad. Ese espíritu de solidaridad debería ser una inspiración también para los gobiernos. Porque si la gente puede hacer esto por sí misma, los gobiernos tienen que ser capaces de unirse, superar sus diferencias y servir a las necesidades de la gente. Por lo tanto, esta contra-movilización, que la gente está haciendo en circunstancias increíblemente difíciles, en medio de una pandemia, lo veo como una inspiración.

-¿Qué caminos propone como Relator para solucionar los problemas de los sistemas alimentarios?

-En primer lugar, si las personas todavía no están involucradas, que lo hagan. En cada ciudad, comunidad y país, hay movimientos de soberanía o justicia alimentaria, organizaciones campesinas, sindicatos, cooperativas. Cuanta más gente participe activamente en las luchas locales, mejor. En cuanto a los gobiernos, hay que tratar de obtener liderazgos. Necesitamos sólo un pequeño grupo de gobiernos que se unan y presionen contra la agenda de las multinacionales. Que sean los defensores de sistemas alimentarios que respeten los derechos humanos. Hay gobiernos que pueden hacerlo pero todos están esperando que otro se mueva primero. Creo que hay esperanza en convocar a esos países a conformar alguna especie de coalición que inspire y lidere a los otros. Por mi experiencia de trabajo, sé que la mayor parte de los gobiernos quieren hacer las cosas bien. Pero, de nuevo, un pequeño grupo de poderosos bloquean todo. El sistemas de las Naciones Unidas tiene fortalezas y debilidades. Una de sus fortalezas es que cuando una mayoría de países encuentran la forma de unirse, pueden influir en la agenda y pueden hacerlo en el buen sentido. Esto ya ha funcionado en el pasado y puede funcionar de nuevo. Lo tercero, que la gente construya nuevas relaciones. El cambio ocurre a partir de la creación de nuevas relaciones y amistades. Lo que me inspiró, por ejemplo, son los movimientos en la India. Estuvieron liderados por organizaciones de agricultores que luchaban por sus derechos humanos. Y lo que ocurrió fue que los trabajadores y los sindicatos se les unieron en solidaridad. Los agricultores y los trabajadores no siempre se llevan bien, es una relación complicada. Pero fueron capaces de desarrollar un nuevo vínculo. Por lo tanto, creo que nuevas relaciones conducen a una nueva política, nuevas ideas, y así es como sucede el cambio.

-En Sudamérica el modelo de agronegocio que combina cultivos transgénicos, agrotóxicos y concentración de la tierra lleva más de tres décadas y los gobiernos siguen promoviéndolos como una forma de desarrollo. ¿Qué opina sobre eso?

-Hay una desconexión entre las políticas alimentarias y las políticas de comercio. Y esto impacta en cómo los países usan la tierra. Si el país está principalmente orientado a la exportación, hace que la tierra se oriente a la producción de commodities, no de alimentos. Esto responde a un modelo de desarrollo: producimos commodities –como si fuéramos una fábrica-, vendemos al mercado internacional, ganamos dinero, lo ingresamos al país y con eso comemos mejor y mejoramos la calidad de vida. Eso es un modelo económico de los años 50. El mundo entero lo implementó. Lo que hemos visto, especialmente en los países del hemisferio sur, es que reorientar el sector agropecuario hacia las exportaciones dio como resultado tres cosas. Lo primero, se reduce la biodiversidad, lo que afecta al ambiente y la salud de las personas, su salud física. Segundo, que no mejoró la condición socioeconómica; solamente algunas personas ricas del país se hicieron más ricas. Vemos esto en la Organización Mundial de Comercio: los países en desarrollo no están conformes con las políticas internacionales de comercio. Y tercero, deja inseguridad alimentaria en el país: exportás alimento, importás dinero, pero la gente pasa hambre. Se crea un absurdo. Tenés un sector agrícola que manda alimentos al exterior mientras tu gente tiene hambre al lado tuyo. Ningún país está haciendo un buen trabajo para conectar el sistema alimentario con el de comercio. Sudamérica puede ser un buen lugar para hacerlo, porque tiene agricultura, tiene una historia de movimientos populares y el comercio siembre ha sido un tema de debate, más que en otras regiones.

Invertir en agroecología

-Tanto usted como relatores anteriores proponen a la agroecología como una de las soluciones a la crisis alimentaria. ¿Qué les diría a quienes sostienen que la agroecología es algo del pasado, primitivo?

-La agroecología se basa en largas tradiciones de cómo cultivar los alimentos. Tiene el poder del conocimiento de las personas que hacen el trabajo: agricultores, pescadores, pastores, campesinos. Proviene de una tradición particular, pero es dinámica. Y está orientada hacia el futuro. El mundo que vivimos hoy comenzó en 1970, cuando comenzó la Revolución Verde y la agricultura pasó a ser un negocio de grandes multinacionales. Es un fenómeno reciente, pero miren la destrucción que generó en sólo 50 años. Por lo tanto, la agroecología es nueva en el sentido de que todavía no nos hemos comprometido a nivel global para, de forma consciente, desarrollar nuestras políticas alimentarias de una manera integrada a los procesos ecológicos. La agroecología tiene una historia, pero todo tiene una historia. El agronegocio es parte de la historia de la industria. Tomaron la agricultura y la pusieron en la historia de las fábricas, de la industria. No fue cualquier avance tecnológico, fue un avance tecnológico para producir commodities con el propósito de generar ganancias. Traigamos de vuelta a la agricultura a la tradición del conocimientos locales, de los agricultores, de los pueblos indígenas. Pero, de nuevo, se trata de una tradición que es nueva, actualizada. Tenemos que crear nuevas tecnologías, invertir dinero, científicos, escuelas y todo eso, y será algo nuevo. La agroecología tiene técnicas que ya se ha probado que funcionan. Debido al cambio climático, los ecosistemas están cambiando muy rápido. En ese sentido, la agroecología por definición es moderna, porque responde directamente a un ecosistema que será nuevo para nosotros. Es más dinámica y más resiliente que la agricultura industrial.

-En su último reporte usted hace hincapié en la necesidad de invertir en agroecología.

-Hay que dirigir la inversión a aquello que está alineado con los derechos humanos, con la preocupación ecológica, y poner el poder en manos de la gente. No hay suficiente inversión en agroecología. En mi trabajo he visto que muchos gobiernos están interesados. Muchos gobiernos quieren hacer la transformación y es casi una cuestión de cuán rápido quieren hacerlo. Esa es realmente la pregunta. Creo que el problema con la agroecología es que el agronegocio trata de hacer dos cosas a la vez: decir que es irrelevante o no productivo mientras que, al mismo tiempo, dicen: ‘Ah, pero nosotros podemos hacer agroecología’. La redefinen para que sirva a sus propósitos y eso confunde. Pero creo que cuánto más claras tengamos las cosas, más gobiernos haya involucrados y más se invierta en agroecología, más rápido se va a dar el cambio. Se está construyendo, sólo que me gustaría que fuera más rápido.

20/09/2021

Publicado enInternacional
“La Cumbre de la ONU sobre alimentación no beneficiará a los millones de personas con hambre”

Entrevista a Michael Fakhri, relator especial sobre el Derecho a la Alimentación de las Naciones Unidas

 

El Relator sobre el Derecho a la Alimentación de la ONU, Michael Fakhri, denunció que la Cumbre responde a los intereses de multinacionales que son, en gran parte, responsables de la crisis alimentaria. En una entrevista con Tierra Viva, advirtió sobre los posibles impactos en los territorios y propuso alternativas. La agroecología como herramienta de cambio.

Promovida por el Foro Económico Mundial, empieza este 23 de septiembre la Cumbre sobre los Sistemas Alimentarios de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Desde su anuncio, en octubre pasado, llueven las críticas desde diferentes sectores, entre ellos, integrantes de la propia ONU. Relatores especiales y ex funcionarios del organismo internacional advierten sobre la influencia cada vez más preocupante del sector privado concentrado -empresas como Unilever, Bayer, Nestlé, Coca Cola, Pepsico, Google, Amazon, Microsoft- en este tipo de cumbres, donde se acuerdan líneas generales que luego inciden en las políticas públicas de los países.

Una de esas voces críticas es la de Michael Fakhri, relator especial sobre el Derecho a la Alimentación de las Naciones Unidas. Para Fakhri esta Cumbre será una pérdida de tiempo y dinero para los Estados miembros de la ONU, y no beneficiará en absoluto a los pueblos del mundo, menos aún a las millones de personas que padecen hambre. En cambio, sí sacarán provecho un puñado de multinacionales que buscan garantizar sus negocios en el futuro, algunas ONG y los grupos de consultores que trabajan como asesores y en la organización de este tipo de eventos internacionales.

Lo que sí sentirán las personas comunes, tanto en las ciudades como en el campo, son los impactos de esta cumbre en los próximos años. Para Fakhri, lo que se acuerde en la Cumbre influirá en los futuros planes alimentarios que pongan en práctica gobiernos nacionales. Planes que, de acuerdo a cómo se vienen dando los acontecimientos, “es muy probable que violen los derechos humanos”, advirtió el relator.

Le preocupa que la ONU ceda a las multinacionales el poder de influencia y decisión sobre cómo enfrentar la crisis alimentaria en un mundo donde el hambre aumenta desde 2015, según datos de la FAO. Y en un momento en que la pandemia por Covid empeoró todo: se calcula que en 2020, entre 700 y 800 millones de personas pasaron hambre.

Junto a dos relatores anteriores, Fakhri denunció que los organizadores de la Cumbre pasaron por alto órganos ya establecidos y más transparentes para debatir los sistemas alimentarios, como el Comité de Seguridad Alimentaria Mundial. “De manera flagrante -y quizás deliberada-, la Cumbre desvía la atención de los gobiernos hacia fuera del Comité”, sostuvieron. Y señalaron que las reglas y la agenda de la Cumbre fueron establecidas por un pequeño sector que responde a los intereses de las multinacionales. Por lo tanto, las propuestas que salgan de allí serán “sistemas agrícolas controlados por Inteligencia Artificial, edición génica y otras soluciones de alta tecnología orientadas a la agroindustria a gran escala”, advirtieron.

Desde el anuncio de la Cumbre, por parte del secretario general de la ONU, Antonio Guterres, en octubre pasado, Fakhri produjo varios documentos en los que insistió en la falta de una perspectiva de derechos humanos para abordar los sistemas alimentarios. Uno de ellos fue un informe presentado al Consejo de Derechos Humanos de la ONU, otro destinado en especial a los organizadores de la Cumbre, y un reciente reporte para la Asamblea General de Naciones Unidas.

Agencia Tierra Viva conversó desde Buenos Aires, Argentina, con Fakhri, quien vive en los Estados Unidos, donde es profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de Oregon.

-¿Tuvo alguna respuesta por parte de las autoridades de la Cumbre a sus críticas y propuestas?

No. Lo último que intenté fue comunicarme con las autoridades y sugerir cómo incluir a organizaciones y movimientos sociales que hasta ahora vienen oponiéndose a la Cumbre. Porque hasta el momento, si bien la Secretaría (autoridad) de la Cumbre se reunió con ellos, en realidad no escuchó sus demandas ni modificó en nada lo que venían haciendo. Pensé que esta era la última oportunidad y les entregué una propuesta, pero la rechazaron. Luego de de esa conversación, mi mensaje es: No es una cumbre de la gente, del pueblo (como había anunciado el Secretario General de la ONU). Esto es una pérdida de tiempo. La Cumbre lleva dos años de organización, aproximadamente 24 millones de dólares gastados y miles de personas que trabajaron de manera voluntaria. Y al final el resultado no va a servir a las personas en los territorios, en el campo, en las fábricas y las ciudades. Las personas que más lo necesitan no se van a beneficiar de esa cumbre.

-¿Y quién se va a beneficiar con la Cumbre?

-Desde el comienzo estuvo claro que las principales personas que idearon la Cumbre estaban todas conectadas con el Foro Económico Mundial. No son necesariamente las multinacionales de manera directa, ninguna empresa figura entre los líderes de la Cumbre. Sino que son organizaciones que trabajan en estrecha colaboración con ellas, que sirven a esas corporaciones y dicen que éstas son parte de la solución. Les pregunté a los organizadores de la Cumbre cómo pueden decir que las multinacionales son parte de la solución cuando en realidad son parte del problema. Y su respuesta fue: ‘Los gobiernos también son parte del problema’. Y esto te dice mucho. Porque los gobiernos no son lo mismo que las corporaciones. Los gobiernos, si bien son parte del problema, al menos en la teoría tienen que rendir cuentas, son responsables. Las multinacionales, no. Por el contrario, tratan de limitar la responsabilidad y generar ganancias. Sabemos lo difícil que es responsabilizar a una multinacional por violaciones a los derechos humanos. Por lo tanto, los sectores que se van a beneficiar son algunos productores agrícolas y de alimentos que quieren dar más poder a las multinacionales y se sienten bien trabajando con ellas. Y las mismas empresas. Lo que no me queda claro es por qué los gobiernos están dispuestos a otorgar poder, a través de las Naciones Unidas, a los asesores, científicos y expertos que trabajan junto a las multinacionales. Quienes también se van a beneficiar son los organizadores de la Cumbre, ese grupo de gente que va a continuar con sus trabajos de consultoría y seguirán siendo tratados como expertos.

-¿Puede dar ejemplos de esas ONGs y empresas, y las soluciones que proponen?

-El presidente de la Vía de Acción 2 (las vías de acción son una especie de comisión dentro de la Cumbre) es Lawrence Haddad, director Ejecutivo de la ONG GAIN (Global Alliance for Improved Nutrition). Lo que él quiere es crear una iniciativa para que las empresas hagan promesas. Esa es la solución. Que las corporaciones digan: ‘Prometemos arreglar el sistema alimentario y hacer un mundo mejor’. Otro ejemplo: los organizadores de la Cumbre crearon algo llamado palancas (o mecanismos) de cambio transversales… quién sabe lo que significa. Pero en fin, son cuatro: Finanzas, Innovación, Género y trataron de crear una sobre Derechos Humanos pero no funcionó. Finanzas está liderada por el Banco Mundial e Innovación por el Foro Económico Mundial. Por lo tanto, ellos pueden destinar todos sus recursos y ser la palanca transversal que pueda influir sobre toda la Cumbre. Y van a escribir el reporte final que va a influir sobre lo que gente piense acerca de esos temas. Lo otro que hizo el Foro Económico Mundial es organizar una reunión justo antes de que se abra la Cumbre. Esa reunión fue casi un espejo de toda la Cumbre. Los que asistieron fueron todas las multinacionales: Coca Cola, Unilever, Monsanto -o como sea que se llamen ahora-, Bayer y todos los líderes de la Cumbre, y sentaron las pautas antes de que el proceso comience oficialmente. Más allá de esto, es difícil dar ejemplos concretos de las soluciones que proponen porque, a tres semanas de empezar la cumbre, nadie sabe bien cuáles son los resultados que se esperan.

“Compromiso Hambre Cero”. Así se llama la iniciativa de la ONG GAIN a la que hace referencia Fakhri, y que es una de las soluciones que promueve la Cumbre. “El compromiso es una declaración no vinculante de las operaciones y planes de inversión propuestos por las compañías. No tiene la intención de crear ningún derecho u obligación legalmente exigible para las empresas”, explica GAIN en su sitio web. Entre los principales financiadores de la ONG figuran las multinacionales BASF, Unilever y Arla Foods así como la Fundación Bill y Melinda Gates y la Fundación Rockefeller.

 

Impacto en los territorios

-¿Cuál será el impacto de la Cumbre en la gente común, en trabajadores, familias campesinas, pueblos indígenas?

-Los impactos no se van a ver de inmediato y eso ya es un problema. El hecho de que no haya impactos positivos inmediatos en una pandemia es un problema. De hecho, la cumbre no se ocupa del Covid de ninguna manera, sino que asume el mundo después del Covid, por lo tanto es una fantasía. Lo que hace la Cumbre es influir sobre los gobiernos nacionales. La mayor parte de las actividades están dedicadas a que los gobiernos anuncien planeas generales de cómo van a cambiar sus sistemas alimentarios. La Cumbre va a conectar a esos gobiernos con inversores y consultores interesados en trabajar con las multinacionales. Y van a asesorar a los gobiernos sobre cómo cambiar sus sistemas alimentarios. Por lo tanto, lo que va a empezar a pasar es que cada vez más países van a desarrollar planes alimentarios.

La mayoría de los países tienen planes agropecuarios, pero no alimentarios. Entonces, habrá cada vez más planes alimentarios diseñados e implementados de una manera que, teniendo en cuenta cómo se han dado las cosas, muy probablemente violarán los derechos humanos. Por lo tanto, vamos a comenzar a ver los efectos en los territorios en un par de años.

Mientras tanto, la pregunta es cómo las personas que están comprometidas con los derechos humanos van a continuar con la lucha a nivel internacional mientras, al mismo tiempo, animan a las personas a manifestarse a nivel local. Porque hay una esperanza y una oportunidad: si hay suficiente presión a nivel nacional sobre los gobiernos para crear planes alimentarios basados en los derechos humanos, eso puede neutralizar a la Cumbre. Al final, el poder local es siempre el más efectivo.

-En varias oportunidades sostuvo que la Cumbre no se ocupa seriamente de la pandemia. ¿Por qué cree que eso sucede?

-No lo sé. Esa es la pregunta que le hice todo el tiempo a la Secretaría de la Cumbre. Les planteé este punto hace un año y medio, pero evitaron responder. Puedo suponer una razón. El hecho de que no hayan incluido al Covid en la agenda ni hayan explicado públicamente el motivo habla de lo desconectados que están de la realidad, de lo lejos que están de las necesidades inmediatas de las personas. Esto habla de que son una elite que puede darse el lujo de no poner el Covid en la agenda. Porque al resto del mundo, si les preguntás cómo lidian con los problemas alimentarios, tienen que enfrentar el Covid, no tienen elección. Por lo tanto, el hecho de que hayan sentido que podían elegir no ocuparse del tema me da a entender que no tienen idea de las luchas reales de la gente.

Responsables del hambre

-Usted afirma, en declaraciones e informes, que el problema del hambre es más complejo de abordar que la pandemia. Y que no es un problema de escasez de comida sino de fracasos políticos. ¿Puede dar algún ejemplo de esos fracasos?

-El hambre siempre es un fracaso político. Y no es sólo del gobierno del país en donde está ocurriendo. Nuestros sistemas alimentarios, incluso los más locales, son parte del mundo, por lo tanto la economía mundial los afecta. Por ende, el fracaso político puede ser de ese gobierno nacional, pero también de otros países que ejercen influencia. En ese sentido, el hambre siempre es un problema global. Y tiene múltiples responsables. A nivel global, el sistema entero de ONU es responsable en este sentido: la gente está tratando de que los gobiernos se junten y coordinen sus respuestas ante la crisis alimentaria, agudizada por la pandemia. Pero un pequeño número de países poderosos se niega a utilizar los foros multilaterales para hacerlo. El foro más grande, el Comité de Seguridad Alimentaria Mundial de Naciones Unidas, es el lugar ideal para que gobiernos, sociedad civil y otros actores puedan sentarse y coordinar respuestas a la crisis, es muy inclusivo. Pero hay un continuo bloqueo político de los países poderosos que no quieren trabajar con otros. Quieren mantener el poder para ellos mismos. Esto es un ejemplo de un fracaso político.

¿En qué medida las multinacionales del agronegocio son responsables por el hambre?

-Desde 1960 hasta ahora hemos aumentado la producción de alimentos en un 300 por ciento y, sin embargo, el hambre aumenta. El agronegocio se ha enfocado en producir más, más y más comida sin hacerse ninguna otra pregunta: ¿cómo están produciendo la comida? ¿qué daños están causando? Lo que han hecho, con una influencia creciente sobre los sistemas alimentarios, es promover prácticas con pesticidas, semillas transgénicas y monocultivos. Y condujeron a la reducción de la biodiversidad, que es uno de los principales problemas del cambio climático, no sólo del sistema alimentario. Porque se centran principalmente en las ganancias y en concentrar poder. Ahora están tratando de adaptarse, de ser más “sustentables”, según sus palabras. Pero no hay razón para confiar en que van a solucionar el problema.

Al final el problema no es lo que están haciendo sino el poder, quién tiene el poder. Si le das poder a un pequeño grupo de personas, en cualquier situación, nada va a salir bien. Si se mantiene el poder en manos de la gente, la gente sabe lo que necesita, lo saben mejor que nadie, son capaces de adaptarse a su contexto particular y sus ecosistemas.

La dificultad está en lograr que las personas trabajen juntas, en colaboración. Pero eso siempre es un problema en democracia, y es un buen problema. Un mal problema es tener que enfrentar al poder concentrado. Porque, de nuevo, quienes lo concentran están desconectados de la realidad. Ese es el mayor problema. Por lo tanto, la Cumbre refleja muchos de los problemas de los sistemas alimentarios.

Resistencia y caminos posibles

-¿Cuál es su opinión sobre la contra-cumbre Sistemas Alimentarios para los Pueblos, organizada por activistas y movimientos sociales que denuncian que la Cumbre responde a la agenda de las multinacionales?

-Es una inspiración. Porque estos grupos que se unieron, y que representan a millones de personas, no piensan igual e, incluso, tienen posiciones contrarias. Pero han logrado negociar y superar sus diferencias, y encontrar los puntos en común en solidaridad. Ese espíritu de solidaridad debería ser una inspiración también para los gobiernos. Porque si la gente puede hacer esto por sí misma, los gobiernos tienen que ser capaces de unirse, superar sus diferencias y servir a las necesidades de la gente. Por lo tanto, esta contra-movilización, que la gente está haciendo en circunstancias increíblemente difíciles, en medio de una pandemia, lo veo como una inspiración.

-¿Qué caminos propone como Relator para solucionar los problemas de los sistemas alimentarios?

-En primer lugar, si las personas todavía no están involucradas, que lo hagan. En cada ciudad, comunidad y país, hay movimientos de soberanía o justicia alimentaria, organizaciones campesinas, sindicatos, cooperativas. Cuanta más gente participe activamente en las luchas locales, mejor. En cuanto a los gobiernos, hay que tratar de obtener liderazgos. Necesitamos sólo un pequeño grupo de gobiernos que se unan y presionen contra la agenda de las multinacionales. Que sean los defensores de sistemas alimentarios que respeten los derechos humanos. Hay gobiernos que pueden hacerlo pero todos están esperando que otro se mueva primero. Creo que hay esperanza en convocar a esos países a conformar alguna especie de coalición que inspire y lidere a los otros. Por mi experiencia de trabajo, sé que la mayor parte de los gobiernos quieren hacer las cosas bien. Pero, de nuevo, un pequeño grupo de poderosos bloquean todo. El sistemas de las Naciones Unidas tiene fortalezas y debilidades. Una de sus fortalezas es que cuando una mayoría de países encuentran la forma de unirse, pueden influir en la agenda y pueden hacerlo en el buen sentido. Esto ya ha funcionado en el pasado y puede funcionar de nuevo. Lo tercero, que la gente construya nuevas relaciones. El cambio ocurre a partir de la creación de nuevas relaciones y amistades. Lo que me inspiró, por ejemplo, son los movimientos en la India. Estuvieron liderados por organizaciones de agricultores que luchaban por sus derechos humanos. Y lo que ocurrió fue que los trabajadores y los sindicatos se les unieron en solidaridad. Los agricultores y los trabajadores no siempre se llevan bien, es una relación complicada. Pero fueron capaces de desarrollar un nuevo vínculo. Por lo tanto, creo que nuevas relaciones conducen a una nueva política, nuevas ideas, y así es como sucede el cambio.

-En Sudamérica el modelo de agronegocio que combina cultivos transgénicos, agrotóxicos y concentración de la tierra lleva más de tres décadas y los gobiernos siguen promoviéndolos como una forma de desarrollo. ¿Qué opina sobre eso?

-Hay una desconexión entre las políticas alimentarias y las políticas de comercio. Y esto impacta en cómo los países usan la tierra. Si el país está principalmente orientado a la exportación, hace que la tierra se oriente a la producción de commodities, no de alimentos. Esto responde a un modelo de desarrollo: producimos commodities –como si fuéramos una fábrica-, vendemos al mercado internacional, ganamos dinero, lo ingresamos al país y con eso comemos mejor y mejoramos la calidad de vida. Eso es un modelo económico de los años 50. El mundo entero lo implementó. Lo que hemos visto, especialmente en los países del hemisferio sur, es que reorientar el sector agropecuario hacia las exportaciones dio como resultado tres cosas. Lo primero, se reduce la biodiversidad, lo que afecta al ambiente y la salud de las personas, su salud física. Segundo, que no mejoró la condición socioeconómica; solamente algunas personas ricas del país se hicieron más ricas. Vemos esto en la Organización Mundial de Comercio: los países en desarrollo no están conformes con las políticas internacionales de comercio. Y tercero, deja inseguridad alimentaria en el país: exportás alimento, importás dinero, pero la gente pasa hambre. Se crea un absurdo. Tenés un sector agrícola que manda alimentos al exterior mientras tu gente tiene hambre al lado tuyo. Ningún país está haciendo un buen trabajo para conectar el sistema alimentario con el de comercio. Sudamérica puede ser un buen lugar para hacerlo, porque tiene agricultura, tiene una historia de movimientos populares y el comercio siembre ha sido un tema de debate, más que en otras regiones.

Invertir en agroecología

-Tanto usted como relatores anteriores proponen a la agroecología como una de las soluciones a la crisis alimentaria. ¿Qué les diría a quienes sostienen que la agroecología es algo del pasado, primitivo?

-La agroecología se basa en largas tradiciones de cómo cultivar los alimentos. Tiene el poder del conocimiento de las personas que hacen el trabajo: agricultores, pescadores, pastores, campesinos. Proviene de una tradición particular, pero es dinámica. Y está orientada hacia el futuro. El mundo que vivimos hoy comenzó en 1970, cuando comenzó la Revolución Verde y la agricultura pasó a ser un negocio de grandes multinacionales. Es un fenómeno reciente, pero miren la destrucción que generó en sólo 50 años. Por lo tanto, la agroecología es nueva en el sentido de que todavía no nos hemos comprometido a nivel global para, de forma consciente, desarrollar nuestras políticas alimentarias de una manera integrada a los procesos ecológicos. La agroecología tiene una historia, pero todo tiene una historia. El agronegocio es parte de la historia de la industria. Tomaron la agricultura y la pusieron en la historia de las fábricas, de la industria. No fue cualquier avance tecnológico, fue un avance tecnológico para producir commodities con el propósito de generar ganancias. Traigamos de vuelta a la agricultura a la tradición del conocimientos locales, de los agricultores, de los pueblos indígenas. Pero, de nuevo, se trata de una tradición que es nueva, actualizada. Tenemos que crear nuevas tecnologías, invertir dinero, científicos, escuelas y todo eso, y será algo nuevo. La agroecología tiene técnicas que ya se ha probado que funcionan. Debido al cambio climático, los ecosistemas están cambiando muy rápido. En ese sentido, la agroecología por definición es moderna, porque responde directamente a un ecosistema que será nuevo para nosotros. Es más dinámica y más resiliente que la agricultura industrial.

-En su último reporte usted hace hincapié en la necesidad de invertir en agroecología.

-Hay que dirigir la inversión a aquello que está alineado con los derechos humanos, con la preocupación ecológica, y poner el poder en manos de la gente. No hay suficiente inversión en agroecología. En mi trabajo he visto que muchos gobiernos están interesados. Muchos gobiernos quieren hacer la transformación y es casi una cuestión de cuán rápido quieren hacerlo. Esa es realmente la pregunta. Creo que el problema con la agroecología es que el agronegocio trata de hacer dos cosas a la vez: decir que es irrelevante o no productivo mientras que, al mismo tiempo, dicen: ‘Ah, pero nosotros podemos hacer agroecología’. La redefinen para que sirva a sus propósitos y eso confunde. Pero creo que cuánto más claras tengamos las cosas, más gobiernos haya involucrados y más se invierta en agroecología, más rápido se va a dar el cambio. Se está construyendo, sólo que me gustaría que fuera más rápido.

20/09/2021

Publicado enInternacional
El periodista Daniel Mendoza Leal, en una manifestación contra la llegada del presidente de Colombia a Madrid, en la Puerta de Alcalá, a 12 de septiembre de 2021, en Madrid. — Isabel Infantes / Europa Press

Amenazado de muerte, Daniel Mendoza (Bogotá, 1978) se escondía en el maletero de los coches de sus amigos para trasladarse de un lugar a otro y concedía entrevistas de forma clandestina. Se refugió en la embajada francesa y finalmente huyó de Colombia antes de que una bala pudiera acabar con su vida. Este abogado, criminalista y periodista, había asombrado al país desde mayo de 2020 con el lanzamiento de la serie web Matarife, en la que se narra de una manera innovadora y audaz el contubernio entre políticos, narcotraficantes y paramilitares.

Apoyado en investigaciones propias y de otros periodistas colombianos, Mendoza desgrana en Matarife las oscuras relaciones entre el poder y el hampa, y señala con el dedo a quien, a su juicio, es el capo dei capi de la narcopolítica: el expresidente (2002-2010) y hoy senador Álvaro Uribe, protagonista de una serie que ha convulsionado los cimientos de la política colombiana. Con un pulso narrativo vibrante, cercano al thriller psicológico, y un formato de breves píldoras audiovisuales, el documental ha llegado a los móviles de millones de colombianos (unos 35 millones de visitas en YouTube).

Con Mendoza como hilo conductor, por la pantalla desfilan testimonios e imágenes de la historia reciente de Colombia, los asesinatos de activistas sociales, la ejecución de miles jóvenes en el caso de los "falsos positivos", las vendettas de los narcotraficantes y sus alianzas con la élite política y económica del país... No es una ficción de Netflix. Es Colombia al desnudo. En Matarife se dan la mano la investigación, la denuncia y la estética en una experiencia subversiva y creativa, en palabras de su autor. Antes de abandonar Madrid, donde ha promocionado la segunda temporada de la serie, Mendoza recibe a Público.

Con sus tatuajes, su apariencia le acerca más a la farándula que al Derecho penal. Mide cada palabra que dice, no en vano ya le han caído varias denuncias por sus investigaciones, mientras recapitula sobre el vértigo de sus últimos años y sueña ya con la tercera temporada de la serie.

'Matarife' es todo un fenómeno audiovisual en Colombia, con millones de visitas en YouTube. ¿Qué se encuentra el espectador en la serie?

La primera temporada está basada en tres artículos (sobre la carrera política de Uribe y sus presuntas relaciones con el narcotráfico) que publiqué en el medio digital La Nueva Prensa y que fueron virales en Colombia. Esos artículos formaron el esqueleto de la primera temporada, que también se nutre de las investigaciones de periodistas como Gonzalo Guillén. Al principio pensamos en que yo fuera una sombra, con otro nombre, porque nos estábamos enfrentando a un aparato de poder, a una fábrica criminal, pero luego pensé que una sombra iba a asustar más a la gente. Decidí entonces exponerme y poner la cara. Todos me dijeron que estaba loco y yo les contesté que era la única forma de que funcionara el proyecto. Un proyecto, Matarife, cuya principal finalidad era que Colombia le perdiera el miedo a Uribe. Hasta ese momento todo el mundo se refería a él como El Innombrable para evitar las denuncias al acusarlo en redes. Pero yo necesitaba que la gente empezara a decir lo que es: un narcotraficante, un mafioso y un genocida. En mi artículo Uribe, el asesino que nos puso la mafia se ofrece una visión de lo que fue desde su nacimiento hasta su último periodo presidencial.

El propio rodaje de la serie y la promoción de la primera temporada es material digno de una película de suspense.

Para protegerme de Uribe, tuve que inventar que la serie había sido realizada por una productora australiana y que contaba con apoyos de afuera. En realidad, al proyecto de la primera temporada le dimos forma cuatro personas durante tres o cuatro meses. Fue una estrategia de engaño al Gobierno, y, en cierta forma, nos resultó. Ellos pensaban que toda la serie ya estaba hecha al lanzar el primer capítulo y que contábamos con apoyos internacionales, pero lo que hacíamos César Andrade [cineasta mexicano] y yo era ir grabando y editando cada capítulo poco a poco. En la segunda temporada despejo las dudas y explico nuestro vía crucis mientras hacíamos la primera parte. Yo pensaba que Matarife me iba a cubrir, pero lo que hizo fue echarme los sicarios encima. Pensaba que me iban a matar sin haber visto la reacción de la gente al ver la serie.

¿Y se fue de Colombia por ese temor a que lo mataran?

Recibí una serie de amenazas después de que en La Nueva Prensa se denunciara la compra de votos en las elecciones que llevaron a Iván Duque [actual mandatario] a la presidencia por medio de Uribe, en asociación con el cártel de la costa caribeña, del narcotraficante Marquitos Figueroa. Esas denuncias iniciaron una serie de amenazas [contra varios periodistas] después de que Uribe me acusara de ser un subversivo de la izquierda internacional y llamara a sus seguidores a tomar acciones en mi contra. Un senador de la República grabó una llamada en la que un informante le decía que la Oficina de Envigado [una organización criminal] había dado la orden de ejecución de varios periodistas de La Nueva Prensa. Entonces empiezan a buscarme para matarme a mí también en Bogotá. La Fundación para la Libertad de Prensa y varios senadores progresistas pidieron mi protección y ahí empieza mi huida en los baúles [maleteros] de los carros de mis amigos. Yo vivía cada día para dar una entrevista y decirle a la gente que Uribe era un narcotraficante y un genocida. Me buscaba la Policía, el Gobierno y los peores cárteles del narcotráfico y del paramilitarismo. Sabía que no iba a durar mucho tiempo antes de que me encontraran y me mataran. A través de Amnistía Internacional y una amiga abogada, me contactó la embajada de Francia y me dijeron que estaban dispuestos a salvarme la vida. Me refugié en la embajada y poco después me sacaron del país en un vuelo humanitario.

¿Qué pensó al tener que abandonar Colombia de forma forzada mientras millones de ciudadanos veían su serie?

Lo primero que pensé cuando se cerraron las puertas del avión fue que ya no me iba a morir. Y el segundo pensamiento que me vino a la cabeza fue hacer la segunda temporada y cómo carajo iba a hacerla en Francia. Lo único que se me ocurrió es que tenía que seguir contando la historia, pero ubicando escenas en Francia, y la segunda temporada se desarrolla allí con un formato y una narrativa más digerible para el público internacional. Se puede ver sin haber visto la primera, más centrada en el público colombiano. Esa primera temporada tuvo una difusión de más de 25 millones de visitas. Hoy, juntando las dos temporadas, hay casi 35 millones de visitas solo en el canal oficial.

Usted nació en el seno de una familia de la élite colombiana y fue miembro del selecto club El Nogal, objeto de sus denuncias

Sí, nací en una familia de la élite, no sé si afortunada o desafortunadamente para mí. En el club El Nogal empecé a observar algunas cosas y esto, unido al hecho de que yo era abogado penalista y que tenía conocimiento de expedientes de la parapolítica, me llevó a ver las relaciones que había entre la élite colombiana, el paramilitarismo y el narcotráfico. En el centro de todo eso estaba Álvaro Uribe. Eso me hizo escribir una serie de artículos que involucraban al club El Nogal como una institución que reunía a peligrosos delincuentes, corruptos, lavadores de activos, narcos y paramilitares, y tras esas denuncias me expulsaron del club. Después de cuatro años, gané un proceso judicial que anula esa expulsión, lo que significa un triunfo para la libertad de expresión en Colombia.

'Matarife' presenta hechos que ya se conocen en Colombia, pero de una manera original y dinámica. ¿Es ése el secreto de su éxito?

Yo quiero que la gente goce también viendo Matarife, en cierto sentido. Que sufra, pero que también goce con una fotografía bella, una música linda, un buen guion. Las artes sirven para eso. Matarife utiliza la información para disparar un misil que llegue al inconsciente colectivo de una sociedad como la colombiana. Para que eso ocurra, tiene que generar emociones individuales en las personas a través del arte. En este sentido, es un arma revolucionaria, lo que yo llamo la "subversión creativa", que para mí hace más daño que las armas reales. Se trata de una propuesta audiovisual que nutre al pueblo de una información que le llega al alma, convirtiéndose así en un mecanismo revolucionario muy efectivo. Yo ya no me considero abogado ni periodista. Ni tampoco director ni guionista ni actor. No soy nada de eso, sino un subversivo creativo que disparo sin herir físicamente a nadie y trato de violentar un sistema que riega de dolor y sangre a mi país.

La segunda temporada, de formato más extenso, no ha tenido la resonancia de la primera. ¿Por qué cree que ha sucedido esto?

Es cierto que la primera temporada se masificó más. El formato fue uno de los factores de que llegara a mucha gente. En la segunda temporada [de la que ya se han emitido ocho de sus diez capítulos] los episodios son más largos, pero la razón principal de que no haya tenido la misma difusión es porque ha habido un pacto de silencio entre los grandes medios colombianos, que no han hablado de la serie como sí lo hicieron de la primera parte. No les está funcionando del todo porque el pueblo colombiano está compartiendo la serie en redes, y la gente que la ha visto dice que la segunda temporada es más sólida desde el punto de vista estético. Los guiones están mucho más trabajados.

¿Qué reacción espera de ese público internacional al que va dirigido la nueva temporada?

Yo me pregunto: ¿qué le pasa al mundo? Están viendo que están matando a los jóvenes, que los están descuartizando, y llevan haciéndolo muchos años. La organización Human Rights Watch (HRW) ya lo verificó [como el caso de los "falsos positivos", ejecuciones sistemáticas de más de 6.000 jóvenes durante el mandato de Uribe para engrosar la lista de bajas de supuestos guerrilleros y dar la impresión de que se estaba ganando la guerra]. Hay que decirle al mundo que hay un genocidio en Colombia.

¿Cómo ve el futuro de su país ante las elecciones presidenciales del año que viene?

Yo creo que Colombia tiene dos opciones ahorita, y creo que la sociedad colombiana las está viendo y las encuestas lo dicen, porque ahorita la sociedad colombiana no se debate entre izquierdas y derechas, no se debate entre partidos políticos o colores políticos. Se debate entre la vida y la muerte. Esas son las dos opciones que tiene la sociedad colombiana. O la vida o la muerte. Yo espero que escoja la vida.

Madrid

18/09/2021 22:42

César G. Calero

Publicado enColombia
Tres perfiles diferentes al imperialismo dominante

El fracaso del proyecto norteamericano del “Gran Oriente Medio” tiene enormes consecuencias para la relación de la primera potencia con los tres principales jugadores globales del siglo XXI.

El imperialismo estadounidense buscaba renovar la subordinación de Europa, frustrar la recomposición de Rusia y neutralizar la expansión de China. Estos tres objetivos quedaron seriamente afectados por la sucesión de adversidades y derrotas que acumula Washington en las últimas dos décadas.

La conducta imperialista de Estados Unidos es un dato corroborado por la escalada de agresiones que perpetró en el “mundo islámico”. ¿Pero cómo debería caracterizarse el rol de Europa, Rusia y China? ¿Qué tipo de indicios surgen de las acciones de cada potencia en la región más turbulenta del planeta? ¿Operan también como fuerzas imperialistas?

REEMPLAZO Y SOMETIMIENTO

Toda la vasta zona atropellada por Estados Unidos en los últimos años fue un botín de la era clásica del imperialismo. Al concluir la Primera Guerra Mundial, Inglaterra y Francia concertaron especialmente su dominio de Medio Oriente y negociaron el reparto de los territorios árabes del desmembrado Imperio Otomano. Se distribuyeron esa región estableciendo las nuevas fronteras de Siria, Irak, Líbano, Jordania y Palestina.

El resultado de la Segunda Guerra condujo a otra remodelación. Estados Unidos impuso su control de las reservas petroleras y su manejo de muchos gobiernos formalmente independizados. Washington sustituyó a los alicaídos antecesores anglo-franceses y convirtió a toda la región en un escenario de la guerra fría contra la Unión Soviética.

Los viejos colonialistas europeos igualmente permanecieron en varios lugares claves. Continuaron lucrando con inversiones petroleras y acreencias financieras y conservaron cierta presencia militar para proteger sus negocios. Pero su desplazamiento por el poder norteamericano se afianzó con paso del tiempo y condujo a un dramático desenlace, luego de la fracasada invasión anglo-francesa del Canal de Suez con asistencia de Israel (1956).

Esa intervención -consumada para contrarrestar la nacionalización dispuesta por el gobierno de Nasser- naufragó en forma escandalosa. Allí quedó sepultada la vieja acción imperial de Europa en el “mundo islámico”. Estados Unidos ocupó definitivamente ese vacío, con una nueva red de alianzas e impuso normas de la subordinación a sus socios transatlánticos. Este curso fue reforzado por la derrota de Francia en Argelia (1962).

Las principales potencias del Viejo Continente renovaron sus actividades económicas en el grueso de los países, pero los operativos militares quedaron bajo el mando del Pentágono. Inglaterra preservó su influencia en la península arábiga y Francia conservó su gravitación en el Líbano. Pero el Departamento de Estado tomó la última palabra en materia de invasiones y golpes de estado contra los personeros en desgracia. Actualmente Francia intermedia cuando un monarca saudita chantajea a un presidente libanés, pero ya no define la invasión de Irak, la ocupación de Afganistán o las treguas de Siria.

Este rol subordinado -pero igualmente activo y complementario de Estados Unidos- se ha verificado en todos los grandes acontecimientos recientes. En las guerras de envergadura (Golfo en 1991, Afganistán en 2001, Irak en 2003) Europa actuó bajo la dirección operativa de Washington que aportó el grueso de las fuerzas militares. Todos los operativos internacionales de terrorismo de estado, espionaje ilegal y cárceles clandestinas fueron manejados por la CIA, con el simple auxilio de los servicios secretos europeos. Los marines utilizaron, por ejemplo, con descarada discrecionalidad sus bases en el Viejo Continente para realizar incursiones en “Gran Oriente Medio”.

SUBORDINACIÓN Y CRISIS

El sometimiento europeo a Estados Unidos ha prevalecido incluso en acciones contra países como Libia, que pesan más en la economía del Viejo Continente que en el universo americano. Todas las compañías petroleras de Europa tienen filiales en el Norte de África y Bruselas gestiona directamente el freno de los inmigrantes que intentan cruzar el Mediterráneo.

Esa relevancia de Libia no impidió que el derrocamiento de Gadafi fuera teledirigido por el mando norteamericano de la OTAN. Tal como ocurrió con Bush frente a Sadam, la encargada de celebrar el asesinato del ex presidente libio fue Hillary Clinton.

Actualmente la Unión Europea interviene en los caóticos escenarios de Trípoli y Bengasi, pero Italia y Francia apuestan a bandos opuestos y requieren el auxilio del mediador alemán (Armanian, 2020). No logran contener, además, la creciente presencia de Rusia y Turquía y dependen del visto bueno norteamericano para las decisiones estratégicas.

La misma secuencia se corrobora con Irán. Alemania y Francia apoyaron en forma entusiasta la negociación que abrió Obama con Teherán. Apostaban al afianzamiento de sus grandes negocios con los Ayatolás. Pero cuando Trump decidió congelar esas tratativas optaron por la subordinación. En los últimos meses han intentado convencer a Biden de las ventajas de un rumbo consensuado, pero mantendrán su sometimiento a Washington si la negociación continúa bloqueada.

Estados Unidos y Europa no participan en las mismas alianzas de empresas para extraer el gas del Mediterráneo. Esa división también se extiende al gasoducto que proveerá combustible ruso a Alemania. Trump ensayó un bloqueo de ese suministro -que rivaliza con las exportaciones del shale norteamericano- pero Biden modificó la agenda. Algunos analistas destacan que tiende a convalidar esa operación, a cambio del sostén europeo a una próxima andanada de hostilidades contra China (Chingo, 2021). Propicia generalizar el mismo compromiso a todos los temas conflictivos de Medio Oriente. La subordinación a las decisiones geopolíticas de Washington es el principal presupuesto de esas tratativas.

La crisis sahaurí aporta otro ejemplo de la misma primacía norteamericana. En los años 70 la monarquía ibérica le entregó el Sahara español a Marruecos, como prenda de pago a Washington por el reconocimiento del improvisado rey Juan Carlos. Ese contubernio precipitó la prolongada lucha de un sacrificado pueblo por su autodeterminación (Urbán, 2020).

Estados Unidos ha transformado actualmente a Marruecos en una pieza clave de la nueva connivencia diplomática de los déspotas árabes con Israel. Por esa razón los padecimientos de los sahauríes ya empalman a pleno con los sufrimientos de sus pares de Palestina. Con su habitual sometimiento a las decisiones norteamericanas, Europa convalida esa tropelía.

ALTERIMPERIALISMO

La conducta de Europa ilustra un comportamiento alterimperial. Las tradicionales potencias colonialistas continúan desenvolviendo acciones propias, pero bajo las normas que fija la jefatura estadounidense. Custodian sus propios intereses en ciertas áreas, aceptando la subordinación al rumbo general que define la primera potencia.

Mediante esa combinación, el Viejo Continente preserva un gran poder de fuego propio e irrumpe con incursiones de sus gendarmes en algunas colonias de antaño. Inglaterra atacó las Malvinas y Francia envía periódicamente legionarios a Mali y la República Centroafricana. Conserva bases militares en 10 países del continente negro (Prashad, 2021) y desde 1992 cuenta con el pacto de seguridad europeo para utilizar fuerzas de reacción rápida.

Pero todas las grandes acciones continúan sujetas al mando del Pentágono. El propio sistema de defensa europeo está inscripto en la lógica de la OTAN y esa integración presupone un conflictivo pero perdurable sostenimiento del gasto bélico. La propia producción de armamentos en el Viejo Continente está sujeta a normas de compatibilidad con las Fuerzas Armadas estadounidenses (Serfati, 2001).

Los autores que introdujeron el concepto de alterimperialismo han contribuido a precisar las peculiaridades contemporáneas de Europa (Serfati, 2005). Esa región ya no aglutina a viejas potencias imperialistas corroídas por rivalidades internas, ni tampoco agrupa a un enjambre común que disputa hegemonía militar con el coloso americano. Los grandes jugadores de Europa (Inglaterra, Francia, Alemania) continúan desenvolviendo acciones imperiales propias o entrelazadas, pero invariablemente sometidas al veto de Washington.

Las disputas norteamericanas con los subordinados socios europeos son importantes y recurrentes, pero no remueven las reglas de la sintonía occidental. Hay frecuentes choques por el financiamiento de la OTAN y operativos inconsultos del Pentágono. Más intensos son los desacuerdos comerciales entre firmas que ambicionan el mismo botín de Irak, Libia o Sudán. Bajo el mandato de Trump esas divergencias alcanzaron un inédito nivel de tensión que ahora Biden intenta disipar.

El nuevo mandatario está embarcado en recomponer las relaciones con sus socios transatlánticos. Por eso comenzó su gestión con un promocionado reencuentro con los líderes europeos, para reclutar aliados en las tensiones que se avizoran con China.

Biden se ha mostrado dispuesto a bajar el tono de los choques económicos con el Viejo Continente (Boeing- Airbus, gasoducto Nord Stream 2, tecnologías 5 G). Su prioridad es concertar un frente común contra el adversario asiático. De esa forma el imperialismo dominante busca reordenar sus relaciones con el socio alterimperial.

Pero el desenlace reciente de Afganistán introduce mucho ruido en esas tratativas. El padrinazgo yanqui que pretendía restablecer Biden con los socios de Europa ha quedado amenazado por la pérdida de autoridad norteamericana, que genera el abrupto retiro de Kabul. Macron, por ejemplo, toma distancia de la Casa Blanca recordando el costo de 13 años de permanencia de Francia en el conflictivo país de Asia Central. Nuevos interrogantes se perfilan en el entramado de Washington con Londres, Berlín y Paris.

LA REAPARICIÓN DE MOSCÚ

Rusia desenvuelve un rol completamente diferente al desempeñado por Europa. Mantiene una relación de intenso conflicto con Estados Unidos, que contrasta con la sociedad imperante entre las potencias transatlánticas.

La drástica reacción de Moscú frente al proyecto imperialista del “Gran Oriente Medio” ha cambiado los escenarios de varios continentes. Esa respuesta fue particularmente contundente a partir de la guerra de Siria. Putin decidió intervenir con fuerzas militares propias para detener el avance de los yihadistas. Adoptó esa decisión, al observar cómo las ramificaciones chechenas de esas milicias intervenían en el radio de influencia directo de Moscú.

Rusia afianzó sus dos bases militares en la zona e impidió la caída de Assad para frenar las incursiones estadounidenses. Con esa acción Putin le arrebató a Washington las decisiones finales sobre Siria y frustró la pretensión norteamericana de actuar como juez definitorio de la partida.

La participación de tropas rusas -en un terreno tan alejando de su órbita defensiva- provocó el desconcierto inicial de Estados Unidos. El Pentágono vaciló entre varias respuestas y no definió ninguna. Putin aprovechó esos titubeos para colocar a su país en un terreno de gran paridad a la hora de negociar el futuro de Siria (Armanian, 2021),

El gran giro se produjo en el 2015 con el apoyo aéreo provisto por Rusia a las expediciones del ejército sirio sobre las brigadas yihadistas. Esa acción revirtió el acoso que sufrían los gendarmes de Assad e incentivó una contraofensiva que desembocó en la caída de Aleppo.

Esa batalla volcó la balanza del conflicto de Siria. Condujo a la derrota de los fundamentalistas, al fulminante fracaso de Qatar y Arabia Saudita, al improvisado reacomodo de Turquía y al debilitamiento de Estados Unidos.

La destrucción de esa ciudad -con cuantiosas bajas de todos los bandos- tuvo un gran impacto en la región. Demostró la eficacia de los asesores rusos frente a la ineficiente coalición contra el Estado Islámico, que Estados Unidos montó con el concurso de 40 países. Ese armado quedó totalmente ensombrecido frente al renovado protagonismo moscovita.

La permanencia de Assad ha sido el principal resultado de la guerra en Siria. El desplazamiento de ese mandatario era una prenda de negociación que se ha invertido. Ahora la diplomacia rusa fija los términos de las tratativas frente al fragilizado Departamento de Estado.

EL REGRESO A ORIENTE

El resurgimiento de Rusia tiene correlatos directos en Afganistán. Ya antes de la caída de Kabul, Moscú había comenzado a intervenir intensamente en el conflicto. Auspició una conferencia sobre el futuro de ese país con los talibanes, China y Pakistán y excluyó por completo a Occidente

Putin retomó las relaciones con los talibanes estableciendo una tajante diferenciación con el yihaddismo transnacional de ISIS (Daesh o EI). Sitúa solo a ese sector en el campo de los enemigos de Moscú. Pretende alejar a esas milicias de las fronteras rusas y aspira a imponer su abandono de Uzbekistán y Kirguistán con el propio concurso de los talibanes.

Con su habitual pragmatismo, Putin observa ahora a los talibanes como una fuerza más amistosa que los fundamentalistas del ISIS o Al Qaeda. Registra las posibilidades de mayores negociaciones directas con el primer sector, luego del drástico cambio que introdujo la derrota estadounidense.

Esta reaparición de Rusia corona un drástico giro en el escenario local. En 1980 el Ejército Rojo ingresó en Afganistán para proteger al gobierno progresista de Najibulá, pero no pudo evitar que en 1996 su presidente fuera linchado por los talibanes. Ahora los diplomáticos de un gobierno ruso -pos-soviético y capitalista- vuelven a Kabul, para negociar con las milicias que arrojaron al país al Medioevo. El imperialismo estadounidense -que primero promovió esa atroz regresión y luego confrontó con los talibanes- ha sido doblegado.

Rusia actúa en Afganistán con los mismos parámetros de ambigüedad diplomática que despliegan en otras regiones. En Siria sostuvo al acorralado mandatario, pero negocia su eventual canje en un acuerdo con otros actores de la disputa.

Frente a Irán mantiene una actitud similar. Putin convalidó durante años las sanciones de Estados Unidos contra Teherán por razones meramente económicas. Rusia compite en el mercado mundial de gas con Irán, que alberga monumentales reservas del mismo combustible. Por eso busca frustrar la concreción de dos gasoductos que rivalizarían con sus propias ventas al exterior (Armanian, 2019).

Las convergencias y divergencias de Rusia con Turquía son de mayor porte y en el conflicto de Siria incluyeron todos los extremos imaginables. Por un lado se registraron virulentos asesinatos de diplomáticos y derribos de aviones y por otra parte se consumaron cálidos reencuentros para abrochar ventas de armas. Putin negoció con Erdogan una y otra vez el destino de Aleppo y Rojava. Buscó alcanzar algún status quo, para alejar a los yihadistas de las fronteras rusas a cambio del sacrificio de los kurdos.

Con la misma geopolítica de gran potencia, Putin ha preservado excelentes relaciones con Israel. Mantiene incluso en reserva la carta de forzar la salida de las fuerzas iraníes y libanesas de Siria, si Tel Aviv accede a moderar sus ambiciones de expansión territorial. La prioridad moscovita es una estabilidad de Medio Oriente asentada en la decreciente relevancia de Estados Unidos.

IMPERIO EN FORMACIÓN

La intervención rusa en Siria contribuyó a contener la brutalidad yihadista, pero no incluyó gran consideración por la tragedia de los civiles. Moscú evitó el brutal belicismo de los sauditas o los israelíes, pero no intervino con ataduras a los patrones humanitarios.

Conviene recordar que Rusia participa activamente en el mercado mundial de armamento como segundo proveedor de instrumentos mortíferos. Sólo prioriza el alejamiento de Estados Unidos de sus fronteras y actuó en Siria para enviar un mensaje a las fuerzas de la OTAN afincadas en Europa del Este.

Rusia respondió a la continuada presión del imperialismo norteamericano sobre el viejo entramado de la URSS. Desde hace décadas el Pentágono intenta desmembrar ese territorio en un ramillete de mini-estados sometidos a Washington. La incursión moscovita en Medio Oriente apuntó a contrarrestar la captura occidental de Ucrania. También buscó balancear el cerco de misiles que Estados Unidos ha desplegado en el cordón aportado por varios ex integrantes del Pacto de Varsovia (Alexander, 2018).

Rusia apuntala en Siria sus propios intereses y dirime tensiones con Occidente. Actúa en Medio Oriente como un jugador mundial que anticipa movimientos. Putin despachó tropas a Damasco frente a las presiones estadounidenses en Asia Central y advirtió que adoptará represalias frente a cada arremetida del Pentágono.

De esta pulseada ha emergido el inestable equilibrio que impera en Siria. El país sigue fragmentado con áreas en disputa e incontables refugiados fuera de sus hogares. El sufrimiento popular persiste mientras se dirime el futuro del territorio.

La conducta rusa en Medio Oriente corrobora el perfil de un imperio en formación. Moscú no araña el status alcanzado por el dominador estadounidense o sus socios europeos. Está muy lejos de actuar en la misma escala y no persigue los mismos objetivos de recuperación hegemónica. Golpea con fuerza, pero preserva una tónica general defensiva y propicia un escenario geopolítico multipolar, contrapuesto a la primacía que ambiciona Washington.

Esta conducta de Rusia es coherente con el status capitalista del país. Ese sistema fue restaurado en forma fulminante luego de la implosión de la URSS, mediante el vertiginoso remate de la propiedad pública. De ese cambio emergió una oligarquía de millonarios provenientes de la alta burocracia del régimen anterior. El mismo personal cambió de vestimenta y mantuvo la conducción del estado para otros fines.

Pero el caos que generó el bandidaje de la era de Yeltsin obligó al viraje que ha implementado Putin para contener la desarticulación del país. De ese liderazgo surgió el modelo político actual, que acotó el poder de los acaudalados sin modificar el status capitalista de Rusia.

Putin ha reforzado su conducción de ese esquema incrementado la presencia internacional del país. Logró esa recomposición en tensas negociaciones con sus pares estadounidenses. Las convergencias y rupturas se sucedieron en forma vertiginosa con Trump y es muy incierto lo que ocurrirá con Biden.

El nuevo mandatario norteamericano comenzó con mensajes agresivos y bajó posteriormente el tono, para reabrir las interrumpidas negociaciones sobre la distensión nuclear. El imperialismo dominante continúa lidiando con un imprevisible imperio en formación.

LA AMENAZA ECONÓMICA DE CHINA

En el “mundo islámico” se verifica la nítida diferencia entre las dos potencias que confrontan con Estados Unidos a escala global. Mientras que Rusia interviene activamente en el plano geopolítico e incursiona abiertamente en el terreno militar, China actúa con más cautela en el primer terreno y mantiene una gran prescindencia en el segundo.

A diferencia de Rusia el nuevo gigante asiático es importador neto de petróleo y busca asegurar su abastecimiento, mediante acuerdos con los exportadores de todos los bandos. Adquiere el ansiado insumo de los sauditas y también de Irán, sin establecer distinciones de ningún tipo.

La presencia de China está centrada en los negocios y su impactante gravitación económica representa un serio desafío para el competidor estadounidense. No hay tropas chinas en los campos de batalla del mundo árabe, pero abundan los convenios comerciales con todos participantes de esos conflictos.

Para contrarrestar esa arrolladora intervención, Estados Unidos presiona a los gobiernos afines para que reduzcan la incidencia comercial e inversora de su gran rival. Explora especialmente caminos para cortar el abastecimiento petrolero de Beijing. Sin el combustible importado de Arabia Saudita, Irán o Irak, el crecimiento de la nueva potencia asiática quedaría estructuralmente bloqueado.

En ese terreno se libra una intensa pulseada entre las empresas chinas -que continúan multiplicando convenios- y los emisarios de Washington, que exigen el cierre de la canilla del crudo hacia el Extremo Oriente.

Esta política norteamericana también incluye un guiño a los grupos yihadistas que hostilizan a China. Algunas vertientes de esas formaciones ambicionan incorporar varias regiones del territorio asiático, a su imaginario mega-califato regido por la sharia.

Enarbolan el derecho de los uigures a contar con un gobierno religioso. Por eso demandan la autonomía político-administrativa de las regiones habitadas por esas minorías. Las corrientes más extremas aspiran a lograr una independencia semejante a la conseguida por los distintos “stanes”, que emergieron en Asia Central luego de la desintegración de la URSS.

Estados Unidos apuntala esos proyectos con la misma malevolencia que promociona las exigencias de los monjes tibetanos. Para socavar la integridad territorial china, acompaña las distintas campañas que propician la autonomía de la “comunidad musulmana” del Turquestán oriental (Xinjiang).

China ha respondido con mano dura a ese separatismo. Pero también ha optado por ampliar los derechos de las mujeres musulmanas, que en esas regiones cuentan con sus propias mezquitas. Hasta ahora Beijing ha logrado neutralizar la acción yihadista que amparan Washington y Riad.

Biden evalúa muchas opciones de acción en su estratégica confrontación con China. Mantiene la misma prioridad de choque con el gigante asiático que explicitó Trump. Ha incorporado a ese libreto la tradicional demagogia de los Demócratas en torno a los derechos humanos para justificar las intromisiones imperiales. En su obsesión contra el rival oriental, ni siquiera archivó las absurdas campañas de su antecesor para culpabilizar a Beijing por la pandemia (Hardy, 2020).

EL GIRO DE PAKISTÁN

La creciente presencia china en el “Gran Oriente Medio” puede desembocar en resultados tan sorprendentes como el giro consumado por Pakistán. Ese país emergió en 1947 como un bastión del extremismo islámico, del anticomunismo furioso y de la enemistad hacia los hindúes. El país debutó con un patrón de fractura colonial para debilitar al naciente estado de la India. Quedó bajo el mando directo de Estados Unidos, que desplegó desde allí una intensa guerra fría contra la relación autónoma y conciliatoria de Nueva Delhi con la URSS.

El belicismo pakistaní monitoreado por el Pentágono se puso a prueba en dos guerras contra la India (1965 y 1971) y en el posterior emplazamiento de un cuartel general del extremismo religioso, para atentar contra las fuerzas democráticas y laicas de toda la región. El padrinazgo de terroristas comenzó con el entrenamiento de los talibanes afganos. Algunas organizaciones de ese entramado finalmente construyeron un estado dentro del estado pakistaní, a partir de una inmanejable simbiosis con el ejército y los servicios de inteligencia.

Cuando Estados Unidos comenzó a perder las guerras de Oriente y a multiplicar las conspiraciones para renovar sus títeres, la propia crisis de la primera potencia se extendió a sus servidores. Esa erosión alcanzó inéditas proporciones en Pakistán desde el asesinato de la figura más afín al establishment estadounidense (Benazir Bhutto en el 2007).

El trato humillante que el Pentágono propinó a los militares pakistaníes alimentó, a su vez, las impactantes reacciones antiamericanas entre sus viejos cipayos. El efecto acumulativo de esos malestares derivó finalmente el sorpresivo giro de la política exterior pakistaní hacia una alianza con China.

Ese giro se consolidó como respuesta a la reconciliación con la India que inició Obama y afianzó Trump. En lugar de acomodarse como socio subordinado a ese nuevo tejido geopolítico, los gobernantes pakistaníes patearon el tablero y concertaron acuerdos con China. Han tomado radical distancia del bloque que Washington construye para pulsear con Beijing.

Esta indisciplina de un viejo peón -que alberga armas atómicas provistas por el Pentágono- introduce un dolor de cabeza mayúsculo en el Departamento de Estado. Pakistán ya obstruye el tránsito por sus carreteras de las caravanas de la OTAN, avanza con gasoductos hacia China e incluso adquiere armamento del gran enemigo de Estados Unidos.

Washington ha comenzado a diseñar distintas conspiraciones para retomar el control sobre un país clave para su estrategia de acoso de Beijing. Esos complots incluyen planes de fractura del propio Pakistán (Armanian, 2013)

Pero lo más problemático para Washington ha sido la extensión del giro de Islamabad hacia Kabul. China ha penetrado intensamente el universo afgano, desde que los estrechos socios pakistaníes de los talibanes se aproximaron a Beijing.

Los convenios económicos suscriptos entre ambos países incorporan a Afganistán a la ruta de la seda, a través de redes ferroviarias y un nuevo circuito de inversiones (Merino, 2021). Bajo el impulso pakistaní, los talibanes giran ahora hacia la órbita económica de China, creando un escenario doblemente adverso para Estados Unidos. La reciente caída de Kabul puede afianzar drásticamente ese curso.

Lo ocurrido con Pakistán y Afganistán ilustra la gigantesca amenaza que entraña China para la dominación norteamericana. Washington no se resigna a perder esa supremacía y afina todas sus baterías contra el desafiante asiático. Pero hasta ahora sólo acumula fracasos. El infierno bélico que desató en el mundo islámico para intentar esa obstrucción condujo a una sucesión de desastres militares. El dique que intentó edificar contra Beijing desembocó en calamitosos resultados.

UN STATUS NO IMPERIAL

Las respuestas cautelosas que mantiene China en Medio Oriente frente a su adversario norteamericano confirman el status no imperialista de la nueva potencia. Esa fisonomía perdura al compás de una estrategia defensiva de expansión económica, sin correlatos equivalentes en la esfera geopolítico-militar. En este último campo se define el status imperialista de las distintas potencias.

El perfil que hasta ahora mantiene de China concuerda con el régimen social intermedio del país y el proceso aún inacabado de restauración del capitalismo. La nueva clase dominante no ejerce en China el poder político, que el Partido Comunista preserva bajo su directo control (Katz, 2021).

El carácter no imperial de China también concuerda con la pauta general defensiva de su acción internacional. Esa postura contrasta con la norma ofensiva que ordena la política exterior de Estados Unidos y sus socios europeos. El papel de Beijing en el “mundo islámico” no se equipara, por lo tanto, con el desplegado por Washington.

La tipificación de una potencia con el calificativo imperial debe tomar en cuenta su papel en los distintos escenarios. El imperialismo contemporáneo es un dispositivo de dominación que garantiza los lucros de los capitalistas, mediante acciones político-militares de agresión. A la hora de evaluar un acto imperial corresponde tomar en cuenta los datos que corroboran ese atropello.

Pero estas caracterizaciones son insuficientes si quedan restringidas a los actores globales del conflicto. El análisis de la región exige considerar también el papel de las potencias regionales que desenvuelven un inédito protagonismo. Evaluaremos ese rol en nuestro próximo texto.

RESUMEN

El alterimperialismo europeo difiere del imperialismo norteamericano. Combina las divergencias económicas con la subordinación geopolítica a la primera potencia. Sus acotadas incursiones propias están enlazadas con el liderazgo del Pentágono en los grandes operativos.

Rusia despliega acciones de gran potencia a partir de sus victorias militares en Siria y sus éxitos diplomáticos en Oriente. Esa audaz conducta retrata el perfil de un imperio en formación amoldado al cimiento capitalista del país.

China aumenta su protagonismo económico, pero sin correlatos geopolíticos y militares. Actúa como una potencia no imperial y disputa negocios contra el militarizado competidor norteamericano.

Por Claudio Katz | 18/09/2021

 

REFERENCIAS

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https://blogs.publico.es/puntoyseguido/705/pakistan-tirado-por-eeuu-recogido-por-china/

-Armanian, Nazanín (2019). El objetivo de EEUU es Irán, no la República Islámica, 8-4, http://www.nazanin.es/?p=15306

-Armanian, Nazanín (2020). La farsa de «Paz» en Libia (I) y la «Patria Azul» de Turquía

https://blogs.publico.es/puntoyseguido/6225/la-farsa-de-paz-en-libia-i-y-la-patria-azul-de-turquia/

-Armanian, Nazanín (2021), Los ganadores de diez años de guerra contra Siria: Israel, EEUU y Rusia, 28-3, https://blogs.publico.es/puntoyseguido/7071/los-ganadores-de-diez-anos-de-guerra-contra-siria-israel-eeuu-y-rusia/

-Chingo, Juan (2021). Luego del G7 y la cumbre de la OTAN.Avances y límites del frente antichino de Joe Biden, 19-6, https://www.laizquierdadiario.com/Avances-y-limites-del-frente-antichino-de-Biden

-Hardy Toro, Alfredo (2020). Estados Unidos y China: ¿Guerra, acuerdo, claudicación o quiebre?, 25/11, https://politica-china.org/areas/politica-exterior/estados-unidos-y-china-guerra-acuerdo-claudicacion-o-quiebre

-Katz, Claudio (2021). Descifrar a China. Antagónica, n 3 enero-julio 2021, Quilmes.

-Merino, Gabriel (2021). Biden, América Latina y las mutaciones geopolíticas La puja por Afganistán y el declive relativo de Estados Unidos Boletín #5 Estados Unidos: Miradas críticas desde Nuestra América, junio 2021 https://www.clacso.org/boletin-5-estados-unidos-miradas-criticas-desde-nuestra-america/

-Prashad, Vijay (2021).Una absurda catedral de la desgracia. 17/07, https://www.alainet.org/es/articulo/213109

-Serfati, Claude (2005). “La economía de la globalización y el ascenso del militarismo”. Coloquio Internacional Imperio y Resistencias. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, México, 6-10.

-Serfati, Claude (2001) La mondialisation armée, Paris. Textuel.

-Urbán, Miguel (2020). Cuarenta y cinco años de traición al pueblo saharaui

https://blogs.publico.es/tomar-partido/2020/11/14/cuarenta-y-cinco-anos-de-traicion-al-pueblo-saharaui/

Claudio Katz. Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaiatz

Publicado enInternacional
Veinte años de guerras de EU costaron 8 millones de millones de dólares y un millón de muertes

En 20 años Estados Unidos pasó del paradigma del 11-S –"guerras eternas" de la triada Baby Bush/Dick Chenney/Donald Rumsfeld– al "caos global" (https://bit.ly/2XiNJ0O) que ha infectado su propio hogar con el nuevo paradigma del 1º de enero (captura del Capitolio en Washington; https://bit.ly/3bJoeuP).

El derrumbe de las "torres trillizas" (sic; https://bit.ly/3AdImP9) –por la tarde se derrumbó la tercera torre sin ayuda de aviones (https://bit.ly/3tOkBuQ), aunque los seguros pagaron doble en forma chusca por ser "gemelas" (https://bit.ly/3z5nmsE)– sirvió de pretexto para invadir Afganistán (https://bit.ly/2Xiyghi ) e Irak que 20 años después abandona Biden cuando Estados Unidos se repliega del Gran Medio Oriente para concentrarse militarmente en el océano Índico y el Mar del Sur de China y Taiwán contra China.

Veinte años más tarde se abre un nuevo frente doméstico (https://bit.ly/3tEoH8N) cuando dos ex presidentes republicanos se enfrentan públicamente: Baby Bush, quien inició las guerras contra el terror del 11-S, fustiga el "terror doméstico" del 1º de enero, supuestamente atizado por Trump, quien le recuerda a su contrincante que él fue el catalizador de los fracasos militares de Estados Unidos (https://wapo.st/3Ah1M5O).

Un seminal estudio colaborativo de Watson Institute de la Universidad Brown (Rhode Island) y la Universidad de Boston expone a 10 días del 20 aniversario del 11-S "Los costos presupuestales de Estados Unidos en las guerras posteriores al 11-S" (https://bit.ly/3kais9t), cuando la "administración Biden ha requerido alrededor de 5.8 millones de millones dólares (trillions en inglés) en reacción al 11-S", que incluyen los "costos directos e indirectos de gasto en Estados Unidos en las zonas de guerra después del 11-S, esfuerzos de seguridad del hogar para el contraterrorismo, pagos por intereses (¡megasic!) por los préstamos de guerra".

Los excelsos centros académicos ignoran u ocultan a los recipiendarios financieros de los "pagos por intereses" y lo adeudado a la plutocracia bancaria de Wall Street https://bit.ly/2XfPBaL).

Sin Covid-19 de por medio, los "costos para cuidados médicos y pagos por discapacidad para los veteranos es el mayor (sic) gasto a largo plazo" y es probable que en las próximas décadas "exceda 2.2 millones de millones de dólares (trillions) del gasto federal".

En total, los costos presupuestales y las obligaciones financieras futuras alcanzarán 8 millones de millones de dólares (trillons) en dólares presentes.

Se trasluce que el Pentágono gastó más de 14 millones de millones de dólares desde el inicio de la guerra de Afganistán con 7 millones de millones redireccionados a los "contratistas" –renglón que he venido señalando–: "las pequeñas y grandes trasnacionales han sido de lejos (sic) los mayores beneficiarios del surgimiento del gasto militar después del 11-S", donde brilla Blackwater/Academi/Xe y cuyo mandamás se dio el lujo de evacuar a sus empleados, colaboradores, traductores por 6 mil 500 dólares el pasaje para fugarse de Afganistán.

Solamente en el caso de Afganistán (https://bit.ly/3tETdiC) –sin contar Irak, Siria, Libia, Somalia y Yemen– constituyó una mina de oro de la cleptocracia privatizada del complejo militar industrial de Estados Unidos, donde el supuestamente muy bien entrenado ejército afgano se rindió de forma ignominiosa ante el blitzkrieg de los talibanes.

El saqueado, depredado y devastado Afganistán también exhibió en forma pornográfica la inmensa fortuna con la que se fugó el ex presidente Ashraf Ghani a Dubái y los 6.5 millones de dólares en cash y lingotes de oro encontrados en la casa del ex vicepresidente Amrullah Saleh (https://bit.ly/3ApPBnv).

Se desprende que las guerras del posteriores al 11-S constituyen "guerras económicas" donde los paramilitares y sus cleptomaniacos "contratistas" repiten el modelo ya muy visto, hoy a escala tecnológica, de los "Robber Barons" (Barones Ladrones; https://amzn.to/399da82) que fondean al más salvaje capitalismo cuando hoy se confunden la militarización bancaria y la financiarización militar y paramilitar.

Hoy los Barones Ladrones del siglo XXI usan armas de destrucción masiva, drones y su letal ciberterrorismo.

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Noam Chomsky en imagen de archivo.

Nueva York. Han pasado 20 años desde los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Con casi 3 mil muertos, fue el ataque más letal de la historia en suelo estadunidense y produjo dramáticas ramificaciones para los asuntos mundiales, así como alarmantes impactos en la sociedad del país. Quiero empezar por pedirle una reflexión sobre la supuesta reforma de la política exterior estadunidense en tiempos de George W Bush, como parte de la reacción de su gobierno al ascenso de Bin Laden y el fenómeno yihadista. En primer lugar, ¿había algo nuevo en la Doctrina Bush, o fue simplemente una codificación de lo que ya habíamos visto en la década de 1990 en Irak, Bosnia y Kosovo? En segundo, ¿la invasión de Afganistán encabezada por EU y la OTAN se ajustó al derecho internacional? Y en tercero, ¿Estados Unidos estuvo alguna vez comprometido con la construcción de una nación en Afganistán?

La reacción inmediata de Washington al 11-S fue invadir Afganistán. El retiro de tropas de tierra de ese país se programó para coincidir (virtualmente) con el 20 aniversario de la invasión. Ha habido una avalancha de comentarios sobre el aniversario del 11-S y la terminación de la guerra en el terreno. Es muy esclarecedor y significativo. Revela cómo la clase política percibe el curso de los acontecimientos, y nos aporta un trasfondo útil para considerar las cuestiones sustanciales de la Doctrina Bush. También ofrece alguna indicación sobre lo que probablemente venga después.

De la mayor importancia en este momento histórico serán las reflexiones sobre “el decididor”, como a él gustaba nombrarse. Y, de hecho, hubo una entrevista con George W. Bush cuando el retiro llegó a la etapa final, en el Washington Post, en la sección Estilo.

El artículo y la entrevista nos presentan a un amable abuelo bobalicón disfrutando del chacoteo con sus hijos, admirando los retratos que ha pintado de los grandes hombres que conoció en sus días de gloria. Hubo un comentario pasajero sobre sus hazañas en Afganistán y el episodio siguiente en Irak:

“Puede que Bush haya empezado la guerra de Irak sobre excusas falsas, pero por lo menos no inspiró una insurrección que convirtió el Capitolio de Estados Unidos en una zona de combate. Por lo menos hizo esfuerzos por distanciarse de los racistas y xenófobos de su partido, en vez de cultivar su apoyo. Al menos no llegó al extremo de llamar ‘malignos’ a sus adversarios domésticos. ‘Parece el Babe Ruth de los presidentes cuando se le compara con Trump’, dijo en una entrevista el senador demócrata por Nevada y ex líder de la mayoría en el Senado Harry M. Reid, en un tiempo némesis de Bush. ‘Ahora recuerdo a Bush con cierto grado de nostalgia, con cierto afecto, cosa que nunca creí que llegaría a ocurrir’”.

Muy abajo en la lista, merecedora de apenas una alusión incidental, está la matanza de cientos de miles, muchos millones de refugiados, extensa destrucción, un régimen de espantosas torturas, incitación de conflictos étnicos que desgarraron toda la nación y, como legado directo, dos de los países más empobrecidos de la Tierra.

Primero lo primero. No habló mal de otros estadunidenses

La sola entrevista con Bush capta bien la esencia del torrente de comentarios. Lo que importa somos nosotros. Hay muchos lamentos sobre el costo de estas aventuras: el costo para nosotros, es decir, que “ha rebasado 8 billones de dólares, según nuevas estimaciones del proyecto Costo de la Guerra de la Universidad Brown”, junto con vidas estadunidenses perdidas y alteración de nuestra frágil sociedad.

La próxima vez debemos tener más cuidado al evaluar los costos, y hacerlo mejor.

También ha habido bien justificados lamentos sobre el destino de las mujeres bajo el dominio del Talibán. En ocasiones los lamentos sin duda son sinceros, aunque surge una pregunta natural: por qué no se expresaron hace 30 años, cuando los favoritos de Estados Unidos, armados y sostenidos con entusiasmo por Washington, aterraban a las jóvenes de Kabul que no llevaban la vestimenta apropiada, lanzándoles ácido a la cara y cometiendo otros abusos.

Los avances en cuanto a derechos de las mujeres en las ciudades controladas por Rusia a finales de la década de 1980, y las amenazas que enfrentaron de las fuerzas islamitas radicales movilizadas por la CIA, fueron reportados en ese tiempo por Rasil Basu, distinguida feminista internacional que era representante de la ONU en Afganistán en esos años.

Basu reporta: “durante la ocupación (rusa), de hecho, las mujeres dieron pasos enormes: el analfabetismo disminuyó de 98 a 75 por ciento, y se les reconocieron derechos iguales a los hombres en las leyes civiles y en la Constitución. No quiere decir que hubiera completa igualdad de géneros. En los lugares de trabajo y las familias prevalecían relaciones patriarcales injustas; las mujeres ocupaban trabajos de bajo nivel, relacionados con su sexo. Pero los pasos que dieron en educación y empleo fueron muy impresionantes”.

Basu propuso artículos sobre estos temas a los principales diarios estadunidenses, así como a la revista feminista Ms. Magazine. Ninguno los admitió. Sin embargo, pudo publicar su informe en Asia: Asian Age, 3/12/2001.

Podemos aprender más sobre cómo los afganos en Kabul perciben los últimos tres años de la ocupación rusa y, lo que vino después, de otra fuente experta, Rodric Braithwaite, embajador británico en Moscú de 1988 a 1992 y entonces presidente del Comité Conjunto de Inteligencia, también autor de la obra académica más importante sobre los soviéticos en Afganistán.

Braithwaite visitó Kabul en 2008 y reportó sus hallazgos en el Financial Times de Londres: “en Afganistán hoy en día, se crean nuevos mitos, en los que la política occidental actual sale mal librada. En una visita reciente hablé con periodistas afganos, ex muyahidines, profesionales, personas que trabajan para la ‘coalición’… que naturalmente apoyan sus afirmaciones de que ha traído paz y reconstrucción. Expresan desprecio por el presidente Hamid Karzai (impuesto por Estados Unidos), a quien comparan con Shah Shujah, el títere británico instalado durante la primera guerra afgana. La mayoría prefería a Mohammad Najibullah, el último presidente comunista, quien intentó reconciliar a la nación dentro de un Estado islámico y fue masacrado por el Talibán en 1996: en las calles se venden devedés de sus discursos. Se afirma que las cosas iban mejor con los soviéticos: Kabul era una ciudad segura, las mujeres tenían empleo, los soviéticos construyeron fábricas, caminos, escuelas y hospitales, combatían con valentía en el terreno como verdaderos guerreros, en vez de matar mujeres y niños desde el aire. Ni siquiera los talibanes eran tan malos: eran buenos musulmanes, mantenían el orden y respetaban a las mujeres a su manera. Puede que esos mitos no reflejen la realidad histórica, pero sí dan cuenta de un profundo desencanto con la ‘coalición’ y sus políticas”.

Las políticas de la “coalición” fueron reveladas en la nota del corresponsal del New York Times Tim Weiner sobre la CIA. El objetivo era “matar soldados soviéticos”, declaró el jefe de estación de la agencia en Islamabad, dejando en claro que “la misión no era liberar Afganistán”.

Su entendimiento de las políticas que se le ordenó ejecutar está en total sintonía con los alardes de Zbigniew Brzezinski, consejero nacional de Seguridad del presidente James Carter, con respecto a su decisión de apoyar a los yihadistas radicales en 1979 para atraer a los rusos a Afganistán, y su placer sobre el resultado después de que cientos de miles de afganos murieron y gran parte del país fue devastada: “¿Qué es más importante en la historia mundial? ¿El Talibán o el colapso del imperio soviético? ¿Algunos musulmanes agitados o la liberación de Europa central y el fin de la guerra fría?”.

Observadores informados reconocieron pronto que los invasores rusos estaban ansiosos de retirarse sin dilación. El estudio de los archivos rusos realizado por el historiador David Gibbs resuelve cualquier duda al respecto. Pero era mucho más útil para Washington lanzar ardientes proclamas acerca de los terribles propósitos expansionistas de Rusia, que obligaban a Estados Unidos, para defenderse, a expandir, en gran medida, su propio dominio en la región, por medio de la violencia si era necesario (la Doctrina Carter, precursora de la Doctrina Bush).

El retiro de los rusos dejó un gobierno relativamente popular encabezado por Najibullah, con un ejército funcional que fue capaz de sostenerse durante varios años, hasta que los islamitas radicales apoyados por Estados Unidos tomaron el poder e instituyeron un reinado de terror tan extremo, que los talibanes fueron bien recibidos cuando invadieron e impusieron su propio régimen de mano dura. Se mantuvieron en términos aceptables con Washington hasta el 11-S.

Volviendo al presente, en verdad debemos preocuparnos por el destino de las mujeres y con el retorno del Talibán al poder. Para quienes tienen un interés sincero por diseñar políticas que puedan beneficiarlos, no viene mal un poco de memoria histórica.

El Talibán ha prometido no albergar terroristas, pero ¿cómo creerles, advierten comentaristas, cuando esta promesa viene aparejada con la escandalosa afirmación de su vocero Zabihullah Mujahid de que “no hay pruebas” de que Bin Laden fuera responsable de los ataques del 11-S?

Hay un problema con el ridículo general que ha causado esta chocante afirmación. Lo que Mujahid dijo en verdad fue preciso y mucho más digno de atención. En sus palabras, “cuando Osama Bin Laden se volvió importante para Estados Unidos, estaba en Afganistán. Aunque no había prueba de que estuviera involucrado” en el 11-S.

Veamos. En junio de 2002, ocho meses después del 11-S, el entonces director de la FBI, Robert Mueller, hizo su presentación más extensa a los medios nacionales acerca de los resultados de lo que probablemente fue la investigación más intensiva de la historia. En sus palabras, los “investigadores creen en la idea de que los ataques del 11 de septiembre al World Trade Center y el Pentágono vinieron de los líderes de Al Qaeda en Afganistán”, aunque el plan y el financiamiento en apariencia apuntaban hacia Alemania y Emiratos Árabes Unidos. “Creemos que las mentes maestras estaban en Afganistán, muy arriba, en la dirigencia de Al Qaeda”.

Lo que afloró en junio de 2002 no podía saberse ocho meses antes, cuando Estados Unidos invadió. El indignante comentario de Mujahid era preciso. El ridículo es otro ejemplo de amnesia conveniente. Teniendo en mente el comentario de Mujahid, junto con la confirmación de Mueller, podemos avanzar hacia el entendimiento de la Doctrina Bush.

Para hacerlo, podríamos escuchar las voces afganas. Una de las más respetadas era la de Abdul Haq, la principal figura en la resistencia afgana al Talibán y ex líder de la resistencia muyahidín apoyada por Estados Unidos a la invasión rusa. Unas semanas después de la invasión estadunidense, tuvo una entrevista con el académico Anatol Lieven, especialista en Asia.

Abdul Haq condenó con amargura la invasión estadunidense, la cual, reconoció, causó la muerte de muchos afganos y minó los esfuerzos que se hacían desde adentro para derrocar al Talibán. Afirmó: “Estados Unidos trata de mostrar su fuerza, apuntarse una victoria y espantar a todo el mundo. No le importa el sufrimiento de los afganos ni cuánta gente perderemos”.

Abdul Haq no estaba sólo en esta opinión. Una reunión de mil líderes tribales, en octubre de ese año, exigió de manera unánime poner fin al bombardeo, el cual, declararon, apuntaba a “gente inocente”.

Todo se hizo público en su momento, todo fue ignorado por considerarlo irrelevante, todo quedó en el olvido. Las opiniones de los afganos no nos interesan cuando invadimos y ocupamos su país.

La percepción de la resistencia afgana al Talibán no estaba lejos de la postura del presidente Bush y su secretario de Defensa, Donald Rumsfeld. Ambos desecharon iniciativas del Talibán de enviar a Bin Laden para ser juzgado en el extranjero, pese a la negativa de Washington de presentar evidencia (con la que no contaba). Al final, rechazaron las ofertas de rendición del Talibán. Como dijo el entonces presidente, “cuando dije que nada de negociaciones, era nada de negociaciones” (NYT, 15/10/2001). “No negociamos rendiciones”, añadió Rumsfeld. Vamos a mostrar nuestra fuerza y a espantar a todo el mundo.

El pronunciamiento imperial en ese tiempo era que quienes albergan terroristas eran tan culpables como los terroristas mismos. La perturbadora audacia de esa proclamación pasó casi inadvertida. No vinos acompañada de un llamado a bombardear Washington, como obviamente implicaba. Incluso haciendo a un lado a los terroristas de clase mundial ubicados en altos cargos, Estados Unidos alberga y es cómplice de terroristas al menudeo que cometen actos tales como volar aviones comerciales cubanos y dar muerte a muchas personas, como parte de la guerra terrorista estadunidense contra Cuba.

Muy aparte de ese escándalo, vale la pena señalar lo indecible: Estados Unidos no tenía acusaciones contra el Talibán. Ninguna, ni antes del 11-S ni después. Antes del 11-S, Washington no pidió la extradición de Bin Laden, y estaba en términos bastante buenos con el Talibán. Después del 11-S demandó la extradición (sin el menor intento de aportar la evidencia requerida) y, cuando el Talibán accedió, Washington rechazó las ofertas: “no negociamos rendiciones”. La invasión no fue sólo una violación del derecho internacional, preocupación tan marginal para Washington como la resistencia afgana al Talibán, sino que tampoco tenía un pretexto creíble sobre ninguna base. Pura criminalidad.

Además, hoy existe amplia evidencia que muestra que Afganistán y Al Qaeda no eran de mucho interés para el triunvirato Bush-Cheney-Rumsfeld, el cual tenía la mira puesta en una presa mucho mayor que Afganistán. Irak sería el primer paso, después la región entera.

Esa es la Doctrina Bush. Dominar la región, dominar el mundo, mostrar nuestra fuerza para que el mundo sepa que “lo que decimos va”, como lo expresó Bush.

Nada revela con más claridad los valores reinantes que la forma en que se llevó a cabo el retiro de tropas. La población afgana apenas si entró en consideración. Los “decididores” imperiales no se molestaron en preguntar qué podrían querer los habitantes de las zonas rurales de esta sociedad abrumadoramente rural, donde el Talibán vive y de donde obtiene su apoyo, quizás a regañadientes, como la mejor de las malas opciones. Antes un movimiento pastún, el “nuevo Talibán” evidentemente tiene una base mucho más amplia. Esto se reveló en forma dramática con el rápido colapso de sus antiguos enemigos, el cruel señor de la guerra Abdul Rashid Dostum, junto con Ismail Khan, lo que llevó a otros grupos étnicos a la red del Talibán.

También hay fuerzas de paz afganas a las que no habría que desechar sumariamente. ¿Qué querría la población afgana si se le diera a escoger? ¿Tal vez hubiera llegado a ajustes locales si se le hubiera dado tiempo antes de un retiro precipitado? Cualesquier posibilidades que pudieron existir, no parecen haberse considerado.

Como era de preverse, el más profundo desprecio por los afganos fue alcanzado por Trump. En su acuerdo unilateral de retiro con el Talibán, en febrero de 2020, ni siquiera se molestó en consultar con el gobierno afgano oficial.

Trump programó el retiro para el principio de la temporada de combates de verano, lo que redujo la esperanza de algún tipo de preparativos. Biden mejoró un poco los términos, pero no lo suficiente para prevenir la debacle que se anticipaba. Luego vino la reacción predecible de la cada vez más desvergonzada dirigencia republicana. Apenas lograron retirar de su página web sus efusivos tributos al “histórico acuerdo de paz de Trump” a tiempo para denunciar a Biden y llamar a procesarlo judicialmente por promover una versión mejorada de la ignominiosa traición de Trump.

Entre tanto, los afganos son dejados de lado una vez más

Volviendo a la cuestión original, tal vez la Doctrina Bush se formuló en términos más crudos de lo usual, pero no es nueva. La invasión violó el derecho internacional (y el artículo VI de la Constitución de Estados Unidos), pero el equipo legal de Bush había decidido que esa sensiblería era “pintoresca” y “obsoleta”, una vez más sin más novedad que su descarado desafío. En cuanto a “construir una nación”, una forma de medir el compromiso con este objetivo es preguntar qué porción de los billones de dólares gastados se destinó a la población afgana, y qué porción al sistema militar estadunidense y sus mercenarios (“contratistas”), junto con la cloaca de corrupción en Kabul y los señores de la guerra que Estados Unidos colocó en el poder.

Al principio me referí al 11-S-2001, no sólo al 11-S. Hay buena razón. El que llamamos 11-S fue el segundo 11-S. El primer 11-S fue mucho más destructivo y brutal según cualquier medida razonable: 11-S-1973. Para ver por qué, consideremos los equivalentes per cápita, la medida correcta. Supongamos que en el 11-S-2001 hubieran muerto 30 mil personas, que 500 mil hubieran sufrido crueles torturas, el gobierno hubiera sido derrocado y se hubiera instalado una brutal dictadura. Eso hubiera sido peor que lo que llamamos 11-S.

Eso ocurrió. No lo ha deplorado el gobierno estadunidense, ni el capital privado, ni las instituciones financieras internacionales que Estados Unidos controla en gran parte, ni las figuras más importantes del “libertarismo”. Más bien fue exaltado y obtuvo enorme respaldo. Los perpetradores, como Henry Kissinger, han recibido grandes honores. Supongo que Bin Laden es alabado entre los yihadistas.

Todos deben reconocer que me refiero a Chile, el 11-S-1973

Otro tema que podría inspirar reflexión es la noción de las “guerras eternas”, que al final se ha puesto a descansar con el retiro de Afganistán. Desde la perspectiva de las víctimas, ¿cuándo empezaron las guerras eternas? Para Estados Unidos, comenzaron en 1783. Cuando el yugo británico fue retirado, la nueva nación fue libre para invadir el “país indígena”, de atacar a las naciones originarias con campañas de matanzas, terror, limpieza étnica, violación de tratados, todo en escala masiva, mientras se adueñaba de la mitad de México y luego de gran parte del mundo. Una visión a más largo plazo remonta nuestras guerras eternas a 1492, como afirma el historiador Walter Hixson.

Desde el punto de vista de las víctimas, la historia se ve diferente que desde el que tienen el arma máxima y sus descendientes.

–Sabiendo que el régimen de Saddam Hussein nada tuvo que ver con los ataques terroristas del 11-S, no poseía armas de destrucción masiva y, por consiguiente, no representaba una amenaza a Estados Unidos, ¿por qué Bush invadió Irak, lo que dejó cientos de miles de iraquíes muertos y pudo haber costado más de 3 billones de dólares?

–El 11-S proporcionó la ocasión para la invasión de Irak que, a diferencia de Afganistán, es un verdadero premio: un Estado petrolero en el corazón mismo de la principal región productora de petróleo en el mundo. Mientras las Torres Gemelas aún humeaban, Rumsfeld decía a su equipo que era tiempo de “ir en masa… barrer con todo, esté relacionado o no”, incluyendo Irak. Pronto los objetivos se volvieron mucho más expansivos. Bush y socios dejaron muy en claro que Bin Laden era caza menor, de poco interés.

El equipo legal de Bush determinó que la Carta de Naciones Unidas, que explícitamente prohíbe las guerras preventivas, en realidad las autoriza, con lo cual formalizó lo que desde hacía mucho era doctrina operativa. La razón oficial de la guerra fue la “simple cuestión” de las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein. Cuando el asunto recibió la respuesta equivocada, la razón de la agresión cambió de inmediato a “promover la democracia”, un transparente cuento de hadas que fue deglutido con entusiasmo por las clases educadas.

–¿Cuáles fueron las verdaderas razones para enfrentar Muammar Kadafi en Libia, líder de un “Estado rufián” que desde hacía mucho tiempo había dejado de serlo?

–La intervención en Libia fue iniciada por Francia, en parte en reacción a la postura humanitaria de algunos intelectuales franceses, supongo que en cierta medida (no tenemos mucha evidencia) para apoyar el esfuerzo francés de sostener su dominio imperial en el África francófona. Gran Bretaña se unió. Luego Obama y Clinton las secundaron, “liderando desde atrás”, como se supone que dijo un funcionario de la Casa Blanca. Cuando las fuerzas de Kadafi convergían en Bengazi, hubo fuertes gritos de que se avecinaba un genocidio, lo cual condujo a una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que imponía una zona de exclusión aérea y llamaba a negociaciones. En mi opinión fue razonable; había preocupaciones legítimas. La Unión Africana propuso un cese del fuego con negociaciones sobre reformas con los rebeldes de Bengazi. Kadafi lo aceptó, los rebeldes se negaron.

En ese punto, la coalición Francia-GB-EU decidió violar la resolución del Consejo de Seguridad que habían promovido y se convirtieron, de hecho, en la fuerza aérea de los rebeldes. Eso permitió a éstos avanzar en el terreno y, finalmente capturar y asesinar con sadismo a Kadafi. A Hillary Clinton le pareció muy divertido, y en tono de broma dijo a los medios: “fuimos, vimos, murió”.

Después el país se colapsó en un caos total, con un número creciente de matanzas y otras atrocidades. También condujo a un flujo de yihadistas y armas hacia otras partes de África, donde agitaron desastres importantes. La intervención se extendió hacia Rusia y Turquía, y a las dictaduras árabes, sosteniendo a grupos en pugna. Todo el episodio ha sido una catástrofe para Libia y gran parte de África occidental. No se han registrado declaraciones de Clinton, hasta donde sé, acerca de si también esto le parece divertido.

Libia era un productor importante de petróleo. Es difícil dudar que eso fuera un factor en las diversas intervenciones, pero, a falta de documentos internos, poco se puede decir con confianza.

–Dos preguntas relacionadas entre sí: primera, ¿cree usted que la fallida guerra al terror producirá nuevas lecciones para los futuros encargados de las decisiones de política exterior en Estados Unidos? Y segunda: ¿este fracaso revela algo acerca de la supremacía estadunidense en los asuntos mundiales?

–El fracaso es a los ojos del espectador. Recordemos primero que Bush II no declaró la Guerra Global al Terror (GGT). Él la volvió a declarar. Fueron Reagan y su secretario de Estado, George Schultz, quienes llegaron al poder declarando la guerra, una campaña para destruir “el flagelo maligno del terrorismo”, en particular el terrorismo internacional apoyado por Estados, una “plaga propagada por depravados enemigos de la civilización misma (en un) retorno a la barbarie en la edad moderna”.

La GGT se transformó pronto en una enorme guerra terrorista dirigida o apoyada por Washington, concentrada en Centroamérica, pero que se extendió a Medio Oriente, África y Asia. La GGT condujo incluso a un juicio de la Corte Penal Internacional que condenó al gobierno de Reagan por el “uso ilegal de la fuerza” –es decir, terrorismo internacional– y ordenó a Estados Unidos pagar sustanciales reparaciones por sus crímenes.

Por supuesto, Estados Unidos desechó todo esto y aceleró el “uso ilegal de la fuerza”. Fue muy apropiado, explicaron los editores del New York Times. La Corte Mundial era un “foro hostil”, como lo probaba el hecho de que condenara a Estados Unidos, que no tenía culpa alguna. Unos años antes había sido un modelo de probidad, cuando se alineó con Estados Unidos en un caso contra Irán.

Luego Estados Unidos vetó una resolución del Consejo de Seguridad que llamaba a todos los estados a observar el derecho internacional sin mencionar a nadie, aunque estaba clara la intención.

Pero declaramos solemnemente que los Estados que albergan terroristas son tan culpables como los terroristas mismos. Así pues, la invasión de Afganistán fue correcta y justa, aunque mal concebida

y demasiado costosa. Para nosotros. ¿Fue un fracaso para los objetivos imperiales estadunidenses? En algunos casos, sí. La renovación de la GGT por Bush no ha tenido un éxito similar. Cuando Estados Unidos invadió Afganistán, la base del terrorismo radical islámico estaba confinada en su mayor parte a un rincón de Afganistán. Ahora está en todo el mundo. La devastación de gran parte de Asia central y Medio Oriente no ha incrementado el poder estadunidense.

Dudo que haya tenido mucho impacto en la supremacía global del país, que sigue siendo abrumadora. En la dimensión militar, Estados Unidos está solo. Su gasto militar empequeñece a los rivales: 778 mil millones de dólares en 2020, en comparación con 252 mil millones de China y 62 mil millones de Rusia. También su fuerza militar es la más avanzada tecnológicamente. La seguridad del país no tiene rival. Las supuestas amenazas están en las fronteras de enemigos, que están rodeadas de misiles nucleares en algunas de las 800 bases militares estadunidenses en el mundo.

El poder también tiene dimensiones económicas. En el apogeo del poderío estadunidense después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos poseía quizá 40 por ciento de la riqueza global, preponderancia que ha declinado inevitablemente. Pero, como ha observado el economista Sean Starrs, en el mundo de la globalización neoliberal, las cuentas nacionales no son la única medida del poder económico. Su investigación muestra que las trasnacionales basadas en Estados Unidos controlan unasombroso 50 por ciento de la riqueza global y son las primeras (a veces las segundas) en casi todos los sectores.

Otra dimensión es el “poder suave”. En esto la nación ha decaído, desde mucho antes de los duros golpes de Trump a la reputación nacional. Incluso con Clinton, destacados científicos políticos reconocían que la mayor parte del mundo consideraba a Estados Unidos el “primer Estado rufián” “la amenaza externa más grande a sus sociedades” (Samuel Huntington y Robert Jervis, respectivamente). En los años de Obama, encuestas internacionales encontraron que se consideraba a este país la mayor amenaza a la paz mundial, sin ningún contendiente siquiera cercano.

Los líderes estadunidenses pueden continuar saboteando a la nación, si lo desean, pero su enorme poder y ventajas sin paralelo hacen de ello una dura tarea, incluso para la bola de demolición de Trump.

–¿Podría comentar sobre el impacto de la guerra al terror sobre la democracia y los derechos humanos dentro del país?

–El tema ha sido bien cubierto, así que no se requiere comentar mucho. Otra ilustración acaba de aparecer en la Reseña de la Semana del New York Times, el elocuente testimonio de un valeroso agente de la FBI que estaba tan desilusionado de su tarea de “destruir personas” (musulmanas) en la “guerra al terror”, que decidió filtrar documentos que exhibían los crímenes e ir a prisión. Esa suerte aguarda a quienes exponen crímenes del Estado, no a los perpetradores, que son respetados y queridos, como el abuelo bobalicón.

Por supuesto, ha habido un serio ataque a las libertades civiles y los derechos humanos, en algunos casos extremadamente indecible, como en Guantánamo, donde los prisioneros torturados aún languidecen después de muchos años sin cargos o porque la tortura fue tan espantosa que los jueces se niegan a permitirles ir a juicio. Por ahora se concede que “los peores de los peores”, como se les llamó, eran en su mayoría testigos inocentes.

Dentro del país, se ha establecido el marco de un Estado vigilante, dotado de un poder absolutamente ilegítimo. Las víctimas, como siempre, son los más vulnerables, pero otros podrían reflexionar sobre la famosa proclama del pastor Martin Niemöller sobre el régimen nazi.

Traducción: Jorge Anaya.

Publicado originalmente en Truthout y ofrecido a La Jornada por el autor

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Magnicidio en Haití: el Primer Ministro destituyó al fiscal que quiere investigarlo por el asesinato de Jovenel Moise

Ariel Henry comunicó la remoción en una carta fechada el lunes, pero divulgada hoy por el Gobierno, en la que se justifica el cese por una supuesta “falta administrativa grave” cometida por parte de Claude

 

El primer ministro de Haití, Ariel Henry, anunció este martes la destitución del fiscal Bel-Ford Claude, horas después de que este solicitara a un juez abrir una investigación al jefe de Gobierno en calidad de imputado por el asesinato del presidente Jovenel Moise. Un nuevo fiscal jefe prestó juramento el martes horas después.

Henry comunicó la destitución del fiscal en una carta fechada el lunes, pero divulgada hoy por el Gobierno, en la que se justifica el cese por una supuesta “falta administrativa grave” cometida por parte de Claude.

“Hay suficientes elementos comprometedores para procesar a Henry y pedir su acusación directa”, había escrito Claude antes de ser reemplazado por Frantz Louis Juste, un fiscal que supervisó el caso de la muerte de más de una docena de niños en un incendio en un orfanato cerca de Puerto Príncipe el año pasado.

Claude había solicitado al Tribunal de Primera Instancia de Puerto Príncipe que investigue a Henry como imputado en el caso del magnicidio, por las sospechas causadas por las conversaciones telefónicas que supuestamente mantuvo Henry con uno de los principales sospechosos del magnicidio pocas horas después de que sucediera el crimen.

En una carta dirigida al director del Departamento de Inmigración y Emigración haitiano, Joseph Cianculli, y recogida por el diario Gazette Haiti, Claude traslada que “el señor Ariel Henry tiene prohibido abandonar por vía aérea, marítima y terrestre el territorio nacional por las graves acusaciones de asesinato del presidente Jovenel Moise”.

Henry tiene que presentarse a declarar este martes en el marco de la investigación, que ha hallado varias llamadas telefónicas entre el actual primer ministro y uno de los principales sospechosos del asesinato y que habrían tenido lugar el mismo día del magnicidio.

Moise fue asesinado el 7 de julio por un comando de mercenarios colombianos contratados por una empresa de seguridad de Miami regentada por un venezolano.

Hasta ahora, 44 personas han sido detenidas, entre ellos una veintena de ex militares colombianos y cinco ciudadanos con nacionalidad haitiana y estadounidense, además de varios policías. Ninguno de los guardias de seguridad del presidente resultó herido en el ataque.

El comisionado del gobierno de Puerto Príncipe, el equivalente a un fiscal federal, pidió al juez que investigaba el asesinato que acusara a Henry de estar involucrado en el caso debido a las supuestas llamadas telefónicas que Henry hizo con uno de los principales sospechosos.

“Hay suficientes elementos comprometedores que forman (mi) convicción sobre la conveniencia de procesar al Sr. Henry y solicitar su acusación directa”, escribió Bed-Fort Claude, el comisionado, en una carta oficial dirigida a un tribunal de Puerto Príncipe.

A Henry ya se le había pedido que compareciera para ser interrogado en el caso para dar explicaciones sobre las supuestas conversaciones que tuvo unas horas después del asesinato de Moise con un ex funcionario del gobierno buscado en relación con el asesinato.

El viernes, Claude le había pedido a Henry que se presentara el martes para responder preguntas sobre las llamadas.

La policía sigue buscando activamente al ex funcionario Joseph Felix Badio, quien trabajaba en la unidad anticorrupción del Ministerio de Justicia.

El teléfono de Badio supuestamente fue rastreado hasta el área cercana a la residencia de Moise cuando Badio llamó a Henry dos veces en las primeras horas del 7 de julio, después de que el presidente fuera asesinado.

En su carta al juez, Claude dijo que las llamadas duraron un total de siete minutos. También señaló que un funcionario del gobierno tuiteó el mes pasado que Henry afirmó que nunca habló con Badio.

Henry criticó el sábado la solicitud anterior y dijo: “Estas tácticas de distracción, diseñadas para crear confusión y evitar que la justicia siga su curso con calma, no se mantendrán”.

“Aquellos que sean verdaderamente culpables, los autores intelectuales del odioso asesinato del presidente Jovenel Moise y quienes lo ordenaron, serán encontrados, llevados ante la justicia y castigados por sus acciones”.

Un primer ministro legalmente no puede ser interrogado a menos que el presidente lo autorice, pero tras el asesinato de Moise, Haití no tiene presidente.

Henry fue nombrado primer ministro por Moise días antes de la muerte del presidente y prestó juramento el 20 de julio, comprometiéndose a mejorar la terrible seguridad del país y a organizar elecciones retrasadas durante mucho tiempo.

14 de Septiembre de 2021

(Con información de EFE, Europa press y AFP)

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