Viernes, 24 Julio 2020 06:15

Los tres ejes del feminismo

Los tres ejes del feminismo

Empiezo por matizar el énfasis unilateral en la pugna cultural, derivado de la prioridad por el tema de la sexualidad, como tarea central y eje principal de diferenciación entre corrientes feministas. Esta temática de la libertad sexual es fundamental para los colectivos LGTBI y el propio feminismo. El problema es su encaje en el conjunto de tareas y discursos feministas. Así, al priorizarlo de forma permanente y casi exclusiva, se infravalora la acción colectiva por la igualdad relacional efectiva y contra la violencia machista, cuestiones apoyadas por más de la mitad de la población adulta, unos veinte millones, especialmente de las mujeres. Son dos aspectos sustantivos de la activación feminista que, sin embargo, al situarlos en un segundo plano en los discursos y la acción colectiva de algunas élites, se dificulta la capacidad transformadora del conjunto de la realidad discriminatoria de las mujeres. Y esa unilateralidad no les permiten un mayor arraigo entre ellas.

La importancia de la liberación y la diversidad sexual

La sexualidad placentera, consentida y sin riesgos ha sido y es un objetivo central de la última etapa del feminismo, desde hace más de cuarenta años, con la demanda de legalización del uso de los anticonceptivos y la posterior despenalización del aborto, así como con la separación de las relaciones sexuales, especialmente juveniles, del estricto marco del matrimonio. La libertad y la igualdad en las relaciones sexuales, la diversidad de formas familiares y la autonomía personal para definir sus preferencias, sin discriminaciones, son conquistas feministas importantes, asociadas también al impacto de los colectivos LGTBI.

Podemos decir que durante el primer gobierno socialista de Zapatero (2004/2008) hubo algunos avances significativos. En particular, la legislación sobre el matrimonio igualitario, venciendo la gran resistencia conservadora y de la jerarquía católica, ha tenido bastante operatividad. Incluso la ley sobre la identidad de género, corta en varios aspectos, supuso un paso positivo. Sin embargo, sus otras dos leyes, con temas de gran trascendencia práctica y cultural para las mayorías sociales, la de igualdad de las mujeres (social, laboral, de cuidados y de estatus) y la de protección contra la violencia de género, han tenido efectos aplicativos muy limitados. La primera, con apenas medidas simbólicas o retóricas, ha sido incapaz de superar la presión de las estructuras económicas, empresariales y políticas dominantes que siguen consolidando la fuerte desigualdad. La segunda, con elementos contraproducentes adicionales, derivados del punitivismo penal y las tendencias autoritarias y conservadoras, no ha abordado con firmeza las causas y su tratamiento integral.

El esplendor simbólico y mediático de esa fase del feminismo institucional socialista ha decaído, junto con la percepción social de los límites de esas normativas transcurridos tres lustros. La gravedad de la condición femenina permanece y, sobre todo, la valoración cívica de su injusticia. Las políticas públicas necesitan un nuevo impulso transformador igualitario, tal como han venido reclamando las grandes movilizaciones feministas estos últimos años.

La nueva ley sobre libertad sexual que se está tramitando pretende ampliar y consolidar los derechos en ese campo. Además, permite una ampliación de la alianza entre el movimiento feminista y los colectivos LGTBI, que comparten esa temática común liberadora, así como hacer frente a la reacción puritana y restrictiva.

Desde hace décadas, y muy agudizada en los últimos tiempos ante el avance feminista y de la liberación sexual, se ha producido una gran contraofensiva conservadora, no solo cultural, sino socioeconómica, jurídica, religiosa, institucional, educativa y familiar. El feminismo crítico, democrático-igualitario, la ha contrarrestado mediante la exigencia de derechos, condiciones y libertades, que necesitan su consolidación. Es una pugna sociocultural, en sentido amplio, no solo de la subjetividad y el cambio de mentalidades, sino también social, de modificación de hábitos y costumbres. Afecta a la transformación de los privilegios y la dominación de una parte ventajosa de la sociedad frente a la discriminación de otra parte subordinada o en desventaja. Supone un cambio hacia relaciones sociales más igualitarias y libres, una apertura a una mayor diversidad de opciones sexuales y de género.

Se trata de superar la idea convencional de la existencia de dos sexos o dos géneros rígidos y excluyentes y reconocer una pluralidad heterogénea de opciones intermedias, mixtas e indiferenciadas, así como sus derechos igualitarios y su legitimidad como proyecto vital decidido libremente. No por ello se necesita diluir el peso de los dos sexos dominantes (mujer y varón) o los dos géneros principales (masculino y femenino). La dimensión de esas terceras opciones es minoritaria (la ONU fija en menos del 0,5% el porcentaje de personas transexuales). Esas personas suelen estar en una posición vulnerable y demandan reconocimiento e igualdad de estatus. Regular los derechos de las personas trans, al igual que en su día el matrimonio igualitario, no cuestiona los procesos identificadores feministas o las estructuras interpersonales y familiares; solo modifica su rigidez conservadora. Es complementario con el necesario fortalecimiento de la igualdad y la emancipación de las mujeres.

 La reacción distorsionadora del feminismo socioliberal y puritano

Desde feministas del ámbito socialista (y grupos afines) se ha generado una agria disputa en torno a la libertad sexual y la identidad de género. Defienden sus esencias doctrinales y sus privilegios de estatus que se debilitan. Intentan reforzarse manipulando hechos limitados aunque simbólicos, como el avance en los derechos de las personas trans, para afianzar su representación de las ‘mujeres’, hasta hace poco casi monopólica en los planos institucional, académico y mediático.

Así, tras la nueva ola de activación feminista y la nueva acción institucional en manos de Unidas Podemos, estarían temerosas de perder esa prevalencia ideológica y su función corporativa. Pretenden legitimarse envolviéndose en la bandera esencialista de las ‘mujeres’, que serían víctimas ahora de una dilución desde dentro del feminismo. Utilizan las críticas más favorables y adaptables a una mentalidad conservadora y una alianza con las derechas. Expresan discursos gruesos, con posiciones esencialistas, que buscan mantener sus privilegios representativos de un feminismo determinista biológico bajo la identidad mujer, convenientemente interpretada desde su cómodo estatus académico y mediático.

Pero su particular feminismo socioliberal, por su escaso impacto transformador, ha quedado agotado por su retórica formalista sin un cambio efectivo de la desigualdad estructural. En vez de reconocerlo e incorporarse al nuevo empuje de cambio real feminista, contraatacan desde sus posiciones todavía significativas en los ámbitos institucionales, académicos y mediáticos para frenar un avance significativo y real de las condiciones de igualdad de las mujeres concretas. Pretenden imponer un marco interpretativo y discursivo que consideran favorable, dado el puritanismo existente, y dejar en un segundo plano su responsabilidad por la cortedad aplicativa durante tres lustros de la normativa para la igualdad de las mujeres y contra la violencia de género, circunstancia puesta en evidencia ante la masiva activación feminista y que constituye el actual reto para las fuerzas de progreso.

Está fuera de lugar el tremendismo victimista del desdibujamiento de las mujeres y el feminismo, expresado por algunas personas del ámbito socialista y grupos afines. Lo que sí se ve cuestionado es la confortabilidad de una posición esencialista y retórica sobre la que se ha construido una representación hegemonista (política, institucional y académica), con los correspondientes privilegios corporativos de una élite acostumbrada a posiciones de ventaja. Y esa es la fuente de la crispación, de gran influencia mediática: la pugna por la hegemonía representativa e ideológica del movimiento feminista, con una amplia y heterogénea corriente social crítica de gran impacto sociopolítico que ha desbordado al feminismo socioliberal y formalista en decadencia.

La reacción agresiva en torno a la normativa sobre la libertad sexual y los derechos de las personas trans expresa el agotamiento del feminismo socioliberal y formalista y su retórica esencialista; pretende esconder su responsabilidad en el bloqueo de la situación discriminatoria de las mujeres; constituye un freno a las demandas feministas en los tres campos: igualdad relacional real, evitar la violencia machista con medidas efectivas y no del simple punitivismo legal y desarrollar los derechos sexuales.

La dificultad a los procesos emancipadores en ese ámbito de la sexualidad no proviene exclusivamente de las derechas y los grupos reaccionarios. El desconcierto, la desorientación o, simplemente, la discrepancia, atraviesan a los propios feminismos. Son objeto de duras polémicas, a veces poco democráticas, aunque habitual en todas las grandes luchas políticas e ideológicas en los últimos siglos. Se echa en falta un debate más sereno, respetuoso y argumentado.

Los límites de la polarización sobre la libertad sexual y la identidad trans

De la importancia ineludible de ese campo y su trascendencia mediática, especialmente en estos momentos de avance de derechos y contraofensiva derechista, no se debería deducir la desatención de, al menos, esos otros dos ámbitos que afectan a la igualdad y la libertad real de las mujeres (y otros grupos discriminados); su gravedad persiste y son motivo de la activación cívica de la nueva ola feminista. Infravalorarlos sería caer en la trampa que persiguen algunas feministas socioliberales y puritanas. Las estrategias del poder establecido y las medidas institucionales, hasta hace poco, han sido continuistas o retóricas y prolongan el malestar, la indignación y la exigencia de cambios reales. Las tres áreas temáticas están entrelazadas y se refuerzan mutuamente en un feminismo multidimensional, masivo e inclusivo, particularmente, respecto de su alianza (al decir de J. Butler) con las demandas de los colectivos LGTBI.

Por tanto, al bascular la prioridad de la actividad feminista crítica hacia lo cultural y lo sexual se produce un reduccionismo y una doble unilateralidad. Por una parte, se desconsidera la gravedad de los problemas de desigualdad social, económica y de estatus cívico, así como la precarización y subalternidad en los campos sociales, familiares y reproductivos, laborales, institucionales, educativo-culturales y de estatus sociopolítico, asociados a esa discriminación y desventaja de las mujeres. Por otra parte, se infravaloran la experiencia relacional, la práctica sociopolítica y cultural, así como la actividad común respecto de esas problemáticas que afectan a la mayoría de las mujeres de capas populares.

Se trata de reforzar una acción igualitaria-emancipadora feminista, que supere la simple identificación de género como reproducción de un papel social subalterno asignado. O sea, la experiencia, el enfoque y el proyecto liberador feministas son más multidimensionales que el tema de la opción sexual o de género. Expresan una articulación transformadora multilateral, común e interseccional.

Aludo aquí a otro riesgo para el feminismo crítico: adaptarse a ese escenario impuesto de la pugna por la libertad sexual y dejar en un nivel secundario la problemática de la igualdad relacional efectiva de las mujeres y la acción contra la violencia machista. Con ello se reduciría la influencia feminista respecto de los cambios estructurales, institucionales y subjetivos necesarios en esos dos campos y, por tanto, se debilitaría la conexión de su acción con las preocupaciones suscitadas en una mayoría de mujeres, especialmente jóvenes.

Dicho de otra forma, el refuerzo de la libertad sexual y de género y la colaboración entre movimiento feminista y colectivos LGTBI no debiera hacerse a costa de la difuminación de la acción contra la discriminación femenina en esos otros dos campos de la igualdad relacional y contra la violencia machista. Sería caer en la trampa de las derechas y esos sectores puritanos y punitivistas, así como neutralizar o distorsionar las demandas masivas de las movilizaciones feministas.

Al mismo tiempo, el desplazamiento hacia la pugna cultural relativizaría la capacidad transformadora sustantiva del feminismo. Esta es todavía más imperiosa, en esos espacios de fuerte desigualdad de poder e imbricación con la dominación en densas estructuras socioeconómicas y empresariales. Y está necesitada de arraigo de base y articulación práctica y masiva junto con un cambio institucional y jurídico efectivo, aspecto sustantivo para el nuevo Gobierno progresista de coalición.

Por ANTONIO ANTÓN

Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid. Autor del libro Identidades feministas y teoría crítica

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Naomi Klein: "El virus obliga a pensar en relaciones e interdependencias en las que el capitalismo nos enseña a no pensar"

La escritora y académica cree que la crisis climática, la igualdad y la justicia deben ser cuestiones centrales sobre las que debe girar la reconstrucción del mundo pospandemia

 

¿Qué mundo nos dejará la crisis del coronavirus? Naomi Klein (Montreal, Canadá) insiste, en una entrevista con The Guardian, en que lo relacionado con la crisis climática, la igualdad y la justicia deben ser las cuestiones centrales alrededor de las que reconstruir el mundo pospandemia.

La activista, escritora y académica es la primera titular de la Cátedra Gloria Steinem de medios, cultura y estudios feministas de la Universidad Rutgers (Nueva Jersey, Estados Unidos). La versión libro de bolsillo de su libro On Fire (2019) será publicada por la editorial Penguin el 24 de septiembre. 

¿Qué le parece el confinamiento?

Para quienes estábamos impartiendo clases a través de Zoom, y ese ha sido mi caso, además de mantener una escuela en casa, haciendo malabarismos y descubriendo cómo hacer cosas en el horno, ha sido muy cómodo. Ahora volveré a Canadá para pasar el verano con mi familia y en cuarentena, porque en Canadá, cuando regresas de Estados Unidos, tienes que pasar una cuarentena muy estricta. Ya llevo casi dos semanas sin salir de casa. De hecho, estoy empezando a desarrollar alguna fobia a salir del confinamiento.

Hay una cita muy buena en uno de sus últimos ensayos que dice: “Los humanos somos un riesgo biológico, las máquinas no lo son”. Me llegó a los huesos y me hizo sentir miedo por el futuro. Ha escrito cosas muy interesantes sobre un “Nuevo Acuerdo sobre las Pantallas”.

Silicon Valley tenía una agenda antes del coronavirus en la que ya imaginaba sustituir muchas, demasiadas, de nuestras experiencias corporales insertando tecnología en medio del proceso.

Por eso, para aquellos pocos espacios en los que la tecnología aún no media en nuestras relaciones, había un plan –por ejemplo, sustituir la enseñanza presencial por aprendizajes virtuales, la medicina del contacto personal por telemedicina y la entrega en persona mediante robots. Todo está siendo resignificado como tecnología sin contacto tras la COVID-19, es un modo de sustituir el diagnóstico del problema, que ahora es el contacto.

Pero en lo personal, lo que más echamos de menos es el contacto. Y necesitamos ampliar el menú de opciones que tenemos para vivir con la COVID-19, porque no tenemos vacuna y no está próxima. Incluso si se dan grandes avances, van a pasar muchos, muchos meses, posiblemente años, antes de que pueda desarrollarse a la escala que necesitaríamos.  

Entonces, ¿cómo vamos a vivir con esto? ¿Vamos a aceptar una “normalidad” previa a la COVID-19 pero muy menguada y sin las relaciones que nos sostienen? ¿Vamos a permitir que nuestros hijos reciban todo su aprendizaje a través de la tecnología? ¿O vamos a invertir en personas?

En vez de poner todo el dinero en un 'Nuevo Acuerdo sobre las Pantallas' y en tratar de resolver los problemas de un modo que disminuya nuestra calidad de vida, ¿por qué no nos ponemos a contratar profesores a todo trapo? ¿Por qué no tenemos el doble de profesores en clases con la mitad de alumnos y empezamos a pensar en la educación al aire libre?

Hay tantas formas en las que podemos pensar para dar respuesta a esta crisis que no aceptamos esa idea de que tengamos que regresar al statu quo previo a la COVID-19, solo que en una versión peor, más vigilados, con más pantallas y menos contacto humano.

¿Sabe de algún gobierno que tenga ese discurso?

Me anima escuchar a Jacinda Arden hablar de una semana laboral de cuatro días como solución al hecho de que Nueva Zelanda es muy dependiente de los ingresos del turismo. Nueva Zelanda es, probablemente, el país que mejor ha lidiado con la pandemia, al menos mejor que otros en lo que se refiere a tasas de mortalidad. No puede abrir las puertas a los turistas como lo ha hecho en el pasado y de ahí nace la idea de que quizás los neozelandeses deberían trabajar menos, cobrar lo mismo y tener más tiempo libre para disfrutar de su propio país con seguridad. 

¿Cómo bajamos el ritmo? Pienso mucho en eso. Parece que cada vez que pisamos el acelerador de “que todo siga igual” o “de regreso a la normalidad” el virus aparece de nuevo y dice: “Frenad”. 

A todos nos encantan esos momentos de frenar pero el gobierno del Reino Unido está empeñado en regresar a la normalidad pase lo que pase, abriendo todo, por ejemplo los pubs, y está desesperado por que nos vayamos de vacaciones. Es urgente que nada cambie en nuestras vidas, que nos limitemos a regresar a una realidad igual a la de antes.

Eso es una locura. Es muy pequeño el porcentaje de población que quiere abrir las puertas de nuevo como si nada. De hecho, hay una mayoría de personas mucho más preocupada por tener que regresar al trabajo antes de que sea seguro o por mandar a sus hijos al colegio antes de que lo sea. A veces, se presenta como dar a la gente lo que pide, pero no es eso lo que muestran las encuestas.

Hay ciertas similitudes en el modo en que Donald Trump y Boris Johnson han gestionado la crisis. La están convirtiendo en una especie de prueba de masculinidad y, en el caso de Johnson, incluso después de haber pasado la enfermedad. Jair Bolsonaro hablaba de que era atleta y sabía como gestionarlo [el presidente brasileño reveló que tenía coronavirus poco después de hacer esta entrevista]; Trump habló de lo bueno de su genética.

Me interesa su punto de vista sobre las protestas por los derechos civiles a raíz de la muerte de George Floyd. ¿Por qué cree que han sucedido ahora? Es intrigante que, en medio de una crisis como esta, se produzcan grandes manifestaciones contra el racismo por todo el mundo.

No es la primera ola de movilizaciones de estas características. Pero creo que hubo algunos aspectos que fueron únicos debido a la crisis de la COVID-19 y al impacto descomunal en las comunidades afroamericanas en ciudades como Chicago, por ejemplo, donde, según algunas fuentes, hasta el 70% de los fallecidos de COVID-19 eran afroamericanos.

Ya sea porque son quienes desempeñan trabajos de más riesgo con menor protección, por el legado de contaminación ambiental en sus comunidades, el estrés, el trauma o un sistema sanitario que las discrimina, las personas negras cargan de manera desproporcionada con las muertes por el virus. Es un hecho y desafía la idea de que todos estamos juntos en esto.

En este momento traumático, esos asesinatos, el de Ahmaud Arbery, el de George Floyd, el de Breonna Taylor, se abren paso. Y surge una pregunta recurrente: ¿qué hacen en esas protestas tantas personas que no son negras? Eso es nuevo. Al menos en la escala en la que ha sucedido. Muchas de estas manifestaciones fueron multirraciales de verdad; manifestaciones multirraciales lideradas por personas negras. ¿Por qué esta vez ha sido diferente?

Tengo algunas ideas. Una tiene que ver con que la pandemia ha introducido una cierta suavidad en nuestra cultura. Cuando bajas la velocidad, sientes más las cosas; cuando estás en una carrera constante por la supervivencia, no te queda demasiado tiempo para la empatía. Desde que todo esto comenzó, el virus nos ha obligado a pensar en relaciones e interdependencias. Lo primero en lo que piensas es, de todo lo que toco, ¿hay algo que lo haya tocado alguien antes? Lo que como, el paquete que acaban de entregarme, la comida de las estanterías. Son conexiones en las que el capitalismo nos enseña a no pensar.

Creo que vernos obligados a pensar de manera más interconectada puede habernos ablandado al pensar en estas atrocidades racistas, como algo que no es solo un problema de otras personas.

Esta es una gran cita de su último libro, On Fire: “Todo lo que ya era malo antes del desastre se ha degradado al nivel de lo insoportable”. El modo en que la policía trata a los hombres negros es insoportable.  

Siempre que nos golpea un desastre escuchamos el mismo discurso: "El cambio climático no discrimina, la pandemia no discrimina. Estamos juntos en esto”. Pero eso no es cierto. Los desastres no funcionan así. Ejercen de intensificadores y magnificadores. Si tenías un trabajo en un almacén de Amazon que ya estaba afectándote antes de que esto comenzara o si estabas en alguna residencia de mayores y ya se te trataba como si tu vida no valiera nada, ya era malo antes, pero todo eso se magnifica hasta convertirse en insoportable ahora. Y si antes era desechable, ahora se te puede sacrificar.

Eso por hablar solo a la violencia visible. Tenemos que hablar más sobre la violencia escondida, la violencia doméstica. Sin rodeos, cuando los hombres se estresan, las mujeres y los niños lo sufren. Estos confinamientos son estresantes porque las familias no tienen manera de tomarse un tiempo los unos de los otros. Incluso la mejor familia necesita algo de espacio. Si añades despidos y presión económica el resultado es el que vemos, una situación actual muy mala para las mujeres.

Pasó gran parte del año pasado trabajando en la campaña de Bernie Sanders y en el denominado 'Green New Deal'. ¿Cómo ve todo eso ahora? ¿Se siente más o menos optimista respecto a su potencial?

En cierta manera, es más complicado. Menciona a Bernie y, sin duda, hubiera preferido que el resultado fuera un candidato presidencial que basa su campaña en el 'Green New Deal'. Solo podremos ganar cuando haya una interacción entre un movimiento de masas que presione desde el exterior con una receptividad en el interior del sistema. Creo que tuvimos esa oportunidad con Bernie.

Con Joe Biden es más difícil, pero no imposible. Al final de On Fire planteé diez razones a favor de un 'Green New Deal' y los motivos por lo que es una buena política climática. Una de esas razones es que funciona a prueba de recesiones. Si miramos atrás, vemos que el movimiento climático tiene una trayectoria pobre en cuanto resultados cuando la economía va relativamente bien. El tipo de soluciones que ofrecen los Gobiernos tienden a ser neoliberales y basadas en el mercado, impuestos climáticos o políticas basadas en energías renovables que se perciben como elementos que encarecen el coste de la energía. También impuestos al carbono que elevan el precio de la gasolina. En cuanto llega la recesión, no cabe duda de que el apoyo a ese tipo de políticas se evapora. Lo vimos después de la crisis financiera de 2008.

Lo que importa a la hora de hablar del 'Green New Deal' es que toma forma a partir de uno de los programas de estímulo económico más importantes de todos los tiempos: el New Deal de Roosevelt durante la Gran Depresión. Por esta razón, el mayor golpe que recibí cuando publiqué el libro hace poco más de un año fue: “Pero no hacemos cosas como esta cuando la economía va bien”.

Las únicas oportunidades en los que podemos señalar con claridad en la dirección de un cambio social rápido, grande, que actúe como catalizador –y sobre esto no me cabe duda alguna- es en momentos de gran depresión o guerra. Sabemos que podemos cambiar rápido. Lo hemos visto. Hemos cambiado nuestras vidas de forma sustancial. Y hemos descubierto que los Gobiernos tienen billones de dólares que podrían haber movilizado durante todo este tiempo.

Todo esto tiene un potencial radical. Siento que tenemos una oportunidad. No me describiría como optimista porque hablamos de un futuro por el que tenemos que pelear. Pero si miramos en dirección a los momentos de la historia en los que se han producido grandes cambios, son momentos como el actual. 

Traducido por Alberto Arce.

Publicado enCultura
¿Hacia una Universidad no presencial? Decálogo para una reflexión imprescindible

Entre tantas otras en muy diversos ámbitos, una de las consecuencias de la pandemia de la covid-19 ha sido la necesidad de recurrir al desarrollo de enseñanzas online, ante la imposibilidad de realizarlas presencialmente. El fenómeno no es en absoluto nuevo, puesto que había registrado previamente avances significativos en todos los niveles educativos. Pero la actual situación de crisis ha venido a acelerarlo e intensificarlo y a marcar una tendencia de generalización de la formación no presencial en el futuro más inmediato.

La trascendencia de un proceso como ése resulta indudable, porque no se trata solo de un cambio en los instrumentos y soportes, sino que afecta a la propia naturaleza y esencia del modo tradicional de concebir y organizar las enseñanzas y supone un hecho disruptivo que cambia el discurso de una educación que no se encuentra ya atada a una específica localización y cuya provisión se desacopla de restricciones relacionadas con el espacio y con el tiempo.

Específicamente en el ámbito universitario, ello comporta, además, profundas transformaciones en el modo de participar en la educación, con cambios en la presencialidad y dedicación residencial y a tiempo completo, con extensión a la formación a lo largo de toda la vida, y con estudiantes que tomarán cursos de distintas instituciones, con diversas modalidades y estrategias.

Resulta evidente, pues, la magnitud de un cambio, patente ya antes de la crisis pero acelerado con ella, que incide sobre múltiples aspectos del proceso educativo. A esa importancia se suma ahora, además, la urgencia por resolver una cuestión tan relevante como el modo de organizar las enseñanzas desde el inicio del próximo curso.

La premura que esa situación impone no debería, sin embargo, llevar a decisiones apresuradas, sin una reflexión que resulta imprescindible y a la que me gustaría que pudiesen contribuir algunas ideas y planteamientos como los diez que expongo a continuación.

  • Primero. El avance del online resulta tan evidente e imparable que no merece discusión alguna. Pero eso no debería suponer de ningún modo la erradicación de los elementos presenciales. Creo que no cabe concebir ya el desarrollo de las enseñanzas sin la utilización de las nuevas tecnologías, pero la presencialidad es insustituible en el proceso educativo.
  • Segundo. Precisamente por eso, habría que tratar de evitar el riesgo de sucumbir ante falsos dilemas entre la presencialidad y el online y huir de posiciones excluyentes que nos sitúen en uno de los extremos, sin explorar el territorio "híbrido" en que ambas modalidades necesariamente han de encontrarse. Claro que lo híbrido no consiste en rotar períodos presenciales y online, sino combinar permanente ambos sistemas. Lo presencial debe utilizar las nuevas tecnologías y el online no debe suponer "lejanía" y tiene que acompañarse siempre de "presencialidad".
  • Tercero. Se educa por contagio (de éste no hay que huir como del virus) y, por eso, el ambiente y los lugares de contacto y relación resultan indispensables en el proceso formativo. Tenemos que preocuparnos, desde luego, de "enseñar más", pero sobre todo de "educar mejor". Las enseñanzas tienen indudablemente un valioso aliado en las tecnologías. La educación requiere además un ambiente de relación.
  • Cuarto. Resulta muy evidente que las nuevas tecnologías ofrecen enormes oportunidades de renovación educativa. Pero comportan también evidentes riesgos, como el de concebir que la digitalización es hacer lo mismo de siempre, pero a través del ordenador, sin preguntarse acerca del "qué" y el "cómo" de las enseñanzas, para modernizar y adaptar sus métodos y contenidos, porque ésos constituyen los elementos más esenciales de la renovación educativa.
  • Quinto. Los soportes son fundamentales, pero hay que saber qué hacer con ellos. Ése es el liderazgo fundamental que ha de ejercer el profesor, para no dejarse arrastrar simplemente por esos soportes e ir por detrás de ellos, sino para saber orientarlos y conducirlos.
  • Sexto. En consecuencia, los profesores continuarán siendo siempre la pieza básica y el elemento decisivo del proceso formativo, del que nunca se podrá prescindir y para el que se requiere un entorno y unas condiciones que garanticen su accesibilidad, presencia y proximidad.
  • Séptimo. Pero los roles y funciones del profesor han de ser redefinidas, para combinar simultáneamente el papel de maestro, guía, prescriptor, acompañante, inspirador e incluso influencer. Será fundamental, además, lo que el profesor enseñe de sí mismo, porque la educación es conocimiento, pero también estilos intelectuales y modos de pensar y de concebir el mundo.
  • Octavo. Ello comporta una mayor dedicación y nuevas tareas para ese "eslabón débil" de la cadena que suelen ser los profesores, y los enfrenta a nuevos cometidos y a más amplias, diversas y complejas tareas, que suponen adicionales esfuerzos y requieren indudablemente una mejor organización y una dotación mucho amplia de recursos.
  • Noveno. Quizá ahora es más cierta que nunca esa afirmación popular de que el saber no ocupa lugar. El conocimiento ha iniciado un imparable proceso de deslocalización, y precisamente por esa razón pasan a primer plano y se acentúa la importancia de los elementos que solo pueden ofrecer la docencia y los docentes más valiosos. Creo, por eso, que hay que reivindicar la vigencia del magisterio de los mejores profesores y que no hay que erradicar las clases magistrales sino las que no lo son.
  • Décimo. El online y los métodos y soportes digitales constituyen un elemento de indiscutible y enorme potencial para las enseñanzas, particularmente para el avance de los programas personalizados apoyados en instrumentos como el big data o la inteligencia artificial. Pero confío en que sepamos manejarlos con el buen sentido, la mesura y la responsabilidad que evite que la Universidad pase de ser un "lugar" (de relación) a reducirse a ser simplemente un "sitio" (en la web).

Juan A. Vázquez

Catedrático de Economía Aplicada, Universidad de Oviedo.

13/07/2020

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

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Cómo y cuándo salir de la enorme crisis económica creada por la pandemia

El hecho de que muchos países hayan conseguido reducir el crecimiento de la tasa de mortalidad causada por el coronavirus, mitigando así el impacto de la COVID-19, ha generado un optimismo que explica que muchos de ellos estén ya iniciando el proceso para intentar recuperar alguna forma de normalidad y reactivar la actividad económica, saliendo así de la mayor crisis económica que estos países hayan sufrido en los últimos cien años.

Ello ha originado un debate sobre cuándo y cómo debe llevarse a cabo dicha recuperación. Este artículo intentará resumir varias alternativas, hoy presentes a los dos lados del Atlántico Norte. Pero para evaluarlas hay que ser conscientes de que, en general, y desde el punto de vista científico, hay bastante consenso entre los expertos en salud pública sobre los criterios básicos que deberían regir esta recuperación. Unos de los más conocidos a nivel internacional son los criterios de la Johns Hopkins University, cuyo Center for Health Security ha señalado que para iniciar tal proceso hay que cumplir cuatro condiciones. La primera es que el país tiene que haber experimentado un descenso de la mortalidad debida al coronavirus durante, al menos, 14 días. Otra condición es que el país tenga suficiente capacidad para realizar pruebas de diagnóstico que le permitan cubrir, al menos, a todas las personas con síntomas de tener la COVID-19 (y también realizarlas a los contactos que estas personas hayan tenido) así como a las personas que trabajan en todos los servicios definidos como "esenciales". Una tercera condición es que el país tenga un sistema sanitario con capacidad suficiente para poder atender a todos los pacientes, y cuyo personal sanitario tenga todo el equipo de protección necesario que le permita atenderlos con el mínimo riesgo de contagio. Y, por último, la cuarta condición es que los servicios de salud pública del país tengan capacidad suficiente para llevar a cabo campañas de detección de nuevos casos de infección, así como controlar y diagnosticar a sus contactos para su confinamiento y aislamiento (ver "Public Health Principles for a Phased Reopening During COVID-19: Guidance for Governors", The Johns Hopkins University Center for Health Security, 17.04.20). La aplicación de estos cuatro principios, junto con las medidas de confinamiento selectivo, así como el uso generalizado de mascarillas y guantes, permiten el control y resolución de la pandemia. La experiencia así lo ha mostrado. Casos como el de Corea del Sur muestran claramente que la pandemia puede abordarse con éxito. Ello requiere un compromiso firme por parte del país y sus autoridades, dentro de una cultura cívica de solidaridad y compromiso con el bien común.

 

Estas condiciones no se están respetando en la gran mayoría de países que se están desconfinando

 

Ahora bien, el éxito que las campañas de confinamiento han tenido en muchos países para reducir el número de contagios, de enfermos y de muertes por coronavirus ha generado un optimismo que, sin que se den las condiciones previamente detalladas, ha animado a que se inicie en muchos de ellos un proceso de desconfinamiento y de paulatina recuperación económica. Es comprensible que este proceso esté ocurriendo, pues las medidas de contención de la pandemia y, muy en particular, el confinamiento de la mayoría de la población (que en un momento determinado fue de tres cuartas partes de toda la población que vive en las economías avanzadas), han representado y continúan representando un enorme sacrificio con el que la población, con razón, desea y ansía terminar. Es más, a favor del desconfinamiento existe el hecho de que el confinamiento también tiene costes para la salud de la población, entre ellos, causar un aumento de mortalidad por enfermedades distintas a la COVID-19, al no poder ser atendidas estas enfermedades por la saturación de los centros sanitarios desbordados de enfermos por coronavirus. Y no hay que olvidar tampoco que la propia crisis económica está deteriorando la salud y calidad de vida de grandes sectores de la mayoría de la población.

Pero, por muy comprensibles que sean los argumentos favorables a un pronto desconfinamiento, ello no quiere decir que sea aconsejable, ya que tal recuperación (dependiendo de cómo se haga) podría incluso empeorar la situación y agravar todavía más la crisis económica. Y la principal causa de que ello sea así es que la actividad productiva continúa basándose en la actividad humana, dependiendo su ejecución de la salud y la vida de sus agentes, lo cual hace que la viabilidad del sistema económico dependa de que se respeten los principios científicos y las condiciones indicadas al inicio del artículo. A no ser que los trabajadores estén vivos y sanos, el sistema económico se paraliza. Un desconfinamiento rápido puede conducir incluso a una mayor parálisis como consecuencia del crecimiento de la enfermedad entre los trabajadores, tal y como está ocurriendo, por ejemplo, en algunos Estados de EEUU, donde la pandemia está teniendo unos efectos devastadores.

Esta es la realidad de la que deben ser conscientes las autoridades que tienen que tomar las medidas sobre el desconfinamiento. Naturalmente que el deseo común es terminar con esta situación anómala. De ahí que la diferencia entre las distintas alternativas no sea tanto sobre desconfinamiento sí o no, sino sobre qué tipo de desconfinamiento, es decir, en qué condiciones debe realizarse, a fin de que se puedan minimizar los daños que dicho desconfinamiento podría causar a la población, incluida la laboral, lo que afectaría y retrasaría la recuperación económica.

 

Las distintas estrategias de recuperación económica existentes hoy a los dos lados del Atlántico Norte

 

Una estrategia de recuperación económica es la promovida por el gobierno federal estadounidense presidido por Donald Trump, y consiste en el masivo desconfinamiento de la mayoría de la población, a fin de recuperar la economía lo más pronto posible (y a ser posible, antes de las elecciones presidenciales del próximo mes de noviembre, en las que el presidente Trump se presenta para conseguir su relección). Esta alternativa es consciente de que ello implicará un riesgo muy elevado de contagio y muertes por coronavirus. En esta estrategia, la vuelta a la normalidad pasa a ser el objetivo urgente e inmediato para la recuperación. Y el elevado número de fallecidos se justifica por la necesidad de salvar la economía del país, salvación que en ocasiones se presenta en términos belicistas y patrióticos. Tal y como ha señalado el presidente Trump, "hay que salvar la patria en una guerra en la que los muertos son el precio para ganar y conseguir la victoria". Salvar la patria equivale a volver a la normalidad del período prepandemia. Esta posición trumpiana está bastante extendida en amplios sectores conservadores y liberales del mundo occidental, incluyendo España.

Esta estrategia ha sido muy criticada por la gran mayoría de la comunidad científica, incluyendo el comité de expertos que asesora a la Casa Blanca en el tema de la pandemia. Las tensiones entre el Sr. Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, (y otros miembros del comité científico), por un lado, y el propio presidente, por el otro, son bien conocidas. La elevada popularidad de este experto (la figura más reconocida hoy en EEUU) lo ha protegido de los intentos de la administración por apartarlo del cargo o del comité de expertos. La razón de este rechazo por parte de la comunidad científica es que la pandemia no se resolvería y podría agravarse todavía más, cronificándose y matando a un elevado número de ciudadanos que se considera inaceptable, pues la pandemia podría prolongarse durante un período muy largo, de hasta cinco o más años.

La esperada vacuna contra el virus no será una realidad próximamente

 

El argumento utilizado por los que se muestran favorables a la vuelta rápida a la "normalidad" para negar la posibilidad de que aumente la mortalidad de una manera muy marcada es que se espera que en el corto plazo de algunos meses ya haya disponible una vacuna para prevenir y curar la enfermedad de la COVID-19. Pero existe un gran escepticismo en amplios sectores de la comunidad científica de que esta vacuna pueda desarrollarse, producirse y distribuirse en los próximos meses. Ni que decir tiene que la industria farmacéutica es la mayor promotora de esta tesis, industria que es muy próxima al presidente Trump, cuyas propuestas favorables hacia ella son bien conocidas en aquel país. Aceptando la tesis del descubrimiento y amplio uso de la vacuna en un "futuro próximo", la administración Trump está intentando recuperar la economía inmediatamente, consciente del elevado coste en mortalidad que significará el abandono de los principios científicos enunciados anteriormente, con la suspensión masiva del confinamiento y del distanciamiento social, entre otras medidas salubristas. En esta visión trumpiana, la "recuperación de la normalidad" significa dar prioridad a las grandes inversiones de dinero público para favorecer la recuperación de los elevados niveles de beneficios de las grandes empresas y grupos económicos próximos a la administración Trump (sin condicionar tal ayuda pública masiva al mantenimiento del empleo).

La alternativa progresista a esta estrategia extremista

 

Frente a la alternativa trumpiana, hay una alternativa progresista que las encuestas muestran a los dos lados del Atlántico Norte que es la más popular, y que consiste en desconfinar gradualmente a la población, de manera que la reapertura esté relacionada con el cumplimiento y la mejora en cada una de las condiciones enumeradas al principio del artículo, de manera que cuanto más se cumpla cada condición, mayor sea el grado de apertura. Ello requiere que, como primer paso, se invierta masivamente en los sectores "esenciales" necesarios para el mantenimiento y la sostenibilidad de toda la sociedad y, por lo tanto, de la economía. Entre ellos merecen especial atención los servicios sanitarios y de salud pública, así como los servicios sociales y los de atención personal (conocidos también como la economía de los cuidados), incluyendo los servicios del cuarto pilar del Estado del Bienestar (escuelas de infancia y servicios de atención a la dependencia, entre otros), que son todos ellos necesarios para garantizar la supervivencia, el mantenimiento, la seguridad y el cuidado de la ciudadanía (tanto como trabajadores como consumidores), sin la cual la actividad económica no puede existir. Se propone así un New Deal Social que incluya una gran inversión en los servicios y transferencias del Estado, inversión que, insisto, debería reforzar los servicios de supervivencia, mantenimiento y continuidad de la sociedad, incluida su economía, y que además sería una de las fuentes más importantes para crear empleo. Esta inversión garantizaría una recuperación que minimice la mortalidad y morbilidad (enfermedad), creando además un empleo necesario para facilitar tanto la seguridad y salud de la población como el estímulo para la recuperación económica. Por ejemplo, el desarrollo del 4º pilar del bienestar facilitaría la integración de la mujer en el mercado de trabajo, tal y como ha ocurrido en aquellos países donde existe dicho pilar (como es el caso de los países escandinavos, que tienen el mayor porcentaje de mujeres en el mercado de trabajo), ya que permite compaginar el proyecto personal a nivel laboral con la responsabilidad familiar (facilitada también por una revolución cultural, corresponsabilizando al hombre en tales tareas familiares). Estas políticas públicas están adquiriendo una gran urgencia hoy como consecuencia del confinamiento de las familias, con el cierre de las escuelas, incluidas las infantiles. El número de puestos de trabajo creados en el desarrollo de estos servicios sociales básicos sería muy grande. Si España tuviera el mismo porcentaje de la población adulta trabajando en estos sectores sociales del Estado del Bienestar (hoy, uno de cada diez) que tiene Suecia (uno de cada cinco), España crearía unos 3,5 millones de puestos de trabajo. De ahí la urgencia de que el Estado cree empleo. La muy necesaria renta mínima garantizada que asegure un ingreso mínimo vital debe ser complementada con la universalidad del derecho de acceso a los servicios sanitarios y sociales (incluyendo el 4º pilar del bienestar) que garanticen su vida, salud y bienestar social. El derecho al ingreso mínimo vital debería estar acompañado con el derecho de acceso a los servicios vitales universales.

Hoy existe un gran consenso popular, expresado en el aplauso a las 8 de la tarde hacia los trabajadores de los sectores sanitarios y sociales, sobre la urgente necesidad de cubrir el enorme déficit de personal y recursos en estos servicios. Esta inversión en el New Deal Social es una de las condiciones más importantes para los programas de recuperación económica a fin de resolver, por un lado, la pandemia y, por el otro, prevenir su reaparición, toda vez que se garantiza el bienestar y la calidad de vida de la ciudadanía (objetivo principal de cualquier política pública), así como la seguridad y el mantenimiento del quehacer económico. La pandemia y la enorme crisis que ha creado es la mejor prueba de la importancia de priorizar esta inversión social, siendo el centro de la recuperación.

 

La necesaria reorientación del sector industrial para orientarlo hacia el bien común

 

La recuperación económica tiene que incluir también una gran inversión pública para la recuperación del sector industrial, que debería utilizarse para reformarlo a fin de dar mayor prioridad a la producción orientada al bien común en lugar de estar centrado exclusivamente (como ha sido hasta ahora) en responder a la demanda del consumo individual, determinado por la capacidad adquisitiva de las personas, orientándose así hacia los sectores con mayor capacidad monetaria. Hay que producir respiradores que salven vidas, por ejemplo, en lugar de producir tantos automóviles, y hay que producir mascarillas en lugar de vestidos de lujo. Y hay que enfatizar las energías renovables en lugar de las contaminantes. El New Deal Verde tiene que complementar el New Deal Social. Y para asegurarse de que esta nueva orientación se cumple, el Estado tendría que utilizar la inversión pública, pasando a ser parte de la dirección de algunas empresas, conforme a la cantidad de apoyo financiero que haya aportado. No puede reproducirse lo que ocurrió con la salvación de la banca, que terminó con una enorme pérdida de 60.000 millones de euros públicos, sin haber sido utilizada aquella inversión para una modernización del sector bancario, a fin de que desarrollara una vocación de servicio al bien común, escasamente presente en este sector económico.

En realidad, una gran diferencia entre las dos alternativas -la trumpiana y la progresista- es que la primera, defensora del statu quo (al coste que fuere), ha percibido al Estado como un servidor de la economía, interviniendo solo cuando tiene que corregir los fallos del mercado. En la alternativa progresista, por el contrario, es la economía la que está al servicio de la sociedad y del bien común, con una activa intervención del Estado para garantizar que sea así. En este sentido, el Estado tiene que intervenir activamente en el proceso de reconversión económica. Un ejemplo, entre muchos otros, es el desarrollo de la digitalización y de la inteligencia artificial, que constantemente es presentada como un riesgo (según algunos) o una oportunidad (según otros) para la desaparición del trabajo humano. Que sea lo uno o lo otro depende del contexto político que dirija tal proceso y los objetivos deseados. El mérito o demérito de las nuevas tecnologías depende, pues, de quién las controla. Dejarlas en las manos del mercado, como proponen los conservadores y liberales (y cuya máxima expresión es el trumpismo), es optimizar el poder y beneficios de las empresas y grupos económicos que las controlan. Pero la experiencia también muestra cómo en países donde el Estado ha tenido un mayor protagonismo (como los países escandinavos) estas nuevas tecnologías han servido para redefinir las condiciones del trabajo y permitir una mayor satisfacción y creatividad del mundo trabajador, facilitando una considerable reducción del tiempo de trabajo (ver "Robots won’t make us redundant", de Lars Klingbeil y Henning Meyer, Social Europe, 14.05.2020).

 

¿Cómo se pagará esta reconversión? La necesaria reforma de la política fiscal

 

Por extraño que parezca, la respuesta a esta pregunta no es económica sino política. La pregunta debe reformularse para decir: ¿tiene la sociedad española recursos para financiar esta recuperación? Y la respuesta, apoyada por los datos existentes, creíbles y claros, es afirmativa. España tiene los recursos para pagar su New Deal Social (complementado con el New Deal Verde). El excesivo poder e influencia de las fuerzas conservadoras en la vida política y mediática de España explica la infrafinanciación de sus sectores esenciales, incluyendo, por ejemplo, la sanidad y los servicios de salud pública. España es uno de los países de la UE-15 que gasta menos en su Estado del Bienestar. En sanidad, por ejemplo, invierte solo un 6,4% del PIB, cuando la media en la Unión Europea es del 7,1% y en la UE-15 del 7,2%. Si tal gasto fuera el de la UE-15, tendríamos casi 10.000 millones de euros más para la sanidad.

Las enormes desigualdades de renta y de propiedad que existen en este país, unas de las más altas hoy en el mundo desarrollado, muestran que el problema no es la falta de recursos sino la redistribución de esos recursos, lo cual ocurre por cierto también en la Unión Europea (UE), cuya falta de solidaridad en respuesta a la pandemia está mostrando, una vez más, una carencia de sensibilidad social que podría significar su desaparición como consecuencia de la falta de apoyo popular. La Europa democrática, que fue el sueño y punto de referencia que nos motivó a la resistencia antifascista durante la dictadura, se está convirtiendo en una pesadilla. Que hoy, en medio de la mayor crisis económica que este continente haya experimentado, todavía se insista en la UE en las medidas neoliberales que hicieron tanto daño a las clases populares de este continente es un sinsentido. Hoy están claramente desfasadas, pues hay casi un consenso internacional en que la principal condición para salir de la crisis es precisamente una enorme inversión pública, y debe ser el Estado (desde sus diferentes niveles) el que invierta cantidades nunca vistas antes para esta recuperación.

De ahí que, además de políticas fiscales redistributivas, el crecimiento de la deuda pública sea necesario y urgente, pues sin ella no hay posibilidad de recuperación económica. Incluso el mayor ideólogo neoliberal, conocido por su insistencia en reducir el déficit público durante la Gran Recesión, el Sr. Kenneth Rogoff, de la Universidad de Harvard, no solo tolera, sino que es favorable a un gran aumento del déficit ("tanto como sea necesariopara recuperar la actividad económica"). Y un tanto igual el presidente del Federal Reserve Board, Jerome H. Powell (institución equivalente al Banco Central Europeo y máximo promotor del neoliberalismo en EEUU), que ha pedido al Congreso de EEUU que continúe invirtiendo dinero público hasta que la economía se recupere, sin límite en su déficit. El tema a debate, pues, no es inversión pública sí o no, sino dónde, cuándo y cómo se hace tal inversión, y para el beneficio de quién: o se hace para salvar los intereses particulares del establishment financiero y económico, o para salvar la calidad de vida y el bienestar de la mayoría de la población, poniendo el bien común por encima de todo lo demás. Ahí es donde está el debate. Y de su resolución depende la vida de todos, incluida la del lector de este artículo.

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La Educación Virtual. ¿Una oportunidad de inclusión social para personas en condición de discapacidad? El caso de la Institución Maestro Guillermo Vélez Vélez.

El presente artículo recoge el análisis de la experiencia asociada a los procesos pedagógicos que recientemente adelanta la Institución Maestro Guillermo Vélez Vélez con población discapacitada en la ciudad de Medellín, en la que participa el equipo interdisciplinario de profesionales e instructores cuya intervención, se ha desarrollado bajo el enfoque de la formación por proyectos.

En tal sentido se aborda el alcance de los procesos de intervención ejecutados en la Institución en el componente pedagógico-ocupacional como producto del cambio que implica, transitar de un modelo de educación presencial a uno de educación virtual debido básicamente a la contingencia suscitada por la rápida expansión del Covid 19 que dio origen, a un estado de cuarentena indefinida en la población.  

Se examinan las estrategias implementadas para dar respuesta a la gestión pedagógica y ocupacional bajo la metodología de proyectos a partir de los esfuerzos formativos desplegados por el equipo de instructores y de profesionales en los programas prelaborales, laborales ocupacionales y de inclusión a la vida laboral de los jóvenes, bajo las directrices del equipo directivo de la Institución.

La ruta de trabajo implementada para adoptar el modelo de educación virtual involucró la ejecución de dos estrategias de especial interés y beneficio para la comunidad educativa:

Estrategia 1: Diagnóstico de Caracterización Tecnológica Se efectúo un diagnóstico del estado del arte en cuanto al uso y manejo de herramientas tecnológicas y condiciones de conectividad que comprendió dos acciones específicas:

  • Una encuesta de caracterización tecnológica dirigida a la población en condición de discapacidad que identificará el estado de disponibilidad de equipos informáticos y las condiciones de acceso y manejo de las herramientas tecnológicas de los aprendices inscritos en los diferentes programas de la formación.
  • Una encuesta de caracterización de manejo de herramientas tecnológicas orientada al equipo de instructores (técnicos, transversales y complementarios) y equipo de profesionales (psicólogos, terapeutas ocupacionales, educadores especiales y trabajadores sociales).

Teniendo en cuenta los resultados de esta caracterización, se procedió a implementar un plan de trabajo dirigido a mejorar las competencias en el manejo de las herramientas tecnológicas de los actores involucrados en la formación (aprendices, equipo de profesionales e instructores) para lo cual, se orientaron diferentes capacitaciones.

De igual forma se realizaron diferentes encuentros para evaluar el alcance del proceso de capacitación y las mediaciones complementarias (ajustes razonables) que se debían adoptar para que los instructores y equipo de profesionales, lograran un manejo adecuado de cada herramienta tecnológica cuyo dominio conceptual y práctico fue transferido a los aprendices.

 

Estrategia 2: Gestión de la Formación Pedagógico-Ocupacional por Proyectos mediante encuentros virtuales.

 

Con el objetivo de orientar una intervención educativa virtual de calidad y con amplia cobertura vinculada al diseño curricular definido en cada uno de los programas, se organizaron equipos de trabajo (educadores especiales, instructores técnicos y terapeutas ocupacionales) que bajo un enfoque de transversalidad e integralidad, estructuraron proyectos formativos de área para cada uno de los grupos que asisten a los encuentros virtuales; favoreciendo así la interacción dinámica entre los conductores de la formación, los aprendices y sus acudientes.  

El alcance de las acciones pedagógico-ocupacionales se puede apreciar a través del indicador de asistencia de los aprendices a los diferentes encuentros programados:

En la semana de pilotaje inicial o de prueba comprendida entre el 20 al 24 de abril, participaron 35 aprendices de 42 inscritos en los programas de Pre laboral (15) y Logística Laboral (20) dando como resultado una asistencia del 83,33%.

En la semana del 27 al 30 de abril, asistieron a los diferentes encuentros 63 aprendices de 102 inscritos en los programas de Pre laboral E (12), Pre Laboral F (15), Logística Laboral (16), Confección Laboral (3), Cocina Laboral (6) y Cocina Inclusión (11) arrojando una cobertura del 61,7%.

Pero ¿qué significado adquiere el indicador de asistencia a los encuentros virtuales de la población en condición de discapacidad inscrita en los programas de la formación ofrecidos por la Institución Maestro Guillermo Vélez Vélez?

En primer lugar la posibilidad de extender un puente para favorecer el reencuentro de los aprendices y sus acudientes con los instructores (conductores e la formación pedagógico-ocupacional) y equipo de profesionales, lo que desato todo tipo de reacciones positivas entre los participantes.

En segundo lugar la metodología por proyectos bajo la cual los aprendices tienen la oportunidad de apreciar y capturar los elementos más significativos de cada taller; ha resultado ser atractiva en el sentido en que ha logrado, movilizar recursos de participación interesantes entre los diferentes actores (instructores, educadores especiales, terapeutas ocupacionales y aprendices), debido fundamentalmente a los dispositivos didácticos desplegados (Caja de herramientas de trabajo diversificado).

En tercer lugar la rápida adaptación al manejo de las herramientas tecnológicas de aprendices e instructores y equipo de profesionales, ha favorecido el alcance de los objetivos de la formación previstos en cada taller lo que a su vez, ha posibilitado una rápida sistematización de los alcances del proceso en Guías Metodológicas y Formatos de Sistematización Pedagógica.

De esta forma la Institución Maestro Guillermo Vélez Vélez está dando respuesta a los retos de Inclusión Social Educativa de importantes segmentos de la población discapacitada en la ciudad de Medellín.

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Laboratorio en la Universidad Complutense. Álvaro Minguito

La emergencia sanitaria está aflorando la incertidumbre a niveles que hacen tambalear los cimientos de la civilización moderna. Se buscan respuestas rápidas a cuestiones complejas o hasta ahora inexploradas. La sociedad se abraza a la ciencia como en otro tiempo lo hacía a la fe. Pero, ¿realmente está la ciencia preparada para soportar tal desafío?

 

Tras una respuesta dubitativa y la generación de una alarma de consecuencias impredecibles, asistimos a una carrera científica frenética. Las crónicas hacen cábalas acerca de qué laboratorio lleva la delantera sobre la vacuna o qué tratamiento será más efectivo en una enfermedad de certezas exiguas. Ante la amalgama de pronósticos, no se contempla un único plan de choque. Las advertencias de los epidemiólogos, atenuadas antes por la arrogancia, señalan la posibilidad de nuevos rebrotes y confinamientos. Sin embargo, estas consideraciones no tienen cabida en las predicciones económicas e incluso algunos expertos se decantan por atizar a los científicos. Ante tal cantidad de información, el ciudadano no sabe a qué atenerse mientras los defensores de las teorías de la conspiración se frotan las manos.

¿Hay que desconfiar de la ciencia en estos momentos críticos? Más que desconfiar, cabría agarrarse a ella para comprender posibles paradojas en su interpretación y convertirlas en certezas. A pesar de que la emergencia apremia, el espíritu crítico, la prudencia y el rigor fortalecen el análisis. Por el momento la realidad apunta a una tesis: los valores de la sociedad moderna han corrompido una parte del sistema encargado de hacer ciencia. Por suerte, así como el covid-19 está desnudando sus carencias, también está generando multitud de motivos para atisbar un futuro de esperanza.

UNA CIENCIA DESHUMANIZADA

Durante los últimos tiempos, hemos asumido un sistema científico que replica valores nocivos. Aunque la ciencia sea un ente perfecto en su concepción abstracta, los científicos no dejan de ser seres humanos con sus consabidas imperfecciones. Algunos invierten en casas para especular, otros tienen familias a las que apenas conocen o compran objetos que no se han parado a pensar si necesitan. No es de extrañar que el individualismo, la falta de solidaridad, la acumulación de bienes y capital, la inmediatez y la superficialidad a la hora de dar respuestas a problemas complejos tengan su análogo en la ciencia.

Aunque ha sido cuestionado y criticado, hemos asumido que si uno pretende prosperar en el mundo de la academia ha de pasar por el filtro de la publicología. Los artículos son instrumentos que permiten constatar y compartir un avance científico. Sin embargo, el sistema ha invertido el proceso y el descubrimiento científico se ha convertido en un intermediario para otro fin: mejorar el estatus. Entre otras, las consecuencias son la publicación de cantidades ingentes de artículos, el descenso de la calidad y relevancia y la proliferación de prácticas deshonestas.

En una entrevista reciente, Ha-Joon Chang, rostro visible de la economía del desarrollo, bromeaba diciendo que “la forma más segura de destruir el conocimiento es publicarlo en revistas científicas”. Para hacernos una idea, de los dos millones y medio de artículos publicados cada año, se estima que cerca de la mitad no ha sido citado tras cinco años. Entre un 10-20% de los citados, lo han sido únicamente por los mismos autores en otros artículos. Además de publicaciones, la acumulación se extiende a citas, congresos, estancias o proyectos reflejados en currículum vitaes de varias decenas de páginas. En algún momento los investigadores dejamos de ser personas para convertirnos en números que comparar.

Otro de los males de la ciencia moderna es la competición sin límites. Aunque la competición pueda ser un estímulo para la consecución de descubrimientos relevantes —y así pueda ser entendida mediante algunas rivalidades clásicas o frente a emergencias—, la ansiedad por dejar huella puede resultar contraproducente. Tal y como sostiene un estudio de los microbiólogos Fang y Casadevall, la competición científica —entre otras consecuencias— tiene efectos negativos en la creatividad, la salud mental, duplica esfuerzos, reduce la tendencia de los investigadores a compartir información. Además, la hipercompetitividad agranda la brecha existente entre hombres y mujeres. En contraposición, logros como la detección de ondas gravitatorias o la vacuna del ébola apuntan a un modelo cooperativo.

La competición y el afán por publicar están íntimamente ligadas con la precarización de las condiciones laborales, sujetas a las deficiencias en materia de inversión. Sin grandes atisbos de estabilización para los jóvenes, se ha interiorizado la supervivencia mediante sueldos escasos, contratos que más allá de realizar una tesis doctoral no pasan de los dos o tres años. Entendiendo que objetivos y esfuerzos han de ser maleables, se ha normalizado la omnipresencia como método de trabajo, propiciando un estilo de vida diseñado para producir. Sería discutible si esta es una estrategia óptima para atraer talento, teniendo en cuenta que la precariedad se ha estandarizado más allá de las fronteras de la investigación.

Otra de las características que azotan a la ciencia es el cortoplacismo, avivado por la breve duración de los proyectos. La consecución de resultados rápidos ha mermado su rigor, profundidad y originalidad, abonando el terreno para la superficialidad, el inmovilismo y la falta de perspectiva. Precisamente, el aumento de la carga de conocimiento se relaciona con la proliferación de la especialización. Del pensamiento del filósofo Karl Popper subyace la idea de que la especialización implica una desconexión de la realidad, provocando una pérdida de contacto con la gente y su gradual irrelevancia cultural. En estos momentos, donde los conocimientos parecen conectarse con un fin común, las tesis de Popper cobran especial relevancia.

Ante una sociedad que clamaba transparencia, una de las respuestas fue la implementación de una burocratización asfixiante. A pesar de los tímidos avances, nos hemos acostumbrado a que todo el peso burocrático recaiga sobre los investigadores; entregar centenares de documentos para evaluaciones y solicitudes de trabajo o financiación. Mientras tanto, en otros países la tarea se descarga agilizando trámites o mediante secretarías.

La presencia y la valoración de la ciencia en una sociedad hiperestimulada siguen siendo minoritarias. Por fortuna, parte de la comunidad ha entendido la necesidad de manifestarse y comunicarse de forma clara. A pesar de loables esfuerzos en materia de divulgación y la entrada de científicos en las redacciones de medios de comunicación, sigue existiendo una fisura a la hora de explicar el papel de la ciencia. Titulares como “Las matemáticas ayudan a operar el cáncer con éxito” ilustran la desconexión. Ante la falta de liderazgo e influencia social, dicha disociación se acentúa en el ámbito político. Una pequeña intuición: en la Comisión de Ciencia, Innovación y Universidades del Congreso de los Diputados, los científicos son minoría en detrimento de los formados en derecho.

Todos estos factores, junto a la arrogancia y la falta de honestidad para asumir errores, han establecido un caldo de cultivo peligroso para afrontar con garantías los efectos de la epidemia. A modo de estéril consuelo, desde otros países también entonan  discursos de autocrítica, sugiriendo que las miserias del sistema científico puedan ser globales. Varios de los factores mencionados anteriormente tienen su análogo en el sistema económico, tal y como señalaba Noelia Sánchez en un brillante artículo. La transversalidad de los diferentes análisis apuntan a la misma raíz del problema: un sistema que ha devorado al ser humano.

EL COVID19 DESNUDA LA REALIDAD DE LA CIENCIA

La aparición del virus ha removido los cimientos de la ciencia, así como su impacto. Mientras algunos investigadores han preferido instalarse en la posición del “yo ya dije” o seguir con sus rutinas de trabajo con la única novedad de hacerlo desde casa, otros han orientado o intensificado sus esfuerzos hacia los diferentes retos que supone la crisis. En esta última tesitura los compañeros de La Paradoja de Jevons señalaban recientemente el aumento de la presión hacia los investigadores, además de la proliferación de la necesidad de dejar huella en forma de publicología o fotografías.

Esa necesidad se acentuó durante los primeros días de cuarentena. Los medios y los expertos se lanzaban a arrojar luz, induciendo mayor confusión en algunos casos. Entre las informaciones que se hicieron viral, sorprendió una: “Un estudio de matemáticos valencianos sitúa el pico de la pandemia a finales de mayo con 800.000 infectados”, contradiciendo la lógica de haber endurecido el aislamiento. La estimación, basada en un modelo teórico, contaba con una dificultad insuperable: predecir el comportamiento humano. Los titulares y su difusión fueron objeto de amplio consumo, comprometiendo la posterior confianza en el trabajo científico. También quedarán para el recuerdo las directrices del Colegio Oficial de Biólogos de Canarias del 9 de marzo, que apuntaban a que la emergencia eran frutos de la “alarma desmedida y el miedo injustificado”.

La competición tampoco ha faltado a su cita con el covid-19. Distintas administraciones públicas y fundaciones privadas destinaron varios fondos para investigación. Dicha oportunidad no pasó desapercibida, suscitando la atención de propios y extraños. Solo en la Región de Murcia, solicitaron proyecto más de 40 grupos; mientras que el programa CaixaImpulse ha recibido 349 solicitudes para un total de quince proyectos disponibles, diez veces más que en otras convocatorias. La decisión de escoger las mejores propuestas no se antoja sencilla, levantando recelos entre los expertos.

Mientras tanto, la población se muestra expectante ante la llegada de un milagro que convierta a la emergencia en una pesadilla pasada. Hace poco, el escritor Juanjo Millás y el periodista Javier Del Pino se lamentaban por el pesimismo de las novedades científicas, en referencia a la influencia de las condiciones climatológicas sobre el virus. Esta insignificante anécdota ilustra el salto entre esperanza y realidad, acrecentado por un fenómeno tan complejo. Los ciudadanos están en su derecho de desesperar por desconocer los tiempos o frustrarse al constatar que el conocimiento humano puede ser insuficiente para ofrecer respuestas. De nuevo, emerge la necesidad de colaboración entre medios y ciencia con el objeto de llegar a todos los rincones de la sociedad. 

Otra de las carencias desnudadas es la falta de sintonía entre científicos y políticos, debido en parte a los insuficientes mecanismos de asesoramiento. En este sentido, la viróloga Margarita del Val se quejaba de la actitud de los asesores designados por el Gobierno: “Se ha formado un comité de expertos, pero en España hay especialistas de todo tipo y la ciencia puede aportar mucho más de lo que puedan decir un grupo concreto de personas”. Si tenemos en cuenta que según el sector científico las prioridades varían y las respuestas divergen, parece complicado que los gobernantes puedan tomar decisiones consensuadas y, mucho menos, que estas cuenten con el suficiente respaldo.

MOTIVOS PARA LA ESPERANZA

A pesar de la incertidumbre y de la complejidad de la crisis, cada día hay más razones para albergar esperanza. No en vano, Albert Einstein sostenía que “la crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos”.

En pocos días hemos constatado como los resultados de los laboratorios se aplican en centros sanitarios o en las medidas de prevención. De entre los cientos de avances, se han establecido protocolos que optimizan tiempo y recursos en la detección; un árbol genealógico de la propagación del virus a través de la plataforma colaborativa Nextstrain; o los proyectos internacionales Covid Human Genetic Effort (COVIDHGE) y The Covid-19 Host Genetics Initiative, que tratan de identificar variantes genéticas influyentes en el desarrollo de la enfermedad.

Desde el CSIC se ha lanzado una apuesta por la colaboración y la trasmisión de conocimiento bajo la plataforma Salud Global, que engloba a más de 150 grupos. Por su parte, la OMS ha encabezado el ensayo clínico Solidaridad, el cual aglutina equipos de setenta países con el fin de lograr un tratamiento. Ana María Henao, responsable de Solidaridad, destacaba en una entrevista que “la colaboración está siendo clave. Se están intercambiando información de los progresos, de los errores y de las estrategias más efectivas”. También el covid-19 ha intensificado la cooperación entre el sector público y el privado, aunque falta saber en qué se traducirá. “Desde la vacuna de la viruela nunca ha habido tanta colaboración”, declaraba Luis Jodar, director del área de vacunas de Pfizer.

Además de Margarita del Val o Ana María Henao, cada vez son más familiares los nombres de científicos como Luis Enjuanes, Salvador Macip, Oriol Mitjà, Antoni Trilla, en detrimento de la popularidad de futbolistas, famosos de realities o instagramers. La ciencia se ha convertido en la fuente principal de noticias y se encuentra en un momento histórico para recuperar su prestigio y trascendencia social.

EL FUTURO PASA POR UNA CIENCIA MEJOR

Además de terapias y vacunas, a corto plazo gran parte de los esfuerzos se destinarán a temas relacionados con el covid-19: estudios genéticos, mejora de equipamientos sanitarios, desarrollo de sistemas de prevención y detección, predicción de propagaciones y consecuencias, inclusión de sistemas tecnológicos…

Sin embargo, los retos que se atisban en el horizonte van más allá. La ciencia no sólo ha de centrarse en problemas puntuales, sino que en su discusión deberá afrontar retos más globales y transversales. Uno de ellos es el equilibrio entre el humano y su entorno natural, dejar de hablar de salud humana para hacerlo de salud planetaria. En este sentido, contener el cambio climático y ofrecer vías para un desarrollo sostenible que encauce el sistema económico se antoja el mayor de los desafíos. Ninguna disciplina quedará al margen, desde las ciencias más básicas hasta las sociales, incluyendo en la ecuación a la digitalización. La concienciación y valoración de una ciencia solidaria y amplia será imprescindible, situando al conocimiento como verdadero motor de cambio.

El lector que haya llegado hasta aquí habrá advertido que este artículo apenas habla de ciencia, centrándose en los humanos que la rigen. Por supuesto, el autor no está exento de los males que aquí señala, pudiendo incurrir en generalidades, vaguedades o contradicciones. Ningún ser humano puede ofrecer toda la perspectiva, pero sí ayudar a construir perspectivas comunes. Sería recomendable ser escéptico con las conclusiones sin un riguroso y cauto debate. Es así como se han levantado las teorías más sólidas.

Se repite el mantra de que la cuarentena es idónea para parar y replantearse todo, empezando por nosotros y siguiendo por nuestro entorno. Quizá sea momento de asumir errores y renfocar carreras, ampliar las miras para reconectarnos con la realidad. Volver a la senda del debate colectivo y la solidaridad, de ser honestos con nuestros esfuerzos y resultados, de pensar en grande en lugar de aislarnos en nuestras burbujas. Sólo así volveremos a orientar la ciencia hacia su fin: comprender el mundo para dar respuestas.

Por Rafalé Guadalmedina

29 abr 2020 05:00

Eliane Piaggio, científica del Instituto Marie Curie.Abajo: Equipo de científicos del Instituto Marie Curie  ________________________________________ Imagen: Instituto Marie Curie

Cuenta cómo se encuentra hoy la investigación sobre el virus, cuál es el rasgo que lo hace tan impenetrable y la trascendencia que ha tenido el confinamiento.

Duro como una roca, volátil y mutante, el coronavirus mantiene a la comunidad científica internacional sumida en una carrera contra varios relojes. Más allá del oprobio de la batalla de egos que protagonizan algunos científicos europeos, de la irresponsabilidad criminal de unos cuantos dirigentes del mundo, de las controversias desmedidas que rodean la pertinencia de las medidas adoptadas por los Estados más responsables, de las intervenciones públicas de intelectuales papanatas y políticos sin vergüenza ni cultura, la ciencia trabaja en silencio, concentrada en su misión racional de dar con la molécula que neutralizará el virus. Miles y miles de investigadores a través del mundo consagran cada minuto de sus neuronas a salvar una humanidad angustiada, enferma y al bordeo del colapso. La doctora argentina Eliane Piaggio es uno de los frentes más destacadas de esa línea de combate que tiene a la ciencia como único interlocutor verosímil. Responsable del equipo TransImm de Inmunoterapia Translacional en el Instituto Marie Curie de París, la doctora Piaggio se especializó en la lucha contra el cáncer mediante protocolos novedosos y menos violentos que la quimioterapia, es decir, la inmunoterapia. Doctora de la Facultad de Ciencias Bioquímicas y Farmacias de la Universidad Nacional de Rosario, Eliane Piaggio es una de las científicas argentinas más importantes del mundo y, hoy, una pieza esencial del inmenso mecanismo que se ha puesto en marcha para neutralizar el coronavirus.

En esta entrevista con Página/12 realizada en París, Eliane Piaggio puntualiza, paso a paso y con la narrativa racional y didáctica de un científico, en qué estado se encuentra la investigación sobre el virus, cuál es el rasgo de su identidad que lo hace tan impenetrable, al tiempo que detalla la trascendencia que ha tenido el confinamiento como una de las estrategias contra el coronavirus.

--El público cree que la ciencia y los grandes laboratorios ocultan los descubrimientos cuando, en realidad, se está ante lo que podría tal vez denominarse un enigma. Hay un río de fakes y teorías del complot que fluyen por todas partes. Para que todo sea más claro: ¿cuál es la identidad de esta pandemia, ¿qué la hace tan difícil de erradicar?

--La respuesta es muy fácil: no se sabe. Por eso hay tanto lío. Llega un momento en que tenemos que ser humildes y aceptar que desconocemos cómo va a evolucionar esta enfermedad. Todavía no la terminamos de entender. También hay que pensar que cuando empecemos a comprender el virus puede mutar, para bien o para mal. Queda mucho por saber acerca de la interacción entre el virus y el ser humano. Esto es lo que complica no poder erradicarlo. Cada vez tenemos más respuestas, pero también tenemos más preguntas. Los medicamentos funcionan, pero ninguno es súper eficaz, no sabemos si cuando los enfermos están curados siguen contagiando, si una vez curados los anticuerpos los protegen, ni tampoco sabemos por cuánto tiempo. Una vacuna, por ejemplo, ¿acaso va a generar los buenos anticuerpos? No sabemos. Lo que hace muy difícil entender la identidad de esta pandemia y la dificultad para erradicarla es que, a diferencia de otros coronavirus, el SARS-CoV-2 se transmite durante la fase de incubación, cuando las personas no tienen síntomas y no saben que están infectadas. Los otros virus se transmiten cuando los pacientes ya tienen síntomas. Por ello faltan las herramientas para poder erradicarlo.

--Viviremos entonces con su amenaza durante un buen tiempo.

--Por ahora sí estamos expuestos de forma permanente. Pero también hay que pensar que debemos ser proactivos, es decir, tener políticas que nos ayuden a encontrar la salida. Esto quiere decir contar con un tratamiento eficaz y la inmunidad de grupo. Para lo primero hay que descubrir una droga que disminuya la carga viral para que los pacientes sufran menos, contaminen menos y se los pueda curar. La inmunidad de grupo se va a lograr cuando estemos todos infectados, los que sobrevivamos, o cuando se logre desarrollar una vacuna que nos haga inmunes. Esto se apoya en todo el espectro de la ciencia: la ciencia social, epidemiológica, básica, aplicada, académica, médica, industrial, investigación clínica. La respuesta vendrá de ahí.

--En qué dirección se está llevando a cabo la búsqueda de una vacuna o un tratamiento sabiendo que aún se está en una fase de multi exploración.

--Hasta que se encuentre un tratamiento específico para la Covid-19 lo que se hace es el reposicionamiento de medicamentos que ya existen, y ello con dos objetivos. Uno es estudiar el virus, o sea, antivirales, y el otro es controlar la respuesta inflamatoria exacerbada. En más o menos el 10 o 15% de todos los pacientes infectados se constató un desarrollo de una inflamación exacerbada que es contraproducente. Esos son los tratamientos en curso: o se inhibe el virus con un antiviral o se trata la respuesta inflamatoria exacerbada. Por consiguiente, lo que se está haciendo en Francia es lo que se hace en Europa. Es de destacar el estudio clínico europeo “Discovery” que evalúa 4 tratamientos experimentales contra el Covid-19. Dentro de este programa a los pacientes se les proponen distintos tratamientos que van desde el antiviral que se suministra para el Ebola, otro que se suministra contra el VIH o la famosa hidroxicroloquina. Hay otras cositas nuevas que se manejan pero, de todas formas, no hay muchas opciones. No se le puede dar cualquier cosa a los pacientes. Estas son las drogas disponibles y las posibilidades de tratamiento.

--En qué medida su propia disciplina, la inmunología, alimenta las investigaciones en torno a los tratamientos.

--El virus interacciona con el sistema inmune, que es el que nos ayuda a sacarnos de encima el virus. La inmunología está muy ligada con la respuesta antiviral. En el campo de la inmunología debemos entender la relación entre el virus y el sistema inmune. Se hacen investigaciones fundamentales que luego se aplican. Hay gente, como el Instituto Pasteur, que trabaja con los virus de antes. El resto de los inmunólogos no empezamos de cero. Tratamos de aplicar el conocimiento y la experiencia que cada equipo desarrolla en otros temas a una pregunta asociada al coronavirus. Hay estudios observacionales, que se basan en los pacientes sin intervenir, estudios mecanísticos en los cuales desarrollamos modelos que nos permitan modular algunas variables para entender cuál es el mecanismo de acción por el cual el sistema inmune puede eliminar el virus. Luego hay otros tipos de estudios que están directamente orientados a desarrollar nuevas terapias. Por consiguiente, para encontrar nuevas terapias primero se trata de identificar cuál sería el blanco: si es una proteína del virus o si es el receptor que está en las células humanas y por donde ingresa el virus. Para ello, se trata de desarrollar anticuerpos que neutralicen esa interacción y, también, encontrar una vacuna para estimular al sistema inmune del huésped y proporcionar una protección activa contra la infección. Eso es lo que estamos haciendo en el Instituto Curie: estudiar la respuesta inmune de los pacientes y ver si podemos encontrar nuevos tratamientos, incluyendo el desarrollo de una vacuna.

--Hay tres temporalidades que se cruzan en este momento: la científica, la política y la crisis sanitaria. A ellas se le pegan las confrontaciones ideológicas, la pugna entre intereses y, como se ha visto en Francia, el ego de algunos científicos.

--Cada una tiene sus tiempos, pero todos estamos apurados. El problema radica en que, en la ciencia, las respuestas no se obtienen de un día para otro. Es como le pasó a Pasteur: uno está toda una vida trabajando para encontrar una cosita. Hay que formar, formarse, encontrar cuál es la buena hipótesis de trabajo y después es todo un proceso largo y engorroso donde hay que obtener los subsidios, generar los útiles de trabajo, tener acceso a la tecnología con la cual queremos responder a las preguntas, analizar, interpretar, reproducir y publicar los experimentos. Después tratamos de aplicarlos adaptándolos para que puedan ser utilizados en el ser humano. Y todo esto siempre y cuando los científicos sobrevivamos a una innumerable cantidad de trabas administrativas, regulatorias. Pero todo lo que se pueda hacer aporta, no importa la grandeza del estudio. A veces, los estudios chiquititos aportan la parte inventiva y la solución. Los científicos de todo el mundo, mis colegas argentinos, tenemos la posibilidad de hacer cosas.

--El confinamiento ha desatado igualmente una controversia mundial, que incluso implicó a científicos y, hace poco, hasta circuló una carta firmada por las derechas liberales y promovida por Mario Vargas Llosa en defensa de un casi no confinamiento. Entonces, ¿cortar el flujo humano de la circulación frena realmente la expansión del virus?

--El confinamiento desacelera la expansión del virus. El problema es que acá no hay mucho que discutir. La realidad es arrolladora: los países que no se confinan tienen una cantidad de infecciones que aumenta de forma exponencial y es imposible de dominar. Repito: no hay otras opciones. A falta de test diagnósticos que nos permitan aislar a los portadores y controlar así la diseminación, a falta de material de protección, no hay máscaras ni soluciones hidroalcohólicas, ni protecciones descartables para los médicos, en suma, sin eso no queda otra más que el confinamiento. Lo que hay que hacer es evitar que se saturen los hospitales para que todos los enfermos tengan acceso a los respiradores y a los cuidados intensivos. Si no hubiese habido este confinamiento habríamos pasado aún más situaciones, como las que ya pasamos, donde los médicos tenían que elegir a quién le daban el oxígeno y a quién ponían en terapia intensiva. El confinamiento no se discute, no es bueno ni malo, no hay otra opción. El confinamiento es la única arma para actuar. El confinamiento nos da un poco de tiempo para equipar los hospitales, poner a punto los test diagnósticos para aislar a las personas, sobre todo las asintomáticas que siguen diseminando la enfermedad, esperar los resultados de los estudios clínicos que nos van a decir qué tratamiento es el adecuado, encontrar un antiviral que baje la carga viral. Ahora vamos a comenzar a desconfinar y espero que con todo esto que hemos aprendido el rebote que va a venir con el desconfinamiento nos encuentre mejor parados frente a la infección. Pero para ello hay una condición: cuando nos desconfinemos hay que respetar la distancia social y los gestos barrera. De lo contrario será de nuevo el caos.

--Usted cree, como lo sugieren muchos sectores, que el tratamiento o la vacuna, si se descubre, debería ser como una suerte de patrimonio de la humanidad, es decir, quedar fuera de las especulaciones de los laboratorios.

--¡Espero que sea así! Claro, después la realidad es otra y no sé cómo vamos a hacer. Eso sería lo ideal pero no sé cómo se cambia todo un sistema neoliberal en el cual los intereses económicos están por encima de las personas. Los Estados aquí tienen que asumir un papel importante.

--El sistema multilateral sanitario ha sido un fracaso total. La Organización Mundial de la Salud (OMS) no cumplió con su propósito.

--La OMS debió cumplir ese rol de regulador y coordinador y no lo hizo. Hay que volver a pensar la gestión global de estas crisis sanitarias, no hay dudas sobre ello. Estamos frente a un gran fracaso, ante la evidencia de que la gestión de la OMS ante la Covid fue errónea. Estamos en una situación desastrosa que se sigue deteriorando. La OMS es como un dinosaurio y hay que renovarlo. Debe existir un ente regulador, pero no como este. Los Estados deben también desempeñar un papel mayor que integre la gestión sanitaria, la gestión científica, económica y social.

--En la Argentina el presidente Alberto Fernández tomó rápidamente medidas para confinar el país. Al mismo tiempo, la comunidad científica trabaja intensamente con los medios de que dispone.

--Para la ciencia argentina no es el mejor momento. Pasamos de la creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología, donde hubo un repunte en la ciencia argentina, a lo que ocurrió después cuando se vino abajo. La ciencia está atada de pies y manos, pero los científicos argentinos son extraordinarios. Tienen un nivel único de inventividad y una capacidad extraordinaria para salir adelante. Yo colaboro mucho con los científicos argentinos. Para mí es una forma de devolver al país lo que el país me dio a mi para estar en donde estoy. Hacer ciencia ya es complicado en los países desarrollados, imagínese lo que es hacerlo en la Argentina donde la ciencia tiene que sobrevivir a un viacrucis. Pero esto no descalifica nada de lo que pueda salir de la Argentina. Todo lo que se pueda hacer tendrá un impacto enorme. 

Coronavirus en Estados Unidos: El miedo de Kissinger

El ocaso del Imperio americano

Hace muchos años que se pronostica el ocaso inevitable de la supremacía norteamericana. Pero ¿cómo probarlo? Muchos argumentos parecían nacidos más de una expresión de deseos que de una posibilidad real. Hoy, ya no hay dudas. Estrategas como Henry Kissinger, político clave en la construcción del imperio y experto como pocos en los laberintos del poder, reconocen el irremediable fin de la hegemonía estadounidense.

Las postales dramáticas que el Covid-19 está sembrando en distintas partes del territorio norteamericano confirman esa hipótesis. Y no por las altísimas cifras de muertos, ni por la imperdonable falta de insumos básicos en un país de semejante riqueza, ni por la deficiencia y crueldad de su sistema de salud pública. Estas no son más que consecuencias del capitalismo salvaje que tienen muy sin cuidado al establishment mundial, partidario, como se sabe, del darwinismo social y la sobrevivencia de los ricos.

En su último artículo “La pandemia del coronavirus va a alterar para siempre el orden mundial”, publicado el pasado 3 de abril en el diario The Wall Street Journal, Kissinger expresa abiertamente sus dos grandes temores. Después del Covid-19 ¿se podrán “salvaguardar los principios del orden mundial liberal”? “Un país dividido como Estados Unidos ¿será capaz de liderar la transición al orden posterior al coronavirus?”

No por casualidad, el texto comienza añorando aquel “lejano tiempo” del Plan Marshall y el Proyecto Manhattan los programas que, justamente, permitieron a EEUU catapultarse como potencia mundial en la segunda mitad del siglo XX. El primero de auxilio para el crecimiento de Europa Occidental y el segundo para el desarrollo de la bomba atómica.

El contraste con la actualidad se hace patente. A diferencia de entonces hoy EEUU no puede ofrecer, al resto del planeta, ningún ideal civilizatorio salvo la depredación financiera y medioambiental. En plena crisis de coronavirus, carece de líderes capaces de hacer buenos diagnósticos y, por lo tanto, de una voz autorizada que proponga una salida colectiva. Lo que percibe Kissinger es la pérdida, incluso, de esa fuerza simbólica, propia de los liderazgos, que durante décadas hizo creer al mundo que los norteamericanos eran los únicos capaces de resolver el caos.

Ahora, países demonizados (y rivales) como Rusia y China tiene que asistir a EEUU y ¡¡el presidente Donald Trump en persona –no por twitter- tuvo que salir a agradecerlo!!

Kissinger, cómplice de tantos genocidios, apunta al corazón del dilema. El imperio se edificó en “la creencia de que sus instituciones pueden prever calamidades, detener su impacto y restaurar la estabilidad. Cuando termine la pandemia de Covid-19, se percibirá que las instituciones de muchos países han fallado”, escribió. “La prueba final será si se mantiene la confianza pública en la capacidad de los estadounidenses para gobernarse a sí mismos.”

Sin ser explícito, el estratega de 96 años, admite el fin de la supremacía y baraja, como mal menor, un co-gobierno mundial donde EEUU mantenga alguna voz. La “agitación política y económica que ha desatado el virus podría durar generaciones y ni siquiera EEUU puede hacerlo solo. Debe combinarse una visión y un programa de colaboración global”, arriesga. Entretanto existe un enorme peligro.

El intento de ocultar el derrumbe imperial –como parece estar haciéndolo el presidente Donald Trump en estos días- puede adoptar formas criminales. En medio de una catástrofe pandémica sin precedentes, el Pentágono anunció el lanzamiento de una peligrosa operación militar contra Venezuela, que se suma al severo bloqueo que ya sufre ese país por parte de EEUU y sus aliados.

Si el invento de proclamar a Juan Guaidó como presidente trucho fue acompañado por 50 de los 200 países que hay en el mundo, esta aventura, según cifras de EEUU, cuenta con el aval de apenas 20 naciones. Un acto de bravuconería que no hace más que confirmar el ocaso del liderazgo norteamericano y que fue duramente criticada por Rusia el pasado 9 de abril. “Después de estudiar el contenido de la iniciativa de Washington –dice el comunicado de la cancillería rusa- creemos que no merece una respuesta seria”.

El texto de Kissinger es un llamado desesperado a los dueños del mundo por temor a que algo se vaya de las manos. Nos toca al resto, a los países poderosos y no tanto, ser campo de contención al pánico del establishment global. Es hora de defender, hasta las últimas consecuencias, los principios de paz, humanismo y no injerencia. Es la hora de la cordura.

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Elizalde llamó a la creación de espacios de resistencia frente a tales estrategias de dominación en el ámbito digital. Foto: Cubaperiodistas.

La misión de las nuevas generaciones en América Latina es lograr la soberanía tecnológica, afirmó el catedrático español Ignacio Ramonet durante un debate en el Pabellón Cuba, en La Habana.

El doctor en Semiología e Historia de la Cultura disertó sobre el colonialismo 2.0 y los desafíos de la izquierda latinoamericana junto a la periodista e investigadora cubana Rosa Miriam Elizalde, quien abordó el surgimiento e impulso de internet y su progresión desde el entorno militar hasta el contexto universitario y civil.

Ramonet recordó que Fidel Castro fue uno de los primeros que entendió la importancia de internet y dispuso en Cuba la fundación de la Universidad de Ciencias Informáticas para el desarrollo de una ciencia y tecnología nacionales.

Internet nos plantea, por una parte, el enfrentamiento cultural y la presencia activa en el ciberespacio, que ocupa todo un universo simbólico, económico y cultural, liderado por grandes potencias, las cuales pujan por ese territorio digital, puntualizó.

El autor de El imperio de la vigilancia señaló que el colonialismo digital de Estados Unidos limita el ascenso de otros países e industrias cuyos contenidos pueden seducir a las grandes masas y citó los múltiples intentos para frenar a la empresa china Huawei.

Igualmente, reconoció varios ejemplos que demuestran la carrera de Corea del Sur por lograr la descolonización, entre estos, la expansión de la cultura K pop, los doramas y producciones como la multipremiada cinta Parásitos, ganadora del premio Óscar a la mejor película.

Por su parte, la doctora en Ciencias de la Comunicación Rosa Miriam Elizalde mencionó cifras relevantes para la región latinoamericana, señalada como la más dependiente en términos de infraestructura, plataformas y contenidos estadounidenses; en tanto, precisó que el 90% de todo el tráfico de datos del continente pasa por servidores de la superpotencia norteamericana.

Destacó, además, la expansión simbólica del imperio norteamericano, cuyos contenidos, estructuras y mensajes monopolizan la red de redes, devenida territorio ideal para la ciberguerra, el espionaje y la manipulación.  “El totalitarismo estadounidense utiliza este escenario para reforzar sus apetencias coloniales”, aseguró.

Las naciones latinoamericanas ocupan el ranking entre los diez países que consumen más tiempo en las redes sociales, el 81% de los jóvenes del continente utilizan regularmente Facebook y el 50% de las personas que carecen de agua potable o no acceden a los servicios básicos tienen perfiles en alguna red social norteamericana, según estudios recientes del Banco Interamericano de Desarrollo.

La también vicepresidenta de la Unión de Periodistas de Cuba describió el actual panorama regional sujeto a ser el polígono de prueba en el contexto digital con ejemplos como Bolivia, donde se crearon 6 000 cuentas falsas a través de la inteligencia artificial para generar la percepción de un supuesto respaldo al reciente golpe de Estado.

En consecuencia, Elizalde llamó a la creación de espacios de resistencia frente a tales estrategias con ejemplos como Venezuela y Argentina, que han demostrado la posibilidad, desde la izquierda, de enfrentar a la gran maquinaria de manipulación de la derecha.

Creado en 2013, el espacio Dialogar Dialogar es una plataforma para el debate con las nuevas generaciones en la nación caribeña y rinde homenaje a su inspirador, el intelectual cubano Alfredo Guevara, reconocido por sus ideas y capacidad para polemizar con los jóvenes.

20 febrero 2020 

(Tomado de Cubaperiodistas)

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“No se necesita ningún amparo religioso para que existan los derechos humanos”

ENTREVISTA | ELIZABETH ODIO BENITO, PRESIDENTA DE LA CORTE IDH

Elizabeth Odio Benito será la segunda mujer en presidir la Corte Interamericana de Derechos Humanos en sus cuatro décadas de existencia. "Hay un retroceso grande en derechos humanos",

Elizabeth Odio Benito (Puntarenas, Costa Rica, 1939) será a partir del 1 de enero la segunda mujer en presidir la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) en sus cuatro décadas de existencia. Esta abogada costarricense, única juez en la actualidad de este tribunal internacional, tiene 80 años y pide decir su edad, orgullosa de su larga carrera como profesora, política y jurista internacional.

Declarada feminista desde hace años, Odio presidirá la Corte en un momento en el que el rechazo a la violencia contra la mujer saca a las calles a miles de personas en América Latina. Mira ahora la evolución de los derechos de la mujer y recuerda aquellos años en los que fue ministra de Justicia (1978-1982 y 1990-1994) o vicepresidenta de la República y responsable de Ambiente (1998-2002) cuando ni siquiera habían salido al debate público muchas de las demandas actuales. También ha sido juez de la Corte Penal Internacional (2003) y del Tribunal Penal para la antigua Yugoslavia (1993-1998), donde imprimió su pensamiento feminista a favor de mujeres en situación de guerra.

Hija de maestros, descendiente de inmigrantes cubanos y españoles, y aficionada al fútbol; Odio defiende, sobre las protestas en Chile, que los modelos económicos que privilegian a ciertos sectores y deprimen a otros llegan a un momento en el que los más castigados protestan.

Pregunta. Usted es la segunda mujer que preside la Corte IDH en 40 años, y solo la quinta juez entre 34 varones que ha tenido este tribunal. ¿Qué mensaje quiere dar esta institución al elegirla presidenta?

Respuesta. Esta Corte tiene como misión proteger los derechos humanos de todos y todas y luchar por los principios de igualdad y no discriminación. Lo ha hecho muy bien, pero los gobiernos son los que proponen a los candidatos para integrar la Corte y casi todos han sido hombres. Ha sido una discriminación aberrante, pero es indudable que la Corte da mucha importancia al contexto de lo que ocurre en América Latina. Hace 40 años, cuando nació, había dictaduras militares que violentaban los derechos humanos de manera atroz y la Corte fue sacando la tarea, pero ahora enfrenta un momento delicado. Hay revueltas sociales en muchos países de América Latina y se nota malestar de las sociedades al no sentir satisfechas las obligaciones de los estados de respetar los derechos civiles y políticos, y también los económicos, sociales y medioambientales. Este es un continente muy violento y el más desigual del planeta, lo que se refleja en cada país, incluida Costa Rica. La gente está muy insatisfecha y en ese contexto yo empiezo mi presidencia en la Corte.

Pregunta. También es un momento diferente para el movimiento feminista.

Respuesta. Creo que mi militancia feminista, conocida así desde hace muchos años, influyó positivamente en la decisión de mis colegas. Creo que ellos pensaron que era buen momento para que una mujer que ha dedicado su vida a los derechos humanos de las mujeres, y especialmente de las mujeres en situación de pobreza y violencia, asumiera la presidencia. Creo que pesó positivamente.

Pregunta. ¿Cómo explica que Un violador en tu camino se haya extendido por el mundo?

Respuesta. Eso nos dice que la violencia contra las mujeres, especialmente la sexual, se ha convertido en una pandemia, como dijo una vez el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. No es una epidemia, es una pandemia, una situación dramática que ocurre en todos nuestros países y en nuestros hogares. Cuando ese tipo de protestas se viralizan, es porque hay una sensación en las mujeres de todas las edades y en muchos hombres de que hay que denunciarlo y poner un remedio a esta atrocidad.

Pregunta. ¿Cómo explica el impulso que han tomado corrientes políticas conservadoras de la mano de organizaciones religiosas?

Respuesta. Hay un punto esencial: los derechos humanos no son una religión ni están vinculados a ninguna religión. Son una ética laica y tiene que ver con derechos fundamentales que desde milenios se atribuyen a las personas por ser tales. No se necesita ningún amparo religioso para que existan los derechos humanos ni para el derecho internacional que los protege. Si así fuera, no se reconocerían los derechos humanos para las mujeres, como ocurre entre los musulmanes extremistas, aunque no son los únicos. Confundir derechos humanos con religión es un error garrafal.

Pregunta. Pero muchos cometen esa confusión.

Respuesta. Y la están cometiendo a sabiendas. Por eso es tan importante impulsar los derechos humanos en la educación formal y en nuestros hogares.

Pregunta. Hay varias tendencias políticas que pretenden mezclar religión y política. ¿Supone un retroceso en derechos humanos?

Respuesta. La línea de progreso en derechos humanos no va siempre hacia adelante. Hay épocas en las que hemos ido para atrás. Cuando uno ve lo que ha ocurrido con el cambio climático por responder a intereses políticos y económicos de ciertos sectores, se da cuenta de que eso mismo se replica en todos los órdenes. En los derechos de las mujeres, de la población afrodescendiente e indígenas, la niñez… ¿Por qué estamos como estamos con la trata de personas y con la esclavitud? Hay países en nuestro continente en donde hay trabajo esclavo. Tuvimos una sentencia en diciembre de 2016 que comprobó cómo se daba esa esclavitud en una serie de regiones de Brasil. Hay trata de mujeres, de niños o de migrantes. Hace unos años se recibía a los migrantes y ahora se les cierran las puertas. Hay un retroceso grande en derechos humanos, pero en general en principios como la solidaridad, la empatía y la equidad en las relaciones humanas.

Pregunta. El 66,5% del presupuesto anual de la Corte proviene del fondo regular de la Organización de Estados Americanos, el 7% de aportes de los Estados miembros un y 26%, de cooperación externa. Una manera de golpear a la Corte es la presupuestaria. ¿Ha podido mejorar su situación financiera?

Respuesta. La Corte IDH siempre ha sido pobre y nos damos cuenta de que lo económico es un mecanismo perverso que usan unos gobiernos que no creen en la globalidad de los derechos humanos para limitar poco a poco a este tribunal. Nosotros seguiremos trabajando con el presupuesto que tengamos, pero hay programas que se pueden ver limitados, como las capacitaciones de autoridades judiciales en los países y las visitas al terreno. Muchos gobiernos sí son generosos y han dado el financiamiento y seguirán dándolo. 

Pregunta. Hablaba usted al principio sobre las protestas sociales en este último trimestre y en algunos casos ha participado el ejército. ¿Cómo evalúa su actuación?

Respuesta. No cabe la menor duda de que ha habido problemas muy serios por el uso de la fuerza por parte de los órganos de vigilancia y también de los ejércitos. Eso ha motivado la preocupación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y de la oficina de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de Naciones Unidas, entre otras organizaciones internacionales. Los informes de estas instituciones deben ser enviados a los Gobiernos para que tomen nota y corrijan lo necesario. Yo frente a esto solo puedo externar preocupación; no corresponde a los ejércitos gobernar a los países de ninguna manera. Cuando lo han hecho, los resultados han sido muy negativos. Obviamente la circunstancia de que en mi país no haya Ejército demuestra que es posible vivir en democracia y en derechos humanos sin tener fuerzas armadas.

Pregunta. Chile era un país aplaudido por sus logros económicos y democráticos. ¿Cómo se explica lo que pasa ahora?

Respuesta. Mi interpretación personal, que no puede ser atribuida a esta Corte, es que estos modelos económicos que privilegian a ciertos sectores y deprimen a otros llegan a un momento en el que los que tienen más carencias protestan. En el caso de Chile fue una explosión de una situación que se venía sintiendo tensa desde hacía tiempo y que reaccionó en cadena después de ese aumento en el pasaje del metro. Es una protesta legítima que nada tiene que ver con el vandalismo; lo que pasa es que cuando esto ocurre siempre hay vándalos que se aprovechan, como pasó en Chile, Bolivia y Colombia.

Pregunta. ¿Ve un elemento común que explique lo que pasa en varios países más allá de la insatisfacción popular?

Respuesta. Cada país tiene factores propios e historias propias. Colombia ha vivido una guerra civil muy larga y prolongada y eso deja muchas marcas y daños en el tejido social. Eso es muy diferente a lo que pudo pasar en Bolivia o Chile. Casa país tiene sus particularidades y por eso las protestas son diferentes, aunque es indudable que los grupos ven lo que se hace en un país y piensen que en su país también se puede hacer.

Pregunta. ¿Es realista pensar en un aumento en la cantidad de estados que reconocen la jurisdicción de la Corte IDH [ahora son 20 de los 25 que suscribieron la Convención Interamericana, aunque la OEA tiene 35 miembros]?

Respuesta. Yo pertenezco al gremio de las optimistas, porque si no, no hubiera hecho nada de lo que hecho. Sí creo que la seriedad con que la Corte enfrenta sus tareas hará que más Estados suscriban el Pacto de San José [la convención americana sobre derechos humanos aprobada en 1969 por al OEA] o que reviertan la decisión de salirse.

asegura

Por ÁLVARO MURILLO

San José (Costa Rica) 12 DIC 2019 - 16:03

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