¿Cuál es el verdadero significado de la política de “prosperidad común” en la China de Xi Jinping?

Xi Jinping, jefe de la burocracia de Pekín, ha encendido la señal de alarma llamando la atención de los factores de poder en China, y en el mundo. La prensa extranjera se apresuró a colorear sus últimas declaraciones en nombre de la estabilidad social y política: pidiendo la regulación de los altos salarios y patrocinando la noción de “prosperidad común” nacional. Los medios de comunicación estatales chinos informaron de que la Comisión Central de Asuntos Económicos y Financieros, presidida por Xi en el seno del Partido Comunista Chino, consagró en agosto la necesidad de “regular los ingresos excesivamente elevados y animar a los grupos y empresas de altos ingresos a devolver más a la sociedad”. En una de las sociedades más desiguales del planeta, cortesía del PCCh que ha capitaneado la restauración capitalista durante las últimas cuatro décadas y ha preservado su poder político en el Estado como administrador del “capitalismo con características chinas”, los temores aumentan. La orden es reducir gradualmente el abismo de beneficios materiales y económicos que separa a la burocracia dirigente de los cientos de millones de obreros, estudiantes y campesinos privados de los beneficios de su trabajo.

La Comisión de Asuntos Económicos y Financieros del PCCh aclaró que, si bien el Partido había difundido entre los chinos la orden de “enriquecerse primero” en las primeras décadas del periodo de reforma y apertura de la era Deng Xiaoping, ahora daba prioridad a la “prosperidad común para todos”. “Hay un cambio en la forma en que el Partido Comunista Chino ve su legitimidad”, dijo Yu Jie, un investigador de Chatham House, un think-tank con sede en Londres. “Si el PCCh defiende el actual statu quo que es descaradamente injusto en su distribución de la riqueza y las oportunidades, la confianza de la gente de a pie se derrumbará”.

Xi, a punto de iniciar un tercer mandato en 2022, está preocupado por la creciente desigualdad en China, que se disparó con la crisis mundial de 2008 y ha aumentado con la pandemia. El curso de esa tendencia podría desestabilizar el país, en un momento en que Xi ha hecho propaganda de que ha completado una campaña para eliminar la pobreza absoluta. El impulso a la prosperidad compartida abarca, según el discurso oficial, políticas que van desde el freno a la evasión fiscal y la limitación de las horas que pueden trabajar los empleados del sector tecnológico hasta la prohibición de las clases particulares con fines lucrativos en materias escolares básicas y la limitación estricta del tiempo que los menores pueden dedicar a los videojuegos.

Estas medidas siguen la campaña llevada a cabo por el gobierno para disciplinar a algunas grandes empresas tecnológicas para que colaboren con el PCCh, como Alibaba de Jack Ma y Meituan de Wang Xing, y regular estrictamente la recolección de datos personales sensibles para la seguridad del Estado, como en el caso de Didi Chuxing y Caocao, empresas de viajes equivalentes a Uber. Empresas digitales como Tencent (propiedad de Ma Huateng, que al igual que Jack Ma es miembro del PCCh) y Pinduoduo también han sido puestas en el radar de la disciplina estatal. Los reguladores multaron a Alibaba con 2.800 millones de dólares como resultado de una investigación antimonopolio (después de haber prohibido la oferta pública inicial de Ant Group, su brazo financiero, en EE. UU.), y abrieron una investigación de ciberseguridad contra Didi, días después de su oferta pública inicial de 4.400 millones de dólares en la Bolsa de Nueva York en EE. UU., que hizo que sus acciones se desplomaran. También siguen las represalias de algunos funcionarios de la ciudad de Hangzhou, en la provincia de Zhejiang, que tuvieron relaciones promiscuas con Jack Ma, en particular el secretario del partido local, Zhou Jiangyong.

Sobre la base de estos hechos, las especulaciones de supuestos “expertos” en la situación china han versado sobre lo que parece ser la voluntad del PCCh de “expropiar a la burguesía china”; otros, menos audaces pero igualmente incautos, utilizan unilateralmente el aspecto del "control" para exagerar los efectos de la regulación de los altos salarios empresariales. Sin embargo, la cuestión es bastante más compleja. China ha alcanzado en 2020 el rango de país con mayor número de multimillonarios del mundo: con 1.058 magnates del gran capital, supera incluso a Estados Unidos (que tiene 696). Los habitantes de la quinta parte de los hogares chinos disfrutan de una renta disponible más de diez veces superior a la de la quinta parte inferior, según las cifras oficiales. La renta disponible en las ciudades es dos veces y media mayor que en el campo. Y el 1 % más rico posee el 30,6 % de la riqueza de los hogares, según el banco Credit Suisse (frente al 31,4 % en Estados Unidos). Se trata de una de las sociedades más desiguales del mundo, sobre la que el propio Primer Ministro, Li Keqiang, admitió que en China todavía hay 600 millones de pobres que viven con apenas 1.000 renminbi al mes (154 dólares). La marca básica del riesgo a atacar está ahí, en el marco de las consecuencias de la crisis global. La retórica “social” que acompaña a los discursos oficiales pretende desactivar esta bomba de relojería en el gigante asiático.

Al mismo tiempo, el primer ministro aclaró que el plan de “prosperidad común” no significa un ataque a los capitalistas. Han Wenxiu, funcionario de la Comisión presidida por Xi, subrayó que el gobierno no quiere nada parecido a una persecución de los ricos en favor de los pobres, y que China debe protegerse del “riesgo de caer en el estado del bienestar” . El mismo Li Keqiang, jefe del Consejo de Estado, emitió una declaración oficial del gobierno chino en la que afirmaba que “seguiremos promoviendo un entorno empresarial orientado al mercado, en línea con los estándares mundiales, y el gobierno debe levantar todas las restricciones innecesarias a las entidades privadas para facilitar la competencia leal”, como “apoyar el empleo flexible a través de múltiples canales y el desarrollo de nuevas formas de empleo, exigiendo la eliminación de restricciones injustificadas”. La profundización de la precariedad y la flexibilidad laboral en China, lo que explica la restricción parcial, en el sector tecnológico, del régimen laboral servil 996 (trabajo de 9 a 21 horas, seis días a la semana –de hecho, el componente de represalia a Jack Ma, que había dicho que el modelo era una “bendición”, supera cualquier supuesta piedad laboral–. Estas declaraciones oficiales del gobierno chino desacreditan las precipitadas declaraciones de algunos “intelectuales”.   

La idea de “prosperidad común” no es nueva en China. Se remonta a milenios atrás, y fue apropiado por los líderes del PCCh tras la fundación de la República Popular en 1949 (fue utilizado por Mao Zedong en los años 50, y por Deng en los 80). En efecto, Xi citó una conocida frase de las Analectas de Confucio, que dice algo así como que a un líder sabio no le preocupa la pobreza, sino la desigualdad; no que su pueblo sea demasiado pequeño, sino que esté demasiado dividido. De hecho, la respuesta a la esencia de la razón que motiva este movimiento político en Pekín puede encontrarse mejor en Confucio que en los portavoces de la burocracia china: “donde hay satisfacción, no habrá revueltas”, decía el sabio. Sin necesidad de mucha sabiduría, miles de magnates en Estados Unidos anticiparon en 2019 el sentimiento que ahora inquieta a Xi. El multimillonario Alan Schwartz, de la firma de inversiones estadounidense Guggenheim, decía entonces, empapado de las luchas internacionales en América Latina y Oriente Medio, durante una reunión del Milken Institute que “Si miramos a la derecha y a la izquierda del espectro político, lo que estamos viendo es la llegada de la lucha de clases [...] A lo largo de los siglos, cuando las masas identifican que la élite tiene demasiada riqueza, sólo ha habido dos alternativas: una legislación para redistribuir la riqueza... o una revolución para redistribuir la pobreza”.

Como veremos, el plan de la burocracia china no se explica por una supuesta “voluntad socializadora” de Xi Jinping, sino por la necesidad de robustecer el mercado interno y la capacidad de consumo de la nueva clase media china, buscando generar un sector relativamente mejor remunerado de la clase trabajadora. Estratégicamente, se trata de preservar la fuerza del capitalismo ascendente chino y estabilizar los choques sociales en el marco de la disputa tecnológico-industrial con Estados Unidos en los marcos de la crisis global.

¿Por qué ahora?

El anuncio de las medidas coincidió con unos resultados económicos preocupantes en China, que vuelve a estar acechada por el regreso de la pandemia. En junio, uno de los indicadores más importantes de la actividad manufacturera de China registró una contracción por primera vez desde las primeras etapas de la pandemia. El índice de gestores de compras de la industria manufacturera Caixin, una encuesta independiente sobre la actividad manufacturera en China, alcanzó los 49,2 puntos en agosto, cayendo por debajo de la marca de 50 puntos que separa la medición mensual de la expansión y la contracción de la industria manufacturera por primera vez desde abril de 2020. Además, El producto interior bruto de China se expandió un 7,9 % en el trimestre abril-junio desde 2020, desbaratando las expectativas de un aumento del 8,1 %.

Pero las peores noticias provienen del consumo interno. El gasto de los consumidores en China se ha retrasado en gran medida con respecto a la recuperación económica general del país tras la pandemia, y esa lentitud se debe al menor crecimiento de los ingresos de los hogares. “Los datos sobre el estancamiento del consumo interno en China han dejado claro que es urgente aumentar los ingresos de la población y centrarse más en la equidad de la distribución”, dijo Wang Jun en el Centro de Intercambios Económicos Internacionales de China, en Pekín.

Los organismos gubernamentales informaron en junio que las ventas minoristas de China volvieron a incumplir las expectativas. Las ventas al por menor aumentaron un 12,4 % en mayo con respecto a hace un año, menos que el aumento del 13,6 % previsto. Estos son vientos en contra para Pekín, ya que el gobierno chino espera promover su política de “doble circulación”, que pone mayor énfasis en el consumo como motor económico clave. Chang señaló que los salarios de los trabajadores inmigrantes tampoco se han recuperado, mostrando un crecimiento de sólo el 2,5 % en comparación con el 6,5 % anterior a la pandemia.

Estos indices fueron uno de los signos más claros de la pérdida de impulso de la economía china, que ahora se enfrenta a una menor demanda de exportaciones, a los altos precios de las materias primas y a la ralentización del sector inmobiliario. En este contexto se inscribe el plan de "prosperidad compartida" de Xi.

Li Keqiang, en el comunicado oficial del Consejo de Estado en 2020, había descifrado algunas coordenadas de la preocupación gubernamental, vinculadas a la importancia del consumo y de las pequeñas y medianas empresas en China: “Debemos ser creativos en el diseño y ejecución de nuestras políticas. Como he dicho antes, nuestras políticas, que son de gran envergadura, están diseñadas para proporcionar un alivio vital a las empresas y revitalizar el mercado, con especial atención a la estabilización del empleo y la garantía de los medios de vida de las personas. No se centran en grandes proyectos de infraestructuras. Esto se debe a que se han producido importantes cambios en la estructura económica de China, donde el consumo es ahora el principal motor del crecimiento, y las micro, pequeñas y medianas empresas proporcionan ahora más del 90 % de todos los puestos de trabajo en China. [...] Uno de los principales retos a los que nos enfrentamos en la lucha contra el COVID-19 es que los esfuerzos de contención han tenido un efecto moderador sobre el consumo. Por tanto, las medidas en este sentido también forman parte de nuestra reforma orientada al mercado”. También confesó que el problema del desempleo es real para millones de trabajadores urbanos, y que el gobierno “lanzará programas para estimular al sector privado a colaborar en el fortalecimiento del consumo”, estipulando que unas 100 millones de personas están empleadas en nuevas formas de negocio e industria, y unos 200 millones trabajan en la economía de plataforma. Aquí está la clave de la cuestión. El plan de regulación de los altos salarios y de redistribución de la riqueza, con todas las exageraciones terminológicas propias de la burocracia, pretende aumentar la capacidad de consumo de la población, reducir el desempleo (mediante la flexibilización laboral también), aumentando parcialmente los salarios de ciertas categorías (rama tecnológica). Esto se haría con la contribución financiera de los grandes monopolios, sin perjuicio de su propiedad y capacidad de explotación del trabajo, debilitando a través de mecanismos estatales ciertas prácticas monopólicas que estrangulan el surgimiento de nuevas, pequeñas y medianas empresas, que juegan un papel crucial en la ocupación de la fuerza de trabajo y la búsqueda de la innovación.

Observando las exigencias que se plantean a los grandes conglomerados económicos, generan poca preocupación desde el punto de vista de la preservación de su propiedad. Como escribe Kevin Yao, los dirigentes chinos se han comprometido a utilizar los impuestos y la financiación “colaborativa” (de hecho, condicionada) en forma de donaciones; y cualquier observador agudo sabe que la caridad capitalista nunca ha sido un tema de pesadilla para la clase dominante. Tanto es así que la respuesta de los magnates prudentes ha sido alinearse detrás de la agenda de Pekín. Wang Xing, de Meituan, ha donado 2.300 millones de dólares a un fondo filantrópico que apoya la educación y la ciencia. Tencent anunció un fondo de 7.700 millones de dólares dedicado a la “prosperidad común”, que definió como el aumento de los ingresos familiares de los grupos de bajos ingresos, la ampliación de la cobertura sanitaria, el desarrollo económico rural y la educación de los estudiantes desfavorecidos. "Como empresa tecnológica china bendecida por la reforma y la apertura de China, Tencent siempre ha pensado en cómo ayudar al desarrollo social con sus propias tecnologías y su poder digital." Alibaba se ha comprometido a donar 15.500 millones de dólares a lo largo de cinco años, y Pinduoduo se ha comprometido a donar 1.500 millones de dólares a los agricultores a partir de sus ganancias futuras en el segundo trimestre.

Para tener una dimensión de lo que se trata, el compromiso de Alibaba equivale a sólo el 15 % del beneficio neto que la empresa obtendrá en 2025, basándose en los beneficios de 2020. Los multimillonarios en su conjunto, si son más disciplinados, no pueden quejarse de una intrusión agresiva en sus intereses privados. La propuesta de imposición se trata como una leyenda en los círculos gubernamentales chinos; en 2015 se aplicó un plan piloto en Shanghái y Chongqing, sin ningún resultado plausible. Así, la fiscalidad de las grandes fortunas se trata en China como en Occidente. El aumento salarial para determinadas categorías debería elevar el nivel medio de ingresos, según los planes oficiales, de la provincia oriental de Zhejiang, que no es una de las más pobres, pero que ahora sólo ocupa el sexto lugar entre las provincias con mayor PIB per cápita, según el censo de 2020. La ruptura con el modelo de trabajo 996, una demanda de sectores cada vez más amplios de jóvenes trabajadores, que suscitaba peligrosos conflictos sociales, se presentaba como un objetivo para la rama tecnológica, y no se generalizaría frente a los agotadores ritmos de trabajo del proletariado del campo que opera en las plantas de montaje.

Como dijo Li Keqiang, este proyecto está dentro de las reformas orientadas al mercado, no en contra. “Se seguirá mejorando el entorno de las empresas, se promoverá la reforma administrativa y se construirá un entorno empresarial orientado al mercado y basado en la ley. Se fomentará la creación de empresas por parte de distintos grupos y se mejorarán los sistemas y plataformas de servicios empresariales”, según el comunicado del Consejo de Estado de agosto de 2021 tras la reunión de la Comisión presidida por Xi.   

El periódico oficialista Global Times, que responde a las estrictas directrices de Pekín, aseguró al capital extranjero que las medidas no supondrán ningún perjuicio para sus negocios. “Para las empresas extranjeras, independientemente de su origen y tamaño, deben respetar y cumplir las leyes y reglamentos de China y alinear activamente sus negocios con el desarrollo social y económico general de China si quieren operar y tener éxito en el mercado chino. Sin embargo, esto no quiere decir que las empresas extranjeras vayan a ser un objetivo. Las medidas reguladoras se dirigen a las prácticas comerciales ilegales, no a ninguna empresa en particular, ya sea extranjera o nacional. Esta actitud debe ser acogida con satisfacción por las empresas, ya que así se promoverá un entorno de mercado mejor y más justo. Y lo que es más importante, para las empresas extranjeras que operan en China o que buscan oportunidades de negocio en el país, deben estar tranquilas porque, a pesar de los recientes cambios importantes y de las medidas reguladoras, las políticas de reforma y apertura de China, de larga data, no cambiarán”.

Aquí podemos resumir lo que es realmente el difuso plan del gobierno chino aclarando lo que no es en primer lugar. Como explica el periódico británico The Economist: “El PCCh ha aclarado lo que no implica la "prosperidad común”: no significa que todos acaben disfrutando de la misma prosperidad. Hay que animar a los empresarios que crean su propia riqueza, “trabajan duro con integridad y tienen el valor de crear sus propias empresas”. El giro igualitario tampoco será brusco. Debe llevarse a cabo “paso a paso” de forma “gradual”, reiteró la Comisión este mes”. Se trata de ajustes dentro de las reformas capitalistas en la economía china, no a costa de ella.

Qué fundamentos generales tiene la política de “prosperidad común”

Como hemos dicho, el plan sin contornos claros de "prosperidad común" está lejos de apuntar a pérdidas estratégicas para el capitalismo chino. Podemos resumir la estrategia del Partido Comunista Chino en cuatro puntos: 1) Disminuir la pronunciada desigualdad social en China para evitar explosiones sociales que socaven la estabilidad política en un momento delicado de conflicto entre Pekín y Washington; 2) ampliar la capacidad de consumo de la nueva clase media y el potencial mercado interno chino; 3) dividir las filas de los trabajadores registrando ciertos derechos salariales y laborales para un sector en detrimento de los demás; 4) disciplinar a ciertos grandes monopolios a los designios políticos del PCCh, para que no ahoguen la aparición de nuevos capitales en el campo de la innovación tecnológica (las start-ups), con el fin de desbloquear el desarrollo de las pequeñas y medianas empresas, responsables de la inmensa mayoría de los empleos en China, y hacerlos convivir con los mismos multimillonarios que conservarán su riqueza, sin las mismas facilidades monopolísticas anteriores (es decir, de determinar la rentabilidad de las pequeñas empresas en función de su fidelidad a sus plataformas, en el caso de Alibaba y Tencent).

Lo más importante para el gobierno es desarrollar su mercado interior, la verdadera columna vertebral de la economía china. Xi Jinping necesita consumidores capaces de enfrentarse a la caída de la economía mundial y a la fragilidad del comercio internacional, que impide a China mantener su ritmo de crecimiento centrado en el “esquema exportador”. Un esquema que, recordemos, mantenía una relación simbiótica con Estados Unidos que se ha visto especialmente reforzada desde que China entró en la OMC en 2001. Esta contradicción es la que impulsa a China hacia un complejo y tortuoso giro hacia el mercado interior, hacia una complicada y contradictoria política de liberalización del renminbi (la moneda china), así como hacia la necesidad de acelerar el cambio en el contenido de su producción y de competir más agresivamente por los espacios mundiales de acumulación de capital –o de exportación de capital– y las áreas de influencia. Entre ellas, la creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras y la Nueva Ruta de la Seda.

Esta situación implica el inicio de la crisis de complementariedad chino-estadounidense, por la que se exporta de China a Estados Unidos una producción masiva con un valor añadido relativamente bajo, lo que refuerza la balanza comercial china, mientras que China contribuye a sostener los crecientes déficits de Estados Unidos. La crisis económica de 2008 rompió esta simbiosis relativamente armoniosa, sin poner fin a la dependencia mutua de las economías, que sostienen el destino de la otra en un escenario mucho más complejo de choques y fisuras geopolíticas (como vemos en Afganistán, donde a la humillante derrota de Estados Unidos le sigue la alianza de China con los reaccionarios fundamentalistas talibanes para incluir el país en la Nueva Ruta de la Seda y la extracción de minerales preciosos para Pekín). China, que en décadas anteriores se había presentado como un motor clave del crecimiento de la inversión, empezó a perder ese papel a partir de 2013-14. Deja de poner a disposición del capital internacional amplias fuentes de plusvalía absoluta –garantizando una alta tasa de rentabilidad interna y externa– y se convierte gradualmente en un competidor por el espacio de inversión mundial y el liderazgo en tecnología de punta con una producción cada vez más competitiva con la de Estados Unidos.

El gigante asiático siente la necesidad de basar su crecimiento cada vez más en el mercado interno, con la producción de bienes de alto valor añadido, mediante la aparición de un poderoso sector de clase media, de cientos de millones de personas, capaz de mover la economía y mantenerla relativamente a salvo de los choques de la demanda externa, que hacen a China excesivamente vulnerable. Como dijo Trotsky en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, el volumen de producción de la economía capitalista tiene numerosos componentes, y está vinculado no sólo al desarrollo relativo de las fuerzas productivas, sino que también está limitado por el poder adquisitivo de la población. Siendo la segunda economía del mundo, en términos de PBI per cápita China está muy por detrás de las potencias centrales (lo cual es comprensible por el exorbitante tamaño de la población, pero también por la continua pobreza relativa de los estratos mayoritarios). Es este problema el que busca ser atacado por la burocracia, no en nombre de la clase obrera, sino en nombre de la revigorización del capitalismo nativo.

Según The Economist, en China hay unos 400 millones de personas que pertenecen a la clase media (o estrato de renta media, como la denominaba el anterior gobierno de Hu Jintao) y que viven con unos ingresos de entre 100.000 y 500.000 yuanes (aproximadamente entre 15.000 y 77.000 dólares) para una familia de tres miembros o su equivalente. Eso ya constituye una cifra notable. El gobierno central ha anunciado que quiere duplicar esa cifra hasta los 800 millones de personas en aproximadamente una década, según el Centro de Investigación del Desarrollo, un grupo de expertos adscrito al Consejo de Estado de China. El camino está plagado de dificultades internas, que tienen que ver con la compleja transformación del modelo de crecimiento económico de China, durante muchas décadas vinculado a los bajos salarios y a una mano de obra intensiva con inversión estatal. Por no hablar de la lucha de clases, el factor decisivo: el aumento de las aspiraciones de las masas chinas podría convertirse en combustible para la conflagración social de una nueva generación que no tiene mucho apego político o emocional al PCC. Sin embargo, si la hipótesis se cumpliera, en mayor o menor medida, es innegable que tal logro situaría a China en otro nivel de competitividad.

El mismo Global Times reflexiona sobre los beneficios que supone para las grandes multinacionales capitalistas occidentales el aumento del mercado interno chino: “El poder adquisitivo de los consumidores chinos ya ha sido un importante motor para muchas empresas extranjeras, desde los fabricantes de automóviles en Alemania hasta los agricultores en Francia y los productores de soja en Estados Unidos. En 2020, en medio de una pandemia mundial, los consumidores chinos gastaron 39,2 billones de yuanes (6 billones de dólares) en bienes de consumo. China ya está preparada para superar a Estados Unidos como mayor mercado de consumo del mundo. Si el grupo de renta media de China se amplía y los ingresos de todos los residentes aumentan en el marco del plan de prosperidad común, el mercado chino será aún más irresistible para cualquier empresa de tamaño considerable”. El atractivo para el capital extranjero es evidente.

“Prosperidad común”... en el capitalismo, ¿o su superación en la lucha de clases?

La dialéctica del proceso que se opuso, en su forma, a ciertas tendencias de los monopolios chinos en los intereses políticos particulares de la burocracia de Pekín, también desvela su verdadero contenido. En la lucha por salvaguardar la estabilidad política del régimen bonapartista del PCCh, que depende estratégicamente del rápido ascenso capitalista al que también sirve de soporte, la burocracia de Xi Jinping se ha visto obligada a ir en contra de ciertos intereses inmediatos de una parte de la clase dominante. ¿Qué intereses inmediatos? La rentabilidad a corto plazo, que carece de proyección y está separada de la compleja situación económica, no sólo nacional sino internacional, en la que se encuentra China. El encuadramiento, dentro de ciertos límites, del impulso al enriquecimiento de los grandes monopolios, para ciertas ramas, puede llevarse adelante en beneficio de los intereses estratégicos del propio gran capital chino. En efecto, es con la ayuda del sector privado más poderoso que el gobierno chino quiere promover el fortalecimiento del mercado interno y el poder de consumo de las nuevas clases medias, lo que debería servir de base para el creciente poder de estos conglomerados económicos. La proyección internacional de China depende de la estabilidad social interna y, en primer lugar, de la asfixia de la lucha de clases, una amenaza real para la política burocrática del PCCh. Ésta es una primera dimensión del problema. A esto se añade una segunda dimensión, necesariamente interrelacionada: el choque entre la burocracia del PCC y ciertos sectores reticentes del gran capital, en el sector de los gigantes tecnológicos, que podría representar una amenaza para el control estatal de los aspectos más sensibles de la administración capitalista. El “contrato social” entre la burocracia bonapartista de Pekín y el gran capital chino, que se nutre de ella y se beneficia de su riqueza, depende del respeto de la clase dominante al poder político indiscutible del PCCh. Para preservar este contrato –que Xi ve como la colaboración del sector privado con el proyecto de “rejuvenecimiento nacional de China”– el gobierno ha tenido que frenar ciertas extrapolaciones, como las críticas de Jack Ma al "arcaico" sistema financiero estatal en nombre de la primacía de las fintechs (empresas digitales que prestan servicios financieros). Una vez que la simbiosis entre la riqueza y el poder se “armonice” bajo el mando del PCCh, no habría impedimentos para los negocios de siempre de esos mismos magnates que ahora se pliegan a las exigencias de Xi.

El principal efecto de la medida, al fin y al cabo, era el examen minucioso de la lealtad de los grandes monopolios al régimen encabezado por Xi, que les pedía lealtad empresarial a cambio de la garantía de sus enormes beneficios. De hecho, el presidente chino, unos meses antes, había tomado una de las medidas más antiobreras y proempresariales de la historia reciente de China, cuando autorizó al gobierno municipal de Shenzhen a permitir que los capitalistas locales redujeran el pago de las horas extras y ampliaran el plazo de pago de los salarios, que pueden retrasarse durante un tiempo más generoso. El objetivo es reducir los crecientes costes laborales y frenar el éxodo de las empresas a mercados más baratos del sudeste asiático. Una medida que apenas tiene en cuenta la “prosperidad común”, salvo ... de los propios empresarios. Es esencial comprender que en la medida en que los trabajadores traten de combatir la explotación de estos magnates chinos, se encontrarán con el muro del gobierno autoritario de Xi Jinping y la burocrática Federación China de Sindicatos. La lucha de clases es la única forma de enfrentarlos.

Un buen número de los multimillonarios señalados son miembros del Partido Comunista, o tienen una relación indirecta con él. Los "capitalistas rojos" pueblan los niveles dirigentes del Partido, en las distintas regiones y provincias, algunos de los cuales se convirtieron en propietarios en el proceso de restauración capitalista que les permitió hacerse con los bienes públicos, y otros que ascendieron a las filas del partido habiéndose incorporado ya a la empresa privada antes de pertenecer al Partido, que ahora sirve de puente ineludible para influir en el sistema político, como analiza Bruce Dickson en su Wealth Into Power: the Communist Party’s Embrace of China’s Private Sector. Elias Jabbour, uno de los exóticos especímenes que ofician de portavoces oficiosos de la burocracia china, imagina un poder político suspendido en el aire, y olvida que el gobierno que lleva a cabo estas reformas se fundamenta en la propiedad capitalista de los medios de producción (aunque un capitalismo sui generis, distinto del occidental, resultado de la apropiación de las conquistas sociales de la revolución de 1949). Además, agrava el papel de los multimillonarios “en la construcción del socialismo en China”: como “estamos lejos” del socialismo que defendía Marx, con el poder de los trabajadores sobre las fuerzas productivas, la expropiación del capital y la planificación racional de la economía y la vida, más vale ajustarse a un “socialismo” que “se acerca a eso”, y que en realidad es lo contrario de todo lo que el marxismo caracterizó como socialista: un país de multimillonarios, de esclavización salvaje de la clase obrera por parte de capitalistas nativos y extranjeros, y de una burocracia autocrática que ahoga cualquier tipo de libertad de pensamiento y opinión. A nadie se le puede negar el derecho a la ignorancia, y la tradición estalinista siempre ha salido a buscar sumisamente las supuestas “alas progresistas” de la burguesía; si en los años 1920 querían integrar al campesino rico (kulak) en el socialismo, ahora quieren integrar al multimillonario en la fantasía del socialismo que en realidad es el capitalismo salvaje. El nombre de Marx no tiene ninguna relación con la filosofía de los “pragmáticos”. El socialismo no tiene nada que ver con que la “Razón” (un poder suprahistórico por encima de las clases, como en la vieja filosofía de la Ilustración del siglo XVIII) comande un proceso de producción fundado en la propiedad privada. Para el fundador del socialismo científico, su premisa básica es la superación revolucionaria de la propiedad privada por parte de la clase obrera, y no la comunión con ella, por mucho que duela a los oídos pragmáticos del postulado ilustrado del estalinismo...

Un viejo general prusiano solía decir que un salto corto es más fácil de realizar que un gran salto, pero no por ello, cuando se trata de superar un abismo, se empieza saltando por el medio. Los cortesanos del mandarinato chino están en la categoría de esos empíricos que se lanzan a la nada.

Yendo al grano: la política del Partido Comunista Chino debe inscribirse en su marco global, el de una burocracia capitalista de Estado que busca participar en el reparto de los espacios de acumulación mundial, aún sin poder definir los destinos de otros países como Estados Unidos. Frente a los enfrentamientos geopolíticos reaccionarios que se preparan entre Pekín y Washington, lo decisivo serán los enfrentamientos en la lucha de clases. El modelo laboral 996 ya ha provocado el enfado de los trabajadores del sector tecnológico, y de una juventud que se opone ferozmente a la ideología neoliberal de Alibaba y los gigantes del comercio electrónico. Las huelgas y los conflictos laborales tienen lugar en algunas de las provincias más ricas, donde la industria y la construcción son fuertes: de las 1.082 protestas laborales registradas por China Labour Bulletin desde julio de 2020, 120 (11 %) tuvieron lugar en la provincia de Henan, seguida de Guangdong con 95 (8,6 %) y Shandong (7 %).

Las protestas contra los atrasos salariales en Xian y Pucheng, en la provincia de Shaanxi, o en Wuchuan y Guangzhou, en la provincia de Guangdong, se combinan con las protestas de los trabajadores inmigrantes en la provincia de Henan, que ha experimentado un importante cambio demográfico con un enorme salto en la “población flotante” (流动人口), predominantemente trabajadores rurales migrantes que viven y trabajan lejos de sus ciudades de origen (Henan tenía una población flotante de 21,2 millones en 2020, un 164 % más que en 2010). Esto es ilustrativo de las nuevas generaciones de trabajadores, que o bien no tienen su inscripción en el partido en el mismo lugar en el que trabajan o ni siquiera tienen relación con el PCCh, y pretenden ganar sus derechos contra la explotación patronal.

Son estos signos, en el marco de las dificultades económicas y la escasa recuperación industrial desde abril en China, los que encienden las señales de alarma de Xi. En esto nos basamos para vislumbrar las perspectivas de China, que puede aprovechar las disputas en la superestructura político-económica para emerger. Parafraseando lo que dijo Marx en 1850 en la Carta al Comité Central de la Liga de los Comunistas, también en China "para el proletariado no se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de eliminar las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva".

Publicado enInternacional
Jueves, 09 Septiembre 2021 06:03

El poder oculto

El poder oculto

La división de poderes, la existencia de un sistema de partidos políticos y el cambio periódico de autoridades se consideraron como el modelo más acabado de organización política que aseguraba la democracia; sobre todo en el mundo occidental.

No doblaba aún el siglo XX cuando se percibió que tal modelo no daba más y que debía fortalecerse con una fórmula que ampliara esas características de los gobiernos capitalistas. Algunas de ellas, como el desarrollo económico y social, que antes ya eran consideradas, requerían una relujada conceptual ante movimientos sociales de descontento registrados en diversas regiones. Así nace la idea del necesario equilibrio entre la gestión de la cosa pública y la sociedad civil (los ciudadanos rasos y los "actores del mercado"): la participación de ésta se ve como necesaria en el ámbito de las decisiones gubernamentales. Y de esa idea se derivan otras: "empoderamiento" ciudadano; gobierno abierto, plural, incluyente y dispuesto a la deliberación con los ciudadanos; observatorios ciudadanos, contralorías sociales y otras formas de vigilancia y corrección de la burocracia pública por la ciudadanía organizada. Con estas formas se supone que se consolida la descentralización, la autonomía y la sostenibilidad de ciertos recursos y organismos de interés público.

Con toda esa parafernalia conceptual se ha pretendido asegurar la transparencia, la rendición de cuentas y una respuesta más sensible a las necesidades y demandas de la población por los equipos tripulantes del hemisferio público del Estado. La categoría de gobernabilidad, uno de los componentes del modelo, se ha visto un tanto desplazada por la de gobernanza. En esta categoría se finca la apuesta al fortalecimiento de la democracia representativa y de la vida institucional.

La paradoja. Mientras el discurso de los políticos y las elaboraciones teóricas de académicos, filósofos y periodistas se han encargado de ampliar y socializar esos conceptos en las tres últimas décadas, el poder oculto se ha dedicado a sistematizar y profundizar la rapacidad, la simulación, el robo y la depredación.

En ese arco infame, el público se va enterando, a través de una información fragmentada, de que la mitad de la población mundial no podrá salir de la pobreza porque su gobierno dedica más de 50 (y hasta 80 y 100 por ciento) del PIB al pago de la deuda pública. Se entera de que uno por ciento de la población acapara más de 80 por ciento de la riqueza del planeta. Se entera de que de este porcentaje, un segmento evade un monto de impuestos mayor al que la ONU pretendió establecer en los vanos objetivos del milenio para reducir la pobreza extrema y el hambre en África, Asia, América Latina y el Caribe. Y de que una sola familia, la Walmart (extendió sus tiendas en nuestro país durante el sexenio de Salinas) agregó a su fortuna, en un solo año, la quinta parte de esa cifra: 25 mil millones de dólares. Se entera de que la globalización es la de una docena de países capitalistas de Europa, Es­tados Unidos y Canadá, más China, y que las empresas y bancos que representan a esa minoritaria parte del mundo sobrexplotan los recursos naturales y financieros del resto.

También se entera de que los capitales se relocalizan y crecen a costa de una mano de obra barata. Y que su crecimiento se potencia con la "flexibilización del trabajo", giro que da por resultado la desaparición de derechos laborales mediante el outsourcing, la reducción o evaporación de las pensiones, el sindicalismo libre, la represión a la huelga, etcétera. Se entera de que los trabajadores, a pesar de que la riqueza producida alcanza cimas históricas, no encuentran empleo y tienden a emigrar por millones hacia los países ricos causantes directos de su pobreza. Se entera de que reyes, dictadores, sátrapas, presidentes y funcionarios menores son corrompidos por varias empresas (las congéneres de Odebrecht) y que el dinero robado por ellos va a dar a los países ricos o a los paraísos fiscales.

Se entera igualmente de que las grandes empresas trasnacionales, y algunas nacionales, tienen al planeta al borde del colapso por la explotación irracional e incontenible de sus recursos naturales, así como por la contaminación que esa explotación produce.

Y acaso llegue a enterarse de que el poder oculto, a nombre de la libre empresa, está detrás de todos esos fenómenos que entrañan la mayor desigualdad e injusticia que haya conocido el mundo en los últimos 100 años de su historia. No sólo, sino que la información que le llega –o no le llega– está controlada por las empresas periodísticas, de Internet y de las redes sociales; es decir, por el poder oculto.

Ese poder logró que los gobiernos modificaran las llamadas políticas públicas en favor suyo. Logró que una gran parte de la riqueza pública pasara a su dominio. Y que la ciudadanía más influyente, integrada por sus líderes, se apropiara de los comités, consejos y principales órganos ciudadanos que condicionan las líneas estratégicas de gobierno de la burocracia política.

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El falso mito del esfuerzo en América Latina

¿Cómo le explicamos a una mujer que su salario está acorde a su esfuerzo tras trabajar todos los días de la semana, catorce horas seguidas, limpiando casas ajenas? ¿Cómo se lo justificamos a un joven que cada día se despierta a las 4:30 de la mañana para irse a trabajar a la construcción y regresar a casa por la noche? ¿Quién puede asumir que el salario es un fiel reflejo del esfuerzo?

El mito del esfuerzo en América Latina es una gran mentira, tanto desde un criterio de subjetividad como si lo miramos objetivamente en cifras.

En el imaginario de la ciudadanía latinoamericana existe una gran mayoría que no “se come el cuento” de que los altos ingresos vienen originados por el esfuerzo. Hay un claro sentido común latinoamericano a este respecto. Por ejemplo, en Argentina, según nuestra encuesta CELAG, cuando se pregunta cuál es el origen de la riqueza de las familias más adineradas, sólo el 15,1% considera que se debe al esfuerzo. El resto cree que es un asunto de corrupción o de herencia. En Chile, México, Bolivia, Perú y Colombia, los porcentajes son muy parecidos (13,4 %, 21,7 %, 20,7 %, 19,9 % y 18 %, respectivamente).

Pero no sólo es una cuestión de subjetividad; lo que piensa la gente está en sintonía con lo que objetivamente acontece.

Esta falsa relación entre esfuerzo y riqueza queda absolutamente demostrada en el libro “El capital del siglo XXI”, del economista francés Thomas Piketty. En ese estudio se concluye que la herencia es uno de los principales factores para estudiar la reproducción del modelo económico capitalista. Para él, el control de la riqueza se transmite en grandes proporciones por vía hereditaria. Es lo que Kathleen Geier denominó heiristocracy (gobierno de los herederos). Esta suerte de “capitalismo patrimonial”, de alta concentración, condiciona definitivamente el devenir de la economía real.

Se espera que las 500 personas más ricas del mundo les entreguen a sus herederos la suma de 2,4 billones de dólares en las próximas dos décadas. Y a nivel latinoamericano el fenómeno es idéntico. Más de la mitad de la riqueza pasa de generación en generación sin verse afectada por nada ni por nadie. Por ejemplo, en un informe de la OCDE (“¿Un elevador social descompuesto? Cómo promover la movilidad social”) se destaca que en Colombia se necesitan al menos 11 generaciones para que un niño pobre deje de serlo. Más de dos siglos para salir de una condición heredada desfavorable, por mucho que se esfuercen. En Brasil se necesitan 9; en Chile, 6.

El otro eje es la corrupción, que representa un significativo porcentaje del PIB en la región latinoamericana. Esta es la otra variable observada por la población para explicar la procedencia del dinero de los que verdaderamente tienen dinero. Al hablar de corrupción no sólo nos referimos a un asunto circunscrito exclusivamente a los políticos. Hay tanta o más corrupción en el sector privado. O, mejor dicho, en las grandes empresas, porque el valor de la corrupción a nivel de pequeña y mediana empresa es marginal.

Corrupción y herencia constituyen, definitivamente, el combo explicativo de buena parte de la riqueza latinoamericana. El esfuerzo es mayoritario, pero la riqueza no; está concentrada en muy pocas manos.

A veces, siento que nos pretenden imponer ese veredicto tan bien ilustrado en la viñeta de El Roto: “Prohibido ver lo evidente”.

27 de junio de 2021

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Lunes, 05 Abril 2021 05:32

Dios y el dinero

Dios y el dinero

Dado el peso simbólico que tiene la Semana Santa en la cultura occidental, es un tiempo propicio para que la Iglesia Católica y en particular el Papa utilicen la tribuna que le brindan las plataformas comunicacionales para renovar o reforzar sus mensajes. En esta ocasión Jorge Bergoglio usó cada uno de los momentos en los que pudo atraer la atención de las audiencias para ratificar las grandes líneas de su prédica, sin perder de vista tampoco la crítica situación de pandemia que atraviesa la humanidad. 

La mirada de Francisco se puede sintetizar en un párrafo de su alocución el domingo de Pascua hablando al mundo pero desprovisto de audiencias locales como resultado de las restricciones sanitarias. “La pandemia todavía está en pleno curso, la crisis social y económica es muy grave, especialmente para los más pobres; y a pesar de todo —y es escandaloso— los conflictos armados no cesan y los arsenales militares se refuerzan. Este es el escándalo de hoy”. 

Esa es la mirada de Bergoglio. El “escándalo” consiste en que siguen siendo los más pobres los afectados, desde antes por situaciones sociales y económicas, pero ahora también porque no acceden a una distribución adecuada y justa de las vacunas, como también lo señaló de manera explícita en otra parte de la misma alocución pascual en la que volvió a pedir por un “internacionalismo de las vacunas” que exprese la solidaridad internacional.

Para Francisco la pobreza y la desigualdad guardan estrecha relación con las guerras. “Todavía hay demasiadas guerras, demasiada violencia en el mundo” afirmó el Papa el domingo de Pascua en el Vaticano al impartir su bendición et-orbi.html">urbe et orbi (a la ciudad y al mundo) . Lo ha dicho en varios de sus documentos. Y esta misma semana lo ratificó en la ceremonia que anticipó el triduo pascual. “Los enfermos, los pobres y los descartados de este mundo son los crucificados de nuestro tiempo” sostuvo el Papa en la audiencia general del 31 de marzo celebrada en la biblioteca priva del Palacio Apostólico Vaticano. En la misma ocasión Jorge Bergoglio dijo que “hay dos señores en el mundo, dos, no más: Dios y el dinero. Quien sirve al dinero está contra Dios”.

Si bien el mensaje de Francisco en algunos casos sigue siendo críptico como el de sus antecesores en el pontificado y el de tantos líderes de la propia Iglesia Católica, el Papa Bergoglio hace un esfuerzo permanente para, por una parte, ofrecer su análisis y sus propuestas a los problemas que afectan a la sociedad mundial poniendo su mirada más allá de los límites de su propia comunidad religiosa y, por otra, para expresar con claridad su posición sobre estos temas.

Pero más allá de su diagnóstico sobre los problemas de la comunidad internacional, Francisco no desconoce las dificultades de su comunidad, la Iglesia Católica, en particular las resistencias a su propio liderazgo y las luchas que se dan dentro de la institución eclesiástica. Hay pocas referencias directas al tema, pero el Papa busca los caminos para instalar la cuestión en agenda. Días atrás se pronunció de manera discrepante con la Congregación para la Doctrina de la Fe que había desautorizado las bendiciones de uniones de personas del mismo sexo. Ahora utilizó como vocero no oficial al fraile capuchino Ramiro Cantalamessa, a quien el Papa designó como predicador el jueves santo, para hablar de la división en la Iglesia. Mientras Bergoglio escuchaba en silencio, el sacerdote aseveró en esa ocasión que “la fraternidad católica esta herida” y no es por “el dogma o los sacramentos” sino por “la política y la ideología”. Nadie podría imaginar que Francisco no conocía de antemano las palabras del orador que él mismo seleccionó para la ocasión.

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Cuánto se pierde por los paraísos fiscales

Informe del Panel FACTI, creado hace un año por Naciones Unidas

Alrededor del 10 por ciento del PBI mundial está escondido en jurisdicciones con opacidad fiscal, unos 7 mil billones de dólares.

 

Alrededor del 10 por ciento del PBI mundial está escondido en jurisdicciones con opacidad fiscal. Se trata de una riqueza de 7 mil billones de dólares canalizada a través de paraísos fiscales. Solamente teniendo en cuenta el flujo de fondos derivado de la operatoria de las multinacionales con jurisdicciones cuyos sistemas impositivos son reducidos o nulos, el costo para los países en términos de pérdida de recursos fiscales asciende a unos 500 a 600 mil millones de dólares por año. Se calcula que un 2,7 por ciento del PBI global es lavado de dinero que proviene del crimen.

Los datos del párrafo anterior constituyen la principal señal de alarma que plantea el informe del Panel FACTI (Responsabilidad, Transparencia e Integridad Financiera), creado hace un año en el marco de Naciones Unidas. “El panel propone un acuerdo global en el cual todos los países acepten adoptar medidas para fortalecer la integridad financiera para el desarrollo sostenible”, dice el trabajo, presentado este jueves mediante videoconferencia.

Entre las recomendaciones del informe, sobresale la propuesta de aplicar una tasa mínima global para las empresas de entre el 20 y el 30 por ciento sobre las ganancias, "lo cual ayudaría a limitar los incentivos a la operatoria de las empresas con los paraísos fiscales y a la competencia entre países para bajar impuestos".

"Está demostrado que la competencia fiscal y la reducción de los tipos del impuesto de sociedades no traen inversión como tal. Sólo trae flujos financieros, sin más actividad y empleo en el país que ha reducido los impuestos. Pero sí provoca una reducción de los ingresos fiscales para todos los países", indicó José Antonio Ocampo, Profesor de la Universidad de Columbia y uno de los autores del informe.

¿Cómo se mide?

Los flujos ilícitos de dinero o los artilugios financieros para evadir impuestos están confeccionados para escapar a los organismos de control, por lo cual son naturalmente muy difíciles de medir. El informe del FACTI explica que una de las formas utilizadas para realizar estimaciones es medir los desvíos entre la información de comercio exterior: si Argentina en teoría exportó por 100 millones a Estados Unidos, el país del norte debiera haber importado por la misma cuantía desde el territorio nacional. Sin embargo, esto no es así.

El informe detalla que, por ejemplo, los estudios sobre el intercambio comercial de Japón arrojan discrepancias de 31 mil millones de dólares todos los años, mientras que entre 2006 y 2015 se calcula que el margen de error es de 44 mil millones de dólares en Costa Rica.

Otro capítulo está vinculado al esquema de desviación de ganancias de parte de multinacionales en favor de los países con alta opacidad fiscal. “La pérdida de recursos fiscales derivada de esta práctica se calcula a partir de las desviaciones entre las ganancias de las empresas y la actividad económica real”, indica el documento.

¿Cuánto es?

En el caso de Canadá, esa pérdida de la recaudación se calcula en 5,7 mil millones de dólares por año, mientras que para Tailandia, es de 1,1 mil millones de dólares. El Estado alemán pierde 35 mil millones de dólares por año en elusión fiscal y en Sudáfrica la pérdida anual de recursos a partir de la planificación fiscal nociva por parte de los multinacionales es de 3 mil millones.

En el caso de Brasil, la pérdida de recaudación se calcula en 15 mil millones de dólares al año, lo cual serviría para construir hogares para 8 millones de familias de bajos ingresos. Si bien el informe no presenta estimaciones para el caso argentino, se puede calcular lo siguiente: si el grado de perjuicio para las finanzas públicas es proporcional al caso brasileño, en 2019 los recursos en juego hubieran más que alcanzado para financiar el déficit fiscal primario de 95 mil millones de pesos.

¿Quiénes son?

"La mayor responsabilidad radica en los centros financieros tradicionales de los países desarrollados, donde se encuentran los mercados más grandes y los servicios profesionales de las empresas", indica el informe, aunque aclara que "todas las jurisdicciones, incluyendo aquellas que tratan de construir nuevos centros financieros, deben asumir la responsabilidad de lo que sucede en su territorio". 

"Banqueros, abogados y contadores son actores importantes en la organización de los negocios y al igual que los asesores, facilitadores, negociadores y mediadores, están en su derecho de cuidar por los intereses de los clientes. Sin embargo, esto no los excluye de actuar de forma ética y en línea con los valores y las normas globales", agrega

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Miércoles, 27 Enero 2021 08:34

Fútbol, en las bolsas de la especulación

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Las noticias procedentes del mundo del fútbol, son cada vez más sorprendentes. Al final de la primera semana de enero algunos portales deportivos entregaron la información sobre el futbolista más caro del mundo, y sobre otros que le siguen en esa bolsa de especulación y mercadeo financiero en que ha terminado lo que otrora fue un juego, simplemente eso, una oportunidad de encuentro, recreación, competencia circunstancial, compartir de alegrías y relajamiento. La noticia estaba soportada en información brindada por el centro investigador Cies Football Observatory.

La noticia, presentada como lo más normal del mundo, como si no ocultara la esencia del modelo social que ahora nos domina, confirmaba que con un precio de 165 millones de euros (algo así como 709 mil millones de pesos) Marcus Rashford, delantero del Manchestar United F.C. (de la Premier League) figura como el jugador más caro del mundo.

Con algunos millones menos que su astronómica cotización, en segundo lugar destaca Ering Haaland, delantero del Borussia Dortmund (de la Bundesliga de Alemania) tasado en 152 millones de euros.

Pero no solo delanteros. Según el CIES, porteros, mediocampistas y demás también cotizan a cifras con muchos ceros. Por ejemplo, Bruno Fenandes, mediocampista del Manchestar United F.C. está cotizado en 151 millones de euros. Por su parte, Ederson Moraes, portero del Manchestar City F.C. está cifrado en 80 millones de euros.

En este mercado, más que deporte estrictamente hablando, los jugadores más referidos por el contorno colombiano, y que de por sí ya registraban con cifras que asombraban a todos los aficionados, quedan relegados a puestos distantes. Por ejemplo, el delantero del Barcelona Lionel Messi, en el 97 y valorado en 54 millones de la moneda europea. Y Cristiano Ronaldo, jugador de la Juventus, tasado “apenas” en 47 millones de igual moneda, figura en la posición 131.

Toda una locura. ¿Cómo fue posible que un deporte barrial, espacio de encuentro, abrazos, alegría y llanto colectivo, de compartir, momento de recreación y descanso, terminará transformado en fuente de especulación, intrigas de todo tipo, presiones inimaginables, manipulaciones, casino nacional y global tras el que se mueven intereses puros e impuros? Sin duda, la lucha de los gobernantes por el control de la Fifa, multinacional deportiva, no es casual.
¿Cómo fue posible que lo que era un simple intercambio de destrezas, capacidad física, agilidad corporal y mental, quedará transformado en una inmensa empresa mercantil con miles de tentáculos que no deja dormir a innumerable cantidad de niños y jóvenes en su ilusión por llegar a ser los mejores jugadores de su ciudad, país y mundo, no solo para destacar como simples y buenos deportistas sino para ganar infladas bolsas de dinero? Niños y jóvenes que desde ese momento han perdido la esencia del deporte, lo espontáneo, el compartir incluso sin reglas, como es el espíritu del juego en general, el divertirse, el batirse en capacidades momentáneas, para quedar sumidos en el afán por el triunfo, ocupando como todo trabajador un lugar exacto dentro de un tinglado predeterminado por otros.

Niños y jóvenes, en buena proporción habitantes de barriadas populares, que ven en la destreza con la pelota la oportunidad para salir de la marginalidad. Una ilusión coronada por muy pocos, pese al esfuerzo de tantos miles; una ilusión frustrada para muchos por la lógica en que se soporta todo intercambio mercantil: se compra y se vende lo que es útil a alguien, lo que sirve para algún propósito, y en ese tire y afloje entre oferta y demanda, no hay lugar para todos pues de por medio está el interés y cálculo del empresario, para quien especula con la fuerza de trabajo de otros, quien se embolsilla los dividendos primero que cualquier trabajador/jugador.

Es un mercadeo de ilusiones y capacidades físicas en el cual al jugador, producto de las grandes cifras que devenga, olvida que es un trabajador, uno que cumple con su jornada y está sometido a intensas sesiones laborales, ahora súper exigentes, en tanto tiene que desempeñarse cada semana en por lo menos dos partidos, además de someterse a la rutina diaria de formación y mantenimiento físico que demanda prolongadas sesiones de trabajo.

Un trabajador, que si le va bien alcanza la jubilación tras 20 años de cumplir con el patrón, como le sucedía antes a todo el que tuviera trabajo fijo, derecho perdido pero que sí lo ostentan quienes trabajan controlando la número cinco. Son jóvenes enrolados a los 13 años de edad, que si les va bien a los 18 o 20 ya reciben al año ingresos que un obrero de salario mínimo no alcanza a reunir ni sumando sus ingresos de toda una vida, y que a los 35 ya ven cerrado su ciclo laboral Tal vez se retiran con lesiones físicas, con el desgaste del cuerpo que todo obrero sufre, en este caso con lesiones de rodilla, tobillos, pies, hombros, cabeza, pero no siempre es así, en ocasiones salen con aceptable salud. En todo caso, a mitad de sus vidas pueden dedicarse a cualquier otro oficio. Un lujo que pocos pueden darse.

De esta manera, en esa demencial descompensación, donde el individualismo es alentado al máximo, convertidos en figuras del espectáculo, en referentes de millones de personas, no es extraño que el consumo quede como alternativa y posibilidad: ellos son marca pero además no consumen sino las marcas que destacan en ese momento, y no solo sucede con la ropa y similares, también autos y hasta aviones. De eso se trata, así colonizan sus mentes: ostentar, destacar, lucir, figurar. Ya no son personas, ya son mercancía, una cosa, algo que un tercero maneja a su antojo.

Pocos logran zafarse de esa lógica perversa, defendiendo su capacidad integral, y cuando eso sucede, en tanto personalidades del espectáculo, logran impactar a millones de personas, estimulando actitudes críticas, rupturas con el vil mercadeo de la sociedad en general en que hemos caído.

Es una realidad que sucede con el fútbol, extendida a todos los otros deportes, entre ellos el básquet, el beisbol, por no alargarnos enumerando nombres.

Una realidad que no puede negarnos la ilusión de recuperar el deporte como simple juego, espontáneo compartir de ilusiones, alegrías y tristezas, espacio para integrar, para formar comunidad, al tiempo que nos formamos en cuerpo y espíritu.

 


 

Otra maravilla

 

No solo algunos jugadores, trabajadores de una empresa llamada deporte y en particular fútbol, devengan ahora inmensas sumas de dinero, también los perciben con muchos ceros los técnicos o entrenadores de esos equipos, que equivalen, por colocar un ejemplo, a ingenieros o profesionales cualificados de un sector específico de la producción.

Y aunque tienen sueldos inmensos cuando se desempeñan al frente de un equipo cualquiera en la liga profesional, la mesada se multiplica por mucho cuando son contratados por la Federación de Fútbol de un determinado país.

Es el caso de la Selección de Fútbol de Colombia, cuyo último técnico, Carlos Queiroz, salió en tiempo récord por bajos resultados, y para finiquitar su contrato tocaba cancelarle hasta dos millones de dólares. Si eso es perdiendo, ¿cómo será presentando óptimos resultados?

Pues bien, las informaciones procedentes de esa misma institución indican que en su reemplazo llegará Reinaldo Rueda, con quien discuten si la suma por pagarle, a él y su equipo técnico –integrado por Alexis Mendoza y Bernardo Redín– rondaría los 3,5 millones de dólares, por fuera de los cuales quedan las primas o bonificaciones por clasificar al mundial de este deporte, así como por lograr los mejores lugares en el mismo.

Y mientras esto sucede en el deporte, y en otras muchas profesiones donde las directivas se lucran de inmensos ingresos, las centrales obreras mantienen la discusión sobre el salario mínimo, que ahora en Colombia es de 908.500 pesos. En realidad el debate debe invertirse y discutirse el salario máximo, una vía para ir atacando la ascendente desigualdad social existente y creciente en nuestro país.

 

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Fútbol, en las bolsas de la especulación

Las noticias procedentes del mundo del fútbol, son cada vez más sorprendentes. Al final de la primera semana de enero algunos portales deportivos entregaron la información sobre el futbolista más caro del mundo, y sobre otros que le siguen en esa bolsa de especulación y mercadeo financiero en que ha terminado lo que otrora fue un juego, simplemente eso, una oportunidad de encuentro, recreación, competencia circunstancial, compartir de alegrías y relajamiento. La noticia estaba soportada en información brindada por el centro investigador Cies Football Observatory.

La noticia, presentada como lo más normal del mundo, como si no ocultara la esencia del modelo social que ahora nos domina, confirmaba que con un precio de 165 millones de euros (algo así como 709 mil millones de pesos) Marcus Rashford, delantero del Manchestar United F.C. (de la Premier League) figura como el jugador más caro del mundo.

Con algunos millones menos que su astronómica cotización, en segundo lugar destaca Ering Haaland, delantero del Borussia Dortmund (de la Bundesliga de Alemania) tasado en 152 millones de euros.

Pero no solo delanteros. Según el CIES, porteros, mediocampistas y demás también cotizan a cifras con muchos ceros. Por ejemplo, Bruno Fenandes, mediocampista del Manchestar United F.C. está cotizado en 151 millones de euros. Por su parte, Ederson Moraes, portero del Manchestar City F.C. está cifrado en 80 millones de euros.

En este mercado, más que deporte estrictamente hablando, los jugadores más referidos por el contorno colombiano, y que de por sí ya registraban con cifras que asombraban a todos los aficionados, quedan relegados a puestos distantes. Por ejemplo, el delantero del Barcelona Lionel Messi, en el 97 y valorado en 54 millones de la moneda europea. Y Cristiano Ronaldo, jugador de la Juventus, tasado “apenas” en 47 millones de igual moneda, figura en la posición 131.

Toda una locura. ¿Cómo fue posible que un deporte barrial, espacio de encuentro, abrazos, alegría y llanto colectivo, de compartir, momento de recreación y descanso, terminará transformado en fuente de especulación, intrigas de todo tipo, presiones inimaginables, manipulaciones, casino nacional y global tras el que se mueven intereses puros e impuros? Sin duda, la lucha de los gobernantes por el control de la Fifa, multinacional deportiva, no es casual.
¿Cómo fue posible que lo que era un simple intercambio de destrezas, capacidad física, agilidad corporal y mental, quedará transformado en una inmensa empresa mercantil con miles de tentáculos que no deja dormir a innumerable cantidad de niños y jóvenes en su ilusión por llegar a ser los mejores jugadores de su ciudad, país y mundo, no solo para destacar como simples y buenos deportistas sino para ganar infladas bolsas de dinero? Niños y jóvenes que desde ese momento han perdido la esencia del deporte, lo espontáneo, el compartir incluso sin reglas, como es el espíritu del juego en general, el divertirse, el batirse en capacidades momentáneas, para quedar sumidos en el afán por el triunfo, ocupando como todo trabajador un lugar exacto dentro de un tinglado predeterminado por otros.

Niños y jóvenes, en buena proporción habitantes de barriadas populares, que ven en la destreza con la pelota la oportunidad para salir de la marginalidad. Una ilusión coronada por muy pocos, pese al esfuerzo de tantos miles; una ilusión frustrada para muchos por la lógica en que se soporta todo intercambio mercantil: se compra y se vende lo que es útil a alguien, lo que sirve para algún propósito, y en ese tire y afloje entre oferta y demanda, no hay lugar para todos pues de por medio está el interés y cálculo del empresario, para quien especula con la fuerza de trabajo de otros, quien se embolsilla los dividendos primero que cualquier trabajador/jugador.

Es un mercadeo de ilusiones y capacidades físicas en el cual al jugador, producto de las grandes cifras que devenga, olvida que es un trabajador, uno que cumple con su jornada y está sometido a intensas sesiones laborales, ahora súper exigentes, en tanto tiene que desempeñarse cada semana en por lo menos dos partidos, además de someterse a la rutina diaria de formación y mantenimiento físico que demanda prolongadas sesiones de trabajo.

Un trabajador, que si le va bien alcanza la jubilación tras 20 años de cumplir con el patrón, como le sucedía antes a todo el que tuviera trabajo fijo, derecho perdido pero que sí lo ostentan quienes trabajan controlando la número cinco. Son jóvenes enrolados a los 13 años de edad, que si les va bien a los 18 o 20 ya reciben al año ingresos que un obrero de salario mínimo no alcanza a reunir ni sumando sus ingresos de toda una vida, y que a los 35 ya ven cerrado su ciclo laboral Tal vez se retiran con lesiones físicas, con el desgaste del cuerpo que todo obrero sufre, en este caso con lesiones de rodilla, tobillos, pies, hombros, cabeza, pero no siempre es así, en ocasiones salen con aceptable salud. En todo caso, a mitad de sus vidas pueden dedicarse a cualquier otro oficio. Un lujo que pocos pueden darse.

De esta manera, en esa demencial descompensación, donde el individualismo es alentado al máximo, convertidos en figuras del espectáculo, en referentes de millones de personas, no es extraño que el consumo quede como alternativa y posibilidad: ellos son marca pero además no consumen sino las marcas que destacan en ese momento, y no solo sucede con la ropa y similares, también autos y hasta aviones. De eso se trata, así colonizan sus mentes: ostentar, destacar, lucir, figurar. Ya no son personas, ya son mercancía, una cosa, algo que un tercero maneja a su antojo.

Pocos logran zafarse de esa lógica perversa, defendiendo su capacidad integral, y cuando eso sucede, en tanto personalidades del espectáculo, logran impactar a millones de personas, estimulando actitudes críticas, rupturas con el vil mercadeo de la sociedad en general en que hemos caído.

Es una realidad que sucede con el fútbol, extendida a todos los otros deportes, entre ellos el básquet, el beisbol, por no alargarnos enumerando nombres.

Una realidad que no puede negarnos la ilusión de recuperar el deporte como simple juego, espontáneo compartir de ilusiones, alegrías y tristezas, espacio para integrar, para formar comunidad, al tiempo que nos formamos en cuerpo y espíritu.

 


 

Otra maravilla

 

No solo algunos jugadores, trabajadores de una empresa llamada deporte y en particular fútbol, devengan ahora inmensas sumas de dinero, también los perciben con muchos ceros los técnicos o entrenadores de esos equipos, que equivalen, por colocar un ejemplo, a ingenieros o profesionales cualificados de un sector específico de la producción.

Y aunque tienen sueldos inmensos cuando se desempeñan al frente de un equipo cualquiera en la liga profesional, la mesada se multiplica por mucho cuando son contratados por la Federación de Fútbol de un determinado país.

Es el caso de la Selección de Fútbol de Colombia, cuyo último técnico, Carlos Queiroz, salió en tiempo récord por bajos resultados, y para finiquitar su contrato tocaba cancelarle hasta dos millones de dólares. Si eso es perdiendo, ¿cómo será presentando óptimos resultados?

Pues bien, las informaciones procedentes de esa misma institución indican que en su reemplazo llegará Reinaldo Rueda, con quien discuten si la suma por pagarle, a él y su equipo técnico –integrado por Alexis Mendoza y Bernardo Redín– rondaría los 3,5 millones de dólares, por fuera de los cuales quedan las primas o bonificaciones por clasificar al mundial de este deporte, así como por lograr los mejores lugares en el mismo.

Y mientras esto sucede en el deporte, y en otras muchas profesiones donde las directivas se lucran de inmensos ingresos, las centrales obreras mantienen la discusión sobre el salario mínimo, que ahora en Colombia es de 908.500 pesos. En realidad el debate debe invertirse y discutirse el salario máximo, una vía para ir atacando la ascendente desigualdad social existente y creciente en nuestro país.

 

 

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Publicado enEdición Nº275
Cómo se ven a sí mismos los multimillonarios

Autobiografía del 1%

 Leer las pésimas memorias de los superricos ofrece una visión esclarecedora de sus delirios

 

La mayoría de los multimillonarios se mantienen alejados de la esfera pública. Es lógico porque, según las encuestas, la cantidad de gente que desconfía de los multimillonarios es muy superior a la que los admira, y una abrumadora mayoría del público quiere que el gobierno confisque una parte de la riqueza de los multimillonarios. Para cualquiera que posea mil millones de dólares es fácil darse a conocer sobradamente, pero es obvio que la riqueza sin fama se prefiere a la fama sin riqueza (o la posibilidad de perder una pequeña parte de la riqueza). 

Algunos multimillonarios, sin embargo, escriben libros. Estos son algunos de los escasos documentos que la clase gobernante ha elaborado para el consumo de las masas. ¿Qué es lo que desean que sepamos? 

Tengo en mi escritorio una pila de ‘libros multimillonarios’, en su mayoría memorias. Cabe destacar: Am I being Too Subtle  [¿Estoy siendo demasiado sutil?] de Sam Zell, Losing My Virginity [Perder la virginidad] de Richard Branson, Compassionate Capitalism [Capitalismo compasivo] de Richard DeVos, Good Profit [Buenos beneficios] de Charles Koch, I Love Capitalism! [¡Amo el capitalismo!] de Ken Langone, What It Takes [Lo que se necesita] de Stephen Schwarzman, Zero to One [Cero a uno] de Peter Thiel, Trailblazer [Pionero] de Marc Benioff, Made in America [Hecho en América] de Sam Walton, The Harder You Work The Luckier You Get [Cuanto más trabajes, más suerte tendrás] de Joe Ricketts, y Bloomberg by Bloomberg [Bloomberg por Bloomberg] de Michael Bloomberg. (Qué título. Bloomberg, cuya compañía es Bloomberg LP, también hizo su fortuna con un dispositivo que inventó llamado “Bloomberg”, por lo que está claro que le gusta decir “Bloomberg”). 

Lo que puede haber advertido en los ‘títulos’ de estos libros es que muchos multimillonarios están un poco a la defensiva. Koch Industries, por ejemplo, ha invertido considerablemente en combustibles fósiles y ha sido multada con miles de millones de dólares por infringir las normativas medioambientales. Charles Koch, sin embargo, quiere que sepamos que saca un “buen beneficio”, con lo que pretende decir que aporta “un valor añadido a los demás” en lugar de simplemente obtener un enriquecimiento propio. Tanto Richard DeVos (Amway) como Marc Benioff (Salesforce) han escrito sendos libros llamados Compassionate Capitalism [Capitalismo compasivo]John Mackey (Whole Foods) lo llamó capitalismo consciente. Lo que están diciendo es: “Soy bueno. No soy lo que crees. Por favor, no me odies”. (La súplica cae en saco roto; para mí, todos estos libros también se podrían titular Exprópiame.)

A algunos, como Ken Langone (Home Depot), les preocupa un poco menos las apariencias. Titular un libro I Love Capitalism! [¡Amo el capitalismo!] es atrevido para un multimillonario, ya que suscita una respuesta obvia: “Sí, claro que sí. Te ha reportado mil millones de dólares. Si fueras el rey, probablemente escribirías un libro llamado ¡Amo la monarquía!, pero no nos diría mucho sobre si la monarquía favorece a alguien más”. 

Langone, por su parte, es sorprendentemente descarado en su defensa de tener mucho más que el resto de nosotros: 

¿Debo seguir los dictados de la Biblia? Seré honesto: no lo voy a revelar todo. ¿Por qué? ¡Porque me encanta esta vida! Me encanta tener casas bonitas y buena gente que me ayude. Me encanta subirme a mi avión en lugar de tener que quitarme los zapatos y hacer cola para coger un vuelo comercial. ¿Quieres acusarme de vivir bien? Me declaro culpable…  No sé si hubiera hecho lo que hice o si hubiera sacrificado el tiempo que he sacrificado si no le hubiera visto algo. Si eso es codicia, que sea lo que Dios quiera... Como he dicho, he sido rico y he sido pobre, y ser rico es mejor. 

Sin embargo, incluso Langone insiste en que lo que hace no es por dinero, y que el dinero es lo último en su lista de prioridades. De hecho, si hay un tema central recurrente en la literatura multimillonaria, es este: la insistencia en que lo que ha hecho rico al multimillonario es ayudar a otras personas en lugar de ayudarse a sí mismo. El multimillonario quiere explicarnos que lo que podría parecer como el acaparamiento constante de riqueza y un desequilibrio feudal de poder es, de hecho, el producto de elecciones morales defendibles y un sistema justo. Como señaló Max Weber: “El afortunado rara vez está satisfecho con el hecho de ser afortunado”, pero quiere saber que “tiene derecho a su buena fortuna” y que es una “fortuna legítima”. De ahí el “cuanto más trabajas, más suerte tienes” de Joe Ricketts (Ameritrade). Es manifiestamente falso, pero a Ricketts le ayuda a evitar sentirse culpable por su suerte y privilegio.  

El cristianismo ha elaborado “teodiceas”: intentos de explicar el “problema del mal”, también conocidos como conciliar la existencia de Dios con el hecho de que el mundo sea claramente injusto, ya que la otra opción más obvia es el ateísmo. Los ricos tienen sus propias teodiceas: intentos de explicar la obvia injusticia de su propia posición y encontrar alguna explicación para que el mundo sea como es, porque la otra opción más obvia es el socialismo. 

Ningún multimillonario, hasta donde he leído, afirma haberse enriquecido injustamente. Todos y cada uno de ellos reconocen el papel de la suerte en el éxito, pero no creen que la partida que ganaron sea esencialmente injusta. Todos quieren contarnos la historia de lo mucho que trabajaron, de lo beneficioso que fue para la gente y de que conseguir mil millones de dólares sencillamente fue un efecto secundario agradable de sus actividades en lugar del objetivo final.

Curiosamente, lo que queda implícito es que la codicia, de hecho, no es buena. Un multimillonario tiene que argumentar que no solo querían dinero (incluso si, como dice Langone, es bueno tener dinero), porque reconocen que el egoísmo puro es reprobable de un modo prácticamente universal. (Incluso El arte de la negociación de Trump comienza con la frase: “No lo hago por dinero”). En estos libros, cada multimillonario se presenta a sí mismo como una persona con principios que se preocupa por el prójimo además de por sí mismo. La escritura rebosa de falsa modestia, ya que los multimillonarios detallan de forma tediosa sus contribuciones filantrópicas para demostrar que a cambio “contribuyen”. Y nos dicen que mientras tener dinero está bien, no es el motivo por el que hacen lo que hacen. Si les tomamos la palabra, esto significa que el argumento habitual de que los impuestos altos reducen los incentivos es falso. Después de todo, todos los ricos dicen que no lo hacen por dinero, por lo que es de suponer que seguirían haciendo exactamente lo mismo si les quitamos la mayor parte de ese dinero.

Otra forma de legitimar su riqueza es justificar, en primer lugar, el sistema mediante el cual la acumulan. Existe una profunda convicción subyacente de que los beneficios financieros deben distribuirse de acuerdo con alguna fórmula racional, que la Mano Invisible de la Justicia de Mercado le da a cada uno lo que le corresponde: 

“La sociedad premia a quien le da lo que esta requiere. Por ese motivo, la cantidad de dinero que ganan las personas ofrece una idea aproximada de cuánto aportaron a la sociedad, NO de cuánto deseaban ganar dinero. Al analizar lo que causó que esas personas ganaran mucho dinero, se verá que, por lo general, esa cantidad es proporcional a la producción de lo que la sociedad requería y en gran medida no guarda relación con su deseo de ganar dinero. Muchas personas han ganado mucho dinero y nunca han hecho de ganar mucho dinero su objetivo principal. Sin embargo, simplemente se dedicaron al trabajo que estaban haciendo, produjeron lo que la sociedad requería y se enriquecieron haciéndolo”. –– Ray Dalio (Bridgewater) 

En una economía verdaderamente libre, para que una empresa sobreviva y prospere a largo plazo, esta debe desarrollar y utilizar sus competencias para aportar un valor real, sostenible y superior a sus clientes, a la sociedad y a sí misma... El papel de la empresa en la sociedad es ayudar a las personas a mejorar sus vidas… Las ganancias son una forma de medir el valor añadido que aporta a la sociedad”. –– Charles Koch 

“Esto es lo que sabemos que es verdad: hacer negocios es bueno porque genera un valor añadido, es ético porque se basa en el intercambio voluntario, es noble porque puede engrandecer nuestra existencia y es heroico porque saca a las personas de la pobreza y crea prosperidad”. –– John Mackey

Este último pasaje podría servir como una especie de “catecismo capitalista”, una declaración de la ideología central que el multimillonario “sabe que es verdad”. Los negocios aportan un valor añadido a la sociedad y, por lo tanto, son buenos. Lo que esto implica es radical: no solo significa que es legítimo ganar tanto dinero como puedas, sino que incluso podría significar que cuanto más dinero ganes, mejor persona eres. Si, como dice Dalio, las fortunas se distribuyen en proporción al grado en que alguien “da a la sociedad lo que esta requiere”, entonces la persona con más dinero ha hecho más para satisfacer a otras personas. El precio es equivalente al valor.    

No obstante, existen incluso otros multimillonarios que cuestionan la teoría de que las personas que más benefician a la sociedad sean las que ganan más dinero. Peter Thiel confesó a los estudiantes de empresariales que los innovadores en realidad no tienden a enriquecerse. Las personas que se enriquecen son monopolistas: aquellos que ven la oportunidad de controlar algo que necesita un elevado número de personas y que pueden eliminar la competencia. De hecho, mientras Langone se presenta a sí mismo como el “cofundador de Home Depot”, lo cual transmite a la gente la sensación de que creó algo real que la beneficia, en otro pasaje del libro revela que una de las formas en que hizo una enorme cantidad de dinero fue simplemente encontrando el modo de hacerse con el control de una patente importante de un componente láser muy utilizado. El hombre que inventó el componente no pudo hacer cumplir los derechos sobre su patente, así que Langone le contrató los servicios de un abogado a cambio de una parte de los beneficios, que resultaron ser sustanciales. El resultado final de esto para la “sociedad” fue que cada vez que alguien compraba un dispositivo que contenía este componente láser era más caro, de modo que Ken Langone podía obtener beneficios indefinidos de un monopolio impuesto por el gobierno por algo que él no había creado. 

Muchos multimillonarios no parecen producir nada en absoluto. Ray Dalio, por ejemplo, dirige un fondo de inversión de alto riesgo, lo que significa que hace apuestas. Richard Branson es conocido por Virgin Mobile y Virgin Atlantic, pero Losing My Virginity [Perder la virginidad] revela lo poco que contribuyó Branson a las operaciones que estaban labrando su fortuna. Por ejemplo, cuando Branson dirigía Virgin Records, el sello constantemente buscaba un artista de éxito. Encontraron una mina de oro en el multiinstrumentista Mike Oldfield, cuyo Tubular Bells fue uno de los álbumes más vendidos de la década de 1970. Branson no escribió ni produjo Tubular Bells. Simplemente era dueño de la compañía que lanzó el álbum.

Ahora el primer impulso sería pensar: “Bueno, pero se trata de una contribución importante. Branson puso en contacto al artista con las personas que lo escuchaban. No significa que el sello discográfico no haga nada. La música en realidad solo es una parte del producto final: un álbum”. Sin embargo, esta teoría se tambalea un poco a medida que atestiguamos lo que realmente estaba haciendo la empresa de Branson. Por ejemplo, a principios de la década de 1990 hubo una guerra de ofertas por Janet Jackson, cuyo siguiente álbum se esperaba que fuera un éxito seguro. Branson quería ganar esa guerra porque creía que tener a Jackson en el sello no solo les haría ganar mucho dinero, sino que también mejoraría la reputación de Virgin como espacio para artistas geniales y modernos.

Branson ganó la guerra, lanzó el álbum de Jackson y fue un gran éxito. Pero hay que tener algo en cuenta: si Richard Branson y Virgin no hubieran existido, nada habría cambiado desde el punto de vista del público. Jackson era tremendamente famosa y alguien iba a sacar su próximo álbum. En realidad Branson no añadió nada. No pasó nada gracias a él, excepto que 1) en los álbumes de Jackson aparecía Virgin en lugar de otro sello; 2) posiblemente la estrategia de marketing hubiera sido diferente con otro sello, pero la opinión general era que dada la popularidad de Jackson, en cualquier caso, cualquier el sello que consiguiera el álbum tendría un éxito en sus manos; y 3) Jackson recibió un poco más de dinero del que tendría si la guerra de ofertas hubiera tenido un participante menos.

Este último factor podría hacer creer que Branson ayudó a Jackson. Pero solo es así si asumimos la legitimidad del sistema capitalista. De hecho, la razón por la que, en primer lugar, Jackson necesitaba acudir al propietario de un sello discográfico multimillonario es que el propietario del sello discográfico multimillonario controla los “medios de producción y distribución”. Tener varios sellos discográficos pujando por su trabajo le permite al trabajador (Jackson) vender su trabajo a un precio más alto, pero la única razón por la que tiene que venderlo es que no tiene la propiedad de los medios de producción y distribución. Imaginemos una situación alternativa en la que se socializaran esos medios; digamos que tenemos estudios de grabación públicos como tenemos bibliotecas públicas y un medio público de distribución (como, por ejemplo, un Spotify propiedad de un artista). Ahí, el artista se beneficiaría mucho más del éxito de un álbum, porque no habría un Branson sacando tajada. 

En el libro no es evidente que a Richard Branson le interese en absoluto la música. De hecho, resulta que conoce a un tipo con gusto musical llamado Simon, que es quien hace los descubrimientos y la contratación. Branson únicamente habla del modo de cosechar el fruto del talento de otras personas: ¿cómo encontrar un artista que le haga ganar mucho dinero al sello? A menudo son artistas de los que el sello tiene casi la certeza de que llegarán a triunfar, pero si la compañía es la primera en firmar un contrato con ellos, obtendrá la parte que de otro modo iría a otra persona. No están aupando a genios no reconocidos que de otra manera nunca tendrían una oportunidad.

Para ver en lo que los “emprendedores” realmente “innovan”, hay que mirar al fundador de Nike, Phil Knight. Nike es, ante todo, una marca: un nombre y un logo de fama mundial. Sin embargo, a la mujer que diseñó el logotipo, la artista gráfica Carolyn Davidson, le pagaron 35 dólares por diseñarlo (posteriormente Knight mintió y dijo que fueron 75 dólares). A Knight ni siquiera le gustó el diseño cuando lo vio. En su autobiografía Nunca te pares afirma que cuando ella le mostró los logotipos que proponía, “el tema parecía ser… ¿relámpagos gordos? ¿Marcas de verificación regordetas? ¿Garabatos con obesidad mórbida? Sus diseños evocaban, de algún modo, movimiento, pero también mareos. Ninguno me decía nada”. Finalmente lo aceptó porque no había otra alternativa. Lo mismo sucedió con el nombre: Knight quería llamar a la empresa “Dimension Six”, pero “Nike” se le apareció a uno de sus empleados en un sueño. Cuando Knight lo escuchó, comentó: “Tendrá que servir… No me apasiona. Quizás me acabe convenciendo”. (Años después, cuando se conoció la infame historia, Knight montó todo un espectáculo para darle a Davidson algunas acciones de Nike).

Podríamos decir, por supuesto, que la marca Nike no es la clave de Nike, que los zapatos también importan. Sin embargo, Knight no se inventó un nuevo tipo de zapato. En realidad, simplemente se dio cuenta de que los zapatos japoneses eran de gran calidad y se podían conseguir a bajo precio. Al ser el primero en importar esos zapatos extranjeros de calidad superior, pudo sacarles enormes montones de dinero a los estadounidenses por los productos fabricados por los japoneses. Fue como si fuera el primer estadounidense que fuera a México, ‘descubriera’ el taco y se diera cuenta de que podía hacer una fortuna porque los mexicanos aún no habían intentado vender tacos a los estadounidenses.

Ser el ‘primero’ constituye una parte importante del modo en que los multimillonarios de éxito hacen su fortuna. Mark Zuckerberg no creó la “mejor” red social. La creó exactamente en el momento en que era posible hacer una cosa así pero no se había llevado a cabo. Cuando se es el primero, es posible crecer lo suficiente en un espacio en que los “efectos de red” mantienen a otros participantes fuera del mercado. Ahora es casi imposible lanzar un competidor de Facebook o Twitter porque fueron los primeros en enganchar a todo el mundo. PayPal no era el sistema de pago más brillante que se pueda imaginar. Pero apareció justo cuando la gente necesitaba un sistema de pagos en línea. Sam Zell habla en sus memorias sobre la importancia de la “ventaja de ser el primero en mover ficha”. Cuando la Ley de Telecomunicaciones de 1996 eliminó las restricciones sobre la cantidad de emisoras de radio que una persona podía poseer, Zell comenzó a comprar emisoras de radio en dificultades por todo el país a precio de ganga. Finalmente reunió una red gigante de emisoras que vendió a Clear Channel por 4.400 millones de dólares. Zell no indica que hiciera algo para mejorar las emisoras de radio, ni siquiera que le interesara la radio de alguna manera. Únicamente sabía que las emisoras de radio podrían venderse por un precio más alto que el que tenían. En otras palabras, puede que no cambie absolutamente nada en una empresa o industria, pero alguien como Zell puede llegar y ganar una cantidad ingente dinero con ello. 

El caso de las emisoras ​​de radio es un ejemplo de cómo intentar controlar al máximo posible algo escaso. Hay un número limitado de emisoras de radio con licencia, por lo que Zell trató de comprar lo que sabía que otras personas pronto necesitarían y por lo que tendrían que pagarle. No hubo innovación alguna. Solo la búsqueda del poder. Zero to One [Cero a uno] de Thiel ofrece abiertamente una guía directa para el capitalista inteligente: obtener el monopolio de algo en lugar de inventar algo sumamente útil desde el punto de vista social que se pueda copiar con facilidad. Zell está de acuerdo y ha dicho que “lo mejor que se puede tener en el mundo es un monopolio, y si no puedes tener un monopolio, una oligarquía”.

Zell recuerda otro ejemplo de una época en la que acaparó un mercado e hizo una fortuna. Descubrió que una empresa pequeña y con problemas llamada American Hawaii Cruises tenía el monopolio de los viajes en crucero a Hawai porque la ley estadounidense prohibía que los barcos fabricados en el extranjero realizaran viajes dentro de Estados Unidos. (Recuerde, la retórica del “libre comercio” es una farsa, Estados Unidos es un país profundamente proteccionista). Al comprar la empresa, Zell pudo asegurarse de que él era el que se beneficiaba, en lugar de otra persona, pero no porque fuera muy bueno dirigiendo la empresa. Se llama a sí mismo el “presidente de todo y el director ejecutivo de nada”, y dice que no “se involucra en el día a día”. Su trabajo es simplemente averiguar qué comprar y luego hacer que otra persona lo ejecute. (Esto hace que resulte gracioso que también haya dicho que “el 1 % trabaja más” que el resto y “debería ser emulado”). 

Zell tristemente compró Los Angeles Times y exigió que el trabajo de los periodistas generara más ingresos. “Vete a la mierda”, le dijo a un fotógrafo del Orlando Sentinel que se enfrentó a él en público por opinar que los reporteros debían concentrarse más en obtener ganancias que en informar sobre las noticias. ¿El mayor enfoque de Zell en los beneficios terminó generando más ingresos? No, un año después, Los Angeles Times se sumió en la bancarrota, en uno de los casos más conocidos de un ricachón que compra un periódico venerable y lo destruye.

La quiebra de un periódico popular difícilmente “satisface una necesidad social”. Algunas actividades económicas no se llevan a cabo más que para “buscar rentabilidad”: tan solo son un modo de intentar conseguir dinero sin aumentar la producción o el valor de nada. Por ejemplo, si se coloca una cerca a lo largo de un río y se cobra a la gente la entrada para nadar en el río, no se contribuye con nada a nadie. Lo único que se ha hecho es sacar rédito de personas que anteriormente podían utilizar el río de forma gratuita. Una persona rica no es necesariamente rica por haber generado algo valioso. Simplemente, como sugirió Marx, podrían haber encontrado un modo de sacar rédito del trabajo de otros. Como en el caso de Zell, incluso podrían disminuir el valor total del trabajo en sí. Cuando analizamos lo que realmente hacen estos hombres, su función social empieza a parecer mucho más cuestionable. 

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También podemos hacernos una idea de cómo funciona el ‘privilegio’ al observar la forma en que estos hombres dieron sus primeros pasos. La mayoría de ellos tuvieron una infancia feliz, o al menos no experimentaron traumas o tragedias devastadoras. También tenían apoyo familiar. Cuando el joven Richard Branson quiso comprar una casa solariega en el campo para montar un estudio de grabación, sus padres le dieron 2.500 libras esterlinas y su tía Joyce 7.500 libras esterlinas, el equivalente a alrededor de 180.000 dólares de hoy, con los que pudo poner en marcha Virgin Records. En 1945, el suegro de Sam Walton le prestó 20.000 dólares para comprar una tienda. Eso equivale a casi 300.000 dólares en dinero de hoy. Walton dirigió la tienda con éxito, compró otra tienda y poco a poco creó la cadena que se convertiría en Walmart. Sus hijos son ahora algunas de las personas más ricas del mundo. Walton, por supuesto, llama a la suya una “historia sobre el espíritu empresarial, el riesgo y el trabajo duro”, el sueño americano cumplido. Pero, ¿qué probabilidad había de que en Arkansas, en la década de 1940, una persona negra hubiera conseguido un enorme préstamo de un suegro rico y vendiera productos a una clientela blanca? Walton ganó una partida amañada. Walmart no podría haber sido fundado por gente negra independientemente de cuánto trabajaran, y como la ventaja de ser “el primero en mover ficha” es tan importante, la primera cadena de supermercados siempre iba a estar dirigida por una persona blanca. Este es un ejemplo muy claro de cómo la brecha de riqueza racial se transmite entre generaciones. Puesto que ninguna familia negra había acumulado riqueza en 1945, ninguna persona negra podía competir con Sam Walton. Hoy en día, los hijos multimillonarios de Sam Walton disfrutan de inmensas fortunas que fueron creadas en condiciones completamente ilegítimas, ¡y lo consideran un ejemplo de premio al mérito! 

También se puede ver por qué es irrelevante decir que los multimillonarios han “trabajado” por su dinero. De hecho, es absolutamente cierto que muchos de los superricos trabajan y trabajan duro. Llegan temprano a la oficina, se van tarde, descuidan a sus familias y tienen pocos intereses aparte de su negocio. De hecho, una característica notable de estas memorias es que los multimillonarios parecen ser absolutamente “incultos”. No soy un esnob, pero da la sensación de que la primera vez que muchos de ellos leyeron un libro fue cuando el negro que contrataron les entregó sus propias memorias para que las corrigieran. Hay una sorprendente falta de interés en la literatura, el teatro, el arte, la música, la danza, la historia o cualquier otra cosa que no sea el espíritu empresarial. Son aburridos. Sin embargo, admito que se entregan a su trabajo. 

Sin embargo, Marx señaló una vez que es irrelevante cuánto trabaje un esclavista para ser esclavista cuando se trata de evaluar su función. La fortuna de Walton no se la ganó, independientemente de lo que trabajara por ella, porque la construyó bajo un conjunto de condiciones injustas que hicieron posible su éxito. Del mismo modo, aquellos que robaron y “explotaron” la tierra de los nativos americanos pudieron emplearse mucho en ello, pero eso no nos dice si los beneficios que obtuvieron fueron adquiridos injustamente. (Los ladrones también pueden trabajar muchas horas).

Otro mito de los superricos es que obtienen beneficios porque han estado dispuestos a “correr riesgos”. El capitalista, se dice, obtiene altos rendimientos porque se ha arriesgado a la posibilidad de no obtenerlos. Pero cuando se leen sus memorias, en realidad se descubre que gran parte de lo que hacen los capitalistas consiste en tratar de encontrar propuestas siempre al alza, sin ningún riesgo en absoluto. Zell, por ejemplo, habla de cómo fue el primero en darse cuenta de que los parkings para autocaravanas eran una inversión fantástica. Las personas que los utilizaban generalmente se quedaban en ellos y rara vez se iban, no había que invertir mucho dinero en mantenerlos o mejorarlos y la competencia estaba limitada por el hecho de que nadie que viva en una casa querría que pusieran un nuevo parking de autocaravanas cerca. De modo que si se compraban, se podía sacar una importante cantidad de dinero a los residentes indefinidamente. El ‘riesgo’ fue insignificante.

A menudo escucho a los defensores del capitalismo decir cosas como “bueno, si ustedes los socialistas alguna vez hubieran tenido que pagar una nómina, pensarían de un modo distinto” o “un socialista no podría llevar un puesto ambulante de tacos”. (En mi caso esto es cierto, ya que no sé hacer tacos). Sin embargo, al trabajar con nuestro entregado y brillante personal para lograr que Current Affairs pasara de ser un pequeño proyecto que operaba desde el salón de mi casa a una empresa exitosa con un despacho y distribución global, he podido ver de primera mano por qué los temas de debate capitalistas son falsos. Ciertamente, entiendo que ‘fundar’ una empresa no significa que se haga personalmente lo que esta produce. Quien lo hace siempre es un equipo de personas que realizan multitud de tareas por poco crédito público. 

Arriesgarse, por ejemplo. Yo no me arriesgué. De verdad, en absoluto. Si la empresa quebrara, yo no me encontraría en apuros. Simplemente me marcharía y haría otra cosa. No perdería dinero; al principio nos financiamos a través de Kickstarter. El único riesgo era que los primeros suscriptores no recibieran sus revistas. Pero no era un riesgo real porque era fácil asegurarse de que las recibieran (mi colega fundador Oren Nimni y yo empaquetamos y etiquetamos todas y cada una de las revistas nosotros mismos, a mano). Eso sí, me aseguré de no ser el dueño de Current Affairs, que es una cooperativa. Sin embargo, si hubiera conservado la titularidad, después de contratar al personal pude haber sacado rédito sin arriesgar nada simplemente por ser la persona que inicialmente la puso en marcha. La razón por la que los multimillonarios ganan más dinero que todos los demás en su empresa es que tienen el poder de exigirlo, no porque lo merezcan o porque hayan trabajado más que nadie y ni siquiera (en la mayoría de los casos) porque crearan la novedad que logró el éxito de la empresa. 

También tienen una mentalidad distinta a la de los demás. Stephen Schwarzman (Blackstone) recuerda un desacuerdo que tuvo reiteradamente con su padre, que era dueño de una pequeña farmacia en Filadelfia llamada Schwarzman’s. Schwarzman hijo le decía constantemente a Schwarzman padre que debía expandir la tienda a nivel regional o nacional. Su padre simplemente no entendía para qué. 

“Podríamos ser enormes”, replica el hijo. 

“Soy muy feliz y tengo una bonita casa. Tengo dos coches. Tengo suficiente dinero para enviarte a ti y a tus hermanos a la universidad. ¿Qué más necesito?”

“No se trata de lo que necesitas. Se trata de deseos ”, contesta el hijo. 

“No quiero. No lo necesito. No me haría feliz”.

En su libro, Schwarzman cuenta que negó con la cabeza y no entendía por qué su padre rechazó “algo seguro”. Más tarde, dice que llegó a comprender que “no se aprende a ser emprendedor”. Sencillamente papá no tenía esa mentalidad.

Por supuesto, el padre de Schwarzman sale bien parado de ese diálogo, como alguien perfectamente razonable, y su hijo todavía no lo comprende, incluso muchas décadas después. No es solo que el dinero no pueda comprar la felicidad. Es que una vez que tienes la felicidad, la búsqueda posterior del dinero solo la disminuye. Pero quizás eso no sea cierto para Stephen Schwarzman, cuyo estilo de vida Vanity Fair describe así: 

En 2007 Schwarzman se convirtió en sinónimo del exceso de Wall Street cuando, en vísperas de la crisis financiera, organizó una fiesta por su 60 cumpleaños en la que Martin Short fue el maestro de ceremonias; actuaron Patti LaBelle y Rod Stewart; ofreció una comida de “langosta, filet mignon y baked Alaska” acompañada de “una selección de vinos caros”; “Réplicas de la colección de arte de Schwarzman” colgaban de las paredes, “un retrato suyo de cuerpo entero pintado por Andrew Festing, presidente de la Royal Society of Portrait Painters”; alrededor de 350 invitados, entre ellos Barbara Walters, Maria Bartiromo, Tina Brown, Melania y Donald Trump; y una “réplica a gran escala de…  el piso de Schwarzman en Manhattan”. Más tarde ese mismo año, se revelaron sus preferencias culinarias —cangrejos moro que cuestan 400 dólares, o 40 dólares por pinza— y su baja tolerancia a la contaminación acústica (“mientras tomaba el sol junto a la piscina de su casa de más de mil metros cuadrados en Palm Beach, Florida, se quejó… de que un empleado no llevaba los zapatos negros de su uniforme… [y explicó] que le distraía el chirriar de las suelas de goma”)... Durante décadas, Schwarzman, cuya fortuna se estima que es de 12.400 millones de dólares, ha tenido que sufrir los ataques hirientes del público ignorante hacia el sector del capital privado y la falta total de comprensión por el gran servicio público que ofrece. Posiblemente quería organizarse una lujosa fiesta por su 65 cumpleaños, pero sopesó la situación y esperó a cumplir los 70 para celebrarlo en una velada que incluyó trapecistas, camellos vivos, acróbatas, soldados mongoles, “un pastel de cumpleaños gigante en forma de templo chino” y Gwen Stefani cantando “Cumpleaños feliz”.

Schwarzman, dicho sea de paso, fue quien comparó el intento de Barack Obama de aumentar un poco el tipo impositivo marginal máximo con la invasión de Polonia por Hitler.

La enorme diferencia que hay entre lo que piensan los multimillonarios sobre el mundo y la forma en que lo hace la gente normal es uno de los aspectos más fascinantes de estos libros. Michael Bloomberg empieza Bloomberg by Bloomberg explicando cómo le destrozó su despido de Salomon Brothers en la década de 1980. Con una indemnización de tan solo 10 millones de dólares, dice: “Me preocupaba que Sue se avergonzara de mi nueva posición menos visible y me preocupaba no poder mantener a la familia”. Daniel Abraham (Slim-Fast) dice de su casa de la infancia: “Cuando digo que la casa tenía catorce habitaciones, seguramente suene a que éramos ricos. Pero no lo éramos. De ningún modo. Por entonces las casas eran baratas”. A veces parece que llevan tanto tiempo recibiendo halagos por parte de la gente que les rodea que no se dan cuenta de lo estrambóticos que resultan y de lo poco corrientes y antinaturales que verdaderamente son su codicia y sus aspiraciones. 

Esto es cierto incluso en el caso de Richard Branson, el multimillonario “divertido” que gusta a la gente. (La publicidad en la contraportada de Losing My Virginity incluye las citas de Newsweek : “Lleva su fama y su dinero sumamente bien... no le interesa el poder [y] sólo quiere divertirse”; GQ: “Encarna la apreciada mitología estadounidense del emprendedor iconoclasta y bravucón”; Ivana Trump:“ Richard es guapo y muy inteligente”). En una anécdota asombrosa sobre sus comienzos editando y publicando una revista llamada Student, Branson relata cómo descubrió que su cofundador quería convertir el negocio en una cooperativa de trabajadores y Branson salvó la situación mintiendo y haciendo que su amigo creyera que los trabajadores lo odiaban: 

Había dejado el borrador de un memorando que estaba escribiendo al personal. Era un plan para deshacerse de mí como director y editor, tomar el control editorial y financiero de Student y convertirlo en una cooperativa. Me convertiría en parte del equipo y todos compartiríamos equitativamente la dirección editorial de la revista. Me quedé impactado. Sentí que Nik, mi mejor amigo, me estaba traicionando... Decidí marcarme un farol con la crisis ... [Si el personal estaba] indeciso, entonces podía sembrar cizaña entre Nik y los demás y dejar fuera a Nik. 

[…] “Nik”, dije mientras caminábamos por la calle, “varias personas se me han acercado y me han dicho que no están contentas con lo que estás planeando. [Nota: una mentira] No les gusta la idea, pero tienen demasiado miedo como para decírtelo a la cara”. Nik estaba horrorizado. 

“No creo que sea una buena idea que te quedes”, continué. “Estás intentando desautorizarme a mí y a Student al completo”…  Nik bajó la mirada hacia sus pies.

“Lo siento, Ricky”, dijo. “Simplemente me parecía una mejor forma de organizarnos…” Se le quebró la voz.

“Yo también lo siento, Nik…”. Nik se fue ese día... Odio criticar a la gente que trabaja conmigo... Desde entonces siempre he tratado de evitar el problema pidiendo a otra persona que empuñe el hacha.

Más allá de contar anécdotas como esta, las tendencias psicopáticas descaradas no aparecen muy a menudo en estos libros. La mayoría, después de todo, se escribieron con la ayuda de hábiles negros literarios cuyo trabajo es enterrar las cosas desagradables. La única forma real de sobrepasar la propaganda es ir más allá de las fuentes primarias y examinar los hechos. Marc Benioff llena página tras página de su libro con sus virtudes y con lo que se preocupa su empresa por los accionistas y no tan solo por ganar dinero; sin embargo, poco después de que comenzara la pandemia de covid-19, Salesforce anunció que despedía a mil empleados a pesar de haber informado de que había registrado los mejores resultados anuales de su historia. Stephen Schwarzman habla con orgullo de una empresa de su propiedad llamada Invitation Homes, que presenta como la oportunidad que ofreció a la gente pobre de acceder a una buena vivienda después de la crisis financiera. “Apuesto a que si busco esta empresa, en realidad resultará que hace un montón de cosas turbias y que Schwarzman es un malvado explotador”, pensé mientras leía el pasaje. Efectivamente,  Reuters informó de que “en entrevistas con decenas de inquilinos de la compañía en vecindarios de todo Estados Unidos, la imagen que se desprende no es tanto de un servicio excepcional como de tuberías con fugas, alimañas, moho tóxico, electrodomésticos que no funcionan y esperas de meses para reparaciones”. Un grupo de trabajo de la ONU dedicado a derechos humanos y empresas multinacionales incluso envió a Schwarzman una carta de queja denunciando las prácticas de su empresa:

Los inquilinos nos dijeron que cuando le piden a Invitation Homes que realice reparaciones o mantenimiento rutinarios, como abordar los problemas de las tuberías con los insectos domésticos, se les cobra directamente por cualquier tarea aparte del alquiler. También informaron que Invitation Homes, mediante un sistema automatizado, amenaza rápidamente con el desalojo o presenta avisos de desalojo debido al retraso en el pago del alquiler o en el pago de las tarifas (95 dólares por incidente), sin importar las circunstancias. Si un inquilino no puede pagar el cargo por pago atrasado y si Invitation Homes no desaloja, ese cargo se añade al alquiler del inquilino. Si en el mes siguiente el inquilino puede pagar su alquiler pero no el cargo adicional, el inquilino puede ser desalojado por pago parcial del alquiler. Cuando los inquilinos optan por impugnar el desalojo de Invitation Homes, incurren en tarifas y sanciones adicionales. 

Es difícil otorgar el premio al “multimillonario más malvado” del grupo de magnates ladrones del siglo XXI cuya producción literaria he atestiguado, pero Schwarzman probablemente lo gane por financiar una vida de lujo absolutamente obscena al aumentar el alquiler de los pobres y dejarlos en la calle en cuanto se retrasan en el pago (e incluir algunas tarifas y multas por si fuera poco). Simplemente es absolutamente atroz. Como le dijo el dueño del periódico al reportero gráfico: vete a la mierda.

*****

Gran parte del comportamiento que vemos en los multimillonarios proviene de lo que he llegado a llamar “la filosofía bifurcada de acumulación y distribución”. O, de un modo menos desagradable: está bien ser un sociópata cuando consigues las cosas, siempre y cuando seas un santo después de que las tengas. La idea es que el mundo de los negocios es de una competencia salvaje, puedes ser tan maquiavélico como quieras y no has de pensar en las consecuencias en la vida de nadie. Pero luego tienes que hacer filantropía, porque la codicia es mala. Andrew Carnegie, el magnate ladrón de O.G., presentó el modelo a seguir en su popular Gospel of Wealth [Evangelio de la riqueza]. Carnegie comienza justificando todo tipo de desigualdades terribles como el orden natural de las cosas, que debería estar completamente fuera de toda duda:

El contraste entre el palacio del millonario y la cabaña del trabajador hoy mide el cambio que ha venido con la civilización. Sin embargo, no hay que condenar este cambio, sino darle la bienvenida… Es mucho mejor esta gran anomalía que la miseria universal. Está más allá de nuestro control alterarlo y, por lo tanto, hay que aceptarlo y aprovecharlo al máximo. Es una pérdida de tiempo criticar lo inevitable… Aceptamos y acogemos, como condiciones a las que debemos acomodarnos, la gran desigualdad del entorno: la concentración de negocios, industriales y comerciales, en manos de unos pocos imprescindibles para el progreso futuro de la raza. Hay que considerar que el socialista o anarquista que busca revertir las condiciones actuales está atacando los cimientos sobre los que descansa la civilización misma, porque la civilización comenzó desde el día en que el trabajador diligente y eficaz le dijo a su compañero incompetente y holgazán: “Si no siembras, no cosecharás”, y de este modo acabó con el comunismo primitivo al separar a los zánganos de las abejas.

Sin embargo, posteriormente, Carnegie establece la teoría de la nobleza obliga: a cambio de beneficiarse de este sistema, “el deber del hombre rico” es “organizar obras benéficas de las que las masas de sus semejantes se beneficiarán”. Así será “el mero fideicomisario y agente de sus hermanos más pobres, poniendo a su servicio su sabiduría superior, [favoreciéndolos más] de lo que ellos harían o podrían hacer por sí mismos”. Eso sí, Carnegie es muy particular acerca de a quién ayuda, ya que condena la “caridad indiscriminada” y afirma que “sería mejor para la humanidad que los millones de ricos fueran arrojados al mar a que acaben incentivando a los perezosos, borrachos e indignos”, y es una de esas personas que dice que dar a los mendigos en realidad les perjudica y por lo tanto es egoísta e inmoral. Pero el mensaje general de Carnegie es: no importa cómo te enriqueces si después eres un “administrador” del bien público. Acumula lo que quieras, siempre que distribuyas de acuerdo con los principios de la justicia.

Excepto, por supuesto, que la filantropía es tan egoísta como la acumulación infinita de riqueza. Un verdadero benefactor de la humanidad se despoja de su riqueza en lugar de entregarla gota a gotas a sus causas favoritas. El filántropo no es diferente de un señor feudal que repartía favores. La fórmula de “acumulación injusta/distribución justa” es simplemente una teodicea más absurda, con la filantropía como un medio para ayudar a estos tipos a racionalizar el hecho de tener mucho más lujo y poder que los demás. 

Los multimillonarios se dicen muchas cosas a sí mismos. Dicen que el precio de mercado es valor, lo que significa que si estás ganando dinero estás ayudando al mundo. Dicen que son recompensados ​​por el riesgo y el trabajo duro, aunque no arriesguen nada y las personas que trabajan mucho más que ellos ganen una miseria. Dicen que ganaron un concurso “libre”, cuando ganaron uno amañado cuyos resultados no tienen legitimidad. (¿Es una mera coincidencia que todos sean blancos?) Dicen que son “compasivos” en sus prácticas capitalistas, pero finalmente dejan que el mercado determine su moralidad. Dicen que innovan y aportan valor cuando no hacen nada por el estilo. Las justificaciones de su éxito se desmoronan al tocarlas. Es interesante que la clase dirigente, con todos sus recursos, no sea capaz de montar ningún tipo de defensa persuasiva de su propia posición. Pero para cualquiera que en el fondo tenga dudas y se pregunte si tal vez los de arriba son más inteligentes, mejores y más trabajadores, le tranquilizará saber que no lo son. No tienen que creer en mi palabra. Está ahí mismo en sus libros.

Por Nathan J. Robinson (Current Affairs) 16/01/2021

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Cómo la desigualdad reduce el crecimiento

Diversos trabajos explican que las condiciones de desigualdad no solo resultan perniciosas en términos éticos, sino también en los económicos. Atentan contra la productividad y el crecimiento. Ciertos modos de capitalismo destruyen el propio capitalismo que dicen defender.

 

En tanto la época neoliberal se acerca a su fin, se destacan dos datos estadísticos. Ha habido un continuo incremento de la desigualdad de ingresos y de riqueza desde 1980, especialmente en Estados Unidos; y ha habido una marcada desaceleración del crecimiento de la productividad en todo el mundo desarrollado desde 2000.

La primera observación ha dado lugar a un profuso trabajo académico, en el que la contabilidad del ingreso nacional se ha ampliado para incluir medidas explícitas de la distribución del ingreso. Los frutos de estos esfuerzos están empezando a aparecer en la literatura económica. La segunda observación ha sido estudiada por numerosos académicos que ofrecen una variedad de explicaciones, no siempre mutuamente excluyentes. Algunos apuntan al problema de la mala medición: debido a la adopción generalizada de la tecnología digital, el límite de lo que miden las cuentas de ingresos nacionales ha pasado a excluir trabajo previamente captado por el PIB. Otros hacen hincapié en el ritmo lento de la difusión de las nuevas tecnologías, lo que permite a los «mejores» sacarle mucha ventaja al «resto», que se ven afectados por el poder de los que están arriba de limitar el acceso a la innovación.

Asimismo, como la inversión está cada vez más concentrada en activos intangibles que reducen los costos marginales para los actores dominantes, la productividad extraordinaria de una empresa «superestrella» cada vez más congela la competencia y confiere un liderazgo casi insalvable en el mercado. Y, luego de la suspensión efectiva de las leyes antimonopólicas en Estados Unidos desde los años 1980, ha habido una mayor concentración en todas las industrias. Finalmente, el poder de negociación de los trabajadores en los mercados laborales ha vuelto a caer, en particular en Estados Unidos, prácticamente con la eliminación de los sindicatos en el sector privado. Hoy, en un impactante trabajo de síntesis, el economista Lance Taylor, asistido por Özlem Ömer de la Universidad Nevsehir Haci Bektas Veli en Turquía, ha aportado una nueva perspectiva a la discusión. Taylor es una figura rara entre los economistas de hoy en día. Fue profesor en dos de las ciudadelas más connotadas de la economía tradicional, la Universidad de Harvard y el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), y luego ha pasado la última generación en la Nueva Escuela de Investigación Social en la ciudad de Nueva York, y participa activamente en el Instituto del Nuevo Pensamiento Económico. (Yo soy uno de los fundadores de la INET y conocí por primera vez a Taylor en 1993 como miembro del Comité Visitante del Cuerpo Docente de Posgrado de la Nueva Escuela).

Taylor tiene un pleno dominio de los instrumentos de la economía moderna, y ha elegido desplegar esas herramientas para impulsar una agenda explícitamente progresista. En Macroeconomic Inequality from Reagan to Trump [Desigualdad macroeconómica de Reagan a Trump], ha enriquecido la estrategia convencional para el análisis económico con dos instrumentos desestimados que ayudan a descubrir el funcionamiento real de la economía de producción monetaria moderna. Así, ofrece perspectivas originales y convincentes de todos los fenómenos considerados por quienes intentan explicar qué sucedió con la productividad.

El gran enigma de la productividad

En los últimos años, la economía ha tenido que hacer frente con un creciente volumen de investigación sobre la concentración industrial, los mayores márgenes de ganancias, la caída en la participación de la mano de obra en los ingresos y la reducción ya verificada en la tasa de interés real libre de riesgo. El primer aporte de Taylor consiste en hacer algo más que medir el ingreso y la distribución de la riqueza para determinar las consecuencias de la creciente desigualdad en el crecimiento económico.

Hace mucho que se reconoce (y que se confirmó estadísticamente) que los ricos ahorran más que los pobres. De hecho, el 10% inferior de la distribución incluye «ahorristas negativos» que dependen de las transferencias del Estado. La razón es obvia: los ricos pueden permitirse ahorrar e invertir, mientras que los que se esfuerzan por mantener un estándar de vida de subsistencia necesariamente tienen que gastar todo lo que reciben. El 1% superior, que recibe aproximadamente 18% del ingreso agregado de los hogares antes de plusvalías (de las cuales reciben un porcentaje desproporcionado), ahorran casi el 50% de su ingreso total; los retornos incrementan la desigualdad aún más. Esto refleja la famosa observación de Thomas Piketty, de la Escuela de Economía de París, sobre la desigualdad: r>g. La desigualdad aumenta cuando la tasa de retorno sobre la inversión es mayor, a lo largo del tiempo, a la tasa de crecimiento económico. En sintonía con esta perspectiva, Taylor señala que cuantos más ingresos (incluidos ganancias de capital y dividendos) van a la cima de la distribución del ingreso, la tasa de crecimiento de la demanda efectiva cae, de tal modo que un incremento en r en realidad reduce g.

Taylor lleva la dinámica distributiva al núcleo del concepto keynesiano de cómo se determina el ingreso nacional. Más allá de cuáles sean las decisiones de ahorro en la economía, el ingreso agregado estará determinado por la magnitud de las compensaciones de ahorros en forma de inversión empresarial, gastos del gobierno exentos de impuestos y exportaciones netas. Es importante observar que estas compensaciones se generan por decisiones tomadas independientemente de la decisión de ahorrar. Sin ningún mecanismo para poner en práctica la Ley de Say (según la cual la oferta es la que crea la demanda), los ahorros no se compensan automáticamente al ser traducidos en inversión. Y como una mayor desigualdad aumentará el volumen de los ahorros que tienen que ser compensados, el crecimiento económico se verá afectado a menos que existan nuevas iniciativas para aumentar la demanda efectiva.

Dinamismo, entonces y ahora

Aquí, la innovación de Taylor sigue los pasos del economista y premio Nobel Paul Samuelson, objeto de una biografía reciente de Roger E. Backhouse, cuyo primer volumen apareció al mismo tiempo que Macroeconomic Inequality from Reagan to Trump. Durante la Segunda Guerra Mundial, se nombró al joven Samuelson para integrar la Junta Nacional de Planificación de Recursos de Estados Unidos y se le encomendó la tarea de analizar (ya en 1942) las posibilidades económicas para el mundo de posguerra. Al haber estado profundamente influenciado por Alvin Hansen de Harvard, Samuelson se propuso determinar si el fin de la producción de guerra total haría regresar a la economía a los niveles de demanda efectiva de la era de la Depresión. Compuso un memorándum, «Demanda de los consumidores con plena producción», ocupándose explícitamente de cómo las políticas para reducir la pobreza y equilibrar la distribución del ingreso harían aumentar la demanda efectiva y así contribuirían al pleno empleo.

Taylor tiene preocupaciones similares. Pero en su síntesis de la dinámica macroeconómica, no se limita a aplicar las cuestiones distributivas a la demanda agregada y al crecimiento económico. Más bien, también incorpora la «dinámica económica estructural» de Luigi Pasinetti, un economista poskeynesiano largamente vinculado a la Universidad de Cambridge. (El padrino de Pasinetti en Cambridge era Richard Kahn, el mejor alumno de John Maynard Keynes, autor del principio multiplicador en la economía y mi propio director de tesis).

Pasinetti definió cómo evoluciona una economía a través de la expansión y contracción diferencial de sus diversos factores, según sus tasas distintivas de crecimiento de la productividad del lado de la oferta y elasticidades con respecto al precio y al ingreso del lado de la demanda. Luego fue más allá de la imagen estática representada por las tablas input-output del economista Wassily Leontief, que eran la norma en ese momento. Pero esto fue hace 50 años, cuando la dinámica del patrón sectorial en el tiempo solo podía ser conceptualizada, no puesta en práctica cuantitativamente. Ahora, tenemos los datos y el poder informático necesarios para animar la dinámica de Pasinetti, y esto es precisamente lo que han venido haciendo Taylor y Ömer.

Inspirándose en las perspectivas seminales del economista y premio Nobel Arthur Lewis, Taylor y Ömer examinan la economía estadounidense como un conjunto de sectores «dinámicos» emplazados en una «zona estancada». Entre otras cosas, descubren que «un crecimiento más rápido de la productividad en el sector dinámico obliga a los trabajadores a trasladarse a la zona estancada en la que las empresas ajustan utilizando más trabajadores para realizar la misma producción real». Irónicamente, el propio Lewis se había dedicado plenamente a entender una economía en desarrollo que está compuesta por dos sectores que mantienen una relación consistente en el tiempo. En su modelo, la expansión de un «sector moderno» de alto crecimiento y dinámico desvía la mano de obra del sector «tradicional» estancado, que se caracteriza por una productividad marginal muy baja –o incluso negativa.Sin embargo, en la línea del historiador económico Peter Temin, Taylor y Ömer apuntan al surgimiento en Estados Unidos de una «economía de Lewis invertida», en la que un creciente porcentaje de la fuerza laboral está relegado al sector de la economía de bajo crecimiento, baja productividad y bajos salarios. Con esto, producen un análisis defendiendo el argumento de que una mayor desigualdad y un menor crecimiento de la productividad están efectivamente integrados.

Mucho tiempo atrás

El último aporte importante del libro reside en su explicación de la causa principal de la actual desigualdad estructural. «La represión salarial durante décadas es la causa esencial del trastorno distributivo», escriben Taylor y Ömer. «La información microeconómica del Big Data es consistente con este hallazgo, pero no lo determina –ni poder monopólico, ni empresas «superestrellas»-. Para un resumen de las fuerzas institucionales en juego durante casi dos generaciones, citan al economista y premio Nobel Robert Solow (socio profesional durante mucho tiempo de Samuelson en el MIT): «…la decadencia de los sindicatos y la negociación colectiva, el endurecimiento explícito de las actitudes empresariales, la popularidad de las leyes sobre el derecho al empleo y el hecho de que el rezago salarial parece haber empezado más o menos al mismo tiempo que la presidencia de Reagan apuntan en la misma dirección: el porcentaje de los salarios en el valor agregado nacional puede haber caído porque el poder de negociación social de la fuerza laboral ha disminuido».

En la medida en que una economía de Lewis inversa lleva a un ingreso, una riqueza y un poder concentrados, no debería sorprender que también genere repercusiones en el terreno político. Taylor y Ömer terminan con un modelo de simulación, basándose en datos que han organizado, con el objetivo de trazar un sendero para pasar del estado estancado y estático de la economía política norteamericana a uno más inclusivo y a la vez más dinámico. El resultado es que llevará décadas de salarios reales (ajustados por inflación) que crezcan significativamente más rápido que la productividad para reducir las desigualdades de ingresos y riqueza en Estados Unidos de una manera sustancial.

Las iniciativas de políticas públicas pueden ayudar, especialmente considerando que la automatización impulsada por la inteligencia artificial (IA) impacta en la economía, aunque más lentamente de lo que se creía en general. Un informe reciente del Equipo Especial sobre el Trabajo del Futuro del MIT ofrece herramientas con iniciativas políticas relevantes.

En términos más inmediatos, Estados Unidos necesita programas más progresistas de impuestos sobre la renta y las ganancias de capital, así como una recaudación impositiva más sólida. También necesita innovaciones en la regulación del mercado laboral, desde aumentar el salario mínimo hasta garantizar un lugar más importante para la negociación colectiva, inclusive en la «gig economy». Expandir el seguro de salud financiado por el gobierno y extender el seguro de desempleo a ocupaciones excluidas y a tiempo parcial también puede ayudar, al igual que una mayor provisión de educación universitaria gratuita o sustancialmente subsidiada.

El mensaje primordial del trabajo de Taylor es lo opuesto exactamente a la «economía de goteo». Reducir la desigualdad hará aumentar el crecimiento económico y la productividad. Pero, al final de cuentas, no hay una solución mágica para revertir el impacto de la transformación estructural de los últimos 50 años. Eso también estuvo impulsado por iniciativas políticas, cuyas implicancias plenas muchos responsables de políticas recién están empezando a comprender hoy.

Fuente: Project Syndicate

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Personas en situación de calle en el centro de París. AFP, CHRISTOPHE ARCHAMBAULT

El tiempo pasa y nos marca de diversas maneras con sus acontecimientos, unos más fuertes, otros no tanto. De unos y otros escritos en desdeabajo en su debido momento. Hoy, en época de balances, los retomamos y les invitamos a su relectura.

 

A propósito del ciclo de conversatorios “El general Naranjo”: entre la ficción, la realidad y la falsedad histórica. Un debate necesario, realizado entre el 8 y 10 de julio, organizado por el Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo, la fundación Carlos Pizarro y el periódico desdeabajo, reaviva la pregunta por los usos políticos del pasado y las luchas por la memoria cuando estas transitan por los medios de comunicación.

 

Tal vez es en la última década que los colombianos acudimos a un cambio en las narrativas de las series de televisión, me refiero a cierto boom o fijación con las adaptaciones telenoveladas de personajes que se han instalado en la historia del país y que van desde los siniestros Pablo Escobar, Carlos Castaño o “Popeye”, pasando por artistas como Joe Arroyo y Rafael Orozco, hasta sujetos más caricaturizados en las versiones audiovisuales como Luis Eduardo Díaz, más conocido por “La gloria de Lucho”.

Resalta como una constante en la mayoría de estos relatos la fusión de la realidad con la ficción, que en primera medida puede explicarse desde la construcción narrativa del clásico melodrama latinoamericano (los amores imposibles, los conflictos de clase, la bondad de los menos favorecidos, la necesidad de un antagonista), pero que sin lugar a dudas genera cierto nivel de debate entre aquellos que son expuestos desde sus vínculos directos como familiares y allegados con los relatos y sus protagonistas; familiares y allegados que demandan la reivindicación del derecho a la verdad –que una sociedad como la nuestra requiere–, más cuando la historia no logra posicionarse como una prioridad en las políticas que delimitan los currículos escolares y, por tanto, no alcanza a cobrar su dimensión de producción de referentes simbólicos para la comprensión de lo que somos y de lo que nos ha sucedido como sociedad.

El debate se intensifica cuando aludimos a una representación ficcionada de un pasado violento claramente identificable en la historia reciente del país y que, aunque puede estar resuelto en los fallos judiciales y en los acercamientos a una verdad histórica, aún actúa como un elemento sensible e irreconciliable en términos de las disputas por la memoria que intentan posicionar una versión particular de ese pasado no resuelto. Es el caso de “El general Naranjo”, la serie producida en el 2019 por FOX Telecolombia y que el Canal Caracol acaba de presentar en la televisión nacional.

Basada en el libro “El general de las mil batallas” de Julio Sánchez Cristo, se anunció en Colombia bajo la promesa de ser “la historia contada desde el lado de los buenos”, una historia para acompañar las noches de los fervorosos televidentes de este canal, pero que terminó siendo una versión bastante cuestionable de la historia de la Colombia de las dos últimas décadas del siglo pasado y las que van de este, con una clara intención de posicionar en la opinión pública una representación particular del pasado reciente de la violencia política en el país, de sucesos como la toma del Palacio de Justicia en 1985, que en ese entramado de ficción y realidad confunde y tergiversa los hechos investigados y documentados en fallos judiciales, libros y otras producciones culturales sobre este acontecimiento, estableciendo una versión ya recurrente en informativos y series de televisión que relacionan la toma del Palacio con una alianza entre el entonces M-19 y el cartel de Medellín, caso que al parecer en el libro de Sánchez Cristo no se relata como en la novela.

La disputa por la memoria

Estamos ante un tema que no es menor. La memoria en América latina ha significado la posibilidad de conservar los proyectos políticos de una clase. La memoria también ha sido el mecanismo por el cual se mantienen vivos aquellos hombres y mujeres vinculados a las luchas populares, que hoy ya no están pero que se convierten en inspiradores de colectivos y organizaciones. En el Cono Sur las maneras como se nombran y se explican los procesos de violencia política establecen el campo de las luchas por la memoria de los diversos actores involucrados.

Cuando estas representaciones del pasado se ponen en público y logran cierto grado de prevalencia en la sociedad, no solo están manteniendo “algo” que vale la pena recordar, sino que como lo plantea Eugenia Alier (2010), se constituyen en pasados-presentes, en la medida que permiten la construcción de unas identidades, referentes de acción y objetos de las luchas memoriales en las calles, en los centros educativos, en los medios de comunicación; con la pretensión de convertirse en las versiones socialmente legitimadas y apropiadas por la mayoría. Pero estas memorias también son un proyecto de futuro, pues permiten plantear un horizonte posible a partir de ese reconocimiento de un pasado particular y la proyección de las transformaciones necesarias en la idea de la no repetición o de lo que “no nos puede volver a pasar”.

Es por eso que no puede reducirse esta interpretación de la historia de Colombia, planteada en el argumento de cada capítulo del “General Naranjo”, a un requerimiento de la narrativa propia de las series de televisión y, por tanto, pasar por alto cada una de las “imprecisiones” históricas allí contenidas, pues sus efectos no son de poca monta ni en el presente ni en el futuro de nuestro ser nacional.

Si el alcance de las luchas por la memoria está en la construcción del sentido, es necesario pensar qué es lo que hacemos con los pasados que construimos desde estas series, a qué grupos o personas les interesa volver hegemónica estas interpretaciones y cómo estas memorias, elaboradas desde la lógica del entretenimiento, contribuyen al afianzamiento de un modelo social a la medida de quienes detentan el poder.
Pero la memoria no solo tiene implicaciones analíticas, también es una demanda social, de ahí la importancia de su articulación con la verdad y la reparación (justicia). Las experiencias en Argentina, Chile y Uruguay nos muestran que es importante el reconocimiento público de las memorias y su validación social, por ser el punto de partida para el enjuiciamiento de quienes perpetraron los ciclos de violencia. En estos países surgieron comisiones de investigación, y aunque les ha costado muchos años han logrado avances en ese sentido.

La particularidad histórica de Colombia complejiza esta pretensión, pues tal como lo plantea el debate sobre estas series televisivas, estamos disputando las memorias al tiempo que se recrudecen los ejercicios de violencia política. De ahí los interrogantes: ¿Cómo disputar un pasado que no acaba de pasar?, ¿o un pasado que es presente y que limita la emergencia de todas las versiones y de todas las voces?

Finalmente, propongo una problematización de lo que implican estas memorias del entretenimiento con su inestable búsqueda entre el acontecimiento y la ficción; una realización que, a partir de sus tramas melodramáticas y esa interconexión con las memorias de la violencia, logra captar la atención de la audiencia en tanto que ocupan el mismo espacio público y son canalizadas por las pantallas sin el cuestionamiento de sus espectadores.

De otro lado, corresponde pensar la manera de vincular experiencias desde las organizaciones sociales que estén produciendo sus memorias en lógica de lucha con estos relatos de los medios convencionales, para disputar en el escenario de lo público con otras representaciones del pasado, a través de lenguajes que reconozcan los intereses y preferencias de las mayorías hoy cautivadas por “caines”, “naranjos” y “capos”.

 

Referencia:
Allier Montaño, E. (2010). Batallas por la memoria. Los usos políticos del pasado reciente en Uruguay. Montevideo: Instituto de Investigaciones Sociales unam/Editorial Trilce.

 

El General Naranjo: Entre la ficción, la realidada y la flalsedad histórica
julio 2020

Responsabilidad social en los medios de comunicación
(incluso en la ficción)
Julio 8 de 2020

Consecuencias, la distorsión de la memoria desde la televisión
Julio 9 de 2020

Narrativas, verades judiciales y verdad histórica
Julio 10 de 2020

 

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