La ciclista Olivia Podmore en los Juegos Olímpicos de Río en 2016. — ERIC FEFERBERG / AFP

La ciclista, que no pudo clasificarse para los Juegos Olímpicos de Tokio, explicaba cómo el deporte era  "una lucha muy gratificante", pero no alcanzar las expectativas era "una sensación muy diferente".

 

La presión de los deportistas de alto rendimiento se ha convertido en bandera estos Juegos Olímpicos de Tokio. Ahora, el mundo del deporte se viste de luto por la pérdida de la ciclista Olivia Podmore, que todavía sin confirmar apunta a un suicidio. 

Primero, la tenista Naomi Osaka abandonó Roland Garros porque enfrentarse a los medios de comunicación dañaba su salud mental, después Simone Biles se retiró de varias pruebas en los Juegos Olímpicos de Tokio por la presión, y hace apenas unos días la jugadora de baloncesto Marta Xargay denunció al exseleccionador femenino Lucas Mondelo por causarle bulimia y ortorexia. De esta forma intermitente no dejan de salir a la luz casos en los que la salud mental se ve perjudicada por la presión deportiva.

Olivia Podmore tenía 24 años, formaba parte del equipo de ciclismo neozelandés desde 2015 y participó en los Juegos de Río donde sufrió un choque con la española Tania Calvo. Consiguió el tiempo mínimo para asistir a las Olimpiadas de Tokio, pero no la seleccionaron para el equipo.  

Podmore escribía en Instagram unas horas antes de su muerte: "El deporte es una salida increíble para mucha gente. Una lucha muy gratificante. El sentimiento cuando ganas no se puede comparar a cualquier otro, pero las sensaciones cuando pierdes, cuando no eres elegido ni te has clasificado, cuando te lesionas, cuando no cumples con las expectativas de la sociedad, como tener una casa, casarte, tener hijos porque lo has intentado dar todo por tu deporte, esas sensaciones también son diferentes". Este mensaje fue borrado a posteriori

Las condolencias llegan de todos los países y los deportistas piden una mayor actuación para que nadie más termine con su vida. "Hemos perdido una hermana, una amiga y una luchadora que perdió el deseo de luchar dentro de ella", dijo el excampeón olímpico neozelandés de remo Eric Murray, amigo cercano de la neozelandesa. Por su lado, la directora ejecutivo de Deporte Nueva Zelanda, Raelene Castle, aseguró que el organismo brindó apoyo a Podmore antes de su muerte y se comprometían a asistir con ayuda psicológica a más deportistas para que no volviese a suceder una tragedia como esta.

madrid

11/08/2021 11:12 Actualizado: 11/08/2021 12:37

Público

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Simone Biles tampoco competirá el jueves. Imagen: AFP

No estará en la final individual del "all around" por su salud mental

 

La estadounidense Simone Biles, estrella de la gimnasia y una de las figuras de Tokio 2020, se retiró también de la final individual "all around" de este jueves de los Juegos Olímpícos por cuestiones de salud mental, misma razón por la que había renunciado a la competencia por equipos el martes.

"Después de una evaluación médica adicional, Simone Biles se ha retirado de la competencia final individual 'all around' de Tokio 2020 para enfocarse en su salud mental. Simone seguirá siendo evaluada diariamente para determinar si participará o no la próxima semana en las finales individuales de cada especialidad", informó la federación de gimnasia estadounidense (USA Gymnastics) en la madrugada del miércoles.

"Apoyamos incondicionalmente la decisión de Simone y aplaudimos su valentía al priorizar su bienestar. Su coraje muestra, una vez más, por qué es un modelo a seguir para tantos", agregó la entidad en sus redes sociales. Para las pruebas de "all around", Biles será reemplazada por su compatriota Jade Carey, quien había logrado en la ronda clasificatoria la novena mejor nota, pero por la norma que impide participar en una final a más de dos gimnastas del mismo país se había quedado afuera.

Biles había explicado que su retiro de la prueba por equipos femeninos de los Juegos de Tokio en medio de la final en la que EE.UU. fue segunda de Rusia se debió a "demonios en la cabeza" y señaló su intención de cuidar su "salud mental".

"Desde que entro al tapiz, estoy yo sola con mi cabeza, tratando con demonios en mi cabeza (...) Debo hacer lo que es bueno para mí y concentrarme en mi salud mental y no comprometer mi salud y mi bienestar", explicó.

Biles, de 24 años y cuatro veces campeona olímpica en Río 2016, había abandonado a sus compañeras del "Team USA" que capitaneaba tras su paso por el primer aparato, la barra de equilibrio, donde estuvo por debajo de sus estándares, con una nota de 13,766 puntos, la peor de las suyas y de las rusas.

Primero se dijo que la baja de Biles se debía a una lesión pero luego la propia atleta explicó sus razones. "Tras mi actuación no quería seguir. Tengo que centrarme en mi salud mental. Creo que la salud mental está más presente en el deporte ahora mismo. No tengo tanta confianza en mí como antes, no sé si es una cuestión de edad. Estoy un poco más nerviosa cuando estoy haciendo mi deporte. Tengo la impresión de que ya no puedo disfrutar como antes", añadió la estadounidense.

La final del "all around" reúne a las 24 mejores gimnastas en los cuatro aparatos. La baja de Biles deja a la brasileña Rebeca Andrade, la estadounidense Sunisa Lee y la rusa Angelina Melnikova como favoritas al título. Fueron, por detrás de Biles, las mejores en la ronda previa.

Además, Biles está clasificada para las cuatro finales de salto y barras asimétricas, el día 1, suelo el día 2, y barra el día 3 de agosto. Si las afrontará es un verdadero misterio.

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Jueves, 06 Mayo 2021 05:29

La pandemia y la angustia social

La pandemia y la angustia social

El valor traumático de la crisis sanitaria

Esta pandemia abarcativa a nivel planetario y omnipresente me lleva a evocar lo que Freud llama “angustia social”[1]. No es casual que se haya referido a ella luego de la primera guerra mundial, guerra que no vio de lejos, ya que ella atravesó su vida: sus tres hijos participaron en las acciones bélicas, durante años su práctica como analista se vio condenada a la ruina y Sophie, la hija favorita murió a causa de su vulnerabilidad a la infección provocada por los desastres. En ninguna otra contienda en el mundo hubo una matanza semejante a la de Verdún entre los años 14-18. Su valor traumático se recorta aún más si se piensa en su acontecer luego de lo que se llamó el siglo de las delicias y también “du grandennui”, del gran aburrimiento, del gran tedio y de la gran prosperidad de la clase media.

Hoy podemos decir que el valor traumático de esta pandemia que nos toca vivir es la de emerger en la era del cálculo, de la planificación, de la creencia en la ciencia y en los ideales del mundo globalizado. Pero así como para Freud la guerra lo llevó a la teorización de la pulsión de muerte, el real que nos acecha en nuestros días demuestra la fragilidad del neoliberalismo, la inconsistencia de los líderes mundiales y lo ilusorio de un progreso ascendente. Para determinada clase social, todo parecía posible, viajar, radicarse en mejores lugares, consumir, inventarse cada día, confiar en la ciencia como nuevo dios. La pandemia hace vacilar todos los discursos: de pronto algo que se afirma se relativiza al día siguiente, un dato parece darse por seguro y luego se desmiente, las informaciones son a veces contradictorias. Como ejemplo: inicialmente se decía que no había peligro para los jóvenes y luego fue relativizado, que para los ancianos el virus era letal pero después, con gran sorpresa, longevos de más de 90 se salvaron y ello dio lugar a diversas teorías: que habían contraído el virus en su juventud y por ello tenían inmunidad o que, al contrario, por su sistema inmune bajo no había resistencia inflamatoria y ello era mejor, que el virus da inmunidad o que puede reaparecer... Estas ideas fueron dadas por científicos, ni que hablar por las emitidas por legos o por presidentes o ministros de grandes potencias. Hoy son las vacunas, aun sin total seguridad, las que proporcionan alivio y llegar a ellas es vivido como un suspiro del que sí valen fotos. No solo no es localizable el virus, sino la verdad certera sobre el mismo y sobre tal imprecisión giran ideas diversas. Ante tal situación comparecen los extremismos: hay gente que no sale nunca de su casa, o hay quienes niegan el asunto minimizando al covid, y toman las medidas del gobierno acerca del cuidado como coercitivas respecto a la “libertad. Si el covid ha profundizado la grieta es también porque los sujetos se adhieren a posiciones extremas ante el vacío, ignorando incluso a veces, su sentido político. Así, la angustia frente a la incertidumbre conduce a algunos a aferrarse a posiciones inconmovibles.

El trauma siempre perfora los semblantes, hiere nuestras creencias, aguijonea nuestras defensas, pero también... enseña. Las atrocidades de la primera guerra mundial marcaron no solo la vida de Freud sino a su propia teoría. Ella --dijo-- había degenerado en un conflicto más sangriento que cualquiera de los anteriores y había producido un “fenómeno prácticamente inconcebible”, ese estallido de odio y desprecio al otro. Hoy no estamos lejos de estas apreciaciones, piénsese la manera paranoica en la que se tomaron los dichos de nuestro presidente acerca del relajamiento del sistema médico durante el “veranito”. Una comunicadora llegó a afirmar que con esto se estaba escupiendo al personal de salud, tomando así una palabra como plena de sentido en lugar de un entender lo serio del mensaje y su significación portadora que era la de aumentar los cuidados. La declinación de los discursos va de la mano con que la palabra tome el sentido de una injuria y de un agravio. Más allá de la clara intención política opositora al gobierno, se trata de pensar en el ocaso de los discursos, cuando la palabra es aprisionada en su instantaneidad, fuera de la modalidad en la que es proferida. Y, más allá de ese ámbito educativo: ¿No notamos acaso de qué forma ella se sobreentiende inmediatamente al ser confinada al grupo partidario de donde supuestamente proviene, a los intereses que la gobiernan, a los propósitos implícitos que la empujan? Resuena aquí la célebre observación de Heidegger[2] acerca del parpadeo nietzscheano como manifestación del “último hombre”. Es esa percepción que comprende demasiado pronto, es la mirada que solo capta la superficie de las cosas y que en el instante inmoviliza el sentido. Es el eterno presente como congelación del devenir. Y negación de la hondura que ese devenir atesora.

Sin embargo, a Freud los horrores de la contienda le aportaron también saber para la vida, fue justamente en uno de sus trabajos sobre la guerra que, siguiendo el adagio latino dijo: “Si vis vital para mortem” (“Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte”)[3], anunciando así que tal preparación es requisito y no obstáculo, de vivificación. Quedará por ver que nos enseña esta pandemia, podemos recordar a Kierkegaard,[4] quien se refirió a un aprendizaje por la angustia.

Por Silvia Ons, psicoanalista.

 

Notas:

[1] Freud, S.,(1976) “Psicología de las masas y análisis del yo”, Obras completas, trad. José Etcheverry, T. XVIII, Bs. As., Amorrortu editores

[2] En ¿Qué significa pensar? Heidegger se refiere a la parte 5 del Prólogo de Nietzsche de Así hablabaZaratrustra,Bs. As., Alianza, 2009:

‘Qué es el amor? ¿Qué es la creación? ¿Qué es el anhelo? ¿Qué es la estrella?-Así pregunta el último hombre, y parpadea.

La tierra se ha vuelto pequeña entonces y sobre ella da saltos el último hombre,que todo lo empequeñece. Su estirpe es indestructible, como el pulgón; el último hombre es el que más vive.

Nosotros hemos inventado la felicidad-dicen los últimos hombres y parpadean”

[3]Freud, S.,(1976) “De guerra y de muerte”, en Obras completas, t. XIV, Buenos Aires, Amorrortu, 1976,p. 301

[4]Kierkegaard,S., (1984) El concepto de la angustia ,Orbis, Madrid, p.191 

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Me identifico con el dolor, el sufrimiento, la tristeza, la ansiedad y la soledad de los demás. Me gustaría asimilar esos sentimientos y expresarlos a través de mi método exclusivo. (La alienación) la provocan los humanos y es ineludible. Me gustaría conseguir que aprendiéramos a aceptarla con ayuda del humor, de la ironía, burlándonos de nosotros mismos, escribió en 1999 el artista. En la imagen, Soldado, 1993.Foto tomada del catálogo de la exposición dedicada al artista en 2019 en el Museo Reina Sofía

El aislamiento y su agudización por el Covid-19 tienen en alerta a varios países // Japón abrió un ministerio gubernamental para atender a personas solas // El artista Tetsuya Ishida documentó entre 1996 y 2004 la incertidumbre y la desolación, por lo que ya es visto como profeta

 

Reino Unido y Japón han puesto en marcha dos dependencias gubernamentales para atender lo que pronostican será la próxima pandemia a enfrentar en el mundo: la soledad.

El tema es preocupante sobre todo en el país asiático, porque en 2020, en pleno confinamiento para evitar contagios de Covid-19, aumentó la tasa de suicidios, principalmente en mujeres solas.

Hace más de una década que ese índice no mostraba cambios, por lo que el pasado 12 de febrero se creó el primer Ministerio para la Soledad japonés, con la encomienda del premier Yoshihide Suga de atender de manera urgente una situación que, de acuerdo con sus datos, provocó que 20 mil 919 personas se quitaran la vida el año pasado.

Sin embargo, la soledad es una espina clavada en el alma japonesa desde hace años, sólo recrudecida por la actual contingencia sanitaria. Así lo confirma la obra de Tetsuya Ishida, el pintor que a la luz de la situación que hoy día se vive en su país, es considerado una suerte de profeta.

Escenas de un país atrapado

Ishida nació en junio de 1973 y murió a los 32 años, en 2005, en un accidente de tren que posiblemente fue un suicidio, según autoridades.

Durante una década, el joven artista pintó lo que consideraba "escenas de la vida cotidiana": un Japón atrapado en la desolación de la vida moderna y las exigencias del capitalismo salvaje.

En 2019, apenas unos meses antes de que apareciera en escena el coronavirus, una retrospectiva de Ishida en el museo Reina Sofía de España puso sobre la mesa el tema que en estos días ha llevado a las autoridades de ese país a considerar seguir el ejemplo de los gobiernos británicos y japonés, e implementar políticas estatales que atiendan a las personas solas.

A lo largo de 70 pinturas y dibujos creados entre 1996 y 2004, Tetsuya Ishida documentó inquietudes propias que hoy más que nunca son preocupaciones mundiales: la incertidumbre y la desolación.

En concreto, reseñó entonces el recinto español, el artista japonés “retrata con precisión descriptiva el estado de ánimo de su generación (conocida precisamente como Generación Perdida), marcada por el estallido de la burbuja financiera e inmobiliaria y los despidos masivos que en 1991 sumieron a su país en una profunda recesión.

“Durante los escasos 10 años de su trayectoria, el artista produjo un formidable corpus de trabajo centrado en la incomunicación y alienación en un mundo dominado por fuerzas incontrolables. La imaginería recurrente del escolar/oficinista le sirve para realizar una crítica acerada de los sistemas educativos y laborales regidos por los imperativos de productividad y competitividad.

"La metamorfosis del cuerpo humano fusionado con ciertas especies de insectos, dispositivos tecnológicos o medios de transporte; las situaciones claustrofóbicas en las que el cuerpo se halla físicamente atrapado en agujeros y construcciones, o forma parte de una cadena de montaje como si de un engranaje más se tratara; la búsqueda de la identidad ligada a la necesidad primaria del retorno a la niñez y al componente escatológico reprimido; el lustro perdido de los parques de atracciones y la tristeza que invade los terrenos baldíos funcionan como telón de fondo para la apatía de una sociedad que ha sucumbido a la maquinaria de la producción y del consumo infinitos."

Símbolo de la melancolía

Es así como Ishida, además de un pintor de culto en Asia, ahora es también símbolo de esa densa melancolía que la pandemia de Covid-19 no sólo llegó a intensificar en Japón, sino que se esparce en todos los rincones del planeta.

"Me identifico profundamente con el dolor, el sufrimiento, la tristeza, la ansiedad y la soledad de los demás. Me gustaría asimilar esos sentimientos y expresarlos a través de mi método exclusivo. (La alienación) la provocan los humanos y es ineludible. Me gustaría conseguir que aprendiéramos a aceptarla con ayuda del humor, de la ironía, burlándonos de nosotros mismos", escribió en 1999 el artista, quien en vida nunca atestiguó el impacto que su obra causó sobre todo en los jóvenes que descubrieron su trabajo un año después de su muerte.

Pero no sólo fue un visionario respecto a la sociedad, sino también a sí mismo, o mejor dicho, al papel que el arte juega para aliviar pesares. Kuniichi Uno, en el catálogo de la exposición de Ishida, titulada Autorretrato de otro, que se presentó en Madrid y en Chicago en 2019, recupera otro comentario de los diarios del pintor: "Me atrae el artista que es como un santo, los seres que pretenden salvar al mundo con cada pincelada y adivinar el grito de toda la humanidad en el morro de los borregos. Pero sólo soy un filisteo". (El catálogo se puede descargar de manera gratuita en la siguiente dirección de Internet:

En la inauguración de esa muestra, hace dos años, algunos críticos de arte lanzaron una reflexión a todas luces premonitoria: "Japón es punta de lanza de diversos procesos sociales", como la desazón provocada por el capitalismo (acentuada por la pandemia que se vive) y que Ishida describió en toda su crudeza.

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Los datos nacionales son incompletos, pero la información disponible sugiere que las muertes por sobredosis de drogas en Estados Unidos están en camino de alcanzar un máximo histórico. Foto: AP / Lynne Sladky

Las sobredosis de drogas mataron a unas 83,544 personas durante un período de 12 meses que finalizó en julio de 2020, un récord que coincide con la pandemia de COVID-19, que según los expertos ha creado una gran cantidad de estrés y obstaculizado los servicios de tratamiento.

Eso es casi un aumento del 25% con respecto al año que terminó en julio de 2019, cuando los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades informaron 68,023 muertes por sobredosis.

Pero el número de muertes el año pasado podría estar más cerca de 86,000, dijeron los CDC esta semana, citando el problema de la falta de información causada por datos incompletos.

Mientras tanto, la cantidad de llamadas a la línea directa de crisis nacional administrada por la Administración de Servicios de Salud Mental y Abuso de Sustancias aumentó el año pasado en más de un 700% desde 2019, según el portavoz de la agencia Christopher Garrett.

“Durante la pandemia, más personas experimentan ansiedad. Más personas están experimentando depresión. Y una de las formas en que las personas afrontan la depresión y la ansiedad es tomando drogas ”, dijo la Dra. Nora Volkow , directora del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas. “Y si eres adicto a los opioides oa cualquier droga, lo que estás viendo es una escalada, un aumento en el consumo de drogas en general para las personas adictas o no. Pero para los adictos, un consumo creciente, y en los que se encuentran en recuperación, aumentan las recaídas en el consumo de drogas.

"Lo que hemos sabido desde el principio es que entre las personas que sufren una sobredosis, uno de los factores que contribuye es la depresión", dijo el Dr. Volkow . "Y en muchos casos, sabemos que algunas de estas muertes están motivadas por un deseo consciente de básicamente sufrir una sobredosis o por hacerlo pasivamente".

Según un desglose estado por estado de los datos de los CDC, 22 jurisdicciones informaron un aumento de más del 25% en las muertes por sobredosis de drogas de julio de 2019 a julio de 2020. El Distrito de Columbia vio el mayor aumento en las sobredosis fatales de drogas con un aumento de casi el 57%. La ciudad reportó 483 muertes a julio de 2020, frente a 308 en 2019.

Dos estados, Dakota del Norte y Carolina del Norte, informaron leves caídas de alrededor del 2% en las muertes por sobredosis de drogas. Alaska no informó cambios.

William Stauffer , director ejecutivo de la Alianza de Organizaciones de Recuperación de Pensilvania, dijo que muchas personas en recuperación a largo plazo han comenzado a consumir sustancias nuevamente y menos buscan ayuda durante la pandemia.

"Lo que comenzamos a ver como el golpe de la pandemia de COVID-19 fue mucho aislamiento social, y en la comunidad de recuperación, muchas personas dependen del apoyo que reciben de las conexiones en persona que obtienen de otras personas en las reuniones", él dijo. "En la comunidad de recuperación, hemos visto a más personas que experimentan problemas de salud mental a medida que experimentan elementos de desesperación".

El Sr. Stauffer , quien también se encuentra en recuperación a largo plazo, ha pasado más de 30 años ayudando a otras personas con trastornos por uso de sustancias.

"El consumo de alcohol ha aumentado, las tasas de sobredosis han aumentado", dijo, "y sabemos que el uso de estimulantes como la metanfetamina está aumentando".

La interrupción de los servicios de tratamiento durante la pandemia podría ser uno de los mayores contribuyentes al aumento de las muertes por sobredosis de drogas, dijo el Dr. Volkow .

La naloxona puede revertir rápidamente las sobredosis de opioides, pero los protocolos de aislamiento relacionados con la pandemia han dejado a muchas personas sin que nadie las observe o administre el medicamento. Esto ha provocado más muertes por sobredosis en el hogar, dijo el Dr. Volkow .

Los protocolos de distanciamiento social dificultaron que las personas al comienzo de la pandemia acudieran a las clínicas para recibir metadona, un medicamento para tratar la adicción a los opioides. A medida que los sistemas de salud se inundaron de pacientes con COVID-19, también se hizo más difícil obtener exenciones para la buprenorfina, un medicamento recetado que se usa para tratar la dependencia de heroína y metadona.

La pandemia cerró o limitó las horas para los programas de servicio de jeringas, lo que podría afectar el acceso a la atención y el tratamiento para el trastorno por uso de sustancias, dijeron los CDC. El suministro de drogas ilícitas también podría haberse interrumpido debido a la pandemia. Eso aumenta los riesgos de abstinencia y uso de medicamentos contaminados o medicamentos a los que tienen menor tolerancia.

Además, las personas pueden tener miedo de buscar ayuda médica para la adicción, y los espectadores de una sobredosis pueden ser reacios a administrar naloxona o tomar otras medidas para salvar vidas debido al temor a la exposición al COVID-19, dijo la agencia de salud.

“Los pacientes han retrasado su atención, los proveedores a menudo reprogramaron y pospusieron las visitas y los pacientes que temen COVID evitaron salir. Esto ha resultado en condiciones sin tratar o sin tratar. A veces, esto ha dado lugar a presentaciones más graves en las salas de emergencia ”, dijo Garrett.

Para abordar algunos de estos problemas, las clínicas comenzaron a suministrar metadona para un mes en lugar de requerir visitas diarias y comenzaron a ofrecer exenciones para la buprenorfina a través de citas de telesalud, dijo el Dr. Volkow .

Los opioides y los opioides sintéticos parecen constituir la mayor parte de las muertes por sobredosis de drogas, según muestran los datos de los CDC. Casi 61,300 muertes por sobredosis de drogas, alrededor del 73%, involucraron opioides. Los opioides sintéticos, excluida la metadona, estuvieron involucrados en el 58% de las sobredosis. Otras drogas incluyeron psicoestimulantes como la anfetamina, en aproximadamente el 24% de los casos, la cocaína en casi el 23%, la heroína en casi el 17%, los opioides naturales y semisintéticos en el 15% y la metadona en casi el 4%.

Mientras la nación intenta controlar el COVID-19, la Dra. Volkow dijo que espera que las muertes por sobredosis de drogas disminuyan este año y agregó que podría depender de la rapidez con que actúe el país.

“En este momento, un desafío importante es implementar las vacunas a la mayor cantidad de personas posible, y eso ha sido más difícil de lograr de lo que esperábamos inicialmente”, dijo, y señaló la complicación de las variantes del coronavirus. "La gente ha perdido sus casas, ha perdido sus trabajos, y ese es un nivel de estrés que, incluso si usted controla por no estar tan preocupado de estar infectado, en realidad exacerba sus resultados".

"En 2021, espero que podamos comenzar a obtener mejores números que los de 2020, pero esto sucederá solo si enfocamos los recursos estratégicamente para intervenir y ayudar realmente a aquellos que son más vulnerables", dijo el Dr. Volkow .

El Sr. Stauffer dijo que le preocupa que la pandemia se habrá persistente, efectos a largo plazo, contribuyendo a otra década de los problemas con el abuso de sustancias.

Este último año ha sido más una lucha para él personalmente que en el pasado, dijo, incluso con 35 años de recuperación en su haber.

Aunque la idea de consumir sustancias no se le ha pasado por la cabeza, Stauffer dijo que definitivamente tuvo que centrarse más en el cuidado personal.

Las muertes por sobredosis de drogas disminuyeron en 2018, la primera vez que se registra. En diciembre de 2018, los CDC registraron 67,850 muertes por sobredosis de drogas en comparación con casi 70,700 a fines de 2017.

La disminución de las muertes por heroína y analgésicos recetados contribuyó a la ligera caída, pero el aumento de las muertes por fentanilo, cocaína y psicoestimulantes los contrarrestó.

El número de muertes por sobredosis de drogas aumentó en 2019. Un total de 71,130 personas murieron por sobredosis de drogas durante un período de 12 meses que terminó en diciembre de 2019, según muestran los datos de los CDC.

Las muertes por sobredosis han aumentado continuamente desde 1990, cuando se informaron 8.413 muertes. En los últimos años, los opioides, en su mayoría opioides sintéticos (distintos de la metadona), han actuado como el "principal impulsor" de las muertes por sobredosis de drogas, según los CDC.

22 febrero 2021

(Tomado de The Washington Times / Traducción Cubadebate)

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Jueves, 03 Diciembre 2020 05:41

¿Hay que "profanar" a Jacques Lacan?

¿Hay que "profanar" a Jacques Lacan?

Por un psicoanálisis irreverente

 

En 1983 Jean Laplanche, con ánimo provocador, se preguntaba si no había que “quemar a Melanie Klein”.[1] Casi cuarenta años después, con menos vocación inquisitorial, nos conformamos con preguntar si no hay que “profanar” a Jacques Lacan. Según el filósofo Giorgio Agamben, profanar significa devolver lo sagrado al uso común, hacerlo profano, restituyendo lo que permanece aislado, separado en la esfera de lo divino.[2] En ese sentido, podríamos decir que profanar implica desacralizar, desdivinizar, rehumanizar. A su vez, esa profanación permite nuevos usos terrenales, como el juego, el pensamiento y la creación. Es que un saber sagrado, como un evangelio, sólo se interpreta o se difunde, pero no se cuestiona. No se lo usa de manera crítica ni lúdica.

Cuando el psicoanálisis se concibe a sí mismo como una práctica extraterritorial, como un saber soberano y sin contexto, se convierte en una cosmovisión totalizadora que, desde su propio púlpito, se autoriza a medir o juzgar otros saberes y prácticas.[3] Por esa vía, el psicoanálisis tiende a sacralizarse, apartándose de la esfera de lo terrenal. A veces se vuelve tan doctrinario que resulta imposible entenderlo a partir de categorías que no sean, ellas mismas, sagradas. Sin embargo, cuando el psicoanálisis renuncia a ese carácter divino, admite nuevos usos y permite la invención. Recupera su poder cuestionador. Se abre incluso a nuevas relaciones con otros saberes y prácticas que lo interpelan.[4] Se deja seducir por problemas que no lo contaminan, sino que lo fecundan. Y lo mismo ocurre, podría pensarse, con aquellos que lo adoptan, lo practican y le dan una vida renovada.

En la Argentina, además de conocer una formidable expansión, el psicoanálisis sufrió la sacralización casi desde un principio, cuando en los años ’50 y ’60 las teorías kleinianas, en algunos espacios, llegaron a transformarse en una suerte de culto ritualizado. Sin embargo, al mismo tiempo, en sus “formas profanas” (que algunos consideran desviadas, impuras o bastardas), el psicoanálisis fue el motor de pensamientos y acciones originales, desde Pichon-Rivière, Bleger y Baranger hasta Masotta, sin olvidar “la experiencia del Lanús”.[5] Posteriormente --sobre todo en la universidad--, las ideas lacanianas tomaron para muchos el relevo del lugar sagrado que antes había ocupado el kleinismo, haciendo del analista francés un ícono casi incuestionable (o en todo caso un demonio, que no es más que el reverso de lo mismo). Así, desde los ’80, en nuestro país, el lacanismo dejó de ser un saber contracultural para convertirse en un discurso hegemónico muy arraigado y altamente institucionalizado. No sería errado aventurar que, hoy en día, Lacan está más vivo en Buenos Aires, La Plata, Córdoba o Rosario que en París. ¿Pero a qué precio?

Por eso, retomando la pregunta inicial, casi como un anhelo, respondemos que sí, que hay que “profanar” a Jacques Lacan. Hay que perderle el respeto en el mejor de los sentidos. Hay que franquear esa distancia que lo canoniza para posibilitar sus usos terrenales, para reinventar a diario un psicoanálisis “no todo”, entreverado con los desafíos de su tiempo, que es el nuestro. En el pasado y en el presente, son muchos los que lo han usado (y lo usan) de manera imaginativa, sin convertirlo en credo, sin transformarse en feligreses. Es que el mejor modo de asumir una herencia es aceptar que la fidelidad absoluta es un ideal imposible, que sólo nos lleva a convertirnos en guardianes del templo en el que se conservan los restos de un legado.[6] Ante esa perspectiva, más vale explorar las diversas formas de la “traición”, que no congelan el pasado, sino que, de manera irreverente y cotidiana, lo ponen a trabajar, convirtiéndolo en promesa, forjándole un porvenir.

Alejandro Dagfal es psicoanalista (UBA, CONICET, Biblioteca Nacional).

Texto escrito como presentación de un taller en el marco del XII Congreso Internacional de la Facultad de Psicología de la UBA, del 27 de noviembre pasado.


[1]
Laplanche, J. (1983). Faut-il brûler Melanie Klein? Psychanalyse à l’Université, 32 (8), 559-570.

[2] Agamben, G. (2005). Profanaciones. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.

[3] Castel, R. (2014). El psicoanalismo. El orden psicoanalítico y el poder. Buenos Aires: Nueva Visión.

[4] Derrida, J. (2000). États d'âme de la psychanalyse: l'impossible au-delà d'une souveraine cruauté. París: Galilée.

[5] Dagfal, A. (2009). Entre París y Buenos Aires. La invención del psicólogo. Buenos Aires: Paidós.

[6] Derrida, J. (1999). Sur parole. París: Éditions de l'Aube.

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Jueves, 29 Octubre 2020 05:27

Psicoanálisis y sistema

Psicoanálisis y sistema

La organización de las relaciones entre el sujeto y sus allegados

 

Como psicoanalistas, con los elementos a los cuales podemos/logramos acceder, buscamos construir un sistema. Para dar cuenta de este sistema, debemos acudir al lenguaje, puesto que el lenguaje determina el grado de organización del sistema construido.

Desde el psicoanálisis, entendemos que el grado de organización de un sistema puede expresarse en palabras y, a la vez, construir conjunciones significativas entre letras, palabras, demás funciones del lenguaje y números que, también, dejan constancia de la importancia de los términos matemáticos en la organización del sistema.

De esta forma, el grado de organización de un sistema es proporcional a la medida de información que brinda, mientras que el grado de desorganización de un sistema es proporcional a la medida de su entropía. De tal modo, el significado que nos proporciona un sistema depende de su grado de organización/desorganización.

Si esta concepción la aplicamos al estudio de los trastornos psíquicos, nos encontramos con que las perturbaciones psicológicas expresan los grados de desorganización/organización de las relaciones entre el sujeto en cuestión y sus allegados.

Pensemos un caso: para este individuo la mañana era una perturbación. No había modo de reemplazar esa molestia por otra cosa. Al inicio, era una leve molestia, pero con el tiempo se fue transformando de una perturbación en un trastorno y empezó a ser difícil de soportar. La consecuencia: disminuir o abandonar la cantidad de comida y el desinterés por su calidad, ya que le daba lo mismo “alimentarse”. Lo que era una simple perturbación se ha convertido en un “síntoma/trastorno alimenticio”.

Como manifestamos, este síntoma/trastorno expresaba problemas existentes entre el sujeto en cuestión y sus allegados, con los cuales componía un sistema. Se trataba de un sujeto que había conformado una personalidad definida dentro del sistema en el cual estaba incluido. Este individuo se instituía en un elemento sujeto/sujetado a esta organización sistémica que definía de forma precisa las relaciones materiales y simbólicas entre los elementos que la constituían. No obstante, sin saberlo, aquel individuo rechazaba “alimentarse”, “ser alimentado” y/o ser materia de la organización del sistema.

Por Juan Carlos Nocetti, psicoanalista.

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Imagen: AFP

Cómo tramita el sistema de salud la muerte y el duelo en pandemia

Con la crisis sanitaria, quedó excluido el devenir social y comunitario del tratamiento de la muerte. Los límites de los hospitales y el lugar de los cuidados paliativos.

 

Una doble bolsa la separaba del cuerpo de su marido. Entre lágrimas y acuclillada, pronunció que cuidaría de sus cinco hijos y prometió que serían todos buenas personas. Luego se detuvo un instante. Levantó la cabeza para alcanzar la mirada del encargado de la morgue, y sintiendo la impaciencia del hombre, volvió la mirada a la bolsa. Se levantó, y sin mirar a nadie en particular, dijo: “No puedo, no puedo abrir la bolsa. Discúlpenme. No tengo el coraje”. Comenzaba a sacarse el equipo de protección cuando el encargado de la morgue le indicó que lo hiciera afuera y lo descartara en el tacho de bolsa roja.

Una vez en el estacionamiento, su vecina, quien la acompañaba, insistió con la necesidad de ver el cuerpo: “Yo puedo hacerlo, no me impresiona”, dijo. Contaba en su vida ya muchas pérdidas y había pasado por esa situación antes. Por mi parte, pensaba que si tenía que volver y pedirle al encargado de la morgue que volviera a sacar el cuerpo para que lo reconociera la vecina me iba a mandar a la mierda. Les aseguré, tal y como me lo habían explicado, que el protocolo de reconocimiento del cuerpo sigue pautas muy estrictas y estaba garantizado por el hospital, que no teníamos dudas de que ese fuera el cuerpo. Sostenida por el mismo tono de voz, les dije que aquello era una despedida y que si veía o no al cuerpo de su marido no era el punto. Podía elegir no verlo. Aceptaron la explicación. ”Sé que era él, por el tamaño. Es que él era petiso, doctora”.

Las invité al jardín del hospital. Era un día de sol, y nos sentamos en uno de los bancos más alejados conservando cierta intimidad. Ella pudo decir del miedo a no saber con qué se iba a encontrar si abría la bolsa y el temor a quedar capturada por una imagen horrorosa. Miedo a que no fuera su marido, pero esta vez por la diferencia entre aquello que esperaba ver y lo que iba a encontrar. El recuerdo, la descomposición, la realidad, la imagen.

La diferencia entre un reconocimiento del cuerpo y una despedida es que mientras para el primero existen protocolos, para la segundo no.

“A veces, cuando una tiene a las personas con una no dice lo que siente, y entonces después las pierde y eso duele. Hay que decir. Yo pasé por muchas pérdidas, enterré a mi nieta de un año y medio, y ahora mi nuera está embarazada. La vida te da y te quita, es así. Duele y no se entiende. Pero es así cuando uno ama”.

Ella, atenta a las palabras de su vecina, llevó su mano al pecho.

--Gracias por permitirme decirle a mi marido eso que tenía acá. Ahora ya puede descansar.

La mujer del relato, como tantas otras personas, se despidió una tarde de su marido en la Unidad de Febriles del Hospital. Veinticinco días habían pasado desde entonces.

En el relato de los familiares en duelo advertimos el dolor y las dificultades que genera la imposibilidad de acompañar en los tratamientos, la falta de despedida y en muchos casos incluso la imposibilidad de reconocimiento del cuerpo. La incredulidad ante la muerte y la fantasía de errores que pudieran desmentirla son procesos característicos de la activación de mecanismos psíquicos de defensa frente a lo traumático de la pérdida. Estos escenarios se potencian por la imposibilidad de una participación sensible y activa de los familiares: imposibilidad de ver, decir, escuchar, asistir, tocar.

Cuidados Paliativos es una especialidad interdisciplinaria que produce su conocimiento en el acompañamiento de personas con enfermedades incurables, progresivas y amenazantes para la vida. Desde sus cimientos, esta especialidad entiende la muerte como un hecho de impacto fuertemente social y habla de “unidad de tratamiento”, lo que incluye al paciente y a su entorno significativo, reconociendo la importancia de dirigir las intervenciones en ambas direcciones.

Ver es fundamental para la inscripción de lo acontecido. Se sabe de la dificultad extrema en el duelo cuando, como es el caso de los desaparecidos, no hay un cuerpo efectiva y tangiblemente fallecido que soporte la idea de su muerte. De allí la importancia de los rituales funerarios. Pero en el funeral se compone además una elaboración social hecha de fragmentos, retazos y contrastes. Podríamos aventurar que la despedida de alguien depende de la construcción de un relato respecto de su existencia: ¿de qué existencia es este desenlace?

Para que ese relato exista, son necesarios testigos que puedan soportarlo. Es imprescindible que existan otros dispuestos a acompañar, escuchar, mirar, preguntar, conmoverse, afectarse y reírse. La participación sensible desborda la tarea de ver, tanto para los familiares como para los lazos comunitarios, incluidos allí los profesionales de la salud.

Esa mañana en el jardín del hospital improvisamos un funeral y compusimos una despedida.

Ante la multiplicación de los fallecimientos y contemplando tanto el impacto emocional como el enorme costo social de las dificultades en el proceso de duelo en los familiares se publicó recientemente un protocolo para posibilitar las visitas de familiares en situación crítica o ante la proximidad de la muerte. Pese a esto, no existe aún en todos los hospitales públicos la implementación sistematizada y de forma justa de esta tarea, teniendo por consecuencia transformar eso que podría ser un derecho, en el privilegio de algunos familiares que consiguen por insistencia, querella o empatía que les sea posibilitado, lo que para otros es inviable.

Quedan dudas respecto de la disponibilidad de equipos de protección suficientes y la posibilidad de llevar el protocolo adelante en salas donde los profesionales se encuentran desbordados de trabajo. Existe también en los profesionales de la salud la pregunta por los propios recursos de afrontamiento y la capacidad de brindar contención emocional ante la difícil tarea de ser testigos del dolor, ahora también el de los familiares.

Fueron muchas las transformaciones que produjo en la tarea asistencial la pandemia y la situación de aislamiento social, preventivo y obligatorio. Entre ellas, obligó a que el tratamiento de la muerte quedara prácticamente en forma exclusiva en manos del sistema de salud, recortando su devenir social y comunitario. Es esa participación la que hoy se reclama y se pone en el centro de escena, haciendo notar las consecuencias de su falta. Sin embargo, resulta necesario observar que el tránsito por esta situación extrema y excepcional pone en evidencia la actitud que caracteriza a nuestra época y cultura frente a la muerte, lo espinoso que resulta el tema y el tratamiento sintomático que en consecuencia hace de ella el sistema de salud. Habitamos un paradigma curativo y técnico, que tiende a colocar la lucha contra la enfermedad como su objetivo y a entender los límites que encuentra como fracaso. En este contexto la tarea de curar es privilegiada por encima de la de cuidar.

A la hora de poner en práctica los protocolos, se evidencia la insuficiente preparación de las instituciones hospitalarias y sus profesionales para afrontar la difícil tarea de asistir y acompañar en el proceso de morir. A su vez, en los programas de formación médica son escasas las referencias al entrenamiento en herramientas técnicas especialmente necesarias en casos de enfermedades limitantes para la vida: técnicas comunicacionales, estrategias de contención emocional, manejo de la empatía y compromiso personal, construcción de la alianza terapéutica y toma de decisiones difíciles.

Es habitual escuchar cómo el temor al desborde emocional y la percepción de falta de recursos para su contención por parte del personal sanitario deriva en actitudes de distanciamiento emocional y evitación. Philippe Ariès hace corresponder esta actitud con el tratamiento de la muerte que caracteriza nuestra época, en tanto que “si los médicos y las enfermeras retasan lo máximo posible el momento de avisar a la familia, y si jamás se deciden a alertar al propio enfermo, es por temor a verse comprometidos en una cadena de reacciones sentimentales que tanto a ellos como al enfermo o la familia, les harían perder el control de sí”.

En este tiempo se han reunido e implementado en muchos hospitales públicos equipos interdisciplinarios de cuidados integrales para la contención emocional y asistencia de pacientes y familiares; para ello, especialistas en Cuidados Paliativos hemos sido convocados por nuestra experiencia en la tarea. Desde ya, resultaría por demás beneficioso aumentar la disponibilidad de este recurso especializado, tanto durante la pandemia como más allá de ella, siendo que nos encontramos muy lejos de alcanzar el acceso a los cuidados paliativos a todo aquel que lo requiera, tal lo contemplado en la Ley de muerte digna sancionada en el año 2012. No obstante, podemos también reconocer en este escenario excepcional una invitación a repensar las representaciones que nos atraviesan culturalmente y en consecuencia a nuestro sistema de salud, para que estos saberes y prácticas de cuidado consigan instalarse como característica transversal de la tarea asistencial.

Ana Azrilevich es psicóloga especialista en Cuidados Paliativos.

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Jueves, 11 Junio 2020 06:06

Retrato de relatos

Retrato de relatos

El teléfono y el psicoanálisis

Esa tarde tenía que entrevistar a tres pacientes. El primero a las 16, el segundo a las 17 y el tercero a las 18.30. Los había llamado a cada uno y, finalmente, tenía frente a mí la imagen, en la pantalla del teléfono celular, del tercero de ellos.

El primero era un abogado que ocupaba el escritorio de una empresa de construcción. El segundo era un deportista que cumplía la función de director técnico de un equipo de fútbol. El tercero, un economista que controlaba los gastos de un ferrocarril. Estos gastos aparecían, en estos momentos, sin control --en palabras de mi paciente--. Si los gastos seguían mucho tiempo sin control --decía el paciente-- se corría el riesgo de destrucción de los vagones y de descarrilamientos.

La imagen de mi teléfono celular, si bien retrataba a mi paciente y me permitía observarlo, pese a no encontrarse personalmente frente a mí, no me permitía definir con claridad sus sentimientos.

La posibilidad de acceder a la imagen de mi paciente, que mi teléfono ofrecía, no era de una manera tal que salvara la distancia física. Por eso, la sesión que posibilitaba la utilización de la videocámara de mi teléfono, con respecto al “cara a cara” en el consultorio, parecía disminuida.

Cabía, entonces, preguntarse si eso que sucedía a través de la pantalla del celular sería psicoanálisis o no lo sería.

El psicoanálisis trabaja con el lenguaje y con los sentimientos. El lenguaje aporta frases, relatos, palabras; los sentimientos registran alegrías y dolores, recuerdos gratos e ingratos.

En alguna medida, el teléfono permitía percibir lenguaje y sentimientos de mis pacientes. Desde esta perspectiva, el teléfono permitiría retener los valores que el psicoanálisis aporta.

Pero, también dijimos, la percepción de sentimientos no tenía claridad en la imagen retratada en la pantalla. De este modo, la pregunta permanecía abierta para el debate: ¿el teléfono permitía retener los valores que el psicoanálisis aporta?

Juan Carlos Nocetti es psicoanalista.

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Una niña mira desde su ventana al exterior en Madrid, durante el confinamiento. ÁLVARO GARCÍAAlvaro Garcia (EL PAÍS) 406

 Sociólogos, psicólogos y pedagogos piden que se permita a los niños salir como en Bélgica o Francia. Otros especialistas ven riesgos

 

Lucas, de 8 años, lleva la cuenta del encierro como un preso en Alcatraz. “Son 12, bueno, 12 días y medio sin pisar la calle. Menos mal que está Harry Potter”, dice. Cuando el Gobierno anunció el domingo una ampliación de 15 días del estado de alarma se llevó las manos a la cabeza: “¿Pero están locos estos políticos? No saben lo que es ser niño y estar encerrado un mes”.

La inquietud de Lucas es también la de las familias de los más de ocho millones de menores que no pueden salir de casa durante el estado de alarma. Aunque el pasado 17 de marzo, una modificación del decreto les permitió, al menos, acompañar a su madre o padre al supermercado en caso de quedarse solos en casa.

“Es curioso y sintomático que en los discursos del presidente se ha mencionado más a las mascotas que a los niños”, apunta César Rendueles, profesor de Sociología de la Universidad Complutense. “Son vulnerables y deberían recibir una atención especial. Pero han desaparecido. Ni siquiera se está planteando si esto es sostenible para ellos”, alerta.

Mientras las familias españolas se atrincheraban en sus casas, países como Francia y Bélgica permitían que los niños salieran a la calle para pasear a pesar del aislamiento. “Salidas indispensables para el equilibrio de la infancia en espacios abiertos en la proximidad del domicilio, manteniendo la distancia y evitando todo encuentro”, recoge el decreto francés.

CULTURA ADULTOCÉNTRICA

Rendueles cree que la diferencia de estos países con España a este respecto es que la nuestra es una cultura adultocéntrica: “A la pobreza en las políticas de infancia se suma una sociedad donde los niños lo único que pueden hacer es no molestar. Y a ello se une el clasismo de quienes deciden los decretos: no es lo mismo vivir en un piso interior de 40 metros cuadrados, caldo de cultivo de violencia y estrés, que en un chalet de 200 metros con jardín”.

Pero en la vicepresidencia de Asuntos Sociales explican que sí se ha tenido en cuenta la vulnerabilidad de la infancia en esta situación y que se ha planteado un debate de forma interna. “Somos conscientes de que hay un derecho del niño y la niña al esparcimiento, pero estamos en una situación muy extrema y se están teniendo más en cuenta sus derechos a la salud y a la protección. Si se siguiera prolongando esta circunstancia nos plantearíamos otra respuesta para colectivos con una especial necesidad. La prioridad ahora mismo es parar la transmisión. Porque si por ejemplo permitimos la salida de los niños menores de 4 años con un adulto serían más de dos millones de personas por la calle lo que supondría una nueva situación de riesgo que no podemos permitirnos”, explica un portavoz.

¿Cuál es el riesgo real de que los niños salgan a la calle, de forma controlada? ¿Qué consecuencias podría tener para ellos y sus familias un encierro prolongado?

El argumento más repetido para justificar la clausura estricta es que pueden contagiar el virus. La microbióloga Silvia Carlos, profesora del departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Navarra, explica que “el riesgo está en la socialización, y es difícil controlarla en niños. Tenerlos encerrados permite cortar la cadena de transmisión y nos hace conscientes del peligro”, explica por teléfono.

#CORONAINFANCIAS

La semana pasada una petición en la plataforma Change.org solicitaba flexibilidad en las restricciones para la movilidad de los niños, y en pocas horas lograron más de 5.000 firmas y hoy son casi 8.000. Esta semana Twitter se ha poblado de mensajes de niños en los que explican cómo viven el encierro con el hagstag #Coronainfancias. La autora del texto y la iniciativa, Heike Freire, es pedagoga y psicóloga. “Se habla de las necesidades fisiológicas de los perros, pero no de las de los niños. Y para desarrollarse adecuadamente necesitan la vitamina D del sol, moverse, correr y jugar. Y si este encierro se prolonga, puede tener consecuencias para ellos”, denuncia.

En casa de Lucas y Ana, los decibelios aumentan con los días. “Esto es muy agobiante”, dice el niño ante la enésima bronca. Freire explica que la situación irá a peor. “Es como una olla exprés. Y muchos niños ni siquiera tienen ventana, viven hacinados en pisos compartidos con varias familias o en situaciones de tensión muy extremas. Y existen maneras seguras de que salgan a la calle”.

Para la experta en microbiología de la Universidad de Navarra lo complicado es controlar cada movimiento de los niños en la calle. “Sería seguro si no se relacionan con más gente, si no tocan el mobiliario urbano, o si van en patinete o bici, pero ¿cómo lo controlas?”, plantea. Rendueles apunta que ahí hay una contradicción: “Los científicos consideran que las salidas controladas son aceptables, pero se presupone que los padres vamos a incumplir las normas. En cambio, a los paseantes de perros, o a los que van a la compra, no se les presupone esa culpabilidad”.

NO SERÁ DETERMINANTE

El neurobiólogo y catedrático de la Universidad de Salamanca, José Ramón Alonso, explica que las carencias que va a provocar este confinamiento no van a condicionar el desarrollo de los menores: “Para que tuviera consecuencias neuronales deberían pasar años. Les ocurrió a los Médici, pero pasaron su infancia encerrados en un palacio sin ver el sol, y cubiertos hasta las orejas”. Apunta a que el entorno familiar es el mejor para el desarrollo cerebral en un confinamiento. “Tienen cariño, estímulos y juego y es una oportunidad para estar en familia que siempre nos falta tiempo y podemos dedicárselo ahora. Es más estresante para los adultos, que no bajan el ritmo, que para los niños. Si se les explica bien, lo asimilan sin problema”.

Pero esta escena bucólica de madres y padres dedicados a contar cuentos y jugar con sus hijos dista bastante de lo que viven las familias, sobrepasadas por las tareas escolares y el teletrabajo. La psicóloga Beatriz Janín, del Forum de Infancias de Madrid, reconoce que los niveles de estrés no nos permiten mantener la calma, la paciencia, ni las ganas de jugar con ellos. “Los niños detectan los temores de los padres, y lo muestran estando muy demandantes, lloran sin motivo, se mueven sin parar, están agresivos, enfadados y comen sin medida. Es su manera de decir que ellos también lo sufren”, apunta. Y propone “escucharlos, crear redes de adultos (virtuales), compartir con amigos lo que está pasando, y que hablen con otros niños por teléfono o videoconferencia”.

El neurobiólogo recuerda que la situación extrema actual requiere de medidas radicales. “La amenaza de muerte es real, debemos ser responsables, y aprovechar para leer más a nuestros hijos, jugar, y cambiar el chip y no tratar de trabajar como si no pasara nada. Y si la curva se aplana, se podrán relajar las medidas”. Y concluye: “Saldremos de esta habiendo aprendido, pensado, y valorando más el trabajo de nuestros maestros, que se pasan ocho horas al día con nuestros hijos y aún nos atrevemos a reprocharles su trabajo”.

Las personas con discapacidad sí pueden salir

Tras decretarse el estado de alarma, varios colectivos de personas con discapacidad reclamaron que se permitiera que estas personas pudieran salir a la calle por motivos terapéuticos. La vicepresidencia de Asuntos Sociales cursó entonces una petición al Ministerio del Interior para que se incluyera esta excepción, y así se planteó en la disposición adicional del 19 de marzo que contempla: “Las personas con discapacidad, que tengan alteraciones conductuales, como por ejemplo personas con diagnóstico de espectro autista y conductas disruptivas, el cual se vea agravado por la situación de confinamiento (...) pueden realizar los desplazamientos que sean necesarios, siempre y cuando se respeten las medidas necesarias para evitar el contagio”. Aún así varias familias han reportado sanciones. Por eso, la plataforma Plena Inclusión recomienda solo “las salidas imprescindibles que impliquen actividades de asistencia o cuidado en la vía pública y de carácter terapéutico” y advierte de que esto no puede ser “un salvoconducto para toda salida”. Y apunta además que debe ser “durante el tiempo imprescindible, acompañados de una persona de apoyo, no se podrá entrar en contacto con otras personas para evitar el riesgo de transmisión, y se deberá presentar la documentación acreditativa de la discapacidad y los informes sobre su situación”. Sería el caso también de los niños hiperactivos que el estado de confinamiento les puede agravar su estado de salud mental y tendrán las salidas permitidas. Pero siempre deben aportar el informe que garantice su diagnóstico. Otro de los colectivos que preocupan en la vicepresidencia de Asuntos Sociales son los menores que puedan estar en riesgo de violencia intrafamiliar. “En estos casos se está haciendo un especial seguimiento vía telefónica de tal modo que al menos haya algún tipo de contacto tanto con los menores como con sus familias”, concluyó un portavoz.

23 mar 2020 - 19:03 COT

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