Detiene EU máximo histórico de 1.7 millones de migrantes en un año

 El número de migrantes detenidos en su intento por entrar a Estados Unidos alcanzó un nivel histórico en el año fiscal 2021. Más de 1.7 millones de personas en condición de movilidad irregular fueron aprehendidas por autoridades estadunidenses en la franja fronteriza en este lapso.

De acuerdo con la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de ese país (CBP, por sus siglas en inglés), entre octubre de 2020 y septiembre de 2021 –el periodo del año fiscal– esta cifra alcanzó un millón 734 mil 686 migrantes; de ellos casi cuatro de cada 10 eran de origen mexicano.

En 2021 hubo 757 mil 177 migrantes detenidos más que los 977 mil 509 reportados en el año fiscal 2019, que era la cantidad más alta en la historia. El número actual creció 77 por ciento en relación con el de hace dos años.

A lo largo de ese lapso las cifras fueron al alza, pues 46.37 por ciento de las retenciones (804 mil 468) se registraron entre junio y septiembre de este año.

El mes con el mayor número de detenciones en este periodo fiscal fue julio, con 213 mil 593; seguido de agosto, con 209 mil 840; septiembre ocupó el tercer lugar, con 192 mil una aprehensiones, y siguió junio, con 189 mil 34, de acuerdo con los números de la CBP.

Este número histórico se presenta en medio de una crisis en materia migratoria en la región. Los gobiernos de Andrés Manuel López Obrador y de Joe Biden han coincidido en la necesidad de brindar apoyo a las localidades de origen migratorio, a fin de atacar las causas del fenómeno.

Diversos análisis realizados por la CBP apuntan que la pobreza y la pobreza extrema son la principal razón por la que miles de personas se ven obligadas a salir de varios puntos de México y las naciones del Triángulo Norte de Centroamérica (Guatemala, Honduras y El Salvador).

Otras causas identificadas por esta dependencia estadunidense son la violencia, la ausencia de políticas sociales en sus poblaciones de origen y la reunificación con familiares que se encuentran en Estados Unidos.

Del total de migrantes detenidos en este año fiscal, la mayoría, 655 mil 594, eran mexicanos, equivalente a 37.79 por ciento.

La CBP reportó 319 mil 324 migrantes hondureños en esta situación, 18.4 por ciento; 283 mil 35 procedentes de Guatemala, 16.31 por ciento, y 98 mil 690 de El Salvador, 5.68 por ciento. El resto, 378 mil 43, 21.79 por ciento, eran de otras naciones.

Si bien la mayoría de los migrantes detenidos en este periodo eran adultos en solitario, un millón 105 mil 925, la cantidad de menores de edad que viajaban solos retenidos en la franja fronteriza estadunidense alcanzó 146 mil 925 (8.46 por ciento del total). Este número es mayor en 66 mil 291 casos a los 80 mil 634 niños y adolescentes registrados durante el año fiscal 2019.

Lunes 25 de octubre de 2021


Migración: ¿callejón sin salida?*

 

Varios miles de migrantes salieron el sábado pasado de Tapachula, Chiapas, hacia esta capital, tras permanecer varios meses en esa ciudad sin haber conseguido regularizar su estancia en el país. El domingo, los viajeros, entre los que hay numerosas mujeres y niños, debieron enfrentar altas temperaturas en el trayecto y apenas lograron avanzar unas decenas de kilómetros hasta llegar a la localidad chiapaneca de Huehuetán. La mayoría de ellos tiene el objetivo de llegar a territorio estadunidense.

En este nuevo episodio, la intervención de las autoridades se ha limitado hasta ahora a proteger a los migrantes e incluso a brindarles auxilio y la Comisión Nacional de Derechos Humanos dirigió requerimientos a las secretarías de Salud y de Seguridad y Protección Ciudadana, así como a la Guardia Nacional, el Instituto Nacional de Migración, la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados, el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia, la Procuraduría Federal de protección de Niñas, Niños y Adolescentes y a las secretarías de Gobierno de Chiapas, Tabasco y Oaxaca, para salvaguardar la integridad física de los extranjeros y garantizar ayuda humanitaria para ellos.

La protección de los derechos humanos de los migrantes es sin duda una obligación indeclinable del Estado mexicano y cabe hacer votos porque ese principio se cumpla a cabalidad en la actual circunstancia. Pero es pertinente señalar que esa condición no va a resolver la crisis migratoria en la que se ha visto envuelto nuestro país, pues ésta depende de soluciones que están más allá de las atribuciones del gobierno nacional: por una parte, hay una multiplicidad de condiciones que llevan a miles de personas a abandonar sus lugares de origen y, por el otro, figura el sueño –o el espejismo– de lograr mejores condiciones de vida en Estados Unidos.

Sin embargo, la frontera común entre ese país y el nuestro se mantiene cerrada a la migración y, pese a las promesas electorales de su actual presidente, Joe Biden, no parece estar a la vista una pronta apertura, porque el cambio de rumbo que el demócrata ofreció en materia migratoria –como en muchas otras– se ha visto empantanado en un laberinto judicial y burocrático de solución incierta. En tal circunstancia, es claro que las caravanas migrantes no consiguen más que trasladar la crisis humanitaria que se vive en Tapachula a las ciudades de nuestra frontera norte, además de exponer a sus integrantes a los peligros e incertidumbres de la extensa ruta entre una y otras.

Por otra parte, la presidencia de Andrés Manuel López Obrador ha venido insistiendo ante la Casa Blanca –tanto en la administración de Donald Trump como en la de Biden– que la solución duradera y de fondo a esta complicada situación consiste en atacar de raíz las causas que alientan la emigración en los países del llamado Triángulo Norte de Centroamérica, formado por El Salvador, Guatemala y Honduras, mediante la aplicación en esos países de programas sociales similares a los que se realizan en México, como Sembrando Vida y Construyendo el Futuro, a fin de anclar a las poblaciones susceptibles de emigrar con trabajo y una paulatina mejoría en su nivel de vida y su entorno social. En el momento actual no parece haber más solución que ésta al flujo que constituye el grueso del fenómeno migratorio –en el que se cuentan también personas oriundas de otros países de Centro y Sudamérica y del Caribe, e incluso de otros continentes–. Es preciso, en consecuencia, seguir insistiendo ante el gobierno de Washington para que, si no puede sacar adelante una reforma profunda de su regulación migratoria, otorgue al menos los recursos necesarios para la aplicación de esa propuesta.

*Edotproañ diario La Jornada, México, lu8nes 25 de octubre

 

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El Nobel de Economía: la “revolución de la credibilidad”

Para quienes preocupa que los economistas se hayan formado crecientemente en una disciplina en la que tienen poca importancia las evidencias en la construcción del conocimiento económico, la concesión del Nobel de Economía este año es relevante. Se ha premiado a David Card, Joshua D. Angrist y Guido W. Imbens reconociendo una manera de producir conocimiento económico que se liga con intervenciones económicas del Estado para resolver problemas relevantes. Este reconocimiento es una refutación directa de los métodos de la economía convencional y, en consecuencia, de muchas de las leyes económicas que pretendidamente ha establecido el pensamiento económico dominante. Refutación que resulta de “experimentos controlados”, es decir, de estudios basados en información real que permite comparar resultados de cambios en políticas en grupos diferentes.

En el famoso artículo publicado en 1994 en la American Economic Review, Card y Kruger presentaron evidencia que demostraba el efecto de la elevación del salario mínimo sobre el nivel de empleo y los precios. Sus conclusiones refutaron la afirmación de la economía convencional que señalaba que incrementar el salario mínimo conduciría a reducir el nivel de empleo. En ese estudio analizaron información de 410 empresas de comida rápida en Nueva Jersey y Pensilvania siguiendo el aumento al salario mínimo de 4.25 a 5.05 dólares la hora en Nueva Jersey. Compararon lo ocurrido en ese estado y en Pensilvania, donde no hubo incremento salarial, antes y después de ese aumento sobre empleo, salarios y precios.

La revolución de la credibilidad cuestionó la idea de que era posible aislar los efectos de cambios en ciertas políticas a través de sofisticados modelos estadísticos que controlaban matemáticamente otros factores: el supuesto de permaneciendo todo lo demás constante, el ceteris paribus. Este método produce resultados correctos solamente cuando se aceptan los supuestos, es decir, cuando se acepta que el que no cambien las otras cosas es razonable y pertinente. Supuestos que, además, están sostenidos por la propia teoría que se pretende demostrar.

Pese a esta evidente debilidad metodológica, los resultados de las investigaciones econométricas se convirtieron en leyes económicas y, a partir de ello, sirvieron para refutar intervenciones gubernamentales que se proponían reducir la evidente desigualdad en el reparto de los ingresos producidos. El salario podía aumentar sólo en la medida en la que el “factor trabajo” incrementara su productividad. Si los aumentos salariales resultaban de decisiones políticas del gobierno, entonces la teoría económica se usaba para señalar que eso significaría reducciones del nivel de empleo y aumentos de precios y que, en consecuencia, era inconveniente la intervención estatal.

Desde los años 90 del siglo pasado, diversos economistas condujeron estudios que se sostenían en la fuerza del análisis de situaciones reales con información recabada directamente tanto entre empresas como con trabajadores para variables analizadas comparativamente. Se trata de procedimientos muy cercanos a los realizados en experimentos controlados. Este es el importante aporte de Card que junto con Kruger condujo estudios cuyos resultados cuestionaban las leyes económicas establecidas.

El banco central sueco, que otorga el Nobel de Economía, expresó en su razonamiento para otorgarlo a estos economistas “que los experimentos naturales son una rica fuente de conocimiento que ha resultado en un gran beneficio para el conjunto de la sociedad”. En realidad, el aporte va mucho más lejos. Demostraron que la teoría económica se equivocaba al afirmar que todo aumento salarial que no siguiera aumentos en la productividad reduciría el nivel de empleo y elevaría los precios. Pero demostraron algo todavía más importante: que decisiones políticas que aumentaban los salarios mínimos con el fin de reducir la excesiva concentración del ingreso no afectaban negativamente variables fundamentales, como el nivel de empleo y la inflación. Demostraron que era posible, y conveniente, que los poderes públicos intervinieran en los mercados, ya que la “mano invisible” no generaba bienestar, sino concentración del ingreso.

Los economistas galardonados con el Nobel 2021, impulsores de esta revolución de la credibilidad en el análisis económico, con sus aportes impulsan también políticas económicas que se proponen resolver problemas sociales centrales: mejorar las condiciones de vida de los trabajadores a través de aumentos salariales, ayuda a desempleados, apoyo a migrantes y otras. Cuestiones que conforman una agenda progresista, que claramente demanda una economía y unos economistas formados en la convicción de que en las ciencias sociales el análisis empírico es sustento del conocimiento científico

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¿Estados Unidos está experimentando una huelga general no oficial?

Presentamos la última editorial de Robert Reich, exsecretario de Trabajo de Estados Unidos, es profesor de políticas públicas en la Universidad de California en Berkeley y autor de varios libros, además es columnista en el diario británico, The Guardian. Reich no es un izquierdista pero su análisis sobre las huelgas en EE. UU. puede ser de interés a nuestros lectores.

 

En todo el país, la gente se niega a regresar a trabajos de bajos salarios agotadores o abrumadores.


El informe de empleo del viernes pasado del Departamento de Trabajo de EE. UU. provocó una avalancha de titulares sombríos. El New York Times enfatizó el crecimiento de empleos es "débil" y se preocupó de que "los desafíos de contratación que han acosado a los empleadores durante todo el año no se resolverán rápidamente" y "el aumento de los salarios podría aumentar las preocupaciones sobre la inflación". Para CNN, fue "otra decepción". Para Bloomberg, el “informe de empleos de septiembre pierde mucho por segundo mes consecutivo”.

Los medios de comunicación no informaron la gran historia, que en realidad es muy buena: los trabajadores estadounidenses ahora están mostrando sus músculos por primera vez en décadas.

Se podría decir que los trabajadores han declarado una huelga general nacional hasta que obtengan mejores salarios y mejores condiciones laborales.

Nadie lo llama huelga general. Pero a su manera desorganizada, está relacionado con las huelgas organizadas que estallan en todo el país: equipos de cine y televisión de Hollywood, trabajadores de John Deere, mineros de carbón de Alabama, trabajadores de Nabisco, trabajadores de Kellogg, enfermeras en California, trabajadores de la salud en Buffalo.

Los trabajadores estadounidenses, desorganizados u organizados, ahora tienen poder de negociación para hacerlo mejor. Después de un año y medio de pandemia, los consumidores tienen una demanda reprimida de todo tipo de bienes y servicios.

Pero a los empleadores les resulta difícil cubrir puestos.

El informe de empleos del viernes pasado mostró que el número de puestos vacantes alcanzó un nivel récord. La proporción de personas que trabajan o buscan trabajo activamente (la tasa de participación en la fuerza laboral) se ha reducido al 61,6%. También ha disminuido la participación de las personas en sus mejores años laborales, definidos como de 25 a 54 años.

Durante el año pasado, las ofertas de trabajo aumentaron un 62%. Sin embargo, la contratación general ha disminuido.

¿Lo que da?

Otra pista: los estadounidenses también están renunciando a sus trabajos a la tasa más alta registrada. El Departamento de Trabajo informó el martes que unos 4,3 millones de personas renunciaron a sus trabajos en agosto. Eso equivale aproximadamente al 2,9% de la población activa, frente al récord anterior establecido en abril , de alrededor de 4 millones de personas que dejaron de fumar.

En total, alrededor de 4 millones de trabajadores estadounidenses han dejado sus trabajos todos los meses desde la primavera.

Estos números no tienen nada que ver con el fantasma republicano de los beneficios de desempleo adicionales que supuestamente desaniman a la gente a trabajar. Recordatorio: los beneficios adicionales se agotaron el Día del Trabajo.

Los temores renovados de la variante Delta de Covid pueden jugar algún papel. Pero no puede ser el factor más importante. Con la mayoría de los adultos ahora vacunados, las tasas de hospitalizaciones y muertes han disminuido.

Mi opinión: los trabajadores son reacios a regresar o permanecer en sus trabajos anteriores principalmente porque están agotados.

Algunos se han jubilado antes de tiempo. Otros han encontrado formas de llegar a fin de mes además de permanecer en trabajos que aborrecen. Muchos simplemente no quieren volver a trabajos de mierda de bajos salarios, agotadores o abrumadores.

Los medios de comunicación y la mayoría de los economistas miden el éxito de la economía por la cantidad de puestos de trabajo que crea, ignorando la calidad de esos puestos de trabajo. Eso es un gran descuido.

Hace años, cuando era secretario de trabajo, seguía conociendo a trabajadores de todo el país que tenían trabajo de tiempo completo pero que se quejaban de que sus trabajos pagaban muy poco y tenían pocos beneficios, o eran inseguros o requerían horas largas o impredecibles. Muchos dijeron que sus empleadores los trataban mal, los acosaban y no los respetaban.

Desde entonces, estas quejas solo se han vuelto más fuertes, según las encuestas . Para muchos, la pandemia fue el colmo. Los trabajadores están hartos, aniquilados, agotados y agotados. A raíz de tantas dificultades, enfermedades y muertes durante el año pasado, no lo van a soportar más.

Para atraer a los trabajadores, los empleadores están aumentando los salarios y ofreciendo otros incentivos. Las ganancias promedio aumentaron 19 centavos la hora en septiembre y han subido más de $ 1 la hora, o 4.6%, durante el último año.

Claramente, eso no es suficiente.

Corporate America quiere enmarcar esto como una "escasez de mano de obra". Incorrecto. Lo que realmente está sucediendo se describe con mayor precisión como una escasez de salario digno, una escasez de pago por condiciones de vida peligrosas, una escasez de cuidado de niños, una escasez de licencias por enfermedad pagadas y una escasez de atención médica.

A menos que se rectifique esta escasez, muchos estadounidenses no volverán a trabajar pronto. Por eso digo que ya está sucediendo.

Miércoles 13 de octubre

El artículo original en inglés se publicó en The Guardian.

Para profundizar

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En 2021, un récord de 19 mil niños migrantes cruzaron la peligrosa selva del Darién rumbo a EE.UU.

Unicef denunció un "máximo histórico" y llamó a considerar a esta "grave crisis humanitaria"

El llamado Tapón del Darién, zona selvática de 266 kilómetros donde conviven animales salvajes, ríos caudalosos y grupos criminales, se convirtió en corredor para los migrantes irregulares que intentan llegar a tierra estadounidense.

 

Cerca de 19 mil niños atravesaron en lo que va del 2021 la peligrosa selva del Darién, ubicada entre Colombia y Panamá, para llegar a Estados Unidos, una cifra que marcó un "máximo histórico" de menores migrantes según advirtió el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). La mitad del total son menores de cinco años, y este pico histórico es cerca de tres veces más que la cifra registrada durante los cinco años anteriores juntos.

La "afluencia tan creciente" de niños migrantes por el Darién "debería ser tratada urgentemente como una grave crisis humanitaria por toda la región, más allá de Panamá", denunció Laurent Duvillier, jefe regional de comunicación de Unicef para América latina y el Caribe, e instó a los gobiernos a garantizar la protección de los niños durante su viaje y a coordinar una respuesta humanitaria. 

Unicef también advirtió sobre un aumento de los niños que cruzan solos el Darién. En 2020 ocho niños no habían sido acompañados, en 2021 fueron 153. "La mayoría no viajan solos, viajan acompañados de sus papás, pero en el trayecto de la jungla pasan muchas cosas, a veces los padres se quedan atrás, la mamá se queda herida o se ven separados al momento de cruzar un río", aseguró Duvillier.

El llamado Tapón del Darién, zona selvática de 266 kilómetros donde la espesa vegetación impide a veces ver el sol, hay animales salvajes (incluso serpientes venenosas), ríos caudalosos y grupos criminales, se convirtió en corredor para los migrantes irregulares que intentan llegar a Estados Unidos.

"Cada niño que cruza el Darién a pie es un sobreviviente", afirmó la directora de Unicef para América Latina y el Caribe, Jean Gough, al detallar que "en lo profundo de la selva, el robo, la violación y la trata de personas son tan peligrosos como los animales salvajes, los insectos y la absoluta falta de agua potable". 

Según los datos de Unicef, en este 2021 al menos cinco niños fueron hallados muertos en la selva. Y entre enero y septiembre pasados el ente de la ONU registró 29 denuncias de abuso sexual de niñas adolescentes durante el viaje.

Unicef señaló que se prevé que el número de niños y familias migrantes que cruzan la selva siga aumentando en las próximas semanas y meses, ante lo cual "está ampliando su respuesta humanitaria para abordar las necesidades urgentes" de esa población.

"Unicef insta a los gobiernos a garantizar la protección de los niños en movimiento a lo largo de su viaje y a coordinar la implementación de una respuesta humanitaria más sólida en todos los países involucrados", dijo el organismo de Naciones Unidas. Se debe, además, "promover la integración de las familias migrantes en las comunidades de acogida y se deben abordar las causas fundamentales que las llevan a migrar".

Entre enero y septiembre pasados, 91.300 migrantes en tránsito llegaron a Panamá tras atravesar la jungla, una cifra que triplica el récord de 2016, según datos del Servicio Nacional de Migración (SNM) panameño citados por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) en un informe difundido el viernes pasado.

La mayoría eran haitianos (56.600), muchos de ellos acompañados por menores, seguidos de cubanos (12.800), venezolanos (1.500), además de nacionales de países de Asia y África, entre ellos Bangladesh, Senegal, Ghana, Uzbekistán, India y Nepal, dijo la OIM. En los primeros nueve meses de 2021 los menores representaron el 20 por ciento de esa población en movilidad, cuando hace cuatro años era apenas el dos por ciento.

Hacia países del norte del continente americano como Estados Unidos, Canadá o México están viajando familias enteras de haitianos con hijos nacidos en Chile o Brasil, países en lo que se habían radicado años atrás, e incluso con bebés nacidos durante la travesía.

12 de octubre de 2021

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La Academia dijo que el trabajo de los galardonados "ha revolucionado la investigación empírica en las ciencias sociales".. Imagen: EFE

David Card, Joshua D Angrist y Guido W. Imbens fueron los elegidos

Los tres ganadores demostraron que es posible responder a cuestiones relacionadas con salarios y empleo mediante experimentos naturales. 

 

Los economistas David Card, Joshua D Angrist y Guido W. Imbens recibieron este lunes el Nobel de Economía por "sacar conclusiones de experimentos inesperados" y aplicarlos al análisis del mercado laboral, informó la Real Academia de las Ciencias sueca. Los ganadores obtendrán la suma de 10 millones de coronas suecas (equivalentes a 1,14 millones de dólares), financiada por el Banco de Suecia, de los que la mitad serán para Card, a quien la Academia ha adjudicado explícitamente la mitad del galardón. Angrist y Imbens compartirán la otra mitad.

"Los galardonados de este año, David Card, Joshua Angrist y Guido Imbens, nos han proporcionado nuevos conocimientos sobre el mercado laboral y han mostrado qué conclusiones sobre causa y efecto se pueden extraer de experimentos naturales. Su enfoque se ha extendido a otros campos y revolucionado la investigación empírica", señaló la Academia en un comunicado.

Lo que han hecho los tres ganadores es demostrar que es posible responder a cuestiones relacionadas con las inmigraciones, los salarios, el empleo y la educación mediante experimentos naturales. Los experimentos naturales utilizan situaciones de la vida real para calcular los impactos en el mundo, un enfoque que se ha extendido a otros campos y que revolucionó la investigación empírica.

David Card es un economista canadiense especializado en el ámbito laboral de 65 años, analizó los efectos del salario mínimo, la migración y la educación en el mercado laboral. Estudió la relación entre la suba del salario mínimo y las contrataciones. Analizó restaurantes en New Jersey y Pennsylvania para ver si el aumento del salario mínimo generaba menos contrataciones. Los resultados de sus investigaciones mostraron que el aumento del salario mínimo no supone necesariamente una reducción del empleo.

Desde la organización sueca han destacado el trabajo de David Card por su "pionera" investigación junto al difunto economista Alan Krueger que puso por primer vez en cuestión la corriente anterior que sostenía que el aumento del salario mínimo provocaba efectos negativos en el empleo.

"Sus estudios de principios de los años 1990 pusieron en entredicho las ideas recibidas, lo que condujo a nuevos análisis y nuevas perspectivas", según el jurado. La academia destacó también que "nos hemos dado cuenta de que los recursos en las escuelas son mucho más importantes para el futuro éxito de los estudiantes en el mercado laboral de lo que se pensaba anteriormente".

Joshua Angrist es un economista israelí estadounidense de 61 años. Utilizó el sistema de lotería en el reclutamiento de soldados para Vietnam –algo que produjo una distribución al azar– para medir las dificultades de reinserción laboral de los veteranos. Hacerlo sin tener en cuenta la lotería hubiera “contaminado” las conclusiones. Guido Imbens es un economista holandés estadounidense de 58 años .

Angrist e Imbens desarrollaron métodos similares. Ambos fueron recompensados de forma conjunta "por sus contribuciones metodológicas en el análisis de las relaciones causa y efecto". A mediados de los años 1990, los dos investigadores demostraron cómo conclusiones precisas sobre las causas y los efectos pueden ser fruto de experimentos naturales.

"Los estudios de Card sobre cuestiones fundamentales para la sociedad y las contribuciones metodológicas de Angrist e Imbens han demostrado que los experimentos naturales son una rica fuente de conocimiento. Su investigación ha mejorado sustancialmente nuestra capacidad para responder preguntas causales clave, lo que ha sido de gran beneficio para la sociedad ", dijo Peter Fredriksson, presidente del Comité del Premio de Ciencias Económicas.

Los premios Nobel de Economía anteriores -Paul Milgrom y Robert Wilson recibieron el premio el año pasado por su trabajo sobre la teoría de las subastas- han estado dominados por institutos estadounidenses y esta no fue la excepción. Card trabaja en la Universidad de California Berkeley; Angrist en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, Cambridge e Imbens en la Universidad de Stanford.

Con este galardón se cierra la ronda de anuncios de los Premios Nobel, que la semana pasada se concedieron en las disciplinas de medicina, física, química, literatura y de la paz. Será entregado, como los demás, en una acto que tendrá lugar el próximo 10 de diciembre.

12 de octubre de 2021

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Fuentes: Rebelión - Imagen: "El carbonero" (1934), Eduardo Kingman.

Rumbo a una mayor precarización laboral y a otros males

Los salarios corrientes del trabajo dependen del contrato establecido entre dos partes cuyos intereses no son, en modo alguno, idénticos. Los trabajadores desean obtener lo máximo posible, los patronos dar lo mínimo. Los primeros se unen para elevarlos, los segundos para rebajarlos. No es difícil, sin embargo, prever cuál de las partes vencerá en la disputa y forzará a la otra a aceptar sus condiciones.”Adam Smith – La riqueza de las naciones

 

El 23 de septiembre de 2021, casi a los cuatro meses de haber empezado su gobierno, y luego de una masiva vacunación contra el coronavirus, Guillermo Lasso finalmente hizo públicos algunos elementos de su primer gran plan económico recogido en el proyecto de ley “Creando Oportunidades” (de ahora en adelante, ley CREO). En un mensaje a la nación donde los detalles y los silencios decían más que las palabras, Lasso intentó dar un carácter salvador a su proyecto de ley. Sin embargo, una vez conocidos sus contenidos concretos, dicho proyecto más parece una reedición –a mayor escala y con menor recato– de la primera propuesta de “ley humanitaria”1 presentada por el gobierno de Lenín Moreno en 2020; propuesta que, recordemos, terminó abriendo las puertas a una –nada humanitaria– flexibilización laboral2.

Así, el gobierno de Lasso se muestra decidido a acelerar la marcha neoliberal arrancada en los últimos años del correísmo3 y mantenida durante todo el morenismo4. Si bien varias declaraciones de Lasso eran claras en ese sentido (basta recordar la cuestión de las privatizaciones5), el proyecto de ley CREO pone la discusión en un nuevo nivel tanto por la profundidad de varias reformas (sobre todo laborales) como por la ambición y la premura con la que el gobierno busca implementar su agenda en medio de un complejo –y hasta incierto– contexto político.

El proyecto de ley CREO se compone de los siguientes elementos: a) creación de un régimen laboral alternativo al Código de Trabajo; b) contribuciones económicas temporales para el impulso económico post-COVID; c) régimen impositivo para regularización de activos en el exterior; d) reformas a múltiples cuerpos legales adicionales. Aquí aparece una primera problemática: el proyecto de ley hace referencia a varios aspectos de forma simultánea (laboral, fiscal, tributario, “fomento” de inversiones, sectores estratégicos, etc.); de hecho, se busca reformar más de 25 leyes de materias distintas de forma urgente y con un solo proyecto de ley. Solo ese hecho ya puede poner en cuestionamiento la constitucionalidad de la ley CREO (aunque, siendo francos, no sería la primera vez que un proyecto de ley económica afecte a varios cuerpos legales)6.

Dentro de las dimensiones múltiples del proyecto de ley, la cuestión del “régimen laboral alternativo” –a la que le dedicaremos el grueso de nuestra atención en esta ocasión– quizá es de los más preocupantes pues la urgencia que vive el Ecuador de generar empleos se usa como pretexto para introducir varios cambios que hacen trizas las disposiciones constitucionales y legales al respecto, incluyendo los convenios en el marco de la Organización Internacional de Trabajo (OIT), de los cuales el Ecuador es signatario.

Por cierto, en términos políticos cabría decirse que fue un tanto “torpe” que el primer punto del proyecto de ley CREO sea justo la reforma laboral. De hecho, ni bien se comienza con la revisión del proyecto de ley, es posible leer que “Las disposiciones de este libro establecen un régimen distinto y alternativo al previsto en el Código del Trabajo. La aplicación del régimen establecido en este libro excluye la aplicación del Código del Trabajo y viceversa” (Ley CREO, art.3). Semejante afirmación no da espacio a interpretaciones: se busca crear una normativa legal paralela a la ya existente en términos laborales, aspecto que también podría ser constitucionalmente cuestionable pues se podría privar a varios trabajadores de los derechos laborales vigentes en el Código del Trabajo7.

Avanzando en el detalle del proyecto de ley, puede identificarse la creación de tres modalidades nuevas de contratación que no estarían sujetas al Código de Trabajo: contratos alternativos por tiempo definido e indefinido (art. 17); contratos alternativos por obra o servicios determinados (art. 18); y contratos alternativos eventuales (art. 19). Todas estas formas de contratación pueden realizarse bajo condiciones que más parecen un modernizado sistema de concertaje8 para una desembozada explotación laboral antes que una modernización de las relaciones laborales (término oficialista con el que se ha intentado dorar la píldora de la sobreexplotación laboral).

Apenas como ejemplo, se pueden enumerar las siguientes “joyas” del proyecto de ley CREO:

  • Se da libertad a los empleadores para que, en cualquier momento, se pueda pasar de una modalidad de trabajo virtual a presencial (art.15).
  • Se extiende el período de prueba (originalmente de tres meses) a “cinco meses, solo para la primera contratación. Pero para el caso de nuevas contrataciones del trabajador y siempre que sea para cargos distintos a los anteriormente desempeñados, también se entenderá incorporado dicho tiempo de prueba” (art.20). Es decir, se abre la posibilidad incluso a tener trabajadores “rotando” en diferentes actividades con tal de extender el período de prueba en el cual no existen obligaciones de pago de indemnizaciones ni de bonificaciones.
  • Se permite que, entre empleador y empleado, se defina por “mutuo acuerdo” que las herramientas esenciales para la ejecución del trabajo sean proporcionadas por el trabajador (art.26, numeral 5). Sabemos muy bien que, ante la necesidad imperiosa de los trabajadores de mantener la subsistencia propia y de sus familias, muchos de este tipo de “mutuos acuerdos” terminan volviéndose obligaciones adicionales impuestas por los empleadores9.
  • Se permite que la jornada laboral llegue a sumar 12 horas diarias seguidas, con un total de 40 horas semanales por cumplirse hasta en seis días. Sin embargo, si existe el “mutuo acuerdo” entre trabajadores y empleadores, pueden existir jornadas de trabajo continuas de hasta veintidós días (días de descanso serían acumulables), excepto en el sector turístico y naviero donde las jornadas podrían llegar a cuarenta y cuatro días seguidos (art.31).
  • Se permite que, si hay reducción en los ingresos del negocio, o si hay algún otro “evento de fuerza mayor o caso fortuito”, el empleador pueda reducir la jornada laboral hasta un máximo de 50% y reducir en la misma proporción tanto la remuneración del trabajador como los aportes de la seguridad social y demás beneficios. La reducción duraría hasta que se superen las “eventualidades”. Sin embargo, si hay “mutuo acuerdo”, se permiten reducciones aún más fuertes de jornada, remuneración y otros beneficios (art.32).
  • Se permite que los empleadores dejen de pagar remuneraciones a los trabajadores cuando las empresas sufran una suspensión de actividades por algún “caso fortuito” o “evento de fuerza mayor” e incluso se “podrá efectuar el aviso de salida de la seguridad social sin que esto represente terminación del contrato” (art. 37).
  • Se permite que sea el empleador el que determine el período en que el trabajador deberá gozar de sus vacaciones (art. 41). Asimismo, el empleador podrá negar el goce de las vacaciones de un año, y si hay “mutuo acuerdo”, pueden extenderse los períodos en los cuales no se gozan de vacaciones, las cuales deberán acumularse para períodos futuros (art. 42).
  • Se plantean trece causales de terminación de un contrato alternativo (art.70) (en contraste a los ocho motivos de despidos previstos en el Código del Trabajo). De hecho, se dispone que “el empleador podrá dar por terminado el contrato, sin necesidad de trámites o de formalidades previas”; es decir, se simplifica la posibilidad de despedir a los trabajadores sin tener que recurrir a trámites administrativos (p.ej. visto bueno). Para colmo, existen causales de terminación de contrato absurdas y subjetivas. Por ejemplo, se podrá terminar un contrato “Por falta de probidad. Para esta causal no es necesario que se produzcan daños al empleador o a terceros, sino la sola falta de apego a la rectitud en el obrar y al cumplimiento ético del deber” (art. 70, numeral 4). O, por ejemplo, “Por ineptitud para el trabajo para el cual fue contratado. Esta causal no está limitada al tiempo de servicios, por lo que puede configurarse en cualquier momento” (art.70, numeral 6). Así, los trabajadores terminan quedado a merced de los criterios subjetivos del empleador, que puede terminar las contrataciones de forma abrupta alegando causales sin siquiera verse en la obligación de comprobarlas ante un tercero. Y por si no fuera suficiente, también se dispone que, si un contrato termina por una de estas u otra “justa causa” determinada por el empleador, el trabajador deberá pagarle una “indemnizaciónequivalente a un mes de la última remuneración completa” (art.75).
  • Se permite que exista tanto la caducidad de las decisiones de terminación de contrato por “justas causas” (art.81) como también se dispone que “Las acciones provenientes del contrato de trabajo prescriben en el plazo de tres años contados desde la terminación de aquel. Sin embargo, transcurrido cinco años desde que la obligación laboral se hizo exigible, la acción por aquella estará prescrita, incluso si el contrato de trabajo no ha terminado” (art.82).

Con respecto a las peculiaridades de cada forma de contrato alternativo, cabe también hacer algunas menciones:

  • Los contratos alternativos de tiempo definido pueden tener una duración mínima de seis meses y pueden extenderse según “mutuo acuerdo” por varias veces hasta alcanzar un máximo de cuatro años. Luego de ese período, los trabajadores pasarían a la modalidad de contrato alternativo de tiempo indefinido que también estaría normado por la ley CREO. En otras palabras, puede suceder que un trabajador termine “entrampado” por años en un contrato laboral normado por la ley CREO y sin llegar a acceder nunca a los derechos laborales vigentes en el Código del Trabajo.
  • En el caso de los contratos alternativos eventuales (p.ej. para contratar trabajadores ocasionales solo por temporadas de alta demanda o como reemplazo de otros trabajadores), se elimina el recargo del 35% a la remuneración; recargo que, precisamente, compensaba en cierto modo la condición eventual del trabajador contratado.

Y por si no fuera suficiente todo lo antes mencionado, al final del proyecto puede leerse que: “El empleador que despidiese intempestivamente a cualquiera de sus trabajadores amparados por el Código de Trabajo con el motivo de contratarlos nuevamente bajo el régimen previsto en el LIBRO I, deberá pagarle una indemnización adicional equivalente a doce meses de la última remuneración completa del trabajador despedido intempestivamente”(ley CREO, disposición transitoria tercera).

Semejante disposición puede resultar rentable para los empleadores –incluso en términos económicos– frente a todas las posibilidades de flexibilización del trabajo disponibles en el proyecto de ley CREO. Sobre todo, se reduce a una mera cuestión pecuniaria la capacidad del empleador de hacer que los trabajadores dejen de estar cubiertos por el Código del Trabajo. Para comprender de mejor forma esta y otras posibilidades, es urgente que los sectores especializados en el derecho laboral hagan un análisis mucho más profundo de la ley CREO (aquí apenas hemos resumido puntos de forma general) e identifiquen todos los aspectos en donde dicha ley se va en contra del Código del Trabajo sea por mención o por omisión.

El caso es que, al revisar semejante proyecto de ley encaminado a exacerbar la explotación a las clases trabajadoras en el Ecuador, nace una duda medular: ¿qué sectores económicos estarían motivados a generar millones de empleos (como ha ofertado el propio Lasso) con semejante normativa laboral? Es aquí donde las nuevas formas de contratos alternativos planteadas por el gobierno empatan con los otros aspectos del proyecto de ley CREO que también son preocupantes.

Sin entrar en mayores detalles, el propio discurso de Lasso planteado el 23 de septiembre deja ver que la reforma laboral de la ley CREO empata con una visión desastrosa del mundo del trabajo. Entre los muchos aspectos que se podría cuestionar destacamos aquella aseveración presidencial, cuando se refiere a quienes no tienen empleo, que “ustedes podrán libremente decidir si quieren trabajar aquí, en el Ecuador, con condiciones laborales parecidas a las que hoy rigen en países a donde tantos compatriotas migran en busca de oportunidades. Lo único que vamos a hacer es poner esas condiciones a disposición de quien voluntariamente las quiera tomar.” La simpleza y perversidad de este razonamiento obvia las condiciones existentes en otros países que atraen a nuestros compatriotas, como puede ser el mayor nivel salarial, y por cierto aquello de la voluntariedad para aceptar condiciones de sobreexplotación laboral al margen de los derechos establecidos. A este paso, tanto a Lasso como a los defensores de su reforma laboral solo les falta decir -en un ejercicio de increíble deshumanización en relación al trabajo- que es preferible la esclavitud o el concertaje antes que el desempleo…

Semejante visión se ensambla con toda una propuesta de liberalizar la economía a merced de grandes capitales locales y transnacionales. Tal estrategia incluye, por ejemplo: la mención hecha por Lasso de la creación de la Secretaría de Alianzas Público-Privadas (léase, Secretaría para la Privatización y Concesión del Estado); la creación de zonas francas donde muy probablemente las modalidades alternativas de contratación laboral serán la cereza de todo un libertinaje económico en beneficio del capital sobreexplotador de mano de obra y sin mayores preocupaciones ambientales; la “armonización” de las normas locales con los instrumentos internacionales (muy seguramente con nuevos empujones para que el Ecuador retome su relación de subordinación a los tribunales internacionales defensores de los capitales transnacionales, tal como se anuncia luego del retorno -inconstitucional- al CIADI10); la firma de nuevos Tratados de Libre Comercio (China, Rusia, Alianza del Pacífico, etc.); entre otros puntos que merecen una discusión más detallada en reflexiones futuras.

En este contexto, cabe indicar que nos parece lamentable cómo semejante embate neoliberal termina por entrampar y hasta debilitar a propuestas redistributivas que son urgentes en medio de la crisis COVID-1911 y que, en otras condiciones, merecerían un total apoyo; eso así, haciendo algunos ajustes. Ahí se encuentra, por ejemplo, la tibia propuesta de la aplicación de tributos a los sectores del país de mayores ingresos (más de 2 mil dólares mensuales) y patrimonios (más de 500 mil dólares mensuales), así como la aplicación de tributos sobre empresas que alcanzaron en 2020 una mayor rentabilidad que en 2019 (y con patrimonios de más de un millón de dólares); una cuestión que, en medio de la actual crisis social, demanda una mayor contribución solidaria de quienes más tienen impulsando no solo una mejor distribución de los ingresos sino inclusive una redistribución de la riqueza (p.ej. redistribución de activos productivos, de la propiedad de la tierra, de acceso al agua, etc.).

Por cierto, el carácter redistributivo de la propuesta gubernamental también queda debilitado cuando el mismo gobierno propone la eliminación del impuesto a las herencias; un impuesto que más bien debería ser potencializado para ser aún más redistributivo, sobre todo en medio de la crisis que vivimos. De hecho, la coexistencia de una reforma tributaria potencialmente progresiva y la eliminación del impuesto a las herencias en la ley CREO es más que paradójica. Definitivamente dentro del gobierno parece haber disputas incluso en el sentido y la consistencia de algunos elementos de la política económica…

En resumen, más allá de sus bemoles, el proyecto de ley CREO merece un rechazo sobre todo por el retroceso de derechos laborales que plantea. No es justo que, en nombre de las trabajadoras y los trabajadores desempleados y subempleados del país, se quiera crear una normativa que se salte –como si nada– todos los derechos laborales obtenidos por décadas de luchas sociales. Debe quedar absolutamente claro que los derechos laborales -como establece la Constitución en el artículo 326- son irrenunciables e intangibles, además, serán nulas todas las estipulaciones temporales. El derecho al trabajo (artículo 325) y estas disposiciones constitucionales son inseparables, así que no se las puede marginar estableciendo un código laboral paralelo: hacerlo iría en contra del principio de igualdad establecido en el artículo 11. Eso representa una clara regresión de derechos, que no se resuelve en ningún caso con una consulta popular y ni siquiera con una nueva Constitución.

Para colmo, no es claro cuántos empleos realmente podrá generar la ley CREO; basta con notar el poco o quizá hasta nulo efecto que al parecer tuvo la reforma laboral instrumentada con la mal llamada “ley humanitaria” del morenismo. Por tanto, los efectos laborales de la ley CREO simplemente no parecen creíbles. El presidente Guillermo Lasso tiene razón cuando afirma que su “ley generará un apasionado debate”, lamentablementese enmarca en lo que él anticipa como “el camino correcto”, que de hecho limita una real discusión y nos remite a aquella proposición que tanto caracterizó la imposición del neoliberalismo en épocas anteriores con la TINA –there is noalternative– de Margaret Thatcher.

Así como históricamente las luchas sociales han permitido que se adquieran los derechos laborales actualmente vigentes, es hora que esas mismas luchas eviten este concertaje del siglo XXI impulsado por los integristas de mercado y exijan la búsqueda de verdaderas alternativas a la crisis económica y social que actualmente asfixia al país.12

Por Alberto Acosta, John Cajas-Guijarro | 28/09/2021

 

1 Consultar nuestros comentarios en “Redistribución o barbarie ¿Del coronavirus a la ley de la selva?” (abril 2020). Disponible en https://rebelion.org/del-coronavirus-a-la-ley-de-la-selva/

2 Ver al respecto el texto de John Cajas-Guijarro (junio 2020); “Ajuste antipopular y resistencia en tiempos de COVID-19”. Disponible en https://rebelion.org/ajuste-antipopular-y-resistencia-en-tiempos-de-covid-19/

3 Sobre el tema se puede leer el texto de los autores (febrero 2017); “Correa un neo-neoliberal”. Disponible en https://rebelion.org/correa-un-neo-neoliberal/

4 Esta apeciación se encuentra en el artículo de los autores (septiembre 2018); “Moreno, un neoliberal más”. Disponible en https://rebelion.org/moreno-un-neoliberal-mas/

5 Los autores abordaron esta cuestión en el siguiente artítulo: “Monetizaciones, concesiones y otros eufemismos privatizadores”, (Septiembre 2021). Disponible en https://rebelion.org/monetizaciones-concesiones-y-otros-eufemismos-privatizadores/

6 Ver, por ejemplo, lo que dicta la Constitución en su artículo 136: “Los proyectos de ley deberán referirse a una sola materia y serán presentados a la Presidenta o Presidente de la Asamblea Nacional con la suficiente exposición de motivos, el articulado que se proponga y la expresión clara de los artículos que con la nueva ley se derogarían o se reformarían. Si el proyecto no reúne estos requisitos no se tramitará.

7 Ver, por ejemplo, el artículo 326, numeral 2 de la Constitución: “Los derechos laborales son irrenunciables e intangibles. Será nula toda estipulación en contrario”.

8 Entiéndase por concertaje aquellas relaciones laborales coloniales de contrato mediante las cuales un indígena se obligaba a realizar trabajos agrícolas de manera vitalicia, hereditaria y gratuita o con un salario mínimo, y que fue abolido por la Revolución Liberal (1895).

9 El propio Adam Smith tenía clara las relaciones asimétricas de poder entre trabajadores y empleadores. Al respecto, ver el texto de Eric Toussaint: “Adam Smith está más cerca de Karl Marx que de los neoliberales que actualmente lo ensalzan”, CADTM, junio 11 de 2009. Disponible en: http://www.cadtm.org/Adam-Smith-esta-mas-cerca-de-Karl,4461

10 Ver Alberto Acosta (julio 2021); “Presidente Guillermo Lasso viola la Constitución -¿Con complicidad de la Corte Constitucional?”. Disponible en https://rebelion.org/presidente-guillermo-lasso-viola-la-constitucion/

11 Al respecto de puede consultar el libro de John Cajas-Guijarro (2021); COVID-19: la tragedia de los pobres. Entre crisis, sindemia y otros males. Plataforma por el Derecho a la Salud/Fundación Donum/FOS. Quito. Disponible en https://saludyderechos.fundaciondonum.org/wp-content/uploads/2021/07/Covid-tragedia-de-pobres.pdf

12 Sobre la gravedad de la crisis y el momento que atravieza el país se puede consultar el artículo de Alberto Acosta (agosto 2021); “Ecuador en la trampa de un futuro pasadista”. Revista Ecuador Debate Nº 113, Quito. Disponible en https://drive.google.com/file/d/1B56ycq

Imagen de portada: Eduardo Kingman, «El carbonero» (1934).
Fuente: Andrea Moreno Aguilar, Eduardo Kingman Riofrío (Quito: Banco Central del Ecuador, 2010),

Publicado enInternacional
Miércoles, 22 Septiembre 2021 05:51

Videojuegos: todo trabajo y nada de juego

Videojuegos: todo trabajo y nada de juego

Los videojuegos, como cualquier producto creativo, reflejan y refractan las condiciones de su producción. Hoy, a lo que más se parecen es al trabajo en el capitalismo del siglo XXI. Pero además, detrás de los videojuegos hay condiciones laborales sobre las cuales algunos libros recientes están poniendo el foco.

 

Cuando tenía siete años, mi mejor amigo Matt y yo nos propusimos crear un videojuego. Dibujamos niveles elaborados y escenarios de otro mundo llenos de seres extraterrestres, ideamos complejos desafíos de saltos y recortamos apuestos avatares de cartulina para lidiar con ellos. Pasamos semanas planificando el juego e imaginando escenarios traicioneros, poderes sobrehumanos y desafíos para desbloquear y superar. Anotamos números y símbolos, registramos estadísticas nebulosas y condiciones de victoria. Fue emocionante. El mundo de los juegos y los poderes que teníamos en él parecían casi ilimitados, restringidos únicamente por nuestra imaginación, nuestra caligrafía infantil y la tinta de nuestros rotuladores mágicos.

Después de un mes, Matt me dijo muy serio: «Bien, ¿y ahora cómo lo convertimos en un juego de verdad?». Su pregunta me confundió y me dolió. Yo creía que ya estábamos jugándolo. En algún punto sabía que no teníamos la capacidad de crear un videojuego «real». Estábamos fingiendo, aunque no parezca la palabra adecuada para describir el nivel de creatividad que habíamos alcanzado. La alegría estaba en nuestros vuelos de fantasía, en crear reglas que rompíamos en segundos, en el juego interminable de límite y resolución. El juego consistía en imaginar el juego. Pero Matt no lo había visto así. Estaba disfrutando, pero creía que acabaríamos transformando nuestros recortes de papel en un juego digital funcional, que lo que habíamos hecho hasta ese momento era solo preparatorio, el preludio de algo más, algo real y con reglas. Cuando le dije: «Matt, no podemos hacer eso, solo somos niños», se mostró decepcionado y su rostro se ensombreció. «Esto es de mentira», añadí, sabiendo que le dolería y deseando que le doliera. Ese fue el final de nuestro juego.

El crítico Michael Thomsen compara los videojuegos con las plegarias: «Tienen más oportunidades de materializarse cuanto menos específicos sean». Esta dinámica alcanza su forma más extrema en lo que los periodistas especializados en videojuegos llaman el «ciclo de sobreexpectación» (hype cycle). Un nuevo juego se anuncia años antes de la fecha estimada de lanzamiento, generalmente con un tráiler que no contiene imágenes del juego real (a veces es solo una pantalla de título con música de fondo, como sucedió con el nuevo God of War [Dios de la guerra] previsto para este año). Es el propio jugador quien se toma el trabajo de imaginar el juego, y las secciones de comentarios de YouTube se llenan de especulaciones sobre cómo podría ser: la historia, la ambientación, la mecánica. Estas fantasías son fomentadas por los desarrolladores, que filtran pequeños y tentadores datos a anunciantes, periodistas y streamers de Twitch.

El ciclo de sobreexpectación funciona porque los jugadores lo disfrutan. Imaginar el juego perfecto les genera un placer distinto del placer de jugar. Como escribe Thomsen: «Pensar en los juegos cuando aún son inmaculados y no han sido mancillados por la experiencia de juego real puede ser revelador, ya que inspira deseos futuros que están a punto de volverse realidad». Para Thomsen, los videojuegos «prometen distintas formas de cumplimiento de deseos», pero lo más importante es que «ofrecen la seguridad de que aún vale la pena desear, de que algún mecanismo espera ahí fuera para recibir los deseos y responderá a ellos, como mínimo, de forma consistente».

¿Qué debemos pensar entonces de quienes diseñan y desarrollan videojuegos? ¿Son dioses benévolos que escuchan nuestras plegarias, inventan mundos y nos dan la bienvenida para que los habitemos? ¿O son indiferentes? ¿Es inevitable que nos decepcionen? Al fin y al cabo, los diseñadores enfrentan una tarea titánica: convertir nuestros deseos en realidades funcionales y lucrativas. Al final del ciclo de sobreexpectación suele haber solo una mercancía, un mundo lleno de tareas rutinarias y tediosas y mecánicas poco originales, que palidecen en comparación con el sueño (una decepción que a veces provoca resentimiento y reacciones negativas).

En su nuevo libro Press Reset: Ruin and Recovery in the Video Game Industry [Oprima reiniciar: Ruina y recuperación en la industria del videojuego], Jason Schreier, periodista de Bloomberg News y copresentador del popular podcast de videojuegos Triple Click, presenta una verdad mucho más prosaica: los desarrolladores de videojuegos no son dioses. Son personas, trabajadores, soñadores como Matt y yo, que navegan por la brecha, a menudo dolorosa, entre sus deseos y sus obligaciones, entre el trabajo y el juego.

El primer libro de Schreier, Blood, Sweat, and Pixels. The Triumphant, Turbulent Stories Behind How Video Games Are Made [Sangre, sudor y píxeles. Las historias exitosas y turbulentas detrás de la producción de videojuegos], se centra en los desafíos técnicos que acompañan el desarrollo de videojuegos. Press Reset se enfoca más en el costo humano. Sus personajes son diseñadores, programadores y escritores que trabajan para grandes estudios que producen algunos de los títulos favoritos de las últimas décadas (y contribuyen así a los ingresos anuales registrados por esta industria, de aproximadamente 150.000 millones de dólares): el juego de supervivencia y terror interplanetario Dead Space [Espacio muerto], el sorprendentemente innovador crossover entre Disney y Nintendo, Epic Mickey [Mickey épico], y el shooter de ciencia ficción submarina BioShock, famoso por estar ambientado en una batisfera distópica diseñada por un objetivista seguidor de Ayn Rand. Algunas secciones están dedicadas a la experiencia de autores de renombre, pero el libro sigue principalmente a los trabajadores y trabajadoras corrientes de la industria, responsables de aspectos pequeños pero esenciales de los juegos que amamos.

Lo que une a estas personas, según Schreier, es una profunda pasión por las recompensas creativas que otorga el desarrollo de videojuegos y una profunda incertidumbre sobre sus condiciones de trabajo. Aunque muchos empleos en la industria están bien remunerados y permiten a los trabajadores llegar a fin de mes en algunas de las ciudades más caras del mundo, la experiencia también está salpicada de periodos de sobrecarga extrema de trabajo y de una tasa increíblemente elevada de recambio de personal. Durante una etapa conocida de manera eufemística como la «recta final», que suele darse justo antes de la salida de un juego, no es raro que se trabajen 100 horas por semana. Según Schreier, «a cambio del placer de crear arte para ganarse la vida, los desarrolladores tienen que aceptar que todo puede venirse abajo sin previo aviso» (los mineros etíopes que desentierran tierras raras para la fabricación de placas base [motherboard], los operarios que ensamblan PlayStations en China e incluso los trabajadores que venden consolas en Walmart a cambio de un salario mínimo reciben compensaciones aún menos tentadoras, pero supongo que ese es otro libro).

Schreier analiza principalmente lo que sucede cuando los estudios de videojuegos cierran, lo cual parece ocurrir con sorprendente frecuencia. «Habla con cualquier persona que haya trabajado en la industria por más de un par de años, y seguro tendrá una historia sobre la vez que perdió su trabajo». En un capítulo especialmente bien narrado, nos enteramos de la existencia de 38 Studios, una empresa de videojuegos condenada al fracaso, fundada por el ex-lanzador de los Medias Rojas (y luego partidario de Donald Trump) Curt Schilling, que colapsó tras recibir una garantía de préstamo por 75 millones de dólares del estado de Rhode Island. Cuando el despilfarrador estudio cerró abruptamente, a los empleados se les negó su último salario y no recibieron indemnización alguna, y quienes tuvieron que mudarse para trabajar para el estudio debieron pagar miles de dólares a las empresas de mudanzas a las que Schilling había estafado.

Pero 38 Studios no es un caso aislado. Como le comentara a Schreier un veterano de la industria: «Con todos los despidos que he tenido que afrontar, cada vez que recibo un correo electrónico en el que se convoca una reunión de todos los empleados de la oficina sufro una especie de síndrome de estrés postraumático. (…) Estoy seguro de que es algo común entre otros desarrolladores». De hecho, los cierres de estudios son tan frecuentes en Press Reset que las historias individuales y los personajes del libro empiezan a correr juntos. Varios capítulos describen distintas versiones de un mismo recorrido: los empleados lo dejan todo para terminar un juego; el juego se lanza; todos celebran; poco después hay una reunión ominosa; todos son despedidos; los trabajadores desolados beben una cerveza fúnebre en un bar cercano antes de volver a casa para actualizar sus currículums. Algunos deciden volverse «independientes» y crear juegos menos ambiciosos sobre los que pueden ejercer un mayor control creativo; otros abandonan la industria por completo. A pesar de ser indispensables en cada etapa del proceso de desarrollo de juegos, los trabajadores son tratados como piezas desechables de una máquina de obtener beneficios. «La volatilidad», escribe Schreier, «se ha convertido en el statu quo».

Schreier se abstiene de analizar en profundidad las características estructurales que conducen a la inestabilidad (para una descripción más clara de los procesos laborales y de producción de la industria del videojuego, puede verse el libro de Jamie Woodcock Marx at the Arcade [Marx en el Arcade], de 2019). La excusa ofrecida por los grandes empresarios es que la industria opera en un ciclo de auge y caída, condicionado por el lanzamiento de nuevo hardware. Invertir en videojuegos es una actividad de alto riesgo y grandes recompensas. Algunos juegos cuyo desarrollo es increíblemente costoso fracasan, mientras que otros generan ganancias por miles de millones de dólares. Además, los grandes editores compran y venden constantemente estudios pequeños (generalmente a raíz de esos fracasos, aunque no siempre), lo que resulta en despidos y mudanzas.

Sin embargo, algunas de las fuentes de Schreier ofrecen una explicación más clara: los jefes tienen todo el poder y no les importa una mierda lo que suceda con sus empleados. Zach Mumbach, quien trabaja hace muchos años para Electronic Arts, observó que mientras él y sus compañeros trabajaban a destajo juego tras juego, los ejecutivos se iban a casa todos los días a las cinco de la tarde. «Estoy cansado de trabajar 80 horas por semana para que gente como [el ex ejecutivo de Electronic Arts] Patrick Söderlund pueda comprar un coche nuevo», le dijo Mumbach a Schreier. «Parece que estos tipos estuvieran jugando. Juegan con los presupuestos, juegan con los ingresos y juegan con los gastos. Despiden empleados solo para volver a contratarlos porque así obtienen mejores cifras para uno u otro trimestre». Sin una voz organizada en la industria (casi nadie pertenece a algún sindicato, con excepción de algunos actores de doblaje afiliados al Sindicato de Actores de Cine), las prioridades de los trabajadores no importan.

Al igual que en otras industrias creativas, los jefes y gerentes explotan la pasión de sus empleados para silenciar disidencias y forzar la aceptación de condiciones injustas. Schreier describe una «sensación subyacente de que los trabajadores deberían sentirse afortunados» por estar donde están. «Quienes integran la industria de los videojuegos creen que trabajar en ella es un privilegio, y que deberías estar dispuesto a hacer lo que sea necesario para permanecer allí», dice Emily Grace Buck, ex-empleada de Telltale Games, en una nota de la revista Time de 2019. A los trabajadores de la industria se los anima a pensar en sus trabajos como la realización de sus fantasías infantiles. Les pagan por crear mundos de ensueño y conceder deseos. ¿No es eso suficiente?

Como observa Sarah Jaffe en su nuevo libro Work Won’t Love You Back [El trabajo no va a corresponder a tu amor], esta dinámica es un mecanismo disciplinario esencial del mercado laboral moderno. En lugar de conceder a los trabajadores el deseo de estabilidad y equilibrio entre la vida laboral y la vida personal, los estudios de videojuegos, al igual que otras empresas de tecnología, ofrecen servicios que tratan de eliminar la división entre el trabajo y el juego: comida gratis y camas en la oficina durante las «rectas finales», mesas de ping-pong y metegol y días laborales dedicados enteramente a jugar a los últimos títulos de sus competidores. Un estudio resume este enfoque en su página web: «La diversión está en el corazón de lo que hacemos. Sabemos que si queremos desarrollar juegos divertidos debemos divertirnos desarrollando juegos».

A pesar de compadecer a sus colegas y enfadarse por sus desgracias, Schreier reafirma de alguna forma la noción de que los diseñadores de videojuegos se dedican a producir «diversión». «Los videojuegos», escribe, «están diseñados para llevar alegría a la gente, pero se crean a la sombra de la crueldad corporativa» (como si eso fuera una contradicción). La idea de que los entornos laborales «divertidos» generan productos «divertidos» puede ser propaganda empresarial, pero contiene una verdad oculta: los videojuegos, como cualquier producto creativo, reflejan y refractan las condiciones en las que fueron producidos y suelen ser funcionales a las necesidades ideológicas y reproductivas de su tiempo y espacio.

Es por ello que la esencia de los videojuegos más populares de hoy en día no es la «diversión». A lo que más se asemejan, con lo que parecen soñar, es el trabajo del siglo XXI.

«La diversión es la prolongación del trabajo bajo el capitalismo tardío», afirmaron Theodor Adorno y Max Horkheimer en 1944. La Escuela de Fráncfort creía que la mecanización del trabajo se había entrelazado tanto con «el tiempo libre y la felicidad» del ser humano y había determinado tan «íntegramente» la «fabricación de los productos para la diversión» que la diversión no era «otra cosa que la copia o reproducción del mismo proceso de trabajo». Siguiendo esta línea, el experto en teoría de juegos Steven Poole observó en 2008 que los videojuegos modernos «parecen aspirar a una mímesis del proceso de trabajo mecanizado». Aprendemos (o somos disciplinados) mediante las reglas del juego y recibimos una respuesta positiva por seguirlas con eficacia. «Uno no juega el juego», escribe Poole, y mucho menos lo «gana», sino que más bien «realiza las operaciones que este exige, como un empleado obediente. El juego es una tarea de trabajo».

Los juegos para un solo jugador con montones de armas que mejorar, habilidades que adquirir y monedas que gastar son quizá la iteración arquetípica de este fenómeno, pero casi todos los juegos contemporáneos contienen algún elemento mimético del trabajo y el intercambio de mercado. No ofrecen fantasías de evasión, de juego imaginativo por el juego mismo; ofrecen una fantasía de reglas (una lógica ausente del proceso de trabajo asalariado contemporáneo). Vicky Osterweil describió este tipo de juegos como un «simulador de trabajo utópico», que reparte recompensas a intervalos predecibles a cambio de un esfuerzo disciplinado. Estas recompensas pueden facilitar el juego, permitirnos comprar adornos en él, mostrar nuestros logros a los demás y progresar en una trayectoria lógica y satisfactoria hacia un objetivo alcanzable. Los juegos siguen siendo una forma de diversión, pero no nos alejan de nuestro trabajo, sino de nuestra decepción por su volatilidad, su arbitrariedad, su crueldad e injusticia.

En su forma más aguda, escribe la periodista Cecilia D’Anastasio, los trabajadores usan los videojuegos «para representar los fantasmas de sus labores diarias». Un conductor de camiones de larga distancia pasa su semana libre jugando American Truck Simulator [Simulador de camión estadounidense]; los chefs dejan sus cocinas a medianoche para jugar Cook, Serve, Delicious! [¡Cocinar, servir, delicioso!] antes de acostarse. En el mundo del juego, a diferencia de lo que sucede en el nuestro, escribe D’Anastasio, «la productividad es cuantificable y discernible». Los juegos compensan la ausencia de control, retroalimentación fiable, objetivos claros y recompensas justas en nuestra vida laboral. De este modo, los juegos siguen siendo una forma de cumplir deseos en la que se materializan las ficciones ideológicas del capitalismo. Es un sueño insignificante que nos reconcilia con falsedades que de lo contrario tendríamos que aceptar.

El hecho de que muchos de los juegos más populares sean también simuladores de asesinatos muy realistas también es digno de mención. «Es muy posible», como escribió Tom Bissell en su clásico ensayo sobre el género de los «shooters en primera persona» (FPS, por sus siglas en inglés), que juegos como Call of Duty [Llamada del deber] «revelen que en algún lugar dentro de cada persona se esconde un ser que mata y toma y hace lo que quiere». Estos juegos que recrean el combate marcial y recompensan a los jugadores por eliminar eficazmente a enemigos humanoides son claramente sintomáticos de una ideología: una sublimación de la agresión reprimida y de las fantasías imperiales. Pero también lo son las películas de acción. Lo que hacen los shooters, quizá con más eficacia que cualquier otro tipo de juego, es transformar un rompecabezas cognitivo sumamente repetitivo (localizar un pequeño punto en un espacio tridimensional y presionar un botón para hacerlo sangrar) en un pasatiempo infinitamente agradable e incluso adictivo.

Al movilizar varios estados de ánimo y sentimientos, incluidas fantasías de dominio y competencia patriarcal, los juegos violentos consiguen «estructurar la repetición, el aprendizaje y el aburrimiento que uno debe dominar y tolerar para vivir las condiciones económicas actuales como algo placentero», escribe Osterweil. A su vez, las espacios laborale como Amazon incorporan elementos de juego (tablas de clasificación públicas, recompensas nominales por un trabajo expeditivo e incluso minijuegos estilo Arcade que se desbloquean al completar tareas de almacén) para habituar a los empleados a horas y horas de trabajo físico y mental monótono. Así como la destreza del jugador de FPS se expresa en su ratio de «asesinatos/muertes», el valor de un trabajador de Amazon se expresa por su «tasa de recolección», medidas homólogas de eficiencia cognitiva y cinética.

Así, la violencia en los videojuegos no funciona principalmente como un liberador de comportamiento antisocial, y mucho menos como una peligrosa puerta de entrada a la crueldad del mundo real, sino como un velo placentero para el disciplinamiento socialmente útil. La violencia digital extática oculta y compensa la violencia más mundana de la vida cotidiana, de estar condicionado a un proceso laboral benigno. El que tal mecanismo mantenga un toque de transgresión misantrópica (inherente al estereotipo del gamer «peligroso», «inadaptado» y «reaccionario») es un indicio de su sofisticación ideológica. En realidad, nada puede ser más normativo, más complaciente y prosocial que comprar y jugar a ser un shooter en primera persona. De un modo u otro, todos respondemos a la «llamada del deber».

Aunque todos los juegos son ideológicos, no todos lo son de forma nociva. Algunos como Universal Paperclips [Clips universales], el simulador de la «tesis de la ortogonalidad» de Frank Lantz, revelan y critican las escasas fantasías que le sirven de núcleo. Otros, como Disco Elysium [Elíseo disco] (una fantasmagoría neo-noir aleatoria), de 2019, superan las más altas esperanzas de la literatura ergódica. Resulta tentador atribuir la distancia entre estos títulos y los publicados por los grandes estudios al afán de lucro. Como escribe Schreier, «la industria del videojuego, al igual que todas las actividades artísticas, se basa en la tensión entre dos facciones: las personas creativas y quienes gestionan el dinero». El conflicto entre los desarrolladores que intentan crear una obra de arte y los editores que intentan obtener beneficios es tan antiguo como los propios videojuegos». La mayoría de los personajes de Press Reset aspiran a crear juegos más interesantes que los que financian estudios como Electronic Arts. Cuando se van, si pueden encontrar el dinero, suelen hacerlo.

Una hipótesis menos reconfortante es que los estudios producen «simuladores de trabajo utópicos» porque se ajustan a nuestros deseos y a las necesidades de la economía. Concuerdo con Osterweil en que los videojuegos son «fundamentalmente una tecnología reproductiva». Contribuyen a «crear, sostener, organizar y capacitar a los trabajadores y a los sujetos de manera tal que los ayuda a funcionar en una sociedad y una economía fundamentalmente invivibles». Las técnicas y gramáticas del diseño de juegos han evolucionado a la par de los avances en la automatización, la globalización, la producción y la logística «justo a tiempo», la economía del cuidado y el trabajo precario a tiempo parcial. En este contexto, retomando a Adorno y Horkheimer, el videojuego «se mueve rigurosamente en los gastados surcos de la asociación» labrados por nuestra relación con estas formas de trabajo. Los juegos, como todos los productos de entretenimiento, nos convierten en los sujetos que requiere el capital actual.

¿Qué tipos de sujetos son esos? En su libro Bullshit Jobs [Empleos de mierda], el antropólogo David Graeber observó que, si «el juego imaginario es la expresión más pura de la libertad humana», como nos quiere hacer creer el especialista en teoría evolutiva de juegos Karl Groos (de acuerdo con Schiller), entonces «el trabajo imaginario, impuesto por otros, es la expresión más pura de la falta de libertad». Este último, escribe Graeber, «es el ejercicio más puro del poder por el poder mismo». En otras palabras, las apuestas no podrían ser más altas. Si los videojuegos son un juego, son una expresión de nuestras más altas capacidades como seres humanos: nuestro amor por la libertad, la imaginación y el capricho creativo. Pero cuando son un trabajo (como me lo parecen en esos momentos en que el placer no logra disimular la repetición), nuestro afecto por ellos es algo realmente sombrío, que señala una extraordinaria concesión a las condiciones modernas de falta de libertad.

Press Reset es una admirable contribución a un creciente cuerpo de trabajos periodísticos sobre videojuegos, enfocado principalmente en las injusticias de la industria. Dado que hace apenas siete años el mundo de los videojuegos se rebelaba ante el menor esfuerzo por aplicar las lecciones del feminismo y el antirracismo a la industria y sus productos, es alentador que personas como Schreier (quien, junto con sus antiguos colegas de Kotaku, recibió parte de la bilis reaccionaria del «gamergate») sigan escribiendo y publicando trabajos críticos como este.

En el último capítulo, Schreier propone varias soluciones a los problemas que ha identificado. Una de ellas es la sindicalización: «Cada nuevo despido o cierre de un estudio es una prueba de que los trabajadores de la industria del videojuego necesitan más protección», escribe Schreier, «y los sindicatos son una parte esencial e inevitable de esa ecuación». Al momento de escribir este artículo, ningún estudio de videojuegos importante de Estados Unidos está sindicalizado, pero la organización Game Workers Unite (GWU) está luchando por la obtención de derechos laborales en la industria. La división británica de GWU se unió formalmente al Sindicato de Trabajadores Independientes de Gran Bretaña en 2019. El Sindicato de Trabajadores de la Comunicación de Estados Unidos anunció una iniciativa para organizar a los trabajadores de la industria de los videojuegos en enero de 2020.

Schreier también recomienda normalizar el trabajo remoto, para que los desarrolladores no tengan que desarraigar sus vidas cada vez que un estudio cierra o deben trasladarse por trabajo, y elogia el modelo de negocios de una empresa llamada Disbelief, cuyo personal tiene empleos seguros en virtud de varios contratos simultáneos con grandes estudios. «Creo que el futuro va a ser así: habrá un pequeño equipo encargado de la visión creativa y todo el resto del trabajo se subcontratará», dice uno de los fundadores de Disbelief. Dada la frecuencia con que las empresas de videojuegos externalizan las tediosas tareas de diseño y programación a empresas ubicadas en la India y China, donde los salarios son más bajos, no es difícil imaginar este futuro, pero no estoy seguro de que sea la panacea que Schreier imagina.

Mientras tanto, muchas personas que se cansan de trabajar para los grandes estudios se marchan para crear sus propias empresas independientes más pequeñas. Estas son tan capaces de explotar a sus empleados como sus homólogas de primer nivel, e incluso más propensas a quedarse sin dinero. Pero cuando se trata de un pequeño grupo de colegas copropietarios, lo que está en juego es diferente. Como dijera a Schreier uno de los cocreadores de Enter the Gungeon, un juego independiente de gran éxito publicado en 2016: «No me malinterpretes, la recta final fue muy dura y horrible, pero correr en la recta final de un juego cuando sabes que participarás de los ingresos es una experiencia muy distinta».

Mejorar las condiciones laborales de los desarrolladores es un objetivo que vale la pena; espero que se sindicalicen y que más personas pueda crear colectivos independientes si así lo desean. Pero a medida que los periodistas de videojuegos se vuelven más perceptivos y críticos del enorme costo humano y la volatilidad de la industria, y se preocupan más por las connotaciones políticas tóxicas de algunos juegos, espero leer más investigaciones de calidad.

El mundo de los medios dedicados a los videojuegos está poblado (y pagado) por gente a la que le gustan los videojuegos, que tienden a no formularse preguntas más fundamentales sobre el efecto de los videojuegos o las consecuencias que podrían tener en nosotros (los críticos citados anteriormente no son, por desgracia, representativos de la cultura crítica general de los videojuegos). Evidentemente, no se trata de que todos los amantes de los juegos de rol sean trabajadores obedientes, ni de que todos los juegos sean rutinarios y poco inspirados. Una vez cada tanto se lanza un título que me deleita y desafía de verdad, como una gran novela o una gran película, y lo hace con métodos intrínsecos al arte interactivo (Disco Elysium fue uno de ellos). Pero no es algo frecuente. Por lo general, paso mucho tiempo jugando a juegos cuya descripción como forma de entretenimiento (y más aún, como una forma de arte) me confunde, incluso mientras avanzo, punto de control a punto de control, nivel a nivel. ¿En qué tipo de sujeto me están convirtiendo estos procesos? ¿Qué tipo de economía política exige ese tipo de sujeto? Para ser directo, ¿a qué otra cosa dedicaría mi tiempo si no fuera por estos juegos?

Sé que nuestros sueños no nos sacarán de las trampas del capitalismo, pero sí pueden hacer que nos hundamos cada vez más en ellas.

 

Publicamos este artículo como parte de un esfuerzo común entre Nueva Sociedad Dissent para difundir el pensamiento progresista en América. Puede leerse la versión original en inglés aquí. Traducción: Rodrigo Sebastián

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Nieves Rico y Laura Pautassi en la marcha por el aborto de junio 2018 en Buenos Aires.

Laura Pautassi y Nieves Rico hablan sobre la agenda de los cuidados en América Latina

Las especialistas remarcan la necesidad de valorizar el trabajo invisible y no pago de las mujeres, que con la pandemia se hizo más visible. Y explican el

 

"No hay nada hay nada peor que referir a un orden dado como 'normal'", dice Laura Pautassi en el libro Feminismos, cuidados e institucionalidad. Homenaje a Nieves Rico. Una frase feminista en un libro feminista que homenajea en vida a Rico por haber sido la gran promotora de la agenda de los cuidados en América Latina. Tanto Pautassi como Rico se preguntan a qué normalidad pospandemia nos quieren hacer volver si está claro que para las mujeres la previa no era un lugar apacible sino uno plagado de violencias, desigualdades y discriminación. Para pensar la pandemia y una salida que incluya a todes, las expertas hablan de un concepto novedoso, “sindemia”, que permite dar cuenta de la complejidad de la crisis que disparó la covid-19, no solo a nivel sanitario sino económico y social.

El libro Feminismos, cuidados e institucionalidad. Homenaje a Nieves Rico se acaba de publicar por Fundación Medife Edita. Habla de la agenda de los cuidados (el trabajo invisible que en general hacen las mujeres en las casas, limpiando, cocinando, cuidando niños y ancianos, etc; y también el trabajo rentado dedicado a cuidar a otros), una agenda que el feminismo traía hace años pero con la pandemia se puso en evidencia. Rico es antropóloga y doctora en Sociología y fue una promotora central de la agenda de los cuidados, tanto desde su lugar en la División de Asuntos de Género como de la División de Desarrollo Social de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), aportando a la promoción de los sistemas nacionales de cuidados en Uruguay y en Costa Rica y promoviendo los procesos en otros países de la región. Pautassi también es una referente en el impulso de los cuidados como un derecho humano. Es doctora en Sociología y Derecho Social e investigadora principal del Conicet e Instituto de Investigaciones Jurídicas y Sociales A. Gioja. Fue consultora de organismos de Naciones Unidas donde trabajó cerca de Rico.

--Se ha dicho mucho sobre cómo la pandemia puso este tema en agenda. En esta vuelta a cierta normalidad, ¿se han logrado algún tipo de cambio o repetimos los mismos errores?

LP: --La pandemia mostró en una primera mirada que no se sabía lo que pasaba en el hogar con el enfoque de género. E inclusive visibilizándose, porque nadie puede decir a esta altura que no sabe lo que pasa adentro del hogar, no se avanzó en ninguna distribución sino al contrario. Entonces, la verdad que estamos peor, porque la concentración en un mismo espacio físico de trabajo productivo y reproductivo, o el trabajo remunerado y no remunerado, tensionó todavía más a los hogares, de hecho ocurrió un crecimiento de la violencia y sus múltiples manifestaciones. Sobre todo hay que destacar también que la pandemia generó muchísima violencia contra les niñes y adolescentes, ahí se ve un factor muy fuerte, sumado a las afectaciones que también hubo de la salud mental. Pero creo que lejos estamos de haberlo distribuido, ni hablo de la redistribución, y esto que es algo que venimos diciendo hace siglos, el problema es la desigualdad estructural. ¿Entonces de qué normalidad venimos hablando?

Ahora, si hay un aspecto interesante es que se habló de cuidados o sea, la estrategia comunicativa de cuidados fue muy interesante, probablemente no fuimos las feministas las que diseñamos las campañas pero hubo un tema muy interesante ahí de instalar el “cuidate”. Okey, ¿cómo se va a cuidar esa persona, qué herramientas hay para eso? Eso fue quizás lo que faltó.

--Ustedes hablan de sindemia, ¿qué implica este concepto?

NR: --Es muy importante entender que la pandemia se instala en América Latina en un escenario de desigualdades estructurales, entonces cuando empieza la pandemia, la expansión de este virus, pero sobre todo cuando empiezan las medidas que adoptan los distintos gobiernos, el distanciamiento, la cuarentena, los cierres de frontera, el lavarse las manos o comprar alcohol gel, mascarilla, junto con el “cuidate” y el “quedarse en casa” como consigna para superar esta situación, empezamos a ver que no le podíamos echar toda la culpa al virus de lo que estaba pasando con las mujeres, al interior de los hogares, con las trabajadoras domésticas que estaban perdiendo sus empleos y que no tenían apoyo estatal. Ahí tomamos un concepto que viene de la antropología médica y de la epidemiología crítica, que es un concepto muy nuevo, sindemia. Es un concepto que nos permite analizar la confluencia o la sinergia de riesgos y de amenazas, que producen que las personas y los individuos, en particular las mujeres, se vean afectados con una mayor vulnerabilidad, una mayor posibilidad de enfermarse, o una mayor posibilidad de que las restricciones asociadas a las medidas afecten su autonomía y sus derechos. Entonces traemos este concepto a las ciencias sociales, en particular para poder entender de mejor manera las consecuencias que las medidas políticas, sumadas a la crisis sanitaria, están teniendo sobre la población. Entonces nos permite comprender mejor qué les pasa a las mujeres que están en hogares en situación de pobreza. Por ejemplo, sabemos que América Latina es la región del mundo donde hay mayor mortalidad producto de la pandemia, asociada no al virus mismo sino a la sumatoria de otros riesgos y amenazas. Pero hay algo que también nos lleva a decir que no queremos una nueva normalidad, en la medida en que la normalidad era parte del problema; el pensar que vamos a volver a como estábamos antes, en particular para la problemática de cómo está organizado y distribuido el cuidado, para las mujeres no es una buena noticia. Porque como estábamos era parte de nuestro problema. Entonces también conceptualizar desde la sindemia nos permite entender mucho mejor los fenómenos, ver todas las variables que están actuando, darle una mirada interseccional o de cruce de clase, de pertenencia étnica, y al mismo tiempo ojalá nos permita hacer propuestas feministas y transformadoras para la pospandemia.

--¿Pueden adelantar algunas de esas propuestas?

LP: --Hay algunas propuestas bien interesantes que están elaborando los países, con algún apoyo en mayor o menor medida en otros casos, y también tenemos riesgos muy fuertes en el escenario pospandemia. Creo que el mayor riesgo lo tiene Uruguay en estos momentos, precisamente porque el cambio de gestión puso en tensión al sistema nacional de cuidados. O países como Brasil, con todo lo que está sucediendo, en donde ese avance se mezcla con los fundamentalismos religiosos que disputan políticas públicas, o el caso de México en donde se habla de rematernalizar los cuidados en las mujeres. Entonces tenemos esa situación, en el campo de los derechos humanos hablamos de la regresión, y esa regresividad en las políticas está prohibida.

Después tenemos otros escenarios que son mejores. En el caso de Argentina el cuidado entró directamente en la agenda, había algunas medidas antes y sobre todo la conformación con esta gestión del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad que puso el tema en agenda. También el Ministerio de Economía, por ejemplo, avanzó en que tenemos cálculos del aporte del trabajo no remunerado en el PBI, y esos cálculos en el aporte también muestran el escenario pandémico, cosa que es muy importante, porque nosotras veníamos diciendo que esa es la economía no monetaria, que en medio de la crisis traccionó la economía monetaria que estaba paralizada. Entonces por eso cuestionábamos tanto esos discursos de economía versus salud. Los derechos son interdependientes, no podemos poner esos dos derechos confrontados. Entonces de esa mano también se desplegó un proceso interesante en la Argentina, que es además de ponerlo en una agenda, empezar a debatirlo con parlamentos de cuidados, con producción de información que antes no teníamos, el compromiso de hacer una encuesta del uso del tiempo, el compromiso de que en el censo de población que se va a hacer en el próximo año esto exista, la instalación también de una Dirección nacional de cuidados, que eso es muy importante dentro de la institucionalidad, y también se convocó a una comisión de expertes para la creación de un proyecto de ley para un sistema nacional de cuidados que está en proceso, un proceso quizás de largo plazo. Hay también una mesa interinstitucional de cuidados previa a la pandemia, que no es una mesa de crisis y eso es algo que quiero destacar, me parece que una experiencia virtuosa es no ponerlo como crisis, sino como un momento en las crisis, y por eso el concepto de sindemia: es donde más se necesitan fortalecer proyectos y apuestas políticas.

Bogotá tiene un sistema distrital de cuidados que fortaleció fuertemente, en Chile está ahora en el debate constituyente y el derecho al cuidado es altamente factible que sea reconocido como un derecho. Entonces creo que ha habido, como siempre, luces y sombras, pero creo que estamos más en un camino de luces, por lo menos de instalar muy fuertemente a nivel social el tema.

--Más al nivel de las normas, ¿no?

LP: --No solo de las normas, el punto es ese, empezar con que las mujeres rompan con esa idea de la naturalización del cuidado, ahí me parece que hay un núcleo que tenemos que desandar fuertemente, que los varones empiecen a ejercer su responsabilidades y sus obligaciones en torno al cuidado. Una preocupación que compartimos con Nieves en este escenario sindémico de la crisis de los cuidados es que en la pospandemia ya cayó el empleo y los niveles de pobreza crecieron, y esto siempre afectó más a las mujeres y a los niñes, entonces en ese escenario pospandemia tenemos que fortalecer mucho más, pero también buscando un cambio cultural muy fuerte, cosa que las organizaciones sociales comunitarias en un deber virtuoso de solidaridad y sororidad lo han ejercido, y no hablo de virtuoso como de virtud sino que es un proceso que hay que apuntalar con políticas públicas.

--En su artículo usa una palabra interesante: la “elasticidad infinita” del trabajo de las mujeres...

LP: --Hace muchos años que venimos insistiendo con eso, hay una burocracia asistencial y un conjunto de políticas asentadas sobre ese concepto, en el cual las mujeres siempre van a bancar todo. Este es un punto muy fuerte para trabajar y en el cual la pandemia nos demostró que hay que terminar con las condicionalidades. Las familias sin tener conectividad hicieron lo imposible en los sectores vulnerables para garantizar que los chicos no salieran del sistema educativo. Lamentablemente se han salido del sistema educativo porque no se pudo garantizar, pero los hogares lo intentaron, ¿entonces qué me vienen a hablar de la condicionalidad? Como si para los sectores en condiciones de vulnerabilidad la educación no fuera un bien tan alto como para los sectores medios educados. Entonces ahí me parece que este es un momento para instalar también que esto tiene que salir de la agenda de las burocracias de las políticas sociales.

NR: --En este período ha quedado más claro que nunca la importancia de la economía no monetaria y es más, si la economía monetaria a partir de la pérdida del empleo, de la baja de la productividad y demás, ha decaído, evidentemente la economía no monetaria ha subido, y en el caso de Argentina el estudio que hizo el Ministerio de Economía lo muestra claramente: el aporte en relación al PIB del trabajo doméstico no remunerado y de cuidado ha aumentado en este período. Entonces creo que si una mayor conciencia de la importancia de la economía no monetaria también llevaría a pensar en presupuestos públicos y priorización de políticas públicas dirigidos a reconocer y valorizar esa economía no monetaria; eso es un ámbito en el que hay que trabajar.

--Ejemplo de eso podría ser la medida de sumar un año por cada hijo a las mujeres que se jubilan y no llegan a cumplir los años de aportes ¿no?

NR: --Claro, ahora esa es una experiencia que existe en Chile hace unos siete años, existe en Costa Rica y en varios países de la región, en donde hay un reconocimiento para la jubilación de las mujeres de hijos vivos. También lo hay en algunos países en el caso de disolución del matrimonio, si la mujer no tuvo ingresos a partir del mercado laboral también hay un reconocimiento dentro de la distribución de los bienes. Pienso en que hay medidas que se tomaron en este tiempo que podrían prolongarse, que no sean solamente medidas de contención, y que nos hacen mirar las cosas de otra manera. Un ejemplo es la ley de teletrabajo en el caso de Argentina, donde estipula el derecho a la desconexión que es algo sumamente importante y el derecho al cuidado de aquellas personas que estuvieran haciendo teletrabajo. Son cosas que antes, aunque hubiese trabajo a distancia, no estaban contempladas, ni en Argentina ni en otros países había normativas o derechos laborales al respecto. Que se haya por ejemplo adoptado ahora en este momento es interesante no solamente para este momento sino la concepción transformadora de que el trabajador y la trabajadora tienen hijos y no son huérfanos.

--Con las licencias pasa algo parecido. Están pensadas para el momento del nacimiento de hijos e hijas, y después es como si esas personas no existieran más...

NR: --Sí, aparte el tipo demográfico aumentó la esperanza de vida y demás, es muy normal hoy que un trabajador o trabajadora de 40 o 50 años tenga sus progenitores vivos a los cuales tenga que cuidar, podríamos decir. También creo que la pandemia cuando se instala en otras desigualdades estructurales dejó en claro lo difícil de nuestros sistemas de salud, y no solamente en los aspectos de gestión sino también en lo que implica el empleo en el sector de salud, que es un empleo feminizado en donde los ingresos y salarios que tienen las trabajadoras en enfermería y limpieza son bajos cuando uno los compara con otros sectores instalados. Creo que la gran propuesta, y que no es nueva, nos lleva a pensar en políticas universales claramente, superar un poco la demanda focalizada y apuntar hacia políticas universales que puedan garantizar desde el Estado el ejercicio del derecho al cuidado, en este caso.

--¿Alguna otra propuesta?

NR: --La Confederación de sindicatos de trabajadoras domésticas asalariadas de América Latina puso ahora el lema “cuida a quienes te cuidan”, creo que también tenemos una deuda enorme con la formalización y los derechos y mejores remuneraciones, con las trabajadoras domésticas asalariadas, que están aumentando además en la región. Durante mucho tiempo había descendido y ahora es el gran nicho donde se insertan las mujeres, sobre todo las mujeres de menores recursos, con menores niveles de instrucción, etcétera. Ahí tenemos una deuda, como tenemos una deuda con las mujeres de los sistemas de salud, y una deuda al interior de los hogares, que creo que el tema es que no hay que pensar que las soluciones son arreglos particulares, no es que Pepito arregla con Juanita y Juanita negocia, sino que esto es como sociedad, buscar nuevos pactos, alianzas, y un nuevo pacto sexual en donde la vieja división sexual del trabajo esté puesta en entredicho.

novedoso concepto de la "sindemia".

20 de septiembre de 2021

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Lunes, 06 Septiembre 2021 06:37

¿De qué lado estás?

Más de mil conserjes del Sindicato Internacional de Empleados de Servicio se manifestaron la semana pasada en Los Ángeles, California, ante el inminente vencimiento de sus contratos. Denuncian no haber recibido ninguna compensación, pese a que han sido considerados trabajadores esenciales y han laborado haciendo limpieza en oficinas de biotecnología durante la pandemia del Covid-19. Foto Afp

Este lunes se festeja el Día del Trabajo en Estados Unidos, y no es accidental que este país no se suma al resto del mundo para celebrar a sus trabajadores en Primero de Mayo. Eso, a pesar de que el Primero de Mayo nació en Estados Unidos, en la lucha por la jornada laboral de ocho horas que tuvo su epicentro en Chicago en 1886. El presidente Grover Cleveland proclamó el primer lunes de septiembre como Día del Trabajo, en 1894, para separarlo de la historia radical vinculada con el primero de mayo, movimiento encabezado por anarquistas, socialistas e inmigrantes radicales con ideas muy peligrosas.

Este fin de semana se acaba de marcar el centenario de la llamada Batalla de Blair Mountain, donde entre 7 mil y 10 mil mineros sindicalizados en West Virginia tomaron las armas para confrontar a las empresas que controlaban su vida en la región. Unos 2 mil oficiales y guardias privados armados por las empresas respondieron, y hasta bombardearon desde aviones al sindicato minero, y al final otras 2 mil tropas federales llegaron para ayudar a suprimir lo que se considera el levantamiento armado de trabajadores más grande en la historia de Estados Unidos. Esa y otras partes de la historia de la lucha obrera siguen en gran medida ausentes en la narrativa oficial y la conciencia colectiva de este país.

Las luchas por la dignidad, el derecho de asociación, la jornada de 8 horas, salario mínimo y más fueron realizadas por movimientos masivos alrededor de este país, muchos a través de acciones radicales, incluyendo huelgas y enfrentamientos violentos tanto con autoridades como con fuerzas represivas privadas, y sus logros tienen ecos hoy día en nuevos esfuerzos en defensa de los trabajadores, muchas, como siempre, encabezadas por inmigrantes.

El movimiento laboral elevó la tasa de sindicalización de 11 por ciento en 1933, a 29 por ciento en 1939; para 1953 se logró llegar al punto más alto de sindicalización con más de uno de cada tres trabajadores agremiados. Esas conquistas incluyeron vacaciones, seguros de salud, pensiones y otros beneficios. Pero tal vez el efecto más importante fue la reducción de la desigualdad económica que prevaleció hasta los años 70.

Pero hoy día, la tasa de sindicalización es de 10.8 por ciento y el país –gracias a cuatro décadas de neoliberalismo– tiene el nivel de desigualdad y concentración de riqueza más extremo desde poco antes de la Gran Depresión del 29. El salario mínimo federal de 1968 es 46 por ciento mayor al de 2021 en términos reales. Eso es resultado del ataque feroz contra los trabajadores, sus sindicatos y sus derechos, que empezó con el arranque de la era neoliberal en el gobierno de Ronald Reagan (quien declaró la guerra contra los sindicatos al despedir a 13 mil controladores aéreos en huelga).

Hoy día, la tasa de sindicalización en Estados Unidos está entre las más bajas de los países integrantes de la OCDE, incluso inferior a la de México. Más aún, Estados Unidos tiene menos derechos laborales legalmente protegidos que México (por ejemplo, aquí no hay reglamentos para defender a trabajadores no sindicalizados de ser despedidos, ni seguro de salud, vacaciones y otras prestaciones), y en los hechos no hay protección de los derechos a la libre asociación y a la negociación de contratos colectivos. Un 20 por ciento de los organizadores en esfuerzos de sindicalización son despedidos por las empresas –son miles cada año– mientras continúan represalias de todo tipo contra los que se atreven a promover los sindicatos en este país. Bajo la ley, millones de jornaleros agrarios, trabajadoras domésticas y otros no tienen derechos protegidos para sindicalizarse. La lucha por los derechos civiles en este país siempre ha sido entrelazada con una lucha por los derechos de los trabajadores.

Se ha hablado mucho de la reforma laboral en México y de la necesidad de asegurar su implementación y cumplimiento de sus normas y los derechos laborales, incluyendo monitores estadunidenses para ello. Pero es igual de urgente que México y otros países brinden apoyo para impulsar la lucha por los derechos laborales en Estados Unidos a partir de este Día del Trabajo. La solidaridad es una calle de dos sentidos.

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"No, la educación por sí sola no resuelve la pobreza"

Entrevista a Cristina Groeger, por Mike Stivers

Durante más de un siglo, una de las ideas más persistentes en la política de EE UU ha sido que la educación es la mejor solución frente a la desigualdad. Pero no es persistente porque sea cierta, sino que lo es porque constituye un mito útil  para las élites políticas y económicas que custodian celosamente su dinero y su poder.

Desde mediados del siglo XIX, el número de niñas y niños que asisten a la escuela en EE UU ha aumentado de modo constante; la igualdad económica, no. Sin embargo, la idea de que la educación escolar es la mejor manera de reducir la pobreza y de reducir la distancia entre ricos y pobres casi ni se discute. En su nuevo libro, The Education Trap [La trampa de la educación], la historiadora Cristina Groeger aborda este mito sin rodeos.

Basándose en el caso concreto de Boston y aplicando la lupa a la situación de finales del siglo XIX y comienzos del XX, Groeger examina la relación entre la escuela y la desigualdad en una época en que la educación pública se expandía con rapidez. En conjunto, la conclusión es clara: el crecimiento masivo de la educación pública no generó prosperidad económica generalizada. Las escuelas formaron a algunos trabajadores que consiguieron empleos bien pagados en la creciente burocracia empresarial. Sin embargo, al socavar las bases de los poderosos sindicatos de oficio y establecer un sistema de acreditación, las escuelas también consolidaron la estratificación social existente.

El libro de Groeger muestra la escabrosa historia de la educación como instrumento de lucha contra la pobreza. Tal vez lo más importante es que ayuda al personal enseñante y a la militancia sindical a pensar en las coas que realmente reducen la desigualdad: programas de gobierno universales y sindicatos fuertes. Mike Stivers, autor asiduo de Jacobin, ha hablado con Cristina Groeger, historiadora que enseña en la Lake Forest College, sobre su nuevo libro y lo que puede lograr o no la educación en una sociedad desigual.

Mike Stivers: La idea básica que abordas en el libro es la que dice que la educación es un instrumento político de lucha contra la pobreza. ¿Qué teoría subyace a esta idea?

Cristina Groeger: La visión de la educación como solución para la pobreza tiene una larga historia, que se remonta a Horace Mann, quien a mediados del siglo XIX califica la educación de la gran igualadora. Sin embargo, en los debates políticos más contemporáneos, el marco dominante es la teoría del capital humano, que proviene de la ciencia económica. Considera que la retribución en el mercado de trabajo refleja el grado de cualificación de una persona, que suele medirse en términos de educación y formación. El argumento de economistas como Claudia Goldin y Lawrence Katz es que en las últimas décadas el cambio tecnológico que favorece al personal altamente cualificado se ha acelerado y que el número de personas inscritas en la educación no ha mantenido el paso, por lo que el número de personas que pueden acceder a los empleos mejor pagados es limitado. Así, la solución para abordar la desigualdad social ahora pasa por incrementar el acceso a la educación.

Hay un montón de datos que demuestran que un alto nivel educativo no se traduce automáticamente en un salario más elevado. Pero la relación entre educación y desigualdad también es más compleja. En comparación con otros países, EE UU ha tenido durante mucho tiempo una de las tasas más altas de acceso a la educación del mundo, pero también tiene una de las tasas de desigualdad más elevadas. Esto constituye una paradoja si pensamos que la educación es la mejor vía para reducir la desigualdad.

Podemos hallar un temprano predecesor del modelo de capital humano en los reformadores progresistas de comienzos del siglo XX, que pensaban que el motivo por el que el personal subalterno percibe salarios bajos es la falta de cualificación. Así, si puedes formar a trabajadoras domésticas en escuelas de administración de tareas domésticas, no solo aumentarán sus salarios, sino que también se transformará la ocupación en algo más parecido a una profesión. El problema era que muchas trabajadoras domésticas y otros trabajadores poco cualificados no tenían tiempo para asistir a esas escuelas. Tampoco se tenían en cuenta los motivos por los que muchas personas afroamericanas permanecieron estancadas en empleos mal pagados: no se debía a que no estuvieran suficientemente cualificadas o a su bajo nivel educativo, sino al racismo imperante en el mercado de trabajo u otras clases de desigualdad que estructuran este mercado.

Mike Stivers: Tu libro comienza en la Gilded Age, cuando Boston y muchas otras grandes ciudades de EE UU decidieron invertir masivamente en la educación pública. ¿Por qué la expansión de la escuela pública se convirtió en el buque insignia de la reforma frente a otras opciones que había sobre el tapete?

Cristina Groeger: Había una amplia coalición de apoyo a la educación pública. Los reformadores progresistas pensaban que la educación era la mejor manera de sacar de la pobreza a la clase trabajadora menos cualificada y de integrar a la inmigración. Para las empresas, la educación pública era un medio atractivo para reducir sus costes de formación ‒podían descargarlos en el sistema escolar‒ y además reducía las presiones de que eran objeto para que mejoraran las condiciones de trabajo o aumentaran los salarios. Pero también sostengo que había un amplio apoyo por parte de la clase obrera a favor de la educación pública, especialmente de la que impartiera formación de cara al sector de oficinas, que crecía explosivamente: administrativos, secretarias, mecanógrafas, contables.

Este es el único sector en que el modelo de capital humano viene muy bien para describir la dinámica. Montones de estudiantes, en su mayoría mujeres blancas e inmigrantes de segunda generación, utilizaron las escuelas, especialmente los institutos públicos, para acceder a nuevos tipos de empleos de cuello blanco. Esta fue la base material de la ideología de la educación como instrumento de movilidad social, aunque solo describe a un conjunto específico de estudiantes que accedían a un sector de empleo específico en aquel periodo histórico.

Mike Stivers: Había gente de izquierda que decía que al preparar a la futura fuerza de trabajo, la escuela pública estaba subvencionando la formación para el empleo a las empresas privadas. La alternativa, señalan, sería que se formara a la mano de obra a expensas de las empresas, algo así como una formación práctica. Pero esto era exactamente lo que muchas empresas trataron de hacer a comienzos del siglo XX, mientras que los sindicatos de la época se oponían con uñas y dientes a ello. ¿Por qué?

Cristina Groeger: En aquel entonces casi no había sindicatos en el trabajo de oficina y básicamente ninguna oposición a la expansión de la formación. El sector profesional y el industrial ya eran otra historia. La fuerza de trabajo profesional estaba organizada en sindicatos de oficio y su fuerza se derivaba de su capacidad de controlar el acceso a determinados oficios a través del proceso de aprendizaje sindical. Las empresas que contrataban a profesionales pretendían eludir a los sindicatos y el proceso de aprendizaje, tanto porque regulaba los salarios que tenían que pagar a los y las aprendices como porque a las empresas no les gustan los sindicatos y querían socavar las bases de su poder.

La fuerza de trabajo profesional consiguió cerrar muchas escuelas de oficios privadas y alejar el plan de estudios de las cualificaciones profesionales específicas en la educación industrial pública. El sector de la construcción es todavía uno de los pocos oficios en que existe el aprendizaje sindical y esto se debe a que los sindicatos no cedieron el control de la formación a una entidad externa como el sistema escolar.

Mike Stivers: También señalas que no es cierto que las empresas impartieran la formación a título gratuito. Apareció toda una nueva categoría de escuelas privadas que impartían formación a título oneroso. Esto se parece a lo que ahora llamamos academias privadas con fines lucrativos.

Cristina Groeger: Sí, y esto también varía según el sector. Había algunas escuelas de oficios privadas, en muchos casos relacionadas con empresas. Sin embargo, el crecimiento real del sector con fines lucrativos a comienzos del siglo XX se dio en el trabajo de oficina, donde las escuelas podían ofrecer formación sin apenas oposición por parte de una fuerza de trabajo que no estaba organizada. Estas escuelas de formación profesional, o escuelas comerciales, acapararon una parte importante del panorama educativo hasta que fueron desplazadas los institutos públicos de enseñanza.

Mike Stivers: Cuando las escuelas públicas pasaron a impartir formación práctica, después de años de lucha entre sindicatos y empresas, los empresarios estaban más interesados en que esas escuelas enseñaran lectoescritura y aritmética básicas. Los empresarios no querían que las escuelas impartieran cualificaciones profesionales como, digamos, carpintería o mecánica. ¿Por qué?

Cristina Groeger: En el libro sostengo que podemos contemplar el ascenso de la producción masiva, especialmente alrededor de la primera guerra mundial, en parte como una estrategia encaminada a reducir el número de trabajadores profesionales en general y desplazar al conjunto de la fuerza de trabajo a nuevos tipos de trabajo en que tengan menos fuerza. Se trata también de trabajadores y trabajadoras que no cursan la mayor parte de su formación en el puesto de trabajo, sino en escuelas. Esto incluye a maquinistas inmigrantes que tienen nociones básicas de lectura, escritura y cálculo, que pueden adquirir en la escuela primaria, pero que por lo demás pueden formarse muy rápidamente en el puesto de trabajo.

Ahí está incluida la nueva fuerza de trabajo de cuello blanco, en su mayoría estudiantes que han obtenido el bachillerato y que nutren la burocracia que acompaña a las industrias de la gran producción masiva. Y las escuelan capacitan asimismo a un número muy reducido de administradores educados en la universidad e ingenieros superiores. Así vemos que las empresas pueden apoyarse en distintos tipos de escuelas para diferentes segmentos de su fuerza de trabajo, pero ya en las décadas de 1920 o 1930 se trata también de una fuerza de trabajo que en su gran mayoría no está sindicada y tiene menos poder que sus contrapartes en los tipos de trabajo profesional de antaño.

Mike Stivers: Así es. Señalas que este surgimiento de una clase supervisora ‒hablas mucho de ingenieros de alto nivel, altamente cualificados‒ está estrechamente relacionado con el taylorismo y la descualificación sistemática de la mano de obra.

Cristina Groeger: Podemos ver estas dos caras de la misma moneda. A medida que las empresas pasan a un modelo industrial de producción masiva, que depende del personal de montaje en la base y una nueva fuerza de trabajo de cuello rosa que está ampliamente feminizado, vemos un grupo masivo de trabajadores y trabajadoras que tienen muy poco poder y una nueva clase directiva en lo alto. Esta fuerza de trabajo es mucho más barata. A menudo, las mujeres que realizan estos trabajos cobran la mitad de lo que perciben los hombres, y se trata de una fuerza de trabajo que carece fundamentalmente de sindicatos, de fuerza organizada. Y a medida que se expande la fuerza de trabajo de cuello blanco, deja de ser un tipo de aprendizaje mercantil muy exclusivo y prestigioso a lo que ahora llamaríamos una categoría de cuello rosa.

Mike Stivers: También documentas que la mano de obra afroamericana alcanzaba algunos de los máximos niveles educativos, pero que aun así permanecía en los puestos más bajos de la escala salarial.

Cristinta Groeger: Sí, y no me esperaba descubrir esto, pero si comparamos el grado de matriculación de niños y niñas de clase obrera, las menores afroamericanas mostraban continuamente niveles superiores de escolarización que sus homólogas blancas nativas o inmigrantes. Sin embargo, siempre acababan en los puestos peor pagados. Este es el ejemplo más claro de la incapacidad de la teoría del capital humano para justificar la retribución en el mercado laboral. La gente afroamericana quedó casi completamente excluida del trabajo administrativo, pese a tener estudios secundarios.

Mike Stivers: Mucha gente piensa hoy en EE UU que un título universitario es un pasaporte a la riqueza y buenos ingresos, pero demuestras que históricamente la implantación de los títulos de bachillerato y universitarios cimentó la desigualdad en la misma medida en que la redujo. ¿Cómo pudo ocurrir esto?

Cristina Groeger: A medida que se masifica la escuela secundaria en este periodo y que nuevas poblaciones ‒inmigrantes, mujeres‒ ocupan puestos de trabajo administrativo, vemos una fuerte reacción por parte de la elite económica y profesional bostoniana. Establecen relaciones con universidades privadas para convertir un título universitario en una importante credencial para los puestos de trabajo mejor pagados en la nueva economía empresarial, cuando en el siglo XIX la mayoría de propietarios y administradores de empresas no tenían ningún título universitario, tal vez ni siquiera el bachillerato. Podemos ver esto mismo también en otras profesiones de salarios elevados, como el desarrollo del derecho mercantil.

En el libro examino la correspondencia entre empresarios y consultores universitarios que ayudan a las personas licenciadas a encontrar un empleo. Es una buena fuente para comprender por qué las empresas prefieren a los titulados universitarios. Observo que parte de su conversación tiene que ver con la cualificación, o capital humano, pero que también tiene que ver con las preferencias de las empresas en materia de raza o clase u otras características personales. Esto significa que las universidades de elite son capaces de reproducir la elite tradicional en estos nuevos puestos empresariales, pero ahora las elites tienen una credencial meritocrática para legitimar sus posiciones en la economía.

Mike Stivers: A pesar de su escasa contribución a la reducción de la desigualdad, la idea de que la educación es un instrumento político para superarla sobrevive en todas partes. ¿Por qué es la educación un instrumento político tan atractivo para resolver problemas económicos?

Cristina Groeger: Creo que en parte se debe a que muchas de las personas que promueven la educación pueden imaginar que esta hace tantas cosas diferentes. Vemos lo mismo en el comienzo del siglo XX. Hay una gran coalición de apoyo, a menudo con intereses opuestos en otros terrenos, pero que se unen en torno a la idea de la educación. La idea también persiste porque no cuestiona a algunos de los sujetos más poderosos de la economía. No cuestiona la facultad de los empresarios de pagar el salario que quieran o de establecer las condiciones laborales que se les antoje. Es muy fácil hablar de nobles ideales y propósitos dentro del sistema educativo, pero lo que esta puede lograr tiene sus limitaciones. Y en muchos casos puede correr un tupido velo sobre desigualdades en el mercado de trabajo que desempeñan un papel mucho más importante en la configuración de las desigualdades que vimos a comienzos del siglo XX y que volvemos a ver hoy.

Mike Stivers: Mucha gente de izquierda rechaza que las escuelas sean simplemente un lugar de formación para el empleo, pero la preparación para el empleo sigue siendo también una parte esencial de la finalidad de la educación pública. ¿Cómo debería concebir el movimiento socialista la finalidad de la escuela en el siglo XXI?

Cristina Groeger: En la medida en que la educación es importante para acceder a un puesto de trabajo ‒y en el plano individual, por supuesto, la educación importa‒, no creo que debamos denigrar a los y las estudiantes que acuden a la educación por este motivo. Hay una tendencia a rechazar el carrerismo, o la profesionalización de la juventud estudiantil, lo que en mi opinión le echa la culpa por la economía a que se enfrentan. Si la izquierda desea liberar la educación para otros propósitos creativos o emancipatorios, primero hemos de crear una economía que asegure la subsistencia de todos y todas. Las demandas de gratuidad de la universidad y de universidades no endeudadas son buenas demandas socialistas, pero no son suficientes. Hemos visto cómo las elites pueden crear siempre nuevas barreras utilizando credenciales todavía más elevadas.

Esto me lleva al título del libro, La trampa de la educación. En todo el espectro político se contempla la escuela como la solución de tantos problemas sociales, pero poner el acento en las escuelas puede convenir a quienes gozan del mayor poder económico, porque echa la carga de la reforma sobre las espaldas del estudiantado, del profesorado, lejos de lo que es la causa real de la desigualdad: la falta de poder de la clase trabajadora en la economía y la política.

Las y los profesionales de la educación desempeñan un papel importante en la lucha por el poder de la clase trabajadora. Lo hemos visto en Chicago, donde vivo. Los sindicatos de enseñantes han luchado no solo por sus propias condiciones de trabajo, sino también por un amplio programa político y por inversiones públicas en sus estudiantes y sus comunidades. Y creo que como socialistas, si interpretamos el papel de la escuela en sentido amplio, deberíamos entender que estas campañas de organización también son formas realmente importantes de educación política. Deberíamos promoverlas tanto dentro como fuera de las escuelas.

Por Cristina Groeger | Mike Stivers

23 agosto 2021

14/04/2021

Publicado enSociedad
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